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EL APORTE DE LOS CRISTIANOS EN LA VIDA POLÍTICA

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EL APORTE DE LOS CRISTIANOS EN LA VIDA POLÍTICA

Cristián Liona, ss.cc.

Estudios Sociales N° 2, diciembre 1973

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Quisiéramos en estas líneas hacer una breve síntesis de los constitutivos fundamentales de la fe cristiana para referirnos en seguida más ampliamente a sus consecuencias en el ámbito de la vida social y política del hombre[1] (*)

Comencemos por decir que la fe es una actitud integral del hombre. Con ello queremos enfatizar desde el comienzo la perspectiva en que nos ponemos. No visualizamos primariamente el cristianismo como un conjunto de valores que podrían cristalizar en un humanismo determinado; ni siquiera directamente la fe cristiana en cuanto ella se objetiva en un conglomerado de afirmaciones teológicas que definen su contenido preciso; tampoco vamos a considerar la fe como una exigencia de conductas morales. Todo ello será abordado, pero desde la perspectiva precisa en que nos sitúa la actitud de fe, en cuanto ella es a la vez una experiencia vital, una convicción fundada y un compromiso personal.

Creemos que es importante esta opción que hacemos por cuanto sólo desde esta óptica es posible situar exactamente la doble función, aparentemente inconciliable, que deben ejercer los cristianos en la vida socio-política: por una parte una función de compromiso y encarnación en proyectos políticos concretos y, por otra, una función de crítica y trascendencia a ese mismo proyecto.

EL CONSTITUTIVO ESENCIAL DE LA VIDA CREYENTE

El que vive la fe es un hombre concreto e histórico que se inserta como todo hombre en el tejido de una sociedad determinada, y que experimenta con su singular matiz, la condición humana con todo lo que ésta tiene de fatalidad y libertad, de hecho y tarea, de situaciones gozosas y dolorosas, de relaciones humanas complejas y conflictivas, pero también gratificantes y enriquecedoras. Esa vida humana que es a la vez desafío para perfeccionarla y tentación de regresión y que transcurre simultáneamente en tantos niveles de intereses, necesidades y deseos es asumida en toda su densidad opaca y luminosa por un hombre, por un grupo humano que cree en Cristo Jesús. ¿Qué le implica a ese hombre o a esa comunidad el vivir esta fe?

Vamos a resumirlo en tres fases que a continuación explicaremos brevemente:

  1. a) El creyente vive su vida humana aceptándola como un don de Dios en Cristo

Hay en la actitud de fe una referencia esencial a Dios a quién se conoce y se ama en Cristo. Creer significa que la propia vida con toda su densidad sea un efectivo encuentro con Dios. Se trata no de un Dios hecho a imagen y semejanza de nuestra persona o del mundo sino del que se ha revelado históricamente en el Hombre Jesús, en su vida, palabra, muerte y resurrección y que nos sale al encuentro en la comunidad cristiana que hoy día nos lo anuncia. Ese Dios nos invita a ser hijos suyos, es decir, a recibir su propia Vida que, desde ya compartimos en nuestro vivir personal. En este sentido, creer significa orientar la propia vida con la conciencia de que ella misma hasta lo más profundo de nuestro ser personal es un don de Dios. Precisamente por eso Dios es Padre: porque se encuentra al origen de nuestro ser y de nuestro destino. Podríamos decir lo mismo en la siguiente forma: quien cree en el Dios de Jesucristo ve su existencia, desde el más modesto quehacer hasta sus más grandes momentos, transida de un misterio de amor en el cual se juega permanentemente el valor incalculable y supremo del propio ser personal. Ser cristiano es así, en primer lugar, creer que Dios nos ama y nos da su Vida aquí y ahora. Por eso, vale la pena vivir; la existencia tiene significación y destinos porque Cristo al resucitar manifiesta que la última palabra de la vida no es la muerte sino la Vida de Cristo, la comunión con El y en El con toda la humanidad y el mundo. “Vuestra vida está escondida junto con Cristo en Dios; cuando se manifiesta Cristo que es vida nuestra, os manifestaréis también vosotros con El, revestidos de gloria” (Col. III, 3-4)

Esto trae una consecuencia inmediata: si creemos efectivamente que nuestro ser y nuestro quehacer se inscriben en una voluntad de amor que viene de Dios, nuestra vida y nuestro compromiso se abren hacia los demás con confianza y esperanza, con la seguridad de que más allá de nuestras limitaciones, e incluso a través de ellas, se está operando en el mundo un designio de reconciliación, de fraternidad y amistad que culmina en el Padre.

  1. b) El creyente entrega su vida como Cristo a los demás

Si creemos que Dios nos ama y nos entrega su vida en Cristo, debemos hacer otro tanto. Creer es entonces entregar a los demás la propia vida hasta la muerte como el mismo Cristo hizo. “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. (Ju. XIII, 34). Por eso, la referencia al hombre, en quien se reconoce a un hermano amado por Dios igual que nosotros, es tan esencial en la vida de la fe como la referencia a Dios; Jesús juntó en uno solo, los dos mandamientos de la ley: amor a Dios y amor al prójimo (Me. XII, 28-31).

En el Hijo de Dios precisamente, el cristiano encuentra el modelo de vida de un hijo auténtico del Padre: su misión libre y amorosamente asumida consistió en morir por los hombres en total entrega a su Padre que se lo pedía: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. (Me. XIV, 36).

Surge así para la vida una orientación básica, un criterio fundamental que la guía: la fe se acredita en sus obras que se resumen en dar una respuesta práctica, pronta e inteligente a la gran pregunta: ¿ qué haces por tu hermano? ¿cómo y en qué lo sirves)

  1. c) El creyente unifica su vida imitando a Cristo en su muerte y resurrección

De los dos puntos anteriores, se desprende que el cristiano auténtico es el que imita a Cristo. El tema de la imitación de Cristo es fundamental pues pone de manifiesto la unidad de la vida creyente. Se trata de una imitación no puramente exterior y formal sino una identificación con El por comunión en su ser y en su misión: morir cada día uno mismo en el amor y el servicio al prójimo con lo cual se ratifica la fe en el amor de Dios y se participa activamente en la transformación salvadora del mundo. En un mismo movimiento, hay una participación en la muerte de Cristo y en su Resurrección.

En efecto, morir en este sentido significa abdicar del egoísmo fundamental sobre el cual se quiere cimentar la vida, romper el enquistamiento que nos ata a nuestro propio yo como al criterio supremo de juicio y acción; en resumen, morir es morir al pecado que nos habita y del cual somos cómplices en nuestra vida. Morir significa, por lo tanto, dejarnos cuestionar por las necesidades ajenas, por los demás, especialmente por aquellos que rompen la seguridad de nuestro mundo: los pobres con sus exigencias de justicia, los oprimidos con su clamor por la liberación. En este salir de sí paras aproximarse al otro en forma concreta, el cristiano imita a Cristo que “no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud” (Me. X, 45).

Pero esta muerte es también experiencia de Resurrección, pues al abrirse a los demás el cristiano entra en comunión con ellos; en el servicio y la entrega recibe con creces la vida misma de Dios que es en su verdad esencial, comunión y amor. LA experiencia vivida de que “hay más gozo en dar que en recibir” (Hechos, XX, 35) es un anticipo efectivo de la presencia de la vida de Cristo en los cristianos. No en vano, el gozo fue el elemento fundamental en la experiencia de la comunidad primitiva. Más profundamente, la vida de la caridad libera radical y profundamente al cristiano de la mezquindad humana, del autoendiosamiento del egoísmo tan vano y engañoso en la realidad de un ser como el hombre destinado a la muerte. Sólo entregando la vida con sencillez se la descubre en su verdadera dimensión: como un don precioso de Dios que está destinado a la eterna felicidad que de El procede.

Quisiera terminar la primera parte de este artículo señalando una dimensión fundamental de la fe vivida: la importancia de la Cruz. Al decir esto nos estamos refiriendo al hecho que vivir como cristiano (creer en el amor de Dios, entregar la vida como Cristo) no es fácil ni inmediatamente consonante con la vida tal como espontáneamente quisiéramos vivirla. Esto equivale a decir que a la luz de la fe, el hombre no es naturalmente bueno ni capaz, sin dolor, de amar al otro hombre. Lo espontáneo es más bien lo contrario: matar al inocente. Por esto, la muerte de Cristo revela lo que somos en el fondo: cómplices de la muerte de los inocentes, pues no somos mejores que los que mataron a Cristo, el inocente por excelencia. Por eso, ser cristiano implica una conversión dolorosa, una torsión interior, una apertura a Dios y al prójimo que debe reconquistarse cada día. La conversión del cristiano y de la comunicad cristiana debe ser permanente.

Me parece importante referirme a este punto porque se olvida con demasiada frecuencia y porque vivimos en un mundo que, a pesar de la trágica secuencia de explotaciones, guerras, injusticias y opresiones de la época contemporánea, cree todavía en el mito rousseauiano del hombre naturalmente bueno, cuyo mal se explicaría por factores ajenos a él. No se trata de negar el hecho de que las estructuras y las relaciones sociales injustas constituyen condicionamiento y a veces hasta determinismos, para el comportamiento humano y que su transformación es tarea permanente del cristiano. Con todo, es necesario no olvidar que esas transformaciones son obra de hombres que le imprimen a las nuevas estructuras su propio modo de ser y que éste jamás es espontáneamente justo y fraternal. No bastan así las estructuras justas para asegurar la justicia social, si no hay un cambio de actitud personal y social que responda a una voluntad activa y laboriosa de fraternidad.

  1. LA FE CRISTIANA Y EL QUEHACER POLITICO

El creyente y la comunidad cristiana ejercen su misión salvadora en el mundo y para el mundo. Nuevamente debemos afirmar que la vida de la caridad en la que se resume y expresa la fe, no es una vida paralela a la vida concreta; es la misma vida atravesada de un sentido: el servicio al hombre concreto para que éste sea más libre y más hermano: la vida cristiana es multidimensional y se ejerce en muchos ámbitos y de muchas maneras, no todas ellas políticas[2] . Se da tanto en la mano que se tiende ocasionalmente a un desconocido, como en los compromisos estables de la vida familiar y profesional; tanto en la oración por los demás como en el trabajo en común; tanto en la tolerancia y la paciencia con los demás como en la comunicación íntima de la amistad. A nosotros ahora nos interesa abordar el campo específico de la dimensión social, temporal y política de la fe que tiene evidentemente una importación particular por jugarse en él el destino de la sociedad en su conjunto.

Es evidente que la vida cristiana envuelve la voluntad de hacer operante la caridad en este ámbito. ¿De qué se trata? Se trata de que la sociedad se construya en la línea de una mayor comunidad entre hombres libres y hermanos; en la línea de una mayor justicia integral que implica compartir los bienes materiales y culturales en una igualdad de posibilidades; en la línea de un respeto a todo el hombre y cada hombre en lo que él es como ser libre y creador, y a la vez, frágil y limitado.

Dicho esto, podemos abordar el tema del aporte de los cristianos al quehacer social político. El problema es importante porque hay el peligro de caer en dos extremos opuestos: uno, el de pretender deducir del cristianismo una visión del mundo completa y un modelo de sociedad exhaustivo; el otro, el de negar todo aporte específico de la fe a la construcción de la sociedad.

Comenzaremos por exponer positivamente cuál es a nuestro juicio, el papel que juega una fe cristiana integralmente vivida en la construcción de la sociedad; a la luz de estas ideas, enjuiciaremos las dos posiciones arriba mencionadas.

Me parece que los cristianos que intentan seriamente proyectar su fe en la vida social aportan una imagen del hombre, una moral política y una creatividad responsable.

  1. a) Una imagen del Hombre

Dios se pone en Cristo al servicio del hombre; le ofrece, sin forzarlo su amistad y su vida; lo llama a la comunión fraternal y a la libertad frente a toda la creación; lo invita a salir de su pecado, de su soledad y egoísmo para entrar en el camino del amor y del servicio al hermano.

Es indudable entonces que el cristiano buscará en su acción social y política que el hombre se desarrolle en esta perspectiva. Si un hombre o un grupo humano carece de lo indispensable para sustentarse en la vida, es esclavo y no señor de la naturaleza si en su trabajo depende enteramente de otros, no es hermano sino enemigo del hombre; si alguien está con respecto de los demás desposeído de una cultura mínima, no podrá entrar en diálogo y comunión con ellos; si los hombres viven dispersos, atomizados y aislados unos de otros, no habrá fraternidad posible.

Se trata, por consiguiente, de lograr a lo largo de la historia concreta de un pueblo que la libertad, la fraternidad, la solidaridad tengan cada vez más expresión social; que ellas se manifiesten en el intercambio económico de bienes y servicios, en la riqueza múltiple del diálogo cultural, en el respeto de los derechos fundamentales, en la personalización de las relaciones familiares y de trabajo, etc. En suma, en la visión cristiana, se trata de que todos los hombres tengan más posibilidades de libertad personal, de comunidad fraternal y de diálogo creador.

¿Podemos hablar entonces de un humanismo cristiano? Me parece que esta expresión es adecuada si se la entiende correctamente. Los creyentes por su fe poseen un sentido del hombre que consiste en verlo como un ser con una vocación a la fraternidad en la libertad, capaz – por su inteligencia y su voluntad- de liberarse de sus condicionamientos y de humanizar sus conflictos. Es un humanismo realista porque sabe que el hombre es pecador y frágil y debe esforzarse por romper sus ataduras y su tendencia a la enemistad con sus semejantes y a la opresión de los más débiles. No ignora ni escamotea las luchas sociales, pero las aborda con fe en la capacidad de diálogo racional y sentido de la fraternidad que se esconde en todo hombre. El cristiano ha de luchar así permanentemente por el hombre concreto, históricamente situado: la conquista de su humanidad es para el hombre una tarea permanente, nunca asegurada en forma definitiva, ni plenamente acabada. Sólo en Cristo Resucitado ve al hombre totalmente pleno y sabe que entre las ambivalencias de la historia, la humanidad entera avanza hacia El. Pero sabe también que esta plenitud es finalmente un don de Dios que le participa al hombre su propia Vida y su propia amistad.

En cuanto este sentido del hombre es compartido por muchos que no son cristianos, pero que lo viven en su acción concreta, es dable hablar de un humanismo cristiano que traspasa las fronteras de la fe explícita. Son muchos hoy los que luchan por la fraternidad y la libertad, por la justicia y el respeto a todos y en ello hay una presencia activa de Cristo que salva al mundo. En este sentido existe una solidaridad personalista entre los hombres de distintas convicciones religiosas; en ella, el cristiano debe aportar su referencia concreta a Cristo quien se convierte a la vez en el ejemplo histórico de una vida de servicio y entrega, en un modelo a imitar en la propia existencia y con ello en una presencia de Dios Amor en la historia.

De esta imagen del hombre se derivan para el cristiano dos imperativos: uno de criticidad y otro de compromiso.

  • De criticidad en cuanto el cristiano debe solidarizar efectivamente con todos los oprimidos del mundo, con todos aquellos que son injustamente marginados por el poder económico y político. Desde allí debe denunciar todas las estructuras sociales y poderes personales que crean o perpetúan las opresiones de todo tipo en la sociedad; su sentido del hombre lo hace sensible a la percepción de las variadas formas de injusticia que atropellan el carácter sagrado de todo ser humano. El cristiano por eso, nunca puede casarse totalmente con una visión del mundo o con el modelo de sociedad en que vive, aun cuando coopere a su construcción . Sin embargo, lo ha hecho muchas veces a lo largo de la historia traicionando en una y otra forma su vocación; por tal motivo, debe luchar contra ello con la conciencia de que toda sociedad por renovada que parezca con respecto a la anterior, tiende, a causa del pecado del hombre, a cerrarse sobre sí misma y a generar nuevas formas de opresión. En concreto, los cristianos deben ser muy lúcidos para percibir la capacidad de corrupción que anida en todo poder, cuya dinámica lleva a menudo a convertirlo en fin último, olvidándose su función de servicio a los hombres.

De compromiso en cuanto debe entregarse en la medida de sus posibilidades y capacidades a la construcción de una sociedad que haga reales, en una perspectiva abierta siempre a su mejoramiento (y esto es muy importante), los siguientes valores:

  1. – La participación más amplia posible de todos en los bienes y servicios, tanto materiales como culturales y espirituales de que disponga la sociedad lo cual supone evidentemente un nivel económico justo y una igualdad de posibilidades mínima para todos.
  2. – La promoción variada de grupos solidarios y autónomos que contribuyan cada uno con sus objetivos propios a la libertad y al desarrollo multidimensional de los individuos; esto supone evidentemente que el clima de esa sociedad sea el diálogo y que sean protegidas y respetadas las distintas agrupaciones humanas (familia, empresas productivas, comunidades funcionales, iglesias, etc.), en las cuales se desarrolla la comunidad en todas direcciones.
  3. – La humanización de los conflictos inevitables y hasta necesarios en toda sociedad, mediante instancias políticas con autoridad que sean controladas eficazmente por el pueblo y que ejerzan su poder en servicio de la comunidad, pudiendo, mediante mecanismos claros y democráticos, ser fiscalizados y reemplazados por el pueblo.
  4. – El crecimiento de la sociedad en todos los planos (económico, social, cultural) que permita al pueblo avanzar por la historia con un destino y madurando en su vocación de comunidad de hombres libres. Se puede apreciar a su simple lectura que estos valores deben ser entendidos como vectores dinámicos que se van enriqueciendo con el tiempo y que siempre tienen un futuro de realización. Demás está decir también que ellos son fruto permanente de conquistas sobre su negación, ya que, a lo largo de la historia, trabajan en los hombres y en las estructuras fuerzas y atavismos que tienden a reproducir formas siempre renovadas de injusticia y enemistad.

En estas dos actitudes complementarias de criticidad y compromiso y que se remiten una a la otra, los cristianos encuentran una orientación valórica permanente para su acción. Sus vinculaciones con la actitud de la fe cristiana son obvias: la relación filial a Dios y fraternal a los hombres, es decir, la caridad como la obra de la fe es la experiencia más honda libertad y fraternidad que es dable vivir. Es ella finalmente la que busca proyectarse en las relaciones humanas estructuradas en el cuerpo social, económico y político. Como la misma vida de fe, es una tarea permanente e inacabada.

  1. b) Una Moral Política

Cuando nos referimos a que la fe cristiana exige una moral política, no hacemos más que precisar aquellas dimensiones de la caridad que se hacen presente en la vida política entendida como el ejercicio del poder en todas sus formas. Quisiéramos en este punto hacer una afirmación fundamental de la cual sacaremos dos conclusiones: El poder tiene una finalidad diferente de sí mismo a la cual llamamos el bien común. Esta finalidad puede ser descrita con las palabras de Ladriére: “El contenido efectivo del bien común es de naturaleza ética: es la finalidad real de la vida colectiva, es decir, la instauración de una comunidad verdadera, de una vida común en la cual los individuos encuentran una verdadera satisfacción porque se reconocen los unos a los otros en su realidad humana verdadera, en su dignidad, en su libertad,. La instauración de una comunidad tal representa una tarea infinita. La realización del bien común no puede ser concebida como la ejecución de un programa determinado: ésta es el encaminamiento en la dirección de una verdadera comunidad”[3].

El poder, como toda realidad social y natural es para la fe cristiana un instrumento al servicio de la comunidad humana, de su humanización y liberación permanente. Y, cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo, sea bajo la forma económica de la riqueza o bajo la del dominio propiamente político, estamos frente a una aberración que el Nuevo Testamento denuncia expresamente como idolatría (cfiApoc. XIII; Ef V, 5).

De este principio básico podemos sacar dos conclusiones:

  • Los medios en política deben condicionarse al fin y, por así decirlo, adelantarlo en ellos. Esto significa sencillamente que no cualquier forma de lucha política es legítima y que los criterios de eficacia no pueden ser los determinantes en la elección de las medidas que han de tomarse. Hay ciertas barreras que no pueden ser franqueadas nunca, por cuanto constituyen una degradación de la vida humana en sociedad: así, la mentira que busca la destrucción política del adversario, la calumnia, la tortura, la compra de las conciencias y la violencia física o sicológica sobre seres inocentes. En seguida, hay criterios positivos que deben guiar la vida política del cristiano: reconocer en el adversario a un hombre que tiene derechos y que, es capaz de respetar y merece respeto en el seno mismo de la lucha política, lo cual implica reconocerle a ésta su posibilidad de humanizarse por la negociación razonable (lo cual no niega el uso legítimo de la presión política). En suma, se trata de que el cristiano encauce el reconocimiento mutuo de los grupos en pugna. Esta tarea es también inacabada y se debe retomar a cada paso en la vida política de un pueblo; ella exige un sentido moral permanente que permita escoger atinadamente los medios a la vez más justos y más eficaces para acercar a la sociedad hacia el bien común.
  • El servicio a la comunidad debe ser el centro de interés y la tarea permanente del militante político cristiano. Esto no es sino una perogrullada, pero esconde muchas exigencias básicas nada fáciles como son la apertura a las necesidades concretas de los más pobres; el servicio desinteresado para satisfacerlas, no con el ánimo de un estrecho proselitismo sectario si no en una auténtica irradiación de los valores de justicia y fraternidad; el vivir personalmente en la austeridad y en el sentido de comunidad ; la renuncia a buscar el poder para el propio beneficio usando a los demás como plataforma de prestigio; el ejercicio permanente del diálogo entre los compañeros de ruta que exige saber perder y, cuando se gana, no humillar al vencido.

Como se puede apreciar una vez más, el cristiano en política es exigido por su fe más que nadie a vivir las virtudes humanas básicas; sólo con una gran dosis de este heroísmo cotidiano es posible construir una sociedad de hombres solidarios y libres. Es algo, que, si los cristianos que actúan en política llevaran a efecto con más profundidad y en mayor número, los haría invencibles.

  1. c) Una Creatividad Responsable

En los dos puntos anteriores hemos visto que en definitiva el cristiano se entrega a la política con un sentido personalista del hombre y con un criterio moral para orientar su acción. El Evangelio vivido opera en él como una luz en torno a valores humanos básicos que procura día a día vivir en su compromiso concreto.

Esto significa que los cristianos deben implementar esta orientación básica en el espesor de las condiciones económicas, sociales, políticas y culturales de la sociedad en que viven. En ese campo, se abre una dimensión de creatividad donde no hay modelos prefijados ni válidos para todas las sociedades y donde hay que proceder de acuerdo con las posibilidades concretas que se perfilan como realizables en un momento dado. Allí opera, junto con los criterios éticos arriba señalados, un conjunto de mediaciones técnicas que se despliegan en el campo de lo económico, de lo social y de lo político, las cuales permiten la elaboración de modelos y programas específicos para un lapso de tiempo determinado.

Podríamos ejemplificar más precisamente este tema refiriéndonos a dos tópicos hoy en discusión en muchos círculos: el del socialismo y el de la democracia.

Entiendo por socialismos, de una manera muy general, la propiedad social de los medios de producción y un control planificado de la misma; el cristianismo no ve en ella nada objetable. Pero más allá de este juicio ético general de valor es imposible extraer de la fe cristiana elementos más concretos para elaborar un modelo. Allí está la tarea de la imaginación creadora y de la capacidad técnica de los cristianos que, guiados en su búsqueda por el criterio moral general señalado, deben responder eficaz y realistamente a interrogantes como los siguientes: ¿Qué posibilidades se dan aquí y ahora para transformar la economía en una perspectiva socialista sin graves costos sociales’, ¿qué tipo de planificación se necesita?, ¿ cómo lograr aprovechar la iniciativa creadora de los individuos en el marco de una economía socializada?, ¿qué autonomía se le da a las empresas para salvaguardar su eficiencia?, ¿ cómo organizar el régimen de remuneraciones de la manera más igualitaria y personalizante?, ¿ a través de qué medios se promueve la participación en la decisión de la economía por parte de las mayorías organizadas?, ¿ qué mecanismos se crean para incentivar la producción y el ahorro?, ¿ qué estatuto se le confiere a la propiedad de los medios de producción, de manera de asegurar para todos la personalización de su trabajo?, ¿ se suprime o se controla el mercado?, etc.

Esta y otras cuestiones posibles son susceptibles de distintas soluciones concretas de acuerdo con las circunstancias; para el cristiano no hay dogmas al respecto y es importante, por lo tanto, que las palabras, los modelos y las medidas económicas no se conviertan en fetiches sacrosantos e intocables. Finalmente, lo que importa es que las medidas de conjunto que se adopten, signifiquen aquí y ahora una vida más digna para las grandes mayorías nacionales, lo cual implica que sean a la vez eficaces, de libertad solidaria para cada persona y grupo social. Y esto, sabiendo que lo idealmente óptimo, no es siempre lo concretamente mejor.

Algo semejante podría decirse con respecto a la democracia. Si la entendemos como un sistema político caracterizado por el gobierno de la mayoría elegida por el pueblo, el respeto de las minorías a ejercer su oposición, el debate público sobre los problemas nacionales, la pluralidad en la información y en la cultura y la posibilidad de ser protegido de los abusos o injusticias del poder público, lo que supone una relativa autonomía del Poder Judicial; si éstos son los constitutivos mínimos de la democracia, tal como se han ido configurando a lo largo del tiempo, es evidente también que tal sistema representa para el cristiano mejores posibilidades de libertad individual y de humanización de los conflictos que un gobierno dictatorial de cualquier signo ideológico que sea. Más allá de este juicio general comienzan los problemas: ¿ Qué posibilidades tiene un país preciso de desarrollarse a través de la democracia si ella es manejada por minorías oligárquicas o si no hay posibilidades mínimas de consenso?, ¿ cómo lograr que la democracia no se reduzca a mecanismos formales de procedimiento, incapaces de hacerse operantes en la vida social?, ¿ cómo darle a la democracia agilidad para que las decisiones sean oportunas y eficaces?, ¿ es el Parlamento una buena expresión de la democracia?, ¿ basta la participación del pueblo en las elecciones?, ¿ cómo ensanchar la educación política de las mayorías para que ejerzan sus derechos y cooperen en la elaboración de programas y leyes?, ¿ cómo paliar la manipulación de la opinión pública?, ¿ cómo controlar eficazmente los centros de poder?, etc.

En todos estos problemas el cristiano es llamado a pensar y plantear soluciones creadoras, sin que tampoco aquí pueda rígidamente apegarse a modelos o instituciones. También el problema reside en buscar aquellos mecanismos que puedan dinámicamente ahondar la democracia en la línea de facilitar el diálogo abierto entre comunidades autónomas y solidariamente ordenadas al bien común, tal como éste fue definido más arriba. Por supuesto que debemos hacer la misma precisión que consignábamos a propósito del socialismo: la plena democracia a todos los niveles es una tarea históricamente permanente y ningún logro es plenamente satisfactorio.

Con estos ejemplos y otros que podrían traerse a colación, hemos querido destacar el dinamismo creador que da la fe a la acción social y política: lo único absoluto y definitivo es el hombre concreto en tal momento histórico y en tal sociedad al que hay que servir como lo único permanente y al cual se subordina todo lo demás. ¿ No es ése, por lo demás, el criterio con que nos juzgará Cristo al final de los tiempos? “Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve preso y me visitasteis…” (f Mt. XXV, 31-45).

Terminaremos estas líneas enjuiciando brevemente los dos excesos a que hacíamos alusión al comenzar:

1)  ¿ Es posible deducir del cristianismo una visión completa del mundo y un modelo exhaustivo de sociedad? A la luz de lo dicho la respuesta es obviamente negativa. Lo que hemos llamado un “humanismo cristiano” se ha vertido en muchas filosofías o concepciones del mundo, pues es más una “sabiduría”[4] sobre el hombre como ser libre, trascendente y fraternal, en resumen, como persona, que una filosofía estructurada; lo cual no impide que se la pueda desarrollar en esta perspectiva (v.gr. el “tomismo” de Maritain o el “existencialismo” de Marcel). En cuanto a un modelo de sociedad, el asunto es aún más evidente. Quizás la gran limitación de la doctrina social de la Iglesia haya sido su pretensión de explicitar en forma demasiado concreta un tipo de sociedad, sin mostrar el carácter contingente y exploratorio de estas precisiones. Así se han presentado, muchas veces, de modo tal que aparecerían como normativos, aspectos enteramente discutibles (v.gr.; rol del estado, propiedad privada) y modificables en sociedades tan dinámicas como son las modernas. Esta pretensión de construir una sociedad según un modelo social, político y económico apriorístico ha provocado un rechazo legítimo de la Doctrina Social de la Iglesia, pero se lo ha hecho a veces sin discernimiento, pues con él se han echado por la borda también los principios básicos que la inspiraban y que hemos llamado más arriba el humanismo cristiano.

2)  ¿ Es dable negar todo aporte específico de la fe cristiana a la construcción de la sociedad? Hay quienes lo sostienen, so pretexto de que la fe opera en este terreno a través de mediaciones científicas que conllevan un método de análisis, una estrategia política que tiene su propia racionalidad y tácticas coyunturales precisas.

La fe no tiene nada que decir al respecto y por lo tanto, ella no asume en su integralidad un proyecto político científico. ¿ Qué papel cumple entonces la fe? A juzgar por los escritos de los que así piensan, ella aportará una mayor exigencia de generosidad en la entrega a la causa, un suplemento de alma en la acción y una integración consciente de este proyecto en uno más vasto que es finalmente la liberación que trae Cristo.

Nos parece que esto es demasiado poco: en primer lugar, un proyecto político debe ser juzgado por la fe cristiana no sólo en su utopía finalista (v.gr.; la sociedad sin clases libre de toda explotación) con la cual hay un acuerdo genérico pero muy formal, sino también en el modelo político concreto a través del cual ella se quiere construir. No todo modelo de sociedad humaniza y hace más libres y fraternales a los hombres; a menudo, él puede en los hechos contradecir sus pretensiones ideales. Es lo que ha sucedido con el capitalismo y con el socialismo de inspiración marxista y es bueno no olvidarlo. En este sentido, la fe cristiana a través de la imagen del hombre que ella implica puede y debe ejercer correctivos fundamentales a los proyectos políticos. En seguida, la política no es sólo una acción moral que, como señalábamos más arriba, implica medios dignos del hombre. Si se olvida este principio básico, la política se subordina enteramente a sí misma y al poder, abriendo la puerta al maquiavelismo en todas sus formas.

Por eso, en definitiva, sostenemos que la fe cristiana tiene algo fundamental y específico que decir a la acción política: el de ser un criterio moral orientado en la elección de los modelos políticos y de los medios de acción los cuales deben estar siempre al servicio del hombre concreto en una perspectiva de libertad de los individuos y solidaridad fraternal entre todos.

Terminaremos estas líneas con una observación final; los cristianos deben vivir incansablemente construyendo aquello que esperan: un cielo nuevo y una tierra nueva donde todos los hombres serán hermanos y vivirán como tales. Con sus manos de hombre, la construyen día a día y a lo largo de toda la historia; saben que ello es finalmente un don del Padre y que sólo será realidad plena cuando el mismo Dios se revele y sea El todo en todos. (1. Cor. XV, 28). Pero sabe también que su participación futura en ella depende de la actitud de la caridad y de la fuerza generosa con que haya cooperado, en la medida de sus posibilidades, a construirla desde ya en esta tierra. Su esperanza es así activa y busca prefigurar en el hoy de la historia el mañana eterno del Reino de Dios.

 

[1] 1 Este trabajo sorprenderá a muchos por el hecho de que enfatiza la descripción de la fe cristiana en su explícita referencia al misterio de Cristo tomándolo como punto de partida de la reflexión. En efecto, con frecuencia se suele trabajar este tema a partir del humanismo cristiano entendido como una constelación de valores humanos compartióles también por no cristianos. Esta perspectiva es legítima y no está ausente del trabajo. Con todo, nuestra pretensión ha sido destacar por qué la actitud de fe y la experiencia que ella conlleva debe ahondar este humanismo e impedir su degradación en fórmulas abstractas , en estructuras sociales rígidas o en concepciones ideológicas demasiado generales. Al revés de lo que pudiera creerse, se trata precisamente de mostrar que la fe asumida seriamente es un acicate par la vida social, por cuanto revela al hombre en sí mismo, lo sensibiliza frente a su tarea de humanización permanente y lo abre en esperanza a un futuro mejor. Que este humanismo sea compartido por muchos no creyentes, no es sino la manifestación histórica de que la fe no se superpone a la vida humana sino que viene siempre a ratificar y profundizar algo que ya los hombres viven y expresan, a veces en forma explícita, por el solo hecho de existir.

 

[2] En sentido estricto, porque no hay duda que toda actitud humana revierte indirectamente sobre toda la sociedad.

 

[3] 3 J.Ladriére: “Le Pouvoir” en Pour una d émocratie efficace. Librairie Universitaire, Louvain, 1965

 

[4] 4 La expresión “sabiduría” indica precisamente un saber básico y connatural que permite juzgar y actuar correctamente desde un punto de vista moral, en la contingencia concreta de una situación. Implica la idea de experiencia y sensibilidad.

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