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LOS LAICOS Y SUS TAREAS EN EL MUNDO DEL TRABAJO HOY EN EL CONTINENTE

LOS LAICOS Y SUS TAREAS EN EL MUNDO DEL TRABAJO HOY EN EL CONTINENTE

 

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Panorama del mundo del trabajo en el Continente, situación actual y tendencias.

 

Prof. Luis Enrique Marius[1]

 

  1. Introducción

 

Agradecemos muy especialmente a Mons. Andrés Stanovnik, Secretario General del CELAM por invitarnos a este Seminario-Encuentro y expresarnos la confianza para compartir nuestra modesta experiencia en el mundo del trabajo.

 

Sin lugar a dudas, estos eventos tienen una doble importancia: la de ser preparatorios para la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, y la de realizarse con laicos inmersos en el quehacer político, económico y social de la región. Esto demuestra la disponibilidad del Episcopado en compartir la realidad, y buscar juntos, es decir, como Iglesia, los necesarios discernimientos y las urgentes orientaciones que requerimos los “discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.

 

  1. Marco de referencia

 

Es ésta una modesta contribución a la temática, en un “ver, interpretar y discernir” a partir de un Marco de Referencia que intenta: asumir la centralidad de la persona y el trabajo humano, orientarse en el Magisterio Social de la Iglesia, en el Magisterio Social Latinoamericano, en las referencias centrales de la Enseñanza Social Cristiana, en un “compartir” desde y con los trabajadores latinoamericanos.

 

Creemos profundamente en la centralidad de la persona humana en todo el quehacer societal, y en el trabajo humano como el factor fundamental de dignificación de la persona, y esencial de culturización de nuestras sociedades.

 

“Trabajo significa todo tipo de acción realizada por el hombre…significa toda actividad humana que se pueda o se deba reconocer como trabajo[2] …y es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas…solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra…el trabajo lleva en sí el signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas.”[3]

 

“El hombre debe someter la tierra, debe dominarla, porque como imagen de Dios es una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de sí y que tiende a realizarse a sí mismo. Como persona, el hombre es el sujeto del trabajo”[4].

 

“El trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial de toda la cuestión social, si tratamos de verla desde el punto de vista del bien del hombre. Y la solución gradual de la cuestión social, que se presenta constantemente y se hace cada vez más compleja, debe buscarse en la dirección de hacer la vida humana más humana, entonces la clave, que es el trabajo humano, adquiere una importancia fundamental y decisiva”[5].

 

Como consecuencia de ello, podemos establecer una clara diferencia entre “trabajo” y “empleo”, considerando el trabajo como la función trascendente de la persona al recrear y transformar la naturaleza, solidaria y responsablemente, al servicio del bien común; y el empleo, como la ubicación específica de las personas en una determinada estructura o función económica. Dicho en otra forma: si el empleo es el espacio o continente de una función económica, el trabajo es el contenido, trascendente porque quién lo realiza es una persona.

 

De la misma forma diferenciamos los adjetivos de “digno” o “decente” que se le adjudica al trabajo en los últimos tiempos, quizá como un reconocimiento a la existencia de trabajos indignos e indecentes. Hablar de “trabajo decente” es para nosotros negar la dimensión dignificante del trabajo, y reducir las exigencias que deben garantizar un empleo, un puesto de trabajo. Más aún, cuando la realidad nos muestra un lamentable proceso de precarización del empleo y deterioro de las condiciones de trabajo.

 

Todos vemos o sufrimos una misma realidad y podemos ponernos de acuerdo en sus impactos más relevantes. Sin embargo, dependiendo de varios factores podemos encontrar diferencias a veces muy sustantivas en la interpretación de esa realidad, y en lógica consecuencia, diferencias aún más profundas a la hora de encontrar las respuestas más adecuadas para hacer la vida más humana, es decir, más cristiana.

 

Aparte de quienes “miran” una realidad pero no saben “verla” en toda su dimensión, a quienes no nos vamos a referir, existen diferencias en cuanto a la ubicación del observador (para un enfermo la peor enfermedad es la que padece), a la importancia y profundidad que se le quiera dar al hecho o al tema o al nivel de formación e información del observador, pero fundamentalmente, existen diferencias de acuerdo a los valores y principios y la ubicación ideo-política.

 

Todos vemos o sufrimos una misma realidad, pero la interpretamos y asumimos en forma diversa, de acuerdo a lo que denominamos “Marco de Referencia”, o parámetros de análisis que se utilicen. No consideramos muy acertada la metodología que propone el “ver” como un primer paso, para luego “interpretar” de acuerdo a ciertos criterios. Nuestra experiencia nos dice que ya en el “ver”, incluso, en la selección de lo que “queremos ver”, están operando los criterios que orientan nuestra acción.

 

“Los adelantos de la industria y de las artes, el cambio en las relaciones entre patronos y obreros, la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y el empobrecimiento de la inmensa mayoría, han hecho estallar los conflictos.”[6]

 

A 115 años de esta visión de S.S. León XIII, y en plena era de la postmodernidad, no sólo los adelantos del género humano se han multiplicado geométricamente, sino que en la misma forma se han incrementado la acumulación de la riqueza en muy pocas manos y la cantidad de pobres sometidos a inhumanas condiciones de vida y de trabajo. La “brecha” generada en la distribución de la riqueza, paulatinamente se ha transformado en un abismo difícilmente superable.

 

Fueron realmente proféticas las afirmaciones del querido Papa Juan Pablo II: “Son múltiples los factores…la introducción generalizada de la automatización en muchos campos de la producción, el aumento del costo de la energía y de las materias básicas, la creciente toma de conciencia de la limitación del patrimonio natural y de su insoportable contaminación, la aparición en la escena política de pueblos que tras siglos de sumisión reclaman su legítimo puesto entre las naciones y en la decisiones internacionales. Estas condiciones y nuevas exigencias harán necesaria la reorganización y revisión de las estructuras de la economía actual, así como de la distribución del trabajo. Tales cambios podrán quizá significar por desgracia para millones de trabajadores, desempleo, una disminución o crecimiento menos rápido del bienestar material para los países más desarrollados, pero podrán también proporcionar respiro y esperanza a millones de seres que viven hoy en condiciones de vergonzosa e indigna miseria”[7].

 

Sin lugar a dudas, una lectura detenida del Magisterio Social de la Iglesia, constituye una fuente inagotable y obligante de orientación para quienes estamos comprometidos con un cambio significativo y urgente de la realidad latinoamericana.

 

Desde los ricos documentos sociales de los Padres de la Iglesia, la emblemática Encíclica “Rerum Novarum” de S.S. León XIII (1891), pasando por la “Mater et Magistra”(1961) y “Pacem in Terris”(1963) de S.S. Juan XXIII, la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”(1965) del Concilio Vaticano II, la Encíclica “Populorum Progressio”(1967) de S.S. Pablo VI, hasta las Encíclicas “Laborem Exercens”(1981), “Centesimus Annus” y “Sollicitudo Rei Sociales”(1987) de nuestro querido Papa Juan Pablo II, se conforma un patrimonio sumamente rico y determinante como fuente de inspiración y compromiso social.

 

No sólo existen referencias determinantes desde el nivel universal, sino también determinantes aportes referenciales en el nivel latinoamericano. No podemos eludir, entre otras referencias fundamentales, la comprometida defensa de los Derechos Humanos, especialmente de los más pobres y desposeídos, aportadas por Fray Bartolomé de las Casas; el iluminante ejemplo de Pastor comprometido de Santo Toribio de Mogrovejo; la orientación en el compromiso social de los cristianos aportada por Mons. Mariano Soler (1891); las excelentes conclusiones del Episcopado en Medellín y Puebla; e innumerables aportes y experiencias que constituyen un patrimonio indeleble y desafiante frente a la actual realidad latinoamericana.

 

Finalmente, nuestra modesta experiencia en y desde el Movimiento de los Trabajadores. Muchos cristianos insertos en el mundo del trabajo asumimos la etapa histórica de la “guerra fría”, sin refugiarnos en cenáculos o sacristías, enfrentando a diestra y siniestra las propuestas materialistas (de los capitalismos privado o de estado) que inspiradas en la Ilustración, inundaron y polarizaron nuestra sociedades.

 

A pesar de incomprensiones y soledades, pero también con muchos afectos y solidaridades, nos enriquecieron cuatro décadas en esa lucha.

 

Hemos compartido la sencilla y profunda alegría del triunfo en conflictos por defender los intereses y necesidades de los trabajadores, como también los prolongados gritos y silencios en prisiones injustas, y el dolor por compañeros asesinados por no doblegarse ante quienes pagan o pegan.

 

Es, en fin, un “compartir” la realidad que hemos vivido y que vivimos en el mundo del trabajo.

 

  1. Algunos elementos que caracterizan la realidad del mundo del trabajo

 

Sin el interés de agotar las diferentes aristas de la realidad del mundo del trabajo y seguros que quienes presentarán sus comentarios los completarán y profundizarán, presentamos algunos elementos que consideramos de especial importancia para comprender y asumir el tema.

 

Existe en todas las Cartas Constitucionales de nuestros países, y en todos los Tratados fundacionales de las instituciones internacionales, sin embargo, el Derecho al Trabajo se diluye como realidad y como derecho.

 

Hasta hace algunos años, tanto nuestros Gobiernos como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y otras instituciones internacionales, medían la vigencia del derecho al trabajo a partir de la noción de un “Contrato de Trabajo”, o la dimensión de permanencia legal del mismo.

 

Mientras elaborábamos este trabajo, leíamos la información del INE (Instituto Nacional de Estadísticas) de un determinado país, donde se afirmaba: Una PEA (población económicamente activa) de 12,28 millones – 9,6% de desempleo – 53,5% de la población en el sector formal y 46,5% en el sector informal.

 

Partiendo del supuesto que las cifras se corresponden a la realidad, lamentablemente se considera y se acepta que un trabajador temporario o con empleo parcial, en condiciones precarias, sin protección legal ni seguridad social, forma parte de los empleados.

 

Cabe entonces preguntarnos: ¿Quienes son entonces los desempleados?

 

Más de la mitad de los trabajadores latinoamericanos, más de 180 millones de personas, carecen de trabajo estable, legal, permanente, y de seguridad social, para ellos y sus familias.

 

A pesar de registrarse en algunos años índices de crecimiento importante en muchos de nuestros países, la cifra real de desempleo no sólo no se ha reducido, sino que crece constantemente, con todo lo que ello significa de atentado a la persona humana y serio condicionamiento a su futuro, y al futuro de nuestros países.

 

El desempleo constituye el atentado más grave contra la persona humana, y el desafío más importante que debe asumir cualquier modelo de desarrollo que se presente como “alternativo” al actual, inspirado en el pensamiento neoliberal.

 

La Contratación o Convención Colectiva de Trabajo, aparte de ser un logro determinante a nivel de las organizaciones de trabajadores, siempre ha sido una excelente expresión de la solidaridad, y constituye un derecho inalienable para los trabajadores.

 

Los últimos índices de la OIT muestran como se han reducido en cantidad y calidad (salvo situaciones muy especiales y parciales) las negociaciones colectivas en la región latinoamericana, dando paso a situaciones de mayor sometimiento del trabajador, y pérdida sustantiva de derechos que mucho costaron al conjunto de los trabajadores.

 

Un “trabajo digno” debe estar acompañado por un “salario digno”. El deterioro de las condiciones de trabajo está irremediablemente acompañado por la creciente pérdida del salario real de los trabajadores, como promedio en la región y en la gran mayoría de los países. Las estadísticas nos hablan de un salario real actual equiparable a 1992, en el mejor de los casos, y en determinados sectores equiparable a 1982.

 

Si a los trabajadores desempleados y los que sobreviven en el sector de la economía informal le sumamos los trabajadores con salarios que no les permiten garantizar la denominada “canasta alimentaria”, la pobreza se transforma en miseria, que es la pérdida de la esperanza en un futuro mejor.

 

Una lectura desde la dignidad de la persona y la dimensión de una justa distribución de los bienes, nos lleva obligadamente a condenar esta realidad e impulsar propuestas alternativas de desarrollo humano integral.

 

Un exhaustivo informe de la OIT, muestra con claras evidencias el deterioro de las condiciones de trabajo en la realidad latinoamericana, y en especial, un preocupante incremento de trabajadores muertos por accidentes de trabajo.

 

La voracidad para maximizar las ganancias conlleva a considerar que toda inversión en el mejoramiento de las condiciones de trabajo es un “gasto”, y en consecuencia debe eliminarse o reducirse.

 

Un ejemplo por demás condenable es el que se aprecia en la gran mayoría de las empresas denominadas “maquiladoras” o de “zonas francas”, donde no se permite la presencia o promoción de sindicatos y donde se violan las leyes nacionales y convenios internacionales que garantizan los derechos de los trabajadores.

 

En términos generales, las situaciones descritas impactan en forma más dura sobre la mujer trabajadora. Si bien en algunos países ha aumentado la presencia de la mujer en el trabajo y los índices de desempleo son menores a los de los hombres, esto se debe a que en general los salarios de las mujeres son menores que el de los hombres.

 

Pero es en el área del deterioro de las condiciones de trabajo donde las mujeres trabajadoras sufren las peores violaciones.

 

En especial, se pueden constatar aberrantes situaciones en las empresas “maquiladoras” o de “zonas francas”, donde se llega incluso a la esterilización para evitar el embarazo de trabajadoras que además, y en muchos casos, no trabajan a horario sino regidas por volúmenes de producción.

 

Debemos saludar los enormes esfuerzos desplegados por la OIT en su campaña contra el trabajo infantil. Sin embargo, a lo largo y ancho de Latinoamérica podemos constatar que los avances en su reducción no han tenido el éxito esperado.

 

El cinismo de sectores que firman y afirman compromisos que luego no cumplen, las necesidades impuestas por la miseria que obliga a que los niños asuman en peores condiciones el empleo que los padres no pueden conseguir, el drama de una deserción escolar que hipoteca en forma sustantiva el futuro de nuestra región, muestra una problemática totalmente reñida con nuestra moral cristiana, con las cartas constitucionales de todos los países, con los convenios internacionales suscritos por los gobiernos, y hasta con elementales normas de respeto humano hacia nuestros niños.

 

Denuncias presentadas en la OIT y el seguimiento permanente de las mismas, permite afirmar que existen en Latinoamérica situaciones de Trabajo Esclavo, donde las personas afectadas son condicionadas o privadas de su libertad, generándose en esta forma aberrante, formas de explotación y condenables violaciones a elementales derechos humanos.

 

Es emblemático el caso del Brasil, donde el Gobierno ha reconocido la existencia en su territorio (especialmente en plantaciones agrícolas y empresas mineras) de trabajo esclavo, y nos consta ha decidido importantes políticas correctivas y realizado enormes esfuerzos en la detección y castigo a las empresas que lo practican. Sin embargo el problema, a pesar de los esfuerzos realizados, continúa y afecta a decenas de miles de trabajadores, alojados y alimentados en pésimas condiciones y con salarios que se pierden en las bodegas o almacenes de las propias empresas.

El actual proceso de globalización le ha impreso al natural desarrollo tecnológico de la humanidad un ritmo de especial aceleración, lo que incrementa los enormes cambios tecnológicos que impactan directamente al mundo del trabajo.

 

Las resultantes generadas en el sector de las telecomunicaciones, la robótica, la electrónica y otras áreas generan nuevas y más exigentes formas de especialización en las tareas involucradas.

 

Las naciones deben estar preparadas para ampliar y profundizar los niveles educativos, el empresariado nacional debe asumir esos cambios para mantenerse a nivel del campo internacional, y las organizaciones de trabajadores deben tomar las medidas necesarias para nuevas exigencias y condiciones de trabajo y remuneración.

 

Otro tema y no de menor importancia se refiere a la Previsión o Seguridad Social. Coherentes con nuestra visión dignificante y central de la persona y del trabajo humano, una Previsión o Seguridad Social concebida en forma integral, universal y solidaria, constituye un factor más que determinante para el desarrollo y la justicia en nuestras sociedades.

 

El proceso de las tres últimas décadas nos muestran un resultado inverso: se ha fraccionado la previsión, se reducen los beneficiarios a ciertos sectores de la sociedad, y se elimina la solidaridad al imponer modelos de ahorro individual y mercantilizar (y hasta usurpar) los ahorros de los trabajadores.

 

Salvo en muy contadas excepciones, y más visibles en gobiernos locales que nacionales, el deterioro de los servicios de previsión como los servicios en materia de salud, jubilación, recreación, etc., es creciente, dejando fuera de los mismos a enormes sectores de nuestros pueblos, dependientes de las obras de caridad, especialmente de las Iglesias.

 

Más allá de los permanente intentos (por parte de Gobiernos y Empresarios) de reducirlos o minimizar sus impactos, existe en el marco de la OIT, un patrimonio por demás determinante en materia de derechos establecidos que responden (en un grado importante) a las necesidades y aspiraciones de los trabajadores.

 

Si bien la OIT es el único organismo del sistema de las Naciones Unidas de carácter tripartito (gobiernos, empleadores y trabajadores), la plena vigencia de esos derechos consagrados internacionalmente y asumidos en las constituciones nacionales, constituye fundamentalmente una responsabilidad de los organismos gubernamentales.

 

Quienes hemos tenido la posibilidad de participar en varios ocasiones en la Comisión de Aplicación de Normas, conocemos las enormes limitaciones que existen para la plena vigencia de esas normas y la permanente lucha que deben dar las organizaciones de trabajadores para mantenerlas y defender una correcta aplicación.

 

En ello está en juego el marco más importante de los derechos y libertades de los trabajadores y sus organizaciones, condicionado por los intereses particulares de los gobiernos, de los empresarios y las deficiencias de los diferentes organismos nacionales encargados de aplicarlos y garantizar su coherente vigencia.

 

Salvo muy contadas excepciones nacionales que sobrepasan el promedio, los índices de sindicalización se han reducido y continúan en ese proceso en los últimos años.

 

Según estimaciones de la OIT, el promedio latinoamericano no supera el 10% y en proceso decreciente.

 

En ello influyen los procesos de automatización, de migraciones internas hacia las ciudades y al exterior, de manifiestas represiones o fundados temores de los trabajadores a la acción de ciertos empresarios y entes gubernamentales, pero fundamentalmente la concepción neoliberal de que “el mejor sindicato es el que no existe” y que en una sociedad donde la centralidad es el “mercado”, el valor del “recurso humano” está muy por debajo de los “recursos técnicos” o los “insumos”. Para mantener su puesto de trabajo el trabajador está o se siente obligado a prescindir de toda acción u organización colectiva en defensa de sus derechos.

 

Desde las represiones impuestas sobre el movimiento de los trabajadores en décadas pasados por las dictaduras militares que ensombrecieron casi totalmente la región, hasta la imposición de políticas inspiradas en el pensamiento neoliberal, las condicionantes para impulsar y consolidar efectivas, representativas y responsables organizaciones de trabajadores, no sólo no han cesado sino que se han incrementado.

 

Basta ser dirigente o militante sindical, para engrosar la lista de quienes por defender los derechos y aspiraciones de los trabajadores, sufren una creciente inseguridad personal y familiar, y están condicionados para pensar y desarrollar un futuro diferente.

 

Uno de los aspectos más preocupantes de esta situación es el deterioro de las condiciones para un amplio y propositivo diálogo y concertación sobre el mundo del trabajo, sobre la economía, las relaciones laborales, y especialmente, para la búsqueda de los necesarios consensos que impliquen un modelo alternativo de desarrollo que asuma en su integralidad a la persona humana y al trabajo humano, clave esencial de la cuestión social.

 

En forma repetida vemos como gran parte de los Gobiernos convocan o prometen el diálogo, para agotarlo en informar a los trabajadores sobre los acuerdos asumidos con los empresarios.

 

Debemos distinguir que el diálogo es sólo un método para lograr la necesaria e indispensable concertación social. Sin concertación, se sufre la imposición de políticas e intereses normalmente contrapuestos a los intereses y necesidades de las grandes mayorías, minando de esta forma elementales condiciones de democratización y paz social.

 

Conocemos a muchos empresarios, personas que animados de un amplio espíritu constructivo, conscientes que el desarrollo de las empresas pasa inexorablemente por el desarrollo del país y el bienestar de las grandes mayorías, hacen serios e importantes esfuerzos de diálogo y concertación con los trabajadores, y están preocupados en mejorar las condiciones de vida y de trabajo de todos los componentes de la empresa. Sin embargo su número es poco significativo y muchas veces están presionados (competitividad mediante) a adaptarse a las condiciones generales imperantes.

 

Ante una dictadura del mercado que se impone sobre el rol del estado y somete al pleno de la sociedad, la competitividad sin alma, la voracidad acumulativa sin límites, la corrupción y legitimación que “el fin justifica los medios”, se sufre la creciente mercantilización de las relaciones humanas, y el sometimiento de la persona y el trabajo humanos a la mera condición de “recursos”, tan explotables como prescindibles.

 

Además, el empresariado con un sano sentido nacionalista, en términos de eficacia y rentabilidad, se enfrenta en no pocos países al dilema de transformarse en “branch”, “franquicia” o subsidiaria de una corporación transnacional, o asumir el difícil camino de subsistir con dignidad las condicionantes que se imponen desde fuera a nuestros mercados. La opción no es fácil, y debería ser éste un tema de especial importancia al momento del diálogo y la concertación sobre modelos alternativos de desarrollo.

 

Es por demás elocuente que a pesar de importantes esfuerzos realizados por algunas organizaciones de trabajadores, en la generalidad de Latinoamérica no se hayan constituidos Consejos Nacionales Económico-Sociales, que en la experiencia europea tienen una importancia determinante como instancias de concertación y garantes de la justicia y la paz social.

 

En los últimos tiempos se habla mucho de la responsabilidad social de las empresas. Sin lugar a dudas, constituye un tema de especial importancia en la medida que no se agote en los discursos de buenas intenciones para escuchas desprevenidos, o en la mejor forma de “evitar que se muera la gallina de los huevos de oro”. Sin lugar a dudas, si un empresario es responsable deberá asumir la dimensión social de su empresa, no como una obra complementaria de caridad, sino como resultado de una sana y seria política de concertación con las organizaciones de trabajadores.

 

El sindicalismo, al igual que las demás institucionalidades de una sociedad sufre los impactos de una crisis que, en su dimensión integral, condiciona su existencia y su futuro.

 

Por principios y por legítima necesidad, nadie puede negar la existencia e importancia de las organizaciones de trabajadores. Sobre el particular, el Magisterio Social y particularmente S.S. Juan Pablo II, lo han expresado con total claridad[8]

 

En 1971, la CLAT inicia el difícil camino de superar la sectarización de los trabajadores, asumiendo el concepto de Movimiento de los Trabajadores, que intentará globalizar la incorporación de todos los sectores de trabajadores (campesinos, cooperativistas, mujeres y jóvenes, jubilados y pensionado, desocupados y trabajadores con limitaciones físicas), e impulsar transformaciones de fondo a la realidad, con propuestas alternativas de desarrollo y de integración regional, único camino para consolidar y garantizar la democracia y la justicia social.

 

Una serie de limitaciones, condicionantes y desafíos se imponen, como condicionantes hacia el futuro, a las organizaciones de trabajadores. Sin ser excluyentes nos parece importante destacar: (I) los intentos (internos y externos) de condicionamiento o dependencia hacia partidos o movimientos político-partidistas; (II) las dificultades para mantener una clara coherencia entre la lucha por la democracia y garantizar la efectiva democracia interna (por aquello de que “nadie puede dar lo que no tiene”); (III) las grandes limitaciones financieras que pueden conducir a peligrosas dependencias externas; (IV) el desafío de crecer manteniendo y profundizando una identidad propia, con dignidad y coherencia; (V) la generación de nuevos liderazgos que garanticen un normal y coherente recambio de dirigentes; (VI) la urgente necesidad de profundizar e impulsar respuestas concretas a las necesidades de los trabajadores.

 

Más allá de la importante historia de la experiencia cooperativa, el cooperativismo, el sector de la economía popular o solidaria y las empresas autogestionadas, constituyen fenómenos que en nada son ajenos al mundo del trabajo. Más aún, como respuesta a las necesidades de importantes sectores de nuestras sociedades, y como una alternativa de plena participación de los trabajadores en la producción, conducción y administración de las empresas, este fenómeno tiene una especial relevancia en los momentos actuales, y no menos condicionantes y desafíos, muy similares a los citados para el Movimiento de los Trabajadores.

 

En el marco de una sana concertación, habría que superar las diferencias con el sector empresarial y el sector sindical. La defensa y promoción de fundamentales objetivos y necesidades nacionales (especialmente la superación de la pobreza, la miseria y la exclusión social), el impulsar un modelo alternativo de desarrollo y el preservar la dignidad de las personas y del trabajo humano, deberían ser elementos centrales donde los esfuerzos de este sector de la economía adquieren especial relevancia.

 

Para importantes sectores de la Iglesia, incluyendo el Episcopado (con muy honrosas excepciones), la problemática del mundo del trabajo suele agotarse el 19 Marzo o el 1 Mayo de cada año, como una referencia a San José Obrero.

 

Por lo menos 15 años de la vida de Nuestro Señor, si lo calculamos desde los 15 años (para que no nos critiquen por animar el trabajo infantil) y antes de los 3 años de vida pública, Él los dedicó al trabajo junto a su padre, San José.

 

Cinco veces más de trabajo que de vida pública (a la inversa de quienes se dedican a la vida pública sin trabajar), deben decirnos mucho. “Cuando un dirigente del movimiento de los trabajadores intenta reunirse con un Obispo, no siempre éste (salvo muy honrosas excepciones) halla el tiempo y la disponibilidad”[9]

 

Parece muy contradictorio que en un continente donde los trabajadores constituyen la incuestionable mayoría de los habitantes y donde una gran mayoría se definen como cristianos, la Pastoral del Trabajo sea casi inexistente, y en el marco de las Pastorales Sociales, son muy pocas las que asumen la problemática del mundo del trabajo.

 

Daría la impresión que ante las complejidades de este mundo del trabajo, que desde inicios del Siglo XX se desplegara un trabajo especialmente agresivo por parte del comunismo, o por errónea o mala influencia de sectores económicos, el Episcopado haya abandonado al mundo del trabajo. Muchas veces los cristianos que sin dejar de serlo y sin temor a definirnos, asumimos un compromiso y los trabajadores confiaron en nosotros, nos sentimos muy solos y llegamos a sentir un extenso vacío de incomprensión, quizá por nuestras propias limitaciones, pero quizá también por ese abandono.

 

Por todo ello nuestro cariño, respeto y veneración a S.S. Juan Pablo II que nos demostró (a partir de su experiencia en las canteras de Solvay) que conocía y comprendía al mundo del trabajo al confiarnos la ponencia en el Sínodo de los Obispos y pedirnos “Debes ser muy firme y muy claro…debes decir tu experiencia sin ningún temor, ello nos ayudará”[10].

 

La Iglesia (que somos todos) tiene un patrimonio rico y exigente, iluminante y coherente como referencia fundamental para el mundo del trabajo. Todos debemos promover y animar efectivos canales de información y mecanismos para compartir tantas angustias y desafíos, y asumir las orientaciones necesarias para animar la esperanza y motivar el compromiso en generar los cambios que nos garanticen una efectiva justicia social, en paz y solidaridad.

 

  1. Tendencias en perspectiva o los desafíos que nos interpelan

 

No acostumbramos a provocar (sanamente) una discusión sobre visiones o interpretaciones de la realidad, sin apuntar (por lo menos) algunas pistas donde creemos se debe transitar en la búsqueda de alternativas que hagan la vida más humana, es decir, más cristiana.

 

Queremos ubicar estas pistas en tres grandes espacios:

 

  1. El espacio y dimensiones de la crisis

 

Latinoamérica sufre desde décadas una crisis que se ha ido transformando en una crisis integral en varias dimensiones.

 

En lo económico, es una crisis del modelo de desarrollo que por influencia de las políticas emanadas del Consenso de Washington e inspiradas en el pensamiento neoliberal, y la falta de consolidación democrática y una firme estructuración institucional, se ha agotado en un crecimiento insuficiente y variable, con una insuperable brecha en la injusta distribución de la riqueza.

 

Como derivado de ello y por lastres históricos, la crisis se expresa en una permanente y creciente exclusión social, marginando de la economía y la participación democrática a amplios sectores (variando según los países) de la población, y en muchos países agravada por el fenómeno de las migraciones, especialmente por desplazamientos hacia las grandes capitales, engrosando los cinturones de pobreza y miseria.

 

Pero fundamentalmente es una crisis de dimensión política, marcada, en la gran mayoría de nuestros países, por el vaciamiento de la casi totalidad de los partidos y movimientos que han agotado la democracia en ejercicios electorales, y han ido perdiendo su propia identidad.

 

Una crisis de dirigentes sin valores, sujetos a presiones y dependencias de intereses individuales e individualistas, ajenos a las necesidades y aspiraciones de nuestros pueblos. En este clima, la corrupción, la impunidad y el autoritarismo se transforman en medios casi normales, y hasta llegan a generar una cultura contradictoria a los valores y principios originarios.

 

  1. El espacio por la recuperación y profundización de nuestra identidad cultural

 

Sin una identidad, una razón compartida de donde venimos, donde estamos y cual es nuestro objetivo, sucumbe cualquier persona, institución o nación. Estamos obligados a asumir el desafío de reconocer, recrear y profundizar nuestra identidad cultural, o como confrontar (con “nuevas” propuestas) las pautas culturales dominantes, hegemonizadas por los centros de poder mundiales, políticos, económicos, sociales, académicos, tecnológicos y mediáticos, vehículos de la “dictadura del relativismo” y de un hedonismo convertido en libertinismo de masas. Como enfrentar, al decir de Guzmán Carriquiry, ese “nuevo opio de los pueblos”.

 

La ausencia o negación premeditada de criterios fundados sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso, el intento es “desvertebrarnos”, de quitarnos nuestra identidad, de convertirnos en “zombis” que se agotan en los sentidos, banalizando la conciencia, el valor y experiencia de lo humano, debe sacudirnos y obligarnos a una profunda reflexión. Ante una cultura fundada sobre el ocio, el facilismo, el individualismo y la acumulación, debemos impulsar una cultura del trabajo humano, de la responsabilidad social, del compartir y la solidaridad.

 

Todos somos responsables de este desafío, pero especialmente los que nos autoproclamamos “cristianos”, porque como personas estaríamos eludiendo este desafío ante nuestros hermanos y pueblos, como latinoamericanos negaríamos valores de nuestras raíces precolombinas asentadas sobre el trabajo y el compartir, sino que traicionaríamos el rico patrimonio del legado que el Señor nos mostrara con su propia vida, el magisterio y ejemplo de quienes nos antecedieron en la fe, la esperanza y el amor.

 

La pluralidad adquiere sentido en la medida que cada uno, recupera y profundiza su propia identidad, y con el respeto que nos merecemos todos, la confrontamos y compartimos buscando los elementos que en común definen y dan razón de existencia y desarrollo al ser Latinoamericano.

 

  1. El espacio de nuevos paradigmas ideo-políticos

 

La recuperación de nuestra identidad cultural latinoamericana constituye el basamento ineludible para poder inspirar, generar y profundizar nuevos paradigmas ideo-políticos que superando los actuales modelos de dependencia y sumisión, impulsen la consolidación de una democracia real, un modelo de desarrollo humano integral y la conformación de la Comunidad Latinoamericana de Naciones.

 

En los últimos 50 años de nuestra Latinoamérica, el 92% de los Presidentes y Ministros de nuestros países se definieron (y se definen) como cristianos, o fueron (y son) exalumnos de universidades o centros de estudios con el apelativo de “cristianos”.

 

Ante este hecho, no podemos eludir algunas interrogantes: ¿Como puede explicarse o comprenderse, que en ese mismo tiempo haya aumentado la pobreza, la miseria, la marginalidad y exclusión social, transformándose en abismo la brecha entre ricos y pobres? ¿Qué hemos enseñado, qué hemos aprendido, qué modelos hemos asumido e impulsado, como dirigentes? ¿Hasta dónde llegó nuestra coherencia, qué oportunidades hemos tenido de profundizar y compartir nuestras concepciones, o para mantener posiciones (tan efímeras como limitantes) nos dedicamos a administrar modelos y políticas que compramos o nos impusieron?

 

Cuando releemos el Magisterio Social de la Iglesia Universal, desde las Encíclicas, Constituciones Pastorales y Exhortaciones Apostólicas en los últimos 150 años de la Iglesia, hasta el Magisterio Social de la Iglesia Latinoamericana de Río de Janeiro (1955) a Santo Domingo (1992), pasando por las emblemáticas Conferencias de Medellín (1968) y Puebla (1979); cuando retomamos aportes sustantivos de otras instituciones en el marco del pensamiento humanista y cristiano (notoriamente las elaboraciones de la CLAT sobre Democracia, Desarrollo e Integración); constatamos la existencia de un enorme caudal de orientación que asumido y adaptado, profundizado y compartido, es, sin lugar a dudas, el más rico patrimonio para animar e impulsar nuevos modelos y proyectos para hacer de Latinoamérica una tierra de paz y libertad como frutos de la justicia social y la solidaridad.

 

  1. A modo de conclusión

 

Se nos ocurre, a modo de conclusión, cambiar el punto de observación y análisis. Si miramos Latinoamérica desde una óptica cristiana, vale la pena, en preparación a la V Conferencia General del Episcopado (Aparecida-2007), mirar a la Iglesia (es decir mirarnos a nosotros mismos), desde una óptica Latinoamericana.

 

El mirar el camino recorrido nos puede ayudar a ubicarnos mejor en la comprensión del hoy que vivimos, para asumir con mayor precisión la necesidad de discernir con la claridad posible, los factores causales de nuestra realidad, un juicio católico sobre el actual acontecer latinoamericano y mundial, o por lo menos, algunas hipótesis razonables sobre lo que está sucediendo al inicio de este siglo XXI. Caso contrario, corremos el riesgo de acumular y hasta superponer aportes que pueden quedar inconexos y fragmentados.

 

Existen grandes desafíos, problemas cruciales (sólo nos hemos referido al mundo del trabajo) que debemos afrontar. Ellos nos permitirán visualizar, en un amplio debate eclesial, los caminos que podemos y debemos transitar, hacia, durante y después de la V Conferencia General.

 

No existen caminos transitables, como tampoco soluciones mágicas. Como decía un querido amigo, “cuando vamos encontrando respuestas, nos van cambiando las preguntas”. Por más de 100 años nos debatimos contra un materialismo que desde las mismas fuentes de la Ilustración, se expresaba en términos de “capitalismo” y de “comunismo”. Con la orientación fundamental del Magisterio Pontificio y los aportes del Episcopado Latinoamericano, nos desarrollamos entre avances y contradicciones, nuestras y ajenas. Medellín y Puebla nos ayudaron a compartir el desafío de una realidad latinoamericana en permanente evolución, y a discernir donde se encontraban los grandes desafíos a confrontar y resolver, para no quedar atrapados en las sacristías, perseguir señuelos o desgastarnos detrás de objetivos intrascendentes, sembrados algunas veces por quienes nos confrontaban, y otras creados por nosotros mismos.

 

En el marco de la “guerra fría”, y en el escenario de las luchas sociales, económicas y políticas, a pesar de dudas, vacilaciones y hasta incoherentes compromisos coyunturales, supimos hacer distancia de la polarización, expresando nuestras críticas al capitalismo con argumentos diferentes a los comunistas, y combatiendo al comunismo con criterios muy distantes de las críticas capitalistas. No siempre fuimos comprendidos.

 

Nuestro compromiso y visión centrados en la persona y en el trabajo humanos nos permitió ubicarnos en un plano diferente al de la polaridad. No fue fácil ni tampoco genérico, pero a pesar de muchas limitantes, soledades y claudicaciones, se construyó una referencia respetada y creíble[11]. Durante el tiempo citado, teníamos bastante claro (con todas las dificultades del caso), cuales eran los “enemigos”[12] y (más allá de nuestras riquezas, limitaciones y confusiones), sabíamos y teníamos con que responder y como hacerlo.

 

Consideramos que este es el mayor desafío de la V Conferencia: como sistematizar en un todo homogéneo, no fragmentado, una visión de la realidad latinoamericana (ubicada como referencia inicial), y aportar criterios de orientación para discernir la situación del hoy y del mañana más cercano.

 

Desde Medellín (1968), haciendo escala en Puebla (1979), en “Promoción Humana”[13] y en una “Visión Pastoral de la Realidad Latinoamericana”[14] encontramos elementos más que suficientes que configuran un cuadro de agresiones al ser humano latinoamericano, más que preocupantes. Hoy podemos afirmar que en esos 38 años, se han impulsado y generado cambios, pero que no han mejorado las condiciones de vida y de trabajo de las grandes mayorías. Más aún, la brecha de injusticia distributiva se ha ampliado y profundizado en forma difícilmente superable.

 

Cuando en los inicios de la década de los 70, en la conducción de la CLAT[15] comenzamos a denunciar la imposición de políticas que inspiradas en el modelo ideológico neoliberal iban a agravar aún más las condiciones de vida y de trabajo de los trabajadores latinoamericanos, a denunciar el “Consenso de Washington”, y el triste sometimiento (inconsciente o premeditado) de la gran mayoría de las clases dirigentes, muchos nos quedamos solos, criticados, etiquetados de “radicales” o “exagerados” (en el mejor de los casos), desde los sectores políticos hasta en el propio Episcopado Latinoamericano (con honrosas excepciones que no olvidamos).

 

Hoy, y a nivel de Iglesia aparecen como (bastante) clara las nefastas consecuencias de esas políticas, que el neoliberalismo (aunque no se ha logrado imponer en forma ortodoxa en Latinoamérica) no se agota como inspirador de esas políticas económicas y sociales sino que conforma un evidente modelo ideológico con su integralidad, los negativos impactos del “proceso de globalización”, del “ALCA” y los “Tratados de Libre Comercio”, etc.

 

Para más del 50% de los latinoamericanos, y más allá de los compromisos gubernamentales en los Objetivos del Milenio, la pobreza se convierte paulatina e irremediablemente en miseria, las angustias en desesperanzas. No caben retóricas ante un padre que sufre la impotencia de no encontrar un empleo (aunque no sea tan digno), no poder alimentar ni educar a sus hijos, de haber perdido la noción de una vivienda digna, de una seguridad social que garantice la salud de su familia, de negarse a imaginar un futuro diferente, como se le muestra agresivamente por una sociedad de consumo que en lugar de motivarlo, lo empuja a la desesperanza o a la violencia. Dolorosamente casi el 20% de la población latinoamericana se encuentra en la indigencia, y lo que es peor, en el proceso de perder la esperanza de algo mejor.

 

Cada día que pasa, en la obligación de compartir esas angustias crecientes y esperanzas menguadas, más que refugiarnos en supuestas justificaciones econométricas o sociológicas, no encontramos disculpas a nuestras omisiones, ni refugio en denunciar a quienes, conscientes o no, han impulsado o avalado las políticas que las han originado.

 

Al momento de intentar la búsqueda de caminos alternativos para la región, estamos llamados a considerar muy especialmente que:

 

No existen soluciones viables en forma parcial o sectorial. La sustitución de un paradigma de “crecimiento” debe ser sustituido por un nuevo paradigma, en este caso, de desarrollo humano integral.

 

Un nuevo paradigma de desarrollo debe estar sustentado por la recreación y profundización de nuestra identidad cultural.

 

Un nuevo paradigma de desarrollo no tendrá las posibilidades de su implementación si no es en el marco de la Integración de nuestros pueblos.

 

¿Qué esperan nuestros pueblos?

 

Salvaguarda de la libertad y los derechos fundamentales de las personas; hacer viables y efectivos “Estados de Derecho como derecho de los estados”, (entendido como el conjunto estructurado, armónico y participativo de la sociedad).

 

Impulsar la centralidad de la persona y el trabajo humanos, como camino ineludible hacia la justicia social y como factor de dignificación de la persona y pauta esencial de una nueva “cultura del trabajo responsable”[16].

 

Necesidad de eliminar el “estigma del no trabajo”, la mercantilización del esfuerzo humano, la sustitución conceptual del trabajo por el empleo, las degradantes condiciones de vida y de trabajo de las grandes mayorías[17].

 

La necesidad de reconstruir el tejido social, a partir de: la recuperación de la familia como célula esencial y determinante de una sociedad digna; la participación en la búsqueda permanente de la verdad; el recuperar la vocación de servicio en la función pública; el asumir las diferencias como una necesaria forma de enriquecimiento. Todos ellos, caminos que convergen en una auténtica democratización.

 

La búsqueda y promoción de nuevos paradigmas de desarrollo (estado-mercado-pueblo organizado), que no se agoten en el crecimiento[18] y promuevan una economía al servicio de las personas, una función política al servicio del bien común, una más justa distribución de la riqueza y la plena vigencia de la solidaridad y la subsidiaridad.

 

El reconstruir y hacer transitables los diversos caminos de la integración regional para que converjan en una gran Comunidad Latinoamericana de Naciones. Una integración “integral”, que no se agote en lo económico y financiero, sino que asuma como determinante la integración social, humana, política, como consecuencia de la recreación y profundización de nuestra identidad cultural, profundamente enraizada en valores humanistas-cristianos.

 

La Iglesia no puede jamás ser ajena a las vicisitudes de la vida pública de nuestros pueblos y naciones, viviendo dentro de ellos, pero trascendiéndolos, asumiendo críticamente las diferentes culturas, sin confundirse con ninguna de ellas. La Resurrección de Cristo, la máxima revolución del amor, nos debe transformar en verdaderos agentes de liberación y signos de contradicción. Consideramos necesario que, al igual que en Medellín y Puebla, que una visión descarnada de la realidad se ubique identificándonos con los más desprotegidos y marginados, porque en ellos está el Señor.

Debemos practicar, en lo político y lo social, un permanente pluralismo. Pero el pluralismo no existe cuando se diluyen la identidades y se intentan imponer y hegemonizar pautas culturales opuestas y contrarias a la persona humana.

 

No queda lugar para el “equilibrio” de las ideas…la comprensión hacia quienes no piensan como nosotros no puede conducirnos a aceptar lo inaceptable…como diferencias el respeto a las personas del combate frontal contra ese “nuevo opio”, ese “new deal” del “hombre light”, un ente muy liviano a merced del vendaval de la dictadura de los sentidos, el individualismo y el egoísmo como paradigmas del hombre moderno.

 

El Evangelio es “buena noticia sobre la dignidad de la persona humana”[19], es “un mensaje de libertad y fuerza de liberación”[20].

 

Lo determinante en el camino hacia la V Conferencia, desde nuestra modesta experiencia y compromiso, es como asumir el desafío de reconocer, recrear y profundizar nuestra identidad cultural, o como confrontar (con “nuevas” propuestas) las pautas culturales dominantes, hegemonizadas por los centros de poder mundiales, políticos, económicos, sociales, académicos, tecnológicos y mediáticos, vehículos de la “dictadura del relativismo” y de un hedonismo convertido en libertinismo de masas (Citado en el punto 3.2).

 

Esta “cultura tiene a la Iglesia como la mayor enemiga”, y es para nosotros el desafío crucial al que debemos darle respuesta.

 

La resultante de los esperados debates de la V Conferencia, debería conducirnos a caracterizar con valentía los “signos de los tiempos” y tipificar con absoluta claridad el “enemigo” a confrontar, sin respuestas técnicas o políticas para imponer, sino con criterios de discernimiento y orientación que ayuden a descubrir el sufrimiento del “Cristo Latinoamericano”, no para acompañarlo solidariamente en el camino a la muerte, sino para asombrarnos con una resurrección compartido, haciendo la vida cada día más humana, es decir, más cristiana.

 

Un camino que consideramos ineludible es el de asumir la educación como el eje estratégico de todo el quehacer evangélico.

 

Creo que debemos preguntarnos si somos coherentes, no con el libreto, sino con la inspiración que motivaron a Don Bosco, Ignacio de Loyola, y tantos hermanos, a evitar la reducción del cristianismo a una lista de preceptos o de valores desencarnados, descubriendo el encuentro compartido con una belleza que cambia la vida, con el descubrir algo suficientemente verdadero y atractivo como para poner en movimiento el dinamismo de nuestra libertad.

 

“Es injusto regalarle a un niño un juguete sin explicarle como funciona, pero aún más injusto es darle la vida sin ofrecerle una hipótesis que le permita entender como puede vivirla intensa y humanamente”[21]

Como el don de la fe es acogido, reconocido, adherido, celebrado, comunicado, compartido, y convencidos que nadie puede dar lo que no tiene, debemos compartir el asombro de encontrarnos con El en lo cotidiano de lo nuestro, en el rostro, en las angustias y esperanzas de la gran mayoría de los latinoamericanos.

 

Asumir a plenitud nuestro rol fundamental de “discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en El tengan vida”, significa descubrir y asumir un verdadero y auténtico rol de “agentes de cambio y signos de contradicción”, sin dobleces ni equilibrios.

 

Si no evitamos que seamos reducidos a “slogans” más o menos publicitarios, para arrinconarnos en las “sacristías”, corremos el riesgo de darles razón a quienes nos quieren etiquetar como burócratas de ciertas prácticas religiosas, privatizadas, globalizadas y masificadas.

 

 

[1] Luis Enrique Marius, Uruguayo, Ex Miembro del Comité Ejecutivo y Buró Político de la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT) – Ex Miembro del Consejo Directivo de la Universidad de los Trabajadores de América Latina (UTAL) – Ex Director General del Instituto Latinoamericano de Cooperación y Desarrollo (ILACDE) – Ex Vicepresidente Alterno de la Confederación Mundial del Trabajo (CMT) – Ex Presidente de la Comisión Latinoamericana por los Derechos y Libertades de los Trabajadores (CLADEHLT), Asesor del Dpto. Justicia y Solidaridad del CELAM – Director General del Centro Latinoamericano para el Desarrollo, la Integración y Cooperación (CELADIC).

[2] Encíclica Laborem Exercens –[Presentación] – S.S.Juan Pablo II – 1981.-

[3] Encíclica Laborem Exercens – [Presentación] – S.S. Juan Pablo II – 1981.

[4] Encíclica Laborem Exercens – [II-6] – S.S. Juan Pablo II – 1981.

[5] Encíclica Laborem Exercens – [I-3] – S.S. Juan Pablo II – 1981.

[6] Encíclica Rerum Novarum-[2] – S.S. Leon XIII – 1891.-

[7] Encíclica Laborem Exercens – [I-1] – S.S. Juan Pablo II – 1981.-

[8] Notorias son las manifestaciones de apoyo de S.S. Juan Pablo II a Solidarnosc, el reconocimiento a la ADLV (sindicato de los trabajadores del Vaticano), y las muestras de solidaridad expresadas a la CLAT.

[9] Luis Enrique Marius – Ponencia sobre el mundo del trabajo en el Sínodo de los Obispos sobre la Misión de los Laicos – Sala del Sínodo – 1987.

[10] S.S. Juan Pablo II, el 14.Octubre.1987, día previo a la ponencia citada anteriormente.

[11]¿Cómo es posible mantener un compromiso progresista y de cambios profundos desde el pensamiento cristiano?” [Pregunta repetida en varias ocasiones, desde el ámbito de la socialdemocracia europea y sectores “progresistas”].

[12] “Enemigos”, como personas para respetarlos y convertirlos, como ideas y propuestas para combatirlas.

[13] Primera parte de las “Conclusiones” de Medellín.

[14] Primera parte de las “Conclusiones” de Puebla

[15] Central Latinoamericana de Trabajadores

[16] Confrontando las pautas culturales del “modernismo”: ocio, facilismo, dependencia, irresponsabilidad, etc.

[17] Millones de Cristos en caminos obligados hacia el Gólgota.

[18] Categoría que para los neoliberales sustituye el rico concepto del “desarrollo”.

[19] SS. Juan Pablo II-“Redemptor Hominis”, n.10.

[20] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción “Libertatis Nuntius”, 1984.

[21] Padre Julián Carrón, “Buenos Tiempos para los Maestros”- Debate sobre la Educación.2006.

Categorías:DSI, General
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