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Una Iglesia que no promueva el laicado no ha crecido en madurez

“El misionero debe estar dispuesto a quedarnos con la gente, dar garantía de estabilidad” Luis Miguel Modino.

Que los sacerdotes sean sacerdotes indígenas, que los diáconos sean diáconos indígenas, una Iglesia que pueda tener obispos indígenas, y llegar a tener esa posibilidad

(Luis Miguel Modino, corresponsal de RD en Brasil).- Un obispo enamorado de la misión, de llevar el Evangelio a las periferias del mundo. Esa podría ser una buena definición de Monseñor Joselito Carreño Quiñones, obispo del Vicariato de Puerto Inírida, Colombia, desde 2014.

Esta entrevista es fruto de una larga conversación a la orilla del Río Guainía, el mismo que del otro lado, en la parte venezolana se conoce como Río Negro. De hecho, el suyo es un vicariato que no entiende de fronteras, pues acompañan comunidades de uno y otro lado de la frontera.

Monseñor Carreño siempre quiso ser misionero, desde seminarista. Por eso, dejó el seminario diocesano en la Arquidiócesis de Bucaramanga y entró en la Congregación de los Javerianos de Yarumal, una congregación misionera, que le envió a África durante veinte años. De hecho, él piensa que una de las exigencias de un misionero es “estar dispuesto a adentrarnos, a quedarnos ahí con ellos, y dar garantía de estabilidad”. Él ve como algo imprescindible aprender la lengua que la gente habla, pues “el amor pasa por aprender la lengua”.

Pone como ejemplo a Sophia Müller, misionera evangélica que vivió en la región del Guainía durante cincuenta años, y aprendió cinco de las doce lenguas locales, algo que él mismo también hizo cuando vivió en África y la gente percibió como un signo de que estaban allí porque les amaban.

En la entrevista, el obispo de Puerto Inírida hace un análisis de la realidad local y propone algunos caminos de cara al Sínodo para la Amazonía, tanto para la Iglesia como para una ecología integral. En esta dimensión, el obispo denuncia como grandes amenazas la deforestación, la minería, legal e ilegal, y la corrupción de las instituciones que deberían cuidar del medio ambiente. Junto con eso insiste en “hacer que la evangelización en estos pueblos indígenas tenga rostro indígena“, replanteando el tema de los ministerios, que los sacerdotes sean indígenas, de potenciar el laicado misionero, buscando procesos de formación adecuados a esa realidad, pues “una Iglesia que no promueva el laicado no ha crecido en madurez”.

¿Cuál es la realidad del Vicariato de Puerto Inírida?

Lo primero es que es una extensión muy grande desde el punto de vista geográfico, tiene la décima parte de nuestro país, Colombia. Comprende los departamento de Inírida y el Guainía y una franja grande del departamento del Bichada, más de cien mil kilómetros cuadrados. Es una extensión muy basta, pero con una población bastante baja, no pasa de setenta y cinco mil habitantes. Las comunidades están muy esparcidas por los ríos, uno encuentra comunidades con diez, quince, veinte, treinta familias, hay muchas comunidades pequeñitas. Todas comunidades indígenas, pues la parte rural es ciento por ciento indígena. La población de Inírida, que es la más grande, con unos veinticuatro mil habitantes, de esos, un 80% es indígena y un 20% de colonos, de gente venida de diferentes partes de Colombia.

El acompañar a todas estas comunidades es bastante complejo, en el sentido de que están muy apartadas unas de otras. Desde el punto de vista de presencia de la Iglesia católica no tenemos el personal suficiente para poder acompañar comunidad por comunidad, o al menos un cierto grupo de comunidades. En los puntos más grandes, como es Barranco Minas, ahí tenemos dos sacerdotes y cuatro religiosas, en San Felipe, en tiempos hubo religiosas y dos sacerdotes, ahora sólo uno, y tenemos dos sacerdotes en San Carlos en el lado de Venezuela, y en Maroa, también Venezuela, un sacerdote y un laico misionero. Ya en Inírida tenemos tres parroquias y la posibilidad de una nueva parroquia en un barrio de ocupación. Las comunidades de la parte del Guainía son noventa comunidades en la parte rural, más veinticinco que atendemos por el lado del Bichada, son muchas las comunidades, es una parte compleja.

Otro factor que hay que tener en cuenta de este vicariato es que, comparado con otras jurisdicciones eclesiásticas de Colombia, es el único en que los católicos somos minoría. Se adelantó una misionera evangélica y antropóloga, que llegó aquí en los años cuarenta años y se quedó cincuenta años inserta en las comunidades del Departamento del Guainía. Ella vio que era el lugar favorito, por lo que llegó y se dio cuenta que era la primera misionera que llegaba en estos tiempos. En el siglo XVI se habla que por aquí pasaron algunos de paso.

Ella cuando llegó y vio que era el lugar donde quería estar para hacer su trabajo de evangelización con las comunidades. Llegó a aprender cinco de las doce lenguas que se hablan en el Departamento del Guainía, y logró transmitir el Nuevo Testamento a estas cinco lenguas diferentes, organizando las comunidades de tal manera que tuviesen como mínimo dos pastores, con una estructura sencilla. Se reúnen una vez a la semana, los domingos, para la liturgia, una vez al mes para la Santa Cena, donde llevan comida, comparten y celebran juntos como comunidad, y una vez por semestre lo que llaman las conferencias, que es la reunión de las comunidades vecinas.

Usted está hablando de una experiencia que puede llevarnos a pensar en uno de los deseos del Papa Francisco con respecto al Sínodo, una Iglesia con rostro amazónico y rostro indígena. ¿Cómo podríamos aprender con esta experiencia de alguien que también son cristianos, evangélicos, para la Iglesia católica, no sólo en este vicariato como en toda la Amazonía?

Eso nos plantea grandes retos a nosotros, a los que estamos aquí en el vicariato, pero también a toda la Iglesia católica, en el trabajo con las comunidades indígenas. Para poder hacer un trabajo serio, significativo en el corazón de las comunidades indígenas, tenemos que insertarnos, tenemos que estar dispuesto a adentrarnos, a quedarnos ahí con ellos, y dar garantía de estabilidad. Uno de los grandes problemas que tenemos en la Iglesia católica, no solamente en Colombia, sino en el mundo, que conozco por mi experiencia misionera en África por veinte años, y me di cuenta de la inestabilidad de nuestro personal. Somos muy inestables, llegamos a un lugar, nos quedamos cuatro o cinco años, algunos tres, dos años y ya estamos saliendo, ya estamos yendo a otro lugar, y eso no da suficiente tiempo para poder hacer un trabajo a fondo, de conocimiento de la cultura.

El mejor mecanismo para aprender la cultura es aprender la lengua de esa comunidad, y a través del aprendizaje de la lengua, se aprende la cultura, la espiritualidad, los saberes, toda la riqueza histórica, la manera de razonar, de filosofar, la cosmovisión que ellos tienen. Es insertándonos en el corazón de esas comunidades que podemos hacer un trabajo serio con esas comunidades. No solamente se requiere una presencia de Iglesia, sino una presencia cualificada, de personas que de verdad tengan en su corazón el amor por Jesucristo y por estas comunidades. El amor pasa por aprender la lengua.

Cuando llegamos a una comunidad en Etiopía, los cuatro compañeros, vivíamos dos en cada comunidad, llegamos a estas comunidades donde no había llegado ningún misionero católico. Antes de llegar allá, le pedimos al Prefecto Apostólico que queríamos dedicarnos a aprender la lengua, algo que no era fácil, pues era una lengua oral. Nos dedicamos cuatro meses a aprender día y noche la lengua, y después nos fuimos a otra comunidad, no a la que íbamos destinados, a practicarlo.

A los seis meses nos fuimos a la misión y cuando llegamos la gente se sorprendió. Nos dijeron, es un signo claro de que ustedes vienen aquí porque nos aman y lo primero que han hecho ha sido aprender nuestra lengua. Porque aquí han venido todo tipo de personas, de visitantes, incluso tenemos nuestros vecinos, de otros pueblos, y ninguno se ha interesado, ni siquiera para aprender los saludos, y ustedes lo primero que hicieron fue aprender nuestra lengua, ese es un signo claro de que ustedes nos aman. Ellos nos dieron una comida increíble y logramos entrar en el corazón de esa gente de una manera increíble. Porque entramos por donde había que entrar.

Eso nos lleva a pensar que en la Iglesia católica muchas veces no entendemos el tiempo de Dios, y vivimos con demasiada prisa. Para evangelizar ciertas culturas, ¿no deberíamos aceptar el tiempo de Dios y de esta gente, aprender a vivir sin reloj, a disfrutar del tiempo?

Esa es una de las cosas que uno aprende en el trabajo con ellos, a bajarnos a la experiencia de ellos. Por ejemplo, ellos nos decían, en la experiencia que tuve con muchas comunidades, es que usted no es como los otros. ¿Cuáles otros? Ellos hablan de los musungus, el de color blanco, que viene de otro lugar, de otro país, en realidad musungu es el europeo. ¿Cuál es la diferencia? Su manera de estar con nosotros, usted no se pone más arriba que nosotros, al contrario, nos trata de la misma manera que trata a su compañero, come nuestra propia comida, nos invita a sentarnos en la misma mesa cuando vamos a visitarlo, cuando nosotros le invitamos usted viene y se sienta a comer con nosotros.

Ellos habían tenido la experiencia de la colonización, donde los europeos tenían su lugar separado. Veían esa cercanía y esa confianza, que uno no viene a robarles la cultura. Aquí hay mucho prejuicio de los indígenas con los antropólogos, porque se han dado cuenta que algunos vienen a hacer estudios, investigaciones, se llevan información y la gente ve que les están robando información. Se están cuidando demasiado, porque ven que les están explotando para hacer sus tesis de doctorado y a veces para hacer películas, o sea, negocios con eso, y no para el bien de la propia comunidad.

Cuando ellos ven que estamos aprendiendo para poder crecer juntos, para poder empoderarnos juntos, poder enriquecernos mutuamente, cuando ellos se dan cuenta de eso, ellos se abren de corazón y son demasiado generosos, hospitalarios, nos hacen sentir de verdad que somos uno con ellos.

¿Qué es lo que usted ha aprendido con los pueblos indígenas en este tiempo que lleva como obispo en el Vicariato de Puerto Inírida?

La diferencia con África es que allí llegaba como encargado de una sola misión, algo más concreto, y era el trabajo evangelizador de ese lugar donde llegaba, la concentración era para allí. Además, llegaba a una comunidad que hablaba una sola lengua, entonces me dedicaba a aprender esa lengua, y sólo tenía que ser responsable de esa comunidad. Al llegar aquí, es una situación que tengo que responder por todo el vicariato, y también por una estructura que ya ha ido creciendo, después de diecisiete años de Monseñor Bayter, donde él ya había montado, de alguna manera, una estructura al servicio de la educación. Lo primero que había que hacer era ponerme al día, cómo asegurarme que iba a administrar bien todo eso. La parte administrativa siempre me lleva mucho tiempo, que eso no se daba en África. Esa es una primera dificultad que me ha llevado a no poder meterme de lleno a aprender la lengua de la comunidad y acompañarla como lo hice en África.

Lo segundo es que el vicariato está compuesto por más de doce dialectos. Si aprendo uno, por ejemplo el de los curripacos, que es el más numeroso, los otros van a decir por qué aprendió ese y no aprendió el nuestro. Eso me ha afectado a no haberme dedicado todavía a aprender uno. Pero lo que si he tenido claro es que yo tengo que aprender, al menos uno, porque si de verdad quiero llegar más al corazón del mundo indígena no hay un camino más efectivo para hacerlo que aprendiendo el idioma.

La tercera dificultad, el hecho de que las comunidades indígenas, la mayoría son evangélicas. El trabajo no me ha forzado para el tema de celebrar la misa, de compartirles la Palabra, pero tal vez teniendo la obligación de evangelizarlos directamente, entonces tengo que aprender para poder hablarles en la lengua. No me he visto forzado en ese sentido. No creo que haya sido negligencia, que hayan pasado cuatro años y no me haya entrado el aprender la lengua. Pero a los padres que están yo les he insistido en eso, en la importancia de aprenderla. Pero no es lo mismo cuando uno les dice que cuando uno les enseña haciendo, que hace que ellos también se motiven.

Alguno de ellos ha intentado, pero es uno de los puntos negativos que tenemos a nivel de nuestra presencia evangelizadora acá, que ninguno lo aprendió. Esa es una de las cosas que necesitamos aprender y la otra es la estabilidad del personal, al estilo de Sophia Müller, que consiguió estabilizarse, ser una presencia en el departamento y poder prestar ese servicio. Es el poder acompañar procesos, cuando uno se queda por un tiempo largo, uno puede acompañar procesos y dejar buenas bases que van a garantizar que eso va a seguir funcionando cuando no estén.

La Iglesia de la Amazonía está viviendo el proceso sinodal. ¿Qué es lo que usted piensa que puede aportar este Sínodo, tanto a la Iglesia de la Amazonía como a la Iglesia universal?

Hay un llamado que es fundamental que la Iglesia en la Amazonía debe hacerle a la Iglesia universal, que es lo que el Papa Francisco está hablando, que tenemos que llegar al pueblo de la periferia, llevar a los evangelizadores, a los misioneros, a la periferia. El hecho es que nuestras Iglesias diocesanas no han tenido esa invitación fuerte de la presencia misionera en la Amazonía, no se ha dado ese vínculo, por ejemplo de jóvenes seminaristas que puedan venir a prestar el año pastoral para untarse de todo lo que significa toda esta realidad de la Amazonía y poder crear esa posibilidad. Personal que pueda venir a realizar experiencias por un tiempo y que queden tocados para que cuando terminen su experiencia formativa puedan vincularse por un tiempo. No por toda la vida, pero sí por un tiempo significativo al servicio de la presencia de la Iglesia colombiana en la parte de la Amazonía.

Lo otro es que, porque nunca han tenido esa oportunidad, no han visto la necesidad de hacer eso. Al ofrecerles esa oportunidad ellos van a interesarse, para que haya sacerdotes de las diferentes diócesis y arquidiócesis de Colombia que sientan ese llamado a venir a prestar un servicio a largo plazo en estas comunidades, y poder ofrecerles esa plataforma para hacer procesos de acompañamiento a estas comunidades. Y también que nos ayuden a promover vocaciones, porque hay muchachos que no sienten su vocación para el clero diocesano, pero sí la tienen para trabajar en lugares como éstos.

Por ejemplo, el caso mío, tuve la experiencia de estar primero en la arquidiócesis, yo hice tres años en la Arquidiócesis de Bucaramanga, en Colombia. En ese tiempo, conocí experiencia de misioneros que me cautivó y tuve también la experiencia de ir a misión en unas vacaciones de esos tres años. Eso tocó mi corazón hacia la misión, y por eso me convertí en misionero, ese llamado hizo que cuando yo me retire del seminario, si el Señor siguiese insistiendo en llamarme a su servicio, lo hice, pero no en un seminario diocesano, fui a un seminario misionero. Porque tuve la oportunidad de ser expuesto, ese llamado no estaba ya al inicio porque no tenía idea, no sabía cómo era eso.

Usted habla de una realidad que no sólo se da en el Vicariato de Puerto Inírida como en muchas Iglesias de la Amazonía, que es la escasez de clero. ¿Cómo la Iglesia de la Amazonía, dentro de la reflexión del Sínodo, podría intentar buscar alternativas para que esa presencia eclesial reconocida se haga presente en las comunidades, como por ejemplo sucede con los pastores evangélicos? ¿Qué figura podría ser creada dentro de la Iglesia católica para que esa presencia institucional se dé en las comunidades amazónicas?

En Colombia se tiene, ya lleva como cuarenta años, que ha sido de gran provecho y ayuda para la presencia en la periferia colombiana, especialmente la Amazonía y la Orinoquía, que es el Seminario Intermisional San Luis Beltrán, que está en Bogotá, que ojala que pudiera crearse en la periferia también, tener un seminario en la periferia para poder formar en contexto. Esa es una manera que hemos estado tratando de fortalecer, que es donde van los seminaristas de los once vicariatos que tenemos en Colombia, y se forman con ese espíritu misionero. Ese es un medio, me parece que un medio eficaz. Sería interesante que se pudiera fortalecer más con un equipo itinerante de promotores vocacionales, que fueran parroquia por parroquia haciendo esa animación vocacional, exponiendo la realidad de cada uno de los vicariatos.

Estoy seguro que muchos jóvenes ya están aburridos con la estructura tradicional, con lo que les ofrece cada diócesis. Las vocaciones aparecerían muchos más si se les abriese esos espacios para conocer que hay lugares extremadamente necesitados de personal evangelizador. Como vicariato yo tengo dos sacerdotes incardinados, los demás son Misioneros de Yarumal. Si yo envío a los dos a hacer promoción vocacional, entonces no tengo el personal suficiente, pero lo ideal sería que, al menos, pudiera sacrificar uno de ellos, que cada uno de los vicariatos pudiéramos formar un equipo de promotores vocacionales para ir por toda Colombia.

Uno de los aspectos que también aparecen en la reflexión sinodal es el de la ecología integral. ¿Cuáles son las amenazas que en ese campo están presentes en la Amazonía colombiana?

Son muchas, una de las grandes amenazas es la deforestación, últimamente se ha estado deforestando pero mucho, mucho. En el Departamento del Guaviare, en los últimos años, han sido miles de hectáreas las que se han talado, buena parte del Chocó, ha sido una tragedia terrible la tala de bosques, la pérdida ha sido grandísima. No hay conciencia de la necesidad de plantar árboles, de la renovación, hay árboles que demoran veinte, treinta, cuarenta años, y hay muy poca conciencia de la necesidad de plantar árboles.

Otra es el tema de la minería legal e ilegal, el extractivismo minero salvaje, y sin pensar en las consecuencias de todo el daño que se le está causando a la naturaleza, y también a nosotros, los seres humanos, por el tema del mercurio, de la extracción del oro, que afecta a la pesca. Muchos otros químicos que se utilizan para la extracción de diferentes minerales que se echan al río o se dejan a un lado, y cuando vienen las lluvias se van al río y contaminan las aguas y los peces, que nos contaminan a nosotros, los seres humanos. Es una cadena que nos está autodestruyendo.

Otro gran problema que tenemos en el Guainía es el tema de la corrupción, instituciones que deberían estar ahí para el cuidado del medio ambiente, diferentes corporaciones instituidas por el gobierno para vigilar y cuidar del medio ambiente, los que las administran, los que las dirigen, fácilmente se dejan comprar por muchas cosas, por ejemplo la extracción de la madera, de las minas. El incumplimiento de las leyes, que han sido creadas para defender los recursos que tenemos, pero las personas encargadas de hacer esa administración son muy propensas a la corrupción. La codicia por la riqueza hace que ellos fácilmente vendan su conciencia por dinero y permiten que se hagan cosas terribles que destruyen el medio ambiente.

Volviendo al Sínodo, todos los obispos de la Amazonía van a participar, pero el Sínodo es un proceso en las diócesis, asambleas presinodales y en el Sínodo de los obispos en el Vaticano. ¿Cuáles son los aspectos que usted cree que van a ser más destacados?

Una es, volviendo otra vez al tema de Sophia Müller, hacer que la evangelización en estos pueblos indígenas tenga rostro indígena. Es la necesidad de replantear a fondo el tema de los ministerios ordenados, diaconado permanente o el sacerdocio para estos pueblos, pero que no tenga las mismas exigencias que tiene para el resto. Las dificultades que tenemos nosotros, las tienen ellos, pero lo cierto es que viendo lo que ellos viven, y por ejemplo preguntando el tema del celibato, que no sea obligación, sino la posibilidad de plantearles el sacerdocio a hombres casados, probados, no cualquiera que diga yo quiero ser sacerdote, y con toda la formación que haya que darles.

La necesidad de abrir esa posibilidad, para que de esa manera la evangelización tenga rostro indígena, que los sacerdotes sean sacerdotes indígenas, que los diáconos sean diáconos indígenas, una Iglesia que pueda tener obispos indígenas, y llegar a tener esa posibilidad. Abrir esa reflexión, que hay que hacerla y plantearla desde la complejidad de la situación que se da en estos casos. Lo otro es saber que el acompañamiento, debido a la escasez de ministros ordenados, no nos da para plantear la posibilidad de acompañarles. Ese es uno de los temas que tenemos que plantearlo muy seriamente.

Otro tema que hay que plantear muy seriamente es el tema del trabajo con el laicado misionero. Desde el Vaticano II se habla que una Iglesia que no promueva el laicado no ha crecido en madurez. Signo de madurez de una Iglesia es que los laicos tienen una participación total en la evangelización. Nosotros vemos que nuestras Iglesias son muy clericales. Es un tema que no sólo debemos priorizar, sino ponerle pies y manos, formación y participación del laicado misionero. Desde el Concilio Vaticano II para acá nos hemos planteado seriamente la necesidad de que la Iglesia tiene que abrir el corazón, la mente, el espíritu, todo su ser al laicado. Si el laicado no encuentra su lugar en la Iglesia, estamos lejos de vivir el espíritu de nuestra fe cristiana católica.

En eso decía que hay algunas comunidades religiosas y algunas diócesis, jurisdicciones eclesiásticas que insisten en la formación de estos laicos, pero a la vez vemos la falta de apertura de algunos obispos para darle la bienvenida a la comunidad a esas experiencias. Como que de pronto han tenido experiencias negativas en el pasado y se llenan de prejuicios y dicen que los laicos es un caso perdido. Entonces se cierran a esa posibilidad y se frustran procesos de personas.

También debemos reflexionar sobre cómo se debe ejercer este servicio, colocarle itinerarios para su formación y para el servicio del laicado en la Iglesia, pues no se puede hacer de cualquier manera, improvisada, sino que tiene que hacerse de manera bien seria y bien diseñada y planeada. Buscar que se evalúen los procesos, pero que se mantengan abiertas las posibilidades para que los laicos participen en la organización de la Iglesia. Ese sería un segundo tema fundamental que necesitamos para fortalecer la presencia evangelizadora de la Iglesia en las comunidades indígenas.

Un tercer aspecto es el de promover un código de ética ecológica o de cuidado de la Casa Común. Lo que se ha buscado en los encuentros de París, que se inició en Río de Janeiro, que de ahí sale como una especie de acuerdo, donde los presidentes de varios países se comprometen a vivir dentro de la incidencia de esos acuerdos. La necesidad de tener un código de ética ecológica para poder monitorear el trabajo de las multinacionales. Se habla de que hay más de treinta mil multinacionales que explotan la madera, se habla de más de tres mil proyectos hídricos por el Río Amazonas. Estamos hablando de proyectos que las multinacionales ya tienen con todos los recursos, que ya están en el bioma amazónico. A ellos, ¿quién les vigila, quién les controla, quién les dice que están haciendo las cosas mal? ¿Cómo están regulando esto?

Es una tragedia esta realidad, porque ahí lo que está funcionando es como ellos engañan a las comunidades indígenas, con quienes se debe hacer la consulta previa. Ellos van y hacen reuniones con ellos, les hacen un montón de promesas y después los ponen a firmar, y ya, ya firmaron todos y ya les hicimos la consulta previa. Van y engañan a la gente y después traen el proyecto y explotan y hacen lo que quieren con esos recursos. Hay una necesidad de que la Iglesia se comprometa también a encontrar profesionales y gente especializada en este tema, así como lo hizo el Papa Francisco para la elaboración de la Laudato Si, que se buscó gente muy profesional para que le ayudara a elaborar esa encíclica, que es la Carta Magna del tema ecológico en la Iglesia. Es la mejor fuente que nosotros tenemos para tratar el tema de la ecología en la Iglesia, lo que nos dio el Papa Francisco en esa encíclica de la Laudato Si.

Necesitamos hacer eso también en los lugares en los que estamos presentes, en nuestros territorios, lo necesitamos hacer de manera coordinada y tener una visión común, para podernos apoyar y ayudarnos mutuamente y no trabajar de manera aislada, cada uno haciendo las cosas por su lado, sin tener en cuenta a los demás. Como decía la canción unidos sumamos más, unidos tenemos mayor fuerza, tenemos mayor capacidad de poder expresar nuestra voz que va a ser escuchada por todas las entidades nacionales e internacionales.

 

 

Fuente: https://www.periodistadigital.com/religion/america/2018/12/27/monsenor-joselito-carreno-una-iglesia-que-no-promueva-el-laicado-no-ha-crecido-en-madurez-religion-puerto-irindia.shtml

 

 

Categorías:Laicos
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