Inicio > Articulos de interes > El cristianismo no es irracional

El cristianismo no es irracional

El cristianismo no es irracional

23.04.17 | 20:24. Archivado en Acerca del autor

Una acusación típica es que el cristianismo, y las religiones en general, son irracionales. Se admite una necesidad del hombre en buscar algo trascendente, una realidad infinita, una vida más allá de la muerte. Pero todos estos intentos, según muchos, no son más que maniobras psicológicas que dan lugar a una serie de mitos y creencias anticientíficos, instrumentos de poder y manipulación al servicio de los gobernantes o poderosos de turno.

De entrada, podemos decir que si todas las culturas del mundo tienen alguna religión es porque esta sed de infinito no es algo irrazonable ni absurdo, sino connatural al ser humano. El hombre percibe que en la realidad que lo envuelve hay algo que lo sobrepasa: se reconoce limitado ante la grandeza del universo, y reconoce que él mismo no se da la vida. Algo o alguien tienen que estar en el origen de todo. Llegar hasta aquí no es irracional: la razón nos dice que todo lo que existe tiene que tener una causa… o bien existir desde la eternidad. Decir que todo viene del azar es una forma de disfrazar la ignorancia o de dar nombre al absurdo o a la nada.

Ahora bien, ¿qué es ese origen? ¿Cómo es? ¿Hablamos de un Dios, de un grupo de dioses, o del mismo universo deificado, que se crea a sí mismo y evoluciona?

La ciencia: una visión nueva del mundo

El desarrollo de la ciencia en Occidente supone un cambio radical en la forma de ver el universo, y también el nacimiento del pensamiento ilustrado y la crisis en la fe religiosa. El método científico ha resultado muy útil para conocer el mundo físico, y lo sigue siendo. Este método se basa en la observación y la experimentación: todo lo que caiga fuera de este campo no puede estudiarse.

Por eso la ciencia no puede decir nada de Dios, ni de un ser trascendente, ni de una vida más allá del universo físico. No puede porque tanto Dios como el “cielo” están fuera del campo de estudio científico. Pero que la ciencia no pueda decir nada no quiere decir que no existan.

El problema con la ciencia y el racionalismo es que han querido agotar la realidad: se han erigido como las únicas formas de conocimiento y todo lo que no puedan abarcar, simplemente no existe o es un invento. Negar lo que no se puede conocer es la actitud de muchos racionalistas y pensadores ateos, pero esta actitud es muy dogmática y poco científica. ¿Cómo hubiera avanzado la ciencia sin mentes abiertas, exploradoras y flexibles, capaces de ir más allá del mundo conocido en un momento dado?

Pero la realidad completa es algo más que el mundo físico que podemos estudiar con métodos científicos. No hace falta ir muy lejos. Nuestra propia vida espiritual: el amor, el arte, los sentimientos, la imaginación, el impulso solidario, los valores… Todo esto son realidades no científicamente comprobables, ¡pero muy ciertas!

La fe no es irracional

Cada día estamos haciendo actos de fe. ¿Qué es fe? Fe no es creer en algo a ciegas, de modo irracional. Fe es creer algo que te comunican porque te fías de quien te lo dice. Cuando vamos a la escuela o a la universidad tenemos fe en los maestros que nos enseñan. Cuando leemos la prensa o vemos la tele tenemos fe en las agencias de noticias. Cuando vamos al médico tenemos fe en sus conocimientos y seguimos sus instrucciones sin cuestionarlas. El 90 % de lo que aprendemos es por fe, lo creemos porque nos lo han dicho nuestros padres, los profesores, los médicos, los libros o los medios de comunicación. Tan sólo un 10 % de lo que sabemos lo sabemos por experiencia directa o por nuestros razonamientos propios. En cuanto a la ciencia, ¿quién es capaz de elaborar y demostrar un teorema o una hipótesis como la relatividad? Muy pocas personas: la mayoría lo aprendemos porque unos lo han descubierto, otros lo han estudiado y otros nos lo han transmitido.

Si esto ocurre con las cosas del día a día, veremos que en el caso del cristianismo sucede algo similar. ¿En qué creemos los cristianos? Mejor dicho, ¿en quién? En Jesús. Y creemos que es Dios, que resucitó y que nos llama a vivir en plenitud, una vida eterna y con sentido.

¿Por qué lo creemos? Vayamos a los orígenes. ¿Por qué los primeros cristianos creyeron en las predicaciones de Pedro, Juan, Santiago y los demás apóstoles? En primer lugar, porque ellos fueron testigos directos de lo que predicaban. En segundo lugar, porque la gente vio su entusiasmo y su coherencia vital. En tercer lugar, porque todos ellos murieron por comunicar a Jesús y su mensaje. Y finalmente muchas personas creyeron porque vieron cómo vivían las primeras comunidades. Daban ejemplo de amor, solidaridad, alegría. Contagiaban vida. Atraían y acogían. En los tres primeros siglos de vida, el cristianismo fue una minoría muy humilde y a menudo perseguida por los gobernantes. Si no hubieran dado testimonio con una vida alegre, generosa y fraterna no hubieran entusiasmado a nadie.

Nos fiamos de los apóstoles, y de todos los que han tomado su relevo a lo largo de los siglos. Y los apóstoles no inventaron nada. Sólo hablaron de su encuentro con Jesús, vivo, resucitado, y de cómo esto les cambió la vida. Una ficción no cambia la vida a nadie; como mucho puede dar un momentáneo bienestar, frágil e ilusorio. Las mentiras se descubren pronto y ningún impostor muere entregando valientemente su vida por amor.

Nuestra fe, por tanto, no se basa en sentimientos ni en ilusiones. Se basa en hechos reales y en testigos fiables. Es objetiva, firme, individual porque cada uno cree, y colectiva porque se vive en comunidad. Es una fe que puede cambiar personas, grupos, culturas y hasta el mundo. Por mucho que se quiera negar la relevancia del cristianismo, hay hechos incuestionables. Los derechos humanos, la protección del más débil y la expansión de una cultura solidaria y pacífica a nivel mundial beben directamente de la raíz cristiana.

¿Por qué no creer?

Las personas que no creen y que han abrazado posturas agnósticas o ateas, se fundamentan básicamente en tres cosas. Una, que la ciencia no puede explicar a Dios. Dos, el problema del mal: si Dios existe, ¿por qué permite el mal en el mundo? Y tres: los grandes interrogantes del ser humano, ¿quién somos?, ¿por qué existimos?, ¿tiene sentido la vida y el universo?, no tienen respuesta. La existencia es una realidad efímera, trágica y absurda, no vale la pena buscar explicaciones. Los mismos científicos lo reconocen así: la ciencia puede responder a la pregunta de «qué y cómo» son las cosas, pero no al «por qué» existen las cosas.

Quedarse con el absurdo existencial es una postura respetable, por supuesto, pero no es más razonable que tener fe y creer que las cosas tienen un sentido y un por qué. Decidir que la ciencia tiene la única explicación posible de la realidad y cerrarse a otras formas de conocimiento no es más que una elección personal y subjetiva. Es idolatría de la ciencia y sus motivaciones son más subjetivas e ideológicas que racionales.

¿Por qué creer?

Con la razón se puede justificar la existencia de Dios, como lo hicieron los clásicos y los pensadores medievales, escolásticos y de otras escuelas. Creer que todo lo que existe tiene que tener un origen y un motivo es un axioma filosófico, apuntalado por la razón. Por tanto, no es irracional suponer que un Creador inteligente y todopoderoso ha creado este universo regido por leyes físicas y con un orden, una precisión y una armonía prodigiosos.

Si la razón puede justificar un Dios creador, las religiones son otras vías más intuitivas para intentar explicar quién puede ser este ser divino, cómo es y cómo interactúa con el ser humano.

La religión da una explicación a los grandes interrogantes humanos. Cada persona es alguien llamado a una misión en esta vida. La existencia tiene un sentido. En el caso del cristianismo, Dios se hace más cercano que nunca: totalmente humano, con Jesucristo. No es un Dios abstracto, ni impersonal, ni identificable con el mismo universo. Es un Dios personal y cercano, con el que es posible hablar y al que podemos amar.

¿Cómo lo sabemos?

Lo sabemos de primerísima fuente: por el mismo Jesús y todo lo que dijo e hizo, recogido por sus discípulos y transmitido hasta hoy. Ningún académico serio niega la historicidad de Cristo. Jesús de Nazaret no es una figura arquetípica ni mitológica. Fue un hombre real, viviendo en unos lugares concretos y en una época bien documentada históricamente. Pocos personajes de la antigüedad gozan de tantas pruebas de su existencia, corroborada por los testimonios escritos, no sólo de los evangelios, sino de autores no cristianos.

Los evangelios canónicos son escritos muy antiguos, recopilados a partir de una tradición oral que arranca de los mismos apóstoles, pocos años después de la muerte y resurrección de Cristo. Se conservan pruebas documentales y copias antiquísimas. La cuidadosa transmisión de los escritos a lo largo de los siglos es prueba del empeño en conservar al máximo la fidelidad a los relatos originales.

Tenemos hechos reales y testimonios fiables. Nuestra fe no es un mito ni una fantasía. Tenemos muy buenos y razonables motivos para creer en Jesús, creer en Dios y creer que nuestra vida está llamada a una plenitud que va más allá de la vida terrena.

 

Fuente: http://blogs.periodistadigital.com/en-la-frontera.php/2017/04/23/el-cristianismo-no-es-irracional

 

Anuncios
Categorías:Articulos de interes
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: