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Los Laicos y la función profética de la Iglesia

Los Laicos y la función profética de la Iglesia[1]

El Laicado Dominicano y la Predicación 6

Fr. Yves M. Conga?-, O.P.

La imagen puede contener: 13 personas, multitud, cielo y exterior

I – La evangelización requiere actualmente la participación de los laicos

[…] la Palabra que suscita la fe construye la Iglesia; y desde luego, en primer lugar, como palabra que da testimonio de Cristo y llama a la conversión. Es lo que se llama Kerigma, evangelización. Las palabras de Martín Dibelius: “En el principio era el Kerigma”, no son solamente verdaderas en cuanto a las formas literarias del Nuevo Testamento sino que contienen una verdad eclesiológica y una verdad histórica. La historia de la Iglesia o de su construcción, de la cual el libro de los Hechos es el modelo con la autoridad de un libro inspirado, es la Historia de la Palabra: “La palabra del Señor crecía, el número de discípulos aumentaba” (Hch 6,7; 12,14; 13,49; 19,20], Ésta es una verdad innegable y de gran importancia (¿la tienen suficientemente en cuenta nuestros manuales de Eclesiología?] pero no creáis que atribuyo la construcción de la Iglesia exclusivamente a la Palabra. Tengo buen cuidado de no olvidar los sacramentos, segunda forma del Pan de Vida. Palabra y sacramentos tienen, por otra parte, una unidad orgánica. La predicación es litúrgica la celebración debe ser profética, iluminada espiritualmente por la Palabra, que comunica su sentido a la fe de los fieles.

Pero de estas dos formas del Pan de vida, la Palabra es lógicamente la primera. El Kerigma precede a la conversión, a la catequesis, al bautismo. De ahí se deducen ciertas consecuencias, no solo para la pastoral, sino para la Eclesiología.

La Iglesia es esencialmente misionera…

[…] La obligación de la palabra incumbe a los Doce. De ellos se ha escrito (y notaréis la precisión y densidad de los términos]: “Él nombró a Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a anunciar” (Me 3,14]. Pero, ¿por qué les ha añadido setenta y dos discípulos, por qué el día de Pentecostés ciento veinte discípulos recibieron el Espíritu Santo al lado de los once (Hch 1,15], sino, porque en el designo de Dios la misión no es encargada al apostolado jerárquico solamente, aunque lo sea de modo especial? […]

[…] Es, pues, una ley Evangélica que todos los discípulos contribuyan, del modo que sea, al servicio de comunicar fe. Con Él y por Él somos enviados a anunciar su salvación o a dar testimonio de su amor…

Debe serlo ahora más que nunca en su laicado

[…] Resulta, de esta situación, que la hora de los laicos ha sonado en el reloj de la historia del apostolado. La misión de anunciar a Jesucristo les incumbe hoy de una manera nueva y más amplia […]

II-En principió es dogmáticamente posible que los laicos tomen parte en esta función?

[…] II.- Los laicos tienen también la responsabilidad de este testimonio.

[…] Así, pues, los fieles son también, todos colectivamente y cada uno personalmente, como miembro viviente del todo, el sujeto responsable de esta conservación y de este testimonio[2]. La fe les ha sido confiada en el bautismo como un depósito sellado por el Espíritu Santo. Han llegado a ser responsables al mismo tiempo que recibían la gracia y el poder de ser fieles. Este hecho se expresaba antes litúrgicamente, en el curso de la catequesis, en las dos ceremonias de la “traditio symboli”, entrega del resumen de la fe bautismal, y de la “redditio symboli”, profesión personal de la fe bautismal. El bautismo mismo acaba en la confirmación, uno de cuyos valores esenciales es hacer del fiel un testigo de Jesucristo en el mundo de los hombres. No será solamente un hijo en Cristo, viviendo para él solo, como hacen los hijos, sino un hombre en Cristo, insertado como tal en el mundo de los hombres, con la misión y la gracia de dar testimonio a su Señor.

Es la homología, la profesión, o mejor, la confesión de la fe.

Estoy de acuerdo con el P. Karl Rahner -y he demostrado ya, aunque menos bien que él, desde 1950 que-: la condición propia de los laicos se determina por el hecho de que su formación cristiana está determinada por su situación en el mundo, por su misión natural, a la cual no renuncian para servir al reino de Dios en la obra terrestre. No es renunciando a ella, sino en ella y por ella[3] como deben procurar la gloria de Dios. Pero no conviene olvidar, y quizás K. Rahner no ha desarrollado suficientemente tal aspecto, que el laico cristiano, sin abandonar esta situación, se encuentra en ella calificado como cristiano por la misión y gracia recibidas en su bautismo y su confirmación, a saber, como miembro de la comunidad celestial, llamado a guardar la palabra y confesarla. Por eso el laico cristiano no recibe solamente una misión cristiana en lo temporal, sino una misión dentro de la Iglesia como arca y signo de la fe. En la Iglesia, como Arca de la fe, para contribuir a guardarla con fidelidad; en la Iglesia como signo de la fe en el mundo y ante los hombres, para profesarla y confesarla[4].

Porque ellos son (también) la Iglesia

[…] En sana Eclesiología los fieles son también la Iglesia. ¿He de citar autoridades? Vuestros obispos no han cesado de deciros en sus recientes cartas pastorales: “La Iglesia somos nosotros, los fieles unidos a Cristo”, “Die Kierche, dassind wir, die mit Christus vereinten Gláubigen”’. El Santo Padre lo ha repetido muchas veces, en particular en su discurso del 20 de febrero de 1946: “Los fieles, y más especialmente los laicos, se encuentran en las primeras líneas de la vida de la Iglesia; ellos, por consiguiente, y de modo especial, deben tener conciencia, cada vez más clara, no solamente de pertenecer a la Iglesia, sino de ser Iglesia, esto es la comunidad de fieles sobre la tierra, bajo la dirección del jefe común, el Papa, y los obispos con él…”[5].

La Iglesia es un cuerpo orgánico. Por una parte, todos los miembros, todas las células de este cuerpo están vivas; por otra parte, no todos los miembros tienen la misma función en el cuerpo. Ya que no están animados de la misma manera por la única alma de este cuerpo, que es el Espíritu de Cristo.

No están todos animados para la misma cosa, ni de la misma manera. Los unos, los fieles (y los mismos miembros de la jerarquía, puesto que ellos son ante todo fieles) están animados para guardar, profesar y confesar la fe. Los otros, la jerarquía como tal, están animados para enseñar con autoridad, sancionar y definir la fe. Pero todos, con sus diferencias, forman un único sujeto, una única persona responsable, que es la Iglesia, la Ecclesia[6]. Así, pues teniendo en cuenta las diferencias entre el mando jerárquico, con los poderes y carismas que le acompañan, y la sencilla responsabilidad común de los fieles- forman todos orgánicamente un único sujeto de testimonio y evangelización. Ésta es la doctrina que nos han propuesto, en las últimas décadas, gran número de teólogos y obispos y el mismo Santo Padre[7]. Sólo citaré las palabras del cardenal Suhard:

“Así, pues, la tarea apostólica del sacerdote es clara. Ante los hombres a salvar, no dirá ‘yo’, sino ‘nosotros’. El artífice completo de la evangelización no es ni el simple bautizado, ni sólo el sacerdote, sino la comunidad cristiana. La célula de base, la unidad de medida en apostolado, es como una especie de ‘compuesto orgánico’, la inseparable dualidad: sacerdocio-laicado”[8] .

Si todo esto se funda en la naturaleza de la Iglesia, cuerpo orgánico, se funda en el plan de Dios; y finalmente se funda -es el fundamento último de todas las cosas, pues todas las cosas tienen algún parecido con Dios-, en lo que llamaría, si me atreviera, la estructura misma de Dios. El plan de Dios se nos presenta, del principio al fin, como reuniendo un principio comunitario y un principio jerárquico. He expuesto cómo se realiza esta unión para la Iglesia en cuanto a su fundación sacerdotal, real, profética y apostólica. Podría mostrarse lo mismo para la sociedad humana, desde la comunidad familiar hasta la sociedad política, pasando por los grupos universitarios, económicos, etc. Dos principios deben aliarse armónicamente, un principio de jerarquía y un principio de fraternidad. No es posible afirmar uno sin el otro; la jerarquía sin fraternidad es paternalismo; la fraternidad sin jerarquía es falsa democracia y anarquía. Algo así como lo que Pascal decía de la Iglesia: “La multitud que no se reduce a la unidad es confusión; la unidad que no depende de la multitud es tiranía”.

Fundamento de esta naturaleza comunitaria de la Iglesia en Dios mismo

Todo ello surge finalmente del hecho de ser Dios a la vez unidad y pluralidad, unidad absoluta de naturaleza y perfección, de vida y de gloria, pluralidad de Tres Personas participando perfectamente de esta naturaleza y perfección. Dios mismo es jerarquía y comunión: jerarquía, pues el Hijo y el Espíritu proceden del Padre, que es el Principio sin principio, “Fons Deitatis”, el origen de la Divinidad; comunidad, porque Padre, Hijo y Espíritu Santo son uno y no obran nunca el uno sin el otro. Existe entre ellos una especie de colaboración que la Iglesia, aquí abajo, debe esforzarse, durante toda su vida, tanto la de apostolado como la de la fe o como la del culto litúrgico, en imitar como modelo soberano[9].

III – Dogmáticamente necesaria la participación de los laicos en la función profética de la Iglesia. Los fieles participan en la maternidad de la Iglesia

[…] Cómo la ejercen concretamente

He hablado de la “traditio” y de la “reditio symbolii” en la catequesis. En el cristianismo antiguo, en el que se bautizaba sobre todo a los adultos, la catequesis precedía al bautismo; era un acto en el que la Iglesia, por medio de sus sacerdotes, respondía a una actitud personal de llegada a la fe. En la Iglesia de hoy, en la que el bautismo de los recién nacidos es lo corriente, presentar un niño al bautismo es, por parte de los padres cristianos, no sólo prometerlo a la catequesis de la Iglesia, una catequesis postbautismal -es decir, prometer, concretamente, mandarlo al catecismo-, sino comprometerse a darle una educación cristiana. Nosotros, sacerdotes, sabemos bien la diferencia total que existe entre hijos de familias cristianas, en los que nuestra enseñanza es sostenida por toda la acción educativa de la familia, e hijos de padres indiferentes u hostiles, en los cuales no encontramos una base ni una ayuda en la familia. Así comprendemos que en muchos casos, los más, donde la “traditio” y la “reditio symboli” siguen al acto sacramental del bautismo, los padres están, al menos en parte, con nosotros en el acto de la “traditio symboli”. Recordad cómo, ya bajo la antigua disposición del pueblo de Dios, los padres judíos aseguraban la transmisión de la fe en el Dios vivo (en “Yavé, que nos hizo salir de Egipto”] y en el conocimiento de sus grandes hechos; incumbía al padre de familia explicar a sus hijos el sentido de la Pascua (cf. Ex 12,25 ss]. Incumbe a los padres cristianos asegurar la “tradición”, la transmisión fiel, de generación en generación de la fe, el amor de Dios, de la oración, de las actitudes morales cristianas[10]. Si, son así, de una manera muy eficaz, aunque poco espectacular, agentes de la tradición o transmisión, en el sentido más teológico de la palabra. Por eso suscribo plenamente lo que escribía en 1851 el P. Wilmers – desgraciadamente su editor de 1922, el P. Auguste Deneffe, ha suprimido este bello pasaje en la octava edición de su Lehrbuch-; se trata de la tradición en el sentido activo de “transmitir”: “esta verdadera propagación (de la fe] no se identifica enteramente con el magisterio eclesiástico. Este magisterio, o mejor el ejercicio del magisterio, representa un modo de propagación. Pero todos los fieles, y en particular los padres cuando instruyen a sus hijos en la fe, participan de la propagación o transmisión del depósito”[11].

No creáis que sea poca cosa esta colaboración de los padres cristianos en el anuncio del evangelio que debe hacer la Iglesia. ¿Acaso no dice San Agustín a los padres de familia que tienen una función de obispos?[12]. Consideremos ahora a los fieles, no ya en la célula de Iglesia que es la familia, sino en la comunidad eclesial pública, es decir, concretamente como miembros de las parroquias o de los diferentes grupos u obras católicas: Acción Católica, etc…

Los fieles y el deber que tiene la Iglesia de ser un signo del Reino de Dios

Una primera forma de participación de los fieles en la función evangelizadora de la Iglesia es el papel que han de representar más o menos activamente en el deber que tiene la Iglesia de ser, para el mundo, un signo del reino de Dios. Éste debe incumbir a la Iglesia total, pero incumbe también a cada comunidad local, yen este aspecto voy a considerarla.

[…] ¿Es mucho decir? Veamos si es imponer a los cristianos una misión demasiado pesada el afirmar esto: es preciso que su vida personal, sus actividades y sus comunidades sean signo o parábola del Reino de Dios, que tengan un valor de llamada a la conversión. Y no sólo a la de los hombres que están fuera, sino también a la suya propia y a la de los demás cristianos. En resumen, incumbe a todos los cristianos el cooperar a hacer que la Iglesia sea, en medio del mundo, un poder de evangelización. Evangelización, que consiste en presentar el hecho de Cristo, de su llamada, de su acción liberadora. Evangelizar no es sólo predicar el dogma y obtener la adhesión de un hombre que en adelante irá a misa; es introducir a Jesucristo y sus soberanas exigencias en la vida de los hombres, tanto en su vida real, ordinaria y cotidiana, como en la de los momentos en que se encuentran frente a grandes y difíciles elecciones.

¿A qué obliga concretamente el programa que acabo de esbozar y que corre el peligro de pareceros algo ideal? Obliga a tomarse muy en serio las exigencias morales y espirituales del cristianismo, del Evangelio, más allá de las “honorables” prácticas que satisfarían a las exigencias del sistema católico, sin responder verdaderamente a las llamadas del Evangelio. Tomaremos en serio la oración, la cruz, el amor fraternal, humilde y dispuesto; buscar de nuevo la verdad de las actitudes, de las celebraciones, evitar el ritualismo que peligra invadir no sólo la liturgia, sino la predicación, las obras, etc.

El testimonio de la palabra completa el signo

En el Evangelio, palabra y signos aparecen juntos, el signo no toma todo su valor más que alumbrado por la palabra. Es necesario, pues, volver a la palabra propiamente dicha. Los laicos tienen parte en ella todavía. Hay muchas maneras de enseñar. Cualquiera puede tomar en su casa a un niño retrasado y explicarle su catecismo de manera oficial, sobre la base de un acuerdo amistoso con el sacerdote o de un mandato oficial, de una verdadera “misión canónica”. Un laico puede estudiar y enseñar científicamente las disciplinas sagradas. Puede ser llamado por la jerarquía a tomar parte en las asambleas de estudios que elaboran en conjunto la doctrina o la pastoral. La jerarquía espera la aportación de los fieles, especialmente cuando se trata de materias sociales, de problemas impuestos por las nuevas técnicas a las que es preciso apreciar y dirigir a la luz del Evangelio.

[…] Sí, los sacerdotes, cuando no son al mismo tiempo algo profetas, dicen lo que es necesario decir. Pero los laicos, por supuesto, si hablan de Dios hablan de Él porque creen. Su palabra podría tener algo de más profético. Además, mezclados en el dinamismo del mundo, participan más que los clérigos en sus vibraciones. Las expresiones de la fe que proponen en el plano cultural o en de los compromisos humanos inspirados por la fe, tienen a veces menos equilibrio, pero a menudo más vida y más savia, más “tono” también que los de los clérigos.

[…] Los fieles cooperan también en la actividad de enseñanza de la Iglesia con sus preguntas

Puesto que acabo de hablar de las relaciones entre clérigos y laicos, quisiera hacer notar aquí un modo, si no de enseñar directamente, por lo menos de cooperar en la enseñanza de la Iglesia, que los laicos pueden practicar y gracias a Dios practican de hecho. Consiste en plantear preguntas a sus sacerdotes, a la jerarquía, en manifestar si no exigencias, al menos demandas. Una larga práctica de vida intelectual y de enseñanza me ha convencido de que la fecundidad proviene sobre todo de las preguntas: son los gérmenes vivos. Las respuestas valen lo que valgan las preguntas formuladas. La respuesta sin pregunta, al pie de la letra, no contesta nada: podrá ser un rito de la palabra no una palabra viva. Es una palabra desvitalizada.

[…] Hay, pues, para el sacerdote una manera de aprender y correlativamente para los laicos una manera de enseñar- que me parece muy efectiva donde se ejerza realmente. Lo notable es que problemas, preguntas o sugerencias, cuando vienen de los laicos, tienen un acento de verdad. Son reales, auténticas. Y así también, en consecuencia, exigentes. Algo bien distinto a “lo que es necesario decir…”

 

 

[1] 1.       – Extracto de: Y. M. Congar, Si sois mis testigos, Barcelona, Estela, 1965, pp. 116 ss.

 

[2] 2.       – Cf. M.J. Scheeben, Dogmatique, pár. 13, n. 1170 y 15, n. 200; Y.M. Congar, Jalones para una teología dellaícado, Barcelona, Estela,

1961, pp. 322-344.

[3] 3.       – Cf. Y.M. Congar,Jalones…, cap. 1, pág21;K. Rahner, L’ApostoIat desLaics, en la Nouv. Rev.Theol., t. 78 (enero de 1956), pp. 3-32.

[4] 4. – Citado por W. Becker, en “Der Weg aus dem Ghetto”, Colonia, 1955, p. 83.

[5] 5. – ActaApostolicaeSedis, 1946, p. 149; Docum. Cathol., 17 de marzo de 1946, col 176.

[6] 6. – Cf. Y.M. Congar,/o/ones…,pp. 349 ss.; comp. Ch. Journet, L’Églisedu Verbelncarné, 1.11, París, 1951, pp. 989-1025.

[7] 7. – Ver textos en Y.M. Congar, Jalones…, pp. 460-462.

[8] 8.          – Le Préte dans ¡a Cité [Carta pastoral 1949).

 

[9] 9. – Cf. Y.M. Congar, Jalones…, p. 343, sobre el fundamento en el misterio déla Santísima Trinidad de las leyes que rigen las relaciones

entre jerarquías y pueblo fiel.

[10] 10.      -Comp. algunas buenas páginas del P. Daniélou sobre la tradición, en “Docum. Cathol.”, 3 de marzo de 1957, col. 289 y 290.

[11] 11.      -Lehrbuch der Religión, t.I,par. 13 (31 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12ed.,Munster, 1894, p. 174ysig; 8ª ed., 1922, p. 161). Comp. Y.M. Congar,Jalones…, p. 358.

[12] 12.      -Véase las referencias en Y.M. Congar,Jalones…,^). 229.

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