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El laico llamado a reinar con Cristo Rey en las estructuras y ambientes del mundo

El laico llamado a reinar con Cristo Rey en las estructuras y ambientes del mundo

El título es desafiante para quienes habitamos en nuestra cultura posmoderna, la de los objetivos cortos y pragmáticos y la fragilidad del pensamiento que renuncia a todo enunciado absoluto y totalizante de la vida. Pero es la gran invitación que el Concilio, en el marco de la gran Tradición de la Iglesia que abreva en la Fuente Revelada del Señor, vuelve hacer a todos los bautizados, a la jerarquía y, especialmente, a los laicos.

Dentro del capítulo 4 de la Lumen Gentium estamos desarrollando la identificación con Cristo, por parte de los laicos, en la triple dimensión que tiene su actividad terrena: sacerdotal (34), profética (35I) y real (36). Hoy desarrollaremos especialmente este punto.

Clave para entender la actividad del laico en el mundo

Hay corrientes de pensamiento que han separado la vida religiosa (espiritual) de la vida cotidiana (económica, social, política). Coherentes con sus principios piden que lo propiamente religioso quede en el ámbito de lo privado, lo íntimo… de la sacristía diríamos nosotros. Así propugnan que la dimensión social, comunitaria, del ser humano se debe tutelar por normas que surjan del conocimiento científico de las leyes que rigen el mundo. Como la religión no es ciencia (solamente mito, superstición o, simplemente, opinión subjetiva, parcial y fanática… dirían ellos) no puede, entonces, animar la construcción de las realidades terrenas.

Frente a esto la Iglesia vuelve a recordar que el centro de la vida del creyente es un encuentro personal, revitalizador y totalizante con Dios en la Persona de Jesucristo. Creer que Él es Dios que se nos revela implica aceptar su palabra como definitiva para toda la propia existencia. Pero también eso lleva a proponer su persona y su mensaje quienes nos rodean. Aceptar su Palabra significa transformar la propia vida, la propia conducta. Pero eso también implica para el conjunto de los creyentes (Pueblo de Dios) el proyectar lo que se cree como individuo para que de forma a la vida social: el creyente se sabe poseedor de un tesoro que da sentido a la vida y es la clave para el desarrollo humano y la superación de las estructuras injustas y opresoras que impiden la fraternidad, la justicia y la solidaridad humana.

De esta manera, la clave para interpretar la acción social del laico es su encuentro y configuración con Jesucristo.

El reinado al que invita Cristo Rey

Leamos ahora como presenta el Concilio esta acción laical desde la Revelación del misterio de Dios en Cristo (todas las citas que siguen a continuación son del N° 36 de la Lumen Gentium, salvo que se diga otra). Parte del reconocimiento de la Persona Divina de Jesús y de la misión que le encomendó Dios Padre:

“Cristo, habiéndose hecho obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello exaltado por el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su reino. A El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28).”

La perspectiva de la iluminación se sitúa en el Reino que el Cristo Glorioso presentó al Padre luego de su resurrección. Un Reino que ya está operante y que se consumará en plenitud cuando Cristo venga en gloria “a juzgar a los vivos y a los muertos”. La cita de la carta de Pablo a los corintios nos presenta un horizonte de plenitud absoluta que asusta a nuestros contemporáneos: “que Dios sea todo en todas las cosas”. Si esto es así (¡y en verdad es así!) se entiende que la vida del creyente no puede quedar simplemente en una respuesta íntima y privada: en Cristo está la respuesta de todo porque Él es la Única Palabra que el Padre nos ha dicho.

El Concilio avanza recordando como la acción de Jesús, de someter todas las cosas a Dios, se prolonga en la historia a través de su Cuerpo Místico:

“Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12).”

El discípulo está llamado a configurarse con Cristo, aceptar su Palabra y vivirla en lo cotidiano. Esta es la primera acción que debe realizar. Pero el discípulo, como Jesús, también es un “ser para los otros”, un canal de la vida Divina:

“Más aún, para que, sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar. También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» (Prefacio Misa Cristo Rey). Un reino en el cual la misma creación será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21). Grande, en verdad, es la promesa, y excelso el mandato dado a los discípulos: « Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios. » (1 Co 3, 23).”

El Reino de Dios no lo debemos confundir con el reinado temporal de Jesucristo, como fue la tentación de los judíos contemporáneos a Jesús (Judas y los demás apóstoles incluidos). En esta misma Constitución se nos dijo previamente en qué consiste exactamente:

“El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: «Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el reino de Dios» (Mc 1,15; cf. Mt 4,17). Ahora bien, este reino brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo. La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo (cf. Mc 4,14): quienes la oyen con fidelidad y se agregan a la pequeña grey de Cristo (cf. Lc 12,32), ésos recibieron el reino; la semilla va después germinando poco a poco y crece hasta el tiempo de la siega (cf. Mc 4,26-29). Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el reino ya llegó a la tierra: «Si expulso los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20; cf. Mt 12,28). Pero, sobre todo, el reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, quien vino «a servir y a dar su vida para la redención de muchos» (Mc 10,45).

Mas como Jesús, después de haber padecido muerte de cruz por los hombres, resucitó, se presentó por ello constituido en Señor, Cristo y Sacerdote para siempre (cf. Hch 2,36; Hb 5,6; 7,17-21) y derramó sobre sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre (cf. Hch 2,33). Por esto la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria.” (LG 5)

La dimensión moral que anima la acción

En la presentación del accionar del laico el Concilio hace especial incapié en la dimensión moral que tiene la adhesión al Reino y su propagación. El reino es libertad de hijos de Dios conseguida por Cristo al precio de su sangre en la cruz. Esta se hace propia cuando “por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado”. El Reino, entonces se hace propio cuando se imita a Cristo en el dominio del pecado: el autodominio de la persona humana. El Reino es, así, la armonía, la plenitud de vida, la paz, que dan la presencia del Altísimo asumida e integrada a la propia existencia. El Reino que los laicos están llamados a propagar es la vida moral, en ese sentido pleno de hacer de las realidades terrenas un cielo adelantado por la liberación de los pecados personales y de las estructuras de pecado (“mundo”) que afean la convencía cotidiana. Esto solamente lo puede hacer Cristo, pero “también por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino”.

Esta dimensión moral de la propagación del Reino no se hace a través de la violencia o la imposición. El Reino es de los que saben hacerse violencia a sí mismos (conversión). Pero, a la vez, renuncian a ejercer la violencia sobre los demás y son capaces de perdonar hasta siete veces siete y poner la otra mejilla: es la perspectiva del Sermón del Monte que nunca debemos dejar de meditar y aplicar. Tampoco el Reino se impone a nadie: es libertad regalada por la Redención y solo en el ejercicio de esa libertad se puede alcanzar su plenitud.

La actitud de Cristo no fue ni ejercer la violencia ni imponer. Jesús “habiéndose hecho obediente hasta la muerte” invita a que sus discípulos “sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar.”

Principios que animan la acción social

A continuación se dan cinco principios a tener en cuenta. La Constitución Pastoral Gaudium et Spes luego los desarrollará más ampliamente (y nosotros también cuando la estudiemos también aquí). Vamos a enumerarlos:

1. Ejercicio de la razón para comprender las leyes de nuestro mundo:

“Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios.”

2. La santidad es hacer lo justo en lo cotidiano:

“Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz.”

3. Cristo se hace presente en todas las realidades terrenas a través del carácter eminentemente secular de la acción del laico:

“En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado. Por ello, con su competencia en los asuntos profanos y con su actividad elevada desde dentro por la gracia de Cristo, contribuyan eficazmente a que los bienes creados, de acuerdo con el designio del Creador y la iluminación de su Verbo, sean promovidos, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil, para utilidad de todos los hombres sin excepción; sean más convenientemente distribuidos entre ellos y, a su manera, conduzcan al progreso universal en la libertad humana y cristiana. Así Cristo, a través de los miembros de la Iglesia, iluminará más y más con su luz salvadora a toda la sociedad humana.”

4. Una fe que no se hace cultura no es creíble. La convivencia cotidiana de nuestro pueblo tiene que ser liberada del pecado por la acción de la Gracia que transforma desde el accionar concreto de los laicos:

“Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas. Con este proceder simultáneamente se prepara mejor el campo del mundo para la siembra de la palabra divina, y a la Iglesia se le abren más de par en par las puertas por las que introducir en el mundo el mensaje de la paz.”

5. El laico, obrando iluminado por su conciencia, debe insertarse en la sociedad civil como ciudadano responsable:

“Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí, teniendo presente que en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede substraerse al imperio de Dios. En nuestro tiempo es sumamente necesario que esta distinción y simultánea armonía resalte con suma claridad en la actuación de los fieles, a fin de que la misión de la Iglesia pueda responder con mayor plenitud a los peculiares condicionamientos del mundo actual. Porque así como ha de reconocerse que la ciudad terrena, justamente entregada a las preocupaciones del siglo, se rige por principios propios, con la misma razón se debe rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión y que ataca y elimina la libertad religiosa de los ciudadanos.”

Como podemos ver, hay mucho para seguir charlando. Ya continuaremos con el desarrollo de estos principios al tratar la Gaudium et Spes. Pero ahora les cuento que sobre todo esto hablaremos hoy en nuestro programa de radio Concilium (a las 22.00 hs por FM Corazón, 104.1 de Paraná). Pueden escucharlo online desde este link. Y si se lo perdieron, está la grabación en este otro link. Bienvenidos todos los aportes y sugerencias.

Categorías:Laicos
  1. Mónica Moreno
    enero 26, 2015 en 5:25 pm

    Buenas tardes. Me urge comunicarme con alguno de ustedes, ¿me pueden proporcionar algún correo electrónico?
    Gracias
    Mónica Moreno
    monica.moreno.rubio@gmail.com

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