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Los laicos y el derecho a la asociacion

EL DERECHO A LA ASOCIACIÓN[1]

http://asamblea.consagrados.regnumchristi.org/index.php/es/informacion/documentacion/item/77-el-derecho-a-la-asociaci%C3%B3n

 

Continuando con el análisis del impulso y auge de la vida seglar y de su participación en la misión apostólica de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II, analicemos ahora el renovado impulso de la vida asociativa.

El derecho de asociación en el Magisterio

Las asociaciones de fieles constituyen uno de los tesoros de la vida de la Iglesia Católica de mayor raigambre. Con el nombre de fraternidades, confraternidades, hermandades, cofradías u otros, muchas han prolongado su vida durante varios siglos, encontrándose alguna de origen medieval. Y no se debe olvidar que las diversas formas de vida consagrada, entre ellas las órdenes religiosas, tienen base asociativa. Todas las colecciones legales canónicas han procurado regular y encauzar el movimiento asociativo de los fieles la Iglesia. Sin embargo, podemos decir que es mérito indiscutible del Vaticano II la afirmación explícita del derecho de asociación en la Iglesia, derecho que viene descrito en el Decreto Apostolicam Actuositatem:

 

“Como los cristianos son llamados a ejercitar el apostolado individual en diversas circunstancias de la vida, no olviden, sin embargo, que el hombre es social por naturaleza y agrada a Dios el que los creyentes en Cristo se reúnan en Pueblo de Dios (Cf. 1 Pe., 2,5-10) y en un cuerpo (Cf. 1 Cor., 12,12). Por consiguiente, el apostolado asociado de los fieles responde muy bien a las exigencias humanas y cristianas, siendo el mismo tiempo expresión de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, que dijo: “Pues donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt., 18,20).

Por tanto, los fieles han de ejercer su apostolado tendiendo a su mismo fin. Sean apóstoles lo mismo en sus comunidades familiares que en las parroquias y en las diócesis, que manifiestan el carácter comunitario del apostolado, y en los grupos espontáneos en que ellos se congreguen…

Pero en las circunstancias presentes es en absoluto necesario que en el ámbito de la cooperación de los seglares se robustezca la forma asociada y organizada del apostolado, puesto que solamente la estrecha unión de las fuerzas puede conseguir todos los fines del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes” (AA 18a).

 

 

 

La novedad de este modo de expresarse es clara: el discurso gira en torno al fiel, como a su centro, de donde se deriva de modo congruente la dimensión comunitaria. Bajo este punto de vista, el apostolado viene considerado como deber de todo fiel de manera que cada uno, no obstante la diversidad de la vocación personal, pueda tener parte en la misión apostólica de la Iglesia, sea a nivel personal sea en colaboración con los demás.

De la conciencia de una nueva identidad y misión, que la Iglesia ha descubierto respecto de sí misma a partir del Vaticano II, nace un modo nuevo y más claro de entender el fenómeno asociativo. En efecto, la igualdad fundamental de todos los christifedeles por el bautismo y la confirmación es el punto de partida de la participación en la misión del pueblo de Dios que es la misión de la Iglesia: una única misión en la diversidad de ministerios.

 

La doctrina presentada por el Concilio está recogida por Juan Pablo II en la Exhortación

Apostólica Christifedeles Laici que en el n 29 afirma:

 

“La comunión eclesial, ya presente y operante en la acción personal de cada uno, encuentra una manifestación específica en el actuar asociado de los fieles laicos; es decir, en la acción solidaria que ellos llevan a cabo participando responsablemente en la vida y misión de la Iglesia.

En estos últimos años, el fenómeno asociativo laical se ha caracterizado por una particular variedad y vivacidad. La asociación de los fieles siempre ha representado una línea en cierto modo constante en la historia de la Iglesia, como lo testifican, hasta nuestros días, las variadas confraternidades, las terceras órdenes y los diversos sodalicios. Sin embargo, en los tiempos modernos este fenómeno ha experimentado un singular impulso, y se han visto nacer y difundirse múltiples formas agregativas: asociaciones, grupos, comunidades, movimientos. Podemos hablar de una nueva época asociativa de los fieles laicos. En efecto, «junto al asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas raíces, han   germinado   movimientos   y   asociaciones nuevas,   con   fisonomías y   finalidades específicas. Tanta es la riqueza y versatilidad de los recursos que el Espíritu alimenta en el tejido eclesial; y tanta es la capacidad de iniciativa y la generosidad de nuestro laicado».

Estas asociaciones de laicos se presentan a menudo muy diferenciadas unas de otras en diversos aspectos, como en su configuración externa, en los caminos y métodos educativos y en los campos operativos. Sin embargo, se puede encontrar una amplia y profunda convergencia en la finalidad que las anima: la de participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad…

Más allá de estos motivos, la razón profunda que justifica y exige la asociación de los fieles laicos es de orden teológico, es una razón eclesiológica, como abiertamente reconoce el Concilio Vaticano II, cuando ve en el apostolado asociado un «signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo»”.

 

 

 

El nuevo Código de Derecho Canónico contempla explícitamente el derecho de asociación de los fieles estableciendo este principio programático en el elenco de los deberes y derechos de los fieles, es decir, común a todos los bautizados (c. 204) y dedicando cuatro capítulos a la materia de las asociaciones.

 

 

 

Concepto de las asociaciones de fieles en el Código de Derecho Canónico de 1983.

 

  1. 298 – § 1. Existen en la Iglesia asociaciones distintas de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica, en las que los fieles, clérigos o laicos, o clérigos junto con laicos, trabajando unidos, buscan fomentar una vida más perfecta, promover el culto público, o la doctrina cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, a saber, iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación con espíritu cristiano del orden temporal.
  • 2. Inscríbanse los fieles preferentemente en aquellas asociaciones que hayan sido erigidas, alabadas o recomendadas por la autoridad eclesiástica competente.

 

Si bien el CIC no da una definición, se puede decir que una asociación de fieles es:

 

1) Una agrupación permanente de personas: por su propia naturaleza, para poder existir, las asociaciones tienen necesidad de miembros que son personas físicas, fieles que por el bautismo participan de la función sacerdotal, profética y real de Cristo (c. 204). Las asociaciones pueden también ser formadas por otras asociaciones a modo de federaciones (c. 313). Las asociaciones son constituidas cuando no sólo se verifica una cierta continuidad en el tiempo sino también para que duren en el tiempo. Esto no quiere decir, perpetuidad sino estabilidad, una estabilidad que deriva de los fines, de la buena organización y, el elemento más importante, de un actuar adecuado de los miembros que lleve no sólo a la consecución de los fines sociales sino que pueda atraer a otros fieles a formar parte de la asociación. Este punto será un elemento fundamental a juzgar en el momento de dar la aprobación a la asociación.

2) Que se unen para obtener determinados fines: se trata de un objetivo societario que no puede alcanzarse de modo satisfactorio de la acción individual. Se debe tener en cuenta que la finalidad a alcanzar no es el único objetivo de una asociación. En general hay otro aspecto más importante que es el deseo de comunión del Evangelio. Además, sea la finalidad sea el aspecto de comunión quieren ser vividos de un modo especial, con una forma característica de identidad de la asociación[2].

3) Mediante una organización: no se trata de una mera unión de los fieles sino de sus fuerzas enfocadas a través de una estructura organizativa que les permita multiplicar sus esfuerzos en pro del objetivo común.

4) Reconocida por el derecho: la intervención de la autoridad eclesiástica competente, que variará de acuerdo con la naturaleza canónica de la asociación, es requerida para que ésta sea reconocida y tutelada por el ordenamiento de la comunidad eclesial. Esta intervención hace la distinción entre la existencia sociológica de las asociaciones en la Iglesia y la existencia jurídica. Para ésta última es necesario al menos el reconocimiento de los estatutos de la asociación por parte de la autoridad eclesiástica[3].

 

Fines de las asociaciones de fieles.

El c. 298 §1, retomando el c. 215, da los fines por los cuales se puede constituir una asociación en la Iglesia, sea pública o privada: el incremento de una vida más perfecta o la promoción del culto público y de la doctrina cristiana u otras obras de apostolado como la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad o la animación del orden temporal con espíritu cristiano[4].

La Cristifedeles laici en el nº 30 nos ofrece unos criterios fundamentales para el discernimiento y el reconocimiento de las agregaciones de fieles laicos en la Iglesia que valen para todo tipo de asociación.

1) El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la santidad, y que se manifiesta

«en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles» (LG 39) como crecimiento hacia la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en la caridad (LG 40). En este sentido, todas las asociaciones de fieles laicos, y cada una de ellas, están llamadas a ser —cada vez más— instrumento de santidad en la Iglesia, favoreciendo y alentando «una unidad más íntima entre la vida práctica y la fe de sus miembros» (AA 19).

2) La responsabilidad de confesar la fe católica, acogiendo y proclamando la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la obediencia al Magisterio de la Iglesia, que la interpreta auténticamente. Por esta razón, cada asociación de fieles laicos debe ser un lugar en el que se anuncia y se propone la fe, y en el que se educa para practicarla en todo su contenido.

3) El testimonio de una comunión firme y convencida en filial relación con el Papa, centro perpetuo y visible de unidad en la Iglesia universal (LG 23), y con el Obispo «principio y fundamento visible de unidad» (LG 23) en la Iglesia particular, y en la «mutua estima entre todas las formas de apostolado en la Iglesia» (AA 23). La comunión con el Papa y con el Obispo está llamada a expresarse en la leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones pastorales. La comunión eclesial exige, además, el reconocimiento de la legítima pluralidad de las diversas formas asociadas de los fieles laicos en la Iglesia, y, al mismo tiempo, la disponibilidad a la recíproca colaboración.

4) La conformidad y la participación en el «fin apostólico de la Iglesia», que es «la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de su conciencia, de modo que consigan impregnar con el espíritu evangélico las diversas comunidades y ambientes» (AA 20).Desde este punto de vista, a todas las formas asociadas de fieles laicos, y a cada una de ellas, se les pide un decidido ímpetu misionero que les lleve a ser, cada vez más, sujetos de una nueva evangelización.

5) El comprometerse en una presencia en la sociedad humana, que, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad integral del hombre. En este sentido, las asociaciones de los fieles laicos deben ser corrientes vivas de participación y de solidaridad, para crear unas condiciones más justas y fraternas en la sociedad.

Si bien estos fines deben ser verificados en el momento de analizar los documentos constitutivos para la aprobación, deben ser reconocidos en la realidad concreta, es decir, en “frutos concretos que acompañan la vida y las obras de las diversas formas asociadas; como son el renovado gusto por la oración, la contemplación, la vida litúrgica y sacramental; el estímulo para que florezcan vocaciones al matrimonio cristiano, al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada; la disponibilidad a participar en los programas y actividades de la Iglesia sea a nivel local, sea a nivel nacional o internacional; el empeño catequético y la capacidad pedagógica para formar a los cristianos; el impulsar a una presencia cristiana en los diversos ambientes de la vida social, y el crear y animar obras caritativas,   culturales y espirituales; el espíritu de desprendimiento y de pobreza evangélica que lleva a desarrollar una generosa caridad para con todos; la conversión a la vida cristiana y el retorno a la comunión de los bautizados «alejados»” (ChL 30).

 

En la aprobación de una asociación se tiene en cuenta la alabanza o recomendación que la autoridad eclesiástica hace de ella. En consecuencia, el c. 298 §2 recomienda a los fieles adherirse y respetar a estas asociaciones.

[1] 1 En esta parte, se sigue básicamente la dispensa sobre “Fieles laicos y asociaciones” del P. Damián Astigueta, S.J., profesor de la

Facultad de Derecho canónico de la Universidad Gregoriana de Roma

[2] Cfr. C. REDAELLI, «Aspetti problematici della normativa canonica e della sua applicazione alla realtà associativa della Chiesa» in GRUPPO ITALIANO DOCENTI DI DIRITTO CANONICO (ed.), Fedeli. Associazioni. Movimenti. XXVIII Incontro di Studio “villa Cagnola” – Gazzanda (VA) 2 luglio ‐6 luglio 2001, 165.

[3] Cfr. LL. MARTÍNEZ SISTACH, Las asociaciones de fieles, Cinisello Balsamo, 2006, 39‐40

[4] Cfr. G. GHIRLANDA, Il diritto nel mistero della Chiesa, Compendio di diritto ecclesiale, Cinisello Balsamo–Roma 2006, 256.

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