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La Virgen mexicana que ganó la batalla a España en el S. XIX

Imagen de la Virgen de Guadalupe

La Virgen mexicana que ganó la batalla a España en el S. XIX

Un eclesiástico, llamado Miguel Hidalgo, usó la imagen de la Guadalupana como símbolo independentista para reunir a todos los mestizos e indígenas en la lucha contra el Virreinato

Eugenia MirasEugenia MirasSEGUIRMadrid Actualizado:18/09/2017 10:56h Guardar 0

La guerra mediante la que México se emancipó de la Corona española estalló durante la noche del 15 al 16 de septiembre de 1810 en Dolores, Guanajuato, encabezada por el cura Miguel Hidalgo. El eclesiástico reunió a los insurgentes bajo el estandarte de la Virgen de Guadalupe, a la que llamó «Patrona de la Libertad». Juntos empezaron una peregrinación armada contra los realistas del Virreinato de nuestro país. Esta lucha pasó por diferentes fases hasta la firma del Acta de Independencia del Imperio mexicano, tras la victoria de las tropas del líder rebelde Agustín Iturbide en 1821.

La «madre patria», como siguen llamando con cariño los mexicanos a España, a comienzos del siglo XIX sufrió la disputa por el trono entre Carlos IV y su hijo Fernando VII. Ante esta debilidad de entendimiento entre ambos, Napoleón I Bonaparte aprovechó la debilidad del trono para instaurar su régimen y obligarles a entregar la corona en las abdicaciones de Bayona allá por 1808. Muy satisfecho, el emperador nombró rey de España a su hermano José Bonaparte (conocido despectivamente como Pepe Botella) quien tendría en su poder la península y a cada una de sus colonias, entre ellas estaba Nueva España, hoy México.

Todo este conflicto político y social propició a conspiraciones sobre la emancipación de la Corona al otro lado del Atlántico. Los liberales de la época, los ilustrados y algunos criollos (hijos de españoles nacidos en las colonias de América) comenzarían una nueva etapa, en la cual se preguntaban por su verdadera identidad.

La Conspiración de Querétaro

En México rápidamente se contagiaron de los ideales promulgados por la Revolución francesa («liberté, égalité, fraternité»). La alta esfera ilustrada del Virreinato empezaba a coqueteaba con estas premisas liberadoras, posteriormente contagiadas a los rebeldes novohispanos, quienes querían probar que se sentía derrocar un régimen.

El genuino sueño de la independencia mexicana se convirtió en la Conspiración de Querétaro. Ésta fue desarrollada paulatinamente en el elegante salón de los corregidores de la ciudad homónima, Miguel Domínguez y Josefa Ortiz. En estos encuentros (aparentemente benévolos) los anfitriones convocaban a los ilustrados de la época, principalmente los miembros del clero, quienes tenían acceso a la educación junto a otros pocos privilegiados.

Durante las meriendas, los cómplices empezaron a diseñar lo que sería un nuevo orden político y social, donde se buscaba la emancipación del Virreinato de España. Si Fernando VII no gobernaba, no aceptarían a ningún otro rey y menos a Pepe Botella.

Aunque después para 1813 Fernando VII recuperó la corona, los novohispanos ya se encontraban muy cómodos y especialmente libres de ser mexicanos y no coloniales.

La multitud hace la fuerza

El rechazo a la monarquía de José Bonaparte fue en un origen el principal motivo que reunió allí al cura Miguel Hidalgo, a José María Morelos y a Ignacio Allende. No obstante, para derrocar el Virreinato hacía falta una fuerza mayor, y esa era la multitud.

La muchedumbre, bien dirigida, era suficiente para aplastar a todos los soldados del rey, los realistas. El cura Miguel Hidalgo (letrado y astuto) bien sabía que lo único que unía a las masas -a los pobres, criollos y a los «hijos de la chingada» (como así llamaban a los bastardos)- era el hambre y la injusticia. No obstante, faltaba un motor que los impulsara a arriesgar esa «nada» que tenían y en la que vivían, algo superior que los orquestara a todos bajo la misma bandera.

La virgencita politizada

Lo único que podía sacar la furia de las entrañas de la «nada» consistía en un elemento sagrado que nadie había tenido en cuenta más que los bienaventurados y descalzos: la Virgen de Guadalupe, también llamada la morenita del Tepeyac. De esta forma Miguel Hidalgo reclutó (casi sin querer) a una nación desamparada, pues salvo un pequeño núcleo acomodado, todos los olvidados del sistema se sentían identificados con ella.

Según cuenta la tradición oral, la Virgen de Guadalupe se le apareció a un indígena llamado Juan Diego en el valle de Tepeyac allá por 1531 (diez años después de la conquista). La morenita mandó al joven solicitar al obispo la construcción de un templo para ella. El eclesiástico ponía en duda la visita de la madre de Cristo, así que ordenó al muchacho acudir nuevamente al monte y pedir una prueba de su existencia. El indígena regresó al lugar de la revelación, donde ella lo estaba esperando para obrar milagrosamente.

La morena desapareció, pero su imagen quedó impresa en la capa del joven (a día de hoy la ciencia sigue sin poder explicar ese extraño fenómeno sobre la tela). El mozo regresó junto con el obispo para mostrarle la señal que había pedido. Desde ese momento, el manto con la efigie de la Guadalupana, se convirtió en un símbolo sagrado para el colectivo humilde. Por el hecho de que un ser divino compartía con ellos la aparente sencillez en sus ropajes, en sus rasgos y en su tez oscura.

El amor mariano, entre dos razas

Los novohispanos tenían dos madres: la Guadalupana y la Generala (aquella a la que le rendían culto los criollos y españoles antes de la independencia mexicana)con ello se reflejaba la atroz desigualdad vivida en la colonia, incluso dentro del mismo credo católico. La que fue en su momento la patrona del Virreinato, la Virgen de los Remedios (también llamada la Generala), al parecer solo cobijaba a los favorecidos. Por ello la intercesión mariana necesitaba otro color de piel, otros oídos, y otros ojos misericordiosos para su pueblo.

La Virgen de Guadalupe no tomó fuerza hasta la guerra de la independencia, cuando Miguel Hidalgo la usó como motor del pueblo para despertar a una nación que no se acordaba que tenía hambre, sed y cansancio.

«La Virgen de Guadalupe simbolizaba la religión de los naturales oprimidos. Ella no fue agraciada con títulos militares por el poder virreinal… ella era toda india y toda para el indio. Al ver su imagen en la bandera flotante alzábanse las gentes, acrecíanse, sospechando tal vez que aquella compasiva y buena protectora estaba también vejada y perseguida como ellos», determinó Fulgencio Vargas en «Camino a la Insurgencia».

La profanación de la Guadalupana

La figura de la morenita fue la imagen propagandística y política que usó un hombre para mover a un pueblo dormido, una sociedad en su mayoría analfabeta que no entendía la gravedad de sus problemas y aceptaba su realidad sin cuestionarla.

El cura que un día legitimó a Fernando VII, al día siguiente quiso erradicar cualquier lazo con «la madre patria». «Viva América, muera el mal gobierno!» y «¡Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe». Las palabras que gritó gritó Miguel Hidalgo la noche del 15 de septiembre se convirtieron en el cuerpo de Cristo que comulgaron los insurgentes y todos sus descendientes. A aquel discurso se le llamó «el Grito» de Dolores (por el pueblo donde se pronunció).

La Guerra de la Vírgenes

La devoción mariana tomó dos caminos diferentes durante esta guerra. Por un lado estaba la de los Remedios, en su momento fue la patrona de los indígenas, que suplió el culto prehispánico. Una virgen profundamente ibéricay asociada a la Conquista. Españoles y criollos le atribuyeron tal fuerte protección y carácter defensor que le dieron el rango de Generala.

«Conforme fue pasando el tiempo la protección de la Generala fue solicitada contra las fuerzas insurgentes buscando tanto la derrota total como las protección de la Ciudad de México cuando el ataque a ella por las fuerzas capitaneadas por Miguel Hidalgo era inminente. La Virgen de los Remedios se convirtió en la protectora de los insurgentes. A lo largo de la lucha de Independencia, estas dos advocaciones se veían si no como enemigas, sí como contrarias», escribió Francisco de Florencia en «La milagrosa invención de un tesoro escondido».

Por otro lado estaba la de los «naturales», sin méritos más que su rostro dulce y la sencillez de su presencia, era la madrecita de los pobres y por ello, Hidalgo sabía que esa era la Patrona de la libertad.

Así que tras «el Grito», el cura Hidalgo y los milicianos salieron con más ira que armas del pueblo. El ingenioso líder vio un lienzo de la Guadalupana y la convirtió en bandera a la que se le fueron sumando después los hijos de los españoles. La efigie bajo la que agrupó a un batallón de mestizos y «malqueridos» del Virreinato para guiar al pueblo a la libertad.

De esta manera, la Generala y la Guadalupana fueron a la contienda, donde se dice que recibieron disparos de cada uno de los bandos.

El legado de la independencia mexicana

Es cierto que la imagen de la Virgen se ha usado como un punto de encuentro entre las gentes del pueblo. El propio clérigo se apoyó en la propaganda bélico-mariana para iniciar su guerra por un México libre.

«Los mexicanos somos guadalupanos», aseguró José Manuel Villalpando, un historiador muy reconocido que plasmó su visión sobre la devoción ferviente a la morena del Tepeyac en «La Virgen de Guadalupe, una biografía».

La imagen de la morena se ha visto comprometida en numerosos escenarios donde su presencia justificó la guerra. No obstante, su efigie y sus fieles fueron perseguidos en el siglo posterior, convirtiéndola en un emblema nacional que simbolizó la lucha, la represión, y el dolor de toda una nación a lo largo de más de 500 años de su historia, como así lo explicó Villalpando en el libro.

Aunque en un principio se usó la imagen sagrada para combatir a criollos y españoles, cabe destacar que como en tantos momentos de la historia, su nombre fue tomado en vano a fin de intereses sociopolíticos. Pues ¿qué madre y santa guiaría a su hijo a matar a su hermano?.

No obstante la trascendencia histórica que ha tenido el estandarte de la Virgen de Guadalupe durante la guerra de la independencia ha marcado la identidad nacional. Después de la contienda los mexicanos se unieron bajo la misma Patrona, a la que a día de hoy aman, celebran y respetan. Aunque México es un país laico, la Guadalupana es sagrada en todos los hogares, pues junto con Hidalgo, Morelos, Allende e Iturbide llevaron a la creación de una identidad nacional.

«No es un secreto para nadie que el catolicismo mexicano se concentra en el culto a la Virgen de Guadalupe», aseguró Octavio Paz su ensayo «El laberinto de la soledad».

Hoy el país independiente es un abrazo cariñoso al pasado, donde la herencia española y el catolicismo han dejado una semilla valiosa en la construcción de esta patria. La Virgen de Guadalupe representa la fortaleza y la unión popular, pero sobre todo simboliza a cada uno de los mexicanos, especialmente cada 15 de septiembre.

Desde 1925, en esta fecha los gobernantes de México alzan la bandera celebrando la independencia, a sus héroes y a su patria. Antes de declararse un estado laico, en ese día la Virgen también era vitoreada. No obstante, el día 12 de diciembre con motivo de su aparición en el Tepeyac, se celebra a lo grande su gloria.

Hoy México es una gran nación, un crisol de culturas y el país de adopción de muchos extranjeros. En esa tierra se acogieron a muchísimos intelectuales españoles y del mundo entero, que fueron perseguidos por régimenes donde no había libertad de expresión. La voz de la esperanza, de los sueños y del futuro se vieron plasmados un siglo después de la independencia en ese lugar que alguna vez fue Nueva España.

Fuente: https://www.abc.es/historia/abci-virgen-mexicana-gano-batalla-espana-201709181056_noticia.html#vca=mod-sugeridos-p2&vmc=relacionados&vso=la-virgen-mexicana-que-gano-la-batalla-a-espana-en-el-s-xix&vli=noticia.foto.historia

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