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Dimensión social del perdón

Se trata de un don de Dios, quien siempre está dispuesto a ser compasivo, clemente, paciente, pero espera nuestra respuesta, es decir, que reconozcamos nuestra culpa

Germán Araujo Mata

Germán Araujo Mata. Subdirector del IMDOSOC.

Aunque tus pecados sean como escarlata, blanquearán como la nieve; aunque sean rojos como púrpura, quedarán como la lana (Is 1, 18)

Qué difícil decir: «soy culpable»

Si algo caracteriza al cristianismo es precisamente su mensaje de amor, de reconciliación, de perdón. La Sagrada Escritura insiste en que Dios ya perdonó todos los pecados de la humanidad porque es misericordioso: «Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades» (Sal 103, 3). Se trata de un don de Dios, quien siempre está dispuesto a ser compasivo, clemente, paciente, pero espera nuestra respuesta, es decir, que reconozcamos nuestra culpa. Cuando regresamos a Él, después de habernos apartado, nos espera con los brazos abiertos sin reproches, sin memoria, sin contabilidades.

Los Evangelios nos hablan de la actitud permanente de Jesús para perdonar, a condición de que pidamos y aceptemos el perdón. Juan Pablo II nos muestra a Jesús como el Señor de la misericordia. «Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o pecado» (Dives in Misericordia 6).

Por eso, podemos señalar con toda confianza que «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 18, 23), o expresado en palabras de san Juan: «En caso de que nos condene nuestra conciencia, Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo» (1 Jn 3, 20).

Algo de la realidad…

Con frecuencia se dice que las personas han perdido el sentido del pecado, que la conciencia parece adormilada, anestesiada ante la responsabilidad de los actos, que ya no existe sentimiento de culpa y que cada vez menos personas se acercan al sacramento de la confesión.

Cada vez más personas expresan que se reconcilian directamente con Dios y que no ven razones para hablar con un sacerdote de sus pecados, de su vida íntima, de su conciencia.

Encontramos también, que pocos sacerdotes dedican tiempo suficiente a la confesión, a la dirección espiritual, y que no siempre es fácil encontrar un buen confesor con tiempo para escuchar y con disposición de ánimo para «ayudar a sanar el alma».

Quizás lo más significativo sea que no siempre existe la formación y la catequesis para hacer una buena confesión, y que más bien se da un divorcio entre las normas —reales o supuestas—, y la vida concreta de las personas. Dice el Padre Roberto que hoy casi no existe cultura religiosa para la confesión, la reconciliación y el perdón. Es más, no se distingue culpa real de sentimiento de culpa.

Algo para juzgar

La reconciliación no es tanto un mandato de Dios o de la Iglesia, sino una necesidad de la persona humana, que la Iglesia misma reconoce, y por tanto invita a que recibamos este sacramento. En efecto, sin reconciliación no puede haber paz ni encuentro personal con Cristo ni oración auténtica ni buenas relaciones humanas ni disposición para el diálogo. Es más, sin reconciliación tampoco hay salud, alegría, buen humor ni auténticas ganas de vivir.

Cuando uno encuentra a personas amargadas, agresivas, violentas, vengativas, hirientes, prepotentes, fácilmente puede considerarlas como enemigas y excluirlas o sacarles la vuelta, con lo cual se refuerzan sus sentimientos de víctimas. En realidad, la mayoría de las veces se trata de personas heridas, lastimadas, reprimidas, inseguras, desgarradas interiormente y que no saben cómo actuar o que solamente saben actuar de ese modo.

Los confesores y psicólogos aseguran que se trata de personas que llevan la carga del dolor, de la falta de amor, del sentimiento de culpa, del resentimiento, de la no aceptación de su historia ni de ellas mismas tal y como son. Y al vivir con ese conflicto interno, con esa revolución en el alma, repiten patrones de conducta tal y como ellos los vivieron: proyectan sus sentimientos, inseguridades, complejos, faltas e ideales en los demás, en forma de agresión; hieren para defenderse, celan y humillan para ocultar su inseguridad, desconfían de todos, culpan a los demás de lo que les pasa, se vuelven huraños, solitarios, sentimentalistas; canalizan en forma de violencia o instintivamente su represión. Se trata de una incapacidad real para aceptarse y reconciliarse con ellos mismos, con su historia, con los demás y hasta con Dios.

Ya Pío XII decía que «muchos no son mejores porque no fueron suficientemente amados en su vida».

Conviene insistir y difundir por todos los medios posibles la premisa fundamental de que sin perdón a nosotros mismos, a los demás y a Dios no hay reconciliación posible. Quizás lo más difícil no es perdonar al agresor, sino perdonarnos a nosotros mismos, aceptarnos tal y como somos, aceptar nuestra historia, nuestra biografía, nuestro recorrido de aciertos y errores.

El perdón no es un acto voluntarista ni el cumplimiento moral de un deber, sino el fruto de un proceso casi siempre lento que implica reflexión, discernimiento y sobre todo gracia de Dios. El perdón es cancelar, absolver, deshacerse de algo, y la reconciliación es construir la armonía, apaciguar, quedar en paz.

El perdón, por tanto, no es debilidad, resignación, conformismo, contemporización, sino un ejercicio de la propia libertad, un gesto de fortaleza y de esperanza. Es una expresión o manifestación de nuestro espíritu que se encuentra a solas con Dios y que no se deja encarcelar por actos, recuerdos o personas, sino que decide no guardar ni cargar un veneno que daña, que corroe, que mata.

El perdón, además, nos da la oportunidad de desinstalarnos de nuestra imagen de seres perfectos, irreprochables, dueños de la verdad, y nos introduce en la dinámica de la humildad, del realismo existencial, de vernos y ver la vida como realmente es y no como la idealizamos.

Algo para actuar…

Algunos confesores, directores espirituales y terapeutas recomiendan seis pasos para la reconciliación:

1. Decisión. Cuando uno siente el infierno del odio, del resentimiento, del coraje, es el momento de decidir reconciliarse, liberarse, comenzar una nueva vida. Nadie puede decidir por uno mismo. Y no se trata, en primer lugar, de cumplir con una obligación moral, sino de buscar la paz y responder a una exigencia de la conciencia, que es al fin de cuentas donde habita Dios, quien es el único que puede concedernos el don de la paz.

2. Revivir. Recordar, imaginar, escenificar los hechos que me lastiman, que me duelen, que me hacen daño. No es cierto que con dejar pasar el tiempo las cosas se resuelven. Necesitamos enfrentar la realidad, verla tal como fue, volverla a vivir.

3. Dejar que aflore la rabia, el coraje, el dolor por la ofensa. Cuando ha salido todo el coraje puedo tratar de ponerme en los zapatos del otro y tal vez me dé cuenta de que su intención no fue lastimarme, o que no lo hizo adrede. Tal vez confirme que el agresor quiso herirme.

4. Hacer un juicio serenodeloshechos. Es necesario ponerme a la distancia y tratar de ver qué fue realmente lo que sucedió. Analizar fríamente las cosas y racionalizarlas. «Pensar con la cabeza, no con las víceras», decía mi mamá. Sobre todo, no confundir nuestra «dignidad» con la soberbia o el orgullo.

Quizás nos demos cuenta de que nosotros provocamos la reacción por una palabra, un gesto, una actitud…, o quizás el momento no era el adecuado. Tal vez nos demos cuenta de que la persona que nos lastimó necesita humillar, agredir, ofender para ocultar su falta de autoestima y de aceptación.

5. Liberarme. La persona que me ofendió me tiene en sus manos, me sigue manejando como a un esclavo mientras no me libere. Mientras no decida ser libre sigue ejerciendo un poder sobre mí, me sigue controlando, hiriendo, lastimando… La forma de liberarme es perdonarla. El perdón no se lo otorgo porque sea bueno o mejor que ella, sino porque ella lo necesita y yo también.

El perdón me libera, me sana, me deja en paz y posibilita mi renovación y mi desarrollo que quizás estaba estancado, paralizado. Perdonar no es fácil. A menos que como Jesús en la Cruz, sea capaz de exclamar: «¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!» (Lc 23, 34). De ese modo dejo las cosas en manos de Dios y me doy tiempo para que la gracia actúe en mí.

Si logro expresar con el corazón esa oración, lo demás será también fruto de la gracia de Dios, y se manifestará en sentimientos de paz interior, sensación de libertad, sentirme una persona nueva.

6. Reconocerme pecador, necesitado de perdón y de perdonar. En el proceso de perdonar existe la oportunidad de reconocernos frágiles; imperfectos; capaces del error, de equivocación y de pecado; en suma, de reconocernos humanos como los demás. Y en este sentido hay una oportunidad de crecimiento en humanidad, en tolerancia, en humildad.

Recapitulando…

Perdonar es exponer mi verdad ante Dios y pedirle humildemente que me conceda su Espíritu Santo para reconocer mi culpa y así reconciliarme con el agresor, o para tener la capacidad de comprender porqué el agresor actuó de esa forma.

Muchas veces, se diluye el sentido del pecado y se identifica erróneamente con el sentimiento morboso de la culpa o con la simple transgresión de normas sociales. Esto no es otra cosa más que el rechazo de toda referencia a lo trascendente en nombre de la aspiración a la autonomía personal.

La reconciliación implica también reconocer que el pecado personal repercute, en cierta manera, en los demás, es decir, tiene una dimensión social, pues todo pecado, aun el más íntimo y secreto, repercute, con mayor o menor intensidad en los demás. «En este sentido es social el pecado contra el amor del prójimo» (Reconciliatio et Paenitentia 16).

Por otra parte, el perdón me libera para volver a tratar a los demás con amabilidad, con afecto, con respeto y, sobre todo, para volver a confiar en ellos. De donde se deduce que el perdón y la reconciliación puede sanar las relaciones en un mundo dividido, violento, antagónico y en guerra.

Es la falta de perdón la que muchas veces ocasiona la ruptura familiar, los conflictos en los lugares de trabajo, en el barrio, en la parroquia, en los partidos políticos, en el país, entre las naciones. Por eso, el perdón tiene una dimensión social importantísima y necesaria. La falta de paz no comienza con la guerra, sino en el corazón de cada persona, de cada familia, de cada grupo humano.

En este sentido, conviene recordar y rescatar el papel de la Iglesia y de todo cristiano de ser instrumento y signo de reconciliación y de perdón. Como dice san Pablo: «Todo viene de Dios que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación» (2 Co 5, 18).

Como cristianos y como Iglesia vendría muy bien relanzar el sentido profundo de la reconciliación y del perdón. Tal vez, podemos comenzar en casa, en el trabajo, en la parroquia… De lo contrario nunca podremos rezar el Padre Nuestro con sinceridad: Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…

Las tareas son muchas y, obviamente, con nuestras solas fuerzas no podemos. Contamos con la certesa de que Jesús nos dijo ¡ánimo! Yo he vencido al mundo. Y con la seguridad de que Santa María DE Guadalupe nos tiene en su regazo.

No podemos seguir siendo espectadores.

NOTA: Esta Reflexión fue publicada en Signo de los Tiempos No. 119 de junio del 2003.

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