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TU TAMBIEN VEN A TRABAJAR A MI VIÑA

“TU TAMBIEN VEN A TRABAJAR A MI VIÑA”.

30 de diciembre: 27 aniversario de la exhortación “Christifideles Laici” del Papa Juan

Fuente: https://www.facebook.com/gonzalo.guerrerorenaud?fref=nf

El 30 de diciembre de 1988, el Papa Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Christifideles laici, sobre la vocación y misión de los laicos en la iglesia y en el mundo, nos recuerda que los fieles laicos están llamados:

  • a dar a la creación su valor originario;
  • a vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a la sociedad y
  • a trabajar en la animación cristiana del orden temporal, a fin de que la Iglesia, por medio de nosotros, ofrezca una gran ayuda para hacer más humana la familia de los hombres y su historia.

En dicha exhortación se recuerda la parábola evangélica de los obreros de la viña, en la que un propietario salió varias veces durante el día a contratar obreros. Todavía salió a eso de las cinco de la tarde, vió que otros que estaban allí, y les dijo: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?” Le respondieron: “Es que nadie nos ha contratado”. Y él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”» (Mt 20, 6-7). No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor.

Se nos invita a examinar si ya somos trabajadores en la viña del Señor, como lo pedía San Gregorio Magno: «Fijaos en vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros del Señor. »

Los fieles laicos participan del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo. En el oficio sacerdotal, con el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades (cf. Rm 12, 1-2). En el oficio profético de Cristo al acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía. En su oficio real, por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12); y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños (cf. Mt 25, 40).

Santificarse en el mundo.

La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. «Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida. Los fieles laicos han de considerar la vocación a la santidad, antes que como una obligación exigente e irrenunciable, como un signo luminoso del infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad.

Los laicos en la Iglesia-Comunión

Pueden desempeñarse en el Anuncio de la Palabra de Dios, el Lectorado y Acolitado.

Para poder participar adecuadamente en la vida eclesial es del todo urgente que los fieles laicos posean una visión clara y precisa de la Iglesia particular en su relación originaria con la Iglesia Universal.

El Sínodo ha solicitado que se creen Consejos Pastorales Diocesanos. También lo que está previsto en el Derecho Canónico; la participación de los fieles laicos en los Sínodos Diocesanos y en los Concilios Particulares, Provinciales o Plenarios.

Debido a la falta de clero y por la posición geográfica de algunas parroquias; o por parroquias formada por inmigrantes, por esta razón piden una participación más activa de los laicos y fomentar las pequeñas comunidades eclesiales de base.

Hay criterios eclesiales claros y precisos de discernimiento y reconocimiento de la de la autenticidad eclesial de las asociaciones laicales.

  1. a) El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la SANTIDAD.
  2. b) La responsabilidad de confesar la fe católica.
  3. c) El testimonio de una comunión firme y convencida.
  4. d) La conformidad y la participación en el “fin apostólico de la Iglesia”.
  5. e) El comprometerse en una presencia en la sociedad humana.

Los laicos en la Iglesia – Misión

En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor confía a los fieles laicos, en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios, una gran parte de responsabilidad.

Anunciar el Evangelio

Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo.

Vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a la sociedad

Los fieles laicos participan en la misión de servir a las personas y a la sociedad. Es cierto que la Iglesia tiene como fin supremo el Reino de Dios, pero el Reino es fuente de plena liberación y de salvación total para los hombres: con éstos, pues, la Iglesia camina y vive, realmente y enteramente solidaria con su historia.

En esta contribución a la familia humana, los fieles laicos ocupan un puesto concreto, a causa de su «índole secular», que les compromete, con modos propios e insustituibles, en la animación cristiana del orden temporal.

Promover la dignidad de la persona

La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser «hijo en el Hijo» y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.

La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí.

Venerar el inviolable derecho a la vida

«La Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida.

Corresponde a los fieles laicos que más directamente o por vocación o profesión están implicados en acoger la vida, el hacer concreto y eficaz el “sí” de la Iglesia a la vida humana.

Libres para invocar el Nombre del Señor

El respeto de la dignidad personal, exige el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre.

Si no todos creen en esa verdad, los que están convencidos de ella tienen el derecho a ser respetados en la fe y en la elección de vida, individual o comunitaria, que de ella derivan. Esto es el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, cuyo reconocimiento efectivo está entre los bienes más altos y los deberes más graves de todo pueblo que verdaderamente quiera asegurar el bien de la persona y de la sociedad.

La familia, primer campo en el compromiso social

La expresión primera y originaria de la dimensión social de la persona es el matrimonio y la familia: «Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio “los hizo hombre y mujer” (Gn 1, 27), y esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión entre personas humanas».

El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos.

La caridad, alma y apoyo de la solidaridad

Con la caridad hacia el prójimo, los fieles laicos viven y manifiestan su participación en la realeza de Jesucristo, esto es, en el poder del Hijo del hombre que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45).

Tal caridad, ejercitada no sólo por las personas en singular sino también solidariamente por los grupos y comunidades, es y será siempre necesaria.

Todos destinatarios y protagonistas de la política

Para animar cristianamente el orden temporal —en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad— los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la «política»; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común.

El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección»

Situar al hombre en el centro de la vida económico-social

El servicio a la sociedad por parte de los fieles laicos encuentra su momento esencial en la cuestión económico-social, que tiene por clave la organización del trabajo.

Entre los baluartes de la doctrina social de la Iglesia está el principio de la destinación universal de los bienes.

Los fieles laicos han de comprometerse, en primera fila, a resolver los gravísimos problemas de la creciente desocupación, a pelear por la más tempestiva superación de numerosas injusticias provenientes de deformadas organizaciones del trabajo, a convertir el lugar de trabajo en una comunidad de personas respetadas en su subjetividad y en su derecho a la participación, a desarrollar nuevas formas de solidaridad entre quienes participan en el trabajo común, a suscitar nuevas formas de iniciativa empresarial y a revisar los sistemas de comercio, de financiación y de intercambios tecnológicos.

Evangelizar la cultura y las culturas del hombre

A la luz del Concilio, entendemos por «cultura» todos aquellos «medios con los que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a lo largo del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones, para que sirvan al progreso de muchos, e incluso de todo el género humano»

La Iglesia pide que los fieles laicos estén presentes en los puestos privilegiados de la cultura, como son el mundo de la escuela y de la universidad, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares de la creación artística y de la reflexión humanista. Tal presencia está destinada no sólo al reconocimiento y a la eventual purificación de los elementos de la cultura existente críticamente ponderados, sino también a su elevación mediante las riquezas originales del Evangelio y de la fe cristiana.

Actualmente el camino privilegiado para la creación y para la transmisión de la cultura son los instrumentos de comunicación social. En todos los caminos del mundo, también en aquellos principales de la prensa, del cine, de la radio, de la televisión y del teatro, debe ser anunciado el Evangelio que salva.

Y culmina con un llamamiento y la oración y con una oración a la Virgen, en la que nos invita a pedirle:

“Virgen Madre, guíanos y sostennos para que vivamos siempre como auténticos hijos e hijas de la Iglesia de tu Hijo y podamos contribuir a establecer sobre la tierra la civilización de la verdad y del amor, según el deseo de Dios y para su gloria”.

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