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“El Laico: Hombre y Mujer llamados por Jesús”

PROGRAMA “MAGIS”

  

 

Ensayo:

“El Laico: Hombre y Mujer llamados por Jesús”

 

Neyda Alfonso Jiménez

CVX, Cuba

Junio del 2000.

 

ÍNDICE:

1 – Introducción

2-   1 El medio

3-   II La evangelización lleva a la conversión.

4-   III La Pre-comunidad.

5-   IV La identidad del laico.

6-   V El laico edifica la Iglesia.

7-   VI El laico en la Iglesia y en el mundo.

8-   Conclusiones

9-   Bibliografía

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

 

Este trabajo se propone presentar algunas reflexiones sobre el papel del laico en el mundo contemporáneo y, particularmente, hacer referencia a la situación de éste en la Cuba de hoy.

En su visita pastoral a Cuba el Papa Juan Pablo II puntualizó que “…la tarea de un laicado católico comprometido es abrir los ambientes de la cultura, la economía, la política y los medios de comunicación social para trasmitir, a través de los mismos, la verdad y la esperanza sobre Cristo y el hombre…”

Pero cuando estos medios están vedados los laicos no podemos cruzarnos de brazos, tenemos que encontrar esos medios por nuestra cuenta. Trabajar y hacer sentir el espíritu de la Iglesia, que “está inmersa en la sociedad, sin buscar ninguna forma de poder político para desarrollar su misión, sino que quiere ser germen fecundo del bien común…” (S.S. Pablo VI).

Al no tener acceso a los medios de comunicación social el laico cubano tiene que ser, con mayor responsabilidad, luz y sal en el medio donde se desenvuelve, adoptando una actitud de diálogo y reconciliación; desarrollando la capacidad de iniciativa para colaborar eficazmente en la búsqueda de la verdad y anunciar la Buena Noticia.

Ante este reto el laicado cubano está dispuesto a evangelizar hasta el último rincón de nuestras diócesis y para ello debe formarse adecuadamente y defender este derecho y los espacios de libertad que necesitamos en la misión a la que estamos llamados para testimoniar a Cristo en el servicio de los más pobres y necesitados.

 

1-    El medio

 

En un ambiente donde prevalezca lo enunciado en la Introducción, cuando se hace referencia a lo puntualizado por el Papa en cuanto a la tarea de un laico católico comprometido, quizás sea más factible la labor de éstos porque la tarea evangelizadora se desarrolla sobre la base de valores positivos que estén en armonía con los valores evangélicos.

Al no presentarse esta situación, el laico debe atender a otras situaciones previas a la evangelización porque no se puede trabajar en un medio hostil, con actitudes negativas de rechazo y de enfrentamiento.

La persona que llega al barrio marginado con la idea de anunciar el Evangelio, primero tiene que ser uno más entre ellos. Tiene que “inculturarse” con ellos. Participar de sus muchas penas y de sus pocas alegrías, tratando de aliviar las primeras y de acrecentar las segundas. No hablarles, sino construir con ellos; dedicarles a los ancianos y a los niños lo mejor de su tiempo y entre estos dos extremos unir las familias, valorar sus intereses y desde ellos, que son los de Cristo, ir introduciendo la experiencia de fe, llevarles el sentido de comunidad, de relación con los demás.

Hay que llevar la evangelización, no podemos tomar como excusa las dificultades para realizarla; transformar los antivalores, humanizar el medio. Suplir o apoyar al ministro consagrado hasta donde sea permisible.

El mundo nuevo al que nos enfrentamos tenemos que vivirlo con su óptica, puesto que también genera hombre nuevos con expresiones, sensibilidad y audacia igualmente nuevos. No mirar hacia atrás para añorar lo pasado; poner corazón y acción en el presente, con visión profética para integrar y promover hacia una plena evangelización.

 

II   – La Evangelización lleva a la conversión.

La Iglesia, desde su mismo seno, debe mostrarse propicia a la evangelización para que se efectúe la conversión. Que cada uno de los cristianos sea abierto a los demás, sea sincero, aprenda de los más pobres, que infunda valentía. Que tome conciencia de su papel mediador, de acogida a los hombres, que sea presencia de Cristo en el mundo.

Si el laico hace suyo este enunciado no tendrá que esforzarse mucho para influir en la conversión de los evangelizados, porque si lo interioriza y lo vive brotará de su ser como el agua del manantial que se convierte en torrente. En ese darlo todo, porque siento que convivo contigo, que en mi solidaridad he llegado a la hermandad, porque de compenetrarme en tus sueños, tus necesidades, tu abandono, tu marginación… he llegado a sentirla en carne propia y hago que tú entiendas que hay esperanza, que existe Alguien que no te abandona, que te llama, que te ofrece su Vida, que te da aliento.

Cuando en mi barrio marginado, al que llegué para ver cómo vivían, qué pensaban y qué querían, yo comencé a lograr los cambios de mente y corazón y los iba llevando a sentir que “algo nuevo estaba surgiendo en ellos” estaba dando los primeros pasos para andar el camino de la conversión.

Va quedando atrás la etapa de acompañamiento, de reconocimiento, de acercamiento. Se estrechan los lazos y nace algo más íntimo. Ellos esperan, piensan qué más me vas a dar; tú traes algo distinto para nosotros. Y su intuición los hacen más atrayentes y la fe rudimentaria va tomando forma, va moviendo sus vidas y quieren saber más, conocer mejor a Ése que tú anuncias y abren el corazón para que tú siembres y tú esparces los granos y confías, sabiendo que el Señor los hará germinar… y tú, laico comprometido, sin miedo a las dificultades, sin evadir tu misión, sin dejar de dialogar, abriendo espacios increíbles vas armando, pieza a pieza, el rompecabezas de una comunidad en un barrio marginal que Dios te entregó.

 

III-   La Pre-Comunidad.

Qué alegría la del laico cuando ve germinar, aún débil, la semillita plantada. Los primeros pasos, inseguros, que van fortaleciéndose poco a poco. La voz que pide algo para hacer. La mano que se levanta en señal de cooperación. Y se forma el grupo que atenderá a las personas de la tercera edad; otro que visitará a los enfermos, aquellos que auxiliarán en la catequesis… Todos están dispuestos a formarse para ser agentes en su propio barrio. La Palabra es acogida. La Palabra penetra y mueve. La celebración va nutriéndose en participantes; cantan y oran en Comunidad.

Los bautizados de pequeños y los no bautizados reciben la Buena Noticia; los primeros asumen el compromiso de hijos de Dios y los segundos también. Los primeros renuevan las promesas del Bautismo; los segundos las profesan y ya están en evangelización permanente; adheridos a Cristo, el único que salva. Y con una conciencia clara de la entrega comparten su gracia con la comunidad. El Evangelio de Jesús se hace presencia y vida; ahora la Iglesia tiene que insistir, como mediadora, con la Palabra, el Culto, en la Caridad, tal como se señalara en el Concilio Vaticano II.

Esta comunidad irá integrándose a la Iglesia particular hasta entender la Iglesia en su totalidad, es decir, universal. Los laicos han de preparar su evangelización de manera tal que induzca a una buena relación con el clero y otros grupos; tampoco puede olvidarse la caridad, puesto que la obra misericordiosa de la Iglesia es una de las principales dimensiones de ésta.

Existe una corriente, cada vez más fortalecida, en América Latina que opta preferentemente por los pobres (Puebla, Teología de la Liberación, etc.), y entre éstos se misiona y se desarrolla la labor pastoral de la Iglesia. En Cuba se está llegando hasta los barrios más apartados y también con el sector campesino. Dada la escasez de sacerdotes y el no contar con espacios en los medios de comunicación masiva (todos son estatales y no nos permiten su uso) los laicos se han preparado para la animación de comunidades y es, a través de ellos, que la Buena Noticia se lleva a estos sectores alejados y se van convirtiendo en pequeñas comunidades de base, donde Jesús es reconocido entre los pobres (Mt 25,40) y se va construyendo el Reino con y entre ellos.

 

IV-   La identidad del laico

En Latinoamérica las comunidades eclesiales de base son una rica experiencia para la Iglesia y muchos obispos del Continente apoyan esta forma de ser Iglesia, e incluso la califican como “altamente positiva” (Hist. Del Sínodo de América, 95) ya que en “ella se expresa el amor preferencial… por el pueblo sencillo, se valora su religiosidad y se brinda la oportunidad de participar en la tarea eclesial y la transformación del mundo…” y en el nº 96 se hace un llamado para revisar los criterios sobre los ministerios laicales, partiendo de que “todos los miembros del Cuerpo de Cristo reciben dones del Espíritu Santo para el bien común”.

Sin embargo, no siempre se aceptan estos criterios y la acción del laico se ve limitada y en muchas ocasiones se siente en una esfera inferior, esperando a que le digan lo que tiene que hacer, sin voz ni para sugerir, a pesar de que desde su realidad e inmersión en el mundo puede discernir con elementos propios lo cotidiano y está capacitado por el Espíritu a tomar decisiones y es capaz de organizar, dialogar y participar con responsabilidad y compromiso.

Al no ser reconocidos muchos se van replegando sobre sí mismos y se limitan sólo a “cumplir” y su responsabilidad va quedando cada día más atrás. Muchas veces se habla del laico no comprometido, apático y poco evangelizador, pero ante esto hay que analizar la situación eclesial respecto a ellos. Son menos los que reclaman su derecho y hacen valer su corresponsabilidad porque se sienten “fermento de santificación en el mundo” (LG 31). Si vamos a las primeras comunidades cristianas (Hechos) vemos cómo cada cual tenía, según su carisma, el cumplimiento de una misión y eso no ha cambiado porque tenemos la misma Iglesia fundada por Cristo y cada miembro tiene su servicio; por tanto, la identidad del laico le viene de Jesús y cada uno es sujeto eclesial en el mundo.

La Iglesia, dentro de su misión y conversión, tiene la responsabilidad de formar a los laicos según su vocación, porque ésta está encaminada a “buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (LG 31). Además de la familia, el trabajo y otras ocupaciones, el laico tiene que vincularse con la jerarquía, porque aporta sus servicios en liturgia, en catequesis, en Cáritas, etc., por lo que deben ser reconocidos y apoyados.

 

V-   El laico edifica la Iglesia.

“El trabajo es el centro de la Doctrina Social de la Iglesia” (LE 3). El laico que santifica y se santifica a través del trabajo y a la vez busca la santificación de los demás desarrolla una labor meritoria dentro del mundo. En su trabajo debe de ser profesional, ético, cuidando de la moral y de las virtudes cristianas en su práctica diaria, en el servicio a los demás.

Cuando el trabajo es enaltecido como don y ofrecimiento a Dios mostramos a Jesús de Nazaret, a José el Carpintero, a la Virgen en su humilde casita. Si trabajamos con el gusto de colaborar en el bien común y la alegría del servicio, atraemos y contagiamos a los que nos rodean y ahí está nuestro pequeño aporte a la edificación de la Iglesia.

Los carismas y la espiritualidad de los laicos pueden contribuir a ampliar los horizontes eclesiales actuales si se comparte con ellos, si se les ofrece la oportunidad de una participación activa, si se les reconoce su responsabilidad y disponibilidad para animar la evangelización, sobre todo en los sectores más pobres y oprimidos de la sociedad.

Hoy son muchos los consagrados que levantan sus voces para pedir que “a nivel de conferencias episcopales se organice un proyecto con objetivos, medios y métodos aplicables en todas las diócesis, para orientar y ayudar a los fieles laicos en su misión en la Iglesia y en el mundo” (H. S. De América # 150) y en el # 176 señalan que “una de las páginas más brillantes de la historia de la Iglesia es la que han escrito los laicos en América Latina en estos últimos años…”

En Cuba también se ha hecho sentir el despertar del laico y la conciencia de la misión que tiene que cumplir en el mundo, sobre todo en la renovación de la familia y de la sociedad. El Santo Padre en su visita a Cuba indicó firmemente que “es necesario recuperar los valores religiosos en el ámbito familiar y social fomentando la práctica de las virtudes que conformaron los orígenes de la Nación Cubana, en el proceso de construir un futuro con <todos y para el bien de todos> como lo pedía Martí… “(Sta. Clara 27 de enero 1998). El laico cubano contribuye eficazmente en la misión evangelizadora a partir de su experiencia y de los dones recibidos del Espíritu Santo, así fomentan el seguimiento a Cristo en y desde sus familias para proyectarse en la sociedad como “fermento”.

 

VI- El laico en la Iglesia y en el mundo.

El espacio vital del laico es la Iglesia, pero, como dijera el Papa Pablo VI “su tarea primaria e inmediata es la gran actualización de todas las potencialidades cristianas y evangélicas ocultas, aunque ya presentes y operantes, en la realidad del mundo… El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo” (EN 71).

El laico tiene que vivir su vida íntegra: actividades sociales, profesionales y vida religiosa. Tenemos ante nosotros los signos de los tiempos que nos convocan a anunciar el Reino, a evangelizar nuestro medio, abriendo nuevos horizontes y siendo trascendentes, oyendo la voz del Espíritu, encarnándose en la realidad que vive en el mundo de hoy, siendo fieles a la Historia.

Uno de los postulados de la IV Conferencia del Episcopado Latinoamericano, en Santo Domingo, enuncia: “ésta es la hora de los laicos”. Esta hora es también y de manera muy especial para los laicos cubanos que “bajo la acción del Espíritu Santo, en un sacrificado y generoso apostolado individual, con gran fidelidad a la Iglesia, han ido aprendiendo y encontrando, poco a poco, su identidad en estos años” (Sínodo para Laicos. Rev. “Espacios”, No. 4).

Toda la Iglesia vive para la misión, cada uno según su carisma. En Cuba, al enfrentar la escasez de sacerdotes, el laico ha tenido que hacer suya, con una tremenda responsabilidad, la exclamación de Pablo: “Ay de mí si no evangelizara” (1 Cor 9, 16), porque sin esta acción la voz de la Iglesia no se hubiera hecho escuchar en tantos pueblitos alejados de las grandes ciudades, o en las montañas, o en los caseríos periféricos.

La comunión, la participación y la corresponsabilidad expresada en el Sínodo extraordinario de 1985 (Relato fin. 11, c. 6) se constata en la realidad eclesial cubana, donde el papel del laico es reconocido y valorado en cuanto miembros activos en la evangelización. La identificación Iglesia-pueblo, en unas diócesis con mayores consecuencias que en otras, pero en general, es lo que predomina en la comunidad de creyentes, aunque no podemos asegurar que todo está estructurado así; hay mentalidades clericales que aún deben cambiar, porque ni el paso del tiempo, ni las vicisitudes las han erradicado.

 

Conclusiones

Nos encontramos en los umbrales del Tercer Milenio y con ello hay una mezcla de incertidumbre y vacilación, pero también de mucha esperanza. Se presentan situaciones nuevas, tanto políticas, económicas como sociales; y en medio de todo ello está la Iglesia caminando con la Historia, siempre a la luz de la fe, buscando el llamado de Dios. Dentro de ella y formando parte viva de ella, el laico, que vive y convive desde el Evangelio, recibiendo dones del Espíritu y desarrollando cada carisma para ofrecerse como un servidor de todos; sin buscar privilegios, siendo coprotagonista en la evangelización, en el anuncio de la Buena Noticia.

En el futuro de la Iglesia hay un largo camino para reflexionar, discernir, revitalizarse. Eliminar miembros activos y pasivos: reconocer que la estructura evangélica es la de comunión y participación, donde la autoridad suscite obediencia acogedora, no interpretada en términos de poderes, animando la Vida que el Espíritu le da a cada bautizado, sin domesticar carismas, ya que “el Espíritu sopla donde quiere” (Is 3,8).

El Papa ha sido claro. Los laicos tenemos ante sí un tiempo de esperanza para el futuro: “Tomen parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta magnífica y dramática hora de la historia, ante la llegada del Tercer Milenio” (Ch Faici,3).

Bibliografía:

 

  • La Santa Biblia
  • Juan Pablo II en Cuba, Memorias y Proyectos
  • Los laicos y la Evangelización, Borobio Dionisio.
  • Historia del Sínodo de América, García González, Javier LC-
  • Revista “Espacio”, Cuba, 2º Trimestre 2000.
  • Pliego, Revista “Vida Nueva”, Cuba. Abril 2000.
Categorías:Laicos
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