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Evangelizar hoy: desafíos y posibilidades

Evangelizar hoy: desafíos y posibilidades


Dr. Francesc Torralba Roselló
Universitat Ramon Llull – Barcelona

Empiezo con una mirada histórica, en estos tres últimos años ha habido transformaciones significativas en el mundo y particularmente en la Iglesia. Cuando vine aquí por última vez, en 2010, estábamos en la plenitud del pontificado de Benedicto XVI que nos regaló tres grandes encíclicas Deus Caritas est, Spe Salvi y Caritas in Veritate. Encíclicas de un profesor de teología dogmática, un intelectual que abría una serie de conceptos que todavía tenemos que digerir, pensar, meditar muy a fondo. Sorprendió a todos con su renuncia histórica hace poco menos de un año. Empezó un cónclave e irrumpió contra todo pronóstico la emergencia de un Papa de la periferia del mundo cuyo nombre no estaba en ninguna quiniela de ningún periódico, Jorge Mario Bergoglio, que eligió el nombre de Francisco por primera vez en la historia del pontificado desde Pedro hasta la actualidad, y además, por primera vez un miembro de la Compañía de Jesús.

Este año ha sido verdaderamente un huracán, no hay forma de calificarlo de otro modo. El impacto mediático, el eco, la resonancia que han tenido sus palabras, sus gestos, dentro del marco eclesial y fuera de él ha sido inimaginable en cualquier pronóstico. El hecho es que personas agnósticas, ateas, colegas míos en la universidad, en la radio en la Televisión, que jamás habían leído una frase de un Papa, ni siquiera se habían acercado nunca a un texto a una audiencia, una exhortación, una homilía y ahora le alaban, le leen, le citan y están atentos a su mensaje. Es un Papa que se ha convertido en un líder espiritual de carácter global, más allá de las afinidades que puede haber respecto a su mensaje. Lo digo porque el contexto desde que celebramos el Congreso Diocesano de Laicos en la Universidad aquí en Alicante hasta el presente es una enorme transformación la que ha tenido lugar y no podemos si quiera hacer prospectiva de lo que puede pasar en los próximos tres años.

Hay un Sínodo convocado, hay un Papa con gestos de proximidad, con un lenguaje de pastor, que llega, que construye unas imágenes que todo el mundo entiende. Un Papa que es popular pero que no es populista. La diferencia clave es que desea llegar a todos, pero no articula un discurso para gustar a todos, sino que a veces su discurso es inquietante, da que pensar, nos exige reflexionar cómo vivimos la fe. Cuando pronunció la homilía de Lampedusa, una isla repleta de inmigrantes ilegales exhortando a no sucumbir a la globalización de la indiferencia, su eco tuvo una resonancia en todo el planeta. No podemos vivir cómodamente instalados en nuestro narcisismo mientras mueren personas cruzando el Mediterráneo. Un Papa popular pero no populista, un Papa de los gestos pero no puramente gestual.

En la Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii Gaudium, el Papa nos exhorta en primer lugar a tomar conciencia del don de la fe: para irradiar eso que

creemos en el mundo, primero hay que tomar conciencia de qué es eso en que creemos, porqué lo creemos y por qué nos sentimos llamados a irradiarlo. Sólo es posible irradiar la fe si uno toma conciencia del don recibido. La fe es un don, no es una conquista, ni un mérito, no es algo que uno consiga a base de sangre sudor y lágrimas, es algo que uno recibe. Otra cosa es explorar porqué unos lo reciben y otros no, porqué en una familia hay quien participa de ese don y se entrega en plenitud y otros no reciben ese don. Ese es el misterio.

Hay una pluralidad de llamadas, Dios llama pero de modos distintos. La Iglesia no es uniforme. El Papa Francisco tiene una frase que ha sido muy comentada “La uniformidad mata a la Iglesia”, como la uniformidad mata a un pueblo. Se imaginan un pueblo donde todos sean carniceros, donde todos sean niños. La riqueza de un pueblo es su pluralidad. Hay niños que juegan en una plaza y hay ancianos sentados en los bancos de la plaza que pueden explicar a los niños eso que han aprendido a lo largo de su vida. Y la riqueza de un pueblo es el artista, el loco, el borracho, pero también el sabio y también el médico, el cura y el que consuela. La uniformidad mata a la comunidad. Eso significa que hay pluralidad de llamadas. Dios no espera lo mismo de cada uno de nosotros. Espera algo distinto. Algo que sólo puedes hacer tú y nadie más que tú. Por lo tanto la llamada se articula de un modo plural. Hay personas que experimentan una llamada de tipo contemplativo, experimentan que tienen que orar Ora et labora. Hay quienes experimentan una llamada que significa meterse en el meollo de lo social o de lo político para transformarlos, para ennoblecerlos, para cuidarlos, para curarlos y para extraer todo lo positivo que hay en ellos. Hay quien experimenta la llamada de educar, de cuidar, de curar o de consolar. Por lo tanto, el don que es la fe, se manifiesta de muchas maneras, y lo que exige es pensar de qué manera articulo yo el don recibido.

Todos estamos llamados a tomar conciencia del don de la fe y a respetar la pluralidad de dones. Hay un coro de dones distintos que tienen que constituir una armonía y no una cacofonía. A veces existe una tensión intraeclesial por el agravio comparativo. Eso nos hace daño. El Papa critica la maledicencia, el chismorreo, el hablar mal del otro, el cainismo intraeclesial. Pluralidad de dones, de movimientos, de formas, de experiencias de sensibilidades eclesiales. ¡Qué bien! ¡Cuantas más, mejor!

El Papa también nos exhorta a salir del receptáculo de la privacidad. Esta es una tentación a la que es muy fácil sucumbir. Hablo ahora como profesor, pero cada cual podría poner su ejemplo en el ámbito sindical, en lo político en el instituto donde uno se puede encontrar con una hostilidad laicista, donde exponer lo que uno cree puede ser objeto de mofa, risa, sarcasmo o incluso persecución. A lo que nos exhorta el Papa es a salir del ámbito de la privacidad, a exteriorizar eso que creemos en el adentro. Eso no es fácil. Yo lo observo particularmente en el ámbito universitario. Cada semana tengo más de trescientos alumnos. Les planteo preguntas para inquietarlos: ¿alguien de aquí ora alguna vez en su vida? Y se produce un silencio absoluto. Segunda pregunta: ¿alguien de aquí se sabe alguna oración? Una minoría del aula levanta la mano y responde: “el Padre Nuestro, el Ave María”. ¿Quién os lo enseñó? pregunto. Dicen: “la abuela”. Los padres ya no transmiten estas oraciones. Cuando la abuela muera ¿quién lo va a hacer? Terminada la clase me viene una estudiante y me dice: “Dr. Torralba yo oro cada día” Le pregunto: ¿y por qué no lo has dicho en el aula? me
dice: ¿cómo voy a decir eso? Le digo: ¿acaso es una transgresión de la ley? ¿Acaso estás vulnerando algún elemento del código civil? ¿Por qué tienes que avergonzarte de orar?

Pero ¿qué tipo de mundo es este en el que, en un ámbito donde la libertad de expresión es fundamental, no puedes decir que oras? Entiendo perfectamente su situación: en un contexto de minoría, si no hay audacia se produce la invisibilidad, no existe esta práctica de la oración. Para muchos universitarios ir a misa es un tabú, impartir catequesis es un tabú, llegar a cierta edad sin experiencias sexuales es un tabú. Significa que jamás lo dirán por miedo a las represalias o por la etiquetación social que puede derivarse de afirmar eso.

El altar en casa, la oración en casa, pero cuando atravieso la puerta de casa me coloco la máscara de agnóstico, de indiferente y renuncio a expresar mis creencias. Esto tiene como consecuencia la invisibilidad social, no existe, no está, no son, fueron pero ya no son. Exteriorizar lo que creemos significa irradiarlo fuera, significa salir del cenáculo, de la privacidad donde uno está cómodamente instalado.

Hay una segunda idea en el Papa Francisco que ya estaba presente en su magisterio en Buenos Aires. Tuve la suerte de conocerle personalmente cuando viajé allí a impartir unas conferencias hace unos diez años. Si uno analiza el magisterio de Jorge Mario Bergoglio cuando estaba en Buenos aires como Arzobispo y Cardenal, observa que hay una continuidad, que no hay una operación de marketing ahora que está en la Santa Sede. Ya lavaba los pies a los presidiarios en Buenos Aires como los lava el Jueves Santo en una cárcel de Roma. Ya se acercaba a los enfermos, a los indigentes y a los pobres siendo Arzobispo y Cardenal en Buenos Aires y ahora lo hace en Roma. Ya se liberaba de determinada indumentaria y de determinado artificio para ser más cercano y ahora lo hace en condición de Papa. Hay una continuidad, no hay ruptura.

Me he entretenido en analizar los textos de su anterioridad y de la posterioridad. Esta idea está ya en su magisterio anterior: “estamos llamados a ir a las periferias de la existencia” expresión que ha tenido mucho eco. Periferias de la existencia, periferias del mundo, de hecho el Papa viene de la periferia. Él mismo lo dijo: “Habéis elegido a un cardenal que viene de muy lejos de Roma”. Eso puede innovar, cambiar, introducir aire fresco y nuevo. Dar a conocer la universalidad de la Iglesia en el centro de la Iglesia universal, romper el vaticanocentrismo, y de hecho lo está generando.

Ir a las periferias ¿eso qué significa? Por un lado ir allí donde no eres bien recibido. La verdad es que venir aquí y hablar de la fe es extremadamente cómodo porque participamos de la misma fe, nos sentimos miembros del mismo pueblo, aunque con sensibilidades distintas, acentos distintos, niveles de intensidad y de entrega distintos. Hay personas de vida consagrada, sacerdotes, laicos. Otra cosa es ir a una periferia donde, de entrada, eres objeto de interrogación ¿qué hace este aquí y por qué ha venido? ¿De qué me va a hablar? Además tienes que ser convincente y persuasivo, y además no eras esperado, no hay recepción, no hay hospitalidad. Hay que ir a las periferias, entornos sociales duros, donde nadie quiere estar: en el corredor de la muerte, en los sótanos de las ciudades donde hay lo que el Papa llama
los sobrantes urbanos, esos que están allí tirados encima de un cartón, en las cárceles, en las unidades de mujeres maltratadas, en los ámbitos donde hay personas que sufren la drogadicción, el alcoholismo, los que nadie quiere atender, los más vulnerables… Eso es ir a las periferias de la existencia.

Hay periferias culturales, periferias sociales, periferias teológicas. Significa dejar el centro, el lugar donde uno está cómodamente instalado. Ir a las periferias es una exigencia que se deriva del Evangelio y del sentido misionero que hay en el ADN de la Iglesia. Llegar a las antípodas para anunciar eso que creemos, porque eso que creemos, creemos que es bueno. Fijémonos en esta lógica: cuando uno es receptor de una buena noticia -ha ganado un premio, ha ganado unas oposiciones, le ha tocado la lotería- lo primero que hace es comunicarlo. Hay una expansión comunicativa, espontáneamente tienes el deseo de comunicar la buena noticia. Si la fe fuera una mala noticia, sería más difícil comunicarla. Por tanto, la irradiación de la fe supone que participamos de la idea de que eso que comunicamos es bello, ennoblece al ser humano, colma de esperanzas su corazón.

Cuando una sale a las periferias de la existencia e irradia “eso que cree” en el mundo se encuentra con colectivos muy distintos. El mundo no es uniforme, eso nos exige identificar colectivos, subconjuntos. No es posible anunciar bien si uno no comprende el lenguaje, los usos y costumbres de cada uno de esos grupúsculos. Cada grupo requiere una estrategia.

Una cosa es irradiar el evangelio a jóvenes, que viven en la red, que están en el facebook, que tuitean, que utilizan frases simples, que tienen ídolos musicales, ídolos artísticos, que desconocen radicalmente la vida de la Iglesia, que son analfabetos simbólicos, religiosos, rituales. ¿Cómo llegar ahí? Hace un año y medio, cuando tuvo lugar la primera plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, del cual soy miembro, el motivo del encuentro fue las culturas juveniles emergentes. Tenemos que llegar a esos jóvenes ¿Dónde están? ¿Qué valores tienen? ¿Qué leen? ¿Qué músicas escuchan? ¿Qué ídolos tienen? ¿Qué se tatúan? ¿Por qué se tatúan lo que se tatúan?
¿Cuándo empiezan a tener relaciones sexuales completas y porqué? ¿Qué rituales repiten cada viernes por la noche? ¿Por qué son tecno-dependientes? Si no conoces bien al destinatario ¿cómo vas a llegar a él? Tienes que entrar en su burbuja sin que explote, porque si explota ya no hay transmisión. Eso requiere un trabajo muy delicado porque él vive en un hábitat que ya no es el hábitat del adulto ni del anciano, ni de su padre ni de su abuela. Pero si no entramos en ese hábitat y comunicamos algo que él desconoce, perdemos un subconjunto de la pluriformidad del mundo.

Uno puede distinguir colectivos por edad, por zona, por territorio, por nivel cultural, pero también por sensibilidad de carácter espiritual o religioso. Hay un colectivo que se instala en la indiferencia, le da igual lo que vayas a decir. Este Papa ha roto la indiferencia de muchos. La mayoría de mis alumnos jamás habían leído una encíclica de Juan Pablo II ni de Benedicto XVI, en cambio no les resulta incómodo leer una homilía como la de Lampedusa o un fragmento de Evangelii Gaudium. Entonces dicen: “esto es revolucionario” “esto es verdad, esta economía mata” El mensaje de Evangelii Gaudium no rompe con la Doctrina Social de la Iglesia, sino que es un acento, un estilo. Es diferente el estilo de un profesor de Tubinga, matizado, intelectual, pensado, extremadamente equilibrado, del de un pastor que viene de la
periferia del mundo y que conoce el underground de Buenos Aires, y cómo se maltrata a los ancianos, a los jóvenes, y cómo se prostituyen niñas en las periferias de la existencia. Cuando el Papa Francisco dice que esta economía mata, no dice nada nuevo, ese mensaje ya está en Centesimus annus. El neoliberalismo globalizado es una estructura de pecado que destruye a las personas, a las familias, al medio ambiente, destruye el domingo, la contemplación, destruye la vida equilibrada, acelera los ritmos, nos explota como seres humanos. Esta economía mata. Ante este grupo de indiferentes, lo primero es romper la indiferencia. Si no se rompe la indiferencia, el otro no escucha, es como hablar a una piedra o exhortar a una planta. El indiferente tiene que ensanchar el oído, pero para eso hay que romper la indiferencia. Hoy lo que nos rodea no es un mar de ateos, es un mar de indiferentes. Lo que ha ocurrido durante este año es que la indiferencia ha bajado. Articulistas que nunca habían escrito sobre el Papa, responden. Escritores, ensayistas, artistas, músicos, políticos, intelectuales, hombres y mujeres del pueblo llano se interesan por el mensaje del Papa
¡buena señal!

Hay personas que buscan, dice en Papa en su Exhortación, a veces por vericuetos muy extraños, pero buscan. Buscan plenitud, buscan ser amados, fidelidad, comprender la realidad, buscan una respuesta a sus preguntas existenciales. Es otro colectivo, ¿Cómo ofrecer respuesta a esos que buscan? Una respuesta que no sea estereotipada, fácil, ingenua, pueril, que una mente inteligente la pueda asumir. Respuestas complejas a preguntas complejas. Hay muchos que buscan, y buscan en los márgenes de la institución, a veces en el ámbito sectario, en proyectos de autoayuda, en religiosidades pseudo orientales.

El colectivo de los alejados, es un colectivo que me inquieta mucho. Hay un ejército de alejados. Personas que estuvieron en la Iglesia, fueron bautizadas, algunos celebraron la comunión, se implicaron activamente en la vida eclesial, pero paulatinamente se fueron, sin acritud, sin resentimiento, sin rencor, pero se marcharon y nunca más han regresado. Tendríamos que preguntarnos ¿dónde han ido? ¿Por qué se fueron? ¿Qué no encontraron? ¿Cómo podemos desarrollar una actividad pastoral para acercar a quienes se han alejado? Quizás se alejaron por el escándalo de la Iglesia, por una comunidad excesivamente cerrada, incapaz de ser permeable a los signos de los tiempos, incapaz de dar consuelo. El Papa dice que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino un lugar donde uno experimenta el perdón incondicional de Dios. Cuando uno en una comunidad está bien, se siente acogido, no se va. Es lo que nos ocurre con la familia. La familia, a pesar de todo, es el valor más cotizado por los jóvenes. Lo muestran las estadísticas importantes de nuestro país. Sigue siendo el valor número uno para los jóvenes, por la incondicionalidad, porque siempre está ahí, porque a pesar de todo, puedo contar con ellos, porque cuando estoy enfermo, me ayudan, porque sin ellos no hay forma de vivir, porque me aman, me aprecian, me cuidan, máxime en tiempos de crisis. Sin la familia sería la intemperie social y económica de este país. Padres que acogen a hijos que se han quedado sin empleo, personas que viven de una misma pensión, eso es acogida incondicional.

Cuando una comunidad es familia, nadie se va, porque tienes un tesoro. Por lo tanto ¿Por qué se han ido? ¿Dónde han ido? ¿Qué hacemos con los que se han ido?
¿Cómo les vamos a buscar? ¿Cómo les mostramos que nosotros también somos conscientes del escándalo, de la contradicción y de la corrupción que hay en la red de Pedro? Como decía Benedicto XVI cuando conmemoraba los 50 años del Concilio, hay muchos peces podridos en la red de Pedro. Lo sabemos, en el Pueblo de Dios hay de todo. Vamos a intentar extraer todo eso que representa el mal. Pero eso no significa que no haya también calidez, incondicionalidad, consuelo. La Iglesia es mater et magistra, primero mater luego magistra. Primero es madre, que acoge y cuida, luego maestra que enseña. Si no hay maternidad, no hay magisterio. Si sólo hay magisterio sin maternidad, entonces lo que se produce es el alejamiento.

Está emergiendo con fuerza un colectivo de ateísmo militante en nuestro país, bajo la forma de un laicismo hostil, a veces con grandes altavoces mediáticos. No es mayoritario, es grupuscular, pero existe. No podemos ser insensibles a ese ateísmo militante, hostil, que a veces es muy hostil contra la Iglesia y los representantes de la misma ¿Dónde nace esta hostilidad? ¿Qué génesis tiene este resentimiento? ¿Qué imagen de Dios hay en alguien que se ubica en un laicismo hostil? ¿Porqué yo no he tenido la necesidad de matar a Dios y en cambio muchos de nuestros conciudadanos tiene la necesidad de matar a Dios? ¿Qué imagen mental de Dios hay en sus cabezas? Si Dios es como dijo el Papa en su primer Ángelus amor incondicional que no se cansa nunca de perdonar ni de amar, porque debería matarle. Ahora si Dios es el ojo que fiscaliza cada uno de mis movimientos, que me está acusando con el dedo constantemente, incluso cuando transgredo en la intimidad, puede ser que tenga deseos de matarle. Por lo tanto el ateísmo militante es la consecuencia de una imagen de Dios que no tiene nada que ver con la imagen del Evangelio: la naturaleza de Dios es amar, Dios es amor (I Jn. 4, 8). No podemos ser insensibles al grupúsculo de ateos militantes, ni mucho menos actuar reactivamente.

Hay otro colectivo, el colectivo que tiene la necesidad de sanar el alma. El alma herida, por rupturas matrimoniales, por los hijos, por fracasos, por heridas que deja la vida. ¿Cómo puede la Iglesia ser capaz de hospedar, acoger, cuidar a este tipo de personas, que sufren situaciones que nos pueden pasar a cualquiera de nosotros, que tienen una memoria herida, que han empezado proyectos que se han roto en contra su voluntad? Son personas que experimentan la fragilidad, la soledad. Puede ser un motivo de esperanza el nuevo sínodo sobre la familia. ¿Qué hacemos con esas personas de fe que han experimentado la ruptura en su vida conyugal y quieren seguir siendo miembros de la Iglesia y vivir en plenitud la Iglesia? Hay voluntad de reformas que se están expresando en gestos concretos y en textos concretos, signos de reforma cuyo alcance es difícil de evaluar hoy.

Practicar la cultura del encuentro. Es una idea que está en la mente del Papa Francisco. Convertir al otro, al que es extraño, en próximo. Entender que el otro, por distinto que sea, está llamado a ser alguien que es próximo. Este Papa es próximo, es cercano, se acerca a la gente, sus gestos son de proximidad. Para un cristiano, decía Edith Stein, no hay extranjeros, no puede haber extranjeros. Esto significa que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Nos puede separar la lengua, la raza, la altura, el talento, la inteligencia, el color de piel. Todo esto es accidental en relación con lo que nos une: el hecho de existir, el hecho de ser persona, de ser hijo de Dios y
estar llamado a la vida eterna, el hecho de ser un ser llamado a amar y ser amado. Si no observamos lo que nos une, es imposible practicar la cultura del encuentro.

Decía Lao Tse que el necio solo ve lo que distingue y el sabio es capaz de ver lo que une. Muchas veces caemos en esquemas binarios, creyente/no creyente, inmigrante/nacional, joven/anciano, con papeles/sin papeles. Olvídate de los esquemas binarios. Lo que nos une es mucho más, y si uno no asume esta idea es imposible una cultura del encuentro.

Lo que observamos en el Evangelio son expresiones de esta cultura del encuentro. Lo que atrae a propios y extraños de Jesús, es que se acerca a todos, no hace distinción de personas, un niño, un publicano, la mujer adúltera, un sabio, un samaritano, un leproso, un endemoniado, da igual. Esta es la grandeza del cristianismo, que no es una opción elitista, de selección, de exclusividad, de zona VIP.

Este Papa critica mucho la cultura de la exclusión, que es una cultura que está muy arraigada, “aquí sólo los que pueden”, “aquí sólo los que pagan”, “aquí los que tienen papeles” “aquí sólo los que son blancos”… El Papa lo que subraya es la necesidad de una cultura de la inclusión, todos y todas tienen cabida, tienen derechos, por lo tanto aquí hay todo un mundo de posibilidades para desarrollar, porque todo el mundo desea ser incluido. ¿Por qué el cristianismo arraigó con tanta fuerza en el Imperio Romano, en un lugar donde había tantas religiones? Pues, entre otras razones, porque fue un tipo de religión muy incluyente. Al esclavo, al inmigrante, a la mujer, al niño, figuras que no tenían ningún derecho, que no eran nada en ese contexto, se les dice “tú vales, tú tienes dignidad”… ¡yo me apunto!

Me gustaría subrayar algún elemento más de la cultura del encuentro: el encuentro solo tiene posibilidad si uno sale de sí mismo y si escucha al otro. Este Papa subraya que el culmen de la cultura del encuentro es el diálogo. La Evangelii Gaudium habla largamente del diálogo recogiendo ideas que estaban en Ecclesiam Suam y en Gaudium et Spes, el diálogo como mecanismo fundamental para entenderse, como herramienta básica que tenemos los seres humanos para resolver conflictos, mediar, encontrar soluciones, resolver problemas sociales, políticos, económicos.

Diálogo en múltiples niveles: primero diálogo intraeclesial, entre nosotros, con las otras confesiones cristianas. Este Papa considera que sigue siendo un escándalo la división de los cristianos, hay que trabajar por el ecumenismo y seguir potenciando el diálogo con otras tradiciones religiosas, judíos, musulmanes y las tradiciones religiosas del Extremo Oriente.

El diálogo con los que no creen, los agnósticos, los ateos, eso que ya propuso Benedicto XVI a través del Consejo Pontificio para la Cultura: el Atrio de los Gentiles. Vamos a construir escenarios donde sea posible dialogar con serenidad, sin acritud, sin emotivismo, sin descalificación, sin odio ni resentimiento. Trabajar por el dialogo en el ámbito político, social y económico lugares donde la deliberación, la escucha, la palabra inteligente, la argumentación deberían estar presentes. Este Papa es un gran defensor del diálogo, tiene una gran afinidad con pablo VI y con Juan XXIII.

Hay una serie de obstáculos, no los subrayaré todos, pero quiero subrayar algunos, sobre todo porque es fácil que quien plantee una cultura el encuentro, del
diálogo sea calificado de ingenuo, y le digan esto es imposible. La opción cristiana no es una opción para ingenuos, no es una opción para personas que no piensan. Sabemos que es difícil el diálogo, sabemos que somos receptores de muy malas noticias cada día antes de acostarnos. Por lo tanto ni la esperanza es un grito desesperado ni el diálogo es una práctica que consideramos que sólo pueden ejercer niños. Conocemos los obstáculos, pero conocemos también los modos y las maneras de superarlos, pero hay que identificarlos.

Hay obstáculos en el diálogo interreligioso. Yo soy presidente del Consejo asesor de la diversidad religiosa en Cataluña, en este entorno hay personas de tradiciones religiosas distintas. ¿Cómo podemos dialogar para evitar conflictos, tensiones, fundamentalismos, persecución religiosa? ¿Tiene o no tiene poder la palabra para evitar esto? Yo creo que sí, pero hay que crear las condiciones que nos ayuden a superar los obstáculos, que son muchos: prejuicios, pre comprensiones que tenemos del otro antes de conocerle, antes de escucharle, antes de atender a su voz. Hay prejuicios de todo tipo, religiosos, culturales, políticos, sexistas.

Está también el resentimiento, un modo de intoxicación emocional que dificulta el diálogo: “lo que sufrí”, “lo que me hicieron”.

Otro obstáculo es la arrogancia. Mis amigos agnósticos y ateos lo subrayan: “A veces en el diálogo sois arrogantes, entráis en el diálogo como si tuvierais en propiedad la verdad”. Esta es una mala actitud. El diálogo no puede fundamentarse en la arrogancia. Nosotros expresamos una experiencia, participamos de una idea, creemos que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, pero no poseemos esa verdad, sino que estamos llamados a irradiarla para que otros participen de ella. La arrogancia mata el diálogo.

La endogamia tribal: si solo dialogamos entre los que participamos de lo mismo. ¿Qué diálogo es este? si el otro y yo somos hermanos en la fe, lo necesitamos para crecer, ahondar, celebrarla. Pero el diálogo es un camino de éxodo, una especie de movimiento nómada, salir para hospedar la palabra del otro por inquietante que sea y además responder a su pregunta. Si solo hay diálogo endogámico y tribal, no hay posibilidad de irradiar la fe.

El dogmatismo, que se da cuando no hay argumentación, cuando hay imposición, coacción, proselitismo. El Papa dice textualmente del proselitismo que es “una estupidez”. Se ha practicado, pero el proselitismo mata la cultura del encuentro, es convertir al otro en objeto de la predicación. El otro es sujeto, nunca objeto, es alguien que imagina, que piensa, que cree, que discute, nunca es un objeto a conquistar. Es alguien a quien debemos irradiar eso que creemos pero debemos escuchar sus razones ¿porqué está donde está? ¿Por qué cree en lo que cree? ¿Por qué ha dejado de creer en lo que creía?

El diálogo sólo es en posible en la cultura del encuentro. También se abren posibilidades a la nueva evangelización si se identifican lo que a mí me gusta denominar campos de intersección. Muy frecuentemente caemos en esquemas binarios, entre tú y yo no hay nada en común. Esto es un error, hay elementos en común y hay elementos que nos separan.

Busquemos los elementos que forman parte del campo de intersección. Hay muchos entre creyentes y no creyentes, pero a veces sólo subrayamos lo que nos separa y entonces el otro es un extraño lejano, alguien que no tiene nada que ver conmigo. Esto es un error, porque siendo un extraño está en la misma mesa de navidad, es un cuñado, es un hermano, es un colega del claustro, es un alumno, es alguien que está en tu entorno, por lo tanto es fundamental ver este campo de intersección

¿Qué hay en este campo de intersección? Pues hay angustias y esperanzas ¿Se angustian los que no creen? Pues claro que se angustian ¿y no nos angustiamos los que creemos? ¿Esperan quienes no creen? No esperamos lo mismo, pero también esperamos. Algunos esperamos una vida plena y en abundancia, pero también esperamos que nuestro trabajo no sea baladí, que nuestros hijos crezcan de un modo noble y tengan posibilidad de ubicarse en un mundo tan hostil como el presente. Todos esperamos, estamos dedicando esfuerzo, dinero, tarea. Esperamos que todo esto sirva para algo. Compartimos angustias y esperanzas. Compartimos elementos humanistas: el deseo de querer dignidad en el mundo, el deseo de justicia, el deseo de equidad, el deseo de paz, el deseo de extirpar del mundo lacras como la del hambre, la persecución, la trata de blancas, la esclavitud, la deslocalización. Hay un mundo de elementos humanísticos que perseguimos con ahínco todos, lo que a mí me gusta denominar el humanismo ecuménico.

Todos necesitamos una ética pública, no hay vida pública sin ética. ¿Cómo contribuimos los cristianos a construir esa ética pública, esos mínimos exigibles en una ciudad, en un instituto, en una universidad, en un cuerpo de policía? ¿Cómo somos constructores de esa ética pública desde la propia opción cristiana? ¿No hay una riqueza ética en el Evangelio?

Es necesaria una ética global. No hay futuro sin ética global. ¿Cómo organizamos un mundo donde todos tengamos derechos y no sólo una parte? Donde no haya lugares donde sea legítimo explotar indiscriminadamente a niños y a niñas para producir a cualquier precio. Mientras haya lugares en el mundo donde sea posible eso, no se frenarán las empresas que viajen a estos lugares para producir con menos costes y maximizar los resultados. Sin ética global, no hay futuro. ¿Cómo contribuimos los cristianos a la construcción de una ética global? ¿Qué tiene que aportar la Doctrina Social de la Iglesia? Yo creo que mucho.

Hay otro campo de coincidencia: la búsqueda de sentido y el deseo de ser feliz. La mayoría de los creyentes y no creyentes queremos trascender la banalidad
¡Estamos asqueados de la banalidad! Del eslogan banal, de la estupidez audiovisual, de la estupidez radiofónica, de la repetición de eslóganes que son una insensatez.
¡Estamos cansados de la banalidad y de la frivolidad! Pero no solo los que creemos, también los que no creen. Cuando te presentan la felicidad relacionada con un objeto de consumo, cuando te confunden felicidad con placer, cuando te convierten el amor en un concepto tan vacuo que no dice nada. Todos queremos salir de la banalidad. En la banalidad no hay futuro.

La primera frase de la Ética a Nicómaco de Aristóteles dice “Todo ser humano, por naturaleza desea ser feliz”. ¿Es legítimo el programa de felicidad que emana del
Evangelio? Yo creo que sí. ¿Es razonable, es verosímil, incluye a todos o es un programa de felicidad excluyente? Yo creo que la grandeza es que es un programa de felicidad incluyente. Qué triste sería decir “sólo será feliz el que tenga mucho” o “sólo será feliz el que sabe” eso serían minorías sociales muy pequeñas. O “sólo será feliz el que sea joven” eso significa un periodo muy corto, pero como nos lo creemos vamos tratando de disimular la ancianidad. En cambio, un programa de felicidad como la del Evangelio que diga “la felicidad radica en amar y ser amado” eso está abierto a todos, porque todo ser humano es capaz de amar y de experimentar el amor de otro. Sí, se trata de un programa abierto a los que saben, y los que no saben, a los que tienen y los que no, a los blancos y los negros, a los del sur y los del norte, a los ancianos y los jóvenes. Un programa de esta naturaleza es verosímil y por eso, porque es verosímil tenemos que irradiarlo en la plaza pública sin miedo.

Muchas gracias.

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