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Los laicos y el mundo; el mundo de los laicos

Los laicos y el mundo; el mundo de los laicos

Felipe de J. Monroy | Vida Nueva México

Juntos por México

Los laicos y el mundo; el mundo de los laicos

Siempre ha sido difícil definir al católico laico. Aunque es normal considerando que la definición de cada uno de los miembros de la Iglesia depende más de su función en el servicio que de su identidad. Y la función del laico es vasta, amplísima. Con todo, no falta quien reflexiona inquieto que “si el Papa va de blanco, los cardenales de rojo, los obispos de mitra, los curas de sotana, los religiosos y monjas de hábito ¿cómo distinguirse como laico a primera vista?” A esto hay que sumarle otro problema: hay por lo menos dos clases de laicos. Los laicos que son Iglesia y los otros, todos los demás. Unos son los comprometidos y los otros, alejados.

En no pocas ocasiones he escuchado que cuando se habla de laicos se utilizan expresiones como ‘católico de a pie’, ‘gente normal’, ‘creyente común’, ‘simple mortal’, etcétera. Todas esbozan el fantasma de una escala de privilegio católica en la que, evidentemente no están en la parte más alta ni en la más digna. Incluso en la humildad, hay un anhelo de distinguirse.

Estas necesidades de distinción han conducido por lógica e imitación a que los laicos –que son Iglesia- añadan signos de identidad a su estilo de vida: códigos de vestimenta, de lenguaje y de comportamiento gregario. Tales códigos con tristeza parecen ser los únicos signos de identidad con el que los laicos pueden reconocerse entre sí, confiar entre sí y servir a la Iglesia de la que forman parte. Pero la función del laico, hay que insistir, es inmensa, poliédrica, llena de libertad y trascendencia, útil y transformadora que hace vida allí donde sus hermanos ministros no alcanzan (pero a la cual, afortunadamente, pueden auxiliar mediante la gracia y potestad depositadas en sus manos para alimentar el alma y el espíritu).

¿Entonces qué debe hacer un católico laico? ¿Cuál es su función, cuáles sus fronteras? ¿Es mejor sr un laico comprometido que un laico a secas? ¿Cuántos laicos piensan que un Estado laico debe tomar más en cuenta lo que su asociación religiosa predica? ¿Cuántos laicos, en un Estado laico, se sienten el vivo músculo de su Iglesia pero no de su sociedad?

Dice Carlos Díaz en Ayudar a sanar el alma que cada vez que un sacerdote lo presentaba como un ‘laico comprometido’ él le reviraba preguntándole si aquel era un ‘cura comprometido’. Para el filósofo, la distinción entre el laico y el sacerdote no está tanto en su función o su identidad como en su compromiso. Reclama incluso más adelante: “¿Cuándo vamos a aceptar que los creyentes no se dividen en clérigos y en laicos, ni en curas y obispos, ni en obispos ni arzobispos, sino en seguidores más o menos entusiastas de la causa de Jesús?”

¿Eso es todo lo que habría que decir de un laico creyente? ¿Sólo importa su entusiasmo con la causa de Jesús? Y, ese entusiasmo, ¿se puede tener sólo en la Iglesia o también fuera de ella? ¿Su trabajo es dentro de la Iglesia o fuera de la Iglesia? ¿Se puede ser un laico comprometido aun si no pertenece a un movimiento eclesial? Y si el laico corea esa máxima de ‘salir de la Iglesia’ ¿en dónde se siente realmente ubicado?

Dicen los fanáticos de la liturgia que ‘ante la duda, genuflexión’; y, fuera del templo, la máxima del católico autodidacta es: “ante la duda, magisterio”. Y en este caso específico sobre el papel de los laicos es obligatoria la relectura de Christifideles laici de Juan Pablo II donde se recuerda que el Concilio Vaticano II dio una definición más positiva al laico, “de no sólo pertenecer a la Iglesia sino ser Iglesia”, “ser obreros de la viña”, “de vivir en el mundo implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social”.

Bajo esta perspectiva ya no hay un adentro ni afuera, ni nosotros ni ellos, no hay tentación maniquea de dividir la tierra entre puros e impuros, sino de caminar juntos, compartiendo los mismos gozos y las mismas angustias, laborando juntos en los desafíos compartidos de la sociedad. Los laicos en su función como peregrinos del mundo, labradores del siglo, abiertos al horizonte de la eternidad.

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