Inicio > Laicos > PIO XII LOS LAICOS EN LA CRISIS DEL MUNDO MODERNO

PIO XII LOS LAICOS EN LA CRISIS DEL MUNDO MODERNO

 

PIO XII LOS LAICOS EN LA CRISIS DEL MUNDO MODERNO

II Congreso Mundial del Apostolado Laico

EDICIONES PAULINAS

SANTIAGO DE CHILE

EDICIONES PAULINAS

 IIcongresolaicos

ELEVADAS EXHORTACIONES Y SABIAS NORMAS DEL SUMO PONTIFICE PIO XII A LOS PARTICIPANTES EN EL II CONGRESO MUNDIAL DEL APOSTOLADO SEGLAR

 

He aquí una traducción del venerado Discurso dirigido en francés por el Sumo Pontífice Pío XII a Todos participantes en el II Congreso Mundial del Apostolado Seglar, en la solemne Audiencia de la tarde del sábado 5 de octubre en la Basílica Vaticana.

 

“Han pasado seis años, amados hijos y amadas hijas, desde cuando, hablando al primer Congreso Mundial del Apostolado Seglar, Nós dijimos al final de Nuestro discurso: “Si existe en el mundo una potencia capaz de disponer a las almas para una franca reconciliación y una fraternal unión entre los pueblos, esta es la Iglesia Católica. Podéis alegraros de ello con firmeza. A vosotros os toca contribuir con todas vuestras fuerzas” (Discursos y Radiomensajes, vol. XIII página 301).

Hoy Nos contemplamos con alegría la selecta asamblea que reúne, en este segundo Congreso Mundial, a dos mil representantes que han venido de más de ochenta naciones, y entre los cuales se cuentan Cardenales, Obispos, sacerdotes, y seglares eminentes.

Os enviamos nuestro saludo paternal y cordial y os felicitamos por el considerable trabajo llevado a cabo en el espacio de unos años para realizar los objetivos que se os habían señalado. La documentación recogida por el “Comité Permanente de Congresos Internacionales del Apostolado Seglar”, revela en primer lugar que gran número de Obispos han consagrado a este tema Cartas pastorales; recuerda en seguida la serie de Congresos nacionales e internacionales provocados por el de 1951 y destinados a prolongar la acción del mismo en la India, en el Sudán, en Suiza, en Bélgica (donde más de tres mil dirigentes seglares se reunieron en Lo- vaina), en México, en España, en Portugal; en Kisubi (Uganda) para toda África, en Manila para Asia, en Santiago y Montevideo para trece países de la América central y meridional. Añadamos aún las reuniones destinadas a preparar el segundo Congreso Mundial y que se han celebrado en Gazzada, Castel Gandolfo, Roma, Wiirzburg y París.

Sin duda alguna, el primer Congreso Mundial para el Apostolado de los Seglares fue como un llamamiento poderoso, que tuvo en todas partes múltiples ecos. Ha incitado a los católicos a considerar no solamente sus deberes para consigo mismos, sino también los que tienen con respecto a la Iglesia, con respecto a la sociedad civil y a toda la humanidad. Ha puesto de relieve con fuerza la importancia del compromiso personal de los seglares cuando se hacen cargo y llevan a cabo numerosas tareas en los campos religioso, social y cultural. Ha fortificado de este modo en ellos el sentido de sus responsabilidades en la sociedad moderna y el valor para afrontarlas, y ha contribuido notablemente a promover la colaboración y la coordinación entre las diversas formas de apostolado seglar.

Como tema del presente Congreso, que fue cuidadosamente preparado por teólogos y por especialistas de cuestiones sociales e internacionales, habéis elegido: “Los seglares en la crisis del mundo moderno: responsabilidades y formación”. Si, para responder a vuestro deseo, Nós os dirigimos la palabra al principio de vuestro Congreso, es con la intención de completar lo que dijimos, hace seis años, con algunas observaciones sobre los principios directores del apostolado de los seglares y sobre ciertos puntos prácticos, relativos a la formación y a la acción del apostolado seglar.

I.- ALGUNOS ASPECTOS FUNDAMENTALES

DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES

 

Jerarquía y apostolado

Tomaremos como punto de partida de estas consideraciones una de las cuestiones destinadas a precisar la naturaleza del apostolado de los seglares: “El seglar encargado de enseñar la religión con “misión canónica”, con el mandato eclesiástico de enseñar, y cuya enseñanza constituye tal vez la única actividad profesional, ¿no pasa, por ello mismo, del apostolado seglar al “apostolado jerárquico”?

Para contestar a esta pregunta hay que recordar que Cristo confió a sus mismos Apóstoles un doble poder: en primer lugar, el poder -sacerdotal de consagrar, que fue otorgado en plenitud a todos los Apóstoles, y en segundo lugar, el de enseñar y gobernar, es decir de comunicar a los hombres, en nombre de Dios, la verdad infalible que les obliga a fijar las normas que regulan la vida cristiana.

Estos poderes de los Apóstoles pasaron al Papa y a los Obispos. Estos, por la ordenación sacerdotal, transmiten a otros, en medida determinada, el poder de consagrar, mientras que el de enseñar y de gobernar es propio del Papa y de los Obispos.

Cuando se habla de “apostolado jerárquico” y “apostolado de los seglares”, hay que tener, por lo tanto, presente una doble distinción: en primer lugar, entre el Papa, los Obispos y los sacerdotes por un lado, y el conjunto del elemento seglar por otro; luego, entre el mismo clero, entre los que tienen en su plenitud el poder de consagrar y de gobernar, y los demás clérigos. Los primeros (Papa, Obispos y sacerdotes) pertenecen necesariamente al clero; si un seglar fuese elegido Papa, no podría aceptar la elección más que a condición de ser apto para recibir la ordenación y estar dispuesto a ser ordenado; el poder de enseñar y de gobernar, asi como el carisma de la infalibilidad, le serian concedidos a partir del instante de su aceptación, incluso antes de su ordenación.

Ahora bien, para responder a la cuestión planteada, es importante considerar las dos distinciones propuestas. Se trata, en el caso presente, nó de poder de orden, sino del de enseñar. De éste son depositarios únicamente los que están investidos de autoridad eclesiástica. Los demás, sacerdotes y seglares, colaboran con ellos en la medida en que les conceden confianza para enseñar’ fielmente y dirigir a los fieles (cfr. can. 1327 y 1328). Los sacerdotes (que actúan vi muneris sacerdotalis) y los seglares también, pueden recibir el mandato que, según los casos, puede ser el mismo para los dos. Se distinguen, sin embargo, por el hecho de que el uno es sacerdote y el otro seglar y que, por consiguiente, el apostolado del uno es sacerdotal y el del otro es seglar. En cuanto al valor y a la eficacia del apostolado ejercido por el que enseña religión, dependen de la capacidad de cada uno y de sus dones sobrenaturales. Los profesores seglares, las religiosas, los catequistas en países de misión, todos los que han sido encargados por la Iglesia de enseñar las verdades de la fe, pueden igualmente con perfecto derecho aplicarse la .palabra del Señor: “Vosotros sois la sal de la tierra”, “vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5, 13-14).

Es claro que el simple fiel puede proponerse —y es sumamente deseable que se lo proponga— colaborar de una manera más organizada con las autoridades eclesiásticas, ayudarlas más eficazmente en su labor apostólica. Se pondrá entonces más estrechamente a la dependencia de la Jerarquía, la única responsable ante Dios del gobierno de la Iglesia. La aceptación por el seglar de una misión particular, de un mandato de la Jerarquía, si le asocia más de cerca a la conquista espiritual del mundo, que despliega la Iglesia bajo la dirección de sus Pastores, no basta para convertirle en un miembro de la Jerarquía, para darle los poderes de orden y de jurisdicción que siguen estrechamente ligados a la recepción del sacramento del orden, en sus diversos grados.

Hasta aquí no hemos considerado las ordenaciones que preceden al sacerdocio, y que, en la práctica actual de la Iglesia, no se confieren más que como preparación para la ordenación sacerdotal. La función encomendada a las órdenes menores la ejercen desde hace tiempo los seglares. Nós sabemos que en la actualidad se piensa en introducir un orden de diaconado concebido como función eclesiástica independiente del sacerdocio. La idea, hoy al menos, no está madura todavía. Si lo llegara a estar un día, nada cambiaría de cuanto acabamos de decir, excepto que este diaconado ocuparía su lugar con el sacerdocio en las distinciones que Nos hemos indicado.

Responsabilidad de los seglares

Sería desconocer la verdadera naturaleza de la Iglesia y su carácter social el distinguir en ella un elemento puramente activo, las autoridades eclesiásticas, y, por otra parte, un elemento puramente pasivo, los seglares. Todos los miembros de la. Iglesia, como hemos dicho en la Encíclica “Mystici Corporis Christi”, están llamados a colaborar en la edificación y perfeccionamiento del Cuerpo místico de Jesucristo (cfr. Acta Ap. Sectis, a. 35, 1943, pág. 241). Todos son personas libres y deben ser por lo tanto activos. Se abusa, a menudo, del término “emancipación de los seglares”, cuando se utiliza con un sentido que deforma el verdadero carácter de las relaciones que existen entre la Iglesia que enseña y la Iglesia enseñada, entre sacerdotes y seglares. A propósito de estas últimas relaciones, observamos simplemente que las tareas de la Iglesia son hoy día demasiado vastas para permitir que se entregue a disputas mezquinas. Para mantener la esfera de acción de cada uno, basta que todos posean el suficiente espíritu de fe, desinterés, estima y confianza recíproca. El respeto de la dignidad del sacerdote fue siempre uno de los rasgos más típicos de la comunidad cristiana. Por el contrario, también el seglar tiene sus derechos, y el sacerdote debe reconocerlos por su parte.

El seglar tiene derecho a recibir de les sacerdotes todos los bienes espirituales, con el fin de lograr la salvación de su alma y de llegar a la perfección cristiana (can. 8Y, 682): cuando se trata de derechos fundamentales del cristiano, puede hacer valer sus exigencias (can. 467, 1; 892, 1); el sentido y la finalidad misma de toda la vida de la Iglesia se hallan aquí en juego, así como, la responsabilidad ante Dios tanto del sacerdote como del seglar.

Se provoca inevitablemente un malestar cuando no se tiene en cuenta más que la función social. Esta no es un fin en sí mismo en general ni en la Iglesia, ya que la comunidad, en definitiva, está al servicio de los individuos, y no inversamente. Si la Historia demuestra que desde los orígenes de la Iglesia los seglares tenían participación en la actividad que el sacerdote despliega al servicio de la Iglesia, es verdad que hoy más que nunca deben prestar esta colaboración con tanto más fervor, “para la edificación del Cuerpo de Cristo” (Ef. 4, 12), en todas las formas de apostolado, especialmente cuando se trata de hacer penetrar el espíritu cristiano en toda la vida familiar, social, económica y política.

Uno de los motivos de este llamamiento al elemento seglar es, sin duda, la escasez actual de sacerdotes; pero, incluso en el pasado, el sacerdote esperaba la colaboración de los seglares. Mencionemos únicamente la considerable aportación que los maestros y maestras católicos, así como las religiosas, han dado a la enseñanza de la religión y, en general, a la educación cristiana y a la formación de la juventud. Piénsese, por ejemplo, en las escuelas católicas de los Estados Unidos. La Iglesia les está agradecida: ¿no se trataba de un necesario complemento del trabajo sacerdotal? El hecho es que la escasez de sacerdotes es hoy particularmente sensible y amenaza de serlo aun más; Nos pensamos de modo especial en los -inmensos territorios de la América Latina, cuyos pueblos y Estados están conociendo en la época presente un rápido desarrollo. La labor de los seglares es allí más que necesaria.

Por otra parte, incluso independientemente del reducido número de sacerdotes, las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares. La “consecratio mundi” es, en lo esencial, obra de los seglares mismos, de hombres que se hallan mezclados íntimamente con la vida económica y social, que forman parte del gobierno y de las asambleas legislativas. Del mismo modo, las células católicas, que deben crearse entre los trabajadores, en cada fábrica y en cada ambiente de trabajo, para conducir de nuevo a la Iglesia a los que se hallan separados de ella, no pueden ser constituidas más que por los mismos trabajadores.

Que la autoridad eclesiástica aplique también aqui el principio general de la ayuda subsidiaria y complementaria; que se le confíe al seglar las tareas que puede cumplir tan bien o incluso mejor que el sacerdote, y que, dentro dé los límites de su función o de los que traza el bien común de la Iglesia, pueda actuar libremente y ejercer su responsabilidad.

Además, habrá de recordarse que la palabra del Señor: “Dignus est… operarius mercede sua” (Le. 10, 7), se aplica a él también. A menudo Nós hemos quedado sorprendido al ver recordar en los Congresos misionales para el apostolado de los seglares la obligación de dar a estos colaboradores el salario que les corresponde; el catequista se ve a menudo totalmente ocupado en su tarea misionera y, por consiguiente, él y su familia dependen para vivir de lo que la Iglesia les da. Por lo demás, el apóstol seglar no debe considerarse ofendido si se le pide que no formule, ante la misión para la que trabaja, pretensiones exageradas.

En ocasión precedente Nos hemos evocado la figura de estos seglares que saben asumir todas sus responsabilidades. Son, dijimos, “hombres constituidos en su integridad inviolable como imágenes de Dios; hombres orgullosos de su dignidad personal y de su sana libertad; hombres justamente celosos de ser los iguales de sus semejantes en todo lo que se refiere al fondo de lo más íntimo de la dignidad humana; hombres apegados de manera estable a su tierra y a su tradición” (Alocución a los nuevos Cardenales, 20 de febrero de 1946. Discurso y Radiomensajes, vol. VII, pág. 393). Tal conjunto de cualidades supone que se ha aprendido a dominarse, a sacrificarse, y que se sacan sin cesar luz y fuerza de las fuentes de salvación que ofrece la Iglesia.

El materialismo y el ateísmo de un mundo en el que millones de creyentes tienen que vivir aislados, obliga a formar en todos ellos personalidades sólidas. Si no, ¿cómo resistirán al empuje de la masa que los rodea? Lo que es verdad para ‘todos, lo es en primer lugar para el apóstol seglar, obligado no solamente a defenderse sino también a conquistar.

Esto no quita nada al valor de las medidas de precaución, como las leyes de protección de la juventud, la censura de films, y todas las demás disposiciones que toman la Iglesia y el Estado para preservar de la corrupción al clima moral de la sociedad. Para educar al joven en sus responsabilidades de cristiano, conviene conservar su espíritu y su corazón en una atmósfera sana. Podría decirse que las instituciones deben ser tan perfectas que puedan por sí solas asegurar la salvaguardia del individuo, mientras que el individuo debe formarse en la autonomía del católico adulto, como si no tuviera que contar más que consigo mismo para triunfar sobre todas las dificultades.

El apostolado de los seglares

Nos elaboramos aquí el concepto de apostolado de los seglares en el sentido estricto, conforme a cuanto hemos explicado anteriormente sobre el apostolado jerárquico: Consiste en la asunción por los seglares de tareas que se derivan sde la misión confiada por Cristo a su Iglesia. Hemos visto que este apostolado es siempre apostolado de seglares, y que no llega a ser “apostolado jerárquico” ni siquiera cuando se ejerce por mandato de la Jerarquía.

De ello se deduce que es preferible designar el apostolado de la oración y del ejemplo personal como apostolado en el sentido más vasto o impropio del nombre. A este respecto, Nós no podemos dejar de confirmar las observaciones que hicimos en Nuestra Carta al III Congreso Mundial de la Unión Mundial de Maestros cristianos en Viena: “Pertenezca o no. la actividad profesional de los maestros y de las maestras católicas al apostolado de los seglares en sentido propio, estad convencidos, queridos hijos e hijas, de que ei maestro cristiano, que por su formación y su abnegación está a la altura de su tarea, y, profundamente convencido de su fe católica, da ejemplo de ella a la juventud que le ha sido confiada, como cosa espontánea y que se ha transformado en él en una segunda naturaleza, ejerce al servicio de Cristo y de su Iglesia una actividad parecida al mejor apostolado de los seglares” (5 de agosto de 1957). Puede repetirse esta afirmación de todas las profesiones, y principalmente de las de los médicos o ingenieros católicos, sobre todo en la hora actual en que están, llamados en los territorios poco desarrollados y en las zonas de misión, al servicio de los gobiernos locales o de la UNESCO y de otras Organizaciones internacionales, y dan con su vida y el ejercicio de su profesión el ejemplo de una vida cristiana plenamente madura.

La acción católica lleva siempre el carácter de un apostolado oficial de los seglares. Dos observaciones se imponen aquí: el mandato, sobre todo de enseñar, no se ha dado a la Acción Católica en su conjunto, sino a sus miembros organizados en particular, con arreglo a la voluntad y elección de la Jerarquía. La Acción Católica no puede tampoco reivindicar el monopolio del apostolado de los seglares, ya que a su lado subsiste el apostolado seglar libre. Los individuos o grupos pueden ponerse a disposición de la Jerarquía, viéndose confiar por ella, por cierto período fijo o indeterminado, tareas para las que reciben el mandato. Cabe preguntarse ciertamente, entonces, si no se transforman también en miembros de la Acción Católica. El punto importante es que la Iglesia jerárquica, los Obispos y los sacerdotes, pueden elegirse colaboradores seglares cuando encuentran personas capaces y dispuestas a ayudarles.

Parece necesario, al llegar a este punto, dar a conocer, al menos a grandes rasgos, una sugerencia que nos ha sido hecha muy recientemente. Se señala que reina en la actualidad un penoso malestar, de muy vasta extensión, que tendría su origen sobre todo en el uso del vocablo de “Acción Católica”. Este término, en efecto, parecería reservado a ciertos tipos determinados de apostolado seglar organizado, para los que crea, ante la opinión, una especie de monopolio; todas las organizaciones que no entran en el cuadro de la Acción Católica así concebida —se afirma— resultan de ‘menor autenticidad, de importancia secundaria, menos apoyadas por la Jerarquía, y permanecen como al margen del esfuerzo apostólico esencial del elemento seglar. La consecuencia parece ser que una forma particular de apostolado seglar, es decir, la “Acción Católica”, triunfa en perjuicio de las otras, y que se asiste ál secuestro de la especie sobre el género. Más aún, prácticamente, se le concedería la exclusiva, cerrando las diócesis a los movimientos apostólicos que no lleven la etiqueta de la “Acción Católica”.

Para resolver esta dificultad, se piensa en dos reformas prácticas: una de terminología, y, como corolario, otra de estructura. En primer lugar, sería necesario devolver al término de “Acción Católica” su sentido general y aplicarlo únicamente al conjunto de movimientos apostólicos seglares organizados y reconocidos como tales, nacional o internacionalmente, ya sea por los Obispos en el ámbito nacional, o por la Santa Sede en cuanto a los movimientos que aspiran a ser internacionales. Bastaría, pues, que cada movimiento particular fuera designado por su nombre y caracterizado en su forma específica, y no según el género común. La reforma de estructura seguiría a la de determinación del sentido de los términos. Todos los grupos pertenecerían a la Acción Católica y conservarían su nombre y su autonomía, pero todos ellos juntos formarían, como acción católica, una unidad federativa. Cada uno de los Obispos quedaría libre de admitir o de rechazar a determinado movimiento, de confiarle o no un mandato, pero no le correspondería rechazarlo por no ser de la “Acción Católica” por su misma naturaleza. La realización eventual de semejante proyecto requiere, naturalmente, atenta y prolongada reflexión. Vuestro Congreso puede ofrecer una ocasión favorable para discutir y examinar este problema, al mismo tiempo que otras cuestiones similares.

Queda por decir aún una palabra, para terminar estas consideraciones de principio, sobre las relaciones del apostolado de los seglares con la autoridad eclesiástica. Basta repetir lo que ya en 1951 Nos planteamos como regla general: que el apostolado de los seglares debe, en sus formas más varias, “mantenerse siempre dentro de los límites de la ortodoxia y no oponerse a las legítimas prescripciones de las autoridades eclesiásticas competentes” (Discursos y Radiomen- sajes, vol. XIII, página 298). Mientras tanto, nos hemos visto obligados a rechazar una opinión errónea sobre la “teología seglar”, opinión que se derivaba de una concepción inexacta de la responsabilidad del seglar (Aloe. “Si diligis”, 31 de mayo de 1954, Disc. y Radiomensajes, vol. XVI, pág. 451. El término de “teología seglar” carece de todo sentido. La norma, que se aplica en general al apostolado de los seglares y que Nós acabamos de recordar, vale también, como es natural, y aún más por lo que se refiere al “teólogo seglar”; pero si éste quiere publicar escritos sobre materia teológica, necesita él también de la explícita aprobación del Magisterio eclesiástico.

La actividad del seglar católico es particularmente oportuna en los campos en los que la Investigación teológica costea la de las ciencias profanas. Recientemente, por iniciativa de la “Gorres-Gesellschaft”, un grupo de teólogos y de naturalistas se han puesto de acuerdo para discutir en reuniones regulares sobre las cuestiones comunes que les interesan. No podemos dejar de felicitarles por semejante iniciativa.

II.- FORMACION DE APOSTOLES SEGLARES. EJERCICIO

DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES

Bastarán algunas observaciones en relación con la formación de los apóstoles seglares.

No todos los cristianos son llamados al apostolado seglar en sentido estricto. Ya hemos dicho que el Obispo debería poder escoger colaboradores entre los que considera dispuestos y capaces, ya que la simple disposición no basta. Los apóstoles seglares constituirán, por lo tanto, una “elite”, no porque estén apartados de los demás, sino por el contrario porque son capaces de atraer a los demás y de influir sobre ellos. Así se comprende que deben poseer, a más del espíritu apostólico que los anima,” una cualidad sin la cual harían más mal que bien: tacto.

Para adquirir, por otra parte, la requerida competencia, es preciso evidentemente aceptar el esfuerzo de una formación seria: ésta, cuya necesidad por lo que se refiere a los que se dedican a la enseñanza nadie pone en duda, se impone igualmente para cualquier otro apóstol seglar, y Nós hemos sabido con placer que la reunión de Kisubi ha insistido de modo especial sobre la formación intelectual. En cuanto a los seglares que se ocupan de la administración de los, bienes eclesiásticos, sean escogidos con prudencia y conocimiento de causa. Cuando los incapaces ocupan cargos, no sin perjuicio para los bienes eclesiásticos, la culpa no es tanto de ellos mismos como de las autoridades que los han llamado a su servicio.

En la hora actual, hasta el apóstol seglar que trabaja entre los obreros en las fábricas y en toda clase de empresas.

Tiene necesidad de conocimientos sólidos en materia canónica, social y política, y deberá conocer igualmente la doctrina social de la Iglesia. Es conocida una Obra de apostolado para hombres que forma sus miembros en un “Seminario social” que recibe a 300 participantes durante cada semestre de invierno y cuenta con los servicios de veinte conferenciantes: catedráticos de Universidad, jueces, economistas, juristas, médicos, ingenieros, conocedores de lenguas .y de ciencias. Este ejemplo merece, nos parece, ser seguido.

La formación de los apóstoles seglares correrá a cargo de la mismas obras de apostolado seglar, que hallarán ayuda en el clero secular y en las Ordenes religiosas apostólicas. Los Institutos seculares les prestarán también, estamos seguro de ello, una colaboración apreciada. En cuanto a la formación de las mujeres para el apostolado seglar, las religiosas cuentan ya en su activo con hermosas realizaciones, en países de misión y en otras partes.

Nos quisiéramos llamar de modo especial vuestra atención sobre un aspecto de la educación de los jóvenes católicos: la formación de su espíritu apostólico. En lugar de ceder a una tendencia un poco egoísta, pensando solamente en la salvación de su alma, que tengan también conciencia de su responsabilidad con respecto a los demás y de los medios para ayudarles. Nadie duda, por lo demás, de qué la oración, el sacrificio, la acción audaz para conquistar a los demás para Dios, no sean ya prendas muy seguras de salvación personal. No entendemos en absoluto censurar cuanto se ha hecho en el pasado, ya que las realizaciones numerosas y notables a este respecto no faltan. Nós pensamos, entre otras cosas, en los semanarios católicos, que han absorbido el celo de muchos en cuanto a las obras de caridad y de apostolado. Movimientos como la Obra de la Santa Infancia tuvieron en ese sentido iniciativas fecundas. Sin embargo, el espíritu católico se instila en el corazón del niño no solamente en la escuela, sino mucho antes de la edad escolar, por mediación de la misma madre. El niño aprenderá cómo se debe rezar en Misa, cómo ofrecerla con una intención que abrace el mundo entero y sobre todo los grandes intereses de la Iglesia. Al examinarse sobre los deberes para con el prójimo, no se preguntará solamente: “¿He hecho mal al prójimo?’’, sino también: “¿Le he mostrado el camino que lleva a Dios, a Cristo, a la Iglesia y a la salvación?”

En cuanto al ejercicio del apostolado seglar, dado que las reflexiones hechas antes sobre las cuestiones de principio han tocado ya varios puntos, trataremos aquí de ciertos campos de apostolado, de los que surge en este momento un llamamiento más urgente.

La Parroquia

¿No es una señal consoladora el que en nuestros días, incluso los adultos, consideren como un honor el servir en el altar? Y los que, con la música y el canto, contribuyen a la alabanza de Dios y a la edificación de los fieles, ejercen sin duda alguna un apostolado seglar digno de elogio.

El apóstol seglar entregado al apostolado de barrio, y al que se le confía uno de los grupos de casas de la parroquia, debe procurar informarse con exactitud sobre la situación religiosa de los habitantes. Las condiciones en que viven ¿son malas o insuficientes? ¿Quiénes tienen necesidad de las obras de caridad? ¿Hay matrimonios que regularizar? ¿Y niños que bautizar? ¿Qué valen los quioscos de periódicos, las librerías y bibliotecas circulantes del barrio? ¿Qué leen los jóvenes y los adultos? La complejidad y a veces el carácter delicado de los problemas a resolvér en este tipo de apostolado invitan a no dedicar a él más que una “elite” escogida, dotada de tacto y de auténtica caridad.

Prensa, radio, cine y televisión

Las empresas editoriales y las librerías son para el apostolado seglar un campo de elección. Tenemos la satisfacción de saber que la mayor parte de los editores de librerías católicas consideran su profesión como un servicio de la Iglesia.

La biblioteca parroquial puede ser dirigida convenientemente por los seglares, que serán por lo general lectores y lectoras experimentados. En las bibliotecas circulantes, los buenos católicos tendrán ocasión de hacer bien.

El periodista católico, que ejerce su misión con espíritu de fe, es, naturalmente, un apóstol seglar. El Congreso de Manila pidió para Asia periodistas católicos y una prensa católica. Por otra parte, es normal que los católicos colaboren con la prensa, incluso la de interés local.

Por lo que se refiere a la radio, el cine y la televisión, nos remitimos a lo que ya dijimos en la Encíclica “Miranda prorsus’’ del 8 de septiembre de este año. Una doble tarea queda por realizar: evitar todo elemento de corrupción y promover los valores cristianos. Se cuentan en la actualidad en todo el mundo doce mil millones de personas que asisten cada año a salas locales de espectáculos. Pues bien, demasiados espectáculos, entre los que les son ofrecidos, no alcanzan el nivel cultural y moral que se tendría derecho a esperar. El hecho más lamentable es que el film presenta muy a menudo un mundo en el que los hombres viven y mueren como si Dios no existiera. Se trata, pues, de evitar aquí peligros morales para la fe y la vida cristiana. Jamás podría eludirse de plantear ante Dios la responsabilidad por la tolerancia de semejante situación, y a toda costa debe procurarse que sea modificada. Por lo tanto, Nos manifestamos Nuestra gratitud a los que emprenden en el campo de la radio, del film y de la televisión un trabajo valiente, inteligente y sistemático, que se ha visto recompensado ya por resultados que autorizan serias esperanzas. Recomendamos de modo especial las asociaciones y ligas que se proponen hacer prevalecer los principios cristianos en el uso del cine.

En las parroquias o por lo menos en los decanatos, los grupos de trabajo formarán a sus miembros y a sus colaboradores, pero también al público en sus deberes con respecto a la radio, el cine y la televisión, y les ayudarán a cumplirlos. Por lo que se refiere a la televisión, es indispensable que la Iglesia esté representada en los comités encargados de elaborar los programas y que especialistas católicos figuren entre los productores. Los sacerdotes, lo mismo que los seglares, son invitados a esa tarea —el sacerdote puede poseer en ello una competencia igual a la del seglar—, pero en todo caso la intervención de los seglares se requiere.

El mundo del trabajo

Veinte millones de jóvenes entran cada año en el trabajo -en todo el mundo. Se encuentran entre ellos católicos, pero también a millones de otros que se hallan bien dispuestos para una formación religiosa. De todos ellos debéis sentiros responsables. ¿Cómo la Iglesia los conserva? ¿Cómo los reconquista? Dado que el clima de la empresa es nefasto para el hombre joven, la “célula” católica debe intervenir en los talleres, pero también en los trenes, en los autobuses, en las familias y en los barrios; en todas partes actuará, dará el tono y ejercerá una influencia bienhechora y difundirá una vida nueva. Y asi, un capataz católico será el primero en ocuparse, por ejemplo, de los recién llegados para encontrarles una vivienda conveniente, les procurará buenas amistades, les pondrá en relación con la vida eclesiástica local y velará con el fin de que se adapten fácilmente a su situación.

E1 llamamiento que Nós hicimos el año pasado a los católicos alemanes se dirige también a los apóstoles seglares de todo el mundo, donde quiera que reinen la técnica y la industria; “Una tarea importante incumbe sobre vosotros —les decíamos—, la de dar a este mundo de la industria una forma y una estructura cristianas… Cristo, por quien todo ha sido creado, el Dueño del mundo, sigue siendo también Dueño del mundo actual, pues también éste está llamado a ser . un mundo cristiano. A vosotros toca conferirle la huella de Cristo” (Mensaje Radiofónico al Kolner Katholikentag, 2 de septiembre de 1956. Discursos y Radiomensajes, Vol. XVIII, pág. 397). Esa es la más pesada, pero también la tarea más grande del apostolado del elemento seglar católico.

la C. E. C. A.

Recientemente se ha celebrado en Luxemburgo un Congreso sobre los problemas sociales en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. El informe que el ICARES (Instituto Internacional Católico de Investigaciones Socioeclesiásticas) presentó al mismo, contenía tres puntos, que nos parecen de una Importancia particular en la cuestión aquí examinada. En. primer lugar, la población minera del territorio de la Comunidad que se extiende desde el Ruhr hasta Bélgica y los Pirineos, se compone en su mayor parte de emigrantes pertenecientes a los diversos países de Europa. En segundo lugar: en cuanto a la práctica religiosa, los mineros, en comparación con el medio social en el que se mueven, no representan más que la más débil minoría, porque son apartados más fácilmente que las otras categorías de trabajadores. Por consiguiente, tienen necesidad de una reintegración social. En tercer lugar, y esto se aplica a la vida de la comunidad católica, la conducta religiosa del minero emigrado depende estrechamente de la situación de su familia, de las condiciones de la vivienda, de la integración más o menos rápida en el ambiente que le recibe. El informe dijo, incluso, que el apostolado seglar debe proponerse aplicar concretamente a los emigrados las normas de la Constitución Apostólica “Exsul familia”.

Es preciso absolutamente evitar que los mineros de la C. E. C. A. sean la presa de movimientos ateos y hacer todo lo necesario para que sean salvados y vayan a Dios y a Cristo,

La América Latina

La situación de la Iglesia en América Latina se caracteriza por un rápido crecimiento de la población: ésta, que en 1920 contaba 92 millones de personas, contará pronto 200. En las grandes ciudades la población se acumula en masas enormes; el progreso técnico e industrial avanza rápidamente; por el contrario, los sacerdotes constituyen un número insuficiente; en lugar de los 160.000 que serían los estrictamente necesarios, apenas si se cuenta con 30.000. Por último, cuatro peligros mortales amenazan a la Iglesia: la invasión de las sectas protestantes, la secularización de toda la vida, el marxismo, que se manifiesta en las Universidades como el elemento más activo y que tiene en sus manos casi todas las organizaciones de trabajadores, y, en fin, un inquietante espiritismo.

En estas circunstancias, el apostolado seglar nos parece cargado con tres responsabilidades principales: en primer lugar, ia formación de apóstoles seglares para suplir la escasez de sacerdotes en la acción pastoral. En ciertos países donde el comunismo se encuentra en el poder, se dice que la vida religiosa ha podido continuar después de la detención de los sacerdotes, en forma clandestina,1 gracias a la intervención de los apóstoles seglares. Lo que es posible en períodos de persecución, debe serlo también en período de relaciones pacíficas. Hay que dedicarse, por consiguiente, en primer lugar a formar sistemáticamente y a utilizar a los apóstoles seglares en las parroquias gigantes de cincuenta a clon mil fieles, por el tiempo al menos que dure la falta de sacerdotes. Además, hay que introducir en la enseñanza, de la escuela primaria a la universidad, hombres y mujeres católicos ejemplares como profesores y como educadores. En tercer lugar, hay que introducirlos en la dirección de la vida económica, social y política. Se lamenta que en la América Latina la doctrina social de la Iglesia sea demasiado poco conocida. Se siente, por consiguiente, la necesidad de una formación social profunda y de la acción de una “elite” obrera católica para arrancar con paciencia a las organizaciones de trabajadores de la influencia del marxismo. Ya en la actualidad asociaciones obreras católicas trabajan en forma notable en varios lugares. Nós les manifestamos nuestra viva gratitud. Sin embargo, esto no debiera ser la excepción, sino más bien la regla en uir continente católico como la América Latina.

En las misiones de Asia y de Africa

Entre los numerosos problemas que Nós podríamos tratar aquí, nos referiremos solamente a algunos de ellos que estimamos los más importantes. Con ocasión del Congreso de los seglares en Manila, una voz autorizada ha puesto de relieve una tarea, cuya naturaleza precisa y concepción exacta puede fijar la jerarquía eclesiástica, para que, en mil formas, deba ser llevada a cabo por los seglares. Se trata de la utilización de las fuerzas católicas —que pueden ser muy considerables— con el fin de que la vida nacional se desarrolle armoniosamente, libre del nacionalismo extremista y del odio nacional, a pesar de todas las amarguras que las épocas de agitación pueden haber acumulado, uniendo los valores de la cultura occidental a los de la cultura nacional, adaptando los usos de la Iglesia a las costumbres y hábitos del país que nada tienen de reprensibles.

Con excepción de las Filipinas, los católicos de Asia, como en su mayor parte los de Africa, constituyen ;en su población unas minorías. Deben distinguirse, por lo tanto, mucho más por su ejemplo. Se interesarán aún más, especialmente, por la vida pública, económica, social y política. Donde, en efecto, lo hacen, se han ganado la estima de los no católicos; pero no habrán de participar en la vida pública más que después de haberse preparado bien. La doctrina social católica es aún poco conocida en Asia. Por lo tanto, las Universidades católicas de América y de Europa prestarán de buen grado su ayuda a los cristianos de Asia y de Africa que desean prepararse para los cargos públicos.

Se formarán profesores de valía para las escuelas de todos los grados. En Asia, como en Africa, las escuelas católicas son muy apreciadas por los no católicos. Nós deseamos por nuestra parte que la enseñanza de la religión tienda aún más a no separar la doctrina de la vida.

Una palabra sobre el empleo de los catequistas. Asia y Africa cuentan con mil quinientos millones de habitantes, unos 25 millones de católicos, con 20 a 25.000 sacerdotes y 74.000 catequistas. Si se añade a ese número los maestros, que son, a menudo los mejores catequistas, se llega a 160.000. El •catequista representa quizás el caso más clásico de apostolado seglar por la naturaleza misma de su profesión y porque suple a la escasez de sacerdotes. Se calcula, por los misioneros de Africa al menos, que un misionero acompañado de 6 catequistas consigue más que 7 misioneros; el catequista competente trabaja en efecto en un ambiente familiar, del que conoce lengua y costumbres; se pone en contacto con los individuos mucho más fácilmente que un misionero que viene de lejos.

Los catequistas son, por lo tanto, apóstoles seglares autóctonos; pero existe además un apostolado de seglares y de ayudantes: seglares misioneros extranjeros. Médicos, ingenieros, trabajadores manuales de diversas profesiones quieren apoyar en las misiones la labor de los sacerdotes con su ejemplo y su actividad profesional, sobre todo en la formación de los indígenas. Al mismo tiempo que su formación profesional, o después de ella, reciben una formación espiritual con vistas a su actividad misionera. Existen en la actualidad doce de estos movimientos u obras, coordinadas por un Secretariado General en Milán. Pero el apostolado seglar misionero se encuentra aún en los comienzos de su expansión, y, por lo demás, no puede aceptar más que una “élite”.

Por su economía, Asia sigue siendo en un 70% una región de agricultura, y con razón se ha dicho que si el agricultor es el hombre más importante de Asia, es también el más descuidado. A este respecto, los católicos tienen que reflexionar. En las Filipinas, los seglares católicos que con el sacerdote se ocupan de la elevación social y religiosa de los agricultores, son los apóstoles seglares más apreciados.

Las mujeres de Asia y de África ofrecen al apostolado seglar femenino incontables ocasiones para su acción en las escuelas de todo tipo, en la lucha centra los matrimonios de niños, contra los matrimonios forzosos, el divorcio y la poligamia. Del mismo modo sucede para la preparación de las jóvenes para el matrimonio, que es llevado a cabo con fruto por religiosas, por ejemplo en Hong Kong, en el Congo Belga y en Uganda, y para la formación de grupos de mujeres católicas que se ayudan recíprocamente y que prestan su caritativa ayuda a las mujeres no católicas de su barrio.

Un Apostolado difícil, indudablemente, es el de las mujeres, pero igualmente lleno de esperanza. Ya que en todos los territorios do misión en donde el catolicismo se ha desarrollado, la experiencia demuestra que la dignidad femenina es más respetada.

En Africa especialmente, Nos vemos con alegría y agradecimiento el extraordinario dinamismo de las jóvenes generaciones de católicos en las tareas culturales, sociales y políticas. Que cooperen, pues, en los movimientos sindicales de inspiración cristiana, como en Vietnam y en Africa ecuatorial y occidental, y formen’ cooperativas de ventas y de consumo; que participen en la representación nacional y en los asuntos municipales: la Iglesia no exhorta solamente a la piedad, sino que responde á todas las cuestiones de la vida. Portador de riquezas espirituales de su continente, el joven elemento seglar africano será testimonio de ellas y las cultivará en su vida y en su acción.

Para terminar, os damos dos directrices: en primer lugar, colaborar con los movimientos y organizaciones neutras y no católicas, si y en la medida en que, de este modo, sirváis al bien común y a la causa de Dios. En segundo Íu-J gar, participad aun más en las organizaciones internacionales. Esta recomendación se dirige a todos, pero concierne de modo especial a los técnicos de la agricultura.

Conclusión

Siempre hubo en la Iglesia de Cristo un apostolado de los seglares. Santos, como el Emperador Enrique II; Esteban, el creador de la Hungría católica; Luis IX de Francia, eran apóstoles seglares, aun cuando, en los comienzos, no se haya tenido conciencia de ello, y no obstante que el término de apóstol seglar no existiera aún en aquella época. También mujeres, como Santa Pulquería, hermana del Emperador Teo- dosio II, o Mary Ward, eran apóstoles seglares.

Si hoy esta conciencia se ha despertado y si el término de “apostolado seglar” es uno de los más empleados, cuando se habla de la actividad de la Iglesia, es porque la colaboración de los seglares con la Jerarquía no fue nunca tan necesaria como ahora, ni fue practicada de manera tan sistemática.

Esta colaboración se traduce en mil formas diversas, desde el sacrificio silencioso ofrecido por la salvación de las almas, hasta la buena palabra y el ejemplo, que obliga a la estima de los mismos enemigos de la Iglesia, y hasta la cooperación en las actividades propias de la Jerarquía, comunicables a los simples fieles, y hasta las audacias que se pagan con la propia vida, pero que tan sólo Dios conoce y no figuran en ninguna estadística. Y acaso este apostolado seglar oculto es el más preciso y el más fecundo de todos.

El apostolado seglar tiene, como cualquier otro apostolado, por otra parte, dos funciones: la de conservar y la de conquistar, y ambas se imponen con carácter de urgencia a la Iglesia actual. Y, para decirlo claramente, la Iglesia de Cristo no piensa abandonar sin lucha el terreno a su enemigo declarado, el comunismo ateo. Este combate continuará hasta el fin, pero con las armas de Cristo.

Poned manos a la obra con una fe más fuerte todavía que la de San Pedro, cuando ante el llamamiento de Jesús abandonó su barca y marchó sobre las olas para salir al encuentro de su Señor (Cfr. Mt. 14, 30-31).

Durante estos años tan agitados, María, la Reina gloriosa y poderosa del cielo, ha dejado sentir en las más diversas reglones de la tierra su asistencia de forma tan tangible y maravillosa que Nós la recomendamos con confianza ilimitada a todas las formas de apostolado seglar.

En prenda de la fuerza y del amor de Jesucristo, que se manifiesta también en el apostolado seglar, Nós concedemos a los Eminentísimos Cardenales aquí presentes, a Nuestros Venerables Hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes que participan en nuestro Congreso y a todos vosotros, hombres y mujeres del apostolado seglar, a todos los que aquí han venido y a los que trabajan en el mundo entero, nuestra paternal Bendición Apostólica.

Categorías:Laicos
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: