Inicio > Laicos > El Papa subraya el papel de los laicos para superar el clericalismo

El Papa subraya el papel de los laicos para superar el clericalismo

«El Papa subraya el papel de los laicos para superar el clericalismo»

Entrevista con Dario Vitali, profesor de Eclesiología en la Gregoriana: «Los contenidos de la carta a la Comisión para América Latina van mucho más allá de aquel contexto. El Papa habla del ‘Santo Pueblo fiel de Dios’, una expresión que describe su belleza y su grandeza»
AP-LAPRESSE

El Santo Pueblo fiel de Dios en la Plaza San Pedro

Pubblicato il 29/04/2016
Ultima modifica il 29/04/2016 alle ore 19:17
Andrea Tornielli
ciudad del vaticano
«Con la elección de Papa Bergoglio la categoría de Pueblo de Dios ha vuelto al centro de la vida de la Iglesia y, como consecuencia, también de la discusión teológica. En la carta de Francisco a la Pontificia Comisión para América Latina (CAL) la insistencia sobre el papel y el espacio de los laicos pretende superar una visión persistente de clericalismo, en la que la Iglesia se ve regulada por una relación asimétrica: la de los sacerdotes que asumen el papel de guía de la Iglesia, con el laicado, visto como ‘mandatario’, es decir destinatario pasivo de la acción y de la autoridad de los pastores». Lo afirma don Dario Vitali, profesor de Eclesiología en la Pontificia Universidad Gregoriana, al comentar en esta entrevista con Vatican Insider la carta que envió hace algunos días Papa Francisco al cardenal Marc Ouellet, presidente de la CAL. Un documento cuya importancia y alcance tal vez todavía no ha sido comprendida por completo.

El Papa escribió la carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina. ¿Según su opinión, el contenido va más allá del especifico contexto latinoamericano?

La carta del Papa al cardenal Ouellet se relaciona con un evento preciso: el encuentro de los miembros de la Comisión para América Latina y el Caribe, de la que el cardenal es presidente, que se concentró sobre la participación del laicado en la vida pública en el contexto de América Latina. Sin embargo, el contenido de la carta va mucho más allá de aquel contexto y de aquel horizonte, y traza un marco de enorme significado para la reflexión eclesiológica y para la praxis eclesial en general. Todo lo que el Papa dice se puede aplicar a cualquier contexto, no porque fije principios o normas generales, sino porque ofrece una lectura de aquella situación que (‘mutáis mutandis’) interpela a cualquier realidad eclesial.

Francisco vuelve a subrayar la importancia del «Santo Pueblo de Dios» en su carta. ¿Qué significa para la vida de la Iglesia?

Es muy hermosa la fórmula que usó Francisco. Él no habla solo de «Santo Pueblo de Dios», sino que usa con repetición la fórmula «Santo Pueblo fiel de Dios». La expresión expresa la belleza y la grandeza de este Pueblo, y la estima y la ternura con la que el Papa habla sobre él. La formula parece reflejar la atención que él reserva a las personas durante las audiencias o durante sus diferentes encuentros, en los que demuestra una cercanía que es el rasgo más evidente de su acción de pastor de la Iglesia. Para comprender la importancia de la referencia al Pueblo de Dios basta pensar en dos elementos en evidente contraste de la historia reciente de la Iglesia. El primero: la eclesiología conciliar se funda en el Pueblo de Dios. El capítulo II de «Limen gentium» constituye la que se llama, con una formula estereotipada, la «revolución copernicana» del Vaticano II. Todo lo que indica el primer capítulo de la constitución, sobre la Iglesia como sacramento, o como misterio, o como cuerpo de Cristo, o como Ecclesia de Trinitate, recuperando la dimensión teológica de la Iglesia, descuidada durante cuatro siglos debido a la polémica contra las tesis de la Reforma, tiene como sujeto histórico al Pueblo de Dios. Muchos intérpretes del Concilio adoran decir que ese Pueblo es el cuerpo de Cristo, para evitar las interpretaciones sociológicas.

¿Qué opina sobre esta definición?

Me parece que es necesario usar también la formula correspondiente: el «corpus Christi mysticum» es este Pueblo, históricamente delimitado, en camino hacia el Reino de Dios. El «Santo Pueblo fiel de Dios», justamente. Desgraciadamente, inmediatamente después del Concilio se impuso una lectura sociológica del Pueblo de Dios, contrapuesto a la eclesiología del cuerpo de Cristo. El enfrentamiento entre estas dos eclesiologías, fácilmente resumible en el contraste irreducible entre carisma e institución (que ha provocado muchísimas polémicas durante veinte años del camino post-conciliar), llevó al Sínodo extraordinario de 1985 a introducir la famosa «eclesiología de comunión como eclesiología de los documentos del Vaticano II», poniendo fin, de hecho, a cualquier referencia al Pueblo de Dios. Desde ese momento todo ha girado alrededor de la categoría de comunión, y solo con la elección de Papa Bergoglio la categoría de Pueblo de Dios ha vuelto al centro de la vida de la Iglesia y, como consecuencia, también la discusión teológica.

Como dice el proverbio: lo que sale por la puerta, entra por la ventana…

Sería fácil citar este proverbio. En realidad hay que hacer las cuentas no solo con esta categoría eclesiológica, sino también con el hecho de haberla excluida del debate. Hay que preguntarse por qué fue aquel el resultado de la discusión, por qué se prefirió pasar a otra categoría, y hay que volver a reanudar los hilos con el Concilio, volviendo a encontrar aquella perspectiva que es capaz de integrar la eclesiología del Pueblo de Dios en cierta vivencia eclesial que no logra recibir el Vaticano II por diferentes motivos, y no hay que menospreciar la distancia del evento conciliar. ¡Un buen desafío para la teología!

¿Qué significa, en esta óptica, hablar sobre el papel y el espacio para los laicos?

En la carta del Papa, la insistencia sobre el papel y el espacio de los laicos pretende superar una visión persistente de clericalismo, en la que la Iglesia se ve regulada por una relación asimétrica: la de los sacerdotes que asumen el papel de guía de la Iglesia, con el laicado, visto como ‘mandatario’, es decir destinatario pasivo de la acción y de la autoridad de los pastores. Bien visto, se trata de una versión actualizada de la «Ecclesia docens – Ecclesia discens» que ha regulado a la Iglesia del segundo milenio, atribuyendo a la jerarquía cualquier capacidad activa y relegando a los fieles (debido a la concepción monárquica de la Iglesia) ¡al papel de súbditos! Si bien hemos superado el lenguaje y hablamos de laicos en lugar de fieles o de súbditos, no se ha superado el esquema de fondo que sostiene al clericalismo, que no solo es duro de matar, sino que está viviendo, paradójicamente, una estación de inesperada vitalidad. En contra de esta actitud, el Papa insiste en el hecho de que la Iglesia es el Pueblo de Dios, que la identidad cristiana está marcada por el bautismo, que «a nadie han bautizado cura, ni obispo»: «nos hará bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los obispos, de los consagrados, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios».

Usted pone mucha importancia en el «Santo Pueblo fiel de Dios», citando la frase «a nadie han bautizado cura, ni obispo», pero no cita la frase que dice que a todos «nos han bautizado laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar». ¿Hay algún motivo?

En realidad sí. Comprendo el sentido de la frase, pero prefiero distinguir los términos. Su se lee con atención el texto del Papa, todas las referencias (directas e indirectas) llevan al segundo capítulo de «Lumen gentium», que habla del Pueblo de Dios todos formamos este Pueblo, cuya identidad es «la dignidad y la libertad de los hijos de Dios» (LG, 9), «consagrados para formar un templo espiritual y un sacerdocio santo» (LG, 10). En la propuesta de constitución sobre la Iglesia (eso que se llama, justamente, esquema de Ecclesia), que los padres conciliares discutieron en el aula, después del capítulo sobre la jerarquía aparecía un capítulo que tenía este título: «De Populo Dei et speciatim de laicis». En el capítulo sobre los laicos, presente en el primer esquema que nunca fue discutido en aula, la Comisión doctrinal permitió algunos párrafos sobre el Pueblo de Dios. El capítulo acabó funcionando según dos criterios diferentes: el de la igualdad para todos los miembros de la Iglesia y el de la diferencia con respecto a la jerarquía para los laicos. En razón de esta diversidad de perspectivas, el cardenal Leo Suenens propuso redactar un capítulo sobre el Pueblo de Dios para que fuera incluido antes del capítulo sobre la jerarquía. Fue este simple cambio, y no nuevas afirmaciones, lo que determinó la revolución copernicana en eclesiología. Antes que las diferencias en cuanto el papel, la vocación, la función, el estado de vida, estaba la radical igualdad de todos los bautizados. El título más grande de pertenencia a la Iglesia no es (y se lo digo siempre a mis estudiantes) ser sacerdote, obispo o incluso Papa, sino hijo de Dios.

¿Y si digo laico?

Si digo laico recuerdo el capítulo IV, y el sitio y las funciones atribuidas a los que no son sacerdotes. El peligro, según mi opinión, es el de volver a la lógica alternativa y a la relación asimétrica entre los que tenían cualquier papel y quieren mantenerlo y los que quieren asumir cierto protagonismo en la Iglesia, ocupando sitios libres por la falta de sacerdotes. El Concilio distingue ambas cosas: Juan Pablo II, en «Christifideles laici», pero también Papa Francisco en esta carta unen los dos pedazos. Pero está claro que el discurso insiste en la condición bautismal. Por otra parte, si evoco la pareja de términos, los pastores están al servicio del «Santo Pueblo fiel de Dios»; si, por el contrario digo sacerdocio común / sacerdocio ministerial, el acento va inmediatamente a la función del ministro sacro, y los laicos vuelven a ser colocados en un papel auxiliar de colaboración. Lo importante es aclarar los términos, para no producir, como dice el Papa, «una manera equivocada de vivir la eclesiología propuesta por el Vaticano II».

¿Quién es el laico y quién es el bautizado en la Iglesia?

Bautizado es cualquier miembro de la Iglesia. «Lumen gentium» cita una frase de San Agustín: «Desde los obispos hasta el último de los fieles laicos»; nosotros podríamos decir: desde el Papa hasta el último fiel laico. Decir bautizado significa insistir en la radical igualdad de todos los miembros de la Iglesia. Nadie es más grande que nadie en cuanto a dignidad, porque todos somos hijos. Laico indica, en cambio, el estado en la Iglesia que el Concilio describe en dos registros: uno más negativo, cuando quiere decir «todos aquellos fieles con excepción de los miembros de la orden sacra y del estado religioso reconocido en la Iglesia»; uno más positivo, cuando añade que se trata de «todos aquellos fieles que, incorporados en Cristo con el bautismo, constituidos Pueblo de Dios y a su modo hechos partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, por su parte cumplen la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo» (LG, 31). Se podría decir que bautizado se refiere a la condición, laico a la función propia que desempeña en la iglesia y, sobre todo, en el mundo. No es casual que el Concilio subraye aquí el carácter seglar, que es propio y exclusivo de los laicos, quienes por vocación son llamados a «buscar el Reino de Dios tratando y ordenando según Dios las cosas temporales». La teología se ha interrogado y sigue interrogándose si es posible hablar de un estado de vida laica, que especifique aún más la condición bautismal. Más allá de ello, está claro que aquí entra en juego el tema del empeño de los laicos en el ámbito público, indicado por el Papa a los miembros de la Comisión para América Latina.

El Papa habla del clericalismo como de un peligro que resurge. ¿Por qué?

El clericalismo es evidente. Se está verificando un nuevo flujo impresionante. Hay que investigar con atención los motivos, pero los signos de este fenómeno son evidentes e inequívocos. Se trata de una actitud construida, como indicaba, sobre la relación asimétrica entre quien tiene un papel y tiene el poder que tal papel da, y quien está sujeto a tal poder. Se puede entender que esta actitud de poca consideración por el «Santo Pueblo fiel de Dios», que para el clericalismo es más bien «pueblo buey» que no comprende y que debe ser mandado. El clericalismo, además de no tener confianza en el «Santo Pueblo fiel de Dios», no se abre al Espíritu, que guía a la verdad entera. Por este motivo, el clericalismo usa la verdad como criterio y trata de monopolizarla. Me impresiona lo que dice el Papa, que «sin darnos cuenta, hemos generado una elite laical creyendo que son laicos comprometidos solo aquellos que trabajan en cosas ‘de los curas’». El clericalismo no puede ver la acción del Espíritu, «porque está más preocupado por dominar espacios que por generar procesos», le interesa más asegurarse un poder (incluso con buenas intenciones) que compartir un camino.

¿Existe el peligro de que los pastores ‘clericalicen’ a los laicos y que los laicos deseen ser ‘clericalizados’?

El Papa lo dice claramente. Hay un clericalismo de los laicos impresionante. Parece que el único espacio de compromiso en la Iglesia sea el de los ministerios, ¡sobre todo litúrgicos! Ya no se escucha hablar de dimensión seglar del laicado. La clericalización de los laicos es el papel de tornasol de un cristianismo infantil, en el que uno forma más parte de una realidad entre más se repita el estándar de los que tienen la función del poder. En cierto sentido, la clericalización de los laicos es proporcional al clericalismo de los sacerdotes.

¿Qué función de pastor surge de la carta de Papa Francisco, y cómo se sitúa en relación con el pueblo?

Es la función del pastor que tiene «el olor de las ovejas», porque está en medio del Pueblo de Dios (a veces delante, a veces atrás, a veces en medio, pero siempre con el Pueblo de Dios, a su servicio). Ninguna posición de renta, o de privilegio: «un pastor no se concibe sin un rebaño, al que está llamado a servir. El pastor es pastor de un pueblo, y a un pueblo se le sirve desde dentro», dice el Papa, que usa los verbos con los que hay que conjugar el ministerio: «ver, proteger, acompañar, sostener, servir». Los recorridos de formación en los seminarios deberían insistir sobre estas dimensiones. Pero para cambiarlas no hay que dejarse afectar por el clericalismo… Estamos frente al peligro de un círculo vicioso, que acabaría por retener a los que todavía van al espacio cerrado de las sacristías, sin advertir el desafío de la «Iglesia en salida».

 

 

Fuente: http://www.lastampa.it/2016/04/29/vaticaninsider/es/reportajes-y-entrevistas/el-papa-subraya-el-papel-de-los-laicos-para-superar-el-clericalismo-nitSIy1AnmdpDx2X2SZ7KP/pagina.html

 

Categorías:Laicos
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: