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El Concilio Vaticano II y su novedoso mensaje sobre el papel de los laicos

El Concilio Vaticano II y su novedoso mensaje sobre el papel de los laicos

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A principios de los años sesenta, hubo una noticia que sacudió al mundo católico: el Papa Juan XXIII convocaba a un nuevo Concilio. El anterior se había llevado a cabo en el siglo XIX. Yo contaba escasamente con diez años, pero fue un hecho que me impresionó hondamente por la amplia difusión que se le dio en los medios de comunicación y porque se comentó mucho en las parroquias.

Recuerdo que Monseñor José Soledad Torres Castañeda, obispo de Ciudad Obregón, población en la que yo radicaba con mi familia, nos pidió que rezáramos mucho por este importante encuentro. Se realizó en Roma de 1962 a 1965, presidido por el Romano Pontífice, junto con miles de obispos, cardenales, monseñores, teólogos, canonistas y observadores cualificados provenientes de los cinco continentes.

Al regreso de nuestro obispo de su primer viaje de esas sesiones conciliares en la Ciudad Eterna, me acuerdo que un numeroso contingente de padres de familia y estudiantes fuimos a recibirlo al aeropuerto. Después, nos dirigimos a catedral, y ante un lleno total en el sagrado recinto, Monseñor Torres Castañeda nos explicó en líneas generales algunos de los temas tratados en ese Concilio Vaticano II, aunque más adelante se tendrían muchas otras sesiones.

Fue la primera vez que escuché que los Padres Conciliares esperaban mucho sobre el papel de los laicos para recristianizar el mundo y que, sin duda, sería un tema del cual se hablaría bastante en el futuro.

Y es que durante siglos enteros, antes de este importante Concilio, se pensaba que la búsqueda de la santidad era una tarea exclusiva para religiosos, misioneros y sacerdotes. Se usaban expresiones típicas para explicar su apartamiento del mundo y seguir su vocación sobrenatural, como: “se fue monja”, “se metió a un convento”, “se fue de misionero”, etc.

Los fieles católicos pedíamos -y seguimos pidiendo- porque el Señor nos enviara muchas y santas vocaciones a esa vida consagrada a Dios. Pero, nos quedaba la idea de que el camino de la perfección cristiana sólo se conseguiría, si se comenzaba por el noviciado o el postulantado.

Años después, llegó a mis manos un importante documento fruto de este Concilio: Lumen Gentium (“Luz de las gentes”). En él se explica que todo cristiano, por el solo hecho de estar bautizado, está llamado a la plenitud de vida cristiana, esto es, a la santidad.

El planteamiento, sin duda, era novedoso y atractivo. Y recogía en buena parte el mensaje que, por inspiración divina, venía difundiendo desde 1928 el Fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá de Balaguer.

Cuando San Josemaría visitaba la Universidad de Navarra (España), solía tener reuniones con todo el personal de limpieza, mantenimiento y de intendencia. Les decía que su trabajo era tan importante como el del Rector, los directores de facultades o los catedráticos porque, a los ojos de Dios, cualquier actividad humana, la que sea, tiene una gran categoría y trascendencia, si se procura realizar bien y ofrecerla al Señor con amor, cuidando los pequeños detalles.

Después leí otro importante documento conciliar: Apostolicam Actuositatem, sobre la actuación apostólica de los laicos. En él se explica que cualquier católico, desde el lugar de trabajo, en su hogar, con sus familiares, con sus amigos y conocidos puede y debe hacer una intensa labor de apostolado. Es decir, puede acercarlos a Dios, con naturalidad y espontaneidad, y que esa actividad no es tarea a la que únicamente están llamados a realizar los religiosos, clérigos o misioneros.

Desde el término del Concilio, tanto los Papas Paulo VI, Juan Pablo I (sobre todo siendo Cardenal de Venecia porque su pontificado fue breve), Juan Pablo II como Benedicto XVI, han escrito y hablado en sus alocuciones abundantemente sobre estas dos ideas fundamentales.

Recuerdo concretamente dos documentos de Su Santidad Juan Pablo II: “El Ejercicio del Trabajo” y “Los Fieles Laicos en Cristo”. Lo que realizó por escrito el Papa, fue desglosar y aportar nuevas reflexiones sobre los planteamientos medulares del concilio. En el primer documento, que es una encíclica, el Romano Pontífice expone a los fieles que el trabajo profesional no es algo ajeno o distante de la voluntad de Dios, sino que la vocación profesional es parte fundamental para la perfección del cristiano. Ya desde el primer libro de la Biblia, el Génesis, se nos narra que el primer hombre (Adán) fue colocado en el Jardín del Edén “para que trabajara”. Y es a partir de la actividad cotidiana que desarrollan los laicos, como ayudan al sostenimiento de sus familias, pueden ser solidarios con su propio gremio laboral y, a la vez, prestar un valioso servicio a la sociedad.

Dice al final de su carta encíclica: “El hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador”. Y comenta cómo el mismo Jesucristo, junto con San José, desarrollaron el trabajo de artesanos en Nazareth y, por lo tanto, el Señor mira con amor al trabajo porque el mismo Hijo de Dios Encarnado perteneció al mundo laboral.

Resalta que el cristiano que está en actitud de escucha de la palabra de Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, contribuye no sólo al progreso terreno, personal y de su comunidad, sino también ayuda al desarrollo del Reino de Dios, en medio de las realidades del mundo, al que todos somos llamados…”.

De igual forma, en la acción apostólica de los laicos, el Papa hace hincapié en el apostolado que cada uno debe de realizar, en el entorno en que habitualmente se mueve y como fruto de su vida espiritual, y es tarea primordial y una labor insustituible. Subraya con fuerza que “es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga siempre una viva conciencia de ser un ‘miembro de la Iglesia’ “ y tenga deseos de trabajar por la salvación de todas las almas. Además, el Papa explica que esta labor apostólica debe de ser amplia, constante e incisiva para llegar cada vez a más colegas en el trabajo, a más familiares y amigos.

Me viene a la memoria una anécdota que puede ilustrar todo este nuevo tesoro de doctrina del Magisterio de la Iglesia sobre el papel de los laicos. Un día visité a un sacerdote religioso que dirigía una conocida publicación. Como soy periodista, había escrito un artículo y le propuse que me lo publicara en su órgano informativo. Cuando le dije que pertenecía al Opus Dei, me hizo un comentario, como de quien lo tiene muy pensado:

  • Los laicos, ¡qué labor tan importante tienen ustedes dentro de la Iglesia! Porque yo le dedico unas horas al día a esta revista y el resto de mi tiempo realizo mi labor pastoral en una parroquia. Cuando me siento, por las tardes, en el confesionario y veo que se acerca un feligrés a confesarse, pienso: ‘¿cuántos pasos tuvo que dar esta persona para decidirse un día determinado y a una hora concreta para tomar la determinación de venir a confesarse?’ Desde luego que me da mucho gusto que se confiesen. Sin embargo, mi acción apostólica –reflexionaba- no deja de ser limitada. Por ello, siempre he pensado que ustedes, los laicos, en medio de su trabajo, pueden acercar a Dios a personas que quizá han perdido su fe, que son ateos, agnósticos y que nunca han pensado en pararse en una iglesia. ¡Ustedes sí que pueden remover a esos corazones, a través de la amistad y el compañerismo, y llegar a hacer apostolado en ambientes humanamente difíciles y adversos pero que, con la gracia de Dios, pueden hacer mucho bien y cambiar las vidas de tantas almas!

Me parece que una conclusión a estas reflexiones, podría ser el que nosotros, los fieles laicos, vivamos, con renovada ilusión, esta maravillosa realidad aportada por el Concilio Vaticano II: la de santificar nuestro trabajo de todos los días y acercar a Dios a quienes nos rodean. De igual modo, plantearnos el estupendo desafío de recristianzar la sociedad en todos los ambientes: profesionales, laborales, culturales, artísticos, familiares… y a la vez, difundir más este importante mensaje, para lograr una mayor toma de conciencia por parte de todos los católicos.

 

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Categorías:Laicos
  1. Elda Irene
    septiembre 11, 2014 en 8:59 am

    Muy bien.Es necesario que los laicos participemos comprometidamente, con amor, con ánimo, con entusiasmo.Y, muy importante, que invitemos a otros laicos a hacerlo.Si no lo hacemos,no estamos haciendo las cosas bien.Bendiciones!

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