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La identidad y la espiritualidad del sacerdote a la luz de la vocación laical

La identidad y la
espiritualidad del sacerdote a
la luz de la vocación laical

Víctor Manuel
Fernández

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A partir del Concilio Vaticano II fue creciendo la conciencia sobre el lugar de los laicos en la vida y la acción evangelizadora de la Iglesia; este progresivo reconocimiento de lo laical provoca una revisión de la identidad y el lugar del sacerdote en la Iglesia. Desde esta perspectiva la presente nota aporta su reflexión.

Las íntimas relaciones que hay entre los miembros de la Iglesia (1 Co 12,19-26) hacen que, modificando la comprensión de uno, se modifique también la comprensión de los otros ¿Nos hemos replanteado qué es lo específico de la identidad del sacerdote a la luz de su relación con la figura del laico? ¿Hemos asumido en la praxis eclesial todas las consecuencias de este replanteo?

Creo que la debilidad con la que hemos enfrentado estas preguntas ha producido una fuerte tensión entre la autoconciencia de los sacerdotes y la realidad que deben enfrentar; y esto es fuente de desconcierto, además de muchos sufrimientos y cansancios innecesarios.

Curas que perdieron la sal

Es común escuchar quejas de los obispos y del clero de más de treinta años sobre la desorientación, la falta de responsabilidad y de entusiasmo que advierten en los sacerdotes más jóvenes.

Creo que una de las causas de esta situación está en una idea muy presente en la formación de los seminaristas de las últimas décadas que llevó a una nueva mitificación de la figura sacerdotal. La sana apertura que trajo el Concilio Vaticano II amplió también el panorama del sacerdocio, y nos llevó a descubrir que era necesaria una mayor sensibilidad frente al mundo actual y a los nuevos desafíos que se presentan a la actividad evangelizadora. Pero frecuentemente esto se tradujo en la siguiente idea errónea: el sacerdote ha de estar preparado en todo (psicología, política, sociología, medios de comunicación, etc.) porque debe responder a los nuevos desafíos. Y a medida que el tiempo pasaba se descubrían nuevos ámbitos en los cuales el sacerdote no podía ser un inexperto. En algunos seminarios esto llevó a multiplicar cursos de todo tipo, que por su brevedad no pueden convertir a nadie en un experto, dejando así la sensación de imperfección y de insuficiencia, con una suerte de complejo de culpa por no estar completamente preparado para responder a los desafíos actuales.

Este sentimiento de culpa se ahonda cuando, en los primeros años de sacerdocio, el cura comprueba que, efectivamente, no tiene la capacidad ni las fuerzas ni el tiempo para responder a todos los desafíos que se le presentan en la actividad pastoral. No es el cura hábil y eficiente que soñaba ser. Y ya que la realidad de su desempeño sacerdotal no puede responder a la figura sacerdotal que él había acariciado y alimentado, sólo queda lugar para el desaliento. Consiguientemente, el entusiasmo se pierde muy pronto, y el joven desinflado opta por reducir su actividad al mínimo indispensable, descuidando sus funciones esenciales, y procurando, de múltiples maneras, satisfacer su necesidad de libertad y de placer, como todo posmoderno.

La raíz profunda: el clericalismo oblativo

A esta concepción del sacerdote como proveedor de todas las respuestas y fuente en la que cualquiera pueda hallar todo lo que necesita, yo la llamaría “clericalismo oblativo”.

Su buena intención es loable: un deseo de responder a las necesidades de la Iglesia y del mundo. Pero es clericalismo al fin: él debe serlo todo, hacerlo todo, poderlo todo: él es el centro y el origen de la vida de la Iglesia y debe ser el centro del mundo. Tan desproporcionado ideal, tarde o temprano se estampa contra el cemento duro de la realidad.

La idea del sacerdote “padre” necesita ser liberada de una imagen patriarcal autoritaria, pero también del clericalismo romántico, con notas espirituales y oblativas, que lleva a ver en el sacerdote el origen último de la vida sobrenatural. La plenitud fontal y el Principio sin principio es Dios Padre. El cura ni siquiera es una especie de “medianero de todas las gracias”, sino sólo un signo e instrumento de Jesús que es quien derrama su vida en la comunidad.

Un manto sagrado: el clericalismo pastoral

El desengaño consigo mismo se acentúa, y llega al núcleo profundo y dolorido de la autoestima, cuando aquella desproporcionada figura sacerdotal ha sido además mitificada con una determinada espiritualidad sacerdotal. Me duele reconocer que a veces se trata precisamente de la espiritualidad centrada en la “caridad pastoral”.

Cuando decimos que la clave de la espiritualidad del sacerdote es la caridad pastoral, en realidad lo que queremos recordar es que su espiritualidad, como la de cualquier otro cristiano, debe tener como centro y móvil principal a la más grande de las virtudes: el amor.

Pero a veces, cuando se quiere traducir el sentido exacto del añadido “pastoral” es cuando se produce una exaltación de la figura sacerdotal a costa de la espiritualidad de los laicos. Frecuentemente, cuando se enumeran las actitudes “pastorales”, en realidad se está hablando de las actitudes propias de la caridad “fraterna” que todo cristiano debe vivir con los que tiene cerca de sí. Lo reconoce el decreto Presbyterorum Ordinis cuando habla de los sacerdotes como “buenos pastores”:

“Mucho contribuyen a lograr este fin las virtudes que con razón se estiman en el trato humano, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza de alma y la constancia, el continuo afán de justicia, la urbanidad y otras” (Presbiterorum Ordinis 3).

El Concilio reconoce así que estas expresiones de la caridad que los muestran como buenos pastores, son en realidad las virtudes que se esperan de cualquier persona en el trato humano habitual, y que en un cristiano se convierten en las expresiones ordinarias del amor fraterno. Por lo tanto, no son características exclusivas, distintivas o específicas del sacerdote, sino de todo cristiano.

La nota de “pastoral” podría pensarse entonces como el conjunto de las actitudes propias de quien toma a otro bajo su cuidado (el pastor cuida las ovejas). Pero en realidad esto también es común a todos los cristianos: nos cuidamos unos a otros; todos los miembros de una comunidad cristiana son pastores unos de otros. Esto mismo podría describirse como una “maternidad”, que implica cuidado cercano y generoso y es una función propia de la comunidad cristiana, de todos sus miembros, más que del sacerdote. Así lo reconoce expresamente Presbyterorum Ordinis:

“La comunidad eclesial ejerce, por la caridad, la oración, el ejemplo y las obras de penitencia, una verdadera maternidad para conducir las almas a Cristo. Ella constituye, en efecto, un instrumento eficaz…” (Presbi-terorum Ordinis 6).

Debemos discernir lo esencial de lo coyuntural: Los laicos no pueden celebrar la Eucaristía, pero sí pueden presidir una comunidad. Así lo confirma la misma praxis de la Iglesia, que en ocasiones confía el cuidado pastoral de algunas parroquias o comunidades a diáconos o a laicos (Código de derecho canónico 517, 2). Las asociaciones de fieles “tienen potestad, conforme a la norma del Derecho y de los estatutos, de dar normas peculiares que se refieran a la asociación, la celebración de reuniones, la designación de los moderadores oficiales, ministros, y los administradores de bienes” (Código de derecho canónico 309). Todos los fieles tienen derecho a “promover y sostener la acción apostólica con sus propias iniciativas” (Código de derecho canónico 216), y sólo requieren del consentimiento de la autoridad eclesiástica competente si quieren que su asociación o su actividad reciba la denominación oficial de “católica” (216). El Papa ha recordado recientemente que los sacerdotes no deben sólo tolerar o soportar estas iniciativas autónomas de los laicos, sino que tienen “el deber de promover las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una fuerza vital que es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu” (Novo Millennio Ineunte 46). Y el Santo Padre recuerda además que “junto con el ministerio ordenado pueden florecer otros ministerios, instituidos o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad, atendiéndola en sus diversas necesidades” (46).

Por otra parte, hay sacerdotes que no trabajan apostólicamente en parroquias y prestan servicios que no implican autoridad alguna, y eso no disminuye el valor específico de su sacerdocio.

¿Entonces, cómo se entiende correctamente la nota de “pastoral” aplicada al sacerdote? Evidentemente, desde la función específica, principal e indelegable del sacerdote, que es celebrar la Eucaristía e impartir la absolución sacramental. Es decir, en cuanto es instrumento de la donación de la Gracia, que se derrama en esos sacramentos. Es así la figura del pastor que lleva a las ovejas a los verdes prados y a las fuentes del agua sobrenatural que restaura (Sal 23, 2-3), y las cura (Ez 34, 4. 16).

También los laicos alimentan y curan a los demás, pero el sacerdote lo hace sobre todo ofreciendo lo que es la fuente principal de la vida de la Gracia, la Eucaristía, y liberando a los fieles del obstáculo que les impide acercarse a ella: el pecado mortal. Él hace presente como signo al Buen pastor, que trae vida abundante (Jn 10, 10), alimenta a las ovejas en la Eucaristía y las cura en el Sacramento del perdón.

Veamos un ejemplo de descripción de actitudes “pastorales”:

“El futuro sacerdote aprende en el Seminario a estar presente justamente allí donde la gente vive y llora, donde hay necesidad de compartir los sufrimientos y la desesperación; donde hay necesidad de él y de su acción misericordiosa. En una palabra, él aprende a estar allí donde puede ser hombre del Espíritu, para anunciar el Evangelio del amor de Cristo y para ser signo revelador del Pastor supremo” (V. Gambino, La Carità Pas-torale, Roma, 1996, pp. 29-30).

Es cierto, pero en realidad todo esto se podría decir igualmente de cualquier cristiano, no define notas específicas del sacerdote que procedan sólo del Orden sagrado que ha recibido, sino actitudes a las que está obligado simplemente porque es cristiano.

Es desde su potestad para celebrar la Eucaristía que se ha de elaborar una adecuada espiritualidad de la “caridad pastoral” que se atribuya específicamente al sacerdote. Advirtamos que la resistencia a reducir el sacerdocio ministerial a la administración de los Sacramentos ha sido una manera sutil (aunque aparentemente progresista) de mantener en pie el viejo clericalismo en detrimento de la riqueza y la variedad de la vida comunitaria donde los laicos pueden desempeñar multitud de funciones pasto-rales.

El lugar exclusivo del Buen Pastor, Cabeza y Esposo

¿Esto significa negar la idea de “jerarquía” dentro de la Iglesia? No. La función sacerdotal es “jerárquica” aunque vale aclarar que no se debe priorizar su aspecto de autoridad, sino que “está totalmente ordenada a la santidad de los miembros de Cristo” (Mulieris dignitatem 27). Por eso su clave no es el poder, sino la potestad de administrar el sacramento de la Eucaristía, que es la fuente primera de la santidad de los fieles.

Esto implica que el ejercicio principal del sacerdocio ministerial, el que lo constituye en su núcleo esencial, no es la autoridad sino la celebración de la Eucaristía. Pero precisamente por su relación única con la Eucaristía, hay una función de guía y conducción característica del sacerdote: la de armonizar los diversos carismas y ministerios en la unidad de la comunidad y en la comunión de ésta con la Iglesia diocesana. ¿Por qué? Porque él está particularmente ligado a la Eucaristía, que es el Sacramento que significa y realiza la unidad de la Iglesia (Lumen Gentium 3). Por consiguiente, es el primer responsable de asegurar la comunión, aun en los casos en que cumpla sólo la función de asesor o de moderador. Cuando en la comunidad un carisma pretende ejercer dominio sobre los demás o comienza a ser causa de divisiones e injusticias, allí entra en juego la función del que debe asegurar la comunión que se significa en la Eucaristía. La idea de superioridad que aparece en la figura del Pastor con respecto a las ovejas, sólo puede aplicarse a Cristo en relación con cada ser humano, no al sacerdote frente a los laicos.

No hay que olvidar que cuando hablamos de la potestad sacerdotal “nos encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la santidad” (Christifidelis Laici 51): las tareas “no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros; no suministran ningún pretexto a la envidia” (Inter insigniores; ver Christifidelis Laici, nota 190).

Por eso mismo no se dice que los sacerdotes deban ser varones debido a una superioridad de lo masculino, sino porque significan a Cristo esposo (Mulieris dignitatem 26) que se dona en la Eucaristía a su esposa que es la Iglesia y la purifica en la absolución sacramental.

Parece obvio, pero hay que decirlo y repetirlo para evitar la mitificación de la figura sacerdotal: el signo eficaz de la Gracia es el sacramento de la Eucaristía, no el sacerdote que la celebra. La Eucaristía es la fuente de la vida de la comunidad, no lo es el sacerdote que la preside “in persona Christi”. Él es sólo un signo “funcional” (necesario pero secundario y subordinado) del signo eficaz que es la Eucaristía. Por eso lo importante es que el Pueblo se encuentre con Cristo, más que con él; que busque a Cristo, más que a él: que se sienta cómodo con Cristo, más que con él; que encuentre todo en Cristo, más que en él.

La cuestión del sacerdocio reservado exclusivamente a los varones, que por ser varones pueden ser signos sensibles de Cristo esposo (Mulieris dignitatem 26) en la celebración eucarística, sería menos conflictiva si de hecho se liberara la figura del sacerdote de una asociación excesiva con la idea de poder y autoridad, como si sólo él pudiera reflejar a Cristo que toma decisiones, enseña y guía para el bien y el cuidado de las ovejas.

De hecho, los padres de familia pueden y deben ser signos más luminosos del Buen Pastor para sus hijos que el sacerdote de la parroquia. Pero cuando los laicos y las laicas sean ordinariamente dirigentes de comunidades con poder de decisión, consejeros espirituales o predicadores, podrá aceptarse más pacíficamente que sólo los varones sean sacerdotes, ya que una más adecuada distribución de funciones ayudará a reducir una indebida y desproporcionada inflación de la significatividad del sacerdote, que parece absorber en sí todo lo más noble, bueno y bello.

Participación del cuidado pastoral con identidad laical

Falta que esto, para ser más convincente, se traduzca en una valiente transformación de las estructuras eclesiales. De ahí que el Papa, al presentar esta perspectiva, plantee inmediatamente la necesidad de “pasar del reconocimiento teórico de la presencia activa y responsable de la mujer en la Iglesia a la realización práctica” (Christifidelis Laici 51), para lo cual pide “tempestividad y determinación”, de manera que participen también “en la elaboración de las decisiones” (51).

Este pedido ha sido repetido con fuerza en Novo Millennio Ineunte, ahora dirigido a los Obispos, diciendo que la capacidad de hacer participar a los fieles en las decisiones es algo más que las estructuras eclesiásticas y sus leyes, porque es el “alma de la estructura institucional” (Novo Millennio Ineunte 45) sin la cual todas las estructuras se convierten en “medios sin alma” (Novo Millen-nio Ineunte 43). No hacerlo no implica violar alguna ley eclesiástica, pero sí implica privar a las estructuras diocesanas de su “alma”, que es una espiritualidad de comunión, lo cual es más grave.

Si es precisamente el Papa quien pide esto, surge inevitablemente la pregunta: ¿Dónde se originan los obstáculos y las ideologías que impiden que este vehemente pedido se ponga en práctica?

El hecho es que una mujer, aunque no pueda acceder al sacerdocio, podría recibir del Obispo la misión de presidir una comunidad (en un pueblo, en un barrio, en un movimiento) con poder de decisión, aunque esto se entienda como una “cooperación” en el ejercicio de la potestad de régimen o jurisdicción (Código de derecho canónico 129), y dejando en claro que “colaborar no es participar en la naturaleza de su poder u oficio, como es el caso de los ministros ordenados” (R. Berzosa, “Los ministerios confiados a laicos”: Seminarios 159 [Madrid 2001] 49). Se trata de una verdadera “participación en el ejercicio del cuidado pastoral de una parroquia” (Código de derecho canónico 517, 2), pero es una participación que el laico realiza según su identidad peculiar como laico, y que requiere indispensablemente del sacerdocio ministerial, como signo de Cristo cabeza y esposo, para la celebración eucarística y la absolución sacramental. Decir lo contrario sería “clericalizar” las funciones desempeñadas por laicos olvidando que siempre deben ejercerlas desde su propia identidad laical.

La participación de los laicos en esas funciones no se da en una parroquia sólo cuando faltan sacerdotes sino también cuando la comunidad tiene un párroco residente y con dedicación exclusiva, pero con el sano hábito de fomentar los diversos carismas y de dar participación, con poder de decisión, a varios laicos y en diversos órdenes de la actividad parroquial.

La “conversión estructural”

Todo lo dicho implica dos momentos en la llamada “conversión pastoral”: un momento más espiritual, donde el sacerdote abre su mentalidad y su corazón, liberándose del egocentrismo y de las pretensiones de dominio absoluto. Muchos dicen haber dado este paso, pero, en la práctica, no se advierten grandes novedades. Esto significa que es necesaria también una “conversión estructural”, que implica un conjunto de decisiones firmes, resueltas e inicialmente dolorosas, de manera que la estructura de la parroquia se vuelva efectivamente participativa. Sin embargo, un cambio de estructuras sin un cambio espiritual que toque realmente las convicciones, los deseos y la manera de ver las cosas, será inútil, porque las nuevas estructuras podrán ser nuevamente manipuladas para mantener las riendas de toda la vida parroquial propiciando que los laicos con peculiares carismas para el liderazgo y notables capacidades para la guía espiritual, la organización o la predicación, abandonen las parroquias.

La costumbre de no delegar nunca las atribuciones que implican poder de decisión ciertamente está de acuerdo con las leyes eclesiásticas, pero contradice el “alma” de una institución como la parroquia que debe ser instrumento de comunión.

Es notable la resistencia a producir cambios realmente significativos en todo lo que tenga relación con el poder:

“Si los cristianos seglares, los ministros y los sacerdotes quieren ser agentes del cambio social, lo primero que tienen que aprender es cómo compartir el liderazgo. Estamos acostumbrados a decir que la gente que tiene responsabilidades tiene también la autoridad que va unida a esas responsabilidades. Pero es asombroso encontrar que la mayoría de los sacerdotes sigue trabajando mucho sin formar equipo, y que no ha encontrado las formas creativas para movilizar el liderazgo potencial en sus parroquias y compartir sus responsabilidades con los demás” (H. J. M. Nouwen, Un ministerio creativo, Madrid, 1998, pp. 120-121).

El modelo de la Iglesia primitiva

El Nuevo Testamento no nos presenta figuras que concentren en sí todos los ministerios o todas las funciones, sino que unos son profetas, otros son doctores, otros tienen el don de gobernar (que no ocupa el primer lugar en esta descripción), pero ninguno concentra en sí todos estos carismas (1Cor 12, 28), cosa que parece suceder hoy con los sacerdotes. En Ef 4, 11-12 vemos que “él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio”. No se advierte aquí que sea uno solo el que posea todas las funciones. Si la Iglesia luego se organizó de determinada manera, eso no significa que la distribución de las funciones no pueda hoy recuperar el estilo más participativo de la Iglesia primitiva.

En el capítulo 16 de la carta a los Romanos vemos un modelo de estilo más participativo. El valor de estas líneas está en la imagen de Iglesia que se refleja en cada uno de los saludos y en el conjunto de los detalles que Pablo menciona. El Apóstol envía estos saludos a través de Febe (16, 1), diaconisa de la iglesia de Cencreas (puerto de Corinto). Y esto indica que en las primeras comunidades se daban ministerios importantes también a las mujeres, aunque no sepamos exactamente cuáles eran las funciones que implicaba. Cabe aclarar que el apelativo de “diaconisa” no tenía poca importancia. Pablo se llamaba a sí mismo “diácono” cuando defendía su autoridad (2Cor 3, 6; 6, 4) y cuando mencionaba sus títulos de honor (2Cor 11, 21-23). Por otra parte, Febe es llamada “nuestra hermana”, lo cual no era simplemente una expresión de fraternidad, sino un título particular para los que ocupaban un lugar especial en la comunidad, como colaboradores directos del Apóstol. Además, Pablo se detiene a recomendar que reciban a Febe dignamente y que la asistan en todo (Rom 16, 2).

También manda saludos a otras mujeres, elogiadas por sus fatigas: María, Trifena, Trifosa, Pérside (16, 2), la madre de Rufo (16, 13), Julia y la hermana de Nereo (16, 15). Finalmente, habría que destacar a Junia, que recibe, junto con Andrónico, el apelativo de “ilustre entre los apóstoles” (16, 7).

Todos estos saludos tienen el valor de mostrarnos una maravillosa riqueza de amor y de reconocimiento fraterno. Inmersos en un mundo hostil, los cristianos de las primeras comunidades valoraban el apoyo de la fe compartida y el sentimiento de la mutua pertenencia. Cualquier obra buena, cualquier entrega era valorada y agradecida. Y las mujeres, lejos de ser discriminadas, y más allá de los límites culturales (1Cor 11, 5; 14, 34), en la práctica tenían amplias posibilidades de servir y de intervenir en la Iglesia; eran reconocidas en sus empeños y fatigas, y eran recordadas con afecto.

Todos eran servidores y amigos para la causa común: el Evangelio de Cristo.

Los datos que tenemos sobre Prisca y Aquila, que Pablo llama sus “colaboradores” (Rom 16, 3) indican que se habían instalado permanentemente en Éfeso (Hch 18, 24-26) después de acompañar a Pablo desde Corinto (Hech 18, 2-3. 18-19). En Éfeso eran dirigentes (Hech 18, 26-27), y su casa era lugar de reunión de la comunidad (Rom 16, 5; 1Cor 16, 19). Esto nos muestra cómo este matrimonio cumplía en Éfeso una verdadera función de cuidado pastoral y de vínculo de unidad en la comunidad cristiana. En un próximo ar-tículo continuaremos analizando esta problemática.

La identidad y la espiritualidad del sacerdote a la luz de la vocación laical (II)

Continuando con la reflexión iniciada en el número anterior, el autor propone recentrar la vida y la espiritualidad del ministerio sacerdotal en aquellas cuestiones que le son esenciales y específicas.

A favor de la centralidad fontal de la Eucaristía

Cuando indicamos que colaborar con la dirección del cuidado pastoral de la parroquia no es “suplir o sustituir” al sacerdote, no olvidamos que la expresión “párroco” implica funciones especialmente encomendadas a él, algunas de las cuales derivan del Orden Sagrado, como “la celebración eucarística más solemne los domingos y días de precepto” (CIC 530, 7). En este sentido, el sacerdote es “insustituible”, ya que la comunidad, que no se entiende sin la Eucaristía, tampoco se entiende sin el sacerdote (Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, 7, 14). En este mismo sentido la declaración Dominus Iesus ha dicho que donde no está presente el misterio eucarístico en su íntegra substancia, o donde no es válidamente celebrado por ausencia de sucesión apostólica, no hay Iglesia “en sentido propio” (Dominus Iesus, 17b), lo cual sólo puede entenderse correctamente desde la convicción de que la Eucaristía es el centro y la fuente principal de la vida comunitaria eclesial. Pero esta centralidad de la Eucaristía, que requiere necesariamente de un sacerdote que la presida, no exige que el sacerdote deba ejercer por sí mismo todas las funciones que impliquen alguna autoridad o alguna decisión en una comunidad pues es esta misma centralidad la que plantea hoy la exigencia de que el párroco delegue en otros muchas de las funciones con las que tradicionalmente se ha sobrecargado su ministerio. Porque esa sobrecarga es lo que impide muchas veces la celebración digna, frecuente y bien preparada de la Eucaristía, y la administración de la Reconciliación que permita a muchos fieles acceder a la comunión sacramental. Además, son muchísimas las poblaciones rurales, aunque no sean parroquias, que carecen de un sacerdote residente, y sólo tienen Misa una vez al mes o incluso una vez al año. Por lo tanto la comunión eucarística y la dimensión celebrativa de la vida cristiana quedan reducidas a la más pobre y mínima expresión. Y, puesto que normalmente no hay una persona responsable del cuidado pastoral de esas comunidades pequeñas, y todo depende de las esporádicas y veloces visitas del “todopoderoso” párroco, la vida comunitaria y evangelizadora de esas comunidades carece del necesario estímulo y también se empobrece enormemente. El temor a opacar la figura del sacerdote atenta así contra la finalidad principal del sacerdocio que es la santificación de los fieles. Pensemos también en los sectores marginales de las grandes ciudades, que a veces son parte de parroquias inmensas. Es cierto que los fieles podrían trasladarse a las sedes parroquiales, pero muchos de ellos sólo pueden hacerlo los fines de semana, y difícilmente encuentran al sacerdote disponible para confesar. Si el sacerdote, en cambio, no tuviera tantas reuniones y actividades que planificar y preparar, porque ha delegado esas funciones, podría acercarse por las noches o en distintos horarios durante la semana para ofrecer a los fieles ese servicio sacerdotal y además visitar a los enfermos de ese sector.

Podría objetarse que los laicos no están preparados para asumir variadas funciones. Pero se olvida que el mejor aprendizaje se da, precisamente, a partir de las exigencias y desafíos de la práctica. ¿De hecho no es así como aprenden muchas cosas, mejor que en el seminario, muchos sacerdotes jóvenes? ¿No es constatable también que muchos sacerdotes recién ordenados muestran una menor capacidad que algunos laicos para formar a otros con una enseñanza catequística bien adaptada al lenguaje del interlocutor, para tomar decisiones con sentido común, para aconsejar a otros, etc.? Los que enseñamos en facultades de teología podemos constatar también que, muchas veces, algunos alumnos laicos adquieren un juicio teológico mucho más seguro, maduro y completo, e incluso una mejor capacidad de discernimiento moral, espiritual y pastoral que el de candidatos al sacerdocio; y no podemos pensar que la ordenación sacerdotal modificará mágicamente esa situación. Es fácil advertir que muchos sacerdotes no están naturalmente dotados para un ejercicio destacable de algunas de las funciones que actualmente tienen los párrocos.

Mediación funcional y subordinada

Intentando ubicar el ministerio sacerdotal en el contexto de la vida de la Iglesia, podemos decir también que, así como la mediación del sacerdote es inferior y subordinada a la del sacramento de la Eucaristía, también es inferior y subordinada a otras mediaciones más centrales y fundamentales: la de María y la de la comunidad.

  1. Con respecto a la prioridad de la mediación de María, tenemos que decir lo mismo que decíamos de la Eucaristía: es ciertamente mucho más importante la relación del fiel con María que con el sacerdote, porque la mediación materna de María no es una mera función, y la del sacerdote sí lo es (aunque sea indispensable para la celebración eucarística). Esta superioridad de la mediación mariana vale también con respecto al ministerio del Papa y de los obispos:

“La dimensión mariana de la Iglesia antecede a la petrina, aunque esté estrechamente unida a ella y sea complementaria. María, la inmaculada, precede a cualquier otro, y obviamente al mismo Pedro y a los apóstoles, no sólo porque Pedro y los apóstoles, proviniendo de la masa del género humano que nace bajo el pecado, forman parte de la Iglesia sancta ex peccatoribus, sino también porque su triple ministerio no tiende más que a formar a la Iglesia en ese ideal de santidad, que ya está formado y figurado en María”. (Juan Pablo II, Alocución a los Cardenales y Prelados de la Curia Romana, 22/12/1987).

  1. Con respecto a la mediación de la comunidad, tenemos que decir que es superior a la mediación del sacerdote, porque no hay vida cristiana sin atender a su dimensión comunitaria que procede necesariamente del dinamismo de la Gracia; pero sí puede haber Gracia donde el sacerdote no está presente (por impedimentos geográficos, porque se está de buena fe en otra comunidad eclesial o en otra religión, etc.). En estos casos, la vida de la Gracia de la persona no dejará de proceder del centro vital que es la Eucaristía, ni dejará de estar ligada a la mediación femenina de María en el corazón de la Iglesia, aunque no tenga una relación directa con el sacerdocio ministerial. Pero siempre será indispensable, para que esa persona pueda vivir en Gracia, una apertura a los hermanos.

Concluimos, entonces, que la mediación eucarística junto con la mariana y la comunitaria son fundamentales, mientras la mediación del sacerdote ministro es meramente funcional y subordinada a ellas. Esto es lo que se quiere afirmar cuando se sostiene que el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común de los fieles.

Al servicio del Padre y Pastor

Un riesgo de estas figuras aplicadas a los ministros es el de una sacralización y mitificación que lleva a opacar el lugar de Dios, desplazado por la figura del sacerdote. Por algo Jesús pedía: “A nadie llamen padre, a nadie llamen maestro…” (Mt 23, 8-10). Y esta advertencia se dirigía particularmente a los fariseos, a quienes les agradaba hacerse llamar “mi maestro” (Mt 23, 6-7).

Esto no niega que podamos vivir una suerte de participación de esas atribuciones que en primer lugar deben aplicarse a Jesús o a Dios. Algunos textos bíblicos nos muestran la legitimidad de ese procedimiento:

  • A los dirigentes de las comunidades se los considera pastores que apacientan la grey (1Ped 5, 2), si bien se los exhorta a no comportarse como tiranos (5, 3) y a someterse al supremo Pastor (5, 4).
  • En Hech 20, 28 se llama pastores a los que cuidan la comunidad, si bien se les recuerda que la Iglesia no es de ellos sino de Dios, que la compró con la sangre de su Hijo. Por eso mismo Jesús dijo a Pedro: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-17).
  • Pablo pide que en sus comunidades lo consideren como un padre (2Cor 6, 11-13; 12, 14-15; 1Tes 2, 11-12), y como su único padre (1Cor 4, 14-16), y defiende esa función con uñas y dientes (2Cor 7, 2-4; 10, 7-18; 11, 1-6. 16-19). Pero eso debe entenderse desde la preocupación del Apóstol por salvar la autenticidad del mensaje evangélico, evitando que las comunidades abandonaran el Evangelio detrás de falsas propuestas (2Cor 11, 13-14).

Es cierto que el riesgo de mitificar las funciones en la Iglesia puede darse también en los ministerios laicales, donde suele haber liderazgos excesivamente personalistas; pero también es cierto que ese riesgo es mayor y más frecuente porque las figuras de padre y pastor se concentran excesiva o exclusivamente en el sacerdote, olvidando que también son padres, madres, pastores y maestros los catequistas, los misioneros estables, los variados agentes pastorales. Ellos generalmente ejercen, con los que están a su cargo, una paternidad o un pastoreo que en la práctica suele ser más cercano, íntimo, frecuente y significativo que el del sacerdote de la comunidad.

Con estilo sacerdotal y personal

No está todo dicho. También hay que reconocer que, si bien estas figuras pueden utilizarse para describir a cualquier cristiano, la función del sacerdote como ministro de los sacramentos las reviste con notas peculiares y exclusivas del sacerdocio: sólo él es padre en cuanto hace presente a Cristo donándose como alimento en la Eucaristía; sólo él es pastor en cuanto hace presente a Cristo que cura a los fieles del pecado en el Sacramento del perdón y unge a los enfermos. Sólo él es pescador en cuanto su función de presidir la celebración eucarística y la Reconciliación sacramental que es su modo peculiar de echar las redes en los corazones humanos.

Por otra parte, como toda experiencia humana y espiritual, el ejercicio del ministerio sacerdotal es complejo y no es vivido por todos de la misma manera. Las situaciones, los temperamentos y los momentos históricos son variados e imprimen variedad a la vivencia del sacerdocio. Por eso, aunque haya un núcleo esencial y común, es cierto que en determinadas personas, ocasiones y épocas ese núcleo puede vivirse y describirse con matices diversos y de diferentes maneras.

Sacerdocio ministerial

Hay que advertir cuidadosamente que hay una concepción sacerdotal aparentemente progresista y actualizada, que pretende alejarse de una concepción tradicional sacramentalista, pero al hacerlo no hace más que alimentar el clericalismo. Esto sucede precisamente porque concentra en la figura sacerdotal una multitud de funciones que en realidad deben ser realizadas por la comunidad en su conjunto. Desde mi punto de vista, es precisamente la concepción tradicional del sacerdocio la que da mayor lugar a un sacerdocio auténticamente participativo.

Los documentos de la Iglesia, muestran con claridad una imagen sacerdotal cuya especificidad está en relación con la Eucaristía y la Reconciliación. Veamos, para ilustrar esto, algunos textos de Presbyterorum Ordinis:

  • “De entre los mismos fieles instituyó a algunos por ministros, que en la sociedad de los creyentes poseyeran la sagrada potestad del orden para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados” (2).
  • “Como ministros sagrados, señaladamente en el sacrificio de la Misa, los presbíteros representan a Cristo, que se ofreció a sí mismo como víctima por la santificación de los hombres… En el sacrificio eucarístico, en que los sacerdotes cumplen su principal ministerio, se realiza continuamente la obra de nuestra redención” (13).
  • “De modo semejante, en la administración de los sacramentos se unen a la intención y caridad de Cristo, cosa que hacen de manera especial cuando se muestran en todo momento y de todo punto dispuestos a ejercer el ministerio del sacramento de la penitencia cuantas veces se lo pidan razonablemente los fieles” (13).

Siempre que la Iglesia quiso especificar el punto clave para distinguir el sacerdocio ministerial del sacerdocio común de los fieles, señaló claramente la potestad para celebrar estos Sacramentos.

La disminución del número de seminaristas, las deserciones sacerdotales y las nuevas dificultades que se avisoran en el futuro de muchos países, donde la cantidad de sacerdotes no será suficiente para mantener los servicios pastorales que se estaban prestando hasta el momento, pueden ser un signo providencial a través del cual el Espíritu nos invita a volver a la esencia del sacerdocio y a fomentar y desarrollar la variedad de ministerios, que no tienen por qué ser exclusivos del sacerdote.

Pero la misma situación actual debería interpelarnos. Porque aún reduciendo la actividad del sacerdote a la celebración eucarística, a la administración privada de la Reconciliación y a la Unción de los enfermos, podemos advertir que los sacerdotes no están prestando un buen servicio: las personas tienen gran dificultad para encontrar un sacerdote que los confiese, y muchos lugares periféricos no tienen un centro de culto en el que se celebre semanalmente la Eucaristía. Muchos sacerdotes prefieren no predicar sobre la necesidad de la confesión sacramental, porque si todos los fieles decidieran confesar sus pecados al menos una vez al año, no tendrían tiempo para atenderlos.

Por consiguiente, hay que advertir que es al menos poco realista sobrecargar la figura sacerdotal, que se presenta a los seminaristas, con múltiples funciones que no le permitirán cumplir con lo que sólo él, sacerdote, podrá hacer.

Consecuencias existenciales para el sacerdote

Esta vuelta a lo esencial y específico del sacerdocio ministerial, situado en el contexto de una amplia variedad de ministerios laicales, puede permitir una vivencia del ministerio que plenifique al sacerdote en lugar de destruirlo y llenarlo de tensiones. En síntesis, las características de un ministerio podrían ser las siguientes:

  1. Una vida plenamente entregada a su ministerio, pero con el gusto de una actividad que puede prepararse y ejecutarse con serenidad, de un modo humano y humanizante.
  2. Una mayor disposición a vivir una espiritualidad de la acción y no al margen de ella: una espiritualidad que consiste en contemplar gozosamente la acción de Dios y su belleza en el mismo ejercicio del ministerio.
  3. El desarrollo de actitudes más auténticas y significativas de caridad fraterna (pastoral) en la acogida cordial, cercana y disponible a las personas, en un trato amable y sin prisas.
  4. Una vivencia más comunitaria de la actividad evangelizadora, menos solitaria e individualista, liberada del terrible peso de tener que hacerlo todo.
  5. Un mayor enriquecimiento y gozo a partir del desarrollo de los carismas ajenos y de una variada y fecunda vida comunitaria que lo alimenta también a él como cristiano.
  6. La desaparición de las permanentes excusas de falta de tiempo que justifican un mal cumplimiento de sus funciones específicas (la celebración de la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación y la Unción de enfermos), las cuales estarán más sometidas al discernimiento, la exigencia y el estímulo de la comunidad evangelizadora, que no admite parásitos: “El que no quiera trabajar que tampoco coma” (2Tes 3, 10-11).
  7. La posibilidad de explotar mejor las exigencias que brotan de su cercanía a la Eucaristía: el carisma de la unidad y las exigencias sociales de la Eucaristía.

 

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