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El papel de los laicos en la vida de la Iglesia

Los laicos, pues, deben ser los principales protagonistas de la evangelización; ellos deben llegar a donde no llega el sacerdote o la religiosa

El término “laico”

La palabra «laico», es un derivado del término latino “laos” que significa “pueblo”; fue acuñado muy temprano por el cristianismo y nunca, en ninguna cultura, menos en el cristianismo, significó que alguien no tuviera ninguna religión como se ha pretendido interpretar este en nuestro país, por la influencia liberal y del iluminismo francés con su connotación anticristiana. Esta interpretación desde luego está equivocada y está en contra de las tres grandes religiones monoteístas del mundo; por lo tanto, dar la interpretación de laico como una realidad arreligiosa, en el fondo expresa una ignorancia.

Los laicos y el clero

Cuando la Iglesia Católica pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano, en el año 313, se especificó un poco más el término laico. En esta coyuntura histórica estaba muy definida la diferencia entre los miembros de la Iglesia cuyo primer nivel era el “laos”, el pueblo, que en su mayoría eran personas que no habían tenido acceso a la educación y que no dominaban el latín, pero que participaban activamente en la vida de la Iglesia sin ser sacerdotes, obispos o monjes. No se debe entender con esto que el término fuera despectivo.

Otro grupo o segundo nivel lo formaban los clérigos. “Cleros” es una palabra latina que se traduce como separados, en referencia a aquellos o aquellas que se separaban del pueblo y adquirían un compromiso como diáconos, presbíteros, monjes o monjas. Así fue que se formaron dos estilos de vida: los clérigos (los cleros, separados) que se distinguían con el uso de un “hábito”, y los laicos (que pertenecían al pueblo).

Entre los clérigos ha existido una especificación importante. Hay un clero secular y un clero regular. El clero secular, para derribar la idea de que la Iglesia desprecia al mundo, es el que está inmerso en las realidades terrenas; la palabra secular viene del latín “saeculum” que se traduce como “siglo”, entonces el clero secular es el que va con el siglo, que no está bajo un reglamento, sino bajo la disposición del Obispo y que vive en el mundo; tiene su casa y su vida al lado del pueblo y también es llamado clero diocesano, por pertenecer a una diócesis.

El clero regular, en cambio, lo integran aquellos que viven total o parcialmente en un convento. La palabra ‘regular’ tiene su raíz en el latín “regula” traducido como regla. Sus miembros viven bajo un estilo, un regla de vida muy específica.

Todo esto hay que especificarlo para que se entienda muy bien el término laico(a). A mí me gusta mucho el término que se acuñó como fruto del Sínodo dedicado a los laicos en Roma y que es el título de una reflexión Post-conciliar «Christifideles laici», que se traduce como «fieles cristianos laicos. También es propio llamar al laico «seglar», que son los que no llevan hábito, no están en un convento.

El resurgimiento de los laicos en la vida de la Iglesia

Uno de los aspectos negativos en el caminar de dos mil años en la vida de la Iglesia ha sido, en algunos momentos y en algunos lugares, creer y asumir que la inmensa tarea pastoral depende únicamente del clérigo. Esto es un grave error que tiene su recurrencia. En el principio de la vida de la Iglesia el papel de los laicos fue muy importante, tanto de los hombres como de las mujeres. El primer impulso evangelizador de la Iglesia se realizó a través de laicos.

Posteriormente, poco a poco por la idea de que la perfección cristiana obliga a retirarse del siglo y concentrarse más en la vida interior y cambiar el modo de vestir y de actuar, se fue haciendo la idea de que lo importante era el estado clerical, y por lo tanto se requería vestir un hábito y pertenecer a una orden, lo que contradecía los inicios de la tradición cristiana donde la orden de las viudas, de las vírgenes, entre otras, eran órdenes laicales.

En 1962, en la celebración del Concilio Vaticano II, uno de los temas obligatorios y centrales fue restituir al laico, al seglar, su lugar imprescindible en la actividad de la Iglesia Católica, para que los laicos no sólo fueran objeto de la evangelización sino protagonistas y responsables de esta tarea; de ahí surgió el Documento del Concilio llamado «Apostolicam actuositatem» que está de dedicado al laico.

La vocación del laico en la Iglesia

Desde la celebración del Concilio Vaticano II se ha venido perfilando la vocación del laico como miembro de la Iglesia. Esta vocación la presentamos el año pasado en el lema del Congreso Diocesano de Laicos: «Hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo»; esta es la vocación primera del laico: hombres y mujeres en comunión con la Iglesia, seguidores de Jesucristo, pero que no viven en el convento, que no traen un hábito, sino que viven en el corazón del mundo, y el corazón del mundo son las familias, las fábricas, las oficinas, la política, le economía, el deporte, las comunicaciones; ahí la vocación del laico es santificar el ambiente.

Un buen ejemplo lo encontré en una noticia que recientemente leí: en África, donde la conversión de un islámico al cristianismo merece la muerte, muchos musulmanes se están haciendo católicos, contrario a la creencia de que era imposible que un islámico se convirtiera al cristianismo. Lo curioso es que como los amenazan de muerte, huyen un tiempo de su lugar de origen a un lugar donde ser católico no esté penalizado, pero después de un tiempo de empaparse de Dios, de la fe católica, vuelven a su tierra para ser misioneros sin temor de dar la vida por su fe. Aquí está la vocación esencial del laico, no separarse del mundo sino vivir inserto en él, y desde él, evangelizar.

Protagonistas de la evangelización

Los laicos, pues, deben ser los principales protagonistas de la evangelización; ellos deben llegar a donde no llega el sacerdote o la religiosa; ellos deben ser los evangelizadores de avanzada. Esta es la hora del laico, de los seglares conscientes que no deben separarse del mundo para realizar su labor. Por lo mismo, no es correcto que cuando a un laico de una parroquia lo llamen a ser ministro o ministra de la Comunión le quieren imponer un hábito o distintivo; lo más correcto es que mantengan su vestimenta seglar. Que los laicos no se clericalicen y que los clérigos no se laicisen.

El Señor Jesús instituyó su única Iglesia Católica para continuar la redención y reconciliación de los hombres hasta el fin del mundo. Dio a sus Apóstoles sus poderes divinos para predicar el Evangelio, santificar a los hombres y gobernarlos en orden a la salvación eterna.

Por eso la Iglesia Católica es la única verdadera fundada por Jesucristo sobre San Pedro y los Apóstoles; y todos los hombres estamos llamados a ser el Pueblo de Dios guiado por el Papa, que es el sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo en la tierra.

La Iglesia Católica es también el Cuerpo Místico de Cristo, porque, como en un cuerpo humano, Cristo es la Cabeza, los bautizados somos los miembros de este cuerpo y el Espíritu Santo es el alma que nos une con su gracia y nos santifica. Por esto la Iglesia es también Templo del Espíritu Santo.

En su aspecto visible la Iglesia está formada por los bautizados que profesan la misma fe en Jesucristo, tienen los mismos sacramentos y mandamientos, y aceptan la autoridad establecida por el Señor, que es el Papa.

Estos fieles, por el Bautismo, se hacen partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo.

  • ¿Quién fundó la Iglesia?

La Iglesia fue fundada por nuestro Señor Jesucristo.

  • ¿Cómo empezó Jesús la fundación de la Iglesia?

Jesús empezó la fundación de la Iglesia con la predicación del Reino de Dios, llamando de entre los discípulos que le seguían a los doce Apóstoles, y nombrando a Pedro Jefe de todos ellos.

  • ¿Se puede reconocer hoy a la verdadera Iglesia?

Si, hoy se puede reconocer a la verdadera Iglesia viendo si tiene por Fundador a Jesucristo, si participa de los siete sacramentos, si ama a la Santísima Virgen María y si obedece al Papa. Si le falta algo de esto, no es la verdadera Iglesia.

  • ¿Cuál es la misión de la Iglesia?

La misión de la Iglesia es la misma de nuestro Señor Jesucristo: llevar a cabo el plan de salvación de Dios sobre los hombres.

  • ¿Qué poderes ha dado Jesús a la Iglesia para cumplir esta misión?

Para cumplir esta misión, Jesús ha dado a la Iglesia los poderes de enseñar su doctrina a todas las gentes, santificarlas con su gracia y guiarlas con autoridad.

  • ¿Cuáles son las propiedades y notas que Cristo confirió a su Iglesia?

Las propiedades y notas que Cristo confirió a su Iglesia son cuatro: que es Una, Santa, Católica y Apostólica.

  • ¿Quiénes son los fieles cristianos?

Los fieles cristianos son los que, incorporados a Cristo por el Bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y son hechos partícipes a su modo de la función sacerdotal, profética y real de Cristo para desempeñar la misión de la Iglesia en el mundo.

  • ¿Están todos los fieles llamados a la santidad y al apostolado?

Si, todos los fieles están llamados a la santidad y al apostolado, sea cual fuere su condición, por el mismo hecho de haber recibido el Bautismo y la Confirmación.

  • ¿Quién es el Pastor supremo y Cabeza invisible de la Iglesia?

El pastor supremo y Cabeza invisible de la Iglesia es Jesucristo.

  • ¿Quién es el Papa?

El papa es el sucesor de San Pedro, el Vicario de Cristo en la tierra y la Cabeza visible de la Iglesia.

  • ¿Puede el Papa equivocarse en materia de fe y costumbres?

No, el Papa no puede equivocarse cuando define doctrina en materia de fe y costumbres, como maestro supremo de toda la Iglesia, gracias a una especial asistencia del Espíritu Santo.

  • ¿Qué debemos hacer los fieles cuando el Papa y los obispos proponen una enseñanza mediante su magisterio ordinario?

Cuando el Papa y los obispos proponen una enseñanza mediante su magisterio ordinario, los fieles deben adherirse a ella con espíritu de obediencia religiosa.

  • ¿Quiénes son los obispos?

Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles, que han recibido la plenitud del sacerdocio y tienen la misión de regir sus diócesis unidos al Papa.

  • ¿Quiénes son los sacerdotes?

Los Sacerdotes o presbíteros son aquellos fieles que, por la ordenación sacerdotal, participan sacramentalmente del Sacerdocio de Cristo, siendo constituidos cooperadores de los obispos para predicar el Evangelio, administrar los sacramentos y llevar a Dios a los fieles que se les encomiendan.

  • ¿Quiénes son los laicos?

Los laicos son aquellos fieles que, por vocación divina, están destinados a buscar el Reino de Dios, tratando y ordenando las cosas temporales según el querer de Dios.

  • ¿Participan los laicos de las funciones de Cristo?

Si, los laicos participan de las funciones de Cristo, que es Sacerdote, Profeta y Rey.

  • ¿Dónde han de buscar la santidad y ejercer el apostolado los laicos?

Los laicos han de buscar la santidad y ejercer el apostolado en medio del mundo, en su misma vida secular ordinaria: en el ejercicio de su trabajo y en la familia.

  • ¿Quién da a los laicos el derecho y el deber de hacer apostolado?

Dios mismo, por el Bautismo y la Confirmación, da a los laicos el derecho y el deber de hacer apostolado y santificar el mundo, tanto individualmente como agrupados en asociaciones.

  • ¿Pueden los laicos ser llamados a colaborar con sus pastores en el servicio eclesial?

Los Laicos pueden ser llamados a colaborar con sus pastores en ministerios muy diversos, según la gracia y el carisma que el Señor quiera concederles, pero teniendo en cuenta que su misión propia en la Iglesia es la transformación del orden temporal como parte de lo que conocemos como “Evangelización de la Cultura”.

  • ¿Qué se entiende por vida consagrada?

Por vida consagrada se entiende aquella forma de vida que se caracteriza por la consagración de la propia vida por la profesión de compromisos -usualmente llamados “consejos evangélicos”- de pobreza, castidad y obediencia, en una vida en común estable y célibe reconocida por la Iglesia.

  • ¿Quiénes pertenecen al estado de vida consagrada?

Pertenecen al estado de vida consagrada los religiosos, los miembros de los institutos seculares, y las nuevas sociedades de vida en común, cuya evolución en la vida de la Iglesia se parece a un árbol maravilloso y lleno de ramas, a partir de una semilla puesta por Dios en su Iglesia.

Preocupado, como otros muchos laicos, por la Iglesia y en concreto por nuestra Iglesia Diocesana, me atrevo a exponer unas cuantas ideas, por si pudieran ser  útiles. Son la consecuencia de experiencias vividas en el campo de la Catequesis de Adultos y del voluntariado de Caritas.  Acertadas o no, reflejan de alguna manera el sentir de una buena parte de los fieles respecto a nuestra participación en el caminar de la Iglesia. No es un problema exclusivo de la Iglesia, sino que se da también, y mucho,  en la política y en el terreno empresarial. Tampoco es un problema de organizaciones, sino de la condición humana.  Este escrito fue originalmente redactado en enero de 1999. Parece  no haber perdido vigencia, y tras pequeñas modificaciones, consideramos preferible conservar su sentido original.

En general, tras el Concilio Vaticano II, y en particular tras el Sínodo Diocesano en la provincia de Badajoz (España) ha calado honda la idea de la participación de los fieles en la Iglesia.

Poco a poco, a veces con tensiones y dificultades, sacerdotes y laicos nos vamos compenetrando y ocupando cada uno el puesto que nos corresponde. Tras la notable experiencia del Sínodo, y la incorporación a las diferentes actividades parroquiales de numerosos laicos, se van detectando algunos fallos, lógicos y naturales, que podrían frenar seriamente  esa deseada participación en algunas parroquias. Consideremos algunos casos:

No hay duda de  que los párrocos, los sacerdotes, lo han sido todo en “sus” Parroquias. Sin ellos no se hacía nada. Lo que ellos no hacían, se quedaba sin hacer. Si algo emprendía un laico era bajo la total sumisión a las directrices del cura correspondiente. En abstracto, estos siempre necesitan y desean ayuda. Sin embargo, a la hora de ceder parte de sus atribuciones, algunos piensan que se están invadiendo sus competencias exclusivas. Surgen roces, abandonos, discrepancias, etc. cuya única razón es, casi siempre, la vanidad o el orgullo herido de uno o de otro. En definitiva, se confunde colaboración con sumisión.

Los sacerdotes, sobre todo los de cierta edad,  han sido formado y han trabajado en un entorno social que ha variado espectacularmente en muy poco tiempo. Se encuentran con laicos, muchos universitarios, de gran preparación que le superan en algunos campos, y eso nadie lo soporta con gusto. Los curas tampoco. Es, por tanto, natural y lógica la actitud de recelo de algunos. Esta situación es incluso positiva pues plantea problemas que hasta hace poco eran impensables. “Rogar al dueño de la mies que mande obreros a su mies…” Y el dueño los manda; pero el “manigero” ,de vez en cuando, no los sabe poner a trabajar. En cualquier reunión es rarísima la menor  contradicción a las directrices o comentarios del sacerdote, incluso en materias muy opinables. Somos los fieles del Amén y sí Señor. Así nos luce el pelo.

Por otra parte, algunos laicos, al integrarse en grupos de trabajo parroquiales nos pasamos  de rosca, formando capillitas, encerrándonos en nosotros mismos e impidiendo la incorporación de otros fieles a la tarea. En ocasiones, terminamos siendo “más papistas que el Papa” creyendo poder prescindir de todas las directrices y orientaciones del párroco. Casi siempre consideramos a los sacerdotes hombres perfectos, ángeles, sin tachas ni faltas. Olvidamos que los hombres perfectos no existen en esta vida y que debemos trabajar – hasta ciertos límites – con los que hay con sus defectos y virtudes.

Curas y fieles volcados en tareas de apostolado, olvidamos con frecuencia algunas cosas: En primer lugar, que la proporción de  católicos practicantes, comprometidos y bien formados es  escandalosamente  baja. En segundo lugar, es verdad que unos 4.000 laicos – 400 grupos – están interviniendo activamente en la Iglesia de Badajoz; pero también es verdad que no lo hacen unas 596.000 personas, pues en la provincia de Badajoz somos unas 600.000. O sea una de cada 150 personas aproximadamente están preocupadas de forma activa por la Iglesia .Lo más penoso es que las personas activas son las de siempre. En misa diaria y en todo tipo de reuniones o actividades, siempre estamos los mismos: diez o quince mujeres por cada hombre y casi ningún joven. Otro tema muy preocupante es la escasez de catequistas aceptablemente preparados, no sólo para los catecúmenos que hay; sino para los que debería haber. La juventud brilla por su ausencia. Teniendo en cuenta todo esto sugerimos algunas posibles soluciones:

a.- En cada catequesis o grupo de trabajo, junto al sacerdote o catequista, debería sentarse uno o más laicos, preparándose para ocupar puestos de dirección y de catequista, además de aquellos que ya reciban una formación específica. Hoy día, hay una gran proporción de bachilleres y universitarios que, aproximadamente en un año, deberían estar suficientemente formados para ser catequistas o hacer de motor en más de una actividad.

b.- Los laicos catequistas o jefes de grupos deberían actuar frecuentemente solos, sin la presencia constante, a veces atosigante del sacerdote. Hay que dejar que la gente se equivoque. Nunca se equivocan los que nunca hacen nada. Otra cosa es que el sacerdote esté “a mano” para consultarle las inevitables dudas que irán surgiendo. Los laicos solos, hablan de distinta forma y con diferente talante que con el cura delante, éste no puede seguir mediatizando “todas” las reuniones y todos los temas. Todo profesional tiene una “deformación profesional”, y es peligroso dejarles actuar sin algún tipo de contrapeso. Puede que esta sea una de las causas de que el catolicismo español esté donde está y como está.

c.- Como en cualquier actividad humana, en la Iglesia hay curas y laicos buenos, regulares y malos, “profesionalmente” hablando. Las personas ineptas son detectadas por todos inmediatamente. A estas hay que separarlas inmediatamente de los puestos de responsabilidad para los que han mostrado no ser aptos, y asignarles otra actividad donde puedan producir frutos positivos. Sacerdotes y laicos por acción u omisión somos corresponsables del daño, muy grave daño a veces, que estas personas producen en la Iglesia. En cualquier empresa a los ineptos de les pone rápidamente de patitas en la calle. En la empresa de la salvación de almas ¿vamos a ser menos rigurosos?. Cuantas sinrazones para justificar nuestra tibieza. ¿No hay también un cierto olor a “corporativismo” trasnochado entre los sacerdotes?

d. Los que estamos involucrados en los problemas de la Iglesia no podemos dejar de constatar que tanto en la misa diaria como en las diferentes actividades, como dijimos antes, estamos siempre los mismos. Los sermones, conferencias y escritos están dirigidos fundamentalmente a ellos. A los alejados de la Iglesia, todas estas actividades le suenan a música celestial. Simplemente, no les dice casi nada, no les atrae.  Cristo no vino a curar a los sanos , sino a los enfermos, y  estos, los enfermos son hoy los alejados, los que no entran en el templo.  ¿No sabemos presentarles el mensaje de Cristo? El Espíritu Santo no abandona a la Iglesia; pero quizá nosotros colaboramos tan poco con El que podamos tenerle bastante aburrido.

e. No podemos seguir esperando a “que vengan” los hermanos alejados, tenemos nosotros que salir a buscarlos. Cuando entren ,hay que tener todo organizado para que puedan empezar a trabajar. ¿Cuántas personas se ofrecen para cooperar y, o no reciben contestación, o se les deja aparcados por no saber que hacer con ellos o se les evita porque dan trabajo? Reconocemos que cuando en una parroquia se trabaja bien nadie tiene tiempo para nada; pero se olvida muchas veces que el que manda no está para hacerlo él todo, sino para que todo lo que haya que hacer sea hecho con previsión y con orden entre todos. Quizá uno de los defectos más acusados del ibérico sea la falta de previsión y la incapacidad para organizar bien incluso los actos más elementales. Detectado este fallo, bueno será ponerse a buscar esa persona organizadora – siempre existe – que necesita cada parroquia. Seamos humildes, esa persona en más de una ocasión no es el párroco.

f. Hagamos algunas pruebas con personas normales, sensatas, bien formadas culturalmente y más o menos alejadas de la Iglesia: Pongamos en sus manos algunos de los folletos semanales de la Catequesis de Adultos o del excelente semanario “Iglesia en Camino”. Todas mis experiencias al respecto han sido frustrantes. Estas hojas no les dicen nada. Las contestaciones más corrientes han sido:

– “No esta mal”

– “Esto es un rollo macabeo”

– “Aquí todo es perfecto y donde no hay fallos humanos se miente en todo lo que se oculta”

– “Se sigue hablando de forma dogmática incluso en temas muy discutibles”

– “Estos Srs.  no tienen ni una sola duda en nada. Donde no hay dudas no hay avances”

– “Se habla, como en los partidos políticos, todo en la Iglesia está bien ,no se hace nada mal”, etc. (En estos meses últimos el Papa ha pedido perdón en nombre de la Iglesia por hecho ocurridos hace tiempo. No sólo no ha pasado nada, sino que su figura humana, y la Iglesia toda,  han salido ennoblecidos)

– La mayor parte de las respuestas son anodinas, sin interés , aunque lo realmente grave no es que se esté más o menos de acuerdo; sino que pasan de religión, no interesa el tema. El lenguaje del Papa, obispos y párrocos está muy bien para personas que están dentro de la Iglesia; para los alejados, todo eso es música celestial. Hay que traducírselo al idioma de la calle, de sus vidas. A Cristo le entendía todo el mundo porque hablaba con el lenguaje de la calle, y de los problemas de sus oyentes..

g. Muchos católicos nos seguimos comportando con una extraña cobardía en nuestras actuaciones sociales. Nos seguimos avergonzando de llamarnos católicos y actuar como tales. Esta actitud repele a los alejados, que ven en nuestra “humildad y prudencia” una justificación a nuestra falta de valor y coraje. Humildad, sí, pero ante Dios. Ante los hombres tenemos que mostrarnos orgullosos de ser Hijos de Dios, hijos del Rey de Reyes.

¿Hasta que punto algunos podrían tener razón? Para nosotros son, en general, buenos escritos, buenos sermones, actividades adecuadas, etc.. Quizá, nuestras voces se están dirigiendo a los que desde antiguo viven en el hogar del Padre, gozan de su intimidad y se sientan a su mesa.  Los otros, aquellos que adormecidos en el error y enredados en el mundo ni nos oyen, ni escuchan, necesitarán ser despertados con otros gritos y de otras formas. ¿Cuales? Yo no lo sé, aunque esté haciendo esfuerzos por encontrarlos. Además, creo que en este asunto somos los laicos los más llamados a intervenir.En el nº 44 del semanario “Iglesia en camino” pág. 8 se dice: “Pensamos que hoy día hay dos objetivos prioritarios muy claros: por una parte los pobres – materiales y espirituales – y por otra la participación y corresponsabilidad del seglar en la vida de la Iglesia. La verdad es que los laicos no contamos en la Iglesia todo lo que debiéramos y eso nos duele”.

h. Tenemos buenas armas ,las de siempre: El Evangelio, la Cruz y el Amor.  Quizá tengamos que buscar  nuevos modos de hacer apostolado cada uno en nuestro propio ambiente ,con nuestro ejemplo de santidad, utilizar el lenguaje de nuestra vida de hoy. Bueno será que, para empezar, intentemos detectar estas situaciones. Por esas  596.000 personas alejadas también murió Cristo, y Cristo nos pedirá cuenta de ellas. Estoy seguro que están en la mente y en las oraciones de todos nosotros, religiosos y laicos. La duda no está en lo que se está haciendo en nuestra provincia, que es – salvo pocas excepciones – mucho y muy bueno; sino en lo que no hacemos y que podríamos hacer. No creo que sea cuestión de trabajar más, sino de trabajar mejor, con más orden, con más puntualidad, incorporando más personas al apostolado, y sobre todo, orando y sacrificándonos un poco más por todos nuestros hermanos.

Leyendo al padre Antonio Aradillas en “Iglesia 2001” me encuentro frases como estas:Pregunta al cardenal Tarancón: ¿Cree que la Iglesia se democratiza hoy de verdad?. Responde: “La Iglesia no es una sociedad puramente democrática. No lo quiso así su fundador. Pero el espíritu democrático es cien por cien evangélico y muy utilizable en no pocos planteamientos eclesiásticos, en tanto que se recaba y exige en ellos la colaboración  y participación de cuantos más hombres mejor… Un sacerdote o un obispo que no logre conectar directamente con los seglares en la verdad de su vida, vivirán de espaldas o al margen de la realidad del mundo.”  En pág. 205. “En el fondo este país nuestro tan clerical, no se librará del clericalismo, a menos que sus sacerdotes carezcan de tiempo para preocuparse de aquello que sólo le compete a los seglares y no a ellos. Los sacerdotes siguen todavía suplantando a los laicos en España” …. “El silencio del clero y de los seglares perjudica a la Iglesia, cuando deben hablar por su bien”  … Deseo que haya iniciativas porque el Espíritu Santo vibra en todos los corazones, difunde abiertamente sus carismas e impulsa a la Iglesia desde todas partes…..no es de extrañar que muchos sacerdotes y seglares sugieran fórmula nuevas y realicen tanteos en medio de riesgos y complicaciones. Si esta multiplicidad de experiencias fuera alentada, estudiada y dirigida por la jerarquía, tendría la Iglesia menos peligro  de desviación y padecería menos riesgos de confusionismos”

Categorías:Laicos
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