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ACCIÓN-FORMACIÓN SOCIAL Y LAICADO, DESDE ROVIROSA

ACCIÓN-FORMACIÓN SOCIAL Y LAICADO, DESDE ROVIROSA

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Guillermo Rovirosa, investigador y militante laico

Acción-formación social y laicado

Agustín Ortega (Centro Loyola e ISTIC)

http://www.diocesisdecanarias.es/formacion/formacion-justicia-social/accion-formacion-social-y-laicado-desde-rovirosa.html

 

Este fin semana pasado (26-27 de octubre de 2013), organizado por la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, la Comisión Episcopal de Pastoral Social y la Fundación Pablo VI, se celebró un Seminario de Estudio sobre testimonios de la fe en nuestra Iglesia española. Cuatro figuras que renovaron la vocación laical y su compromiso social: el Cardenal Ángel Herrera Oria, el sacerdote D. Abundio García Román, y los laicos Dña. Pilar Bellosillo García-Verde y D. Guillermo Rovirosa Albert. En dicho Seminario se plantearon y abordaron cuestiones, realidades y temáticas que en este escrito intentaremos tratar y profundizar. Y lo haremos, teniendo como guía, en especial, a uno de estos testigos de la fe, G. Rovirosa, fundador y promotor en España de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), llamada a evangelizar el mundo obrero, de los pobres y oprimidos. Como se ha estudiado, a Rovirosa lo podemos enmarcar en la corriente cultural y social conocida como el personalismo comunitario, junto con otros pensadores y testimonios como E. Mounier o los mismos K. Woytywa (Juan Pablo II) y (posteriormente) I. Ellacuría, y a la teología renovadora de la época con autores como De Lubac, Chenu, Congar o Rahner: que contribuyeron decisivamente a la realización del Concilio Vaticano II; el Concilio que trajo una renovación profunda de la acción misionera y pastoral, la acción laical y ética, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), etc.

Este personalismo cultural, filosófico y teológico, del que Rovirosa fue paradigma y tal como cristalizó en el Vaticano II, nos ha legado una sólida, cualificada enseñanza sobre el laicado y lo social, que todavía hay que seguir potenciando y promoviendo. El laicado y lo social tiene su raíz en el compromiso bautismal, no (mal llamado) “compromiso temporal”, por el que nos insertamos en la vida de Cristo y su Iglesia, como Sacerdotes, Profetas y Reyes para transmitir, celebrar y servir al Reino de Dios y su amor fraterno, paz y justicia con los pobres (empobrecidos, oprimidos y excluidos) de la tierra. Es una espiritualidad de encarnación por la que el cristiano en general y, en particular, el laicado, en el seguimiento de Jesús, acoge y asume toda la realidad (humana y cultural, social y política, económica e histórica), de forma universal, mundial, para ser protagonista de su gestión y transformación renovadora desde el bien común, la fraternidad y la justicia con los pobres. Esta es la vocación y misión más específica del laico o seglar: ejercer la caridad social y política, gestionar y transformar, más directa e inmediatamente, todas las realidades del mundo, para que se vayan ajustando al Reino de Dios y su justicia con los pobres.

Sin embargo, ha habido y hay concepciones muy espiritualistas o privatizadoras y corporativistas de concebir al laicado, donde este solo se limita a actuar en su realidad cercana o local (en mi vida familiar, en mi trabajo, en mi entorno, etc.); cuando en realidad, por el mandamiento nuevo del Evangelio, el amor universal-sin barreras ni fronteras-, el laicado está llamado a transformar todo el mundo, toda la humanidad y la creación, todas las realidades sociales e históricas, toda la historia y el cosmos, a semejanza del Verbo, Dios Encarnado, Jesucristo. A esta concepción, ya casi post-moderna, del espiritualismo burgués e individualista, privatizadora o del clan, se opone pues el Reino y su amor de fraternidad universal, la caridad social y política que es esa caridad más amplia, universal que busca el bien común internacional, la solidaridad mundial y la justicia-ética global con los pobres de la tierra. Es así una espiritualidad y ética de la caridad política que va realizado o anticipando, ya, el Reino de Dios y su amor, paz y justicia en la historia, y que culmina en la vida plena-eterna. Y que supone ir a la raíz de los problemas y necesidades, a las causas de la pobreza, del hambre y la exclusión, a las ideologías o culturas, relaciones y estructuras (sociales, políticas, económicas…) de pecado y de mal que generan la injusticia y desigualdad social del hambre y de la pobreza, del paro, de la explotación laboral y de la exclusión social. Transformar de raíz las relaciones y estructuras o sistemas injustos, para que haya otro orden justo, no es una cuestión de rebeldía juvenil o moda, sino que es comprometerse de forma ética. Ya que no es moral la complicidad o pacto con un sistema u orden social injusto, ponerle solo parches, “ayudas sociales y benéficas”, que lleva al paternalismo o asistencialismo y encubre/mantiene este orden social injusto. Más allá de lo interpersonal y asistencial, que por supuesto es necesaria y urgente, la caridad es socio-política e inseparable de la justicia con los pobres, que lucha contra las causas de la injusticia, contra las relaciones y sistemas inmorales que generan la injusticia de la pobreza y de la marginación social, del paro y la explotación laboral.

En este sentido, los pobres son los sujetos, los protagonistas de su desarrollo y promoción liberadora e integral, que pretenden ser libres de toda servidumbre, paternalismo e injusticia, de toda relación y sistema opresor. Los pobres son así el lugar o realidad y sujeto principal, primordial, de la misión evangelizadora, del compromiso social, de la transformación de la realidad, y no una supuestas minorías o élites (“líderes”) que controlan el poder, por aquello tan cierto de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Como nos enseña la tradición espiritual, como la franciscana o ignaciana, el poder y la riqueza son el anti-signo evangélico y social por excelencia y sus minorías selectas o élites-líderes de este poder: a lo que se han dedicado o dedican, sobre todo, es a pactar y a concertar con el sistema injusto, a la burocracia y tecnocracia, a mantener la injusticia y la opresión; todo ello a costa del desarrollo y promoción liberadora de la gente sencilla, humilde, de los pueblos y de los pobres. Que esto ha sido así, en la historia de la evangelización y de un (mal) llamado “catolicismo social”, es una cuestión sobre la que no cabe duda, y la experiencia histórica nos da muchas lecciones sobre ello, en el pasado y en la actualidad.

De lo que se trata es de promover el mandamiento nuevo del amor, universal, la caridad política que lucha pacíficamente contra toda agresión a la vida y dignidad de las personas. Es la encarnación liberadora en el mundo de los pobres y obreros (trabajadores) para realizar el Reino de Dios y su justicia. Hay que difundir las relaciones de comunión, solidaridad e igualdad del Dios Trinitario que, en el Espíritu, habita a la humanidad y al cosmos. Poner a las personas en el principio y fin de toda la realidad, frente a los totalitarismos o ídolos del poder y la riqueza, del mercado y del capital (neoliberalismo/capitalismo), del estado y del partido (comunismo colectivista-soviético) que sacrifican, en el altar del beneficio y la eficacia, a los seres humanos, sobre todo los más pobres. De esta forma, hay que liberarse del egoísmo o codicia y de la riqueza, del ser ricos, para ir siendo pobres de forma solidaria y evangélica, compartiendo los bienes y la vida con los pobres, hasta dejar de ser ricos, asumir sus causas y luchas por la justicia, los anhelos y esperanza de los pobres. Frente al poder y el saber, hay que ejercitar el servicio y el conocimiento experiencial, espiritual-ético y cultural, para el compromiso por un mundo más justo y fraterno, para le bien más universal. En esta línea, el cristiano comprometido, militante comprende y asume el conflicto social, esto es, la codicia u opresión e injusticia de los ricos y poderosos sobre los pobres, la estructura social de pecado y perversa que genera la pobreza, para luchar así, pacíficamente, porque desaparezca este conflicto y explotación del hombre sobre el hombre; y, en este sentido, reine la fraternidad y la paz, el bien común y la justicia social-global que Dios nos regala en su Don-Gracia salvadora y liberadora.

Hay que promover una economía y política, de inspiración Trinitaria, que anteponga: el destino universal de los bienes a la propiedad; el trabajo (la dignidad y derechos del trabajador) al capital (beneficios y ganancias); la socialización y co-gestión del bien común, de la empresa y economía, en una verdadera democracia económica, frente al poder y dominación. Todo ello como nos mostró el personalismo y Rovirosa ejemplarmente, como nos enseña el Vaticano II y la DSI, las iglesias latinoamericanas (con testigos como Mons. Romero o I. Ellacuría) y hoy el Papa Francisco. Otro mundo sí es posible, sí se puede transformar la realidad, sí es posible acabar con las injusticias, sí hay alternativas al capitalismo, hoy global, que por esencia es inmoral e injusto. El bien común, el estado social de derecho-s a nivel mundial, un sistema comercial y financiero-bancario internacional con unas leyes éticas, etc. pueden vencer a las estructuras injustas y de pecado como son las del capitalismo que es por naturaleza inmoral y va en contra de todos los principios éticos, tal como nos enseña la DSI. Y es que estamos transidos por la esperanza de la Pascua de Jesús que nos Revela que el bien la justicia y la vida triunfan sobre el mal, la injusticia y la muerte. Como testimonian, día a día, tantos cristianos comprometidos y militantes que con su verdadero sacrificio y esfuerzo, la entrega y el compromiso por el Reino y su justicia con los pobres, nos muestran lo que es la felicidad real, el sentido y realización humana, espiritual, la belleza de esa historia de amor de Dios con el ser humano, con los pobres y víctimas de la historia.

(octubre 2013)

Agustín Ortega (Centro Loyola e ISTIC)

Subdirector del Centro Loyola, Centro Fe y Cultura de los Jesuitas (Las Palmas de GC) y Profesor en el ISTIC (Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas). Ha cursado los estudios de trabajo social (Diplomado), Filosofía y Teología (Licenciado en EE., Teología Sistemática), Moral (Experto Universitario) y Ciencias Sociales (DEA y Doctor por el Departamento de Psicología y Sociología, ULPGC)

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