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LAICOS EN MISION: Relaciones entre la autoridad eclesial y los laicos

 

LAICOS EN MISION: Relaciones entre la autoridad eclesial y los laicos

Una de las mayores urgencias teológicas de nuestro tiempo sigue siendo la de comprender y difundir la vocación del cristiano laico. Esto, no sólo por conveniencia pastoral ante la disminución del número de sacerdotes o religiosos/as, sinopor exigencia de la común vocación bautis­mal y de la complementariedad de las vocaciones específicas en la iglesia.

Sin embargo, antes de entrar en el estudio de esa vocación y la respectiva misión del laico, de los diversos servicios y ministerios que puede prestar dentro de la iglesia, hay que reflexionar sobre su identidad misma. En tal sentido, me parecen especialmente importantes tres puntos de reflexión:

1º. ¿Cuáles son las implicaciones reales de la vocación bautismal y de la corresponsabilidad eclesial que de ella dimana?

¿Cuál es -en de la Iglesia actual- la “real realidad” del laico, con sus luces y sus sombras, sus responsabilidades y sus dere­chos, la expresión de sus carismas y dones y sus relaciones con la Jerarquía y con las Instituciones religiosas?

3º.  ¿Pueden nuestra iglesia, o nuestros Institutos religiosos, encarar, con un mínimo de garantías de acierto y éxito, su compromiso evangelizador, frente a las complejas y difíciles realidades del mundo actual, si empieza por ignorar, consciente o inconscientemente, buena parte de los valores y motivaciones que conforman a la humanidad más avanzada de nuestro siglo, en su expresión laical?. ¿Por ejemplo, la igualdad esencial, la par­ticipación, la solidaridad y el respeto a los derechos humanos?

El problema, en el fondo, es de autoridad. Porque ciertamente parece indispensable la necesidad de una autoridad en toda sociedad, sea civil, sea religiosa. Pero una autoridad rectamente entendida, que para, en el caso de cualquier institución cristiana, debe estar basada en unos criterios evangélicos. Mucho más en la propia Iglesia. Para un seguidor de Jesús no cabe entender la autoridad sino como auténtico servicio, alejado de toda connotación de ambición, poder o superioridad, y por tanto, en permanente vigilancia para no caer en la no por sutil menos atractiva y frecuente tentación de querer usurpar un poder que sólo Dios tiene. 

Enfocada así es obvio que el laico debe aceptar unos niveles razonables de  autoridad en sus relaciones dentro de la comunidad eclesial, y en ese sentido tanto los clérigos y los religiosos o religiosas como los laicos pueden estar situados en alguno de esos niveles, cuando desempeñan una función concreta, por encargo expreso del obispo.

Pero de este hecho no se deduce que tal autoridad pueda ser ejercida de cualquier modo, y por supuesto se invalida cuando pretende afirmarse mediante medios y talantes ajenos al evangelio.

Una autoridad concebida en primer lugar como una referencia de unión en la fe y que se ejerce sirviendo cada vez mejor al creci­miento de la comunidad, sin pretender imponer la aceptación de sus criterios y opiniones puramente humanos al tratar sobre cues­tiones abiertas, es no sólo aceptable, sino deseable.

Por el contrario cuando se intenta, incluso de buena fe, forzar la aceptación de unas ideas en materias alejadas del depósito de la fe y de lo esencial de unas costumbres reconocidas por la iglesia universal, y se refuerza la presión alegando el hecho de que se actúa en nombre de Dios, se está precediendo, como mínimo, con una grave imprudencia, y se cae en una injusticia que priva de su auténtica libertad al pueblo de Dios.

Se pretende muchas veces justificar el ejercicio de la autoridad por los clérigos y religiosos, sobre todo a niveles altos de la jerarquía eclesiás­tica o de la organización congregacional, diciendo que la iglesia no somos una sociedad democrática y que la actual estructura piramidal es voluntad expresa de Dios; lo cual es cierto sólo en parte. Porque es verdad que, desde el comienzo de la Iglesia, se ha reconocido en ella un cierto principio de autori­dad, e incluso cierta jerarquía inicial -obispos, presbíteros, ministros- con ánimo de continuidad. Pero esa jerarquía inicial no se pa­recía (en su actuación práctica, ni en los modos de ejercer la autoridad, ni en su valor autocrítico y de corrección fraterna, ni en su manera de ser designada) a como se ha ido desarrollando históricamente en la iglesia con su peculiar concepción del poder.

Y si es cierto que sus virtudes le vienen del Maestro, sus defectos no, y por lo tanto es cuestión de fidelidad a Jesús el esforzarnos por que se vaya purifi­cando.

 

Fuente: http://estrenandodia.blogspot.mx/2014/04/laicos-en-mision-relaciones-entre-la.html

Categorías:Laicos
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