“El día de mi ordenación, yo pedí simplemente a Dios Nuestro Señor ser útil a las almas”.

-Beato Miguel Agustín Pro

 

[…] su inigualable devoción al celebrar la Misa, y por otra, un don especial que Dios le concedió: “A la hora de la elevación”, dice esta señora, “yo lo vi elevarse de la tierra, parecía una silueta blanca. Mis criadas me dijeron enseguida y espontáneamente que ellas habían observado el mismo fenómeno y habían recibido con ello un gran consuelo”.

Su comprensión del valor de la unión de nuestros sufrimientos a la cruz de Cristo despertó en él una sed ardiente del martirio: “¡Oh, si me sacara la lotería!… ¡Ojalá me tocara la suerte de ser de los primeros,… o de los últimos, pero ser del número!”.

 

Por Wolfgang María Muha. Dominus Est. 23 de noviembre de 2019.

 

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La imagen del P. Pro que más se ha difundido es la de su vida externa: sus múltiples apostolados, su gran actividad y energía, su simpatía, su ingenio, etc. Todo esto fue el fruto de la intensa vida espiritual que él tuvo. Esta fue la raíz de donde brotó su santidad, expresada en las diferentes virtudes externas que se aprecian en él. Sin embargo, esa vida interior del P. Pro es poco conocida; él mismo la velaba a los ojos de los demás por medio de sus bromas y ocurrencias. El P. Negra S.J. hace notar que cuando por sorpresa lo llevaban a hablar de cosas serias y espirituales, se mostraba tal cual era, pero al notar que la confidencia redundaba en su honra personal, terminaba la frase, en el mismo tono y sin transición, pero mezclando una broma o entonando una canción burlesca. Esto desconcertaba a los que se detenían en las apariencias. A los que lo conocían a fondo les causaba la impresión de un religioso muy fervoroso, que sabía juntar admirablemente la broma con la más sólida virtud.

La base de su vida espiritual fue siempre la humildad. Uno de sus compañeros de noviciado refiere: “Siempre me pareció muy humilde y caritativo. Sabía hablar bien y sabroso de cosas espirituales. Gracias a su espontaneidad y su alegría, podía mejor que otros entremezclar en la conversación reflexiones piadosas. Había coleccionado en una libreta varias oraciones y temas de sólida piedad, prueba de su buen gusto ascético. Lo principal de sus apuntes se refería al Sagrado Corazón de Jesús, de quien siempre fue sólida y sinceramente devoto. Lo que más me admiró de él fue su espíritu de sacrificio y de aguante en sus enfermedades y en las tribulaciones que nos ocasionaban las miserias sociales y religiosas de la patria”.

El Hermano Pulido, que entró al noviciado un año después que el P. Pro, comenta: “En este novicio pronto se descubrirían dos Pro: el bromista que alegraba los recreos y el hombre de vida interior profunda. Durante los ejercicios anuales, el cómico y locuaz se volvía un cartujo; pasaba en la capilla tal vez más tiempo que ninguno y era escrupulosamente cumplido en todos sus actos de piedad. Sostenido por la persuasión de que Dios lo quería santo y movido por una férrea voluntad, mantenía su alma siempre en contacto con Dios”.

 

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Su unión con Dios, ya desde el principio de su formación como Jesuita, le permitía permanecer sereno, incluso frente a circunstancias adversas. Una tras otra, le llegaban noticias alarmantes acerca de su familia: su padre, despojado de sus bienes, tuvo que huir para escapar a la muerte; su madre, enferma, iba camino de Guadalajara; sus achaques de estómago empezaban a atenazarlo. Sin embargo, uno de sus compañeros comenta: “El Hermano Pro conservaba la paz. Sus conversaciones reflejaban su conformidad con la voluntad de Dios y su gran confianza en la Providencia amorosa de Dios, su Padre, que no le podía faltar”. El P. Valentín Sánchez S.J., que fue rector suyo un tiempo, señala también su admirable paciencia en medio de las contrariedades. Por otra parte, su buen humor y servicialidad con frecuencia le costaban verdaderos sacrificios debido a su mala salud, que en ocasiones lo hacía pasar las noches en blanco.

El sacerdocio fue para él la gracia de las gracias. Él mismo la anuncia en una carta a un viejo amigo suyo: “Este año tendré la inmensa dicha de ser ordenado sacerdote; el 31 de agosto diré la primera Misa. Ya puede Ud. imaginarse cuál es la alegría que inunda mi alma y cuál la satisfacción con que la comunico a Ud. Este altísimo Sacramento me acercará más a nuestro Dios y me concederá poderes grandísimos y verdaderamente celestiales como son el poder consagrar el Cuerpo santísimo de Cristo, el abrir las puertas del cielo a los pobres pecadores en la confesión, el regenerar con el Bautismo las almas manchadas con la culpa original, y tantos otros que superan a todo honor mundano y caduco de este valle de lágrimas”.

 

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Y ya después de la ordenación, refiere lo sucedido en su alma ese día:

“No voy a decirles lo que pasó en mi interior. Ud. me dice que esas cosas se sienten y no se dicen, porque no hay palabras para manifestarlas; y es verdad, y más verdad después de que las he experimentado. ¿Cómo va a decir el pensamiento la suave unción del Espíritu Santo que siento, palpo, toco casi con mis manos, inundando a mi pobre e infeliz alma de minero de dulzuras de cielo y alegrías de ángeles? Bendito mil veces el que tales consuelos nos da y el que nos ha elegido y llevado, a pesar de toda nuestra resistencia, a la más alta y sublime dignidad que hay en la tierra. Contra todos mis propósitos, contra lo que yo esperaba de mi naturaleza fría y dura, no pude impedir que el día de la ordenación y al momento de decir con el Obispo las palabras de la consagración, las lágrimas salieran, hilo a hilo, y que mi corazón dejara de golpearme el pecho con saltos inauditos. ¡Oh vanos y mezquinos pensamientos humanos, cómo no valen nada cuando Dios obra directamente en nuestras almas!”.

 

Añade que su primera Misa la dijo “al principio un poco cohibido, pero después de la consagración, con una paz y alegría… de cielo”. Al H. Frías le comenta:

“Excuso decirle lo que he sentido y siento al palpar la suave influencia del Espíritu Santo que se me confirió en el carácter sacerdotal. Dios nuestro Señor se ha mostrado infinitamente misericordioso conmigo, pues no han sido parte mis faltas, mis imperfecciones, mis pecados, para elevarme a la más alta dignidad de la tierra. Pídale a Dios que sea un sacerdote santo, sin poner obstáculos a los planes que tiene de mí”.

 

Ya sacerdote, el P. Pro emprendió un apostolado abrumador. Él mismo dice sencillamente:

“El día de mi ordenación, yo pedí simplemente a Dios Nuestro Señor ser útil a las almas”.

¡Y Él se las mandó en abundancia! Su jornada diaria era de cerca de quince horas de trabajo: corría por la ciudad para alimentar a las almas con la Sagrada Comunión, confesaba durante varias horas, visitaba moribundos, daba retiros y triduos, estudiaba sus tratados de teología, socorría a los necesitados. Y después de todo esto, aún encontraba tiempo para la dirección espiritual epistolar. En la noche, al volver de su trabajo apostólico, tomaba la pluma y dejaba hablar a su corazón, el corazón íntimo del verdadero P. Pro. Ni una vez siquiera se desliza en estas cartas la más ligera broma.

Una de sus dirigidas hace notar que lo que más atraía en él era su bondad, su extraordinaria piedad y su espíritu de mortificación. Comenta: “Su sed de mortificación era insaciable, sus consejos, llenos de moderación y dulzura. Cuando se le veía celebrar la Misa, quedaba uno prendado de él para siempre. Su transformación era entonces radical; olvidaba uno su temperamento jovial. No se veía en él sino al representante de Jesucristo, a Jesucristo mismo. Con frecuencia me decía a mí misma: así oran seguramente los santos”.

El día que celebró su última Misa, ya estando oculto en una casa de personas amigas, la señora Valdés pudo comprobar, por una parte, su inigualable devoción al celebrarla, y por otra, un don especial que Dios le concedió: “A la hora de la elevación”, dice esta señora, “yo lo vi elevarse de la tierra, parecía una silueta blanca. Mis criadas me dijeron enseguida y espontáneamente que ellas habían observado el mismo fenómeno y habían recibido con ello un gran consuelo”.

Otra joven recuerda que “no medía las horas que empleaba con las personas que acudían a él, como si no tuviera otra cosa qué hacer. Muchas veces no tenía más de dos o tres horas disponibles para el sueño, pero si un penitente acudía a él, lo recibía como si no se encontrara agobiado”.

El P. Pro se sabía verdaderamente representante y continuador de Jesucristo en la tierra. Un Jueves Santo respondió a una persona que oraba por sus intenciones, diciéndole: “¡La fiesta de los sacerdotes! ¡Qué hermoso día! ¡Nosotros repetimos el acto augusto que Jesucristo hizo por vez primera la víspera de su pasión, muriendo de amor por nosotros, dejándonos herederos de su santísimo Cuerpo, alimento de nuestros pobres corazones. ¡Bendito Él mil veces por haberme hecho su representante y continuador aquí en la tierra!”.

El P. Pro no perdía de vista que en el camino de la santidad, lo principal es la gracia de Dios. A uno de sus dirigidos le decía: “Esfuérzate por poner por obra tus buenos deseos; haz como si todo dependiera de ti, pero sin desalentarte si adviertes que no has hecho nada. Ten grandes proyectos, pero en la ejecución recuerda que la gracia de Dios es el elemento principal de la acción; y la gracia de Dios nunca te faltará de parte de Él”.

Su devoción a la Virgen era profunda. Él relata así su visita a la gruta de Lourdes: “De la iglesia fui a la gruta… Un pedacito de cielo donde vi a una Virgen que inundó mi alma de una dicha inmensa, de un consuelo íntimo, de un bienestar divino que no hay palabras para explicar. El infeliz Pro ni vio, ni oyó, ni se dio cuenta de nada de lo que hacían los miles de peregrinos que allí estaban…. Esa Santísima Madre hacía y deshacía en mi alma como jamás lo había sentido. ¿Cómo duré tanto tiempo de rodillas, yo, que a los cinco minutos ya no puedo continuar? No lo sé. A las 12 fui a comer y a las 12:30 ya estaba en la gruta. A las tres, un cura se acerca y me dice: si sigue Ud. así, se va a enfermar, yo le aconsejaría que fuera a la sombra. ¿Qué cara o postura tenía yo? No lo sé. Yo sólo sé que estaba los pies de mi Madre y que sentía muy dentro de mí su presencia bendita y su acción”.

 

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La cruz, que formó parte esencial y constante de su vida, fue algo que él siempre comprendió y valoró, como lo expresó siempre a sus almas dirigidas: “¿Cómo imitaríamos de cerca a Jesucristo, nuestro modelo, que llevó durante toda su existencia la cruz por nuestros pecados? El sufrimiento es el manjar de las almas santas. El sufrimiento, unido al amor a Nuestro Señor, es, después de la santa Eucaristía, la fortaleza más grande de nuestras mezquinas y débiles almas”.

A una futura religiosa, el P. Pro le escribe: “La cruz de Jesucristo, nuestro hermano, significa para nosotros: amor, amor ardiente, amor constante, locura de amor. Estudia ese precioso libro de la cruz y, al empaparte en sus divinas enseñanzas, yo te aseguro que tu amor habrá encontrado objeto digno donde encuentre expansión tu amor ardiente (…) De nuestro corazón, como del de Jesús, debe brotar ese fuego sagrado que Él tiene para que se comunique a los demás, pero circundado de espinas para que nos libre de los mezquinos intereses propios, coronado de una cruz con los brazos abiertos para abrazar a cuantos nos rodean…”.

 

El P. Pro expresa su gran amor a la Virgen y a la cruz en una oración compuesta por él mismo:

“¡Déjame pasar la vida a tu lado, Madre mía. Acompañado de tu soledad amarga y tu dolor profundo! ¡Déjame sentir en mi alma el triste llanto de tus ojos y el desamparo de tu corazón! No quiero en el camino de mi vida saborear las alegrías de Belén, adorando entre tus brazos al Niño Dios. No quiero gozar en la casa humilde de Nazaret de la amable presencia de Jesucristo. ¡No quiero acompañarte en tu Asunción gloriosa entre los coros de los ángeles! Quiero en mi vida las burlas y mofas del Calvario, quiero la agonía lenta de tu Hijo, el desprecio, la ignominia, la infamia de la Cruz. Quiero estar a tu lado, Virgen Dolorosísima, de pie, fortaleciendo mi espíritu con tus lágrimas, consumando mi sacrificio con tu Martirio. Sosteniendo mi corazón con tu soledad, amando a mi Dios y a tu Dios con la inmolación de mi ser”.

 

 

Su comprensión del valor de la unión de nuestros sufrimientos a la cruz de Cristo despertó en él una sed ardiente del martirio: “¡Oh, si me sacara la lotería!… ¡Ojalá me tocara la suerte de ser de los primeros,… o de los últimos, pero ser del número!”. El 23 de septiembre de 1927, en una comunidad de Capuchinas Sacramentarias, le pidió a Dios específicamente esta gracia, ofreciéndose (en una Misa celebrada con este efecto) como víctima a la Justicia Divina por la salvación de la fe en México, por la paz de la Iglesia y por la conversión de sus perseguidores.

Dios lo escuchó y le tomó la palabra. Ese mismo día se lo dio a conocer, pues el Padre comentó que había escuchado una voz que le decía: “Está aceptado el sacrificio”. Dos meses más tarde, exactamente, éste se consumaba, cuando el P. Pro caía bajo el impacto de las balas el 23 de noviembre.

 

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Dios aceptó su ofrecimiento y nos dio lo que el P. Pro pedía para nuestra Iglesia en México. Estamos, pues, en deuda con nuestro querido mártir, que esperamos pronto sea canonizado.

 

Wolfgang María Muha

*publicado originalmente en Actualidad Litúrgica.

Edición Dominus Est

Portada: Raúl Berzosa