El arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Julián Barrio, ha invitado a los laicos de la Archidiócesis a implicarse activamente en la evangelización de la sociedad. “Los bautizados”, dice monseñor Barrio en su Carta Pastoral para el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, “desde sus mil ocupaciones, han de iluminar el mundo de hoy con su testimonio cristiano, un testimonio de santidad y de coherencia de vida”. El arzobispo compostelano asegura que esa inquietud ha de “manifestarse en el ámbito de la la familia, de la educación, del trabajo, de la política, de la cultura y de la economía compartiendo el don de la fe y la esperanza a la que hemos sido llamados”. Esta jornada, que se celebra bajo el lema “Familia cristiana, apóstoles en el mundo”, se desarrollará este próximo domingo, solemnidad de Pentecostés.

“La Iglesia”, asegura monseñor Barrio, “necesita laicos comprometidos, siendo coherentes con su fe y viviendo la pasión de servir al prójimo”. Para realizar esta misión, explica el arzobispo compostelano, “es necesario seguir las enseñanzas de la doctrina cristiana, sintetizadas en el Catecismo de la Iglesia Católica y en la Doctrina Social de la Iglesia, sobre todo en la defensa de la dignidad de la persona, la fraternidad y la solidaridad”. Esta tarea, comenta monseñor Barrio, no está exenta de dificultades. “Relativizar la vida humana”, indica, “desvirtuar y manipular nuestra fe, construir una cultura al margen de la tradición católica con estilos de vida y comportamientos ajenos a nuestro compromiso cristiano, es algo que se representa en el plató de nuestra sociedad”.

“Pero en este momento”, añade el prelado compostelano, “percibimos el poderoso aliento del Espíritu que reanima el pueblo de Dios y despierta en medio de este, carismas de todo tipo: el amor por la palabra de Dios, la participación activa de los laicos en la vida de la Iglesia y en la evangelización, el compromiso constante en el magisterio eclesial y en los comportamientos en favor de los pobres y de los que sufren”.

 

Carta Pastoral en el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar 2015

 Apóstoles en el mundo

Queridos diocesanos:

Son tiempos de esperanza y de fe para gente valiente y generosa, fundamentada en el amor de Jesús, en la práctica de los sacramentos y en la oración. Los bautizados, desde sus mil ocupaciones, han de iluminar el mundo de hoy con su testimonio cristiano, un testimonio de santidad y de coherencia de vida. Así serán protagonistas en la Nueva Evangelización, respondiendo a la llamada a la santidad. En este sentido se nos propone como lema de esta jornada: “Familia cristiana, apóstoles en el mundo”.

Familia y laicos evangelizadores

Esta inquietud debe manifestarse en el ámbito de la la familia, de la educación, del trabajo, de la política, de la cultura y de la economía compartiendo el don de la fe y la esperanza a la que hemos sido llamados. “Toda vocación cristiana es una vocación al apostolado, a la misión. El matrimonio que funda la familia, es una vocación a la que Dios llama como camino de seguimiento y santidad, haciendo así de la familia un lugar y fuente de evangelización, por ser vocación cristiana”[1]. La familia ha de sentirse protagonista en la misión de la Iglesia y en la construcción de la sociedad, difundiendo en la historia el Reino de Dios.

La Iglesia necesita laicos comprometidos, siendo coherentes con su fe y viviendo la pasión de servir al prójimo. Para realizar esta misión, es necesario seguir las enseñanzas de la doctrina cristiana, sintetizadas en el Catecismo de la Iglesia Católica y en la Doctrina Social de la Iglesia, sobre todo en la defensa de la dignidad de la persona, la fraternidad y la solidaridad. “En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados… Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41)…¿A qué esperamos nosotros?”[2].

Relativizar la vida humana, desvirtuar y manipular nuestra fe, construir una cultura al margen de la tradición católica con estilos de vida y comportamientos ajenos a nuestro compromiso cristiano, es algo que se representa en el plató de nuestra sociedad. Pero también en este momento percibimos el poderoso aliento del Espíritu que reanima el pueblo de Dios y despierta en medio de este, carismas de todo tipo: el amor por la palabra de Dios, la participación activa de los laicos en la vida de la Iglesia y en la evangelización, el compromiso constante en el magisterio eclesial y en los comportamientos en favor de los pobres y de los que sufren. La Iglesia sigue contando con tantos mártires de la fe. “Por supuesto que todos estamos llamados a crecer como evangelizadores. Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos… Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo”[3].

Testigos de la alegría del Evangelio

“Pena y melancolía, no las quiero en casa mía”, decía Santa Teresa de Jesús a sus monjas. La cruz termina con el Viernes Santo, la dicha y la gloria del Domingo de Resurrección duran por siempre. La fe, don de Dios, no impide disfrutar de la vida ni es enemiga de la alegría. La alegría cristiana es interior; no viene desde fuera, sino desde dentro. Nace del actuar misterioso y presente de Dios en el corazón humano en gracia y se expresa en la paz del corazón, en la capacidad de amar y de ser amado, y por encima de todo, en la esperanza, sin la cual no puede haber alegría. De esta alegría que el mundo busca, hemos de ser testigos. “Al solo escucharla nombrar –escribe san Agustín–, todos se alzan y te miran, por así decirlo, a las manos, para ver si eres capaz de dar algo a su necesidad”. Unos cristianos melancólicos y temerosos no estarían, por lo tanto, a la altura de su tarea; no podrían responder a las expectativas de la humanidad y especialmente de los jóvenes. “Aunque no siempre es fácil abordar a los jóvenes, se creció en dos aspectos: la conciencia de que toda la comunidad los evangeliza y educa, y la urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor. Cabe reconocer que, en el contexto actual de crisis del compromiso y de los lazos comunitarios, son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado. Algunos participan en la vida de la Iglesia, integran grupos de servicio y diversas iniciativas misioneras en sus propias diócesis o en otros lugares. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean «callejeros de la fe», felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!”[4].

Modo de testimoniar la alegría del Evangelio

Los cristianos dan testimonio, por lo tanto, de la alegría cuando comunican el mensaje de Jesús, evitando cualquier amargura e inútil resentimiento en el diálogo con el mundo y con los demás, e irradiando la confianza en Dios, “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5, 45). “Este es el Espíritu de Pentecostés que impulsa hoy a numerosos discípulos de Cristo por los caminos de la oración, en la alegría de una alabanza filial, y hacia el servicio humilde y gozoso de los desheredados y de los marginados de nuestra sociedad… Esta mirada positiva sobre los seres y sobre las cosas, fruto de un espíritu humano iluminado y fruto del Espíritu Santo, halla en los cristianos un lugar privilegiado de renovación: la celebración del misterio pascual de Jesús. En su Pasión, en su Muerte y en su Resurrección, Cristo recapitula la historia de todo hombre y de todos los hombres, con su carga de sufrimientos y de pecados, con sus posibilidades de perfección y de santidad”[5], como escribía en los últimos años de su pontificado, el Beato Pablo VI.

Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela


[1]Mensaje de los Obispos de la CEAS con motivo del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, 2015.

[2] FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 120.

[3]Ibid., 121.

[4] FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 106.

[5] PABLO VI, Exhortación Apostólica Gaudete in Domino, 76-77.