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EL SENTIDO DEL TRABAJO HUMANO

EL SENTIDO DEL TRABAJO HUMANO

Pontificia Universidad Católica de Chile

 

Elementos para una teología y una espiritualidad del trabajo humano ¿Cómo la fe cristiana puede aportar al sentido del trabajo?

Ahora, después de hacemos algunas preguntas sobre el sentido del trabajo y de mi trabajo, de descubrir que el tema del trabajo da que pensar, tenemos que intentar una síntesis del aporte de la respuesta cristiana de la revelación y la tradición hoy, a las cuestiones planteadas. La haremos en dos partes, una más teórica que intenta formular algunos principios teológicos que dan sentido al trabajo humano[1] y otra mas práctica, algunas orientaciones espirituales de tipo más concreto[2].

1.- ¿Qué es el sentido teológico del trabajo humano?

Podemos designar con la palabra “trabajo”:

  1. a) el acto de trabajar, la actividad que el hombre desarrolla para realizar una tarea o producir algo. En ese sentido es una actividad transitiva, que termina fuera del hombre mismo,
  2. b) la obra realizada, la realidad producida con nuestro esfuerzo, que está presente siempre a lo largo de toda la actividad o acto de trabajar y permanece después de realizar el trabajo. ¿Qué dice la fe cristiana hoy sobre el homo faber, el ser humano que trabaja? Esta mirada supera la descripción del fenómeno del trabajo desde las ciencias y de la razón, apunta a un sentido último. Se basa en la concepción de la persona humana (en una antropología) como un ser que trabaja[3]. Hay algunas líneas que nos permiten una reflexión teológica, unas verdades o principios de la fe que iluminan esta realidad humana del ser que trabaja y actúa en el mundo, es lo que el Papa Juan Pablo II ha llamado el “Evangelio del trabajo”:
a)     El trabajo y la creación – evolución del cosmos:

El hombre existe en el mundo como parte de un universo con el cual está íntimamente unido y solidario con su destino. La mirada bíblica de los orígenes es una interpretación teológica del lugar del hombre en el mundo. El hombre trabaja, colaborando con Dios y hace del caos (del desorden) un cosmos (un mundo ordenado y bello). Así el trabajo es ley de Dios y universal para la humanidad, es un mandato para todos y está inscrito en nuestra naturaleza. El hombre trabaja para vivir y no vive para trabajar. El hombre en la historia ha pasado de la artesanía a la técnica, poniendo razón a los métodos de trabajo al conocer y dominar más ampliamente las leyes de la naturaleza; y organizar de manera más interconectada y desarrollada la vida social. Aquí hay un buen punto de partida

 

para una teología del trabajo del hombre en sociedad y en el mundo. Todo ser humano, refleja en su acción, la acción misma del Creador del universo. Así entendido el trabajo es una “vocación”, hemos sido llamados al trabajo.

b)     El trabajo y la escatología (la teología del futuro, de las cosas últimas, del destino definitivo):

Pero lo anterior no basta para una teología del trabajo, pues surge la pregunta por el fin o meta del existir humano. El ansia de absoluto que caracteriza a la persona, hace que sólo encuentre en Dios la plena satisfacción de sus más hondas aspiraciones. Ni en el trabajo con el mundo, ni en el dominio de las cosas, sino en el encuentro personal. De allí que todas sus realizaciones históricas sean provisionales, de algún modo pasajeras. La meta del existir humano no está en el tiempo sino en la eternidad, más allá de la historia. Ahora esa preocupación por el más allá definitivo no significa relativizar o despreocuparse del presente y de sus desafíos. El presente se valoriza porque aparece como anticipo y preparación del futuro. De tal manera del esfuerzo humano ¿Qué permanecerá? No es una respuesta fácil, pues está la posibilidad bastante razonable que el futuro sea don de Dios, al margen del desarrollo humano. De tal manera que no habría continuidad entre la construcción del mundo y el advenimiento de la plenitud. La respuesta cristiana afirma que sin negar que el Reino de los cielos es un don, la transformación del mundo definitiva será de éste mundo, el mundo que ha conocido la aventura y el esfuerzo humanos. Aunque hay que distinguir cuidadosamente entre progreso temporal y crecimiento del Reino -nos recuerda el Concilio Vaticano II- “todos los ñutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo a su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal”[4]4.

c)     El trabajo y el dolor:

Este aspecto penitencial ha sido demasiado destacado en la historia, de una manera unilateral. No podemos dejarlo de lado, pero equilibradamente. El trabajo, desde la perspectiva cristiana reclama redención y no hay redención sin cruz. Este carácter de sufrimiento acompaña al trabajo pero no lo define en su esencia, es una dimensión que contribuye a perfilar su papel en la obra de la salvación. Jesucristo fue un hombre de trabajo, experimentó también la fatiga, compartió nuestros sudores. La obediencia de Cristo a su Padre y la fidelidad en su tarea de entregarse por la salvación de la humanidad llevada hasta la muerte y luego a la resurrección, nos revela que la fatiga y el esfuerzo del trabajo no es pura negatividad. “Este dolor unido al trabajo señala el camino de la vida humana sobre la tierra y constituye el anuncio de la muerte… El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor a la obra que Cristo ha venido ha realizar. Esta obra de salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de la muerte en cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando a su vez la

 

cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar… En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo… En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los ‘nuevos cielos y otra tierra nueva’ ” . El pecado no es lo que más afecta la concepción del trabajo humano, sino su origen y destino.

2.- Elementos para una espiritualidad del trabajo humano?

Desde una antropología y teología cristiana surgen una moral y una espiritualidad del trabajo, un deber ser y un cómo serlo con la ayuda de Dios. No me detendré en la moral del trabajo[5] [6] 6. Una espiritualidad es la que ayuda a dar un sentido pleno al trabajo humano, como acto de la persona, en él participa el hombre completo, como uno en alma y cuerpo. Hay que dar al trabajo el significado que tiene a los ojos de Dios, que siempre lo integra a la obra de la salvación.

a)     Santificarse en el trabajo:

Todo cristiano está llamado a la plenitud de la caridad, a la santidad. Esta llamada es don de Dios y exigencia a la entrega de la propia vida. La santidad es meta y tarea. La vocación cristiana debe permear, impregnar todas las realidades humanas, la situación que ocupamos en el mundo. El trabajo, las tareas humanas que llenan los días del cristiano adquieren un horizonte nuevo, no son solamente expresión de la personalidad, medio de contribuir al progreso de la humanidad, manifestación de solidaridad, sino acto de amor y culto a Dios, identificación con Cristo y participación en su obra redentora. No basta para la vida cristiana la vida sacramental, eventos sacros que no impregnan la vida profana.

b)     Santificarse con el trabajo:

El trabajo profesional y secular es eje o canal en que se manifiesta la vocación apostólica del cristiano, específicamente de los laicos. Los laicos buscan el Reino de Dios, por medio de la gestión ordenada según Dios de los asuntos temporales, por tanto a través del trabajo.

c)     Santificar el trabajo:

La santificación personal y la acción apostólica no se desarrollan tomando solamente la ocasión del trabajo humano, como un escenario. Santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo, presuponen y significan primeramente el santificar el trabajo. Es decir, hacer del trabajo mismo tarea humana y cristiana plena. Eso implica hacer bien el trabajo, con el conocimiento y respeto de las propias leyes de cada actividad, con la

 

competencia y profesionalismo, dedicación y empeño. Para un cristiano no puede ser un obstáculo el trabajo para el desarrollo de su vida cristiana, sino su motor, espacio, herramienta fundamental.

Así, Dios ha querido al ser humano como homo faber, de tal manera que cumple su vocación de imagen de Dios. Es inacabado, tiene carencias biológicas espectaculares, las supera por la vía de la acción[7]. El trabajo es condición de posibilidad de realización de la persona humana como tal, ante todo es cumplimiento de la propia vocación (y aquí vale mas el ser que el tener). El trabajo tiene una dimensión social de co-laboración. Finalmente configura el mundo, lo conduce a la plenitud de su consumación, es más que un jardinero.

Grandes figuras de la espiritualidad cristiana nos pueden ayudar a este punto dar sentido al trabajo en las actuales circunstancias de la historia: San Benito, San Ignacio de Loyola y San Francisco de Asís. Cada uno en su época es un aporte a la relación con el mundo, al trabajo, a la distancia y a la fiesta, expresado en sus textos fundamentales, la Regla de San Benito, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, y el Cántico de las Creaturas de San Francisco. La actitud del Padre que lo da todo, del Hijo que lo recibe todo y del Espíritu que lo invade todo.

 

Recapitulación:

Estoy convencido que la fe permite ver más allá de las cosas, convencido por la experiencia propia y ajena (de una nube de testigos). La fe (el sentido religioso diría un autor)[8], permite

a)     Un compromiso total con la realidad, ayudando a descubrir poco a poco el significado para el que está hecho el corazón humano. El considerar a la persona en su unidad y totalidad, pone en su lugar al trabajo humano.

b)     El sentido religioso produce la unidad entre los que trabajan, pues todos tenemos el mismo origen y destino.

c)     Ello nos lleva a descubrir el sentido de nuestra colaboración, la orientación de la historia humana, el movimiento que implica.

d)    Finalmente la fe no sólo descubre la unidad de la persona y de la comunidad humana y la orientación de sus esfuerzos, sino que se traduce en obras concretas y la historia está plagada de ellas.

 

Mons. Andrés Arteaga Manieu Obispo Auxiliar de Santiago

 

 

[1]              Utilizo una vez más y muy de cerca el libro de José Luis ILLANES, Ante Dios y en el mundo. Apuntes para una teología del trabajo, Eunsa, Navarra 1997, 28-38; 153-160; 191-200. También del mismo autor, La Santificación del trabajo. El trabajo en la historia de la espiritualidad, Palabra, 200110.

[2]              Cf. ibídem, 39-50; 171-178. Evidentemente ver el texto de Laborem Exercens, 24-27.

[3] Cf. Laborem Exercens, 4. La mirada cristiana al sentido del trabajo surge de “una convicción de la inteligencia” y de “una convicción de la fe”, es decir de la experiencia y del saber humanos iluminados por la Palabra revelada de Dios.

[4] Gaudium etSpes, 39

[5] Laborem Exercens 27. Se citan allí los textos de Romanos 5,19; Juan 17,4 y Lucas 9,23.

[6] Se puede ver el texto de Angel GALINDO, Moral Socioeconómica, BAC, Madrid 1996, 305-317. Se destacan allí que el trabajo, junto con realizar a la persona, da consistencia a la vida social. Ver también José Luis ILLANES, Ante Dios y en el mundo. Apuntes para una teología del trabajo, Eunsa, Navarra 1997, 34- 38

[7] Cf. Juan Luis RUIZ de la PEÑA, Imagen de Dios. Antropología teológica fundamental, Sal Terrae, Santander 1988, 230-236.

[8] Baso estas reflexiones finales en el texto de Luigi GIUSSANI, El yo, el poder y las obras. Ediciones Encuentro, Madrid 2001. Particularmente el texto ‘‘Siempre más allá”, 49-53.

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