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Llamados a la santidad para tener la transformación del mundo.

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Llamados a la santidad para tener la transformación del mundo.

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Introducción:

El próximo Sínodo sobre la “vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, veinte años después del Concilio Vaticano II”, será el gran Sínodo. Con tal que el tema vuelva a ser la Iglesia: la Iglesia como Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios y Templo del Espíritu Santo. En su comunión fecunda, descubrir más profundamente la identidad del laico, las exigencias de su formación y su espiritualidad, la urgencia de su participación en la misión evangelizadora de la iglesia. No se puede separar la reflexión sobre los laicos de una eclesiología integral. Precisamente por eso insisto en que la preparación del próximo Sínodo no puede ser hecha sólo por los laicos: se correría el riesgo de parcializar uno solo de los elementos (muy importante, por cierto). Es toda la comunidad eclesial la que debe empeñarse (pastores, religiosos/as, laicos). Se me ocurre pensar en el próximo Sínodo con la misma responsabilidad y esperanza –por la misma alegría y frutos- que el Sínodo sobre la Evangelización.

El Sínodo Extraordinario que acabamos de celebrar –pese a su sorpresa y su brevedad- no significó una ruptura en la preparación para el Sínodo sobre los laicos. Me parece que iluminó el camino y orientó nuestra búsqueda. Aunque habló poco de los laicos, nos enseñó a pensarlos en una eclesiología de comunión. Se retomaron las grandes líneas del Concilio en un contexto de unidad eclesial que se expresó así: “La Iglesia, a la luz de la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo”. Vuelven a ocupar su puesto de pilares esenciales e insustituibles del Concilio las cuatro grandes Constituciones: Lumen Gentium, Det Verbum, Sacrosanctum Concilium, Gaudium et Spes. La Iglesia –concebida como misterio de comunión cristocéntrica y trinitaria- vuelve a retomar su ubicación esencial frente a Cristo y al mundo: simultáneamente es una iglesia que adora a la Trinidad y salva al hombre, que vive de Cristo y lo comunica, que se inserta en el mundo y lo transforma. Es una iglesia que puede ser presentada con el Concilio en estas tres expresiones: sacramento del Cristo pascual, sacramento de comunión, sacramento universal de salvación. Sólo al interior de esta Iglesia –que se nutre de la palabra de Dios y de la Eucaristía del Señor- nosotros podemos buscar las grandes líneas para una verdadera espiritualidad laica. La espiritualidad del laico es esencialmente eclesial: una espiritualidad cristocéntrica, de comunión, de compromiso.

Trataremos de subrayar algunos aspectos de esta espiritualidad laica, siguiendo sobre todo las líneas de la Relación Final del último Sínodo Extraordinario. No se trata de hacer un comentario, sino más vale de recoger algunas líneas esenciales para una auténtica espiritualidad laical en torno a estos tres puntos: el laico en una eclesiología cristocéntrica, el laico en una eclesiología de comunión, el laico en una eclesiología de misión o de esperanza.

I.- El laico en una eclesiología cristocéntrica

Comenzamos por un texto que directamente enuncia el contenido esencial del Evangelio de Pablo, pero que podemos aplicarlo al Misterio de la Iglesia: “que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria” (Col. 1,27).

Esto es lo primero y esencial: la Iglesia es el misterio de Cristo entre nosotros y con nosotros. Es lo que dice Jesús: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos”. (J. 15,5). “Yo en ellos y tú en mí” (J. 17,23).

El Sínodo extraordinario ha insistido mucho, frente al fenómeno del secularismo, en el misterio de Cristo en la Iglesia o de la Iglesia en Cristo. “Toda la importancia de la Iglesia deriva de su conexión con Cristo “ (R.F. II, A, 3). La Relación Final tiene una frase aparentemente dura pero muy significativa: “La Iglesia se hace más creíble, si hablando menos de sí misma, predica más y más a Cristo crucificado y lo testifica con su vida. De este modo la Iglesia es como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la comunión con Dios y también de la comunión y reconciliación de los hombres entre sí. El anuncio sobre la Iglesia, como lo describe el Concilio Vaticano II, es trinitario y cristocéntrico” (R.F.II,A,).

Esta eclesiología cristocéntrica nos hace pensar en la vocación y misión del laico en términos de relación esencial a Cristo. El Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección de Cristo (cfr. Rom. 6,3-5); más aún, nos hace revestir a Cristo (cfr. Gal. 3,27). No somos nosotros los que vivimos, sino que Cristo vive en nosotros (cfr. Gal. 2,20). Nuestra vida es Cristo (Fil. 1,21). Es Cristo quien nos elige y nos envía (cfr. J. 15,16). La Relación Final nos recuerda que “hay que promover la espiritualidad propia de los laicos fundada en el Bautismo” (R.F. II,A,5).

A primera vista pareciera que el Sínodo Extraordinario replegara la Iglesia hacia adentro, alejándola del mundo, reproduciendo un esquema dualista y maniqueo. Me parece, en cambio, que la ha llevado a su verdadero centro de comunidad misionera: Cristo, el Hijo de Dio, enviado al mundo para salvar al mundo. Es una respuesta, por un lado, al fenómeno del secularismo, y por otro, al hambre de Dios y de oración que caracteriza a los jóvenes de hoy.

Por eso la apremiante invitación a la santidad que recoge la doctrina conciliar sobre la vocación universal a la santidad (L.G.V). “Hoy necesitamos fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos”(RF. II, A, 4). Cuando hablamos de este llamado a la santidad para transformar el mundo, queremos subrayar la índole secular de la santidad laical, realizada en pleno mundo, a través de las comunes condiciones de la vida familiar, profesional y social, con miras a transformar el mundo desde adentro, a modo de fermento (cfr. L.G. 31). Para el laico el único modo de crecer en Cristo hacia la santidad es vivir con plenitud de amor lo cotidiano. Pero sabemos que, en definitiva, la santidad no se realiza sólo en la transformación del mundo, sino también en el crecimiento personal en Cristo y en la edificación de la comunidad cristiana. Sabemos, también, que el camino hacia la santidad es cotidianamente nuevo (nunca se es definitivamente santo sino en el cielo) y que está orientado “a la gloria del Padre”. No se es santo ante todo y esencialmente para glorificar a la Trinidad Santísima. Es en esa línea en que San Pablo nos recuerda que Dios nos eligió para que fuéramos santos e inmaculados en su presencia por el amor, haciéndonos sus hijos adoptivos para alabanza de la gloria de su gracia (cfr. Ef. 1,3 SS.)

En esta dimensión esencial de una eclesiología cristocéntrica – por consiguiente, de una espiritualidad laical esencialmente radicada en Jesucristo – quisiera subrayar estos cinco elementos: el Espíritu Santo, el discípulo de Jesús (el creyente, el fiel), la experiencia del amor de Dios, el Misterio Pascual, las bienaventuranzas (particularmente sintetizadas en la pobreza evangélica);

  1. El cristiano laico es, ante todo, una creatura nueva que ha nacido en Cristo por el Espíritu Santo. Su camino de santidad es un crecimiento en Cristo “de novedad en novedad”. La santidad se dará cuando el cristiano haya alcanzado la novedad definitiva. En ese camino está, ante todo, el Espíritu Santo: los que son Hijos de Dios son conducidos por el Espíritu (cfr. Rom. 8,3). Es el Espíritu de la libertad interior, de la plegaria filial, de la fortaleza y el testimonio, de la verdad y del amor. Es el Espíritu que va haciendo nuevas todas las cosas; es el Espíritu que obra la unidad interior; el Espíritu de la comunión.
  2. El cristiano laico es “el creyente”, el fiel, el discípulo. Su camino de santidad es un camino de crecimiento en la obediencia de la fe. Como María la creyente, la fiel, la discípula, la humilde servidora del Señor. Por eso, la vida de un laico cristiano es una continua acogida de la Palabra de Dios: escucharla, acogerla, contemplarla, realizarla, comunicarla. “Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la realizan” (Lc. 11,27). Es el hombre que camina buscando e irradiando al Invisible, tratando de penetrar en la fe los nuevos signos de los tiempos. La primera condición para transformar el mundo es saber interpretar el designio providencial de Dios en las cosas y los hombres. El verdadero parentesco de Jesús –sus discípulos- está compuesto por aquellos que hacen la voluntad del Padre que lo ha enviado (cfr. Mc.3,31-35).
  3. Uno de los aspectos centrales en la vida espiritualidad del laico –y modo fundamental de su testimonio- es la experiencia y comunicación del amor de Dios. “Nosotros hemos reconocido y creído en el amor que Dios ha tenido por nosotros” (I Jn.4,16). En un mundo que siente por un lado el frío del secularismo, y por otro, el hambre honda de Dios, esta experiencia de un Padre tan íntimo y cercano, cuyo amor ilumina y penetra todo el dramatismo de la historia humana, es esencialmente original y urgente. Abrir a los hombres la esperanza cristiana, gritando al mundo el amor del Padre: “nada ni nadie podrá arrancarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Nuestro Señor”(Rom.8,39).
  4. Toda vida cristiana es una celebración del Misterio Pascual de Jesús. Fuimos bautizados en su muerte y en su resurrección para que caminemos en un nuevo estilo de vida (cfr. Rom.6,3-4).El misterio pascual –del que todo cristiano tiene que ser anunciador y testigo (Hech.1,8) en el mundo- da sentido a nuestra cruz y engendra nuestra esperanza. Volveremos a ello cuando hablemos de la “teología de la cruz”.
  5. Finalmente, el camino de toda santidad pasa necesariamente por el corazón de las bienaventuranzas evangélicas. Hacen del cristiano una espléndida transparencia de Jesús. Los jóvenes de hoy aman mucho esta página del Evangelio, meditada en el contexto del sermón de la montaña. De un modo especial, son sensibles a la pobreza evangélica que es como la síntesis de todas las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas tienen que ser leídas a la luz del misterio pascual de Jesús y del mandamiento nuevo del amor. Alcanzan su más concreta realización en María la pobre, “la humilde servidora del Señor”.

II.- El laico en una eclesiología de comunión

“La Eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio… Desde el Concilio Vaticano II se ha hecho mucho para que esta idea más concretamente a la vida”(RF.II,C,1).¿Qué significa para un laico vivir en concreto una eclesiología de comunión? ¿Cómo expresarla en la vida?

El camino de santidad pasa necesariamente por las exigencias de comunión. Es también, un camino necesario para una comunión gozosa. La santidad es comunión. Una espiritualidad de comunión es, ante todo, una espiritualidad de unión íntima con Cristo y por Cristo con el Padre en el Espíritu Santo. Es el sentido básico que la Relación Final da de “la compleja palabra de comunión”. “Fundamentalmente se trata de la comunión con Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta comunión se tiene en la palabra de Dios y en los Sacramentos. El bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión de la Iglesia; la Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. La comunión del Cuerpo eucarístico de Cristo significa y hace, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia” (RF.II,C,1).

  1. Tratemos de descifrar algunos aspectos de esta espiritualidad de comunión.
  2. – Ante todo la exigencia de una comunión trinitaria: hemos nacido en el Bautismo para esta comunión con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. El destino final del hombre es el gozo definitivo de la comunión; fuimos hechos para la comunión: con Dios y con los hombres. Nuestro camino espiritual es un progresivo ahondamiento de comunión. El mismo anuncio apostólico es para crear esta comunión: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo” (I Jn.1,3). Esta comunión es fruto del “Espíritu Santo que nos ha sido dado” (cfr.Rom.5,5) y que habita en nosotros (Rom.8,9);
  3. – Esta comunión se alimenta de la Palabra y el Sacramento (sobre todo, la Eucaristía). Son las fuentes de las que vive la Iglesia (cfr.RF.II,B). Insistimos en la Palabra de Dios: leída, interiorizada, gustada, realizada, anunciada. La vida espiritual del laico no sólo crece cuando la Palabra de Dios es escuchada y acogida, sino cuando es proclamada y comunicada. La evangelización, cuando es verdadera, enriquece ante todo a los propios evangelizadores: los pone necesariamente en camino de conversión, de reconciliación y de servicio. “La evangelización es la primera función no sólo de los obispos, sino también de los presbíteros y diáconos, más aún, de todos los fieles cristianos” (RF.II,B,2); pero la evangelización supone testigos, mártires, profetas, que han visto y oído, han sido interiormente quemados por el Espíritu y se han hecho “la boca de Dios” y su presencia entre los hombres. Si la palabra de Dios es acogida en comunidad –al menos en la comunión de dos o tres reunidos en nombre de Jesús- se hace penetrante como espada de dos filos. La otra fuente de la vida espiritual del laico es la Liturgia (principio y fuente de todo apostolado); pero hace falta una profunda interiorización y una viva participación en el Misterio Pascual de Jesús. El Misterio Pascual –con sus exigencias de muerte y de resurrección, de cruz y de esperanza- vuelve a aparecer aquí como el centro de toda espiritualidad cristiana;
  4. – Esto nos lleva necesariamente a hablar de la oración. En cierto modo es el fruto más precioso y la plenitud gozosa de la santidad; pero, al mismo tiempo, es condición y exigencia de un camino espiritual: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podeís hacer nada” (Jn.15,5). La oración que es alimentada por la Palabra de Dios y alcanzada su culmen en la Eucaristía; pero, también, la oración cotidiana: la que hacemos en casa, en el trabajo, en el camino; la que es silencio de escucha y generosidad de aceptación de aceptación y de ofrenda. Cuando se habla de la oración del laico, pueden surgir dificultades: falta de tiempo o de espacios de recogimiento. Hasta que no hayamos comprendido que la oración no es sólo un punto de partida (condición para nuestro apostolado) o sólo un punto de llagada (gozo de la contemplación), sino un clima normal en el que permanentemente nos movemos y respiramos, no habremos aprendido a orar bien. Si la oración es sólo un “momento” que divide y desciende nuestra jornada, la oración será siempre molesta, precipitando, superficial. Hay que aprender a respirar en Dios, como respiramos en nuestra atmósfera natural, casi sin darnos cuenta. Esto nos lo da el Espíritu Santo que gime en nosotros con gemidos inefables (Rom.8,27). Entre tanto, sentir hondos deseos de orar (más todavía, de ser hondamente contemplativos) y suplicar intensamente al Señor: “Señor, enséñanos a orar” (Lc.11,1).
  5. – Cuando hablamos de espiritualidad laical en una eclesiología de comunión, queremos también subrayar los aspectos siguientes:
  • Exigencia de una relación filial, fraterna, de amistad con los pastores. El Concilio Vaticano II lo pidió tanto. Lamentablemente no hemos avanzado mucho: o por desconocimiento de los laicos o por desconfianza de los pastores (y los ayuden así a crear una eclesiología de comunión), y que los pastores escuchen y animen a sus laicos (y así los ayuden a madurar espiritualmente y a ser miembros activos de la comunión eclesial). Esto exige mucha humildad, mucho respeto, mucho amor en Jesucristo;
  • Necesidad de poner en marcha, con autenticidad y en concreto, los organismos de participación y comunión: consejos pastorales, parroquiales y diocesanos, consejos nacionales y diocesanos de laicos, etc. Lamentablemente no han sido todavía constituidos o no han empezado a funcionar bien. Son un espacio normal donde podría desarrollarse bien la formación y espiritualidad laicales. Son, también, un medio excelente para descubrir en concreto el misterio de una Iglesia comunión y hacer crecer la responsabilidad de la participación en la única misión evangelizadora de la Iglesia;
  • Exigencias de una más honda comunión (unidad y coordinación) entre los diversos movimientos y asociaciones. Lamentablemente no damos siempre una verdadera imagen de la presencia de Jesús y de una Iglesia creíble. Falta más humildad, más pobreza, más hambre de verdad y de caridad. Hace falta agradecer con alegría el don recibido y ponerlo enseguida al servicio de la comunidad, sin absolutizar las propias opciones ni condenar con superficialidad la de los otros;
  • Aprovechar algunos espacios privilegiados de formación y espiritualidad laical. Ante todo, la parroquia: creo que es allí donde se va dando la oportunidad de un crecimiento normal, constante y comunitario, de la personalidad de un crecimiento normal, constante y comunitario, de la personalidad cristiana. Es allí donde el bautizado va creciendo cotidianamente como creyente: se va haciendo más discípulo de Jesús en el seno de una comunidad concreta que es cada día más fraterna, más comprometida, más misionera. Luego, las comunidades eclesiales de base, donde las exigencias de comunión se hacen más inmediatas, por la experiencia del don de Dios en la Palabra y la Eucaristía y por la comprensión del sufrimiento y la esperanza de los hombres. Si estas comunidades de base son verdaderamente eclesiales, es decir, “si verdaderamente viven en la unidad de la Iglesia, son verdadera expresión de comunión e instrumento para edificar una comunión más profunda. Por ello, dan una gran esperanza para la vida de la Iglesia” (RF.II,C,6);
  • Finalmente, esta comunión que empieza siendo esencialmente una unidad vital con Jesucristo (“Vosotros en mí y yo en vosotros”) y se expresa admirablemente en la fraternidad evangélica de los que “tienen un solo corazón y una sola alma”, se abre a una comunión misionera –de presencia, de encarnación, de salvación- con el mundo y la entera comunidad humana: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo” (Jn.17,18). Pero de ello hablaremos en la tercera parte.

III.- El laico en una eclesiología de misión o de esperanza

La iglesia es definida por el Concilio Vaticano II como “sacramento universal de salvación”, en cuanto “manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre” (GS.45). Es aquí donde particularmente se manifiesta la vocación y misión del laico: bautizado en Cristo, hecho miembro activo del Pueblo de Dios que es la Iglesia, insertado en el mundo como lugar privilegiado de santidad, de trabajo apostólico, de construcción de la sociedad. “La Iglesia como comunión es sacramento para la salvación del mundo” (R.F.II,D,1).

Si quisiéramos subrayar algunos puntos esenciales para una espiritualidad del laico como “constructor de la sociedad”, diríamos lo siguiente:

  1. Necesidad de descubrir el mundo –con sus luces y sus sombras, con sus riesgos y sus posibilidades, con su sufrimiento, su pecado y su esperanza- como el lugar indicado por Dios al laico para su crecimiento interior en la santidad y su tarea apostólica en la Iglesia. Es decir, que es allí –en la familia, el trabajo, la escuela, el ámbito de la cultura y del deporte, del ocio y de los medio de comunicación, de lo social y lo político- donde entrará especialmente en una profunda comunicación con Dios, anunciará a sus hermanos la Buena Nueva del Reino y transformará las estructuras de injusticia y de pecado, preparando la humanidad nueva y construyendo con todos los hombres de buena voluntad una nueva civilización de la verdad y del amor. Todo intento de escapar a la responsabilidad de las tareas cotidianas, cierra el camino para una comunicación honda y concreta con el Señor; dificulta el crecimiento en la santidad;
  2. Necesidad de descubrir en el mundo, para responder a ellos evangélicamente, los nuevos signos de los tiempos. Tienen particular incidencia en la vida de los laicos, inmediatamente comprometidos en la reorganización del orden temporal según Dios o en el anuncio de la Buena Nueva del Reino en el lenguaje concreto de los hombres. Los nuevos signos de los tiempos son un desafío para la santidad de los laicos, para su vida espiritual cotidiana. Pero son, también, una constante revelación de Dios y de su designio de salvación; por consiguiente, son un continuo llamado a seguir creciendo en Cristo, a ser cotidianamente fieles, a servir generosamente a los hermanos. Junto al gran nuevo signo de los tiempos que es el secularismo –que nos ha vaciado de Dios y nos ha hecho perder, aún en el ámbito de la Iglesia, el sentido de lo sacro y la propia identidad cristiana- el Sínodo extraordinario nos indica otros que hacen aumentar “las angustias y las ansiedades”: “hoy crecen por todas partes el hambre, la opresión, la injusticia, la guerra, las torturas y el terrorismo, así como otras formas de violencia de cualquier clase” (RF.II,D,1). Esto nos lleva a pensar, como lo indica el Sínodo, en la necesidad de “una reflexión teológica nueva y más profunda, que interprete tales signos a la luz del Evangelio” (ibid); pero nos lleva a pensar, también, en la necesidad de un verdadero espíritu contemplativo –de una capacidad muy honda de contemplación- que haga posible al laico una lectura evangélica de los nuevos signos de los tiempos. También esto entra dentro de la responsabilidad específica de los laicos: saber presentar a los pastores una visión inmediata y concreta de la realidad histórica;
  3. Sorpresivamente para muchos, el Sínodo introduce aquí –cuando habla de la relación Iglesia –mundo- el tema de la “teología de la cruz”. Algunos pensaron que iba mejor en la primera parte, cuando se habla del Misterio de Cristo. Sin embargo se descubre enseguida la oportunidad de ubicarlo aquí: es el modo mejor de comprender el misterio redentor de Jesús y el misterio de la Iglesia como “sacramento universal de salvación”. Hace falta mirar al mundo en una perspectiva de redención: de salvación ya realizada por Jesucristo en la cruz (hemos sido reconciliados con el Padre por medio de la cruz), pero aún no acabada hasta que vuelva Jesús para entregar el Reino al Padre; todavía queda en el mundo el pecado, el sufrimiento, la muerte. Han sido radicalmente vencidos por Jesús para entregar el Reino al Padre; todavía queda en el mundo el pecado, el sufrimiento, la muerte. Han sido radicalmente vencidos por Jesús en su Misterio Pascual; pero hace falta todavía completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo; hace falta seguir celebrando –en la Eucaristía y en nuestra vida- la muerte y la resurrección de Jesús, anunciando su venida. Es el único modo de comprender en profundidad la relación Iglesia –mundo (en cuyo interior se realiza específicamente la vocación y la misión del laico): sin separarlos, pero sin confundirlos. Se evita así una visión maniquea y pesimista del mundo; se evita, también, una visión superficialmente optimista. “Nos parece que en las dificultades actuales Dios quiere enseñarnos, de manera más profunda, el valor, la importancia y la centralidad de la cruz de Jesucristo. Por ello, hay que explicar, a la luz del misterio pascual, la relación entre la historia humana y la historia de la salvación” (RF.II,D,2). En realidad una “teología de la cruz” es siempre una “teología de la esperanza”. En ella tenemos que beber cotidianamente los cristianos, que somos los discípulos del Crucificado: “quien quiera ser mi discípulo…que tome cotidianamente su cruz y que me siga”. El laico está particularmente llamado a ser en el mundo “un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y un signo del Dios vivo” (L.G.38). Hoy hacen falta profetas y testigos: testigos de la resurrección y profetas de esperanza; pero el único modo de gritar la esperanza es desde la cruz: “Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros” (Col.1,24). Es el único modo de iluminar y de asumir el sufrimiento de los otros: “En cuanto a mí, Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo” (Gal.6,14);
  4. Una auténtica espiritualidad laical se inscribe necesariamente en la apertura misionera de la Iglesia para la salvación integral del mundo (cfr. RF.II,D,3). Lo cual supone dos cosas:
  • Capacidad de una constante renovación por la fuerza misteriosa del Espíritu. Es el mundo –con sus cambios rápidos, profundos y universales- el que nos presenta constantemente nuevos desafíos; pero es Cristo el que nos invita a convertirnos y a creer cada día de nuevo en la Buena Noticia; y es substancialmente el Espíritu Santo el que nos hace cotidianamente “nueva creatura” en Jesucristo. Nuestra renovación se hace conforme a la imagen de Jesucristo, no del mundo: “no os acomodéis al mundo presente” (cfr. Rom.12,2);
  • Capacidad de diálogo: al interior de la Iglesia, con las otras confesiones cristianas, con las no cristianas, con los no creyentes, con el mundo. Una verdadera espiritualidad laical es una espiritualidad de diálogo: saber escuchar y acoger al Señor, saber escuchar y acoger a los demás; para eso hace falta mucha humildad, mucha pobreza, mucha oración. En realidad los únicos que saben dialogar bien –porque están acostumbrados a escuchar- son los contemplativos.
  1. Finalmente, quiero introducir un tema que es esencial en todo camino de espiritualidad: la pobreza. Jesús “siendo rico se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza” (cfr.2Cor.8,9). Este tema interesa particularmente a las jóvenes generaciones; los jóvenes sienten muy fuertemente la invitación de Jesús a dejarlo todo y darlo a los pobres; sienten, también, la necesidad de vivir en la Iglesia una “opción preferencial por los pobres”. El Sínodo extraordinario incluye un numeral relativo a este tema (cfr. RF.II,D,6). El Evangelio se hace más cercano y transparente en la persona de los pobres. El pobre sintetiza la imagen serena y esperanzadora de los que sufren y confían en el Señor. Desde esta actitud de desprendimiento y de libertad interior, los cristianos reconocen más fácilmente la persona de Jesús en los que sufren y se sienten impulsados a llevar a los pobres las inefables riquezas del Reino.

Conclusión:

Terminamos nuestra reflexión contemplando a María, la pobre, la creyente, la fiel discípula del Señor. Ella fue proclamada feliz por haber creído (cfr.Lc.1,45), porque supo acoger la Palabra de Dios y realizarla (cfr. Lc.11,27), porque dejó que el Espíritu Santo grabara en Ella la limpidez de las bienaventuranzas. Ella es la imagen y el principio de la Iglesia: Iglesia cristocéntrica, Iglesia de comunión, Iglesia de esperanza. María es modelo de toda vida cristiana]; lo es particularmente pera el laico que vive en lo cotidiano su camino de fidelidad. Supo lo que es la pobreza, la cruz, la peregrinación en la fe. La vida de María no tiene cosas extraordinarias; lo extraordinario en Ella es haber vivido con fidelidad gozosa todo el camino de Jesús: camino de anonadamiento y cruz; camino de silencio y evangelización, camino de Misterio Pascual y de comunicación al mundo del don del Espíritu Santo. Toda espiritualidad cristiana es esencialmente cristológica, eclesial y mariana. En María el Espíritu Santo hizo su obra perfecta; comenzó a diseñar en Ello “la nueva creación”. En Ella y por Ella –esposa y madre virginal- el Espíritu nos dio a Jesús, “Imagen del Dios invisible, primogénito de toda la creación” (Col.1,15), por quien el Padre nos eligió desde toda la eternidad para ser santos en el amor, “eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su, voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia”. (cfr. Ef.1,3-6). Ahora esperamos que el mismo Espíritu complete la obra comenzada: “quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús” (Fil.1,6).

Eduardo F. Card. Pironio.

Bogotá, 17 de noviembre de 1986

 

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