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El discernimiento Espiritual en la tarea del Consiliario de ACG

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Encuentro Nacional de Consiliarios Febrero 2018 

Acción Católica General

Madrid, febrero de 2018

 

Contenidos

  1. Presentación del encuentro.  (Manuel Verdú, Consiliario General de ACG.)
  2. Ponencia sobre el discernimiento. ……(D. José García de Castro, s.j., Universidad P. Comillas – Madrid)
  3.   Retiro espiritual. ……(Dirigido por D. Luis Manuel Romero,

Director de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, CEE)

 

 

 

 

 

Presentación del encuentro

Manuel Verdú Moreno

Consiliario General de ACG

«El tiempo en que vivimos nos exige desarrollar una profunda capacidad para discernir, discernir de entre todas las voces, cuál es la voz del Señor, cuál es la voz de Él, que nos conduce a la resurrección, a la vida, y la voz que nos libra de caer en “la cultura de la muerte”. Necesitamos “leer desde dentro” lo que el Señor nos pide, para vivir en el amor y ser continuadores de esta su misión de amor. Recemos juntos para que toda la Iglesia reconozca la urgencia de la formación en el discernimiento espiritual, en plano personal y comunitario». (Intención de oración del Papa Francisco, marzo 2018)

 

Recojo estas palabras del Papa Francisco para presentar este material del contenido del Encuentro General de Consiliarios de ACG, celebrado el pasado 5 y 6 de febrero, en Madrid.

 

El proyecto de Acción Católica General pone su fundamento en el acompañamiento en la fe de todos aquellos que quieren ser discípulos misioneros, buscando generar espacios en nuestras parroquias donde cuidar y fomentar una vida de crecimiento y fortaleza en la fe, que ponga el encuentro con el Señor en el centro de la persona y en el centro de cualquier proyecto pastoral. Es un proceso que debe hacer la propia persona, pero que se convierte en una riqueza cuando ésta descubre la grandeza de hacerlo en comunión con otros hermanos y hermanas, que también sienten la necesidad de caminar hacia Cristo, dejándose sorprender cada día al descubrir la voluntad de Dios sobre ellos, y el impulso que de Él reciben para ser sus testigos en medio del mundo.

 

Un acompañamiento que no se agota en una metodología sino que abre a la persona a experimentar la necesidad de la comunidad, y de la Iglesia, venciendo la tentación de vivir una fe aislada, individualista, que corre el riesgo de convertirse en una ámbito de estabilidad, de confort, donde la única referencia es la persona misma.

 

La Acción Católica General acoge fielmente esta intención del Papa Francisco en favor de una formación en el acompañamiento, y siguiendo sus enseñanzas y sus deseos para la Acción Católica (según nos manifestó en su discurso en el Congreso Internacional de Acción Católica, abril de 2017, en Roma) ofrecemos un itinerario de vida cristiana que hunde sus raíces en la necesidad del acompañamiento y del discernimiento. Un acompañamiento comunitario, a través de los equipos de vida, donde aprendemos a compartir nuestra fe, a acompañarnos unos a otros en este camino que nos lleva a la unidad fe y vida, intentando iluminar todo cuanto llegue a nosotros en el día a día, a la luz de la Palabra del Señor. Equipos de vida donde nos «introducimos en el arte de acompañar, aprendiendo a quitarnos las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf EG 169), y donde el acompañante «desde su experiencia de ser acompañado» guiará al equipo en su peregrinar hacia Dios.

 

Pero un acompañamiento comunitario que debe suscitar la necesidad del acompañamiento personal con aquellas personas capaces de «hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal… Capaces de darle a nuestro caminar el ritmo sanador de la projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana» (cf EG 169). Aquí, nuestro papel como consiliarios cobra una especial significación, pues tenemos, por un lado, la misión de acompañar en la fe, ayudando al crecimiento espiritual de todos aquellos que nos son encomendados; y, por otro, la tarea de formar acompañantes, «hombres y mujeres que, desde su experiencia de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de compresión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu para cuidar entre todos a las ovejas que se nos confían de los lobos que intentan disgregar el rebaño». (EG 171)

 

Un paso fundamental en este itinerario de acompañamiento, es aprender a discernir y a acompañar procesos de discernimiento. Vivimos en una sociedad en la que cada vez más el relativismo y la vivencia “descafeinada” de multitud de valores, suscitan la urgencia de aprender a ser crítico con todos los mensajes o invitaciones que, continuamente, llegan a nuestras vidas como caminos verdaderos que debemos recorrer. Caminos donde es «fácil confundir la genuina libertad con la idea de que cada uno juzga como le parece, como si más allá de los individuos no hubiera verdades, valores, principios que nos orienten, como si todo fuera igual y cualquier cosa debiera permitirse» (AL 34). Ante todo esto, hemos de generar un acompañamiento que «forme conciencias, no que pretenda sustituirlas» (cf AL 37), que ayude a las personas acompañadas a saber descubrir a cada momento, en cada decisión, en sus pensamientos y sentimientos, la voz de Dios, que siempre le llamará al Amor verdadero. Un buen acompañamiento en el discernimiento ayudará a descubrir verdaderamente este Amor. Un amor que no será simplemente una invitación a optar entre lo bueno o lo malo, sino entre lo bueno y lo mejor: Jesús.

 

Acojamos, como consiliarios de Acción Católica General, este momento eclesial con ilusión y confianza en la tarea que el Espíritu Santo nos encomienda. Huyamos del desánimo y del desaliento en el que muchas veces los sinsabores de la pastoral puede encaminarnos. Alcemos la mirada y descubramos el horizonte hermoso que el Señor abre sobre la Iglesia, que está llamada, que estamos llamados, a ser constructores de una humanidad nueva. Huyamos también nosotros de la tentación del individualismo, de recluirnos en nuestros quehaceres pastorales y no ver más allá, busquémonos los unos a los otros y aprendemos, cada vez más, la grandeza del trabajo en comunión, donde los dones del otro nos completan y enriquecen nuestra labor pastoral. Reforcemos los equipos de consiliarios y hagamos de ellos espacios de comunión y fraternidad, espacios donde el Espíritu Santo pueda seguir suscitando en cada uno de nosotros, quizá por el testimonio del otro, el deseo de entregarnos, de renovar de nuevo nuestro Sí al Señor y a su Iglesia.

Espero, y rezo, para que este documento suscite en nosotros el ánimo para seguir “caminando juntos”.

 

Ponencia sobre discernimiento

Padre D. José García de Castro, s.j

Universidad P. Comillas – Madrid

 

EL DISCERNIMIENTO EN EL ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL

En esta presentación tendremos como perspectivas inspiradoras, tanto la Teología Pastoral como la Teología espiritual ignaciana. El método y el lenguaje desplegado por Ignacio de Loyola, nos servirá de lente de aproximación a la primera, a la Teología Pastoral.

Puede ser conveniente comenzar esta reflexión en torno al “discernimiento (se entiende “espiritual”) en el acompañamiento espiritual” partiendo de sendas sencillas definiciones de cada una de las palabras clave que aquí se encuentran.

 

  1. Breve aproximación al acompañamiento espiritual

 

El acompañamiento espiritual es una relación de ayuda que se da entre dos creyentes con el fin de contribuir a descubrir el paso de Dios por la propia historia y favorecer el seguimiento de Su voluntad en la vida ordinaria.

El acompañamiento es un ministerio eclesial de arraigada tradición en la historia de la Iglesia. Ya las primeras comunidades monásticas descubrieron el valor enorme de esta instancia o mediación de ayuda entre la íntima e irrenunciable experiencia interna de Dios y la orientación fundamental de la propia vida en sus acciones y palabras. Con frecuencia, el anciano, el abad… persona de experiencia (persona espiritual) que llamará Ignacio de Loyola, conocedor del lenguaje de Dios de su consolación y también del “demonio”, de sus falacias, ilusiones y tentaciones eran los más apropiados para orientar a los jóvenes y menos iniciados en el camino de la vida espiritual. Tal vez, las conferencias, también llamadas “colaciones” del abad Juan Casiano (360-435) sean uno de los más claros ejemplos de esta mediación.

 

1.a. Acompañante – acompañado

En la relación de acompañamiento espiritual entran dos personas con dos roles bien diferenciados que mucho conviene conocer para otorgarles a cada uno lo que le corresponde evitando así confusiones y malentendidos que pueden perjudicar seriamente el camino que se va recorriendo y, sobre todo, a alguna de las dos (o a las dos) personas implicadas: se trata del acompañante y del acompañado/a.

Muchos de nosotros, tal vez todos, tenemos la experiencia de mantener simultáneamente estos dos roles: unas veces acompañamos a gente que viene a hablar con nosotros sobre su vida, su vida de fe, o sobre cómo iluminar cristianamente su vida… y otras veces somos nosotros los que vamos a hablar con nuestro acompañante para recibir esta ayuda. Tal vez algún maestro o la misma vida en su praxis nos hayan ido ayudando a situarnos de manera adecuada en cada uno de los roles. Es muy distinto acompañar a alguien que ser acompañado por alguien.

En el proceso de toma de decisión a la que el discernimiento está orientado, el acompañante ha de tener claro y presente que quien toma la decisión es el acompañado, de forma libre, adulta y responsable. El acompañante es una instancia cercana y privilegiada a la que se permite entrar en el mundo interno de ese proceso de discernimiento que desembocará en una decisión / acción por parte del acompañado, pero el acompañante, aunque sí es parte que participa en esa toma de decisión, no es parte responsable ni co-autora de esa decisión. La decisión no la toman los dos ni la asumen los dos digamos a partes iguales. La decisión es del sujeto que se acompaña, él/ella la asume y asumirá las consecuencias.

Un proceso de acompañamiento en un discernimiento, por ejemplo, de una joven en su planteamiento de ingresar o no en la vida religiosa ha de dejar claro que quien al final decide una u otra cosa es la propia persona implicada en pensar y discernir sobre el futuro de su vida. Tal vez los aquí presentes hayamos acompañado procesos y conocido a personas que han entrado en la vida religiosa o en el seminario movidas y motivadas más por el deseo de un acompañante pastoral que por la confianza en las mociones del Espíritu Santo que la animaban a dar el paso. Tales procesos apoyados en tales decisiones no suelen terminar en final feliz.

 

 

 

 

1.b. Otras relaciones conversacionales

 

Esta relación de acompañamiento recibe también parte de su identidad al ser comprendida entre otro tipo de “relaciones espirituales” similares en cuanto a la forma pero al mismo tiempo muy diferentes en cuanto a su sentido, motivación, finalidad e, incluso, procedimiento. Es bueno recordarlas para poder situarlas en su lugar adecuado y, sobre todo, no confundirlas; cada una tiene su función y valor diferentes en la vida de las personas. Entre este tipo de relaciones podemos encontrar:

 

+ La conversación espiritual. Es claro que una “sesión” de acompañamiento está construida principalmente por una conversación, un intercambio de palabras entre dos personas. El acompañamiento tiene mucho de “conversación espiritual”, pero es diferente. En la conversación espiritual no hay dos roles o funciones. Hay una sola función compartida. Los dos o tres que conversan no asumen ningún papel: son sencillamente hermanos/as, amigos en la fe unidos y vinculados por la palabra compartida sobre la vida de cada uno. La conversación tiene un carácter espontáneo, informal y con frecuencia imprevisto: se da, surge. El acompañamiento integra elementos de la conversación espiritual, pero no toda conversación espiritual es una relación de acompañamiento.

 

+ La confesión. Es claro que la celebración del sacramento de reconciliación en un contexto un poco extraordinario (de retiro, de ejercicios) puede favorecer una conversación espiritual en la cual incluso puede haber tiempo para algún tipo de consulta o pregunta que requiera integrar algún elemento del discernimiento… pero es claro que la relación de ayuda entre “confesor y penitente” es muy diferente a la de acompañado / acompañante. Algunos maestros espirituales, entre ellos san Ignacio de Loyola, aconsejaban que estos dos roles (acompañante y confesor) estuvieran bien separados en dos personas diferentes.

 

+ El diálogo con el superior mayor. Es otra relación de ayuda, y otro ministerio que los superiores eclesiales, ya sean religiosos o diocesanos, ejercen en la comunidad. Con frecuencia orientados para ayudar a la persona en su situación personal y/o para fortalecer o hacer más eficaz la misión de la Iglesia en tal diócesis o en tal provincia canónica, los superiores hablan con sus súbditos; la situación, el rol de cada uno es muy claro. Es la relación que se da entre rector / seminarista; provincial / religioso/a; obispo / sacerdote…pero es claro que esta relación, aunque en ocasiones pueda integrar elementos del acompañamiento, tampoco es, ni debe ser, relación de “acompañamiento”.

 

+ La relación profesional de ayuda: es la relación que se establece entre un psicólogo

/psicoterapeuta y su paciente / cliente. Esta relación tiene un carácter contractual, tiene también sus objetivos, finalidades, procedimientos y marco jurídico que la explica. Como pasa con las anteriores relaciones conversacionales que hemos expuesto, este tipo de relación no es excluyente por lo que puede darse de manera simultánea y fructífera con las anteriores.

 

+ La consulta espontánea que puede dar lugar a una conversación. Es caso de la atención pastoral a alguien que en un retiro, unos ejercicios, o después de una misa, en la sacristía, por ejemplo, se acerca a preguntar, aclarar o, sencillamente a desahogarse por algún punto, duda o conflicto interior y desea conocer la opinión de un sacerdote sobre tal punto o sobre su situación.

 

Otra característica de esta relación de acompañamiento es que por su propia dinámica y naturaleza pide cierta estabilidad y continuidad. Abrir, o mejor, ir abriendo la vida en su riqueza, en su complejidad, en sus temores, deseos, ilusiones, en sus ausencias y presencias de Dios también en sus dificultades y tentaciones no es una tarea espontánea ni fácil y por eso acompañar y ser acompañado pide durabilidad. Es conveniente, por ejemplo, que un seminarista pueda mantener el mismo acompañante durante su etapa de estudios teológicos y preparación para el sacerdocio o que un laico/a de una comunidad parroquial pueda mantener su acompañante espiritual a lo largo de un período estable y duradero de su vida: período universitario, sus primeros años en la vida profesional con las decisiones que eso conlleva… La relación de acompañamiento va pidiendo confianza, cierto conocimiento mutuo, afinidad, la construcción de un proceso o recorrer un camino… y esto requiere tiempo.

 

¿Quiere esto decir que la relación de acompañamiento ha de ser una y para siempre? Pues evidentemente no. Habrá casos, y habría que verlos uno a uno, en los que será conveniente cambiar de acompañante por razones muy diversas que puedan venir tanto de quien acompaña como de quien es acompañado.

 

Con esta necesariamente breve presentación del acompañamiento, nos adentramos ahora en el discernimiento.

 

 

  1. 2. El discernimiento

 

La relación de acompañamiento no se reduce exclusivamente al discernimiento, es decir, a ayudar a la persona acompañada a vislumbrar / buscar la voluntad de Dios para su vida en tal o cual momento o circunstancia, pero, volviendo de nuevo a la experiencia, el discernimiento antes o después se hará presente de modo explícito en algún lugar del itinerario del acompañado: tener que decidir y desear decidir bien (para nosotros según la luz del Evangelio) es deseo de todo seguidor del Señor Jesús.

 

A lo largo del itinerario de conversaciones en el Espíritu la experiencia nos da que antes o después aparecen cuestiones y temas que han de ser vislumbradas, aclaradas a la luz del Espíritu Santo, a la luz de Dios y ahí es donde nos encontramos con el discernimiento.

 

2.a. Propuesta de definición

 

¿Qué es el discernimiento? Sabiendo que las cosas pueden ser y son casi siempre más complejas de lo que parecen, podemos definir el discernimiento como “el ejercicio espiritual en el cual a través de la percepción e interpretación de las mociones interiores la persona puede llegar a conocer la voluntad de Dios para su vida e implicar lúcidamente su libertad para seguirla, haciéndola efectiva en la historia”.

 

Desarrollar cada uno de los elementos que componen esta definición desborda las posibilidades de esta charla, pero tenerlos presentes y volver a ellos en algún momento nos ayudará en nuestra exposición. Acompañar discerniendo o discernir acompañando pretende, nada menos, ayudarnos unos a otros a descubrir la presencia de Dios en nuestra vida, interpretar su voluntad y mover nuestra libertad para darle cumplimiento en la historia.

 

2.b. El presupuesto fundamental.

 

Las palabras discernimiento y acompañamiento van calificadas por el adjetivo “espiritual”. ¿Qué añade este adjetivo? Se refiere a dos cosas que, expuestas de menor a mayor importancia, son las siguientes:

 

+    La primera se refiere al objeto, a aquello de lo “qué” se trata y se habla en la relación de acompañamiento. No es tanto de “cosas de la vida espiritual” cuanto de “las cosas como hechos espirituales de la vida” y, por tanto, desde una perspectiva de la fe cristiana en la tradición a la que pertenecemos. No concertamos una entrevista de acompañamiento para hablar de las últimas noticias sobre la copa del rey de fútbol o las más recientes excentricidades de algún gobernante internacional. El acompañamiento trata de algo muy concreto, profundo y concerniente: del paso de Dios, del Señor Jesús por nuestra vida que toca y alcanza a todas nuestras “cosas”. El objeto del acompañamiento es la vida en toda su riqueza y complejidad, pero la vida mirada desde la perspectiva iluminadora de la fe; lo que hace espiritual el acompañamiento no es tanto el “qué” se comparte cuanto el desde dónde y el para qué.

 

 

+    Ecosistema. Por lo tanto, antes que un objeto de nuestro diálogo hay un Contexto para el diálogo y un Protagonista Primero de dicho diálogo. Es el Espíritu Santo, ecosistema de una relación de acompañamiento. El contexto es y será siempre pneumatológico, en el Espíritu Santo y el Protagonista Primero es y será siempre el Espíritu Santo. Sé que esta afirmación es muy solemne, pero lo sorprendente de la vida cristiana es que lo cotidiano está lleno de solemnidad. Ignacio de Loyola creía mucho en esta primacía del Espíritu: “más conveniente y mucho mejor es, buscando la divina voluntad, que el mismo Creador y Señor se comunique a la su ánima devota, abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle en adelante” [Ej

15]. “Traer a la memoria”, en expresión de san Ignacio, este dato fundamental

de la primacía del Espíritu y actualizarlo en nuestra consciencia con relativa frecuencia dará sus frutos en la conversación de acompañamiento. Otro rige y dirige esta experiencia.

Desde la perspectiva del acompañante puede resultar fácil resbalar por la pendiente de la autodependencia y llegar a creerse que lo que aquí acontezca (en esta relación de acompañamiento) depende de mí, de mi pericia y empatía psicológica, de mi formación académica o de mi virtud espiritual. No cabe duda de que si se dan algunos o todos estos elementos (pericia, formación y virtud) en la relación de acompañamiento, esta puede verse muy enriquecida y, por lo tanto, la vida del acompañado puede verse más iluminada en la fe y fortalecida en la esperanza y en la caridad, pero, estos elementos pueden convertirse en enemigos poderosos si quien acompaña les concede el erróneo estatus de protagonistas de la experiencia desplazando al único que la construye y fundamenta, el Espíritu Santo.

 

2.c Discernir: tarea de acompañante y acompañado

 

Al integrar el discernimiento, el acompañamiento se deja tocar y “contagiar” por este elemento dinámico que llamamos “ejercicio”. La búsqueda de Dios y de su voluntad en la vida de esta persona en estas circunstancias nos lleva a comprendernos como participantes activos y diligentes. El Espíritu Santo habita dinámicamente en los corazones de los hombres y esta dymanis es energía, movimiento, “moción” que reclama atención dinámica y disposición atenta y disponible para detectar e interpretar Sus modos de presencia.

 

Discernir es una operación del espíritu que reclama ejercicio, pues son muchas las actividades de la estructura humana que se ponen en movimiento para construir esta actividad que llamamos “discernimiento”. Sin salirnos de la metodología y propuesta de san Ignacio encontramos no pocos verbos, no pocas actividades directamente relacionadas con el ejercicio de discernir: mirar, observar, escuchar, detectar, sentir, ponderar, orar, silenciar, esperar, comparar, analizar, criticar, valorar, juzgar, rectificar, verbalizar, compartir, reflectir, reaccionar, repetir, confirmar…

 

¿Qué y cuánto de este ejercicio corresponde al acompañante y qué y cuánto corresponde al acompañado?

 

 

 

 

  1. Actitudes y acciones básicas en el proceso de discernimiento

 

3.a Delicadeza, importancia, cualificación

 

Acompañar un proceso de discernimiento en la relación de acompañamiento es tarea delicada, importante y cualificada. El acompañante ha de ser consciente, asumir y, si fuera necesario, trabajar, una serie de actitudes internas propias para el bien del acompañado, de su comunidad de fe y, en definitiva de la Iglesia.

 

En tanto que “ministerio”, acompañar tiene una dimensión carismática / antropológica y una dimensión eclesial / institucional. Hay perfiles humanos, psicológicos y espirituales más dados al ministerio del acompañamiento y los hay también menos propensos. Hay gente que lo realiza de manera más connatural y con facilidad (y además bien) y otras personas a las que les cuesta más y les requiere mayor esfuerzo. Junto con esta dimensión personal / vocacional está también la dimensión institucional, que acontece cuando el ministerio de acompañar se recibe como misión por parte de la autoridad legítima de la Iglesia. Así, uno puede ser nombrado acompañante de tal movimiento, comunidad, seminario o grupo de fieles y dicho nombramiento puede llevar implícita la tarea del acompañamiento espiritual personal.

 

Antes decía también que se trataba de una tarea “delicada”. Y lo es porque implica sensibilidad y atención al lenguaje del Espíritu, que habla y se comunica en medio de muchos otros lenguajes, signos y voces que normalmente rodean a toda persona en su vida diaria, tanto externa como internamente. La delicadeza y sutileza de la brisa del Espíritu requiere por parte del acompañante un espíritu delicado y sutil capaz de empatizar con la interioridad a veces compleja y convulsa del acompañado. Es, por tanto, responsabilidad del acompañante trabajar por desarrollar su sensibilidad y delicadeza internas, su escucha y atención, su “finura” y sentidos internos para en lo posible detectar e identificar las mociones interiores del acompañado.

 

Dijimos también que acompañar era una tarea “importante” porque en un proceso de discernimiento está implícita una decisión que puede tener unas repercusiones muy significativas para la persona acompañada, hasta el punto de reorientar y poder cambiar, incluso radicalmente, su vida. El acompañante, por muchas horas al día que acompañe y por muchas personas que se acompañen con él / ella no puede perder de vista esta dimensión de cada una de las conversaciones. Cada conversación es única, irrepetible, nueva y puede ser, tal vez, la más importante para el acompañado.

 

Y dije también que era tarea “cualificada”. La experiencia nos enseña que la sola buena intención acompañada de buenos deseos de querer ayudar y hacer el bien a través del acompañamiento se han revelado como insuficientes para desarrollar con cierta profundidad y veracidad este ministerio.

 

Es relativamente de nuestra época contemporánea la creciente importancia que se le ha venido dando al acompañamiento espiritual como ministerio cualificado en la Iglesia. Tal vez animado por los procesos de acompañamiento y / o terapia psicológica que sólo permiten a los profesionales de la Psicología ejercer como tales, también en círculos intraeclesiales se ha captado la importancia de lo que se “juega o trae entre manos” en el proceso acompañado de discernimiento y hemos empezado a introducir la formación explícita sobre este tema en nuestras plataformas apostólicas. Aunque nos queda mucho camino por recorrer, son numerosos los centros superiores de formación teológica que ofrecen en su “menú académico”, al menos de manera optativa, la formación sistemática en el acompañamiento espiritual. Es mucho el bien que se puede hacer desde un buen acompañamiento… pero también es mucho y grave el mal que se puede causar, inconsciente o involuntariamente, debido a la ausencia de una mínima preparación supervisada para este ministerio.

 

Veamos entonces algunas de las disposiciones básicas que favorecerían un “sano y bueno” (expresión ignaciana) proceso de discernimiento en el proceso del acompañamiento personal.

 

3b. Rectitud de intención.

 

Ignacio de Loyola ancla el desarrollo de la experiencia espiritual del ejercitante en un fin muy claro y en una, digamos, “actitud procedimental” (del proceso) también muy clara y que repite hasta la saciedad en los Ejercicios Espirituales.

 

1.1 El fin nos lo marca en el “Principio y Fundamento” de los Ejercicios, párrafo 23: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”. Esta máxima teológica y teleológica es de gran utilidad para la relación de acompañamiento espiritual: se trata de ayudar a la persona en su discernimiento a encontrar su lugar más adecuado en el cual la alabanza, el servicio y la reverencia de esta persona acompañada fluya con mayor libertad y espontaneidad. El acompañante apunta y mira con el acompañado hacia ese horizonte común, en definitiva la “gloria de Dios”.

 

1.2 La actitud procedimental a la que nos referimos es la recurrente oración preparatoria con la que Ignacio abre todos y cada uno de los ejercicios, la “solita oración preparatoria”: “que todas mis intenciones, acciones y operaciones serán rectamente ordenadas en servicio y alabanza de su divina Majestad”. Resulta de enorme provecho para el acompañante traer esta máxima al comienzo de cada entrevista de acompañamiento, que sin duda contribuirá ordenar internamente el mundo de sus intenciones y deseos para reconducirlos y ordenarlos todos hacia la voluntad y el servicio de Dios nuestro Señor. Acompañar un discernimiento implica orientar y ordenar las facultades internas exclusivamente hacia la búsqueda de Dios y su voluntad. Otros fines y otras orientaciones acabarán por dañar la relación de acompañamiento y, lo que es más grave, a la persona acompañada.

 

Es en estos horizontes de sentido y finalidades inspirados por el PyF y la oración preparatoria, en los que se enmarca toda palabra que sale de la boca del acompañante: palabra finalizada, palabra orientada, palabra constructiva.

 

3c. El respeto.

 

El acompañante ha de distinguirse por el respeto. Él mismo ha de discernir cómo le influye esta necesaria actitud de respeto, que ha de interactuar con otras actitudes vecinas que veremos a continuación. El “respeto discreto o respeto discernido” integra dos polos.

 

Por una parte, ha de ser tal que permita desarrollar en libertad el proceso del acompañado y que le permita expresarse sin temores ni condicionantes que pueda atribuir a la persona del acompañante; por otra parte ha de permitir a quien acompaña intervenir en el proceso cuando crea conveniente o necesario para el bien del acompañado. Cuando Ignacio de Loyola despliega en los Ejercicios espirituales su metodología para tomar una sana y buena elección [Ej 176], es decir, en el momento clave del discernimiento en el proceso de los ejercicios, Ignacio da consejo a quien da los ejercicios, al acompañante: “el que da los ejercicios no debe mover al que los recibe más a pobreza ni a promesa que a sus contrarios, ni a un estado o modo de vida que a otro” [15]. O sea, ha de respetar al máximo la moción y los ritmos internos del acompañado, donde creemos que el Espíritu está desvelando su voluntad.

 

3d. La liberación del juicio y del afecto.

 

Poco se ha pensado sobre esta disposición del ánimo tan importante para una sana relación de acompañamiento. En primer lugar, es tarea del acompañante liberarse de los “juicios previos” o pre-juicios que pueda tener hacia la persona acompañada. Estos prejuicios pueden ser positivos o negativos, favoreciéndonos una mirada y una comprensión positiva, a veces, desproporcionadamente positiva del acompañado, o, al contrario, favoreciéndonos una mirada y una comprensión negativas del acompañado. Si el acompañante no es lúcido (consciente) con estos juicios previos que de hecho están ahí condicionando la relación de acompañamiento, los pensamientos que sobre él irá proyectando estarán a su vez impregnados del juicio previo y acabarán mostrándose en la conversación a través de palabras impregnadas del condicionante previo, ajeno muy probablemente, a la situación y problemática del acompañado.

 

De igual forma, si estos pre-juicios se dan, la escucha estará irremediablemente condicionada por ellos y el acompañante tenderá, muchas veces inconscientemente, a escuchar y a interpretar lo que se le dice desde la influencia silenciosa pero poderosa de estos prejuicios. Es tarea previa irrenunciable del acompañante caer en la cuenta de qué juicio / valoración previa tiene de la persona a la que acompaña y aprender a tomar distancia espiritual de estos prejuicios para acompañar con la libertad del Espíritu a la persona.

 

Podemos hacer mucho daño tanto al estar condicionados tanto por pre-juicios negativos (personas que nos caen mal) como por pre-juicios positivos (personas que nos caen bien). En el colmo de la ingenuidad del acompañante podemos toparnos con el caso de aquel que puede identificar sus prejuicios negativos hacia el acompañado con el “mal espíritu” y el prejuicio positivo con el “buen espíritu”, como si el Espíritu Santo estuviera supeditado a sus propios límites empáticos afectivos.

 

Dicho con otras palabras, la voluntad de Dios y el trabajo del Espíritu Santo en el corazón de la persona puede no tener nada que ver con el prejuicio valorativo que yo tengo de esta persona. Dios es infinitamente mucho más grande que la posible mezquindad de nuestras hermenéuticas previas condicionadas.

 

3e. Escucha y memoria.

 

Escuchar es mucho más que oír las palabras de nuestro interlocutor. Liberados, en lo posible de los prejuicios que nos acechan, el acompañante escucha las palabras del acompañado. Las recibe de manera silenciosa permitiendo a la persona que se exprese como es y desde lo que lleva en su interior. La escucha del acompañante es activa y ha de esforzarse por guardar en su memoria aquellos puntos de la conversación que por cualquier motivo resuenen en él como importantes y significativos. En este punto, es importante recordar la importancia de la delicadeza a la que más arriba nos referimos.

 

La importancia y significatividad de las palabras del acompañado pueden mostrarse por diversas vías a las que hay que prestar atención: Ya sea porque el acompañado ha invertido tiempo en tal o cual punto, ya sea porque al sacarlos a la luz ha acompañado la palabra de alguna reacción corporal o emotiva importante (a veces tiembla la voz, se interrumpe o fragmenta el discurso, se enrojece el rostro, se cambia la postura corporal, varía el tono, el volumen o el timbre de la voz, se juega con las manos, se humedecen los ojos…). La escucha discernida / discreta nos dirá si cuando algo de esto acontece es necesario intervenir de alguna forma o permanecer en silencio y permitir a la persona que siga comunicándose. La escucha, además, al tiempo que recibe la palabra puede ir haciendo conexiones internas, desconocidas, tal vez, para el acompañante pero que pronunciadas en algún momento oportuno de la entrevista, le pueden resultar de gran ayuda.

 

La actitud interna de escucha, además, se reviste de una forma externa que tiene que ver con los elementos corporales de quien acompaña: su atuendo externo o vestido mínimamente formal, su postura corporal digna, su lenguaje visual, sus escasos movimientos… El caso es que con el control de su cuerpo el acompañante debe transmitir al acompañado confianza suficiente para poder comunicarse y la seguridad de que el acompañante está escuchando y recibiendo con interés lo que el acompañado le está contando.

 

3f. Afinidad / empatía:

 

Así, con unos prejuicios liberados y una actitud de profunda escucha que afecta a todas las dimensiones de la persona del acompañante, podemos hablar en la relación de acompañamiento de “empatía”. Sin entrar en la complejidad psicológica del término, a nosotros nos basta con afirmar aquí y ahora, que la relación de acompañamiento se construye desde una suficiente afinidad de ánimos que favorece la fluidez de la comunicación.

 

Yo creo que una relación de este tipo en la que dos personas (acompañante y acompañado) han de permanecer muchas veces a solas durante un tiempo, normalmente de una hora u hora y media, sin más entretenimiento que su propia conversación y esta sobre temas personales y auto-implicativos, ha de estar favorecida por una suficiente afinidad psicológica. Al decir suficiente, podríamos decir también “mínima”, pues lo que pretendo afirmar es que la ausencia de esta afinidad mínima no se vuelva en contra de la relación a través de repugnancias o rechazos afectivos implícitos no formulados pero sí perceptibles por otros lenguajes.

 

Lo que en principio solo es (o puede ser) falta de afinidad psicológica puede devenir en una dificultad o incluso impedimento para el discernimiento que se trata. Si esto se diera bastaría con que alguno de los dos explicitase respetuosamente sus dificultades y se viera la mejor manera de continuar el proceso de discernimiento con otro acompañante. Ponerse a analizar las causas de tales anti-patías podría suponer entrar en un campo de discusión que muy probablemente sería motivo de distracción para el proceso del acompañado, a no ser que se viera que la causa de dicha antipatía radicara en la lucidez del acompañante al detectar algún aspecto desordenado en el proceso de discernimiento  del  acompañado  y que este  reaccionara, más  o  menos conscientemente, con un sentimiento de anti-patía o rechazo no formulado.

 

3g. Libertad.

 

San Pablo dijo a los gálatas que donde está el Espíritu de Dios hay libertad. Uno de los puntos que nos puede ayudar a valorar la bondad del proceso de discernimiento es la atmósfera de libertad que se va dando en el camino. Siendo conscientes de la dificultad que en ocasiones supone hablar de temas personales e íntimos, el acompañante ha de desplegar también un sexto sentido que pueda ir informándole del índice de libertad que se va viviendo en el proceso. Es una libertad que puede ir manifestándose en una cada vez más fluida comunicación que va, poco a poco, venciendo resistencias, temores, dudas. Es de esperar que el acompañado, lo sepa o no, lo formule o no, vaya ganando en confianza en la relación que se va construyendo. El acompañante le ha dado muestras concretas de que es alguien en quien se puede confiar y así, como hija de la confianza, va emergiendo la libertad. El acompañante ha de iluminar esta libertad con el respeto del que ya hablamos y tener la delicadeza suficiente como para decir aquello que realmente convenga decir. Si no se está suficientemente seguro de que lo que se va a decir es conveniente, creo que es mejor no decirlo; en este caso (no en todos) la prudencia juega a nuestro favor.

 

3h. El uso de la palabra.

 

La relación de acompañamiento se fundamenta y se construye en la palabra. Es, ante todo, una relación lingüística. La escucha nos habla de la dimensión pasiva y receptiva de la palabra, mientras que la voz nos remite al uso activo de la palabra. Es de capital importancia para quien acompaña, ser, una vez más, lúcido con qué y cómo está pasando con la palabra en esta relación.

 

El acompañante ha de estar atento para intervenir discretamente en la conversación. Por discreción entiendo la capacidad de valorar la intervención en la historia una vez examinados los pronombres interrogativos que la construyen: ¿qué?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿cómo? Parece difícil, pero no lo es tanto. Eso sí, pide práctica y aprendizaje. Más que difícil es delicado, como ya dijimos antes, y la delicadeza también se aprende, pero hay que trabajarla.

 

La palabra del acompañante puede tener, y, de hecho, por lo general, tiene mucho peso en la vida del acompañante. En definitiva, la persona que acude al acompañamiento espiritual va a hablar sobre sí misma, sin duda, pero también espera recibir alguna palabra por parte del acompañante que le sirva de apoyo, luz o inspiración cristiana para continuar su personal seguimiento de Cristo.

 

Por eso es muy importante aprender a saber cuánto y cómo decir, pues no todo conviene en el mismo momento ni de la misma manera a todas las personas. Lo importante es que el acompañado vaya haciendo su propio proceso, recorriendo su propio camino y, por lo tanto, descubriendo desde su propia experiencia lo que Dios va trabajando en él, en ella.

 

En un proceso de discernimiento el acompañante más que pronunciar afirmaciones de carácter sentencioso que concluyan de manera diáfana lo que él cree que puede ser “voluntad de Dios” para el acompañado, muchísimo más provechoso es aplicar aquello que san Ignacio recomienda al que da los ejercicios espirituales, que declare la historia “con breve y sumaria declaración” porque “la persona que contempla, tomando el fundamento verdadero de la historia, discurriendo y raciocinando por sí mismo, y hallando alguna cosa que haga un poco más declarar o sentir la historia, quier por la raciocinación propia, quier sea en quanto el entendimiento es ilucidado por la virtud divina, es de más gusto y fruto spiritual, que si el que da los exercicios hubiese mucho declarado y ampliado el sentido de la historia; porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gusta de las cosas internamente” [Anotación 2].

¡Ojo! Se trata de la segunda anotación, después de la primera, en la que san Ignacio ha ofrecido una definición de los Ejercicios Espirituales; lo segundo, lo que parece para san Ignacio muy importante es caer en la cuenta de la primacía de la experiencia.

 

Si el acompañante es varón o mujer de experiencia es probable que caiga en la cuenta de lo que le está pasando al acompañado antes de que este llegue a formularlo y que, por tanto, ya sepa lo que debe decirle o recomendarle o contrastarle. Forma parte de la prudencia pastoral del acompañante saber esperar, esto es, vencer la tentación de querer demostrar lo que ya sabe y esperar a que el acompañado pueda ir descubriéndolo por sí mismo en esta entrevista, o en la siguiente o en la siguiente o cuando Dios quiera. Eso sí, nosotros podemos pedir, como en la liturgia, que el Espíritu nos inspire “el gesto y la palabra oportuna” para encaminar al acompañado hacia ese descubrimiento. Estas líneas nos introducen ya en la siguiente y necesaria disposición.

 

3i. Paciencia o el honesto manejo del tiempo.

 

En relación con este proceso de “descubrimiento por experiencia” que poco a poco va realizando el acompañado en su personal proceso de discernimiento, entra también la virtud del acompañante del saber esperar. El acompañante, por formación y por experiencia, ha de ir desarrollando una sensibilidad con el tiempo para aprender a manejar los tres relojes que están funcionando en la relación de acompañamiento de cara, en nuestro caso, a una posible toma de decisión: el reloj del acompañado, el reloj del acompañante y el reloj del Espíritu Santo.

 

El acompañante ha de ser lo suficientemente lúcido con el manejo de los tiempos y, en lo posible, descubrir cuál es el ritmo propio del acompañado, cuál el mío propio (como acompañante) y cuál el ritmo de Dios, que creo que es el más importante. En este “juego de tiempos” hemos de aprender nosotros a discernir primero nuestro propio tiempo y ser lúcido con lo que yo, como acompañante siento: si es demasiado pronto para tomar una decisión y por tanto debería aconsejar al acompañado más calma y paciencia con el proceso; o si es ya tarde y debo animarle a que se decida por A o por B.

 

Ahora bien, ante todo, yo debo ser crítico y lúcido con el sentir de mi propio tiempo y no dar ingenuamente / indiscretamente por supuesto que mi sentir del tiempo es sin más el sentir del tiempo de Dios. Por lo tanto, como acompañante, debo preguntarme de dónde me viene esta comprensión del tiempo y, honestamente, por qué creo yo que es temprano o tarde para que esta persona tome o no tome esta decisión. Es posible que tras un examen de mi propio sentir, descubra motivos y razones no claras en mí.

 

Pongamos un ejemplo sencillo. Como acompañante yo no veo todavía (alusión al tiempo) humanamente madura a esta persona para entrar en el seminario o en la vida religiosa y tengo miedo de que si le doy “luz verde” para su ingreso en el Seminario o en el noviciado sea fuente de conflicto en su comunidad y, por tanto, el problema se vuelva hacia mí, como responsable de su proceso de discernimiento. El Rector del Seminario o el Maestro de novicios o el provincial de turno pueden amonestarme o regañarme por mi falta de tino al seleccionar los candidatos.

 

O, al contrario, puede pasar que yo como acompañante, veo a esta persona ya muy preparada para dar este paso en su vida. Además, me gustaría que en nuestro noviciado hubiera más novicios y este a quien acompaño puede ser un candidato estupendo; además para mí sería también un cierto motivo de autoestima, pequeño triunfo pastoral y positivo reconocimiento por parte de mis colegas de equipo (el minuto de vanagloria que a veces tanto ayuda). Guiado por el reloj de mi propio tiempo, me veo animado, por tanto, a animar a este joven para que dé el paso imponiendo, más o menos, mi propio reloj al reloj del acompañado (que tal vez no lo ve tan claro como yo) y al reloj de Dios, que muchas veces es el último que consultamos.

 

¿Qué es lo que hay que hacer aquí? Ante todo, aquí lo importante es volver al punto “3b” de esta exposición: la rectitud de intención, purificar la intención, rezar, ponerse ante Dios e intentar vislumbrar, concluir qué es lo que Dios quiere y con respeto, delicadeza y libertad ir manejando los tiempos. Una vez que he intentado ajustar mi tiempo al tiempo de Dios, intentaré también, muy respetuosamente, adaptar el tiempo del acompañado ayudándole a reconocer su propio calendario, su propio timing en sus pros y en sus contras… Saber esperar a una armónica sincronización de los relojes implicados será siempre más sabio y fecundo que dejarse llevar acríticamente por el empuje indiscreto de un único tiempo. Es este sabio manejo del tiempo lo que nos conduce hacia nuestra próxima actitud vital.

 

3j. Prudencia.

 

Desde su propia experiencia, Ignacio de Loyola, según el método de ensayo – error, fue aprendiendo a no identificar de manera espontánea sus propios impulsos internos con la voluntad de Dios que deseaba encontrar y cumplir. En el proceso de acompañamiento, prudencia, prima hermana de la paciencia, significa la capacidad de saber esperar para sopesar y analizar la cualidad del impulso interno que me lleva a hacer algo “en nombre de Dios”. ¿Cómo nos habla Ignacio de Loyola de la prudencia en el acompañamiento?:

 

“El que da los ejercicios espirituales [acompañante], si vee al que los recibe [acompañado] que anda consolado y con mucho hervor, debe prevenir que no haga promesa ni voto alguno inconsiderado y precipitado; y cuanto más le conociere de ligera condición, tanto más le debe prevenir y admonir” [Ej 14].

 

El acompañante, desde la distancia necesaria para acompañar con lucidez el proceso del acompañado, ha de caer en la cuenta, primero, del estado de ánimo y espiritual del acompañado. En este párrafo [14] de los Ejercicios, Ignacio se refiere a la persona que está en un momento de notable optimismo, acompañado, tal vez, de alta autoestima. Es en momentos así, movidos por sentimientos positivos, cuando las personas estamos más propensas a tomar decisiones grandes e importantes; la energía provocada por el sentimiento positivo puede oscurecer, y de hecho oscurece, la lógica de lo racional y proporcionado para mí, lo que más me conviene (diría el acompañado). Así, la libertad queda un tanto mermada y supeditada al impulso de la emoción positiva que el acompañado está sintiendo y que le hace percibir el mundo del ámbito de su decisión

 

 

 

como más pequeño y conquistable frente al desproporcionado ánimo y autoconsciencia de sí mismo, engrandecidos por el sentir.

 

¿Qué ha de hacer el acompañante? Llamar a la Prudencia al escenario de la decisión y hacerla intervenir como mediadora entre el ánimo engrandecido del acompañado en momento álgido de su autopercepción y el mundo de su decisión, disminuido artificialmente por el sentir de la consolación. La Prudencia dirá, tan delicadamente como la pericia del acompañante sea capaz, algo así: “ni tú eres realmente ese tan capaz que ahora mismo te estás imaginando que eres, ni el mundo es tan pequeño y tan simple como tú ahora lo estás representando”. La prudencia aparece entonces como la sensata mediadora entre la voluntad de decisión del acompañado y el objeto sobre el que tiene que decidir. Acompañante prudente será entonces aquél que ayude a su acompañado a recuperar la proporción de lo real. La decisión se da en la historia tal cual es y no en aquella que un sentir de la orientación que sea (consolación / desolación) nos ofrece como representada.

 

La experiencia “conocida y notada” va dotando al acompañante de este sentido de la proporción y a ir familiarizándose con diferentes perfiles psico-antropológicos en los cuales Dios habla de maneras diversas. Si Dios se adapta a las categorías y estructuras internas de los acompañados, no está de más que el acompañante practique también tal adaptación. Pasamos, por tanto, a nuestra siguiente actitud o cualidad del acompañante.

 

3k. Flexibilidad y Adaptación como “estrategia pastoral”.

 

Este proceso de acompañamiento reclama la capacidad del acompañante para adaptarse a diferentes interlocutores y, por tanto, cierta flexibilidad en el método y en el lenguaje utilizados. Los que hemos pasado por la experiencia, constatamos con facilidad, que no es lo mismo acompañar a adolescentes de bachillerato, que a jóvenes universitarios en sus últimas etapas, que a religiosos o seminaristas jóvenes, que a laicos, sacerdotes o religiosos/as adultos en plenitud de vida apostólica. Tampoco es lo mismo acompañar a la misma persona en diferentes etapas o circunstancias de su vida, en ocasiones tan cambiantes y hasta contradictorias. También es cierto que un acompañante puede “especializarse” en un determinado perfil de acompañado: jóvenes universitarios, jóvenes (chicos /as) con inquietud vocacional, personas adultas en plena etapa profesional de su vida, personas mayores jubiladas y afrontando la vejez, adolescentes pensando qué carrera elegir para su vida futura, etc. Incluso en esta especialización, en el caso de que pudiera darse químicamente pura, el acompañante ha de estar preparado y formado para flexibilizar y adaptar su lenguaje y en ocasiones hasta su estilo en función del acompañado que tenga enfrente, sin que por ello pierda nada la solidez y consistencia de su método de acompañamiento.

 

El fin de buscar el mayor bien para la persona permite adaptar modos, formas y expresiones.

 

 

 

  1. Cuatro pasos fundamentales en el acompañamiento de un proceso de discernimiento

 

Orientación: un proceso de discernimiento inspirado en el itinerario de los Ejercicios

Espirituales estaría integrado por estos cuatro pasos, según este orden cronológico:

 

4a. Definición y delimitación del objeto sobre el que se va a discernir.

 

Si la relación de acompañamiento se origina y se centra en un proceso de discernimiento, el primer paso, por obvio que pueda parecer, conviene explicitarlo.

¿Cuál es el objeto del discernimiento? ¿Sobre qué se centra la decisión que se quiere tomar? Alrededor de este “qué” pueden aparecer otros temas que ayuden a poner un contexto a este discernimiento: “¿por qué este objeto de discernimiento ahora, en este momento de mi vida?”, “¿qué hay en mi vida que favorece, provoca o llama este discernimiento?”

 

4b. La detección de las afecciones desordenadas internas.

 

Como sabemos, el concepto de “afección desordenada” es muy rico y complejo. Para Ignacio es importante y lo incluye en la misma definición de sus Ejercicios Espirituales: “para vencerse a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección alguna que desordenada sea”. Ignacio cuenta con la existencia de afecciones desordenadas en la interioridad humana, pero cuenta también con la gracia y los medios necesarios para reconocerlas y, en su caso, eliminarlas. Las afecciones desordenadas son ante todo afectos y por serlo, no siempre detectadas por la luz de la razón o la lógica del entendimiento. Pueden habitar en el ámbito del inconsciente y desde ahí ejercer su influencia para dificultar un seguimiento de Cristo en libertad y responsabilidad. Acompañar un proceso de discernimiento tiene no puede prescindir de este elemento. El acompañante ha de saber qué es una afección desordenada, reconocer en el acompañado su presencia y ayudarle a reaccionar frente a ellas. El intenso proceso de primera semana en torno a la meditación del pecado, la contemplación de los Misterios de la Vida de Cristo, el despliegue del método de elección “Dos banderas”, “Tres binarios”, “Tres maneras de humildad”, la fuerza de la contemplación de la pasión de Cristo o la Contemplación para alcanzar amor son herramientas muy válidas para detectar y reaccionar contra las afecciones desordenadas. Los ejercicios aparecen como una manera de reconocerlas y eliminarlas.

 

El arte y la pericia del acompañante se revelarán en su capacidad de entrever estos condicionantes paralizantes del discernimiento y en su capacidad para ayudar al acompañado con preguntas, comentarios, contrastes…, que le faciliten entrar más adentro en el ámbito de sus verdaderas motivaciones y deseos que de ellas puedan surgir. ¿Nos ofrece san Ignacio alguna recomendación sobre cómo acompañar estas afecciones? No mucho. La anotación 16 comenta varias cosas: 1. Existe un afecto hacia algo, un afecto detectable y reconocible. 2. Ese afecto es juzgado como “desordenado” porque se reconoce que no está orientado hacia el servicio de Dios, sino “hacia el propio provecho e interés temporal”. 3. Se recomienda inclinarse hacia lo contrario con oraciones y otros ejercicios espirituales para poder ordenar el deseo y la afección.

 

“Si por ventura la tal ánima está afectada y inclinada a una cosa desordenadamente, muy conveniente es moverse, poniendo todas sus fuerzas, para venir al contrario de lo que está mal afectada; así como si está afectada para buscar y haber un oficio o beneficio, no por el honor y gloria de Dios nuestro Señor, ni por la salud espiritual de las ánimas, más por sus propios provechos y intereses temporales, debe afectarse al contrario, instando en oraciones y otros ejercicios espirituales, y pidiendo a Dios nuestro Señor el contrario, es a saber, que ni quiere el tal oficio o beneficio ni otra cosa alguna, si su divina majestad, ordenando sus deseos, no le mudare su afección primera. De manera que la causa de desear o tener una cosa o otra sea sólo servicio, honra y gloria de la su divina majestad”[Ej 16].

 

Un proceso de discernimiento tendrá fundamento suficiente para llevar hacia una sana decisión si se ha visto liberado, no tanto de estas afecciones, cuanto de la influencia que estas afecciones puedan producir en el discernimiento.

 

4c. El fomento de una actitud básica de indiferencia.

 

Conocido y detectado el desorden interno, un segundo paso fundamental es favorecer una actitud de indiferencia, algo muy relacionado con la rectitud de intención que ya comentamos:

 

“es menester tener por objeto el fin para el que soy criado, que es para alabar a Dios nuestro Señor y salvar mi ánima y con esto hallarme indiferente, sin afección alguna desordenada. De manera que no esté más inclinado ni afectado a tomar la cosa propuesta que a dejarla, ni más a dejarla que a tomarla, más que me halle como en el medio de un peso para seguir aquello que sintiere ser más en gloria y alabanza de Dios” [Ej 179].

 

¿Cómo acompañar hacia la indiferencia? ¿Es la indiferencia una gracia? Sí, lo es. Lucidez, oración y un proporcionado “agere contra” pueden contribuir a restablecer el orden interno provocado por una afección desordenada. No se trata de suprimir “mágicamente” el afecto que reconocemos desordenado, cuanto de detectarlo e impedir que influya en la libertad interna que exige el proceso de la búsqueda de la voluntad de Dios y su cumplimiento.

 

4c. La escucha de lo que Dios quiere a través del análisis de las mociones y manera de reaccionar.

 

Es éste uno de los puntos más originales de la aportación de Ignacio a la historia y tradición del discernimiento. Dios tiene un lenguaje y las palabras de este lenguaje se llaman “mociones”, movimientos internos que se revelan a través de sentimientos, deseos, fantasías, pensamientos. El acompañado comparte estos movimientos internos, estos ecos que la meditación y la oración sobre su objeto de discernimiento provocan en su interior. Deseos, temores, ilusiones, alegrías, tristezas, sequedades… el conocimiento y el análisis de estos movimientos irán poco a poco clarificando una decisión en torno al objeto que las provoca.

 

Ignacio de Loyola estaba muy convencido de que estos movimientos se producen en el alma, es más, para él afirmar que de hecho se da algún tipo de experiencia espiritual consiste en verificar si hay algún tipo de moción. Algunos de los párrafos que explican en qué consiste esta relación acompañante / acompañado tratan sobre cómo intervenir cuando el acompañado está en una o en otra situación espiritual.

 

“El que da los ejercicios, si ve al que los recibe, que está desolado y tentado, no se haya con él duro ni desabrido, más blando y suave, dándole ánimo y fuerzas para adelante, y descubriéndole las astucias del enemigo de natura humana, y haciéndole preparar y disponer para la consolación ventura” [Ej 7]

 

“El que da los ejercicios, según la necesidad que sintiere en el que los recibe, cerca de las desolaciones y astucias del enemigo, y así de las consolaciones, podrá platicarle las reglas de la primera y segunda semana, que son para conocer varios espíritus” [Ej 8]

 

4d. Confirmación de lo re-conocido como voluntad de Dios para “mí”.

 

Una decisión no acaba de tomarse, según la propuesta ignaciana hasta que no se confirma, es decir hasta que no se tiene la experiencia interna de serena y profunda consolación de que eso que se escoge es querido por Dios. Estrictamente hablando no escogemos lo que deseamos y pedimos a Dios que lo confirme, sino que más bien se trata de escoger lo que intuimos y concluimos que Dios quiere y, antes de ponerlo en práctica, confirmarlo, dar un tiempo para sentir y experimentar en la oración que en verdad Dios quiere y desea eso “para mí”.

 

  1. Las tentaciones y los demonios de quien acompaña

 

La relación de acompañamiento puede verse tocada e influenciada por una serie de tentaciones vivas y constantes en la persona de quien acompaña. De nuevo, una llamada a la lucidez y al examen personal ayudarán a desarrollar una relación lo más fructífera y provechosa para el acompañado. Algunos elementos que conviene tener en cuenta para, en su caso discernir, por tanto, como el envés de lo que venimos diciendo, podrían ser:

 

5a. Distracción.

 

Este es un demonio ingenuo, pero peligroso. Si un ministerio requiere atención, escucha atenta, concentración… es el acompañamiento. A veces se da por supuesto, pero conviene explicitarlo. El acompañante ha de estar atento a sus distracciones sin perder la concentración en el devenir de la conversación.

 

Es también conveniente y muy útil preguntarse a modo de sencillo examen una vez terminado el encuentro del acompañamiento: “¿Qué me ha distraído en esta conversación?” “¿hay alguna distracción recurrente en este acompañamiento?” ¿cuál?

¿por qué? Hay niveles muy diferentes de distracción. Unas son coyunturales, de

circunstancia, debidas a mi situación personal como acompañante (exceso de trabajo, preocupación por algo pendiente, el próximo compromiso pastoral que tengo una vez terminada esta entrevista, algún malestar físico…). Otras son distracciones más estructurales que pueden afectar a dimensiones más profundas de la vida del acompañante y, por tanto, condicionarle en su ministerio: estoy en un momento de dificultad personal, comunitaria, institucional; hay un problema grave en mi familia que me exige y “tira” de mí afectiva y psicológicamente; estoy implicado en un proyecto de futuro que implicará cambios serios en mi vida y esto me distrae…

 

Tanto la relación misma de acompañamiento como la persona acompañada no deberían sentirse influidas o condicionadas por estas distracciones del acompañante. Pero es cierto que el acompañante es humano y que no puede tampoco desprenderse con facilidad de lo que es y de cómo está, pero sí cabe realizar algún sencillo ejercicio que favorezca la concentración durante el acompañamiento y, por tanto, disminuya la posibilidad de distracción. Puede ayudar tomarse unos minutos de silencio antes de la entrevista y concentrarse en ella; es posible también activar esa dimensión “supraconsciente” que me permita estar vigilante durante la entrevista de posibles distracciones que asaltan para no dejarme llevar por ellas; es posible también, finalizada la entrevista, hacer un pequeño examen sobre cómo ha ido y poder revisar la identidad y cualidad de las distracciones, si han aparecido.

 

5b. Falso respeto.

 

¿En qué puede consistir este falso respeto? En primer lugar el no asumir con entereza y responsabilidad la misión encomendada de acompañar. Un falso respeto que lleva a pensar que todo depende del acompañante y que por tanto, escuchar cálida o empáticamente es lo único que tengo que hacer. A veces este falso respeto se mezcla también con algo de falsa humildad. No intervenir por temor a decir algo desagradable que no va a caer bien; no intervenir por miedo a interferir en lo que Dios va haciendo con esta persona; no intervenir por miedo a equivocarme y no saber, tal vez, después corregir mi error; no intervenir porque esta persona es de gran autoridad… y a ver quién le puede decir algo… El falso respeto puede hacer mucho daño a una sana relación de acompañamiento.

 

5c. Autoridad auto-atribuida.

 

En el otro extremo del falso respeto podemos encontrar el perfil de acompañante que se ha revestido de una autoridad desproporcionada e injustificada en nombre de su mismo rol o papel. Son personas que se sitúan ante el acompañado desde una situación de verticalidad, por encima de la persona acompañada. Son personas que piensan que por ser acompañantes tienen que conocer la situación interna y personal del acompañado mejor que él: hacen un diagnóstico, conocen su proceso y su camino. Sus intervenciones en la relación corren mucho riesgo de ser desafortunadas, imprudentes e indiscretas. Procederán con frecuencia de juicios previos sobre la persona o su situación no contrastados, pero que justificarán sin más, por el rol que yo tengo en esta situación.

 

Dicho claramente es un modo de acompañar muy jerárquico, en ocasiones autoritario que relega al acompañado a una situación pasiva de acoger acríticamente lo que se le dice “desde arriba”, como si el acompañante fuera una especie de iluminado que recibe del Espíritu lo que pasa, por qué pasa y cómo hay que reaccionar ante esto que está pasando. Algunos acompañantes pueden creer además que tal autoridad les viene “de arriba” por su situación o cargo en la Iglesia, con lo cual tal autoridad se ve aún más reforzada. En situaciones como esta, poco espacio queda para el discernimiento; se trataría más bien de seguir lo que desde arriba viene ya “decidido”.

 

5d. Protagonismo desmesurado.

 

Desmesurado etimológicamente hablando. Sin mesura, sin medida, sin discreción. A veces, por inseguridad o inexperiencia puede pensar el acompañante que “esto depende de mí” y por tanto me vea en la obligación de adquirir un protagonismo que sobrepasa aquello que me concede el guión. Me viene a la memoria el párrafo [58 ] de los Ejercicios espirituales en el que san Ignacio nos invita a percibirnos humildemente, comparándonos con los ángeles, los santos… “yo ¿qué puedo ser?” “tú… ¿quién te crees que eres?”

 

5e. Responsabilidad irresponsable.

 

Con lo cual, siguiente punto, puedo llegar a creerme que el responsable de esta relación y de esta decisión que está en juego soy yo. Este punto es delicado pues puede llevarme a ejercer un tipo de influencia desenfocado motivado por este exceso de responsabilidad. El acompañante puede llegar a creer que él es, que “yo soy”, el responsable de que el acompañado se sienta bien, sienta la consolación, tenga las ideas y los afectos claros y ordenados y vaya dando pasos según mi propio calendario o libro de protocolo. Una falta de distancia crítica en la relación puede también hacerle sentir miedo al fracaso del acompañado y asumirlo como propio.

 

El acompañante no es responsable más de lo que se le pide como tal. Otra parte muy importante es responsabilidad del acompañado y otra, la más importante, del Espíritu Santo. Confundir estas responsabilidades puede ser dañino para la relación y el discernimiento que está en juego.

 

5f. Paternalismo.

 

Cercano, pero algo distinto a estas actitudes que venimos comentando está el paternalismo. Es más difícil de detectar que el autoritarismo o el protagonismo desmesurado porque es más sutil. El paternalismo es un tipo de comportamiento que implica un exceso de atención y cuidado por la persona manifestado de formas correctas, delicadas que evitan el autoritarismo pero que con el tiempo van generando un tipo de dependencia insana del acompañado hacia el acompañante poco sano. El paternalismo tiende a ir restando la libertad del acompañado, mientras que el acompañante va “ganando terreno” en la relación. En ocasiones puede presentarse también como pequeños juegos de palabras o propuestas formuladas como consejos que permiten entrever la desproporción en la experiencia y, por tanto, autoridad entre acompañante y acompañado.

 

El paternalismo puede nacer de inseguridades del acompañante, o de necesidades afectivas no satisfechas, necesidad de reconocimiento, de afecto, de autoestima, de hetero-confirmación, de fama o prestigio entre gente cercana que le reconozca. Al manifestarse de formas correctas, en ocasiones demasiado correctas, es una tentación delicada, muchas veces es sutil y por eso es más difícil de reconocer, tanto por parte del acompañante como del acompañado. En apariencia, no hay nada incorrecto desde ningún punto de vista (jurídico, canónico, moral, pastoral) pero el modo y la manera como se desarrolla la relación por parte del acompañante es errónea. Detectado el paternalismo por parte del acompañante o por otra instancia externa es probable que la  relación  acompañante  /  acompañado  se  deteriore.  Una  relación  de acompañamiento basada en el paternalismo está abocada al fracaso.

 

5g. Moralismo.

 

Es otra perspectiva claramente desenfocada a la hora de acompañar procesos. El acompañante puede conocer mejor que el acompañado la teología moral y pastoral, incluso nociones de derecho canónico que nos dicen qué está bien y qué está mal incluso qué pueda ser / no ser pecado. Es un tipo de relación también de carácter vertical que se construye desde “el deber ser”. Tiende a ser también autoritaria y “conductual”. Da primacía a la objetividad de la norma y al valor de su cumplimiento frente a la circunstancia y contexto de la persona. En este tipo de relación el acompañante carece de escucha atenta y empática, puesto que lo que más le preocupa es reconducir al acompañado por la senda del bien, ya definido por normas y documentos eclesiales que el acompañante conoce y maneja con soltura. Desde una buena intención de querer guiar al acompañado por la senda del bien, es gran tentación para el acompañante desplegar estos conocimientos y a través de consejos o recomendaciones influir en el comportamiento del acompañado para que tome la decisión que el acompañante cree ser la correcta.

 

 

 

 

Conclusiones

 

+ El acompañamiento espiritual es un ministerio eclesial de primera importancia para el crecimiento en la fe y el arraigo en el seguimiento personal de Cristo.

 

+ El acompañamiento es una instancia objetivadora muy arraigada en la tradición de la Iglesia y muy importante en procesos de discernimiento personal y comunitario que puede contribuir a favorecer la lucidez y la libertad a la hora de tomar una decisión acorde con la voluntad de Dios en la vida.

 

+ En procesos de discernimiento el acompañante ha de tener claro su rol en la relación con el acompañante y fomentar el desarrollo de una serie de disposiciones y virtudes que contribuyan de la mejor manera posible a llevar al discernimiento a buen puerto: paciencia, prudencia, respeto, discreción, flexibilidad, adaptación…

 

+ Así una tarea del acompañante es “discernir el discernimiento”, es decir examinar frecuente y detenidamente, “con mucha vigilancia y atención” [Ej 336] el proceso que va haciendo el acompañado, focalizándose en su manera de implicarse o no implicarse y cómo en dicho proceso

 

+ El Espíritu Santo es quien obra el proceso en el acompañante a través del don de las mociones; es quien construye el proceso de discernimiento y es quien concede la luz y la unción al acompañante para “alabar, hacer reverencia y servir en todo a Dios nuestro Señor”.

 

+ Orar por el proceso de acompañamiento / discernimiento, orar por la persona acompañada y por su relación personal con Cristo, orar el acompañante por él mismo para que el Espíritu Santo le dé la luz necesaria para guiar con rectitud al acompañado es una tarea necesaria en el ministerio del acompañamiento espiritual.

 

 

 

Retiro espiritual

Pbro. Luis Manuel

Director de la CEAS.

 

 

 

DEJARNOS SORPRENDER POR DIOS

 

Nos encontramos aquí, esta tarde, como Consiliarios de Acción Católica General, porque hemos descubierto, hemos llegado al discernimiento de que nuestra vida sólo se entiende desde el deseo de buscar e intentar hacer la voluntad de Dios. Todo el que busca a Dios sabe que sólo puede encontrarlo a través de su Hijo Jesucristo y por medio del Espíritu Santo.

 

El que busca a Dios de verdad sabe que no tiene escapatoria, que toda su vida se tiene que configurar desde Dios y en función del proyecto personal que él tiene para cada uno de nosotros. No basta, por tanto, con hacer el bien o ayudar a los demás, sino que debemos responder en concreto a Dios, que nos ha creado con un proyecto personal, único, insustituible, extraordinario; y ese plan da sentido pleno a nuestra vida y nos lleva a ser felices. Por eso, sólo descubriendo y cumpliendo la voluntad de Dios podemos realizarnos plenamente, vivir la vida como vocación y llevar a cabo una misión.

 

En el presente retiro, como siempre, el centro es Jesucristo, como lo es también en el discernimiento.

 

Vamos a contemplar a Jesús, porque no hay oración cristiana si no contemplamos al

Señor. Él es el centro de nuestra vida y al que tiene que dirigirse todo.

 

Vamos a pedirle al Señor, esta tarde, tener sus mismos sentimientos, que expresa en el cuarto evangelio: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4,34).

 

Tenemos como objetivo aprender a realizar el discernimiento evangélico. Y el modelo del que no tenemos que separar la mirada ni el corazón es Cristo, vuelto al Padre por encima de todas las circunstancias, mirando siempre al Padre y viviendo de su voluntad. Todo el discernimiento cristiano responde a ese anhelo del Señor: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4,34).

 

Y a nosotros, ¿qué nos alimenta?, ¿qué estamos rumiando, masticando todo el día: preocupaciones, problemas, comentarios, conflictos, planes personales y pastorales…? Vivimos de eso, nos alimentamos de eso.

 

Sin embargo Jesús vive de la voluntad del Padre. ¨Yo no puedo hacer nada por mi cuenta; juzgo según lo que oigo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado¨ (Jn 5,30).

 

 

 

Esta mirada a Cristo, que busca hacer la voluntad del Padre, nos hace salir del relativismo, porque nos descubre la Verdad con mayúsculas, que es Jesús (cf. Jn 14,6). Este anhelo por cumplir la voluntad del Padre da sentido a toda la vida del Señor y a su misión, desde el primer momento de la encarnación: ¨Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo -pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí- para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad¨ (Hb 10,6-7).

 

Cristo no hace ejercicios de discernimiento, sino que vive permanentemente en la búsqueda de la voluntad de Dios en todo. Y nosotros también queremos vivir en estado de discernimiento, para buscar y descubrir permanentemente la voluntad de Dios.

 

Con este anhelo, buscar, querer alimentar nuestra vida con la voluntad de Dios, os propongo como referente el relato de la vocación-conversión de san Pablo, junto a otros testimonios y pasajes bíblicos.

 

Todos conocemos perfectamente la historia de san Pablo. Estamos ante una de las personalidades más fascinantes y atrayentes de la historia de la humanidad. Su vida y su misión, en el cristianismo de todos los tiempos, ha suscitado asombro y admiración.

 

El Apóstol de los Gentiles ha sido considerado el mejor intérprete de Jesucristo y, por tanto, un espejo donde debemos mirarnos en nuestro deseo por llevar a cabo la renovación de nuestras vidas y de nuestras comunidades cristianas a la luz del Evangelio de la Verdad.

 

Sobre el episodio de su conversión, en el camino de Damasco, se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un giro, un cambio total de perspectiva, marcando un antes y un después en la vida de san Pablo. A partir de entonces, inesperadamente, Pablo empezó a considerar “pérdida” y “basura” todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (Flp 3, 7-8). Este hecho, será siempre también como un centro incandescente, que lo nutrirá al Apóstol permanentemente en su misión, impulsándolo a ir más allá para predicar el evangelio a tiempo y a destiempo.

 

¿Qué había sucedido? Leemos el texto (Hch 22, 6-8) (hay otros dos relatos de su conversión. Hch 9, que es el más conocido y lo narra Lucas; Hch 26, que es un discurso de Pablo ante el rey Agripa en Cesarea, estaba preso; y este de Hch 22, también autobiográfico, discurso de Pablo a los judíos en Jerusalén)

 

  1. Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; 7 caí al suelo y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? 8

 

Yo respondí: ¿Quién eres, Señor? Y él a mí: Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.

 

Pablo se pone en camino, de Jerusalén a Damasco (600 km, los haría en caballo). También se supone que iba acompañado, pero a Lucas todavía no le interesa mencionarlo todavía. Está cerca de Damasco, es decir, a punto de conseguir el objetivo que él mismo se ha marcado, pero algo le sucede “de repente”, un “resplandor del cielo” y una “voz”. El autor no se inventa todas las palabras, las aprovecha de otros relatos que hay en el Antiguo Testamento, usadas para indicar una manifestación maravillosa de Dios (episodio de la vocación de Moisés, sacrificio de Isaac…). Y lo hace a propósito, está diciendo que el mismo Dios que se manifestó antiguamente, el mismo Dios que Pablo cree estar obedeciendo, el mismo Dios que le dio la ley a Moisés, es el que se está presentando aquí ante Pablo.

 

Todo esto le sucede a Pablo cuando iba hacia su destino. Pablo no estaba parado. Esto simboliza el camino de la vida; es decir, Dios se aparece en su vida concreta. Lo mismo le sucedió a los primeros discípulos llamados por Jesús (Mc 1,16-20: Jesús pasa por la orilla del lago de Galilea y los llama mientras estaban pescando (Simón y Andrés) y arreglando las redes (Santiago y Juan). Y en la actualidad, Dios se sigue haciendo presente en la situación que estamos viviendo cada uno.

 

El discernimiento se lleva a cabo en y desde la vida, en la historia que nos ha tocado vivir, sabiendo descubrir en ella la presencia amorosa de Dios. Por eso tenemos que tener los ojos muy abiertos para saber escuchar, percibir las llamadas y los signos de los tiempos. Hay que mirar la realidad que nos rodea con ojos de fe. Y esa mirada debe hacerse también con espíritu evangélico: es decir, atendiendo a lo pequeño y fragmentario, a lo débil y amenazado de la sociedad. Hay una marca evangélica en lo oculto pero fecundo, en aquello que aún no aparece pero que tiene una fuerza enorme, aunque exige atención y paciencia. Como la semilla o el grano de mostaza, o la levadura…

 

El tiempo presente es también tiempo de salvación. Por eso se hace necesaria una interpretación correcta de lo que vivimos. A veces podemos dar la sensación de que ya no confiamos en la capacidad del amor de Dios para evangelizar el tiempo que estamos viviendo, y nos convertimos en unos auténticos pesimistas, que siempre estamos lamentándonos… porque somos pocos, porque somos los mismos…

 

¿No será que estamos olvidando que Dios es el Señor de nuestro tiempo, de nuestra cultura y que no somos nosotros? Nos pasa como a esos fariseos y saduceos que critica Jesús porque saben percibir los signos de los tiempos, de la presencia del Señor en nuestra vida…¨se acercaron entonces los fariseos y saduceos, y para ponerle a prueba, le pidieron que les mostrase una señal del cielo. Más el respondió: al atardecer decís, va a hacer buen tiempo, porque el cielo tiene un rojo de fuego, y a la mañana, hoy habrá tormenta, porque el cielo tiene un rojo sombrío. ¡Con que sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir los signos de los tiempos!!Generación malvada y adúltera! Una señal reclama y no se le dará otra señal que la del profeta Jonás. Y dejándolos, se fue¨ (Mt 16,1-4).

 

Os invito a que llevemos a cabo una mirada retrospectiva a nuestra vida y descubramos cómo Dios se ha ido haciendo presente en nuestra historia personal… y cómo sigue haciéndolo actualmente y nos habla yendo de camino, en nuestra vida, en los acontecimientos y personas que pone a nuestro lado, sobre todo a través de la gente sencilla, humilde, de los niños, jóvenes, adultos que hay en nuestros equipos y que son testimonio de fe para nosotros, sacerdotes…

 

Y Dios se aparece a Pablo, en su vida, ¨de repente¨ (dice el texto bíblico), de un modo imprevisto, por sorpresa, de la forma que menos lo esperaba. Sólo hay auténtico discernimiento si uno se abre totalmente al Señor, si nos dejamos sorprender por él.

 

Desde que el Papa Francisco inició su pontificado (mediados de marzo del año 2013) una de las frases o slogan más repetidos, especialmente a los jóvenes, ha sido: ¡Déjate sorprender por Dios!

 

A modo de ejemplo, recuerdo la JMJ de Río 2013, donde en su primera homilía, en la misa del Santuario de Aparecida, el Papa Francisco señaló “tres sencillas actitudes” para lograr “un mundo más justo, solidario y fraterno”, las cuales son: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría.

 

También, en su viaje apostólico por Manila, Filipinas, el Santo Padre quiso dirigirse particularmente a los jóvenes y hablarles de la virtud de la generosidad ante la posible llamada sobrenatural de Dios. Les decía con vehemencia y como quien lo tiene bien experimentado: “¡Déjate sorprender por Dios! No le tengas miedo a las sorpresas”.

 

En el Año Santo, del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, el Papa Francisco también animaba a todos los cristianos, como aparece en la bula ¨Misericordiae vultus¨ (MV 25) a ¨dejarnos sorprender por Dios¨ porque ¨Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida¨.

 

La vida de santidad consiste en dejarnos sorprender por el Amor, que es Dios, más allá de nuestros planes y esquemas. Los santos son aquellas personas que se han abierto a la sorpresa de Dios, ensayando continuamente el hacer de la vida un sí, en las circunstancias de todos los días, empezando de nuevo en cada amanecer, queriéndolo dar todo, porque ¨es chico nuestro todo por el gran Todo que es Dios¨ (San Juan de Ávila), porque es verdad que a Dios no hay quien le gane en generosidad.

 

Dios entra en la vida de Saulo sin pedirle autorización, cuando ya estaba cerca de Damasco, a punto de cumplir su objetivo. Dios irrumpió en la vida de Saulo como una saeta disparada del cielo. Él no se había preparado, pero Dios lo había elegido. Nos dirá el texto, “de repente”, imprevistamente. Dios es Dios y siempre toma la iniciativa.

 

Dios, también llega hoy imprevistamente a muchas vidas. Nos visita en una enfermedad, en un momento de frustración, en un viaje, en la vida comunitaria, en el trabajo, en nuestros equipos de vida, cuando hablamos con los militantes, en los Encuentros… Y en estas coordenadas intrincadas (en medio de nuestros nervios, prisas y estrés), aparece su luz. Cuando menos lo esperamos, y por el lugar más imprevisible. (quién os iba a decir a alguno de vosotros que un día ibais a ser sacerdotes, o que después nuestro ministerio iba a transcurrir por estos derroteros, o que hoy íbamos a estar aquí juntos porque habéis conocido la Acción Católica… y no digamos a mí, quién me lo iba a decir hace unos meses que hoy iba a estar con vosotros por el cargo que desempeño…).

 

Y Dios toma siempre la iniciativa. La iniciativa es de Dios, porque Él nos amó primero (1Jn4,19). No espera que vayamos a buscarlo en lugares escondidos, él mismo ha decidido ir a nuestro encuentro. Esta iniciativa del Señor se repite en cada uno de los relatos de vocación que narra la Sagrada Escritura (Abrahán, Moisés, Jeremías, Isaías, los primeros discípulos, María…).

 

Si nos acercamos a los evangelios descubriremos que Jesús era un hombre de encuentros. Se acercó a pecadores y excluidos invitándolos al banquete del reino de Dios; mantuvo profundos diálogos con fariseos y maestros de la ley, a pesar de que él era consciente de las trampas que estos le ponían constantemente; se rodeó de sus discípulos a lo largo de toda su existencia, y no fue un personaje solitario…

 

Hay un encuentro de Jesús con un personaje que me llama la atención. Se trata de su encuentro con Zaqueo (Capítulo 19 de Lucas).

 

Este jefe de publicanos, mal considerado por sus paisanos, no estaba tranquilo e intentaba ver quién era Jesús (19,2.3). Por eso se subió a un árbol para verlo, pues debía pasar por allí (19, 4). Quería ver sin ser visto; pero no consiguió su propósito. Al pasar Jesús, con su atenta mirada, le descubre, camuflado entre el tupido ramaje del árbol, y, se produce ese cruce de miradas que cambiará la vida de Zaqueo.

 

¿Cuál es ese árbol donde se inició nuestro encuentro con el Señor, un encuentro que nos cambió la vida? Pongo nombre también a esos árboles (situaciones, personas…) que me ayudan a encontrarme con Dios, con los demás, con la vida. Damos gracias a Dios por ese primer árbol donde se produjo un encuentro especial y por todos los demás árboles que el Señor ha puesto en nuestra vida y que nos ayudan a encontrarnos con Él.

 

Se trata de que continuamente, en nuestra existencia, en nuestro ministerio, en el que vamos cumpliendo años (voy para 19 años) y cansancio acumulado, volvamos una y otra vez a renovar la ilusión, el amor primero (Os 2,9). Volver a sentir su llamada, aquí y ahora, revitalizar su presencia constante.

 

La gran sorpresa del cristiano es siempre la de un encuentro continuamente renovado con Cristo resucitado, presente en la historia, en los signos de la Iglesia y en los hermanos.

 

Una pieza clave en el discernimiento es el encuentro, la relación personal con Cristo. El discernimiento, como la vida cristiana no se juega al nivel de las ideas, de los razonamientos, sino del corazón, de los sentimientos… no creemos en una idea, sino en una persona concreta…de la que tenemos que enamorarnos (esto es fundamental).

 

Para eso es necesario que busquemos momentos, espacios para que se produzca el encuentro con el Señor. De ahí la importancia de la oración, de la escucha, desde el silencio, para aprender a captar la voluntad de Dios. Es verdad que Dios toma la iniciativa, pero también respeta nuestra libertad y de algún modo nos tenemos que poner a tiro. Tenemos tantas cosas que hacer, tantas tareas y servicios ministeriales, que nos falta tiempo para estar con el Señor. Podemos ser de los hablen de Dios mucho, pero poco con Dios. Decía san Gregorio Magno: el pastor bueno debe estar anclado en la contemplación. El Papa Francisco afirma que: en todo itinerario de fe se necesita un encuentro personal y comunitario con Cristo que suscite discípulos misioneros. Sólo a partir de un encuentro vivencial con Cristo, se puede dar testimonio de Él.

 

¨El tiempo dedicado a Dios en la oración no sólo deja de ser un obstáculo para la eficacia y la dedicación al amor al prójimo, sino que es en realidad una fuente inagotable para ello¨ (Deus caritas es, 16, Benedicto XVI). ¨El sacerdote que no ora… darme ha por consejo de Dios consejo suyo… ¡Oh sacerdotes! Habíamos de andar siempre importunando a Nuestro Señor con oraciones¨ (San Juan de Ávila).

 

Y como sucedió con Zaqueo: “Hoy”, no mañana u otro día, el Señor desea encontrarse contigo, en el momento histórico que estás…déjate sorprender por Él, ponte a la escucha de su Palabra, de su voluntad para tu vida, sin miedo… El ¨ahora¨ es un tiempo de oportunidad, es un reto, un desafío, la ocasión de nuestra vida para llevar a cabo un discernimiento verdadero, desde la escucha contemplativa y activa.

 

Una de las razones del desenfoque de la vida cristiana, también nos sucede a nosotros, es que la búsqueda de la voluntad de Dios suele tener un interés «práctico» de cara al futuro. Como el niño Samuel (1Sam 3,1-10), salimos corriendo a hacer algo en vez de pararnos a escuchar lo que Dios quiere decirnos. El Señor nos llama a estar con él y nosotros lo traducimos en lo que tenemos que hacer, que siempre es mucho. Y ese interés por lo práctico nos hace perder lo fundamental: la llamada del Señor a estar con él.

 

En general el ser humano tiene un gran interés en controlar la vida presente y, sobre todo, su futuro. Pero no hay posibilidad de discernimiento cuando intentamos controlar el futuro y llegar a donde nos interesa. Eso es lo que pretenden muchos buenos cristianos, disfrazándolo de búsqueda de la voluntad de Dios. Queremos controlar nuestro futuro y nos perdemos el presente, que está en escuchar lo que nos quiere decir Dios.

 

Para poder descubrir lo que Dios quiere de ti, tienes que aprender a escuchar, estar atento, experimentar. Para esto, necesitas saber hacer silencio en torno a ti y en tu interior.

 

Escúchate a ti mismo: ¿A qué se inclina tu corazón? ¿Qué es lo que anhelas? Aprende a mirar a los hombres que te rodean, ¿qué te está diciendo Dios a través de su pobreza, de su ignorancia, de su dolor, de su esperanza, de su necesidad de Dios…?

 

Escucha al Padre que, a través de la historia concreta de los hombres, te revela el modo como quiere que colabores en la instauración del Reino.

 

Os invito a orar y reflexionar… a pedir compartir los mismos sentimientos de Cristo: Mi

alimento es hacer la voluntad de Dios, Padre…

 

Rezamos con el salmo 139 (138): Señor, tú me sondeas y me conoces…Mira tu historia.

¿Cuál es ese árbol donde se inició nuestro encuentro con el Señor, un encuentro que nos cambió la vida? Pongo nombre también a esos árboles (situaciones, personas…) que me ayudan a encontrarme con Dios, con los demás, con la vida. Damos gracias a Dios por ese primer árbol donde se produjo un encuentro especial y por todos los demás árboles que el Señor ha puesto en nuestra vida y que nos ayudan a encontrarnos con Él. ¿Por qué camino te está llevando actualmente Dios? ¿De qué manera Dios está presente o ausente en tu vida? ¿Buscas esos momentos para estar con él, para escuchar cuál es su proyecto en tu vida? ¿Consideras que tu alimento diario es hacer la voluntad de Dios? ¿Qué personas concretas son significativas para ti?

¿Por qué? ¿qué acontecimientos son el centro de tu vida? ¿ qué papel juega Dios en tu

historia, en tus relaciones, en tus inquietudes, en tus preocupaciones, en tus planes de futuro?

 

MEDITACIÓN: EL ENCUENTRO CON DIOS TRANSFORMA NUESTRA VIDA

 

Seguimos con la reflexión del pasaje de san Pablo… El resplandor, símbolo de Dios (“yo soy la luz”, dice Jesús en el evangelio de Juan), envuelve totalmente a Pablo. Dios se le hace presente de forma poderosa, de forma que lo abarca enteramente. Como resultado Pablo cae a tierra. Los pintores de muchas épocas se han imaginado a Pablo cayendo de un caballo. El texto no menciona ningún caballo, pero sí es una imagen acertada. El hombre sentado sobre su caballo representa a alguien seguro de sí mismo, poderoso, afirmado en sus creencias. El hombre que cae del caballo es símbolo del que pierde sus seguridades, del que corre el riesgo incluso de morir, del hombre caído. También en español tenemos una expresión: “bajarse del caballo o del burro”, que significa renunciar al propio parecer, ceder en mi opinión que yo tenía por segura.

 

Pablo cae al suelo. Nos importa poco si esta caída fue física, porque sabemos que la caída fue espiritual. Todo por lo que había luchado hasta entonces se le desmoronó. La ley de Moisés, en la que había puesto toda su confianza, dejó de ser la clave de su vida.

 

Cae a tierra, precisamente al lugar de donde proceden los seres humanos (del polvo de la tierra, de la adamah, formó Dios a Adán). La tierra aquí se opone al cielo de donde viene la luz. La caída de Pablo supone que toda su vida anterior había estado equivocada, debe volver a ocupar su lugar en la tierra para dejar que Dios lo cree de nuevo, como hizo con Adán. En Pablo se produce en este acontecimiento una recreación. También nosotros tenemos que estar dispuestos a dejarnos recrear cada día por Dios…

 

Además, la postura del hombre caído en la tierra es la situación del que no tiene vida, del cadáver. Tan solo Dios será capaz de devolverle la vida a este hombre caído, como hizo con Zaqueo (Hoy ha llegado la salvación a esta casa…pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido, Lc 19, 10).

 

La voz de Dios se hace necesaria, porque sin sus palabras no se entiende nada. Pablo tan solo ha visto una luz que lo envuelve; ahora la voz comienza dirigiéndose a él y llamándole por su nombre. Dios le habla por su nombre (Saulo), en hebreo, recordándole de alguna manera su ser judío fariseo, que le ha llevado a perseguir a los cristianos.

 

Tras el nombre, lo primero que le dice la voz es una pregunta: ¿Por qué? Sabemos que se pueden hacer muchas preguntas ante cualquier hecho, pero la más profunda de todas es “por qué”. La voz de Dios pretende ir a lo más profundo de su corazón, quiere interpelarle en lo más hondo. No le va hablar de opiniones ni de anécdotas superficiales. Dios se dirige a las motivaciones del corazón, a lo que justifica toda la vida de Pablo. Le pregunta en concreto: “¿por qué me persigues?” Es decir: ¿por qué has montado toda tu vida en una persecución?, ¿por qué has hecho de la persecución, de la violencia, el fundamento de tu vida entera? Cuando Dios entra en contacto con nosotros,  también  nos  llama  por  nuestro  nombre,  porque nos  conoce personalmente…y nos pregunta por lo profundo, por aquellas cosas que hay en el corazón…no lo superficial… porque eso profundo es lo que necesita ser cambiado… Dios nos invita a enfrentarnos con lo más íntimo de nuestro corazón y de nuestra vida y no tengamos miedo a nuestra fragilidad, a nuestras heridas porque Dios desea curarnos, sanarnos. Os invito a meditar el texto de Is 41, 8-16.., donde Dios le dice a su pueblo que vuelve del destierro: ¨yo te he escogido, no te rechazo.. no temas que contigo estoy, que yo soy tu Dios, te he tomado de mi mano…no temas gusanito de Jacob, oruga de Israel yo te ayudo y soy tu redentor…¨.

 

El discernimiento, la escucha sincera de Dios nos hará descubrir muchas cosas positivas en  nuestra  vida,  pero  también  grietas,  heridas  sin  sanar,  debilidades, vulnerabilidades…que tenemos que afrontar para poder crecer y avanzar en el camino de la fe.

 

Saulo no tiene respuesta. Podría haberle dicho: “quiero defender la ley de Moisés, quiero servir a Dios”. Pero ha preferido preguntar él también: “¿Quién eres?” Se trata de una pregunta por la identidad. La voz y la luz son símbolos claros que cualquier judío entiende: expresan la presencia de Dios. Pero ahora Pablo, como se le han caído al suelo todas sus convicciones, sólo puede preguntarse: “¿Quién es éste que me habla? ¿Quién es este Dios que yo creía conocer, pero que ahora me doy cuenta que no conozco?”. Es la experiencia de Job: te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos (42,5).

 

La voz le responde con claridad: es Jesús. El Dios de los judíos, el que se expresó siglos atrás dándole a Moisés la ley, ahora se manifiesta de la forma más perfecta y definitiva en Jesús de Nazaret. Es decir, que para conocer a Dios hay que conocer a Jesús. De nuevo, insistir en la idea de que sólo desde el conocimiento y reconocimiento de Jesús, como el Hijo de Dios, desde el encuentro personal con Él se puede hacer un auténtico discernimiento cristiano.

 

 

 

 

Seguimos con la lectura del relato de la vocación-conversión de san Pablo: Hch 22, 9-

  1. 21

 

Los que estaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: “¿Qué he de hacer, Señor?” Y el Señor me respondió: “Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas.” Como yo no veía, a causa del resplandor de aquella luz, conducido de la mano por mis compañeros llegué a Damasco. «Un tal Ananías, hombre piadoso según la Ley, bien acreditado por todos los judíos que habitaban allí, vino a verme, y presentándose ante mí me dijo: “Saúl, hermano, recobra la vista.” Y en aquel momento le pude ver. Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha destinado para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, pues le has de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.”

 

Y me dijo: “Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles”.»

 

 

Ahora, Jesús comienza a darle órdenes a Pablo. Esto es muy importante, porque hasta ahora Pablo había hecho lo que había querido; nadie le mandaba, él había decidido presentarse ante el sumo sacerdote, él quería perseguir a los cristianos, él quería ir a Damasco. Ahora eso se ha terminado. Ahora es Dios el que toma las riendas de la vida de Pablo y le da tres órdenes: levántate, vete a la ciudad de Damasco, y ya te diré.

 

El discernimiento me lleva a dejar que sea Dios quien tome las riendas de mi vida. Como afirma también el Apóstol en su carta a los Romanos: No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. (Rm 12,2).

 

Resulta imposible hacer un verdadero discernimiento evangélico en una vida en la que priman las decisiones «autónomas», que tomamos generalmente según criterios humanos y al margen de Dios. Nos sucede lo mismo que aquellos que querían seguir a Jesús, pero poniéndole sus condiciones (Lc 9,57-62: déjame primero ir a enterrar a mi padre…déjame antes despedirme de los de mi casa… Le dijo Jesús: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios¨).

 

Volviendo al episodio de Pablo…Respecto a la primera orden que recibe: levántate. Aunque aquí no aparezca explícitamente, Pablo se levantó. Esto tiene un nombre claro: obediencia. Pablo obedece inmediatamente a Dios; a pesar de que se le ha caído su esquema mental, de que todo lo que valoraba antes ya no tiene importancia, es capaz de obedecer a su Señor. Además, se levanta del suelo, del sitio al que había caído antes; deja de estar en la tierra, en la postura del hombre sin vida, para estar ahora de pie, que es la postura del vivo, del que ha recibido la vida porque Dios se la ha querido dar.

 

Pero hay un problema; Pablo sigue sin comprender nada. Esto se expresa con el símbolo de la ceguera. Aunque intentaba comprender, intentaba ver qué quería decir todo aquello, no podía ver, no podía captar cuál era el mensaje que Dios le quería dar. Por ello, queda ciego, sin visión interior de las cosas. Tendrá que esperar. La conversión, el discernimiento, es un proceso que lleva su tiempo, el tiempo de Dios. Cuantas veces se nos agota la paciencia con los demás y también con Dios…porque como hijos de esta sociedad queremos que sea todo ya… ver la voluntad de Dios inmediatamente…Tenemos que aprender a respetar esos tiempos, esos kairos del Señor en nuestra vida y en la de los demás… porque los niños, jóvenes y adultos con los que tratamos también tienen sus ritmos… y nuestra opción debe ir más por los procesos que por la inmediatez.

 

Le quedan dos órdenes por cumplir. Pero la segunda no es capaz de hacerla sin ayuda. Por ello necesita que lo lleven a la ciudad y, además, lo llevan de la mano, como su fuese un niño, como si estuviese de nuevo aprendiendo a caminar, como si se tratase de un nuevo nacimiento. Dios lo ha vuelto a crear, lo ha levantado de la tierra y ahora lo acompañan como a un niño hacia el nuevo nacimiento que será el bautismo.

 

Y en Damasco está tres días sin comprender nada, sin saber a qué viene aquella intervención repentina de Dios en su vida. Tres días que nos recuerdan el tiempo que Jesús permaneció en el sepulcro, mientras la creación entera esperaba, expectante, que Dios sacase vida de donde era imposible que la hubiera. Pablo espera también a que Dios se manifieste a él y le explique, le haga ver de nuevo.

 

Y para cumplir la tercera orden, El Señor incorpora en su obra de salvación a su esposa, la Iglesia, a través del personaje de Ananías.

 

Jesucristo, después de habérsele aparecido a Pablo en el camino de Damasco, le dijo que fuera con Ananías, que este le indicaría cuál era la voluntad de Dios. Cristo mismo hubiera podido decirle directamente a Pablo qué quería de él, sin embargo, quiso valerse de la mediación de Ananías para hacerle descubrir su vocación (Hch 22, 10-15).

 

Una característica fundamental del discernimiento es la dirección espiritual o el acompañamiento espiritual, porque el discernimiento no sólo es personal, sino también comunitario. Porque es fácil hacerse ilusiones y creer que es llamada de Dios lo que en realidad es solo un deseo subjetivo. Acudir al director espiritual es un acto de humildad; es aceptar que no tienes el monopolio de la voluntad de Dios sobre ti; es aceptar la mediación de un hombre de Dios, representante de la Iglesia, para descubrir el plan que Dios tiene para ti.

 

En el discernimiento de la voluntad de Dios sobre ti, no puedes prescindir de la mediación de la Iglesia. Es en la Iglesia, donde hemos recibido el don de la fe a través del bautismo, el lugar del discernimiento de la voluntad de Dios. Reflexionemos también sobre la importancia del acompañamiento espiritual en nuestro ministerio y en la vida de los laicos, de cualquier bautizado.

 

Ananías dirige a Pablo una primera palabra, capaz de sacarlo de su situación actual: “hermano” (v. 13). Que habrá sentido, aquel corazón que por tres días estuvo en el vientre de su existencia, “sin ver, sin comer y sin beber”, al escuchar esta palabra, propia de un amor que desborda en gestos exquisitos. Esta palabra manifiesta la cercanía de Dios, pronunciada por un perseguido frente a su perseguidor, derriba con ella definitivamente todas las dudas que se quieran levantar, es la medicina de la misericordia, de la que nos habla el Papa Francisco. Y cuánta gente encontramos a nuestro alrededor que están como ovejas sin pastor, que necesitan de nosotros una palabra y gesto de misericordia, que necesitan que le digamos que Dios les ama, que se sientan acogidos y perdonados en su debilidad, en su miseria, que le digamos ¨hermano¨ y lo tratemos como tal…no olvidemos esta dimensión tan importante en nuestro ministerio…buscar a los que están perdidos, a los que no han descubierto a Cristo como la buena noticia para sus vidas y ofrecerle lo que somos y tenemos, nuestra fe, que se nutre en estos momentos en la Acción Católica…para eso tenemos que, como Ananías, ir al encuentro del otro, ser iglesia en salida y oasis en el desierto de la vida de la gente…

 

Y Dios cuando nos llama, nunca nos entrega un acertijo o una especie de ejercicio matemático imposible de resolver. La fe tiene una pedagogía propia y muchas veces, somos niños en las cosas de la fe, de ahí que Dios nos conduce con paciencia por esta vía hasta que vayamos creciendo. Y la gradualidad de nuestro aprendizaje no es parte de una pista falsa, sino del lenguaje de la fe que debemos aprender a desentrañar, porque Dios se vale de muchos acontecimientos y personas para conducirnos al encuentro con Él. En el caso de Pablo se ha servido de Ananías y de una situación difícil, que a simple vista era negativa. Este acontecimiento, nos hace comprender que las circunstancias adversas no suponen una imposibilidad para el encuentro con el Señor. Es más, la mayoría de las veces es ahí donde Dios se manifiesta de un modo más evidente.

 

San Pablo lo expresará de una manera rotunda en una de sus cartas: « Pero él me dijo: Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo… pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Cor 12,9-10).

 

Cuantas veces han venido a nuestra mente pensamientos o palabras sobre Dios para comunicárselas a otros, para consolarlos y confortarlos con una enseñanza de Jesús o de un santo. Y probablemente, hemos pensado que no era el momento oportuno. Y si repasamos la cantidad de ocasiones en que esto ha ocurrido, descubrimos que ha sido bastante habitual, porque nos da vergüenza o por otros motivos. Este texto pone ante nuestra consideración, que tal vez, nos equivocamos cuando frecuentemente consideramos inoportunos tantos momentos. La reflexión que estamos realizando me trae a la memoria el episodio del etíope eunuco que, después que Felipe le explica el sentido de las Sagradas Escrituras, pide ser bautizado. «El eunuco dijo: aquí hay agua;

¿qué impide que yo sea bautizado?» (Hch 8,36).

 

A veces, no es la gente, sino nosotros los que buscamos impedimentos para anunciar la Buena Noticia. Se trata de descubrir que cualquier ocasión es oportuna para hablar y dar testimonio de Dios ante los demás, como le sucedió a Ananías.

 

Después que Pablo fue bautizado, como buen discípulo del Señor, actúa con prontitud predicando a Jesucristo (v.20) en las sinagogas de Damasco, primero a los judíos y después a los gentiles.

 

De la experiencia de Damasco en adelante todas las energías del ex fariseo están puestas al servicio de Jesucristo y del evangelio. Su temperamento fogoso (1Cor 4,19-

21; Flp 3,2; Gal. 5,12), no exento de momentos de verdadera ternura (1Tes 2,7-9; Gal.

4,18-19), permanece intacto, prueba concreta de que el encuentro con Cristo, nuestra fe no anula la humanidad de nadie. Pero la suya es ya la existencia apasionada de un apóstol que se hace «todo para todos» (1Cor 9,22).

 

El discernimiento conlleva una elección y decisión. Una vez que vayas descubriendo qué es lo que Dios quiere de ti, cuál es su voluntad, no te queda sino dar el paso, decir “sí”, decidirte a seguir a Jesús.

 

Tomar tal decisión es difícil. Ante la opción sentirás todos tus miedos, incertidumbres y limitaciones: “¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho” (Jr 1,7). Y sin embargo, a pesar de todas tus limitaciones, o mejor, con todas ellas, has de responder al Señor, como Isaías: “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8); debes decidirte como María: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí lo según tu palabra¨.

 

El discernimiento se hace en la vida, desde la vida y para la vida en su totalidad. A Pablo, la experiencia de Damasco le transformó profundamente, en su esencia, significó un antes y un después; una nuevo sentido a la vida. Para el Apóstol, en adelante, únicamente Cristo será el centro de su vida. “Todo lo que para mí era ganancia, lo tengo por pérdida comparado con Cristo. Todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo. Sólo una cosa me interesa: olvidando lo que queda atrás y lanzándome a lo que está delante, corro hacia la meta, hacia el galardón de Dios, en Cristo Jesús” (Flp 3,7-12). Esta es una expresión que no necesita comentarios, pues por sí sola comenta las parábolas del tesoro escondido y la perla preciosa (Mt 13, 44-46). En la experiencia de Damasco, a Pablo le fue concedido el hallazgo del gran tesoro, para el cual todo lo demás ya no tiene importancia ni atracción.

 

De algún modo todos tenemos nuestro camino de Damasco. A cada uno nos aguarda el Señor en el recodo más inesperado del camino, para revelarnos su voluntad y cambiar nuestra vida.

 

Debes pedirle al Espíritu Santo esa capacidad de respuesta de Pablo, porque el Espíritu Santo es el protagonista del discernimiento, que debe hacer cada cristiano y la Iglesia.

 

Y es un discernimiento para la acción… Pablo es llamado, discierne lo que Dios quiere y no es otra cosa sino que vaya a anunciar sus Evangelio…que se ponga en marcha, en acción…De otro modo no se puede comprender el discernimiento… uno se pone a la escucha de Dios, de su voluntad, para la acción…

 

La decisión se debe concretizar en la acción. Debes poner todos los medios que estén a tu alcance para realizar lo que has decidido. No cedas a la tentación: “Te seguiré, Señor. Pero déjame primero…” (Lc 9, 59-61).

 

La única manera de realizar el proyecto de Dios es la fidelidad de cada día. Tienes que vivir todo momento en coherencia con lo que has decidido; cada paso debe ir dirigido hacia la meta, para que el discernimiento se mantenga.

 

Y, ¿cuándo venga la dificultad? Perseverancia. Un don que tenemos que pedir al Señor constantemente. Porque el camino emprendido, cumplir cada día la voluntad del Padre es difícil. Hay que estar dispuesto a todo, pasar por lo que sea, a enfrentar cualquier dificultad. Jesús no te ofrece otra cosa; “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9,23). ¡Claro que el sendero es arduo y pesado!; pero tienes en ti la fuerza del Espíritu Santo, y María te acompaña e impulsa a recorrer el camino que Jesús ha trazado. Además, no se trata de cargar hoy la cruz de toda la vida, sino sólo la de hoy; y así cada día.

 

No vamos a terminar así…con un sabor de boca negativo, constatando la dificultad de nuestra misión..

 

No olvidemos la recompensa: la felicidad, la alegría… y el vivir siempre con esperanza. Debemos estar convencidos de que si somos fieles a la voluntad de Dios sobre cada uno de nosotros, vamos a ser plenamente felices y vamos a ser testigos de esperanza en medio de nuestra realidad, porque “sabemos bien en quien hemos puesto nuestra confianza”…

 

En Cristo está la fuente y el origen de nuestra alegría… por eso ¡No nos dejemos robar la alegría!!! Esto es síntoma de que estamos haciendo un buen discernimiento en nuestra vida, desde lo que Dios quiere para cada uno de nosotros. Os invito a seguir mirándonos en el espejo de Cristo, a continuar dejándonos sorprender por el Señor, pidamos que nuestro alimento sea cumplir su voluntad, que nos lleva a cambiar en nuestra vida y a la acción.

 

Reflexionemos y oremos, dejando que el Señor nos interpele en lo más profundo de nuestro corazón…

 

Oramos con el Salmo 80 (79): Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve… y nos preguntamos, ¿cuáles son esos cambios concretos que el Señor me está pidiendo en estos momentos de mi vida, esa ¨bajada del caballo¨? ¿cuáles son esas grietas, fragilidades, heridas… esas cosas que no me gustan de mí, que me cuesta perdonarme a mí mismo y que necesita ser sanada por el Señor? ¿Cuáles son esas condiciones que impiden seguir con mayor entrega y fidelidad al Señor? Dios tiene paciencia infinita conmigo, ¿y yo con los demás? ¿sé respetar los ritmos de la gente? ¿Qué importancia le doy al acompañamiento espiritual, tanto en mi ministerio como para los laicos que tenemos en nuestras parroquias y grupos? A veces tenemos tantas cosas que hacer que no tenemos tiempo ni para escuchar a los demás, ¿cómo es mi atención al otro? Pidamos también al Señor que nunca nos falte: perseverancia, alegría y esperanza.

para bajar Encuentro-Consiliarios-Discerni-180205

Fuente: http://accioncatolicageneral.es/

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