Inicio > Accion Catolica > Acción Católica: Para vivir el Misterio del Cristo Total

Acción Católica: Para vivir el Misterio del Cristo Total

Acción Católica: Para vivir el Misterio del Cristo Total

INTRODUCCIÓN

El descanso dominical, las vacaciones de verano y otros momentos en los que el hombre deja aparcado su trabajo profesional y se dedica al ocio, al descanso es, además de un mandamiento de Dios, una necesidad física y psíquica de la naturaleza del hombre.

Uno de los grandes problemas que encuentran los trabajadores de esta sociedad capitalista en la que se cuenta con la bolsa del paro, es que las empresas a veces les exigen renunciar a su tiempo de descanso para dedicarlo al trabajo, haciendo una verdadera injusticia con los hombres. Esto ocurre especialmente con los jóvenes trabajadores, los que están comenzando y tienen menos experiencia y por ello mismo, menos curriculum, y tienen que aguantar más las condiciones que se les ponen.

Cuando llega este tiempo de descanso, lo que hay que hacer es desconectar de la marcha habitual, cortar con todo aquello que ocupa la cabeza durante la mayor parte del tiempo y relajarse para coger nuevas fuerzas.

Por eso hay tanta gente que se va al campo, a pasear por la montaña. El cambio de actividad descansa no sólo el cuerpo, también el alma, la cabeza. Todo el hombre debe tomar aire fresco, respirar con fuerza. Muchas veces es una verdadera necesidad olvidarse de los problemas habituales del trabajo, de la presión de la competitividad. Los mismos niños necesitan jugar, ver cosas distintas, salir y no estar dedicados al colegio y a los estudios como si no hubiera otra cosa.

La televisión ha servido de escape en muchas ocasiones. Desgraciadamente más de lo que debiera. La televisión tiene un especial éxito justamente porque no obliga a pensar, todo nos lo dan hecho. No exige esfuerzo seguir el ritmo de lo que se nos presenta y por ello mismo es una verdadera evasión. En ocasiones hay que aprender a cortar con la televisión también, porque nos encierra mucho en nosotros mismos.

Algunos cristianos tienen el mismo criterio con su fe. Creen que hay que desconectar a veces de lo que es la religión. Son creyentes que cumplen una serie de normas mejor o peor, pero tienen claro que eso que creen no implica sus vidas. Son los que han convertido la fe en una especie de ideología. La fe no cambia mi forma de ser y tengo que saber cuando debo vivirla y cuando debo tomarme un “descansillo”.

Pues bien, el amor a la Iglesia, el compromiso cristiano no consiste en cosas que hacer, sino en ser. La fe implica una vivencia, un seguimiento. Por que no somos pregoneros de buenas ideas, somos discípulos, seguidores de un hombre, de un Hombre que es Dios. Nuestro especial sentir con la Iglesia no es una toma de postura ante determinados temas más o menos conflictivos, es una opción, es un talante, es un deseo de identificarme con ella, porque en ella encuentro sentido a lo que soy, a lo que amo, a lo que sufro. Hacer Iglesia, para un creyente, es serlo, es amarlo, es vivirlo, es disfrutarlo.

EXPOSICIÓN DOCTRINAL

1. LA FECUNDIDAD DEPENDE DE NUESTRA UNIÓN CON CRISTO.

Llevamos todo este curso procurando meditar sobre nuestro amor a la Iglesia, nuestro ser Iglesia, nuestro compromiso de Iglesia. Pero sería ingenuo no descubrir que de ese amor, ser y compromiso surge una espiritualidad propia. Un camino para progresar en la perfección evangélica que siendo seguro es, también, exigente. Es la espiritualidad que debe estar detrás de nuestra formación y de nuestros programas de acción: “no existe conciencia cristiana adulta si no es la fe la que preside, articula, informa y unifica el encuentro que se da en todo militante cristiano entre su ser hombre inmerso en la sociedad y su ser miembro de la Iglesia. Para el cristiano la fe es siempre el primer valor y el criterio decisivo” (La Acción Católica Española, hoy, II, 2, a, 4).

Realmente todo lo que un cristiano busca con la formación y con el trabajo apostólico es la santidad. Ese es el fin primero de la Acción Católica como asociación pública de fieles y el de la Iglesia misma. Juan Pablo II decía en los primeros encuentros que tuvo con los militantes: “La Acción Católica debe apoyarse decididamente sobre la santidad, todos sus miembros han de tener verdadera ansia de santidad” (Audiencia del 30 de diciembre de 1978). Con la finalización del Jubileo del año 2000, lo volvió a repetir, dirigido, esta vez, a toda la Iglesia: “Si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial” más aún, si hemos recibido el bautismo y estamos convencidos de que ha sido un verdadero don para nosotros sabemos que nos hemos puesto en camino del Sermón de la Montaña: ‘sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial’ (Mt 5, 48)” (NMI 31).

Los medios de formación que la Acción Católica pone a nuestro alcance, la misma Revisión de Vida que hacemos en equipo, tiene como primer propósito la conversión del corazón, para poder identificarnos con Cristo, nuestro Maestro y Señor. Cuando hablamos de la formación para tener unidad de vida, no decimos otra cosa que nos formamos para ser cristianos, no meramente para adquirir conocimientos. Queremos ser, queremos vivir, por ello lo que aprendemos nos es útil para mejorar, para descubrir actitudes que debemos cambiar, para vivir conforme a lo que queremos mostrar.

No podemos olvidarlo nunca, nuestro servicio en la Iglesia, sea cual sea, no nace de un altruismo personal, lleno de buena voluntad, como si se trata de una ONG más, ni de un participar de unas ideas hermosas que me parecen acertadas, convirtiendo nuestro ser Iglesia a una ideología. Nuestro trabajo apostólico, nuestra disponibilidad a las necesidades de la Iglesia y del mundo circundante nace de un convencimiento profundo, radical, vital, de que hemos sido elegidos por Dios para vivir con Él, para, finalmente, identificarnos con Él. A eso se le llama aspirar a la santidad.

Puede sonar pretencioso o un tanto exagerado ese deseo de ser santo. Pero no lo es. No olvidamos nuestra pobreza ni nuestra fragilidad, pero lo abandonamos en las manos del Señor, en quien hemos puesto nuestra confianza. Si fuera por nosotros, no nos atreveríamos a desear nada, mas si quien nos llama a la santidad nos la concede si nos abandonamos en Él, podemos estar seguros de alcanzarla. Para ser capaces de tan alta hazaña es necesario algo más que nuestro personal propósito y nuestra valía. Es Cristo, con su gracia quien hace posible, no sólo alcanzarlo, sino incluso desearlo. Con la fuerza de Dios nosotros vencemos el pecado y nuestra mediocridad.

2. SIGUIENDO EL CAMINO DE LA ORACIÓN.

“Os preocupáis por mantener con Él un diálogo constante mediante la oración personal, asociativa y litúrgica, la meditación y la ‘lectio divina’, la constante frecuencia de los sacramentos, de la Eucaristía y de la Penitencia. De la intimidad con el Señor nace el testimonio de la caridad. Y vosotros pretendéis alimentar este crecimiento sobrenatural mediante la regular dirección espiritual, los retiros y los Ejercicios espirituales, la filial devoción hacia la Virgen… Habéis adquirido el compromiso del rezo del Rosario, os habéis consagrado a María. En el camino cotidiano de santificación están junto a vosotros con el ejemplo y el consejo vuestros consiliarios…” (Juan Pablo II, Encuentro con los militantes de la Acción Católica Italiana, 21 de septiembre de 1991).

Lo primero es la oración. Sin ella el cristiano está indefenso, es débil, no puede ni luchar con las dificultades que la vida tiene, ni lanzarse a nuevos retos. Oración personal, y oración comunitaria. Oración que cada uno dirige al Padre con confianza filial y oración que los creyentes, como miembros del Cuerpo de Cristo, hacemos en unión de intención y de amor.

Oración no es sinónimo de abandono de nuestros compromisos más humanos. Nuestra oración, por ser la de los hombres, es profundamente humana y está atravesada de un amor grande por todos los hombres, cuyas intenciones, problemas, miserias y alegrías ponemos ante el Señor. Oración que convertimos en vida, porque queremos que nuestra vida sea iluminada por la de Cristo. “La espiritualidad no es un modo de huir de nuestro entorno sino un modo de vivir nuestra existencia en plenitud, siendo dóciles al Espíritu. Nuestros ratos de oración son momentos que no podemos desconectar del quehacer diario. No son un elemento añadido a nuestra vida, sino que la sustentan. Se trata de que ‘seamos oración’ haciendo de la vida concreta el lugar de nuestro encuentro con Dios” (Permaneced en mi amor, una regla de vida para los jóvenes de Acción Católica de Madrid, 61).

Cuando se habla de oración podemos pensar que se trata de una actividad propia de especialistas, de expertos, de privilegiados o, incluso, iluminados. Nada más lejos de la verdad. La oración es el resultado de un encuentro, del encuentro de Dios con el hombre. La vida de oración es un don que el Señor concede a todos los que con humildad e insistencia se lo piden. Todos podemos convertirnos en ‘profesionales de la oración’. “Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino ‘cristianos con riesgos'” (NMI, 34).

3. LA IGLESIA COMO MEDIANERA.

Junto a la oración, los cristianos contamos con la Iglesia, nuestra Madre, que nos engendró para Cristo en el Bautismo y que no nos abandona en nuestro camino de perfección.

La Iglesia, entre otras cosas, nos parte y entrega el Cuerpo de Cristo, nuestro Señor, en la Eucaristía, y nos sana de nuestras dolencias y torpezas en el sacramento de la Penitencia. Ambos sacramentos vigorizan nuestro empeño de santidad y nos posibilitan el continuar el camino del cielo. Son medios, no fines, en sí mismos, pero son necesarios, puesto que realizan en nosotros la salvación operada por Cristo en la Cruz.

La frecuente recepción de los sacramentos, especialmente el de la Santísima Eucaristía nos une del modo más perfecto posible aquí en la tierra con Cristo (cf. RH, 20). En la Eucaristía no sólo recibimos la gracia de Dios sino al mismo Autor de esa gracia, que se hace presente en el Pan y Vino Eucarísticos, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. La comunión eucarística transforma nuestro ser, nuestro amor, nuestra vida entera.

El sacramento de la Penitencia nos limpia de nuestros pecados, pero por si esto fuera poco, nos concede el don de Dios para vencer, para ser más dóciles, para superar nuestra pobreza. Por eso debemos acudir a él con frecuencia, con alegría, con deseos de identificarnos con Cristo. Por otro lado, la confesión frecuente con el mismo sacerdote, que nos conoce y exige, nos ayudará también a valorar la ayuda de la dirección espiritual, que, una vez más, sin ser en sí misma un fin, ha mostrado tantas veces su eficacia en las aspiraciones de santidad de tantos cristianos y de tantos militantes de Acción Católica.

A través de estos medios, Dios se hace presente. La Iglesia se hace mediadora entre Dios y nosotros, poniéndonos al alcance de la mano la gracia de Dios, la experiencia de su vida, la oración e intercesión de la Comunión de los Santos.

4. CONFIANZA FILIAL EN LA MADRE DE DIOS.

Una nota que identifica a los cristianos es nuestro amor a la Virgen María. En ella encontramos no sólo la atención cariñosa de nuestra Madre, que ya sería bastante, sino un ejemplo, una muestra, una imagen de lo que cada uno de nosotros y todos juntos como miembros de Cristo aspiramos ser algún día.

A Ella acudimos continuamente y en esta ocasión le rogamos por aquellos hermanos nuestros en la fe, hijos suyos, que más lo puedan estar necesitando.

EXAMEN

– ¿Busco en todas mis cosas a Dios y su gloria? ¿intento que todo lo que vivo y hago me ayuden a ser mejor hijo de Dios, a estar más cerca de Cristo? ¿aspiro realmente a la santidad?

– ¿Pongo los medios que están a mi alcance para tener más presencia de Dios a lo largo del día? ¿le pongo al Señor como fin de todas mis obras? ¿le ofrezco el trabajo, la vida de familia, el descanso?

– ¿Soy consciente de que la eficacia de mi apostolado, del de la Acción Católica y el de la Iglesia depende más de mi santidad que de mi esfuerzo personal? ¿procuro que este convencimiento se traduzca en obras concretas?

– Cuando me formo, leo, hago revisión de vida ¿busco la conversión del corazón? ¿quiero dejar al Señor que entre en mi vida con toda su fuerza y exigencia?

– ¿Busco diariamente tiempo para estar con el Señor? ¿lucho por hacer oración personal todos los días? ¿procuro llevar una vida litúrgica? ¿aprovecho los ratos que tengo de oración y los retiros? ¿acudo anualmente a los ejercicios espirituales?

– ¿Acudo con frecuencia a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia? ¿cuido la comunión eucarística? ¿me preparo con piedad para celebrar estos dos sacramentos? ¿tengo dirección espiritual? ¿la vivo con esmero y puntualidad?

– ¿Invoco a María en mis problemas? ¿la tengo presente a lo largo del día? ¿la miro como ejemplo y como ayuda en mi camino de santidad?
TEXTO

La fecundidad de la Acción Católica depende de su unión vital con Cristo . Cada militante de Acción Católica, consciente de su vocación a la santidad , tiene “ansia de santidad. La Acción Católica debe apoyarse decididamente sobre la santidad” .

Como toda santidad cristiana, tiene su comienzo en la consagración bautismal . Es la primera y fundamental vocación que exige de cada uno “el seguimiento y la imitación de Jesucristo” . Es pues una santidad real y concreta, por eso, en el citado discurso del 30 diciembre de 1978, el Papa añadía: “El compromiso de la santidad implica, por ello, austeridad de vida, serio control de los propios gustos y de las propias opciones, compromiso constante en la oración, una actitud de obediencia y de docilidad a las normas de la Iglesia, tanto en el campo doctrinal, moral y pedagógico como en el campo litúrgico.”.

Elemento de la identidad misma del militante de la Acción Católica es “vivir, como discípulos de Jesús y en proceso permanente de formación y conversión personal, los valores del Evangelio” . En el fondo lo que se afirma no es otra cosa que “todos los fieles deben esforzarse según su propia condición por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación” .

En distintas ocasiones la enseñanza del Papa al dirigirse a los miembros de la Acción Católica desciende a hacer una enumeración bastante minuciosa de los medios para alimentar la vida interior. Así, el 21 de septiembre de 1991, a los cien mil militantes de la Acción Católica italiana reunidos en Roma les enseñaba: “Os preocupáis por mantener con Él un diálogo constante mediante la oración personal, asociativa y litúrgica, la meditación y la ‘lectio divina’, la constante frecuencia de los Sacramentos, de la Eucaristía y de la Penitencia. De la intimidad con el Señor nace el testimonio de la caridad. Y vosotros pretendéis alimentar este crecimiento sobrenatural mediante la regular dirección espiritual, los retiros y los Ejercicios espirituales, la filial devoción hacia la Virgen… Habéis adquirido el compromiso del rezo del Rosario, os habéis consagrado a María. En el camino cotidiano de santificación están junto a vosotros con el ejemplo y el consejo vuestros Consiliarios…”.

El carisma específico de la Acción Católica es la vivencia del misterio del Cristo total, Cabeza y Cuerpo. De él surge una espiritualidad propia y peculiar, como camino exigente y seguro para progresar en la perfección evangélica. Esta espiritualidad ha de orientar toda la práctica concreta de la asociación: la formación y los programas de acción. “No existe conciencia cristiana adulta si no es la fe la que preside, articula, informa y unifica el encuentro que se da en todo militante cristiano entre su ser hombre inmerso en la sociedad y su ser miembro de la Iglesia. Para el cristiano la fe es siempre el primer valor y el criterio decisivo” .

Como norma insoslayable tiene que guiarse por la enseñanza insistente de los Papas , y del Concilio Vaticano II, y tiene que llevar a “mirar al hombre con los mismos ojos de Cristo” y a amarlo con el mismo amor del corazón del Hijo de Dios hecho hombre.

Consejo Diocesano de Acción Católica General de Madrid, Ideario, 27-28.

Fuente:
Anuncios
Categorías:Accion Catolica
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: