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Aparecida Parroquia y laicado en la misión

Aparecida Parroquia y laicado en la misión

Felipe Zegarra

Quisiera continuar en este artículo mis reflexiones  sobre la actividad misionera de la Iglesia –específicamente en América Latina y el Caribe–, a partir de las conclusiones de Aparecida[1]. Como se sabe, la propuesta de la Iglesia para “ponerse en estado de misión” es central en la V Conferencia (Documento de Aparecida, 213)[2]. Voy a dedicar estas páginas a la propuesta de acción misionera para las parroquias, el laicado y las comunidades en que éste se integra; adicionalmente, me referiré a la formación de laicas y laicos. Son muchas las razones para ello, que van desde la importancia del tema hasta la necesidad personal –como párroco– de revisar la actividad pastoral que comparto con algunas religiosas y muchos laicos y laicas.

“Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos, y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” (365).

Antes de entrar en la materia anunciada, es preciso recordar que el papa Benedicto y nuestros obispos han manifestado un concepto amplio de la misión: “Su Santidad Benedicto XVI ha confirmado que la misión ad gentes se abre a nuevas dimensiones: ‘El campo de la misión ad gentes se ha ampliado notablemente y no se puede definir sólo basándose en consideraciones geográficas o jurídicas. En efecto, los verdaderos destinatarios de la actividad misionera del pueblo de Dios no son sólo los pueblos no cristianos y las tierras lejanas sino también los ámbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones’” (375)[3]. Desde esta perspectiva, es claro que la acción misionera, el testimonio y anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios debe penetrar casas, calles y barrios, y concretamente los corazones de todas y todos los vecinos.

  1. La parroquia

Una de las primeras afirmaciones sobre las que considero necesario reflexionar dice: “La V Conferencia General es una oportunidad para que todas nuestras parroquias se vuelvan misioneras” (173). “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que “el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial” (NMI 12) con nuevo ardor misionero” (370).

Tal aseveración nos lleva a un aspecto central del concilio y postconcilio, es decir, la eclesiología de comunión:

“La dimensión comunitaria es intrínseca al misterio y a la realidad de la Iglesia que debe reflejar la Santísima Trinidad. A lo largo de los siglos, de diversas maneras, se ha vivido esta dimensión esencial. La Iglesia es comunión. Las parroquias son células vivas de la Iglesia[4] y lugares privilegiados en los que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y de su Iglesia[5]. Encierran una inagotable riqueza comunitaria porque en ellas se encuentra una inmensa variedad de situaciones, de edades, de tareas. Sobre todo hoy, cuando la crisis de la vida familiar afecta a tantos niños y jóvenes, las parroquias brindan un espacio comunitario para formarse en la fe y crecer comunitariamente” (304; ver también 305).

Pero no todas las parroquias han actuado como responsables de la misión. Por eso Aparecida decía que se abre una oportunidad para que “se vuelvan misioneras”. Eso implica que hay que proceder a una transformación de la institución y de su vida.

La renovación parroquial

Es cierto que ese cambio ha comenzado. Los obispos, en efecto, constatan que “crecen los esfuerzos de renovación pastoral en las parroquias, favoreciendo un encuentro con Cristo vivo, mediante diversos métodos de nueva evangelización, transformándose en comunidad de comunidades evangelizadas y misioneras” (99e). Así y todo, plantean con fuerza la necesidad de proceder a esa conversión:

“Uno de los anhelos más grandes que se ha expresado en las iglesias de América Latina y del Caribe con motivo de la preparación de la V Conferencia General, es el de una valiente acción renovadora de las parroquias a fin de que sean de verdad ‘espacios de la iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable, integradoras de movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y supraparroquiales y a las realidades circundantes’”[6] (170).

El desafío es inmenso y demandará esfuerzos muy grandes y sostenidos. Poco después del texto citado se dice:

“La renovación de las parroquias al inicio del tercer milenio exige reformular sus estructuras, para que sea una red de comunidades y grupos, capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros de Jesucristo en comunión. Desde la parroquia hay que anunciar lo que Jesucristo ‘hizo y enseñó’ (Hch 1,1) mientras estuvo con nosotros. Su Persona y su obra son la buena noticia de salvación anunciada por los ministros y testigos de la Palabra que el Espíritu suscita e inspira” (172).

Anunciar lo hecho y enseñado por el Señor Jesús durante su vida en la tierra es, sin duda, algo muy demandante, pues se trata de una conversión al evangelio y a los evangelios, sin ambigüedades. El texto prosigue: “Toda parroquia está llamada a ser el espacio donde se recibe y acoge la Palabra, se celebra y se expresa en la adoración del Cuerpo de Cristo, y así es la fuente dinámica del discipulado misionero. Su propia renovación exige que se deje iluminar siempre de nuevo por la Palabra viva y eficaz” (172).

Los párrocos tendremos que participar decididamente en ese proceso: “La renovación de la parroquia exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia. Pero al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración” (201).

Si bien se habla expresamente y se trata de “conversión”, en el sentido fuerte del término bíblico, la renovación exige asimismo cambios institucionales:

“Una parroquia renovada multiplica las personas que prestan servicios y acrecienta los ministerios. Igualmente, en este campo se requiere imaginación para encontrar respuesta a los muchos y siempre cambiantes desafíos que plantea la realidad, exigiendo nuevos servicios y ministerios. La integración de todos ellos en la unidad de un único proyecto evangelizador es esencial para asegurar una comunión misionera” (202).

Pensando en las características de las parroquias latinoamericanas y caribeñas se precisa que “es aconsejable la sectorización en unidades territoriales más pequeñas, con equipos propios de animación y coordinación que permitan una mayor proximidad a las personas y grupos que viven en el territorio. Es recomendable que los agentes misioneros promuevan la creación de comunidades de familias que fomenten la puesta en común de su fe cristiana y las respuestas a los problemas. Reconocemos como un fenómeno importante de nuestro tiempo la aparición y difusión de diversas formas de voluntariado misionero que se ocupan de una pluralidad de servicios” (372).

  1. El laicado

Laicas y laicos son considerados por el documento de Aparecida en la línea del Vaticano II y, específicamente, de Lumen gentium (ver, por ejemplo, el n. 9), es decir, como miembros plenos del pueblo (laós) de Dios:

“Los fieles laicos son ‘los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo’[7]. Son ‘hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia’[8]” (209).

Ahora bien, territorialmente, ellos viven, estudian o trabajan en espacios asignados a las parroquias. Es cierto que la territorialidad no es el único ámbito de referencia para ellos, pero el criterio territorial no puede ser tratado con desdén, especialmente en las primeras etapas de la vida; quizá por esto, nuestros obispos lo tratan como un ámbito mayoritario: “Entre las comunidades eclesiales en las que viven y se forman los discípulos misioneros de Jesucristo sobresalen las parroquias. Ellas son células vivas de la Iglesia[9] y el lugar privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y la comunión eclesial[10]. Están llamadas a ser casas y escuelas de comunión” (170). El hecho es que, sin el laicado, las parroquias quedan vacías, nada son.

Después de recordar que “todos los miembros de la comunidad parroquial son responsables de la evangelización de los hombres y mujeres en cada ambiente” (171), la V Conferencia declara que “los mejores esfuerzos de las parroquias en este inicio del tercer milenio deben estar en la convocatoria y en la formación de laicos misioneros. Solamente a través de la multiplicación de ellos podremos llegar a responder a las exigencias misioneras del momento actual” (174; ver 202). Por eso, en el número 203 se trata del Consejo Pastoral y del Consejo de Asuntos Económicos como mecanismos de corresponsabilidad laical en las parroquias.

Empero, la responsabilidad pastoral del laicado es mucho más amplia y cotidiana, y comprenderlo teórica y prácticamente es imprescindible:

“La evangelización del continente, nos decía el papa Juan Pablo II, no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos[11]. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el ‘ser’ y el ‘hacer’ del laico en la Iglesia, quien, por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación[12] (213).

Pero cuando se busca especificar el ámbito de la actuación propia del laicado, nuevamente encontramos una ampliación de los enfoques habituales sobre la Iglesia, siempre en la línea del Concilio y, esta vez, de la exhortación Christifideles laici, como lo vemos en el siguiente apartado.

Revaloración de su medio específico: lo secular[13]

Ya en el capítulo 2, “mirada… sobre la realidad”, y concretamente al analizar la “situación de nuestra Iglesia en esta hora histórica de desafíos”, los obispos constatan “el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal (… y …) en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos” (100c). Esto se dice porque –hay que reparar en los términos– “el campo específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias y las artes, la política, los medios de comunicación y la economía, así como los ámbitos de la familia, la educación, la vida profesional, sobre todo en los contextos donde la Iglesia se hace presente solamente por ellos”[14] (174; ver también 210). El planteamiento es insistente: “Los discípulos y misioneros de Cristo deben iluminar con la luz del evangelio todos los ámbitos de la vida social. La opción preferencial por los pobres, de raíz evangélica, exige una atención pastoral atenta a los constructores de la sociedad[15]. Si muchas de las estructuras actuales generan pobreza, en parte se ha debido a la falta de fidelidad a sus compromisos evangélicos de muchos cristianos con especiales responsabilidades políticas, económicas y culturales” (501). Se apunta al final a la incoherencia en la vida de fe, que no se concreta en la práctica.

Estos textos están en perfecta conformidad con el concepto de evangelización que, según nuestros obispos, “incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana y la auténtica liberación cristiana” (146). La Conferencia de Santo Domingo (1992) había tenido como temas capitales la nueva evangelización, la promoción humana y la inculturación, pero Aparecida ha sido mucho más nítida.

El contexto de la afirmación que sigue podría ser más amplio y general, pero no puede discutirse su validez y sentido paradigmático, pese a la complejidad de sus elementos: en continuidad con los misterios de la encarnación y la sacramentalidad, se plantea la urgencia de “parroquias samaritanas”, precisamente porque están marcadas por la presencia laical:

“La eucaristía, signo de la unidad con todos, que prolonga y hace presente el misterio del Hijo de Dios hecho hombre (cf. Fil 2,6-8), nos plantea la exigencia de una evangelización integral. La inmensa mayoría de los católicos de nuestro continente viven bajo el flagelo de la pobreza. Ésta tiene diversas expresiones: económica, física, espiritual, moral, etc. Si Jesús vino para que todos tengamos vida en plenitud, la parroquia tiene la hermosa ocasión de responder a las grandes necesidades de nuestros pueblos. Para ello tiene que seguir el camino de Jesús y llegar a ser buena samaritana como Él. Cada parroquia debe llegar a concretar en signos solidarios su compromiso social en los diversos medios en que ella se mueve, con toda ‘la imaginación de la caridad’[16]. No puede ser ajena a los grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente y que con mucha frecuencia son pobrezas escondidas. Toda auténtica misión unifica la preocupación por la dimensión trascendente del ser humano y por todas sus necesidades concretas, para que todos alcancen la plenitud que Jesucristo ofrece” (176).

Antes, los obispos han celebrado el impacto de la Doctrina Social de la Iglesia, la cual  “constituye una invaluable riqueza, que ha animado el testimonio y la acción solidaria de los laicos y laicas, quienes se interesan cada vez más por su formación teológica, como verdaderos misioneros de la caridad, y se esfuerzan por transformar de manera efectiva el mundo según Cristo. Innumerables iniciativas laicales en el ámbito social, cultural, económico y político, hoy se dejan inspirar en los principios permanentes, en los criterios de juicio y en las directrices de acción provenientes de la Doctrina Social de la Iglesia. Se valora el desarrollo que ha tenido la pastoral social, como también la acción de Caritas en sus varios niveles, y la riqueza del voluntariado en los más diversos apostolados con incidencia social. Se ha desarrollado la pastoral de la comunicación social, y la Iglesia cuenta con más medios que nunca para la evangelización de la cultura” (99f). Por cierto, no se trata de una mención aislada y casual (ver 505, y –abajo– el último punto de la IV parte).

Volviendo al tema de los espacios con participación del laicado, Aparecida reconoce “el valor y la eficacia de los consejos parroquiales, consejos diocesanos y nacionales de fieles laicos, porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia y su presencia activa en el mundo”, y agrega una afirmación en la que hay que profundizar mucho: “La construcción de ciudadanía en el sentido más amplio y la construcción de eclesialidad en los laicos es un solo y único movimiento” (215).

Evangelización de la cultura y opción por los pobres

Los obispos no contraponen el campo de la cultura –en su sentido restringido– con la transformación de la sociedad:

“Queremos felicitar e incentivar a tantos discípulos y misioneros de Jesucristo que, con su presencia ética coherente, siguen sembrando los valores evangélicos en los ambientes donde tradicionalmente se hace cultura y en los nuevos areópagos: el mundo de las comunicaciones, la construcción de la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, sobre todo de las minorías, la promoción de la mujer y de los niños, la ecología y la protección de la naturaleza. Y ‘el vastísimo areópago de la cultura, de la experimentación científica, de las relaciones internacionales’[17]. Evangelizar la cultura, lejos de abandonar la opción preferencial por los pobres y el compromiso con la realidad, nace del amor apasionado a Cristo, que acompaña al pueblo de Dios en la misión de inculturar el evangelio en la historia, ardiente e infatigable en su caridad samaritana” (491).

Los laicos en la acción  pastoral

Pero reconocer el “mundo” como terreno propio y específico de la actividad evangelizadora de los laicos y laicas no implica desconocer su papel fundamental en la actividad interna de la Iglesia. Eso se afirma ya en el momento del “ver”: “En algunas iglesias se ha(n) desarrollado (…) también los ministerios confiado a los laicos y otros servicios pastorales, como delegados de la Palabra, animadores de asamblea y de pequeñas comunidades, entre ellas las comunidades eclesiales de base, los movimientos eclesiales y un gran número de pastorales específicas” (99c). Y algo después: “A los catequistas, delegados de la Palabra y animadores de comunidades, que cumplen una magnífica labor dentro de la Iglesia[18], les reconocemos y animamos a continuar el compromiso que adquirieron en el bautismo y en la confirmación” (211).

En este último párrafo se manifiesta asimismo la voluntad expresa de la Conferencia en apelar a la presencia activa del laicado en la vida de la Iglesia: “Los laicos también están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado según las necesidades locales bajo la guía de sus pastores. Ellos estarán dispuestos a abrirles espacios de participación y a confiarles ministerios y responsabilidades en una Iglesia donde todos vivan de manera responsable su compromiso cristiano” (211). En este acápite se reitera la primacía del testimonio coherente de vida cristiana, que proviene de los evangelios (por ejemplo: Mateo 7,21) y se ha proclamado insistentemente desde el Vaticano II[19].

Las familias, primeras responsables de la evangelización

Lo expresado en el título es, además de una afirmación tradicional de la Iglesia, una constatación y preocupación básica de la catequesis familiar, que actúa en casi todas las diócesis del Perú y en varios otros países de América Latina y el Caribe:

“Dentro del territorio parroquial, la familia cristiana es la primera y más básica comunidad eclesial. En ella se viven y se transmiten los valores fundamentales de la vida cristiana. Se le llama ‘Iglesia doméstica’[20]. Allí los padres son los primeros transmisores de la fe a sus hijos, enseñándoles a través del ejemplo y la palabra a ser verdaderos discípulos misioneros. Al mismo tiempo, cuando esta experiencia de discipulado misionero es auténtica, ‘una familia se hace evangelizadora de muchas otras familias y del ambiente en que ella vive’[21]. Esto opera en la vida diaria ‘dentro y a través de los hechos, las dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada día’[22]. El Espíritu, que todo lo hace nuevo, actúa aun dentro de situaciones irregulares en las que se realiza un proceso de transmisión de la fe, pero hemos de reconocer que, en las actuales circunstancias, a veces este proceso se encuentra con bastantes dificultades” (204).

Esta comprobación se complementa con un llamado a posibilitar a las familias la observancia de su responsabilidad:

“Para que la familia sea ‘escuela de la fe’ y pueda ayudar a los padres a ser los primeros catequistas de sus hijos, la pastoral familiar debe ofrecer espacios formativos, materiales catequéticos, momentos celebrativos que le permitan cumplir su misión educativa. La familia está llamada a introducir a los hijos en el camino de la iniciación cristiana. La familia, pequeña Iglesia, debe ser junto con la parroquia el primer lugar para la iniciación cristiana de los niños[23]. Ella ofrece a los hijos un sentido cristiano de existencia y los acompaña en la elaboración de su proyecto de vida, como discípulos misioneros” (302; ver también 303, que menciona las modalidades diversas de la catequesis familiar, y toda la sección 432-437).

III. Las comunidades eclesiales

Al inicio de estas páginas he recordado la visión de la Iglesia como comunión (ver 304 y 305). Un aspecto fundamental es el de las pequeñas comunidades, establecidas por los miembros de muchas iglesias de América Latina y el Caribe desde antes de Medellín. En el “ver”, se comprueba la actual existencia de “pequeñas comunidades, entre ellas, las comunidades eclesiales de base, los movimientos eclesiales y un gran número de pastorales específicas” (99c) y “un florecimiento de comunidades eclesiales de base, según el criterio de las precedentes conferencias generales, en comunión con los obispos y fieles al Magisterio de la Iglesia[24]. Se valora la presencia y el crecimiento de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades que difunden su riqueza carismática, educativa y evangelizadora” (99e). Todo ello –se dice después– es “un signo esperanzador”, porque “ayudan a que muchos bautizados y muchos grupos misioneros asuman con mayor responsabilidad su identidad cristiana y colaboren más activamente en la misión evangelizadora” (214).

Aun en la versión corregida del documento de Aparecida, encontramos un positivo reconocimiento de las pequeñas comunidades, y particularmente de las ceb: “En la experiencia eclesial de algunas iglesias de América Latina y del Caribe, las comunidades eclesiales de base han sido escuelas que han ayudado a formar cristianos comprometidos con su fe, discípulos y misioneros del Señor, como testimonia la entrega generosa, hasta derramar su sangre, de tantos miembros suyos. Ellas recogen la experiencia de las primeras comunidades, como están descritas en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2,42-47). Medellín reconoció en ellas una célula inicial de estructuración eclesial y foco de fe y evangelización[25]. Puebla constató que las pequeñas comunidades, sobretodo las comunidades eclesiales de base, permitieron al pueblo acceder a un conocimiento mayor de la palabra de Dios, al compromiso social en nombre del evangelio, al surgimiento de nuevos servicios laicales y a la educación de la fe de los adultos[26]” (178).

Conviene situar adecuadamente éste y otros textos de Aparecida en el contexto de la historia reciente de las iglesias de America Latina y el Caribe. En el surgimiento, ya lejano de las ceb, influyeron –entre otros aspectos– 1) la experiencia de los movimientos especializados de Acción Católica, que seguían el método del “ver –juzgar– actuar”[27], que posibilita una mayor y mejor relación entre la Palabra y la vida cotidiana de sus integrantes; 2) las condiciones de actuación de iglesias como la muy grande de Brasil, desde al menos 1964; y 3) la eclesiología derivada del Vaticano II:

“Toda revisión de las estructuras eclesiales en lo que tienen de reformable, debe hacerse, por cierto, para satisfacer las exigencias de situaciones históricas concretas, pero también con los ojos puestos en la naturaleza de la Iglesia. La revisión que debe llevarse a cabo hoy en nuestra situación continental ha de estar inspirada y orientada por dos ideas directrices muy subrayadas en el Concilio: la de comunión y la de catolicidad. En efecto, la Iglesia es ante todo un misterio de comunión católica, pues en el seno de su comunidad visible, por el llamamiento de la palabra de Dios y por la gracia de sus sacramentos, particularmente de la eucaristía, todos los hombres pueden participar fraternalmente de la común dignidad de hijos de Dios, y todos también, compartir la responsabilidad y el trabajo para realizar la común misión de dar testimonio del Dios que los salvó y los hizo hermanos en Cristo” (Medellín, doc. 15 –Pastoral de Conjunto–, nn. 5 y 6).

Eso condujo a la Conferencia de Medellín (1968) a proponer el modelo eclesial de las ceb, cuyas pequeñas dimensiones facilitan el encuentro entre los integrantes y entre ellos y el Señor Jesús:

“La vivencia de la comunión a que ha sido llamado, debe encontrarla el cristiano en su ‘comunidad de base’: es decir, una comunidad local o ambiental, que corresponda a la realidad de un grupo homogéneo, y que tenga una dimensión tal que permita el trato personal fraterno entre sus miembros. Por consiguiente, el esfuerzo pastoral de la Iglesia debe estar orientado a la transformación de esas comunidades en “familia de Dios”, comenzando por hacerse presente en ellas como fermento mediante un núcleo, aunque sea pequeño, que constituya una comunidad de fe, de esperanza y de caridad. La comunidad eclesial de base es así el primero y fundamental núcleo eclesial, que debe, en su propio nivel, responsabilizarse de de la riqueza y expansión de la fe, como también del culto que es su expresión. Ella es, pues, célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, y actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo” (ibid., n. 8).

Y consiguientemente se empieza a pensar en las parroquias como conjunto de comunidades: “La visión que se ha expuesto nos lleva a hacer de la parroquia un conjunto pastoral vivificador y unificador de las comunidades de base. Así la parroquia ha de descentralizar su pastoral en cuanto a sitios, funciones y personas” (ibid., n. 13).

Once años después (1979), la Conferencia de Puebla celebra la existencia de estas nuevas experiencias eclesiales:

“Las comunidades eclesiales de base, que en 1968 eran apenas una experiencia incipiente, han madurado y se han multiplicado, sobre todo en algunos países, de modo que ahora constituyen motivo de alegría y de esperanza para la Iglesia. En comunión con el obispo y como lo pedía Medellín, se han convertido en focos de evangelización y en motores de liberación y desarrollo. La vitalidad de las ceb empieza a dar sus frutos: es una de las fuentes de los ministerios confiados a los laicos: animadores de comunidades, catequistas, misioneros” (P 96-97).

Al mismo tiempo, los obispos reunidos en Puebla se refieren a otras experiencias comunitarias, de características básicamente similares: “Florecen también otros grupos cristianos eclesiales de seglares hombres y mujeres, que reflexionan a la luz del evangelio sobre la realidad que les rodea y buscan formas originales de expresar su fe en la palabra de Dios y de ponerla en práctica” (P 99). En torno a ellas, los obispos de América Latina dedicaron un capítulo especial a estas experiencias (III parte, I.2), en el que se las analiza con mayor detalle:

“Se comprueba que las pequeñas comunidades, sobre todo las ceb, crean mayor interrelación personal, aceptación de la palabra de Dios, revisión de vida y reflexión sobre la realidad, a la luz del evangelio; se acentúa el compromiso con la familia, con el trabajo, el barrio y la comunidad local. Señalamos con alegría, como hecho eclesial particularmente nuestro y como “esperanza de la Iglesia”[28], la multiplicación de pequeñas comunidades. Esta expresión eclesial se advierte más en la periferia de las grandes ciudades y en el campo. Son ambiente propicio para el surgimiento de los nuevos servicios laicales. En ellas se ha difundido mucho la catequesis familiar y la educación de la fe de los adultos, en formas más adecuadas al pueblo sencillo” (P 629).

Analizando los términos de su denominación, se dice:

“La ceb, como comunidad, integra familias, adultos y jóvenes, en íntima relación interpersonal en la fe. Como eclesial, es comunidad de fe, esperanza y caridad; celebra la palabra de Dios en la vida, a través de la solidaridad y compromiso con el mandato nuevo del Señor y hace presente y actuante la misión eclesial y la comunión visible con los legítimos pastores… Es de base, por estar constituida por pocos miembros, en forma permanente y a manera de célula de la gran comunidad” (P 642; énfasis mío).

La reflexión sobre las ceb reaparece en la IV parte, I, al reflexionar acerca de la renovada opción preferencial por los pobres:

“El compromiso con los pobres y el surgimiento de las comunidades de base han ayudado a la Iglesia a descubrir el potencial evangelizador de los pobres, en cuanto la interpelan constantemente, llamándola a la conversión, y por cuanto muchos de ellos realizan en su vida los valores evangélicos de solidaridad, servicio, sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios” (P 1147).

En 1992, la Conferencia de Santo Domingo reconceptúa la parroquia: ella, “comunidad de comunidades y movimientos, acoge las angustias y esperanzas de los hombres, anima y orienta la comunión, participación y misión”. Por eso, continúa, la parroquia “vive y obra profundamente insertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dificultades” (SD 58). Y poco después vuelve a tratar de las comunidades eclesiales de base, y explicita su dimensión misionera, citando el discurso inaugural del papa Juan Pablo II: “La ceb es célula viva de la parroquia, entendida ésta como comunión orgánica y misionera… ‘Las ceb deben caracterizarse siempre por una decidida proyección universalista y misionera, que les infunda un renovado dinamismo apostólico’” (SD 61).

De todo lo anterior se hace eco la exhortación pontificia Ecclesia in America (1999), que recoge los acuerdos del Sínodo para América:

“Una clave de renovación parroquial, especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades, puede encontrarse quizás considerando la parroquia como comunidad de comunidades y movimientos. Parece por eso oportuna la formación de comunidades y grupos eclesiales de tales dimensiones que favorezcan verdaderas relaciones humanas. Esto permitirá vivir más intensamente la comunión, procurando cultivarla no sólo ‘ad intra’, sino también con la comunidad parroquial a la que pertenecen estos grupos y con toda la Iglesia diocesana y universal. En este contexto humano será también más fácil escuchar la palabra de Dios, para reflexionar a su luz sobre los diversos problemas humanos y madurar opciones responsables inspiradas en el amor de Cristo” (n. 41).

Resumamos la reflexión hecha sobre las comunidades eclesiales de 1968 a 1999:

–   Las comunidades eclesiales estén abiertas a la dimensión de comunión católica

–   La comunidad de base y, como fermento en ella, la comunidad eclesial de base es foco de evangelización y factor de promoción humana y desarrollo

–   Han madurado y se han multiplicado… sobre todo en la periferia de las grandes ciudades y en el campo (ver P 648)

–   Constituyen motivo de alegría y de esperanza para la Iglesia

–   Son comunidades de fe, esperanza y caridad; celebran la palabra de Dios en la vida

–   Crean mayor interrelación personal, aceptación de la palabra de Dios

–   También revisión de vida y reflexión sobre la realidad a la luz del evangelio

–   Acentúan el compromiso con la familia, el trabajo, el barrio y la comunidad local

–   Se han convertido en focos de Evangelización y en motores de liberación y desarrollo

–   Han ayudado a la Iglesia a descubrir el potencial evangelizador de los pobres

–   Su vitalidad empieza a dar sus frutos:

  • Son una de las fuentes de los ministerios confiados a los laicos
  • Se ha difundido mucho la catequesis familiar y la educación de la fe de los adultos

Eso lleva a cambiar la hasta entonces visión de la parroquia:

–   Se entiende primero como conjunto de comunidades de base (Medellín)

–   Más tarde como comunidad de comunidades y movimientos (Santo Domingo y Ecclesia in America)

Volvamos ahora a los textos de la conferencia de Aparecida:

“Las comunidades eclesiales de base, en el seguimiento misionero de Jesús, tienen la palabra de Dios como fuente de su espiritualidad y la orientación de sus pastores como guía que asegura la comunión eclesial. Despliegan su compromiso evangelizador y misionero entre los más sencillos y alejados, y son expresión visible de la opción preferencial por los pobres. Son fuente y semilla de variados servicios y ministerios a favor de la vida en la sociedad y en la Iglesia. Manteniéndose en comunión con su obispo e insertándose al proyecto de pastoral diocesana, las ceb se convierten en un signo de vitalidad en la Iglesia particular. Actuando así, juntamente con los grupos parroquiales, asociaciones y movimientos eclesiales, pueden contribuir a revitalizar las parroquias haciendo de las mismas una comunidad de comunidades. En su esfuerzo de corresponder a los desafíos de los tiempos actuales, las comunidades eclesiales de base cuidarán de no alterar el tesoro precioso de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia” (179).

Como en Puebla y Santo Domingo, Aparecida destaca la existencia de otras comunidades:

“Como respuesta a las exigencias de la evangelización, junto con las comunidades eclesiales de base hay otras válidas formas de pequeñas comunidades, e incluso redes de comunidades, de movimientos, grupos de vida, de oración y de reflexión de la palabra de Dios. Todas las comunidades y grupos eclesiales darán fruto en la medida en que la eucaristía sea el centro de su vida y la palabra de Dios sea faro de su camino y su actuación en la única Iglesia de Cristo” (180).

Lo fundamental en toda esta historia eclesial de cuarenta años[29] es el énfasis dado a la realización en marcha de una eclesiología de comunión, gracias a comunidades de dimensión humana y con una fuerte relación entre fe y vida.

  1. Parroquias y formación del laicado

“Si queremos que las parroquias sean centros de irradiación misionera en sus propios territorios, deben ser también lugares de formación permanente. Esto requiere que se organicen en ellas variadas instancias formativas que aseguren el acompañamiento y la maduración de todos los agentes pastorales y de los laicos insertos en el mundo. Las Parroquias vecinas también pueden aunar esfuerzos en este sentido, sin desaprovechar las ofertas formativas de la diócesis y de la conferencia episcopal” (306).

Como se ha dicho en la tercera parte, es preciso recordar la dimensión comunitaria de la vida cristiana.

En diferentes contextos se habla de este desafío para nuestras Iglesias[30]. Al hablar de los “alejados”, a los que la misión debe dirigirse, se habla de “reforzar en nuestra Iglesia cuatro ejes”. Ellos son (226):

  1. a) “La experiencia religiosa. En nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un “encuentro personal con Jesucristo”, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral.
  2. b) La vivencia comunitaria. Nuestros fieles buscan comunidades cristianas en donde sean acogidos fraternalmente y se sientan valorados, visibles y eclesialmente incluidos. Es necesario que nuestros fieles se sientan realmente miembros de una comunidad eclesial y corresponsables en su desarrollo. Eso permitirá un mayor compromiso y entrega en y por la Iglesia.
  3. c) La formación bíblico-doctrinal. Junto con una fuerte experiencia religiosa y una destacada convivencia comunitaria, nuestros fieles necesitan profundizar el conocimiento de la palabra de Dios y los contenidos de la fe, ya que es la única manera de madurar su experiencia religiosa. En este camino acentuadamente vivencial y comunitario, la formación doctrinal no se experimenta como un conocimiento teórico y frío, sino como una herramienta fundamental y necesaria en el crecimiento espiritual, personal y comunitario.
  4. d) El compromiso misionero de toda la comunidad. Ella sale al encuentro de los alejados, se interesa por su situación, a fin de reencantarlos con la Iglesia e invitarlos a volver a ella”.

En lo que sigue, me limito a presentar algunas preocupaciones básicas de Aparecida:

La iniciación cristiana debe repensarse seriamente: “O educamos en la fe, poniendo realmente en contacto con Jesucristo e invitando a su seguimiento, o no cumpliremos nuestra misión evangelizadora. Se impone la tarea irrenunciable de ofrecer una modalidad operativa de iniciación cristiana que, además de marcar el qué, dé también elementos para el quién, el cómo y el dónde se realiza” (287).

“Sentimos la urgencia de desarrollar en nuestras comunidades un proceso de iniciación en la vida cristiana que comience por el kerygma y, guiado por la palabra de Dios, que conduzca un encuentro personal cada vez mayor con Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre[31] experimentado como plenitud de la humanidad, y que lleve a la conversión, al seguimiento en una comunidad eclesial y a una maduración de fe en la práctica de los sacramentos, el servicio y la misión” (289).

“El itinerario formativo del cristiano… ‘tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos’”[32] (290).

“La iniciación cristiana da la posibilidad de un aprendizaje gradual en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesucristo. Así forja la identidad cristiana con las convicciones fundamentales y acompaña la búsqueda del sentido de la vida”. Cada discípulo pide “una comunidad que asume la iniciación cristiana, renueva su vida comunitaria y despierta su carácter misionero. Esto requiere nuevas actitudes pastorales de parte de obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y agentes de pastoral” (291). Se precisa que “la parroquia ha de ser el lugar donde se asegure la iniciación cristiana” (293).

Finalmente, dicen los obispos: “Proponemos que el proceso catequístico formativo adoptado por la Iglesia para la iniciación cristiana sea asumido en todo el continente como la manera ordinaria e indispensable de introducir en la vida cristiana, y como la catequesis básica y fundamental. Después vendrá la catequesis permanente que continúa el proceso de maduración en la fe, en la que se debe incorporar un discernimiento vocacional y la iluminación para proyectos personales de vida” (294).

Este texto señala el tránsito hacia otra gran preocupación, la catequesis permanente: “La catequesis no debe ser sólo ocasional, reducida a los momentos previos a los sacramentos o a la iniciación cristiana, sino más bien ‘un itinerario catequético permanente’[33]. Por esto, compete a cada Iglesia particular, con la ayuda de las conferencias episcopales, establecer un proceso catequético orgánico y progresivo que se extienda por todo el arco de la vida, desde la infancia hasta la ancianidad, teniendo en cuenta que el Directorio general de catequesis considera la catequesis de adultos como la forma fundamental de la educación en la fe. Para que, en verdad, el pueblo conozca a fondo a Cristo y lo siga fielmente debe ser conducido especialmente en la lectura y meditación de la palabra de Dios, que es el primer fundamento de una catequesis permanente[34]” (298).

Finalmente, “la catequesis no puede limitarse a una formación meramente doctrinal sino que ha de ser una verdadera escuela de formación integral. Por tanto, se ha de cultivar la amistad con Cristo en la oración, el aprecio por la celebración litúrgica, la vivencia comunitaria, el compromiso apostólico mediante un permanente servicio a los demás” (299).

La formación social de laicas y laicos[35] es mostrada repetidamente como indispensable: “Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural” (212).

El enfoque básico es preciso: “Destacamos que la formación de los laicos y laicas debe contribuir ante todo a una actuación como discípulos misioneros en el mundo, en la perspectiva del diálogo y de la transformación de la sociedad. Es urgente una formación específica para que puedan tener una incidencia significativa en los diferentes campos, sobre todo ‘en el mundo vasto de la política, de la realidad social y de la economía, como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios y de otras realidades abiertas a la evangelización’[36]” (283).

Se trata de una postura preocupada de la efectividad: “En esta tarea y con creatividad pastoral, se deben diseñar acciones concretas que tengan incidencia en los Estados para la aprobación de políticas sociales y económicas que atiendan las variadas necesidades de la población y que conduzcan hacia un desarrollo sostenible. Con la ayuda de distintas instancias y organizaciones, la Iglesia puede hacer una permanente lectura cristiana y una aproximación pastoral a la realidad de nuestro continente, aprovechando el rico patrimonio de la Doctrina Social de la Iglesia. De esta manera, tendrá elementos concretos para exigir que aquellos que tienen la responsabilidad de diseñar y aprobar las políticas que afectan a nuestros pueblos, lo hagan desde una perspectiva ética, solidaria y auténticamente humanista. En ello juegan un papel fundamental los laicos y las laicas, asumiendo tareas pertinentes en la sociedad” (403).

Nuestros obispos llegan a especificar algunas iniciativas, en un párrafo bastante amplio: “La Iglesia en América Latina y el Caribe siente que tiene una responsabilidad en formar a los cristianos y sensibilizarlos respecto a grandes cuestiones de la justicia internacional. Por ello, tanto los pastores como los constructores de la sociedad tienen que estar atentos a los debates y normas internacionales sobre la materia… Proponemos lo siguiente:

  1. a) Apoyar la participación de la sociedad civil para la reorientación y consiguiente rehabilitación ética de la política. Por ello, son muy importantes los espacios de participación de la sociedad civil para la vigencia de la democracia, una verdadera economía solidaria y un desarrollo integral, solidario y sustentable.
  2. b) Formar en la ética cristiana que pone como desafío el logro del bien común, la creación de oportunidades para todos, la lucha contra la corrupción, la vigencia de los derechos laborales y sindicales; hay que colocar como prioridad la creación de oportunidades económicas para sectores de la población tradicionalmente marginados, como las mujeres y los jóvenes, desde el reconocimiento de su dignidad. Por ello hay que trabajar por una cultura de la responsabilidad a todo nivel, que involucre a personas, empresas, gobiernos y al mismo sistema internacional…
  3. c) Llamar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a poner en práctica principios fundamentales como el bien común (la casa es de todos), la subsidiaridad, la solidaridad intergeneracional e intrageneracional” (406).

En el capítulo décimo y último, los obispos afirman lo que sigue:

“Son los laicos de nuestro continente, conscientes de su llamada a la santidad en virtud de su vocación bautismal, los que tienen que actuar a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios. La coherencia entre fe y vida en el ámbito político, económico y social exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia… La V Conferencia se compromete a llevar a cabo una catequesis social incisiva, porque ‘la vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas’[37]” (505).

[1] Ver artículo “La misión en la Conferencia de Aparecida” en Páginas, No. 206 (agosto 2007), pp. 26-36. He procurado no repetir en demasía los mismos textos del documento episcopal.

[2] En adelante, todas las citas del documento de Aparecida irán simplemente con el número entre paréntesis.

[3] Benedicto XVI, Discurso a los miembros del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias, 5 de mayo de 2007. Las citas de otros documentos del magisterio aparecerán aquí siempre en notas.

[4] AA 10; SD 55.

[5] EAm 41.

[6] Ibid.

[7] Cf. LG 31.

[8] DP 786.

[9] AA 10; SD 55.

[10] EAm, 41.

[11] Cf. EAm 44.

[12] Cf. PG 11.

[13] Ver Christifideles laici, n. 15 etc.

[14] LG 31.33; GS 43; AA 2.

[15] Cf. EV 5.

[16] NMI 50.

[17] RM 37.

[18] Cf. LG 31.33; GS 43; AA 2.

[19] Personalmente, no veo en la mención de los pastores una restricción sino, más bien, un llamado a coordinar entre todos los miembros de la Iglesia –en primer término– y una exhortación a la jerarquía para que se reconozca efectivamente el lugar eclesial de laicas y laicos.

[20] LG 11.

[21] FC 52; CCE 1655-1658, 2204 – 2206, 2685.

[22] FC 51.

[23] SC 19.

[24] Cf. Puebla, 261, 617, 638, 731 y 940; Santo Domingo, 62.

[25] Cf. Medellín 15.

[26] Cf. Puebla 629.

[27] O mejor: Actuar – ver – juzgar – celebrar – actuar.

[28] Paulo VI, Exhortación sobre la evangelización (Evangelii nuntiandi), n. 58.

[29] Ver también los nn. 307 a 309.

[30] En la p. 36 del artículo citado, en la primera nota, menciono el n. 278 del documento de Aparecida, sobre aspectos fundamentales de la formación misionera, y el n. 280, acerca de cuatro dimensiones de ella.

[31] Cf. Símbolo Quicumque: DS 76.

[32] SC 64.

[33] DI 3.

[34] Ibid.

[35] Ver n. 99f, citado al hablar de lo secular, y todo lo dicho arriba sobre este tema.

[36] EN 70.

[37] DI 3.

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