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El lugar de los laicos en Aparecida

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El lugar de los laicos en Aparecida

         Carlos Castro

  1. La vida de nuestros Pueblos hoy

Si la Primera Parte del Documento de Aparecida trata acerca de La vida de nuestros Pueblos Hoy, comenzando por los sujetos encargados de llevar esta vida a su vez recibida (los discípulos misioneros, capítulo 1) y lo hace de modo que todo el capítulo parezca un Himno de alabanza y acción de gracias (cf. nº 23), en el capítulo 2 echará una mirada sobre la realidad haciendo una lectura pastoral de los grandes cambios que suceden en nuestro continente y en el mundo que nos interpelan. De aquí queremos retener que “la novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero” (34). “Esta nueva escala mundial del fenómeno humano trae consecuencias en todos los ámbitos de la vida social, impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión” (35). Los temas aquí tratados son numerosos y vale la pena al menos mencionarlos para comprender lo que se demandará al laico en particular:

  1. A) en general se trata desde la crisis de sentido de nuestra época (37), la erosión de la tradiciones culturales (38-39), hasta la ideología de género (40).
  2. B) en particular repasará:
  3. Situación Sociocultural: luego de constatar “la variedad y riqueza de las culturas latinoamericanas, desde aquellas más originarias hasta aquellas que, con el paso de la historia y el mestizaje de sus pueblos, se han ido sedimentando en las naciones, las familias, los grupos sociales”, se afirma que “lo que hoy día está en juego no es esa diversidad”, sino “más bien la posibilidad de que esta diversidad pueda converger en una síntesis” (43). Analiza la sobrevaloración de la subjetividad individual que en muchas ocasiones deja de lado la preocupación por el bien común (44).

Entre los aspectos positivos de este cambio cultural, aparece el valor fundamental de la persona, de su conciencia y experiencia, la búsqueda del sentido de la vida y la trascendencia (52). El énfasis en la experiencia personal y lo vivencial nos lleva a considerar el testimonio como un componente clave en la vivencia de la fe (53).

  1. Situación económica: El Papa, en su Discurso Inaugural (DI), ve la globalización como un fenómeno “de relaciones de nivel planetario”, considerándolo “un logro de la familia humana”, pero, al mismo tiempo, no obstante estos avances, señala que la globalización “comporta el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo” (60). Frente a esta forma de globalización, sentimos un fuerte llamado para promover una globalización diferente que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos, haciendo de América Latina y El Caribe no sólo el Continente de la esperanza, sino también el Continente del amor (64).

Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables” (65).

Con mucha frecuencia, se subordina la preservación de la naturaleza al desarrollo económico, con daños a la biodiversidad, con el agotamiento de las reservas de agua y de otros recursos naturales, con la contaminación del aire y el cambio climático (66).

  1. Dimensión socio-política: Los obispos en aparecida constatan un cierto progreso democrático que se demuestra en diversos procesos electorales. Sin embargo, ven con preocupación el acelerado avance de diversas formas de regresión autoritaria por vía democrática que, en ciertas ocasiones, derivan en regímenes de corte neopopulista (74). No puede haber democracia verdadera y estable sin justicia social, sin división real de poderes y sin la vigencia del Estado de derecho (76).

Cabe señalar, como un gran factor negativo en buena parte de la región, el recrudecimiento de la corrupción en la sociedad y en el Estado, que involucra a los poderes legislativos y ejecutivos en todos sus niveles, y alcanza también al sistema judicial que, a menudo, inclina su juicio a favor de los poderosos y genera impunidad, lo que pone en serio riesgo la credibilidad de las instituciones públicas y aumenta la desconfianza del pueblo (75).

La vida social, en convivencia armónica y pacífica, se está deteriorando gravemente en muchos países de América Latina y de El Caribe por el crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos, asaltos, secuestros, y lo que es más grave, en asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera (76).

En América Latina y El Caribe se aprecia una creciente voluntad de integración regional con acuerdos multilaterales, también es positiva la globalización de la justicia, en el campo de los derechos humanos y de los crímenes contra la humanidad, que a todos permitirá vivir progresivamente bajo iguales normas llamadas a proteger su dignidad, su integridad y su vida (82).

  1. Biodiversidad, ecología, Amazonia y Antártida: América Latina es el Continente que posee una de las mayores biodiversidades del planeta y una rica socio diversidad, representada por sus pueblos y culturas. En las decisiones sobre las riquezas de la biodiversidad y de la naturaleza, las poblaciones tradicionales han sido prácticamente excluidas. La naturaleza ha sido y continúa siendo agredida (83-87).
  2. Presencia de los pueblos indígenas y afroamericanos en la Iglesia: Los indígenas constituyen la población más antigua del Continente. Los afroamericanos constituyen otra raíz que fue arrancada de África y traída aquí como gente esclavizada. La tercera raíz es la población pobre que migró de Europa desde el siglo XVI, en búsqueda de mejores condiciones de vida y el gran flujo de inmigrantes de todo el mundo desde mediados del siglo XIX. De todos estos grupos y de sus correspondientes culturas se formó el mestizaje que es la base social y cultural de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños.
  3. Situación de nuestra Iglesia en esta hora histórica de desafíos: Rescato, entre los aspectos positivos, sin pretensión de ser exhaustivo, los siguientes: la animación bíblica de la pastoral; la renovación litúrgica que acentuó la dimensión celebrativa y festiva de la fe cristiana, centrada en el misterio pascual de Cristo Salvador, en particular en la Eucaristía. El aprecio a los sacerdotes; el desarrollo del diaconado permanente; los ministerios confiados a los laicos; el testimonio de la vida consagrada, su aporte en la acción pastoral y su presencia en situaciones de pobreza, de riesgo y de frontera. La presencia y el crecimiento de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades que difunden su riqueza carismática, educativa y evangelizadora. Se ha tomado conciencia de la importancia de la Pastoral Familiar, de la Infancia y Juvenil. La Doctrina Social de la Iglesia constituye una invaluable riqueza, que ha animado el testimonio y la acción solidaria de los laicos y laicas, quienes se interesan cada vez más por su formación teológica, como verdaderos misioneros de la caridad, y se esfuerzan por transformar de manera efectiva el mundo según Cristo.

Y, en cuanto a las sombras se destaca:

Que el crecimiento porcentual de la Iglesia no ha ido a la par con el crecimiento poblacional. En promedio, el aumento del clero, y sobre todo de las religiosas, se aleja cada vez más del crecimiento poblacional en nuestra región. Intentos de volver a un cierto tipo de eclesiología y espiritualidad contrarias a la renovación del Concilio Vaticano II. Infidelidades a la doctrina, a la moral y a la comunión, nuestras débiles vivencias de la opción preferencial por los pobres. “Se percibe un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia Católica”. Se constata el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal. Se percibe una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo, descuidando otras tareas pastorales. De igual forma preocupa una espiritualidad individualista; una mentalidad relativista en lo ético y religioso, la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que contiene la Doctrina Social de la Iglesia, y, en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos.

En la evangelización, en la catequesis y, en general, en la pastoral, persisten también lenguajes poco significativos para la cultura actual, y en particular, para los jóvenes.

En las últimas décadas, vemos con preocupación, por un lado, que numerosas personas pierden el sentido trascendente de sus vidas y abandonan las prácticas religiosas, y, por otro lado, que un número significativo de católicos está abandonando la Iglesia para pasarse a otros grupos religiosos. Si bien es cierto que éste es un problema real en todos los países latinoamericanos y caribeños, no existe homogeneidad en cuanto a sus dimensiones y su diversidad.

  1. De la simple mirada a la toma de conciencia de ser poseedores de la vida de Jesucristo

La segunda parte, muestra la belleza de la fe en Cristo como fuente de Vida para los hombres y mujeres que se unen a Él, y entran en el discipulado misionero. Considera cuatro dimensiones: alegría, vocación, comunión e itinerario de los discípulos. Es la parte con mayor desarrollo bíblico-teológico. Espigando temas cristológicos, eclesiológicos, antropológicos, teologales, espirituales, pedagógicos y pastorales.

El capítulo tres dice todo en su título: La alegría de ser discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo. Anuncia a Jesucristo, Evangelio de Dios (Mc 1,1) y pre­senta como buenas noticias sus repercusiones en la existencia. Habla de la “buena nueva” de la dignidad humana en la vida, la familia, la actividad humana -trabajo, ciencia y tec­nología- y el destino universal de los bienes, con expresiones que llamarán la atención. La sección no sigue el iter de Gaudium et spes (persona, comunidad, actividad) y carece de un apartado sobre la “buena nueva” de vivir en comunión y convivir en sociedad, aunque culmina con el tema “El continente de la espe­ranza y del amor”.

El cuarto, La vocación de los discípulos misioneros a la santidad, contiene un aporte bastante elaborado a nivel bíblico. Considera el llamado a la santidad recibido en el encuentro y el segui­miento de Jesús, que se lleva a cabo por la ani­mación del Espíritu Santo y Santificador. Pone la santidad en el centro de la vida y de la misión en cuatro tópicos: llamados al seguimiento de Jesucristo, configurados con el Maestro, envia­dos a anunciar el Evangelio del Reino de vida y animados por el Espíritu Santo.

El quinto, que es el que más nos interesa en cuanto estructurador para nuestras reflexiones trata acerca de La comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia. Enseña que la vocación al discipulado del Señor es la con-vocación (ekklesía) a la comunión en su Iglesia. Todo el Pueblo de Dios y todos en el Pueblo de Dios somos sujetos históricos del discipulado y la misión en comunión. En una breve sección eclesiológica señala los espacios de la comunión a partir de las iglesias particulares (las diócesis). En la comunión diversificada de y entre las iglesias locales se ubican otras expresiones eclesiales y pastorales: parroquias, comunidades eclesiales de base y otras pequeñas comunidades, anti­guas asociaciones apostólicas y nuevos movi­mientos eclesiales. En ese marco se contemplan las formas de existencia eclesial o “vocaciones específicas” desde una perspectiva discipular y misionera y empleando varios títulos cris­tológicos. Los fieles laicos y laicas son vistos como discípulos y misioneros de Jesús Luz del mundo.

III. Dos caras de una misma medalla: discipulado y misión

Finalmente, en la Tercera parte: La vida de Jesucristo para nuestros pueblos desarrolla líneas pasto­rales para el futuro con un marcado dinamismo misionero. El capítulo siete, La misión de los discípu­los misioneros al servicio de la vida plena, es decisivo. Considera la Vida nueva que Cristo nos comunica en el discipulado y nos llama a trasmitir en la misión, porque el discipulado y la misión son como las dos caras de una misma medalla. No hay discipulado sin misión y no hay misión sin discipulado. Para realizar aquello fomenta la conversión misionera de las comu­nidades eclesiales y organismos pastorales.

  1. Los fieles laicos y laicas, discípulos y misioneros de Jesús, Luz del mundo

Con un esquema muy ordenado que va de la esencia a la acción en relación a los laicos se nos dice, a partir de LG 31, que ellos “son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”[1].

  1. 1. Los laicos de cara al mundo
  2. 1. 1. El amor que transforma

La experiencia de ser discípulos tiene como punto de partida la conciencia de fe de saber que El, Jesús, nos amó primero. De aquí se sigue el deseo de conocerlo, seguirlo, amarlo e imitarlo. Vivir como El vivió y hacer lo que El nos pidió: “El pasó haciendo el bien” (Hech. 10, 38). Por ello, los laicos como seguidores de Cristo, han de seguir tras sus huellas, amando como Él amo. Y, así como desde los primeros tiempos los paganos quedaban admirados por el amor que manifestaban los cristianos para con todos los hombres (un amor sólo podía tener como fuente al mismo Dios), así hoy en día en nuestra Iglesia ha de brillar la presencia de Dios en nuestro obrar. Somos discípulos del Maestro si nos amamos los unos a los otros (Jn. 12, 34-35). Vivir desde esta convicción es más importante que cualquier plan pastoral (NMI 43) o cualquier proyecto misionero. Hemos de actuar con un espíritu que destaque particularmente la parresía, es decir la valentía, el coraje, la audacia, la fortaleza, en el anuncio del Evangelio.

¿Qué consecuencias puede tener esto en nuestra vida?

El sabernos hijos de un mismo Padre, hermanos en Cristo que servimos a la Santa Iglesia. Por tanto nos ayudamos, hablamos bien los unos de los otros, apoyamos las iniciativas de los otros hermanos, tanto sea con la oración, con el interés, con la presencia física o, al menos mediante una adhesión, etc.

Esto cambia el rostro de nuestra Iglesia, nos hace sentirnos una sola familia, permite verificar y ponderar las divergencias porque en ellas nos sabemos complementarios y nunca competitivos y éste espíritu la gente lo percibe y de ese modo aprende a vivir según el Evangelio.

Por otro lado es la mejor forma de preparar el camino de la fe para tantos hermanos nuestros descreídos. Jesús esto se lo pedía al Padre: “que ellos sean uno como tu Padre está en mí y yo en ti. Que ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea” (Jn. 17,21).

Este estilo de vida de caridad después se contagia a las comunidades y a las familias. Estamos convencidos que la virtud de la caridad transforma más la sociedad cuando se traduce en obras que cuando se queda meramente en discursos. “La comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión […] y la misión es para la comunión”. (CH.F.L. 31-32). La caridad vivida desde la alegría que de ella misma nace, nos lanza a la misión porque: “no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hec 4, 20).

Hemos de saber que la conversión personal y pastoral despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de la vida (366). En el caso particular de los laicos esta conversión supondrá una mejor preparación para intervenir comprometidamente en los asuntos sociales (400. 403. 406). “Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se pueda realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer más humana la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido vano”[2]. Este compromiso social no excluye, sino que asume la atención humanitaria y pastoral de aquellas personas que por múltiples motivos han de dejar su lugar de pertenencia “También se requiere promover la preparación de laicos que, con sentido cristiano, profesionalismo y capacidad de comprensión, puedan acompañar a quienes llegan, como también en los lugares de salida a las familias que dejan” (413).

  1. 1. 2. El ardor que contagia

Como podemos apreciar, la “misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio (…) Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta” (210).

Aún nos suenan las palabras de Juan Pablo II cuando a los Obispos del CELAM, en 1983, en Puerto Príncipe, les hablaba de la nueva Evangelización: “nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones”. Quizás hemos dado pasos significativos (a pesar de que todavía hemos de caminar mucho) acerca de la novedad en la “expresión” y en los “métodos”, pero sería conveniente pedirle al Espíritu Santo nos renueve en el “ardor”. Esta ha sido la primera palabra escogida por el Papa, pues, en cierto sentido, ella es origen de las otras dos. Más aún, la fe cristiana puede designarse como un gran ardor (Lc. 12,49). El ardor apostólico de la Nueva Evangelización brota de una radical conformación con Jesucristo, el primer evangelizador. Por tanto, quien mejor evangeliza es quien vive enamorado del Señor. Los santos, amigos de Jesús, evangelizan viviendo las bienaventuranzas (RMi 90-91) desde una fe sólida, una caridad intensa, y una recta fidelidad. Guiados por el Espíritu, generan una mística incontenible en la tarea de anunciar el Evangelio, y son capaces de despertar la credibilidad para acoger la Buena Nueva de la Salvación. Desde su profunda experiencia de Dios, nutrida en una vida de unión con Él, por medio de la Oración, entusiasman a otros en el seguimiento de Jesús. Es de desear que la vida que comenzó en María, en Juan, en Andrés, y en el resto de sus discípulos, se vuelva a encender en el corazón del cristiano de hoy, y contagie a los demás para que vayan al encuentro del Señor. Los santos son quienes siguen a Jesús, e indican con sus vidas el motivo por el cual lo siguen.

Lamentablemente con la condena al modernismo (DH 3420-3422; 3481-3483; 3451) la teología católica renunció por mucho tiempo al tema de la “experiencia de Dios”. Pero, en realidad, el conocimiento de Dios necesita, como todo conocimiento, de un fundamento que esté en consonancia con la experiencia. La experiencia religiosa abarca: tanto el encuentro objetivo con el Dios que nos colma, como la impresión subjetiva de ese encuentro que se traduce en palabras, actitudes, etc; abarca tanto al individuo que hace la experiencia, como a la comunidad en la cual la realiza. Ella sólo alcanza su verdadero sentido dentro del lenguaje religioso y de la tradición de la Iglesia.

Desde esta perspectiva se siguen algunas consecuencias:

Desde la óptica cristiana, la experiencia de Dios no puede quedar reducida nunca en un genérico “sentido de lo divino”, sino que la experiencia cristiana de Dios sólo puede desarrollarse, por tanto, en coherencia total con el Evangelio.

La experiencia de Dios es necesaria porque cuando nos encontramos con Él y lo seguimos, el Espíritu Santo va transformando nuestra vida, llenándola de luz y felicidad. Entonces, experimentamos el llamado interior de comunicar a los demás al Señor que ha salido a nuestro encuentro y al que hemos acogido cooperando con su gracia (cf. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 24).

Además, “quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos” (Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte 40).

La contratara de esto que venimos diciendo la expresa el Documento en el número 100 cuando dice: “Constatamos el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal. Percibimos una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo, descuidando otras tareas pastorales. De igual forma, nos preocupa una espiritualidad individualista. Verificamos, asimismo, una mentalidad relativista en lo ético y religioso, la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que contiene la Doctrina Social de la Iglesia, y, en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos”.

En definitiva, “se hace, pues, necesario proponer a los fieles la Palabra de Dios como don del Padre para el encuentro con Jesucristo vivo, camino de “auténtica conversión y de renovada comunión y solidaridad” (248).

  1. 2. Los laicos en la acción pastoral de la Iglesia

Ellos “también están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado, según las necesidades locales bajo la guía de sus pastores” (211). Aquí podrían destacarse entre otros servicios cuando se desempeñan “como delegados de la palabra, animadores de asamblea y de pequeñas comunidades, entre ellas, las comunidades eclesiales de base, los movimientos eclesiales y un gran número de pastorales específicas” (99).

  1. 3. Importancia de la formación frente a un mundo relativista

“Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural” (212).

La fragmentación provocada por la posmodernidad tiene por resultado un difuso sentimiento de anomia permitiendo el surgimiento de códigos sectoriales, fundamentalismos e intolerancia. Fragmentado el discurso se defiende la superficalidad en nombre del relativismo universal y se propone lo sincrético como nuevo modelo. Por su parte, en el plano espiritual se admite la co-existencia de la astrología y el Tarot, el chaman y los extraterrestres, el ocultismo, la reencarnación y la magia, la teosofía, la física cuántica y los péndulos, los channelling, la radiestesia y la numerología, etc. Como podemos apreciar, secularización no es sinónimo de desreligiosización.[3] Hoy asistimos a un nuevo atractivo por lo religioso en cuanto expresión de la posmodernidad como aspiración a un ser-más. Si la religión pervive, no nos extrañe que este condicionamiento cultural sincrético, se encamine a formas extravagantes de lo sagrado: lo «sagrado salvaje».[4] El derrumbe del marxismo soviético, la última utopía de la racionalidad secular moderna, en una existencialidad que la cultura comunicacional ha configurado, ha terminado por poner en duda todos los valores de la modernidad, incluyendo la propia racionalidad. Así: «el vacío ideológico desemboca en el vacío espiritual, y tras siglos de secularismo vuelve a hablarse de Dios, de la vida espiritual y de la salvación»[5].

En lugar de la pertenencia a la religión o fe tradicional en «el mercado religioso» existe una abundante y variada cantidad de opciones espirituales que se ofrecen a los potenciales consumidores[6]. Ahora bien, si la oferta es tan variada, es que las demandas suponen un hombre fragmentado. Un hombre inserto en una cultura que facilita la fragmentación, aunque tenga la apariencia de «globalidad».

«Este individuo necesitado de una sólida referencia al Ser por estar referido a lo inmediato y fragmentario sin la sintaxis del pensamiento, sediento de ser reconocido, y sobre todo necesitado, de un ámbito de participación y compromiso, es el destinatario privilegiado y el objetivo principal de la agresión religiosa escondida en el proselitismo sectario que le promete respuestas a todas sus falencias, sin que a nadie le importe que las respuestas sean verdaderas»[7] .

La posición antirracionalista respecto de la fe declara que lo absoluto ha de ser experimentado, no pensado. Se puede creer en cualquier cosa siempre que a uno «le haga bien», de este modo la religión termina siendo cuestión de preferencia subjetiva sin ningún lazo esencial con la verdad.

«Dios no es una persona que está frente al mundo, sino la energía espiritual que invade el Todo»[8] y, por tanto la religión no será un vínculo que se establece con un Otro, sino «la inserción de mi yo en la totalidad cósmica» a fin de superar «toda división».[9] En el New Age, la desmantelada racionalidad encuentra en parte como sucesores «a sus predecesores, a saber, el mito y la gnosis».[10]

Para sus partidarios «el remedio del problema del relativismo no hay que buscarlo en un nuevo encuentro del yo con el tú o con el nosotros, sino en la superación del sujeto, en el retorno extático a la danza cósmica».[11] Junto con esto, ella ofrece un modelo de religión que postula que lo absoluto no se puede creer, sino experimentar. «El sujeto, que pretendía someter a sí todo, se transfunde ahora en el “Todo”».[12] El éxtasis de sí redime al sujeto individual de la «yoidad»[13] que lo aísla de las riquezas de la realidad cósmica y permite que este retorne allí de donde nuca debía apartarse: del Todo. El principio que explica esto que acabamos de decir podría sintetizarse del siguiente modo: «todo el universo se encuentra regido por un principio de relación recíproca, todo está unido, interconectado, y aún más que eso, cada parte de este universo es en sí misma una imagen de la totalidad».[14] Esta unidad que hermana todo lo existente es concebida como una «hermandad de origen, ya que todo el cosmos está constituido por una misma materia: la vibración primera, divina; todo ha emanado de la Divinidad, es variación de una única y primigenia vibración».[15] El universo es un océano de energía que constituye un todo único o entramado de vínculos. «No Hay alteridad entre Dios y el mundo».[16] En esta visión de un universo cerrado, el cual contiene a Dios y a otros seres espirituales y al mismo hombre, se percibe un panteísmo nivelador.[17] Y, si el hombre pretende encontrarse con Dios, no ha de ir más allá del mundo, sino bucear en lo profundo de su yo para acceder a la divinidad escondida en él.[18]

Uno de los grandes atractivos de esta oferta «religiosa» consiste en el interés que presta al yo individual. Mientras la religiosidad «tradicional» con su organización jerárquica se adapta bien a la comunidad, la espiritualidad de la Nueva Era se adapta al individuo –en particular al individuo «burgués»[19]–. Ahora bien, ¿dónde queda el bien común?, ¿dónde el sentido político de lo humano?. «Las peores consecuencias de toda filosofía del egoísmo, tanto si es adoptada por las instituciones como por amplios sectores sociales, son lo que el Cardenal Joseph Ratzinger define un conjunto de “estrategias para reducir el número de los que se sienten a comer a la mesa de la humanidad”. Este es un criterio clave con el que se debe evaluar el impacto de cualquier filosofía o teoría».[20]

Los exponentes de la Nueva Era al hablar de Cristo mencionan que éste es «un título aplicado a alguien que ha llegado a un estado de conciencia donde el individuo se percibe como divino y puede, por tanto, pretender ser “Maestro universal”. Jesús de Nazaret no fue el Cristo, sino sencillamente una de las muchas figuras históricas en las que se reveló esa naturaleza “crística”, al igual que Buda y otros».[21] Cristo no sería la forma humana de Dios, puesto que el Logos es mayor que Jesús y puede encarnarse también en los fundadores de otras religiones. Lo cual pone de manifiesto que en el Nazareno acontece la realización histórica del hombre puesto que todos los seres humanos son celestes y divinos.[22] «El Cristo Cósmico es el modelo divino que se conecta en la persona de Jesucristo (pero no se limita en modo alguno a tal persona). El modelo divino de conectividad se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn 1, 14) […] El Cristo Cósmico es el guía de un nuevo éxodo de la servidumbre y de las ideas pesimistas de un universo mecanicista, newtoniano, lleno de competitividad, ganadores y perdedores, dualismos, antropocentrismo, y del aburrimiento que sobreviene cuando nuestro maravilloso universo se describe como una máquina privada de misterio y misticismo. El Cristo Cósmico es local e histórico, indudablemente íntimo a la historia humana. El Cristo Cósmico podría vivir en la casa de al lado o incluso en el interior más profundo y auténtico del propio yo».[23] Para la Nueva Era el Cristo cósmico es simplemente un modelo que puede repetirse en muchas personas, lugares o épocas.[24]

Ahora bien, es claro que para el cristianismo Dios no es una fuerza o energía informe e impersonal de una trascendencia diluida, sino un Ser personal Padre, Hijo y Espíritu Santo, que entra en un diálogo permanente con los hombres.[25] Tampoco puede aceptarse que el hombre deje de ser aquello que esencialmente es: «una criatura y como tal permanece para siempre, de tal forma que nunca será posible una absorción del yo humano en el Yo divino»;[26] ni que el cosmos sea una emanación del ser divino, sino que ha sido creado de la nada por el Dios personal que crea por un acto puro de amor y con entera libertad.[27] Menos aún puede admitirse que Jesús sea una manifestación más de la conciencia crística semejante a otros líderes religiosos,[28] ni que la persona humana por medio de técnicas pueda salvarse,[29] o incluso elevarse, sin la ayuda de la gracia, con sus solas fuerzas hasta la divinidad.[30]

El Documento de Aparecida insiste en la importancia de la formación de los laicos para poder afrontar esta nueva hora, sea para formar parte de organismos ecuménicos (232), para colaborar en la formación de comunidades cristianas y en la construcción del Reino de Dios en el mundo (282), para mejor dialogar con la cultura de hoy y tener una fecunda incidencia sobre todo en el mundo vasto de la política, de la realidad social y de la economía, como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios y de otras realidades abiertas a la evangelización (283). También es importante promover la formación y acción de laicos competentes, para animarlos a organizarse a fin de defender la vida y la familia, y alentarlos a participar en organismos nacionales e internacionales (469 h). Si han de actuar como fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios y han de mostrar coherencia entre fe y vida, tanto sea en el ámbito político, económico y social, esto exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia. Para una adecuada formación en la misma, será de mucha utilidad el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (505).

Ahora bien, para aprovechar mejor los carismas y servicios de los movimientos eclesiales en el campo de la formación de los laicos, ha de respetarse sus carismas y su originalidad (313).

  1. 4. Ponerse en estado de misión

Los Obispos en Aparecida nos dicen: “Hoy, toda la Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en estado de misión”. Y, citando Ecclesia in America de Juan Pablo II apunta que dicha misión “no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos[31]. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia, quien, por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación” (213).

Pues bien, es en este contexto en el que se alaba la existencia de asociaciones laicales, movimientos apostólicos eclesiales e itinerarios de formación cristiana, y comunidades eclesiales y nuevas comunidades. Todas estas expresiones deben ser apoyadas por los pastores, pues son un signo esperanzador. “Por ello, un adecuado discernimiento, animación, coordinación y conducción pastoral, sobre todo de parte de los sucesores de los Apóstoles, contribuirá a ordenar este don para la edificación de la única Iglesia” (214).

Ahora bien, para realizar dicha misión, por muy obvio que parezca, hemos de preguntarnos cuestiones esenciales tales como: ¿Qué Dios presentamos?; ¿qué espiritualidad vivimos para esta nueva cultura que nace ignorando a Dios?

Es importante hoy construir un hombre nuevo y construir la unidad en éste mundo roto.

El punto de partida será hoy como ayer el crucificado: “Anunciemos a Cristo Crucificado (1. Cor. 1,23) y resucitado por el poder del Padre (1 Cor 15, 3-4).

Para esto es necesario vivir la conversión, que será ante todo creer. Creer que Dios está presente aún ante una aparente ausencia. “El mundo reclama evangelizadores que le hablen de un Dios que ellos conozcan y les sea familiar como si viesen lo invisible” (EN 76f).

Creer en el Dios de Jesucristo que es un Dios Trinitario, y por eso alejado del individualismo, lejos de toda ansia de poder y de dominio.

Creer en un Dios que lava los pies de los discípulos y se aleja de toda apetencia política, o de brillar, o de prevalecer… Un Dios que se sabe conducido al matadero como un cordero (Hec 8, 32) y que acepta ofrendar su vida voluntariamente (Lc 9, 51) por amor a los hombres.

Un Dios que no se da por ofendido ante las burlas, que cree de verdad en el poder del amor. Lejano al dominio, al prestigio, a la carrera, a todo tipo de influencia. Un Dios que ama, sirve, no juzga, no compite, no domina. Un Dios que muestra con su actitud como se hace la comunión.

Es el Dios de los Santos, que trabaja sin competir, habla sin juzgar, que descubre lo mucho que actúa su Espíritu en el mundo, en cada comunidad, en cada familia y en cada corazón.

Un Dios profundamente optimista que irradia vida y alegría pero que ha sabido beber el cáliz de la Cruz hasta la última gota.

Un Dios que vive crucificado y por amor nos devuelva la vida a nosotros y al mundo. Esta es la fuerza de un auténtico discípulo que alimenta una fe gozosa aún en medio de las pruebas y dificultades (1 Tes. 1,6).

Un Dios que está seguro del amor del Padre y aunque sienta el total abandono se entrega porque sabe que el Padre está construyendo así en la desolación el cielo nuevo y la tierra nueva.

No somos nosotros los constructores del Reino, somos simples colaboradores o siervos inútiles (Lc 17, 10)

Desde esta perspectiva surgen algunas consecuencias: Dios puede servirse de nosotros porque nos sentimos libres de todo, y nos sabemos pertenencia de Dios. De aquí nace nuestra esperanza. (1 P. 3,15).

Creemos en la fecundidad de nuestra vida de entrega, y por tanto mostramos una inmensa felicidad que contagia y arrastra.

Somos, por la gracia de Dios, constructores de comunidades que a su vez viven enamorados del Crucificado.

Creemos que Dios nos envía para ser fermento en la masa.

Ayudamos, orientamos, iluminamos, sostenemos con la fuerza que nace del Crucificado. “Consolamos a los demás con el consuelo con que Dios no ha consolado” (2 Cor. 1,4)

Este ha de ser el Dios que presentamos y el Dios en el cual creemos, el Dios de Jesucristo. El crucificado que porque se entrego sólo por Amor es generador de vida. De todo esto se desprende que “los mejores esfuerzos de las parroquias, en este inicio del tercer milenio, deben estar en la convocatoria y en la formación de laicos misioneros. Solamente a través de la multiplicación de ellos podremos llegar a responder a las exigencias misioneras del momento actual” (174).

Seguramente que este proceso de formación, que no excluye el momento espiritual, es un largo camino que requiere itinerarios diversificados en el cual se tengan presente los procesos personales y los ritmos comunitarios, continuos y graduales (281). Pues, “llegar a la estatura de la vida nueva en Cristo, identificándose profundamente con Él y su misión” es una meta a alcanzar a lo largo de un iter muchas veces escarpado. Aparecida destaca que “la presencia y contribución de laicos y laicas en los equipos de formación aporta una riqueza original, pues, desde sus experiencias y competencias, ofrecen criterios, contenidos y testimonios valiosos para quienes se están formando” (281).

  1. 5. Comunión y participación

Hoy en día el trabajo aislado rende escasos frutos y muchas veces con una duración no garantizada. Conscientes de ello, los Obispos en Aparecida afirman: “reconocemos el valor y la eficacia de los Consejos parroquiales, Consejos diocesanos y nacionales de fieles laicos, porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia y su presencia activa en el mundo. La construcción de ciudadanía, en el sentido más amplio, y la construcción de eclesialidad en los laicos, es uno solo y único movimiento” (215).

Esto supone, sin descuidar que el mejor plan de pastoral es seguir tras las huellas de Jesús de Nazaret y vivir la caridad diariamente. Que “la Diócesis, camino de pastoral orgánica, sea una respuesta consciente y eficaz para atender las exigencias del mundo de hoy, con indicaciones programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios, que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura”. En esta tarea, “los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” (371). Y, ha de considerarse el rol singular de la mujer pues garantizar su presencia efectiva en las instancias de planificación y decisiones pastorales, así como en ministerios enriquece al todo de la Iglesia (458, b).

  1. 6. Los destinatarios privilegiados del Evangelio

Vale la pena citar en toda su extensión el número 550 por la riqueza que el mismo aporta: “Es el mismo Papa Benedicto XVI quien nos ha invitado a una misión evangelizadora que convoque todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño que es pueblo de Dios en América Latina y El Caribe: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, para la difusión de la verdad evangélica. Es un afán y anuncio misioneros que tiene que pasar de persona a persona, de casa en casa, de comunidad a comunidad. En este esfuerzo evangelizador – prosigue el Santo Padre –, la comunidad eclesial se destaca por las iniciativas pastorales, al enviar, sobre todo entre las casas de las periferias urbanas y del interior, sus misioneros, laicos o religiosos, buscando dialogar con todos en espíritu de comprensión y de delicada caridad. Esa misión evangelizadora abraza con el amor de Dios a todos y especialmente a los pobres y los que sufren. Por eso, no puede separarse de la solidaridad con los necesitados y de su promoción humana integral: Pero si las personas encontradas están en una situación de pobreza – nos dice aún el Papa –, es necesario ayudarlas, como hacían las primeras comunidades cristianas, practicando la solidaridad, para que se sientan amadas de verdad. El pueblo pobre de las periferias urbanas o del campo necesita sentir la proximidad de la Iglesia, sea en el socorro de sus necesidades más urgentes, como también en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una sociedad fundamentada en la justicia y en la paz. Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y un Obispo, modelado según la imagen del Buen Pastor, debe estar particularmente atento en ofrecer el divino bálsamo de la fe, sin descuidar el ‘pan material’”.

Esta relación entre el Reino de Dios y la promoción de la dignidad humana, confirma y actualiza la opción preferencial por los pobres -y excluidos- que se remonta a Medellín, a partir del hecho de que en Cristo Dios se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. Estas palabras paulinas (2 Co 8,9), repetidas por Benedicto XVI (DI 3), indican un acento tí­pico de la Conferencia: reafirmar el fundamento cristo lógico de la opción preferencial por los pobres. La fe afirma que “los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo” (SD 178), porque “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 40).

Aparecida fomenta una renovada pastoral so­cial, reconoce nuevos rostros de los pobres (des­empleados, migrantes, abandonados, enfermos, adictos, presos, parafraseando a Mt 25,31-46), Y promueve la justicia y la solidaridad inter­nacional. La Doctrina social de la Iglesia recobra vigor como iluminación de la convivencia social, a quince años de Santo Domingo y a dieciséis de Centesimus annus, si bien en 2005 se publicó el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia y en Deus caritas est Benedicto XVI se refirió a cuestiones de doctrina y pastoral social (DCE 19-31).

La Iglesia ha de ejercer permanentemente su labor con un humilde espíritu de servicio. Con esta actitud ella busca realizar lo que Jesús declaró con respecto a su misión: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc. 10, 45; Mt. 20, 28). Por tanto, el servicio compromete al seguimiento de Jesús. Ya el Documento de Puebla nos recordaba que el “servicio a los pobres es la medida privilegiada aunque no excluyente de nuestro seguimiento de Cristo” (DP 1146). Creemos que hay en verdad un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros o está lejos: todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre tiene cerca a Dios. Si el mismo Jesús se ha identificado con los pobres (Mt 25, 35-40), entonces, el “amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 15).

Hemos de estar dispuestos a “lavar los pies” no sólo a quienes más visiblemente exponen su pobreza, sino a todo hombre y mujer que muestre debilidad, aún en medio de una aparente fortaleza. La Iglesia y sus hijos hemos de ser servidores de todos los hombres, especialmente de los más pequeños.

Toda la Iglesia busca salir al encuentro de cada hombre para llevarle el mensaje de salvación. La misión que ella emprende no es realizada por simple estrategia frente a la disminución del porcentaje de fieles católicos, sino para comunicar el inmenso amor de Dios por cada uno de sus hijos.

Desde esta perspectiva se desprenden algunas consecuencias:

Conocemos a Jesús en la medida en que vivimos como discípulos suyos contemplando su rostro con espíritu pobre.

La contemplación de Cristo nos introduce en una personalidad profundamente ligada al Padre en su dependencia voluntaria. Por tanto, Él en cuanto modelo de todo seguimiento, nos enseña a tratar a cada uno como una persona única e irrepetible (Lc 4,40).

Su acogida fraternal ofrecida a todo hombre es para nosotros normativa, así como la fidelidad a su misión. Jesús tiene una meta, y la sigue hasta el fin. Nada lo aparta de ella, ni los fracasos, ni las incomprensiones, ni la soledad, ni siquiera el alejamiento de sus amigos. Con voluntad firme se encamina a Jerusalén (Lc 9, 51).

Abandona en Dios Padre su vida, su historia personal, su camino como siervo y la misma Cruz. Amigo de todos no se dejó monopolizar por nadie. Lo vemos rodeado de pobres y de pecadores para colmarlos de misericordia.

En Él aprendemos los caminos de Dios, las predilecciones del Padre: la no rentable búsqueda de la oveja perdida, la predilección por los “pequeños” y su actitud misionera.

[1] Cf. LG 31

[2] SRS 47

[3] Cf. Dannels, G., «Carta Pastoral “Cristo o Acuario”», Criterio 64 (1990) 295-311.

[4] Ferrara, R., «Nuevos movimientos Religiosos y cristianismo», en Giustozzi, E., Nuevos Movimientos Religiosos, Bs. As., 1994, p. 92.

[5] Capanna, P., «;La religiosidad postmoderna”, en Guistozzi, E., Nuevos Movimientos Religiosos, Bs. As., p. 70.

[6] Ibid., p. 72.

[7] Gerometta, O., Aproximaciones al fenómeno de las sectas” Bs. As., 1995, p. 63.

[8] Cf. Ferguson, M., La conspiración de Acuario: transformaciones personales y sociales en este fin de siglo, Bs. As., 1985; López, L., New Age. ¿La religión del Siglo XXI?, México, 1995, pp. 123-157.

[9] Ratzinger, «La situación actual», p. 5. col. 3.

[10] Höhn, H. J., «Krise der Moderne, Krise der Vernunft?», ZkTh 109 (1987) 21.

[11] Ratzinger, «La situación actual», p. 4. col. 2.

[12] Menke, K. H., Die Einzigkeit Jesu Christ im Horizont der Sinnfrage, Freiburg 1995, p. 33.

[13] Esto no significa que el individuo, tal como postula el budismo, deba negarse a sí mismo. «El sueño de la unión mística parece conducir, en la práctica, a una unión meramente virtual que, al cabo, deja las personas aún más solas e insatisfechas» (Consejo Pontificio de la Cultura, Jesucristo portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la «Nueva Era», 3.2). De ahora en más JPV.

[14] Comisión Episcopal de Fe y cultura, Frente a una nueva era, Bs. As. 1993, p. 23.

[15] Ibid., 25-26.

[16] JPV 2.3.4.2.

[17] Cf. Ibid., 2.3.1.

[18] Cf. Vernette,J., Le New Age, París, (P.U.F.) 1992 (Collection Encyclopédique Que sais-je?), p. 14.

[19] Cf. JPV 2.5.

[20] Ibid., 2.4.

[21] Ibid., 2.3.4.2. Como puede apreciarse en este punto encontramos coincidencias con el pensamiento de la teología pluralista proveniente del racionalismo kantiano.

[22] Cf. JPV 2.3.1.

[23] Matthew F., The Coming of the Cosmic Christ. The Healing of Mother Earth and the Birth of a Global Renaissance, San Francisco, 1988, p. 135.

[24] Cf. JPV 3.3.

[25] CEC 34. 203.

[26] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 1989, 14; cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 19; FR 22.

[27] Cf. Gil, J-A, New Age. Una religiosidad desconcertante, Barcelona 1994, pp. 295-296.

[28] Cf. Ibid., p. 206; Franck, B., Diccionario de la Nueva Era, Navarra, 1994, p. 85.

[29] La auto-redención propugnada por la Nueva Era, así como el modo de entender la naturaleza humana es de corte netamente pelagiano (cf. Heelas, P The New Age Movement. The Celebration of the Self and the Sacralization of Modernity, Oxford, 1996, p. 161). Para los seguidores de esta corriente no existe un verdadero concepto de pecado, sino más bien el de conocimiento imperfecto. Las técnicas psicofísicas proporcionarían al hombre la iluminación, la cual a su vez permitirá una mayor inmersión en la totalidad del ser. Pero para alcanzar esta meta una sola vida no basta, por lo que las reencarnaciones se postulan como condición sine qua non para alcanzar dicho objetivo.

[30] Cf. JPV 3.4; 3.5.

[31] Cf. EAm 44

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