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Derechos y Obligaciones de los fieles laicos: Volver a los orígenes

INSTITUTO SUPERIOR DE ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS

DE LA ARQUIDIOCESIS DE MÉXICO

Escuela de Teología

Derecho Canónico Fundamental

Quinto semestre

Profesor Carlos Escorza Ortíz

Derechos y Obligaciones de los fieles laicos:

Volver a los orígenes

Lic. Adriana Guadalupe Ochoa Reynoso

Quinto semestre

Matrimonio Misionero, Fraternidad Misionera Verbum Dei

Islas Filipinas  noviembre  2013

  1. Introducción

A la luz de la lectura del Derecho Canónico Fundamental, hay un apartado que especialmente llamó mi atención. Me gustaría hacer una pequeña reflexión acerca del capítulo que habla sobre las Obligaciones y derechos de los fieles laicos. 

Este capítulo del Derecho Canónico puede parecer una utopía inalcanzable ante tantos retos que supone para ponerlo en práctica. Necesitamos partir de la historia y de los actuales problemas que enfrentamos los laicos católicos en el momento de querernos integrar responsablemente a la labor pastoral de nuestra Iglesia.

El objetivo de mi ensayo será reflexionar en la historia, los avances y retos que este capítulo del Derecho Canónico fundamental trae consigo. No basta con la publicación del Derecho, se requiere toda una dinámica al interior y al exterior de la Iglesia para que estos derechos y deberes puedan llegar a ser una realidad.

¿Por qué si nuestra Iglesia nació gracias a laicos que siguieron a Cristo como es que después hemos hecho tantas diferencias? ¿Por qué es un constante reto la comunión eclesial entre clérigos y laicos? Considero como uno de los retos, dar luz al propio clérigo sobre cómo establecer estas relaciones de igualdad bautismal y de corresponsabilidad apostólica. Los modelos de relación “Iglesia docente-Iglesia discente” ya son obsoletos, sin embargo siguen practicándose en muchos lugares. Se requieren  nuevas estructuras pastorales y plataformas apostólicas para que los laicos puedan ejercer sus derechos y deberes, especialmente en el campo de la evangelización.

 ¿Cómo cambiar la conciencia en ambas partes, clérigos y laicos, para que cada uno viva con gozo y complementariedad su vocación?

II.- Desarrollo

  1. Un breve recorrido en la historia del laicado:

En el Nuevo Testamento no aparece nunca la palabra «Iaikós» para denominar a los que siguen a Jesús. Se habla de «creyentes»… y, sobre todo, de «hermanos». Aunque el término está ausente, el N.T. aplica a toda la comunidad las características que en el A.T. quedaban reservadas a lo más sagrado del Pueblo de Israel, (Templo, sacerdocio…). Por Cristo toda la comunidad (y no sólo un grupo) son pueblo, «laós», sacerdocio real, nación consagrada, propiedad querida de Dios. (Cfr. 1 Pe. 1.9).[1]

La palabra «laico», es un derivado del término latino “laos” que significa “pueblo”; fue acuñado muy temprano por el cristianismo y nunca, en ninguna cultura, menos en el cristianismo, significó que alguien no tuviera ninguna religión como se ha pretendido interpretar en México, por la influencia liberal y del iluminismo francés con su connotación anticristiana. Esta interpretación desde luego está equivocada. Dar la interpretación de laico como una realidad arreligiosa, en el fondo expresa una ignorancia. [2]

Cuando la Iglesia Católica pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano, en el año 313, se especificó un poco más el término laico. En esta coyuntura histórica estaba muy definida la diferencia entre los miembros de la Iglesia cuyo primer nivel era el “laos”, el pueblo, que en su mayoría eran personas que no habían tenido acceso a la educación y que no dominaban el latín, pero que participaban activamente en la vida de la Iglesia sin ser sacerdotes, obispos o monjes. No se debe entender con esto que el término fuera despectivo. Otro grupo o segundo nivel lo formaban los clérigos. “Cleros” es una palabra latina que se traduce como separados, en referencia a aquellos o aquellas que se separaban del pueblo y adquirían un compromiso como diáconos, presbíteros, monjes o monjas. Así fue que se formaron dos estilos de vida: los clérigos (los cleros, separados) que se distinguían con el uso de un “hábito”, y los laicos (que pertenecían al pueblo).[3]

Este proceso de organización no significaba que el clero acaparaba los carismas y ministerios. La tarea de la evangelización fue obra de todos y abundaron los profetas y evangelizadores laicos itinerantes. Laicos son los primeros teólogos y defensores del cristianismo. (Justino, Taciano, Tertuliano…). Conocemos incluso, la existencia de ministerios femeninos dentro de las comunidades. En Siria, por ejemplo, existían diaconisas para bautizar a las mujeres ya desde el siglo II.[4]

En el principio de la vida de la Iglesia el papel de los laicos fue muy importante, tanto de los hombres como de las mujeres. El primer impulso evangelizador de la Iglesia se realizó a través de laicos. Posteriormente, poco a poco por la idea de que la perfección cristiana obliga a retirarse del siglo y concentrarse más en la vida interior y cambiar el modo de vestir y de actuar, se fue haciendo la idea de que lo importante era el estado clerical.[5]

Uno de los aspectos más negativos en el caminar de la vida de la Iglesia fue  creer y asumir que la inmensa tarea pastoral depende únicamente del clérigo.El clero se hace «orden» o categoría social. La liturgia se fue haciendo cada vez más «cosa de curas» y el pueblo fue perdiendo protagonismo. Se multiplicaron los signos externos de separación entre el clero y el pueblo (hábito especial, privilegios, espacios reservados en el templo, derecho en exclusiva a enseñar y catequizar…). Comienza a prevalecer la distinción sobre la unidad dentro de la comunidad. Durante la Edad Media existe un denominador común como tendencia con respecto al laicado: su progresiva de-valuación. El Matrimonio se considera una concesión a la debilidad humana. Laico es lo mismo que ignorante. La separación entre clero y pueblo se institucionaliza en el Derecho.  El laicado queda excluido del ámbito de lo sagrado y se refugia en una espiritualidad devocional.[6]

En 1543 Lutero opina que no es necesario que la predicación sea realizada por sacerdotes, que han recibido poderes especiales para realizar tal misión y la de gobernar la Iglesia. Frente al sacerdocio ministerial de la Iglesia católica, el teólogo alemán aboga por el sacerdocio universal, es decir, cree que todos los cristianos bautizados pueden predicar su fe para promover la de los demás. Admite la existencia de pastores –ministros litúrgicos y predicadores profesionales-, especialmente entrenados y preparados para la predicación, pero rompe la distancia jerárquica entre laicos y clérigos. El Concilio de Trento, respondiendo a Lutero, reafirmará la naturaleza jerárquica de la Iglesia, (diferencias) aunque afirma también el sacerdocio bautismal de todos los creyentes (unidad).[7]

Muchos años después de Trento, hasta el siglo XIX, surgen algunas asociaciones laicales (como Acción Católica) que tienen el papel de protagonista en la revitalización de la conciencia laical. Desde la experiencia de su labor apostólica, cambian las relaciones clérigo-laico. Este último ya no es un «intruso», sino un «colaborador». La misma experiencia pastoral suscitará reflexiones muy ricas y profundas en los teólogos acerca del puesto de los laicos en la Iglesia. Estas reflexiones contribuirán decisivamente a «requilibrar» la imagen de Iglesia y Vaticano II.[8]

En el año 1946, Pío XII expresaba en un discurso a los cardenales reunidos en Roma: “Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia”[9] 

  • Concilio Vaticano II: Resurgimiento de los laicos

En 1962, en la celebración del Concilio Vaticano II, uno de los temas obligatorios y centrales fue restituir al laico en  su lugar imprescindible en la actividad de la Iglesia Católica, para que los laicos no sólo fueran objeto de la evangelización sino protagonistas y responsables de esta tarea. De ahí surgió el Documento del Concilio llamado «Apostolicam actuositatem» que está de dedicado al laico.

Antes del Concilio Vaticano II, se hablaba de que existían en la Iglesia tres estados (status) fundamentales: los clérigos, los religiosos y los laicos, cada uno de ellos definido por específicos derechos y deberes, de acuerdo con los criterios de la organización estamental que se admitía en la Iglesia. En esta concepción estamental, no cabía la existencia de derechos y deberes comunes de todos los fieles.

Después del Concilio Vaticano II esta concepción estamental debe considerarse superada, ya que es incompatible con una visión unitaria de la común condición del fiel, con  derechos y deberes fundamentales.[10]

En el documento del Vaticano II la distinción entre laicos y clérigos radica en que éstos, además del bautismo, han recibido el sacramento del orden, aunque sea sólo en el grado de diácono. Los consagrados no pertenecen a un estado intermedio entre los clérigos y laicos, sino que tanto unos como otros pueden ser miembros de la vida consagrada, la cual, aunque no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia.  Se establece la igualdad fundamental de todos los bautizados, el elemento complementario de la variedad de funciones o servicios que existen en la Iglesia.

El estado de los laicos o seglares está constituido por los bautizados que ni han recibido el sacramento del orden, ni son miembros de institutos de vida consagrada o sociedades de vida apostólica. Por el bautismo están incorporados a Cristo y son miembros de la Iglesia, y ejercen en ella y en el mundo la misión común a todo el Pueblo de Dios y la específica «de buscar el Reino de Dios, ocupándose de las realidades temporales, ordenándolas según Dios.

  1. Fundamento: La Igualdad bautismal.

El canon 208 del Derecho Canónico expresa la igualdad fundamental y radical de todos los bautizados. De esta forma corrige, la anterior concepción en la que existían dos géneros o clases de cristianos, uno de los cuales estaría llamado a la santidad y el otro no. Uno tendría la misión de intervenir activamente en la acción evangelizadora y el otro carecería de ella. El Derecho canónico pone de manifiesto que los derechos y deberes fundamentales se tienen por el hecho del bautismo recibido y no dependen del status particular que se tenga dentro de la organización de la Iglesia. Esta igualdad fundamental deberá quedar reflejada en todo el Derecho de la Iglesia. En el mismo texto legal se aduce la razón última y fundamental de esta igualdad radical, al afirmar que «por su regeneración en Cristo se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo»[11]. El fundamento de la igualdad en la Iglesia, además de la igualdad fundamental en cuanto personas humanas, lo encontramos también en el hecho de un solo bautismo que incorpora a Cristo y nos hace partícipes de la triple misión de Cristo, profética, sacerdotal y real.[12]

Esta igualdad fundamental del cristiano en la Iglesia, consecuencia de la gracia (bautismal), no destruye la naturaleza humana y, por consiguiente, respeta la igualdad fundamental de toda persona humana en dignidad, en derechos y con igual protección ante la ley. Es, por tanto, contraria a cualquier tipo de discriminación en los derechos fundamentales tanto de la persona humana como de la persona del cristiano. Se trata de un canon fundamental, en cuanto que es un punto de necesaria referencia para la promulgación, interpretación y aplicación de cualesquiera otras normas de rango inferior, que, en último término, deberán tener como objetivo reconocer, proteger y ampliar esta igualdad fundamental y aminorar todo lo posible, dentro de los necesarios imperativos dogmáticos, cualquier tipo de diferencias entre los miembros de la Iglesia.

  • Consecuencia práctica de esta igualdad: La tarea de evangelización.

El Derecho Canónico  reconoce el derecho y el deber de todo fiel cristiano a la evangelización universal de todos los hombres y en todo el mundo: “En virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo” [13].

Analizando el canon, descubrimos que la Evangelización no es patrimonio exclusivo de la jerarquía y de determinadas vocaciones cristianas. Como si fuese primordial en los clérigos y miembros de la vida consagrada y sólo, muy en segundo lugar y como meros colaboradores suyos,  los laicos. Es un derecho que el fiel puede reclamar de la jerarquía de la Iglesia (can. 212) siempre que se mantenga dentro de los límites debidos a la comunión eclesial.

Cinco  años despúes de publicado el Derecho Canónico,  el Papa Juan Pablo II,  dio luz a la Exhortación Apostólica Post-Sinodal “Christifideles Laici”    como un camino claro para que los laicos vivamos nuestra misión en la Iglesia y en el mundo: “El Pueblo de Dios está representado en los obreros de la viña, de los que habla el Evangelio de Mateo. La viña es el mundo entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios. El llamamiento del Señor Jesús «Id también vosotros a mi viña» no cesa de resonar en el curso de la historia. La Iglesia ha madurado una conciencia más viva de su naturaleza misionera y ha escuchado de nuevo la voz de su Señor que la envía al mundo como «sacramento universal de salvación».  La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo”. [14]

  • Retos para que estos derechos y deberes sean conocidos y vividos:

No es fácil cambiar una mentalidad de más de 1500 años en tan sólo 50 años: El Vaticano II es reciente. La conciencia de Iglesia como Pueblo de Dios implica un cambio lento y progresivo. Desde mi experiencia como laica comprometida durante 26 años, quisiera aportar estos retos:

  • Valorar la eficacia de que la evangelización de los laicos, sea a través de otros laicos.
  • Favorecer la corresponsabilidad apostólica, pidiendo a los Pastores de la Iglesia que tomen como prioridad de su ministerio formar laicos comprometidos que puedan a su vez, formar a otros laicos.
  • Elaborar los proyectos apostólicos con los laicos.
  • Valoración de todas las vocaciones que surjan en la Iglesia: amplitud de en la visión de lo que significa una auténtica pastoral vocacional eclesial.
  • Abrir la participación de los laicos en las estructuras de gobierno pastoral a nivel local, nacional e internacional.
  • Participación de los laicos en la formación de los clérigos en todas las etapas formativas.
  • Creación de nuevas plataformas apostólicas en la empresa, la política, la economía, las universidades y los medios de comunicación social.
  • Mostrar el rostro de una Iglesia-familia, menos centrado en el papel del clérigo, que pueda ser reflejo de un Dios-Familia, donde cada uno promueve el crecimiento de los demás.
  • Capacitación de los clérigos en un “liderazgo participativo” que no se centra en la toma de decisiones de manera unilateral, sino que escucha, capacita, promueve, se pone al servicio y forma. Es el liderazgo de Jesús, que consiste en formar a otros líderes hasta dejarlos en su lugar.

III.- Conclusión:

Como laica comprometida me parece todo un reto cambiar una mentalidad muy arraigada en nuestra Iglesia a lo largo de tantos siglos.  En muchos momentos he experimentado un gozo enorme trabajar en equipos eclesiales, pero también soy testigo de que todavía se cree muy poco en la fuerza que tenemos los laicos y todo lo que podemos aportar.

He tratado constantemente de meditar la Palabra con perspectiva de profundizar en la visión de Jesús, en la que no existen ni laicos, ni clérigos para tener un marco apostólico que parte del Evangelio. 

Eso nos ha llevado a mi esposo y a mí a trabajar como familia  por las familias, porque consideramos que es la cuna donde se enseña al hombre a descubrir sus derechos y deberes  para vivirlos en la medida que la persona crece.

También me duele ser consciente de mi pecado de omisión al no promover con más empeño que mis hermanos conozcan a Cristo y le den a conocer. Experimento la llamada a entregar mi vida por el Evangelio, desde el estado de vida laical. Como muchas mujeres laicas que aparecen en la Biblia, como la misma María, que siendo una madre de familia da un si al plan de Dios y trabaja en equipo con su Hijo y luego, en Pentecostés con todos los demás apóstoles.  Quiero entregar mi vida por construir una Iglesia en la que laicos y clérigos nos sentemos a dialogar nuestros miedos, sueños y retos. Donde proyectemos juntos, como una sola familia, para que el Evangelio sea difundido y llegue a todos nuestros hermanos.

BIBLIOGRAFÍA:

Communio. Revista Católica. Los laicos . Ediciones encuentro. Madrid 1985. Volumen VII

Los laicos. Semanario de Guadalajara. José Trinidad. Obispo Auxiliar de la Diócesis de Guadalajara.

Antonio García. Revista Communio España. Los laicos en la época medieval. 1985.

Bernardo Bayona Aznar. El estado laico en la Edad Media. Editorial Tecnos

Bruno Forte: «Laicado y Laicidad». Ed. Sigueme.

Antonio Vidales: `Breve historia del laicado». Secretariado General para los “Seglares Claretianos”.

Christifideles laici

Manual de estudio teológico Sapientia Fidei. Derecho Canónico.  Profesores de la  Universidad Pontificia de Salamanca.

Código de Derecho Canónico  25 Enero 1983.


[1] Communio. Revista Católica. Los laicos . Ediciones encuentro. Madrid 1985. Volumen VII

[2] Ibidem.

[3] Los laicos. Semanario de Guadalajara. José Trinidad. Obispo Auxiliar de la Diócesis de Guadalajara

[4] Ibidem.

[5] Antonio García. Revista Communio España. Los laicos en la época medieval. 1985.

[6] Bernardo Bayona Aznar. El estado laico en la Edad Media. Editorial Tecnos

[7] Bruno Forte: «Laicado y Laicidad». Ed. Sigueme.

[8] Antonio Vidales: `Breve historia del laicado». Secretariado General para los “Seglares Claretianos”.

[9] Christifideles laici 9

[10] Derecho Canónico. Manual de estudio teológico Sapientia Fidei.  Profesores de la  Universidad Pontificia de Salamanca.

[11] Código de Derecho Canónico 208. 25 Enero 1983.

[12] Este texto canónico corresponde, en el plano religioso, a los artículos 1 y 7 de la DDH.

[13] Derecho Canónico no. 225

[14] Christifideles laici 1

Categorías: General
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