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Acción Católica: Formación para servir mejor

Acción Católica: Formación para servir mejor

Escrito por: ACGdeMadrid – miércoles, julio 01, 2015

 

 

 

INTRODUCCIÓN

Una de las características del mundo moderno en el que vivimos es la competitividad que existe. A los trabajadores se les exige un gran esfuerzo personal en sus trabajos y una gran especialización. Los campos del saber se han seccionado enormemente y cada cual tiene una grave responsabilidad en un determinadísimo aspecto de su trabajo.

Esta situación hace que el trabajador que quiera estar al día, tenga que dedicar muchas horas a la semana al estudio y a la lectura de sus especialidades. Se convocan cursos, masters, simposios… para aquellos que no se conforman con lo estudiado en sus carreras o en sus centros de estudios. Todos tienen una gran conciencia de que tienen que exigirse y que no pueden abandonar el esfuerzo personal si se toman en serio su trabajo.

Las empresas, por su parte, se especializan más cada día. Cada una hace una cosa bien concreta, bien determinada. Ahora bien, se consigue saber y trabajar con verdadera precisión. Todo esto unido a la economía del mercado que exige, en principio, precios más baratos, sin perjudicar la calidad del producto o del servicio.

En nuestro compromiso apostólico, en nuestro servicio a la Iglesia, en nuestra preocupación por dar un verdadero testimonio de fe en el mundo, también se nos exige seriedad en lo que decimos. Ese trabajar por el Reino de Dios, del que venimos hablando en los retiros mensuales desde que comenzamos este curso, nos obliga a estar también al día. No basta con un conocimiento somero y superficial de la doctrina cristiana. Los hombres y las mujeres con las que vivimos nos retan a dar razón de nuestra fe profundamente. No basta ya aquello que antaño se llamaba “la fe del carbonero”.

Tenemos que estar preparados ante los retos de este nuevo milenio. Como el Santo Padre nos escribía en la Novo Millennio Ineunte: “para la eficacia del testimonio cristiano, especialmente en estos campos dedicados y controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia”. Sobre todo y muy claramente, sabiendo razonar la doctrina cristiana defendiendo los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano.

Es por todo esto que en el retiro de este mes vamos a intentar profundizar en la necesidad de recibir una seria y profunda formación cristiana. Intentando que esta necesidad se convierta en un convencimiento que nos mueva a buscar y a pedir medios para crecer en la formación que debemos tener como seglares del siglo XXI.

EXPOSICIÓN DOCTRINAL

1.    LA FORMACIÓN COMO UN COMPROMISO.

 

Santo Tomás de Aquino distinguía entre ‘studiositas’ y ‘curiositas’. La primera es un verdadero y sincero deseo de saber, motivado por el servicio que se presta a los demás y con el que buscamos que Dios sea verdaderamente conocido y por ello amado. La curiositas, por el contrario, es el mero interés de estar enterado de las cosas, bien siendo éstas vanas, bien teniendo como único fin la propia vanidad.

Juan Pablo II recordaba la importancia de la formación a los jóvenes de Roma: “Hoy quien ocupa un puesto debe tener la competencia necesaria; es necesario prepararse. El general Wellington, el que venció a Napoleón, quiso volver a Inglaterra a ver la escuela militar donde se había preparado, y dijo a loa alumnos y oficiales: “Mirad, aquí se ha ganado la batalla de Watterloo” Así os digo yo a vosotros, queridos jóvenes. Tendréis batallas en la vida dentro de 30, 40, 50 años; pero si queréis vencerlas es preciso que comencéis ahora, perparándoos, siendo asiduos al estudio y a la clase” (Ángelus, 17-IX-78).

Para quien conoce al Señor, profundizar en su conocimiento deja de ser un mero entretenimiento o una actividad accidental, para convertirse en una verdadera necesidad. La formación es un compromiso que adquiere el hombre y la mujer que desean conocerle en profundidad, que le aman con sinceridad y que pretenden darle a conocer a los demás.

 

Así lo considera Juan Pablo II (Alocución 30-XII-1978). Quien de verdad quiere seguir al Señor entiende que el mayor conocimiento que tenga de Él le ayudará a amarle más y mejor. La formación se convierte en un medio de santidad. En la medida que conozcamos a Cristo y las exigencias de su amor, mejor podremos vivir nuestra vocación cristiana y nuestra vocación apostólica. La formación no es una mera curiosidad por cosas más o menos importantes, si se hace con rectitud de intención y con seriedad. Por que la formación es exigente.

De hecho la ignorancia es un verdadero instrumento de confusión y de daño para la madurez cristiana y humana. “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles…” (Hch 2,42). Al igual que los primeros cristianos, progresamos en nuestra formación profundizando en la persona de Cristo y en su misterio de salvación, conociéndole mejor cada día para amarle verdaderamente” (ACG, Regla de vida, 37).

El empeño personal por recibir una buena formación será ocasión en muchos momentos de poder ofrecer un sacrificio al Señor. Porque no podemos ocultar que nos costará, nos hará renunciar a otras cosas buenas incluso necesarias, a veces nos parecerá una pérdida de tiempo y dinero. Pero hemos de perseverar. Para ello es bueno tener una pequeña biblioteca personal, y otra a la que podamos acudir con facilidad para retirar libros.

2.    FORMACIÓN PARA ALCANZAR LA UNIDAD DE VIDA.

 

“Así nos lo recuerda el libro “Permaneced en mi amor. Una regla de vida para los jóvenes de Acción Católica General de Madrid” publicado por el consejo Diocesano el año 1996, en su número 35:

“Para alcanzar la unidad de vida manifestada en estas actitudes necesitamos una formación integral (espiritual, doctrinal, humana…) que englobe todos los aspectos de nuestra vida”.

La unidad de vida es fundamental en la vida del cristiano. Hay que hacer posible que lo que creemos se visualice en nuestra vida personal, se traduzca en obras concretas. La lucha por la santidad consiste claramente en esta intención: que nuestro hacer se identifique con nuestro ser. Si lo que ha enseñado la filosofía más realista es cierto (operari secuitur esse), a nuestra condición de hijos de Dios debe seguir un comportamiento conforme a esta dignidad.

La formación doctrinal facilita esta integración entre la fe y la vida. Por supuesto luego está la libertad del hombre y nuestra condición de pecadores, pero en la medida que crezcamos en el conocimiento de la verdad más fácil nos será vivir conforme a ella.

Por otro lado, ese mayor conocimiento va acompañado, normalmente, por un mayor convencimiento de la bondad que esa verdad reporta a nuestras vidas. En otras palabras, estaremos más convencidos de que vivir conforme a nuestra fe no es simplemente un reto, sino, y sobre todo, una necesidad que nace de nuestro deseo de vivir en plenitud.

Para poder discernir a lo largo de nuestra vida cómo debemos actuar, qué opciones debemos tomar… es necesario, que nuestro entendimiento tenga todos los datos necesarios para poder valorarlos convenientemente. El discernimiento será posible sólo si adquirimos el debido criterio para poder juzgar, y ese criterio se adquiere por la formación doctrinal, además de por la necesaria oración que le debe acompañar siempre.

La ignorancia a veces puede disculparnos de un error o falta que podamos cometer. Pero en muchas ocasiones no son justificables nuestras incongruencias, porque lo que realmente ha existido es una verdadera dejadez a la hora de formarnos y de buscar medios para tener los conocimientos que nos ayuden a vivir conforme a nuestra condición de cristianos.

En la Acción Católica se nos enseña, además, que la formación “ha de ser entendida no como una simple adquisición de saberes, sino como el logro progresivo de un modo de ser, de pensar, de sentir, de actuar y de vivir personal y comunitario, profundamente cristiano” (La Acción Católica Española, Hoy).

3.    FORMACIÓN PARA EL APOSTOLADO.

 

“En un momento en que el apostolado resulta cada vez más difícil, se necesitan convicciones profundas y firmes. Y las convicciones no se pueden improvisar, sino que exigen una adecuada preparación” (Juan Pablo II, Discurso a la acción Católica Italiana, 11-I-87).

La formación no es un fin en sí misma. La formación personal ha de ser utilizada para el provecho personal y para el servicio a los demás. Tampoco la formación doctrinal puede buscarse por sí misma. El conocimiento de Dios y de su doctrina tiene como fin nuestra santificación, esto es, nuestra identificación con la voluntad de Dios y, por supuesto, el servicio a los hermanos.

Nuestra preparación intelectual nos ayuda a entrar en diálogo con la cultura contemporánea. Nos hace posible tratar con el resto de los conciudadanos sin complejos ni vergüenzas. La formación nos posibilita la influencia en nuestros ambientes, especialmente aquellos que están aparentemente más lejos de la fe y de la Iglesia.

Pero en un plano inferior, más de nuestra vida ordinaria, la formación nos da la oportunidad de dar testimonio de nuestra fe entre los nuestros. Los miembros de nuestras familias, los compañeros de trabajo, nuestros amigos y conocidos, las personas con las que nos encontramos todos los días tienen necesidad de la Verdad. Con la humildad de quien se sabe portador de un tesoro en una vasija de barro, y de un tesoro que no es suyo, sino que ha recibido gratuitamente y sin ninguna razón que lo justifique, tenemos la posibilidad de ofrecer a los demás esa verdad, que es Cristo Jesús.

“La educación de militantes cristianos es fundamental para la tarea evangelizadora de la Iglesia, a cuyo servicio está la Acción Católica. Formación de hombres y mujeres cristianos para impregnar todas las realidades del espíritu del Evangelio. Por eso, la formación busca despertar la vocación a la evangelización, lo cual exige ser cristianos maduros, que la fe cristiana sea una realidad vivida, porque se evangeliza a partir del testimonio y se testimonia a partir de lo que se vive. Por eso, la formación impulsa, motiva y renueva constantemente la máxima coherencia entre la fe y la vida” (Federación de Mvtos., La formación en la Acción Católica Española, 1.3).

Aunque Dios se puede valer de cualquier persona o situación para llevar el Evangelio, la formación se hace indispensable ante la llamada del Papa a ser luz y sal. “Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su ‘reflejo’. Es el mysterium lunae tan querido por la contemplación de los Padres, los cuales indicaron con esta imagen que la Iglesia dependía de Cristo, Sol del cual ella refleja la luz. Era un modo de expresar lo que Cristo mismo dice, al presentarse como ‘luz del mundo’ (Jn 8, 12) y al pedir a la vez a sus discípulos que fueran ‘la luz del mundo’ (cf. Mt 5, 14)” (NMI 54)..

4.    ASIENTO DE LA SABIDURÍA.

 

La devoción popular nos muestra muchas veces a María sentada con el niño Jesús en sus brazos, como queriendo entregárselo a quienes la observan. En ocasiones se le ha dado el título de “Asiento de la Sabiduría”, pues en ella se sienta nuestro Señor, Sabiduría eterna del Padre.

El mayor conocimientos de Dios viene de la contemplación y de la meditación de los misterios de Dios. María convirtió su vida en una continua contemplación del rostro de Dios y los misterios los guardaba en su corazón. Pidamos a nuestra Madre que nos ayude a buscar seriamente a Cristo, a dejarnos ayudar en nuestra formación y a llenarnos de esa sabiduría divina que la Iglesia nos enseña.

EXAMEN

  • ¿Busco tiempo para formarme bien? ¿Me excuso con facilidad a la hora de asumir un compromiso serio en la formación?
  • ¿Tengo deseos sinceros de conocer al Señor cada día más y mejor? ¿Me doy cuenta que sólo teniendo una formación profunda podré vivir conforme a las exigencias del amor de Dios?
  • ¿Pido consejo a la hora de leer? ¿Procuro dedicar todos los días un rato a la lectura? ¿Voy haciéndome con una biblioteca básica que me ayude a repasar lo que es fundamental?
  • ¿Tengo, al menos, el Catecismo de la Iglesia Católica y los Evangelios? ¿Los leo? ¿Los utilizo en mi oración? ¿Acudo a ellos cuando hay una cuestión a la que no sé responder?
  • ¿Defiendo con valentía las enseñanzas de la Iglesia? ¿Estoy enterado de lo que la Iglesia enseña en esas materias que se discuten tanto en la calle y en los medios de comunicación?
  • ¿Recomiendo libros a mis amigos, familiares y conocidos? ¿Entro en diálogo con ellos, intentado hacerles ver la luz y la verdad? ¿Me acomplejo ante quienes no comparten nuestra fe, me siento incómodo cuando me preguntan cosas sobre la fe o la moral?
  • ¿Invoco a María? ¿Encomiendo a mis amigos ante ella? ¿La tengo presente en mi vida cotidiana?

 

TEXTO

La formación de sus miembros ha sido siempre una característica de la Acción Católica. Hasta el punto que Pablo VI decía: “Otro principio constitutivo de la Acción Católica es la formación de sus miembros. No tema, pues, la Acción Católica exagerar en este punto, porque ésta es su ley, ésta es su fuerza”.

Juan Pablo II lo llama “compromiso”. “El modo de realizar el fin general de la Iglesia exige igualmente una formación para vivir la comunión, la comunidad eclesial y, en concreto, en el marco de pertenencia a la Iglesia particular. El viejo empeño formativo de la Acción Católica se inserta con fuerza en el compromiso de formar para lo asociativo y comunitario”.

Por su parte los Obispos españoles afirman que “la formación de los laicos es una prioridad de máxima urgencia para toda la Iglesia”. Recuerdan las orientaciones de la Exhortación Apostólica Christifideles Laici y proponen unas líneas concretas de acción.

Nuestros Movimientos, como ocurre en todas las asociaciones de fieles “alcanzarán tanto mejor sus objetivos propios y servirán tanto mejor a la Iglesia, cuanto más importante sea el espacio que dediquen, en su organización interna y su método de acción a una seria formación religiosa de sus miembros. En este sentido toda asociación de fieles en la Iglesia debe ser, por definición, educadora de la fe” . “En la Acción Católica la formación tiene como eje central la vivencia y el cultivo de la identidad cristiana sin más aditamentos. Si la Acción Católica es equivalente al laicado consciente de ser Iglesia y su fin es el de ésta, la formación en la Acción Católica tendrá siempre como eje central el lograr cristianos conscientes de su responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad”.

Para que esta formación sea integral, ha de atender necesariamente, como vertientes de una única tarea, la formación doctrinal, espiritual y apostólica, constituyendo un todo armónico orientado a la acción apostólica, con la que constantemente debe ser contrastada. “La formación ha de ser entendida no como una simple adquisición de saberes, sino como el logro progresivo de un modo de ser, de pensar, de sentir, de actuar y de vivir -personal y comunitario- profundamente cristiano”.

La formación doctrinal es insustituible y debe tener como objetivo la total “certeza y claridad sobre las verdades que se deben creer y practicar… pues si estamos inseguros, inciertos, confusos, contradictorios… no se puede construir. Particularmente hoy es necesario poseer una fe ilustrada y convencida para poder ser observantes y conscientes. El fenómeno de la ‘culturización’ de masas exige una fe profunda, clara, segura. Por este motivo os exhorto a seguir con fidelidad la enseñanza del Magisterio. Hoy más que nunca son necesarios una gran prudencia y un gran equilibrio, porque como ya describía San Pablo a Timoteo (2 Tim 2-3) sentimos la tentación de no aguantar más la seria doctrina y de seguir en cambio ‘fábulas doctas’”.

Consejo Diocesano de Acción Católica General de Madrid, Ideario, 27-28.

 

Fuente: http://accioncatolicageneral.blogspot.mx/2015/07/accion-catolica-formacion-para-servir.html

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