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Eclesiología de Comunión y Nueva Evangelización

Eclesiología de Comunión y Nueva Evangelización

                                                                                             Javier Del Río*

 

  1. La Trinidad: fuente y meta de la Comunión

 

La Constitución dogmática Lumen gentium, del Concilio Vaticano II, presenta a la Iglesia como misterio de comunión; es decir, «como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»[1].

 

El misterio de comunión de la Iglesia tiene su fuente en Dios mismo, que se revela como una comunión interpersonal de amor y llama a la salvación a todos los hombres. El plan de salvación de la humanidad tiene su origen en el seno de la Trinidad y llega a su cumplimiento gracias a la perfecta comunión entre las tres Personas divinas, que hizo posible que el Padre enviase al Hijo y que éste, uniéndose a nosotros a través de la encarnación y reconciliándonos con el Padre mediante el misterio pascual, nos envíe el Espíritu Santo.

 

Los cristianos, unidos a Dios por el Bautismo, reciben de Él la vida divina y participan del amor trinitario, a través de Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta participación crea la koinonía en la Iglesia y la empuja a extenderla a toda la humanidad.

 

En palabras de Juan Pablo II:

 

La comunión de los cristianos con Jesús tiene como modelo, fuente y meta la misma comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu Santo: los cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo amoroso del Espíritu […] La comunión de los cristianos entre sí, nace de su comunión con Cristo […] esta comunión fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la vida íntima de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”[2].

 

La comunión, pues, se da en dos dimensiones: la dimensión vertical, comunión con Dios, de la cual brota aquella horizontal que es la comunión con los hombres. En su doble dimensión, el agente de esta comunión es el Espíritu Santo y se manifiesta concretamente en la vida de la Iglesia, que es como una prolongación visible y eficaz, esto es, como un sacramento, de la vida trinitaria. Desde Pentecostés en adelante, la Iglesia está en Cristo y Cristo en la Iglesia, por virtud del Espíritu.

 

El concepto de inhabitación recíproca de Jesús y sus discípulos está íntimamente ligado a la pericoresis trinitaria y en ella encuentra su fundamento. Para explicarla, el Papa Juan Pablo II recurre a la alegoría de la vid y los sarmientos usada por san Juan en el capítulo 15 de su Evangelio[3]. San Pablo usa la imagen de la Esposa de Cristo, a la que alude cuando, comentando Gn 2,24 dice: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, y yo lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5, 31-32).

 

Cristo mismo, unido indisolublemente a su Iglesia, la introduce en el seno de la vida trinitaria[4]. Y en esta misma relación con la Trinidad se origina y se mantiene la comunión entre los miembros de la Iglesia. Principio de unidad entre el Padre y el Hijo, así como de la unidad entre la humanidad y la divinidad de Jesús, el Espíritu Santo es, al mismo tiempo, el vínculo de unidad en el amor entre Dios y los cristianos, de estos entre sí[5] y con toda la humanidad.

 

Esta comunión entre Dios y el hombre, realizada en la persona de Jesucristo es, a su vez, comunicable en el misterio de la Pascua, es decir, en la muerte y resurrección del Señor. La Eucaristía es nuestra participación en el misterio pascual y constituye a la Iglesia como Cuerpo de Cristo[6].

 

Constituida en el sacramento del Cuerpo de Cristo, la Iglesia también está llamada a ser un sólo «cuerpo», en correspondencia a la unicidad de Jesucristo. Sin embargo, aunque real, la comunión eclesial no es perfecta, pues coexiste con las debilidades propias de sus miembros. La Iglesia, como lo dice la Lumen gentium 8, abraza en su seno a pecadores y, siendo santa, necesita al mismo tiempo de continua purificación y conversión[7]. Por ello, la comunidad cristiana camina bajo la esperanza de alcanzar la comunión perfecta al final de los tiempos:

 

La Trinidad, fuente e imagen ejemplar de la Iglesia, es finalmente su meta; nacida del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, la comunión eclesial tiene que volver al Padre en el Espíritu por el Hijo, hasta el día en que todo quede sometido al Hijo y éste se lo entregue todo al Padre, para que “Dios sea todo en todos” (1 Cor 15,28)[8].

 

  1. Igualdad fundamental de los cristianos

 

En concordancia con el Concilio Vaticano II, el magisterio postconciliar ha desarrollado una auténtica eclesiología de comunión, en la que se considera a todos los fieles cristianos ‑clérigos, religiosos y laicos– en el contexto global de la Iglesia como sacramento universal de salvación[9].

 

En la Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici, el Papa Juan Pablo II presenta la filiación divina como el fundamento y el título de igualdad de todos los bautizados en Cristo y miembros del Pueblo de Dios[10]. Los laicos no sólo pertenecen a la Iglesia, sino que son Iglesia[11]. En consecuencia, todos los fieles –de cualquier estado y condición– están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad[12].

 

Es verdad que la Iglesia siempre ha sido consciente de que las palabras del Señor: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48) están referidas a todos los cristianos. Sin embargo, en ciertos sectores de la Iglesia, la llamada universal a la santidad había sido como olvidada a lo largo de los siglos, especialmente en lo referente a los fieles laicos. Por lo general, de los laicos sólo se esperaba, o al menos no pocos de ellos así lo vivían, el mínimo indispensable para alcanzar la salvación.

 

La superación de esta concepción reduccionista del cristianismo y la llamada universal a la santidad actualizada por los padres del Concilio Vaticano II, ha sido permanentemente recordada por nuestro Papa:

 

En efecto, el Espíritu nos revela y comunica la vocación fundamental que el Padre dirige a todos desde la eternidad: la vocación a ser «santos e inmaculados en su presencia, en el amor», en virtud de la predestinación «para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1,4-5). Revelándonos y comunicándonos esta vocación, el Espíritu se hace en nosotros principio y fuente de su realización: él, el Espíritu del Hijo (cf. Gál 4,6), nos conforma con Cristo Jesús y nos hace partícipes de su vida filial, o sea, de su amor al Padre y a los hermanos[13].

 

Como bien lo dice el Papa, esta llamada universal a la santidad no se trata de «una simple exhortación moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia […] Cuerpo místico, cuyos miembros participan de la misma vida de santidad de su Cabeza […] El Espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María (cf. Lc 1,35), es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre»[14].

 

Viviendo la santidad como consecuencia de la experiencia del amor de Dios y de la participación en la vida divina, el fiel cristiano –clérigo, religioso o laico– participa en la edificación de la Iglesia, cada uno conforme a su propio estado. Todo cristiano es una «piedra viva», cimentada en la «piedra angular» que es Cristo y destinado a la construcción de un «edificio espiritual» (1Pe 2,5ss).

 

En virtud del Bautismo, todo cristiano participa del triple munus, sacerdotal, profético y real, de Jesucristo y, por tanto, es corresponsable de la única misión que Él ha confiado a su Iglesia[15].

 

De esta manera, a través del magisterio conciliar y pontificio, de una eclesiología que partía de la «sacra potestas» como principio de estructuración de la Iglesia, se ha retornado a la autocomprensión de la Iglesia que caracterizó a las comunidades cristianas de los primeros siglos y que parte de la igualdad fundamental de los fieles en virtud del Bautismo[16].

 

  1. Comunión orgánica

 

Desde esta perspectiva, la Iglesia se configura como una «comunión orgánica», caracterizada por la diversidad y complementariedad de las vocaciones y formas de vida, los ministerios, carismas y responsabilidades, gracias a los cuales cada uno de los fieles cumple una misión en relación con todo el Cuerpo[17].

 

La Iglesia no es una comunidad homogénea e indiferenciada, en la cual todos tengan la misma responsabilidad, sino que así como en el cuerpo humano todos los miembros –aunque numerosos y con funciones distintas– forman un solo cuerpo, así también los fieles en Cristo reciben del Espíritu diversos dones para la utilidad del cuerpo (1Co 12,1-12).

 

Cada uno de los fieles cristianos participa del triple munus de Cristo y sirve a la edificación de la Iglesia, pero en modalidades distintas. La diversidad no daña la unidad, sino que la enriquece[18]. Se funda en los ministerios y carismas, que son dones con que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, distribuyéndolos generosamente entre todos los bautizados[19].

 

Los ministerios «son todos una participación en el ministerio de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11), el siervo humilde y totalmente sacrificado por la salvación de todos (cf. Mc 10,45)»[20]. En consecuencia, participan de la misma modalidad redentora de la donación de la propia vida[21]. Algunos derivan del sacramento del Orden y, en consecuencia, son reservados a los clérigos. El resto, al tener su origen en el Bautismo, la Confirmación y –en muchos casos– en el Matrimonio, corresponden a los demás miembros de la Iglesia: religiosos y/o laicos, según el caso.

 

El Papa ha puesto especial énfasis en presentar los ministerios derivados del Orden, como un servicio:

 

[…] reciben así la autoridad y el poder sacro para servir a la Iglesia “in persona Christi capitis” (personificando a Cristo Cabeza), y para congregarla en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de los Sacramentos. Los ministerios ordenados –antes que para las personas que los reciben– son una gracia para la Iglesia entera.”[22].

 

Por otro lado, están los ministerios que no derivan del sacramento del Orden. La Christifideles laici pone especial cuidado en diferenciar aquellos ministerios, oficios y funciones propias de los fieles laicos, de aquellas tareas que si bien están vinculadas al ministerio ordenado, no exigen necesariamente el sacramento del Orden y, en consecuencia, donde sea necesario por falta de ministros, pueden ser encargadas temporalmente a los laicos[23].

 

Además de los ministerios, el Espíritu Santo también enriquece a la Iglesia a través de los carismas, que son gracias especiales destinadas a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo[24].

 

Los carismas, pues, son un don de Dios a su Iglesia y, en tal sentido, han de ser acogidos con gratitud. Sin embargo, como no siempre es fácil reconocer la acción del Espíritu y –aun más– las potencias del pecado no cesan de desplegar esfuerzos para destruir y confundir la vida de los fieles, estos carismas deben ser siempre sometidos al discernimiento de los Pastores[25].

 

De este modo, entonces, la Christifideles laici nos presenta a la Iglesia como un cuerpo orgánico rico en la variedad de ministerios y carismas. Ellos, sin embargo, no coexisten en desorden ni se desempeñan por cuenta propia. Jesucristo, al dar a su Iglesia la misión de ser sacramento universal de salvación, la ha dotado también con otro elemento propio que asegura el bien de todo el cuerpo y el buen desempeño de su tarea: la «comunión jerárquica».

 

Así, entre los dones con que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, «ocupa el primer puesto la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo Espíritu somete incluso a los carismáticos (cf. 1Co 14)»[26]. «No es, por ello, posible disociar el pueblo de Dios, que es la Iglesia, de los ministerios que la estructuran, y especialmente del episcopado»[27].

 

La comunión jerárquica no se funda en acuerdos humanos ni en la delegación o el consenso de los miembros de la comunidad eclesial, sino que ha sido instituida por el mismo Cristo que, al fundar su Iglesia, ha establecido las líneas esenciales de su conformación.

 

Los clérigos no son miembros de primera categoría en la Iglesia, ni los laicos son subalternos, sino que todos forman parte, con la misma dignidad, de la única Iglesia, Sierva de Cristo y de la humanidad. A imagen de su Fundador y Maestro, en el seno de la Iglesia-Sierva, aquellos que son llamados por el Señor al servicio de cuidar de los demás en la caridad, presidiendo, gobernando y custodiando el depósito de la Fe, así como quienes son dotados por el Espíritu con carismas particulares, y en general todos sus miembros, desempeñan cada uno la misión que le corresponde, concibiéndola como un servicio para el bien común[28].

 

Los Pastores, en la Iglesia, no pueden renunciar al servicio de su autoridad, incluso ante posibles y comprensibles dificultades. Por el contrario, están llamados a servir a la comunión, a discernir, guiar y estimular la participación de todo el Pueblo de Dios en la vida eclesial[29].

 

Rol fundamental corresponde al ministerio petrino, como principio de comunión de las Iglesias y fundamento de la unidad del Episcopado y de la Iglesia universal. Así como el Cuerpo de Iglesias reclama una Cabeza de las Iglesias, el Cuerpo o Colegio de los Obispos reclama también una Cabeza. La Iglesia que peregrina en Roma preside en la caridad y el Obispo de Roma, sucesor de Pedro, es principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad del Episcopado y de la entera Iglesia. En virtud del servicio «global» que el Obispo de Roma presta a la Iglesia universal y a las Iglesias particulares, posee esencialmente potestad episcopal suprema, plena, universal e inmediata sobre todos y cada uno de sus miembros, incluidos los pastores[30].

 

  1. La parroquia

 

Por otro lado, la comunión eclesial «aún conservando siempre su dimensión universal, encuentra su expresión más visible e inmediata en la parroquia. Ella es la última localización de la Iglesia; es, en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas»[31]. Por ello, el Papa nos dice que:

 

Es necesario que todos volvamos a descubrir, por la fe, el verdadero rostro de la parroquia; o sea, el “misterio” mismo de la Iglesia presente y operante en ella. Aunque a veces le falten las personas y los medios necesarios, aunque otras veces se encuentre desperdigada en dilatados territorios o casi perdida en medio de populosos y caóticos barrios modernos, la parroquia no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio… [sino que]…está fundada sobre una realidad teológica, porque ella es una comunidad eucarística[32].

 

Al ser una comunidad de fe y una comunidad orgánica, constituida por fieles cristianos y presidida por el párroco como representante del Obispo diocesano, la parroquia es una comunidad idónea para celebrar la Eucaristía, en la cual está la raíz viva de su edificación y el vínculo sacramental de su existir en plena comunión con toda la Iglesia. De este modo, la parroquia es vínculo jerárquico con la Iglesia particular[33].

 

La Christifideles laici resalta lo indispensable de la misión que en la actualidad le toca a la parroquia y, haciéndose eco de lo solicitado por los Padres sinodales, exhorta a las autoridades locales a una decidida renovación de las parroquias, favoreciendo:

 

a)         La adaptación de las estructuras parroquiales, sobre todo mediante la participación de los laicos en las responsabilidades pastorales.

b)         La promoción de pequeñas comunidades que sean verdaderas expresiones de la comunión eclesial y centros de evangelización en comunión con sus Pastores.

c)         Formas institucionales de cooperación entre las diversas parroquias de un mismo territorio.

d)        Una apertura cada vez mayor de los fieles a la Iglesia particular, así como una mayor cooperación en el ámbito diocesano, interdiocesano, nacional o internacional, teniendo presente las necesidades del Pueblo de Dios esparcido por toda la tierra[34].

 

  1. Necesidad de la Nueva Evangelización

 

La convocatoria a la Nueva Evangelización, hecha por el Papa Juan Pablo II en su Discurso del año 1983 al Consejo Episcopal Latinoamericano, extendida después a toda la Iglesia universal[35] y recientemente  urgida  en la Carta apostólica Novo millennio ineunte[36], debe verse en el amplio contexto de la renovación conciliar. Como es sabido, el Concilio Vaticano II tuvo un carácter eminentemente pastoral, que se ha mantenido y desarrollado en el magisterio pontificio postconciliar con una perspectiva fundamentalmente evangelizadora[37].

 

La Nueva Evangelización es una consecuencia del Concilio; es otro de los medios a través de los cuales la Iglesia quiere llevar el Concilio a la práctica. Pero ¿por qué este afán evangelizador? ¿Por qué la misión? Porque la Iglesia sabe que abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación para el hombre; sabe que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca a todo el hombre y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina. En otras palabras, la Iglesia sabe que sólo en Dios el hombre puede encontrar la verdadera vida.

 

He ahí por qué la misión, además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros. Quienes han sido incorporados a la Iglesia han de considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios[38].

 

Desde su experiencia de comunión con la Trinidad, la Iglesia sabe que sólo Cristo –el Verbo Encarnado– revela el hombre al propio hombre[39]. Dios mismo, fuente de la Comunión, es a la vez, fuente de la Evangelización:

 

Es el Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Cor 9,16)[40].

 

La Iglesia, don del Padre a la humanidad y prolongación de la misión del Hijo, sabe que existe para llevar, hasta los confines de la tierra, la Buena Nueva del Evangelio[41]. Por ello, desde sus inicios, ha desarrollado la misión de evangelizar, que «no es otra cosa que la lucha por el alma de este mundo»[42], saliendo –sin detenerse nunca– al encuentro de las nuevas generaciones.

 

Pero, no obstante la permanente labor misionera de la Iglesia, aún quedan ingentes cantidades de personas que no han escuchado el anuncio del Evangelio. El año 1991, el Papa nos dijo que: «El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado»[43].

 

Son también muchos los hijos de la Iglesia que en las últimas décadas la han abandonado o, el menos, se han alejado de ella. Extraviados por la utopía de construirse la felicidad independizándose de Dios, se encuentran hoy inmersos en una cultura de muerte[44].

 

Si en los años `60 el Vaticano II advertía que «muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente de la religión»[45], en los comienzos del tercer milenio debemos reconocer que el secularismo y la descristianización también se han «globalizado», a la par que se difunde cada día más un conformismo nihilista, alimentado del consumismo, inducido y controlado por crecientes concentraciones de poder. Los ídolos del poder, del tener y del placer amenazan cada vez más la dignidad del hombre postmoderno, tanto en las naciones del así llamado primer mundo, cuanto en las sociedades tecnológicamente menos desarrolladas, aumentando también la dificultad de crecimiento de las jóvenes Iglesias[46].

 

Este proceso de secularismo y descristianización ha afectado también a grandes sectores de fieles cristianos que, aun manteniéndose en el interior de la Iglesia, manifiestan una fuerte crisis de fe[47]. La preocupación sobre estos adultos, bautizados pero sin una fe madura, era expresada por el Papa en los inicios de su pontificado:

 

Entre estos adultos, que tienen necesidad de catequesis, nuestra preocupación pastoral y misionera […] se dirige a aquellos que adolecen de una catequesis precoz, mal conducida o mal asimilada; va a aquellos que, aun habiendo nacido en un país cristiano, aun más, en un contexto sociológicamente cristiano, no han sido jamás educados en la fe y, como adultos, son verdaderos catecúmenos[48].

 

A ellos podemos añadir, especialmente en América Latina, el número creciente de hermanos nuestros que se apartan de la Iglesia para adherirse a las sectas que, con su acción proselitista, han invadido el Continente[49].

 

La Nueva Evangelización, pues, responde a la necesidad de tres grandes grupos de hombres: aquellos que nunca han recibido el anuncio del Evangelio; aquellos que se han alejado o han abandonado la Iglesia; y aquellos que aun estando en la Iglesia, pasan por una crisis de fe. Desde esta perspectiva, la misión ad gentes debe ir acompañada y precedida por la re-evangelización al interior de la propia Iglesia:

 

Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales […] Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida[50].

 

Ahora bien, ¿cómo llevar a cabo esta tarea? ¿Cómo introducir el Evangelio en el corazón del hombre actual? ¿Qué cosa se puede hacer por el actual hombre o mujer que conserva ciertas tradiciones católicas pero no se siente involucrado en la misión de la Iglesia? Son grandes cantidades de personas que asisten a la Misa dominical y frecuentan los sacramentos, pero que en su vida diaria no llegan a ser testigos de Cristo en sus familias, ambientes de trabajo, en la sociedad secularizada, ante el hombre de hoy que, tal vez más que nunca, necesita de testigos para creer en el amor de Dios y aceptar la salvación que lo pueda liberar de la cultura de muerte en la que se encuentra inmerso.

 

Como bien lo ha inspirado el Espíritu Santo, he aquí que se necesita una Nueva Evangelización: nueva en su método, en su ardor y en su expresión. Nueva en tanto que la situación del hombre de hoy es distinta –nueva– en comparación a los siglos pasados. «Existe la necesidad de un anuncio evangélico que se haga peregrino junto al hombre, que se ponga en camino con la joven generación»[51].

 

Es aquí que la eclesiología de comunión puede ser de gran utilidad, desempeñando un rol fundamental en la praxis eclesial de nuestros días. El buen desarrollo de la Nueva Evangelización está íntimamente vinculado a la capacidad que pueda tener la Iglesia de plasmar, en su quehacer cotidiano, diversos elementos de la eclesiología de comunión, llevándolos a la práctica en la pastoral del tercer milenio.

 

  1. Renovación teológica

 

El Cardenal Pironio, en la presentación de la Christifideles laici decía que esta Exhortación Apostólica presenta, teológicamente, la eclesiología de comunión y, pastoralmente, la dimensión misionera de la Nueva Evangelización[52]. Ambas, pues, se implican mutuamente.

 

Si, como ya lo hemos dicho, para poder continuar llevando a cabo su misión evangelizadora, la Iglesia necesita evangelizarse a sí misma[53], el primer e inmediato paso de la Nueva Evangelización debe ser rehacer los tejidos de las comunidades cristianas, formando comunidades adultas en la fe, fortalecidas, capaces de anunciar y testimoniar a Jesucristo al hombre de hoy.

 

Con esa finalidad, urge transmitir a los fieles la renovación eclesiológica del Concilio, llevándolos a re-descubrir, en primer lugar, la dignidad del Bautismo y, con ella, la llamada universal a la santidad, la igualdad fundamental de todos los cristianos y el rol que a cada uno le corresponde en la misión. Sólo así tendremos una Iglesia a la medida de los desafíos de la Nueva Evangelización, una Iglesia evangelizadora; pues como bien lo ha señalado Juan Pablo II, la misión es una cuestión de fe[54].

 

No basta  renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo “anhelo de santidad” entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana[55].

 

Esta es tarea, principalmente, de los obispos, pues:

 

Como pregonero, el obispo “llama a la fe” y, como maestro y/o testigo, “afianza en la fe viva” (ChD II,12), proponiendo el “misterio íntegro de Cristo” (ChD II,12) y atestiguándolo en su propia vida de “pastor” y “vicario” del “Mayoral de los pastores” con el fin de que reconozcan que son o que deben volver a ser –”si se han desviado del camino de la verdad” (ChD II,11)– “discípulos de Cristo”[56].

 

Como lo ha recordado recientemente el Papa, corresponde a los obispos cuidar la adecuada formación religiosa de los fieles, especialmente procurando que en la Iglesia particular que les ha sido confiada, no falte la iniciación cristiana de niños, jóvenes y adultos, «dando disposiciones sobre su apropiada preparación catequética y su compromiso gradual en la vida de la comunidad»[57].

 

Lamentablemente, no ocurre siempre así, sino que como lo ha afirmado la Asamblea Especial para el Sínodo de los Obispos para América, celebrada el año 1997, aunque en las diversas diócesis de América se ha avanzado mucho en la preparación para los sacramentos de la iniciación cristiana, «todavía son muchos los que los reciben sin la suficiente formación»[58].

 

Para llevar a la fe al hombre pragmático de nuestros días, así como a aquellos que jamás han recibido la Buena Noticia, no basta la sola palabra. La fe requiere de una comunicación, un encuentro a nivel personal con el testimonio de quien la anuncia. La convicción del testigo, producto de su experiencia y que se transmite no sólo en el lenguaje sino también en la fuerza de la propia vida, son el vehículo necesario para transmitir el mensaje cristiano.

 

Eso lo consigue tan sólo el testigo y pregonero que encarna en su vida la experiencia viva de lo que transmite. El testigo no demuestra, sino que testifica con su palabra y sobre todo con su persona; entonces es cuando se produce el contagio y los valores presentados atraen de verdad al espíritu humano[59].

 

Para lograr esto, el principal medio de re-evangelización es la escucha de la Palabra de Dios[60], que convoca y «unifica la comunidad haciéndola transparencia del Evangelio»[61]. La Palabra de Dios, en efecto, es capaz no sólo de suscitar la fe, sino también de hacerla crecer hasta alcanzar la madurez.

 

El anuncio de la Buena Nueva […] abre el corazón de las personas al deseo de la santidad, de la configuración con Cristo […] La predicación del Evangelio tiene también como objetivo la construcción de la Iglesia de Dios[62].

 

Corresponde a los obispos, con las palabras y con las obras, llevar a los fieles a tomar conciencia de lo que significa ser cristiano hoy, y a concebir a la Iglesia no tanto o no sólo como un instrumento de salvación para sí mismos, sino también como sacramento universal de salvación. Tomar conciencia de ser cristianos, llevará a los fieles de hoy a descubrir la misión que les espera en el siglo XXI y a desear prepararse para responder a esta llamada de Dios[63]. Dice el Santo Padre:

 

Excluidos del prometedor florecimiento del compromiso laical inaugurado en toda la Iglesia por el concilio Vaticano II, [los laicos] esperan que se les ayude a recuperar el tiempo perdido […] Es preciso comprometerlos cada vez más en la misión profética, sacerdotal y real de toda la Iglesia[64].

 

Es necesario superar la todavía difundida identificación de la Iglesia con la sola jerarquía o, cuando más, con los religiosos y laicos que participan activamente en las labores intra-eclesiales. La Iglesia, misterio de comunión, es a la vez el Pueblo de Dios, formado por todos los bautizados. Cada uno de ellos es, en su propia condición y estado, corresponsable de la única misión que Dios ha confiado a su Iglesia.

 

Hacer crecer esta mentalidad entre los fieles, es tarea fundamental y urgente de los pastores y de sus colaboradores. Obispos, presbíteros y diáconos llevarán la renovación del Concilio a las Iglesias particulares, en la medida en que consideren a los laicos como hermanos con los cuales compartir la tarea apostólica, y hagan posible que ellos se sientan parte viva de la Iglesia y no sólo receptores de sacramentos y/o de enseñanzas o, en el mejor de los casos, como meros «ayudantes». Como hace algunos años dijo el Papa:

 

Con toda seguridad, estaréis de acuerdo conmigo en que no basta reunir a los fieles para que realicen simplemente un trabajo pastoral […] reducir su acción a la cooperación con los pastores no agota ni realiza la plenitud de su misión propia y específica. No son meros colaboradores o auxiliares del ministerio ordenado[65].

 

«La renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia»[66]. La eclesiología de comunión ayudará a todos, pastores y laicos, a descubrir el inconmensurable campo de acción que a cada uno le corresponde en la ingente misión de la Nueva Evangelización.

 

  1. Renovación litúrgica

 

La maduración de las comunidades cristianas como «comunión para la misión» está íntimamente vinculada a la forma en que éstas celebren la liturgia, en especial los sacramentos. La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que mana toda su fuerza[67]. En consecuencia, una buena celebración litúrgica permitirá a los fieles vivir, celebrativamente, los diversos aspectos de la eclesiología de comunión y hará posible una mejor y más fructífera participación en la vida eclesial.

 

En este sentido, la fiesta litúrgica más que una simple vuelta de los creyentes a Dios, debe ser concebida como actuación de Dios en medio de la comunidad, edificándola. La acción humana deviene así en acción divina y la celebración de los misterios de la fe se transforma en tiempo de gracia[68].

 

Como dice el Papa en la Pastores gregis:

 

Como he repetido varias veces, algunas recientemente, para remarcar la identidad cristiana en nuestro tiempo hace falta dar renovada centralidad a la celebración de la Eucaristía. Debe sentirse el domingo como «día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana»[69].

 

Pasar del simple ir a «escuchar» Misa, al verse inmerso en el misterio pascual de Jesucristo, pasar de la concepción estática de recibir la comunión eucarística a la dinámica de la muerte-resurrección del Señor, que se prolonga en la vida diaria de la comunidad cristiana, ayudará al fiel de hoy a descubrirse parte de un «linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1Pe 2,9), lanzándolo a metas aún mayores[70].

 

Una liturgia renovada permitirá al cristiano de hoy sentirse parte de un Cuerpo vivo y vivificado, compuesto por una diversidad de miembros, cada uno con su función propia, pero todos importantes y necesarios. Le llevará a descubrir que forma parte de un Pueblo que continúa la misión de Jesucristo en esta generación; un Pueblo sacramental, que camina hacia la Tierra Prometida anunciando y haciendo presente a todos los hombres su vocación a la eternidad, pues Cristo ha vencido la muerte[71].

 

En efecto, para el fiel que ha comprendido el sentido de lo realizado, la celebración eucarística no termina sólo dentro del templo. Como los primeros testigos de la resurrección, los cristianos convocados cada domingo para vivir y confesar la presencia del Resucitado están llamados a ser evangelizadores y testigos en su vida cotidiana[72].

 

La Eucaristía vivida como actualización de la Iglesia una y única en un tiempo-espacio concretos, ayudará a los miembros de la comunidad a sentirse parte activa de esta única Iglesia de Cristo; aun más, a sentirse la misma Iglesia de Cristo encarnada en su propio ambiente social.

 

Por eso –dijo el Papa hace algunos años a los obispos del Perú– os exhorto a procurar con diligencia que en vuestras diócesis se celebren con la dignidad requerida los ritos sagrados en los que, por medio de la acción sacerdotal de Jesucristo, los hombres nacen a una vida nueva, los fieles se alimentan con el Pan de la Palabra y de la Eucaristía, obtienen la reconciliación con Dios y reciben la gracia para vivir como cristianos en los diferentes estados de vida[73].

 

  1. Vida en comunidad

 

Renovación teológica y renovación litúrgica, entonces, van juntas y están a la base de las necesidades de la Nueva Evangelización. Pero ¿cómo llevar estas renovaciones a los cristianos de hoy que, como hemos visto, en grandes sectores adolecen de una falta de formación en la fe? ¿Es posible dar una nueva formación a aquellos que el Papa ha calificado como «cuasi-catecúmenos», solamente a través de la Misa dominical? ¿Es posible renovar la Iglesia partiendo de las «masas» de 300 ó 400 fieles, si no son más, que se juntan en algunos de nuestros templos sólo cada domingo?

 

Tal vez sea en este aspecto donde la eclesiología de comunión pueda dar uno de sus mayores aportes, mediante la valorización de la vida en pequeñas comunidades al interior de las parroquias como una forma concreta de vivir el cristianismo hoy, a través de la cual se pueda formar con mayor facilidad a los fieles, permitiéndoles vivir más significativamente la comunión.

 

Estas pequeñas comunidades, en comunión con el obispo de la Iglesia particular y, a través de éste, con el Colegio Episcopal y su cabeza visible, el obispo de Roma, estarán por tanto en comunión también con todas las Iglesias por ellos representadas, actuando –de este modo– la Iglesia universal en un lugar y tiempo determinados.

 

Respondiendo a la pregunta: «¿Por qué caminos se renueva hoy la Iglesia?», el teólogo español Mons. Ricardo Blázquez, pone como primera prioridad la vida en comunidad:

 

¡Hay tantos cristianos, tantos, que han renovado su vida participando en algún grupo! Al no encontrar en la sociedad un apoyo que les pueda ayudar en la maduración de su fe, estas personas redescubren el carácter de comunión de la Iglesia […] Hay, por tanto, tantos grupos que están colaborando profundamente en la renovación de la Iglesia[74].

 

Esto no significa, como también lo aclara Blázquez, que para ser cristiano hoy uno deba pertenecer necesariamente a uno de estos grupos, movimientos o pequeñas comunidades, sino que: «Los grupos de que hablamos tienen la finalidad de ayudar a la renovación y a la evangelización, a la vida cristiana y a la oración, de infundir aliento y estímulo, de ser puntos de referencia de muchos cristianos. Son catalizadores en medio de grupos más amplios»[75].

 

Las pequeñas comunidades no son nuevas en la vida de la Iglesia. Podemos decir que son tan antiguas como la Iglesia misma, que en sus orígenes estaba compuesta por pequeños grupos de fieles que se reunían en las casas para escuchar las enseñanzas de los apóstoles, participar en la oración y la Eucaristía, poniendo en común también los bienes materiales (Hch 2,42-48; 4,32-35).

 

Los movimientos eclesiales, en cambio, nacen algunos siglos después, cuando la Iglesia comienza a crecer y, con la masificación, se va perdiendo por parte de algunos la radicalidad evangélica. Desde entonces, cada vez que la Iglesia ha pasado por tiempos de crisis, Dios ha suscitado hombres o mujeres deseosos de vivir el Evangelio en su pureza, quienes han reunido alrededor suyo otras personas que los han seguido en este afán[76].

 

Más recientes son los grupos parroquiales, aunque también nacidos mucho antes del Concilio[77]. En nuestros días, no obstante, se vienen desarrollando con gran rapidez, introduciendo mayor vitalidad en las parroquias.

 

Nos encontramos así en una nueva época asociativa, presente bajo múltiples formas exteriores pero con «una amplia y profunda convergencia en la finalidad que las anima: la de participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad»[78].

 

En este contexto, la Cátedra de Pedro ha promovido la participación responsable de todos los miembros del Pueblo de Dios en la misión de llevar el Evangelio como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad. «La necesidad de que todos los fieles compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia apostólica, sino de un deber-derecho basado en la dignidad bautismal»[79]. Al mismo tiempo, sin embargo, es una urgencia en el mundo actual:

 

¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial[80].

 

La teología del laicado, desarrollada de modo magistral por Juan Pablo II, y el decidido apoyo que desde los primeros años de su pontificado ha dado a los nuevos movimientos eclesiales y a las pequeñas comunidades que han surgido en torno al Concilio Vaticano II, han hecho posible que el fenómeno asociativo postconciliar llegue a ser un signo de la primavera de la Iglesia a los inicios del tercer milenio. Sólo a la luz de la eclesiología del Vaticano II y del magisterio pontificio de las últimas décadas, se puede explicar y comprender el alcance teológico de estas nuevas formas de vida asociativa.

 

Profundamente arraigados en la Iglesia como misterio de comunión, los movimientos y nuevas comunidades reconocidos oficialmente por la autoridad eclesiástica, son «formas de autorrealización y reflejos de la única Iglesia»[81]. Compuestas por clérigos, religiosos y, sobre todo, por laicos, estas nuevas realidades eclesiales ayudan a sus miembros a vivir en plenitud la experiencia cristiana y suscitan en ellos un profundo celo por la evangelización.

 

En consecuencia, los movimientos y pequeñas comunidades «no pueden ser objeto de visiones reductivas que hagan de ellos la mera expresión de experiencias espirituales específicas»[82]. Sería un error sostener que son espiritualidades particulares al interior de la Iglesia o calificarlos como una fragmentación de la misma Iglesia. Son mucho más, como lo indica el adjetivo «eclesial» que se usa para distinguirlos. «Lo que un movimiento lleva consigo y comunica es la vida misma de la Iglesia, no sólo una parte de ella, en cierto modo reducida o “especializada”»[83]. En palabras del Papa:

 

Vuestra misma existencia es un himno a la unidad en la pluralidad querida por el Espíritu, y da testimonio de ella. Efectivamente, en el misterio de comunión del cuerpo de Cristo, la unidad no es jamás simple homogeneidad, negación de la diversidad, del mismo modo que la pluralidad no debe convertirse nunca en particularismo o dispersión. Por esa razón, cada una de vuestras realidades merece ser valorada por la contribución peculiar que brinda a la vida de la Iglesia[84].

 

Los movimientos y pequeñas comunidades, que en nuestros días nos permiten afrontar con esperanza los retos de una sociedad hedonista y secularizada, son la manifestación más clara de que el aspecto institucional y el carismático son coesenciales en la Iglesia. En su constitución divina, la Iglesia es, al mismo tiempo, carismática e institucional. El elemento que no permite identificar la institución con la esencia de la Iglesia es, justamente, el carisma. El Espíritu Santo obra a través de la institución y del carisma y, de esta manera, ambas dimensiones contribuyen a hacer presente el misterio de Cristo y su obra salvífica en el mundo[85].

 

 

Desde esta perspectiva se comprende la importancia de la invitación que el Papa hizo el día de Pentecostés del año dedicado al Espíritu Santo en preparación al Gran Jubileo del 2000:

 

Hoy, a todos vosotros, reunidos en la Plaza de San Pedro, y a todos los cristianos quiero gritar: ¡Abríos con docilidad a los dones del Espíritu! ¡Acoged con gratitud y obediencia los carismas que el Espíritu concede sin cesar! No olvidéis que cada carisma es otorgado para el bien común, es decir, en beneficio de toda la Iglesia[86].

 

Pese a todo lo dicho, no han faltado problemas para la incorporación de los movimientos y pequeñas comunidades en el seno de no pocas parroquias e Iglesias locales. En ocasiones se ha debido a la inadecuada preparación de los mismos miembros de la Iglesia –participantes o no en estas realidades eclesiales– para aceptar la novedad del Espíritu Santo como un don para toda la Iglesia. En estas circunstancias, con paciencia ejemplar, el Vicario de Cristo no ha cesado de fomentar la comunión al interior de la Iglesia, para que cada uno tome conciencia de su propia tarea y respete la de los otros.

 

En este sentido, nuestro Papa ha invitado a pastores y fieles a no cerrarse ante los problemas que se les puedan presentar sino que, teniendo como fondo la «comunión», busquen las soluciones adecuadas para garantizar el desarrollo eclesial.

 

Agentes importantes para la convergencia y para la edificación de la comunidad eclesial son los obispos y sus estrechos colaboradores, los presbíteros. A ellos corresponde tomar las iniciativas necesarias para que los diversos carismas puedan desembocar en la misión, formándose así la Iglesia Comunión, signo de amor y unidad en el respeto y la colaboración mutua[87].

 

Como lo recordó el Papa en su Carta a los Sacerdotes con motivo del Jueves Santo del año 1995, el sacerdocio ministerial es expresión de servicio[88]. Y, pocos meses después, haciendo referencia a esa Carta el mismo Santo Padre decía:

 

Es deber urgente de la Iglesia, en su renovación diaria a la luz de la Palabra de Dios, evidenciar esto cada vez más, tanto en el desarrollo del espíritu de comunión y en la atenta promoción de todos los medios típicamente eclesiales de participación, como a través del respeto y valoración de los innumerables carismas personales y comunitarios que el Espíritu de Dios suscita para la edificación de la comunidad cristiana y el servicio a los hombres[89].

 

Dios ha querido que los hombres formen una gran familia[90] y el paradigma ejemplar de cualquier intento comunitario lo podemos encontrar en la experiencia sociológica de una comunidad cristiana. El hombre de hoy, que pasa la mayor parte de su tiempo en una sociedad masificada, en la que tantas veces es poco más que un número en una computadora o una pequeña pieza en una grande fábrica, necesita ser ayudado a sentirse persona, a sentirse amado, no sólo por Dios sino, debido a su carácter social, también por personas concretas en quienes lo pueda constatar empíricamente cada día. En otras palabras, el ser humano necesita verificar la comunión, necesita vivirla.

 

Por otra parte, la vida en comunidad puede ser, para tantos cristianos, una preciosa ayuda para llevar una vida coherente con el Evangelio, y mantenerse así a salvo de las tentaciones de un mundo secularizado que continuamente acecha al hombre con la idolatría del poder y del hedonismo[91].

 

Por estas razones se puede comprender la importancia que la Iglesia da a la participación en las diversas formas de vida comunitaria, no sólo para los laicos sino también para los clérigos. Así, la Pastores dabo vobis indica que los seminaristas «que han recibido su formación de base en ellas y las tienen como punto de referencia para su experiencia de Iglesia, no deben sentirse invitados a apartarse de su pasado y cortar las relaciones con el ambiente que ha contribuido a su decisión vocacional» sino que «también para ellos ese ambiente de origen continúa siendo fuente de ayuda y apoyo en el camino formativo hacia el sacerdocio»[92].

 

Y refiriéndose a los sacerdotes que participan en un movimiento, ha dicho el Papa:

 

El sacerdote debe, por eso, encontrar en el movimiento la luz y el calor que le haga capaz de ser fiel a su obispo, que le disponga a cumplir generosamente los deberes que señala la Institución y que le dé sensibilidad hacia la disciplina eclesiástica, de manera que sea más fecunda la vibración de su fe y la satisfacción de su fidelidad[93].

 

Finalmente, como en repetidas ocasiones lo ha señalado el Magisterio, más allá de los motivos mencionados, la razón profunda que justifica la vida asociada de los fieles –sea en pequeñas comunidades, movimientos y/o asociaciones eclesiales– es de orden teológico: hacer visible la Iglesia, signo de comunión y de unidad[94].

 

Los signos de la fe: el amor y la unidad, se ven con mayor facilidad en pequeños grupos de personas, compuestos por hombres y mujeres, adultos y jóvenes, ricos y pobres, que viven juntos la fe, amándose como Cristo los ha amado[95]:

 

En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros””como yo os he amado” (Jn 13,34-35).

 

  1. Comunión y misión

 

Una Iglesia así constituida, que arroje los signos de la fe, será capaz de atraer con mayor facilidad a  quienes nunca han pertenecido a ella e, incluso, a aquellos que, engañados por los ídolos del mundo, la han abandonado. Del mismo modo, facilitará el diálogo con los miembros de las Iglesias particulares y de otras comunidades cristianas que no están en plena comunión con la Iglesia católica, así como el diálogo con las otras religiones y con los nuevos areópagos.

 

La comunión es un signo eficaz de evangelización: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). En esta comunión, vertical y horizontal, está el fundamento de la fecundidad de la misión[96]. La comunión es, de por sí, misionera, pues mediante ella la Iglesia se presenta y actúa como sacramento visible de unidad salvífica[97], es decir, «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»[98].

 

Los resultados de la Nueva Evangelización dependen, en gran medida, del nuevo ardor de la caridad y de la comunión. En este sentido, como el año 1992 nos lo recordaron los obispos de América Latina reunidos en Santo Domingo, la Nueva Evangelización de nuestro Continente requiere la conversión permanente de la Iglesia a las enseñanzas del Concilio.

 

Este desafío atañe a todos: en la conciencia y en la praxis, personal y comunitaria, en las relaciones entre los fieles y con los pastores, en las estructuras eclesiales y en el quehacer ecuménico, a fin de que se haga presente, cada vez con mayor claridad, la Iglesia como principio de unidad y amor[99]. Porque «el amor es y sigue siendo la fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse»[100].

 

Esta fuerza evangelizadora de la comunión eclesial tiende, por su misma naturaleza, a la construcción de toda la humanidad según la comunión de Dios Amor[101].

 

Desde esta perspectiva se puede entender las exhortaciones de Pablo a las comunidades de Filipos y de Efeso: «siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos […] buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo” (Flp 2,2-5); «poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu» (Ef 4,3-4).

 

Ahora bien, ¿cuál es el camino para esta comunión intra-eclesial? En primer lugar, la unidad en la pluralidad, como hemos visto que lo presenta la eclesiología de comunión. Por ello, sin pretender que la Iglesia sea una democracia, ni querer renunciar al principio de constitución jerárquica instaurado por su Divino Fundador, y dejando siempre la última palabra a la obediencia, gracias a la cual hemos sido redimidos y por la cual existe la Iglesia:

 

En las inevitables situaciones de conflicto ocasional que puedan surgir, la actitud, tanto de los que presiden en la caridad, como de todos sus miembros, no ha de ser aplastar al que discrepa […] ni conseguir la paz a costa de las personas […] ni primar el modelo jefe-subalternos. Sino que la única alternativa evangélicamente válida, según Jesús, es el amor al hermano y el servicio liberador y desinteresado[102].

 

Para ello se requiere promover, en el seno mismo de la Iglesia, la mutua estima, el respeto y la concordia, reconociendo las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad cada vez mayor, el diálogo entre todos los miembros del pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles, pues, como nos lo recuerda la Gaudium et Spes: «Los lazos de unión de los fieles son muchos más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo»[103].

 

Este diálogo, movido por la caridad, debe comprender también a aquellas Iglesias particulares y comunidades cristianas que aún no están en plena comunión con la Iglesia católica. Porque, como nos lo ha recordado Juan Pablo II en la Encíclica Ut unum sint, la unidad de los cristianos es, en primer lugar, para la gloria del Padre[104]. Por ella pidió Jesús al entrar voluntariamente en su pasión: por sus discípulos y todos los que creerían en Él, para que todos sean una cosa sola, una comunión viviente[105].

 

La comunión de los cristianos es la manifestación de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia comunión trinitaria, de su vida eterna. La oración de Jesús, por la unidad de los cristianos, es la oración dirigida al Padre para que se cumpla su diseño eterno de salvación.

 

Las divisiones entre los cristianos están en abierta contradicción con la Verdad que se empeñan en difundir y, por ello, hieren gravemente su misión. Los resultados de la evangelización están íntimamente ligados al testimonio de la unidad de la Iglesia[106]. El ecumenismo, por tanto, no es sólo una cuestión interna de las comunidades cristianas, sino que está relacionado al amor que Dios ha donado, en Jesús, a toda la humanidad. Obstaculizar este amor es una ofensa a El y a su diseño de reunir a todos en Cristo[107].

 

Conscientes de esta voluntad de Dios, los cristianos podrán encontrar en la eclesiología de comunión, como de hecho ya lo están haciendo, importantes elementos que favorezcan sus esfuerzos por la unidad. Desde la formulación del principio de la hierarchia veritatum, así como desde las grandes iniciativas de oración común y trabajo coordinado permanente, incluidos los aspectos de orden temporal, el acercamiento hacia la unidad ha dado grandes pasos. Quedan, no obstante, muchos por darse, de los cuales dependen, en gran medida, los frutos de la Nueva Evangelización.

 

Finalmente, la Iglesia Comunión no sólo abraza en su seno a todos los creyentes, sino que prolonga su comunión, con Dios y con los hermanos, hasta abrazar a la humanidad entera. Lo hace, en primer lugar, testimoniando, de palabra y de obra, la buena nueva de Jesucristo, que no vino al mundo a ser servido sino a servir y dar su vida por el rescate de todos (Mc 10,45). También, imprimiendo en la sociedad el espíritu evangélico, mediante la liturgia y el servicio gratuito a los pobres y necesitados, así como haciendo presentes los valores del hombre y defendiéndolos donde haga falta.

 

En este sentido, la misión de los laicos, revalorizada en la eclesiología de comunión, desempeña una función muy importante, pues son ellos quienes, en primer lugar, «están llamados a actuar en las realidades temporales y en el campo de sus capacidades para la construcción de una sociedad impregnada de los valores evangélicos»[108]. Corresponde a ellos llevar el mensaje del Evangelio a todos los ambientes de la sociedad, incluso el político.

 

Para ello se requieren fieles debidamente formados, que sean capaces de mantener un diálogo con el mundo y la cultura de hoy. A la vez, cristianos con fe adulta y probada, pues la Iglesia sabe que, en su peregrinar terreno, ha sufrido y continuará sufriendo oposiciones y persecuciones[109]. Es en estas ocasiones cuando está llamada a brindar el más sublime y gratuito servicio que pueda dar a la humanidad: vencer el mal con el bien, testimoniando así la verdad crucial del Evangelio, realizada en Jesucristo: el amor al enemigo (Mt 5,44; Lc 29,34).

 

Buscando al hombre a través del Hijo, Dios quiere inducirlo a abandonar los caminos del mal, en los que tiende a adentrarse cada vez más […] Derrotar el mal: esto es la Redención. Ella se realiza en el sacrificio de Cristo, gracias al cual el hombre rescata la deuda del pecado y es reconciliado con Dios[110].

 

Derrotar el mal, no con la fuerza física o el poder político, sino con el bien, con la fuerza del perdón, asumiendo las consecuencias de los pecados ajenos, como Jesús en la Cruz, cargando con el mal de los demás. Esta es la misión del Siervo de Dios anunciada por Isaías, cumplida en Jesucristo y que se prolonga en la Iglesia; «eran nuestras dolencias las que él llevaba […] con sus cardenales hemos sido curados […] Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado […] indefenso se entregó a la muerte» (Is 53,4-12).

 

A esta misión se refiere Jesucristo cuando dice a sus discípulos que ellos son la sal de la tierra, la luz del mundo, la levadura que fermenta la masa (Mt 6,13-16). Las tres figuras usadas por Cristo (sal, luz y levadura) realizan su servicio deshaciéndose, consumiéndose, desapareciendo; es decir, a costa de su propia vida[111]. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).

 

Sobre esta misión, de dar la propia vida, san Pablo dirá: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24); y el martirio de Esteban será la primera muestra: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7,60).

 

  1. Algunas preguntas finales

 

De todo lo dicho, podemos afirmar que una comunidad es cristiana en la medida en que está en comunión con Dios, con los hermanos –incluida la comunión jerárquica, en sus distintos aspectos y grados– y con el mundo, hasta el amor al enemigo. Así hace presente y edifica el Reino de Dios. La Iglesia es comunidad convocada por la Palabra; comunidad de fe, de vida y de amor; comunidad litúrgica, sobre todo eucarística, y de oración; comunidad en diálogo; comunidad evangelizadora y misionera hasta el extremo.

 

Evidentemente, esta tarea excede la mera capacidad humana. Por ello hemos empezado presentando a la Trinidad como fuente de la Iglesia-Comunión. Edificar la comunidad es tarea fundamentalmente de Dios, del Espíritu Santo, pero requiere –así lo ha querido Él– la participación del hombre. Por su parte, Jesús ha prometido: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

 

Siendo pues segura la gracia de Dios, es necesario revisar constantemente la respuesta que le damos como Iglesia. Permítasenos, entonces, terminar transcribiendo algunas preguntas formuladas por Juan Pablo II cuando nos preparábamos para el Gran Jubileo del Año 2000:

 

¿En qué medida la Palabra de Dios ha llegado a ser plenamente el alma de la teología y la inspiradora de toda la existencia cristiana, como pedía la Dei Verbum? ¿Se vive la liturgia como “fuente y culmen” de la vida eclesial, según las enseñanzas de la Sacrosanctum Concilium? ¿Se consolida, en la Iglesia universal y en las Iglesias particulares, la eclesiología de comunión de la Lumen Gentium, dando espacio a los carismas, los ministerios, las varias formas de participación del Pueblo de Dios, aunque sin admitir un democratismo y un sociologismo que no reflejan la visión católica de la Iglesia y el auténtico espíritu del Vaticano II? Un interrogante fundamental debe también plantearse sobre el estilo de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. Las directrices  conciliares –presentes en la Gaudium et spes y en otros documentos– de un diálogo respetuoso y cordial, acompañado sin embargo por un atento discernimiento y por el valiente testimonio de la verdad, siguen siendo válidas y nos llaman a un compromiso ulterior[112].

 

Nos encontramos ya en el tercer milenio de la era cristiana. Guiada por Juan Pablo II, la Iglesia universal ha cruzado el «umbral de la esperanza» con la certeza de que se encamina a una «nueva primavera del cristianismo»[113]. Es muy importante, por tanto, que la Iglesia se presente, lo más posible, «unida y misionera»; ligada por la caridad en torno al único Señor y, al mismo tiempo, proyectada por el Espíritu Santo a la evangelización del mundo y la salvación universal[114].

 

María, la humilde de Nazaret, se presenta –una vez más– como modelo de la Iglesia-Comunión y de la Nueva Evangelización. Ella, que creyó al anuncio del ángel, pudo proclamar las grandezas del Señor y –desde su propia experiencia de vida– enseñar a los demás a «hacer lo que Él os diga», intercediendo ante Jesucristo en favor de aquellos a quienes se les había acabado el vino –signo del Espíritu Santo y de la alegría de la Tierra Prometida–, y acompañando a su Hijo en el momento culminante de la Cruz.

 

Bajo su protección, la única Iglesia de Cristo continúa su camino hacia la meta final: la comunión plena, perfecta y eterna con la Trinidad.

 

 

*     Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Licenciado en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma. Vicario General del Obispo del Callao. Rector del Seminario Corazón de Cristo. Vice-Presidente del Instituto Superior de Estudios Teológicos “Redemptoris Mater”.

[1]        Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (21.XI.1964) 1: EV 1/284 [=LG].

[2]        Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici (30.XII.1998) 18: AAS 81 (1989) 421 [=CfL].

[3]      Cfr. CfL, 18: AAS 81 (1989) 421; Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America (22.I.1999) 33: AAS 91 (1999) 768 [= EA].

[4]        Cfr. K. Hammerle, «Trinitá e Chiesa. Sulla teologia della Trinità nella Christifideles laici»: D. Tettamanzi, Laici verso il terzo millennio, Città Nuova (Roma 1989) 189.

[5]        Cfr. CfL, 19: AAS 81 (1989) 424.

[6]        J. Ratzinger, La Comunione nella Chiesa, Sao Paolo (Cinisello Balsamo 2004) 84-85.

[7]        Cfr. LG, 8: EV 1/306.

[8]        B. Forte, La Iglesia, icono de la Trinidad, Sígueme (Salamanca 1992) 30.

[9]        Cfr. L’Intervento del Card. Eduardo F. Pironio, Presidente del Pontificio Consiglio per i Laici:L’Osservatore Romano, edic. en italiano (30-31.01.1989) Suplemento, 4.

[10]      Cfr. CfL, 19: AAS 81 (1989) 422.

[11]      Cfr. CfL, 9: AAS 81 (1989) 406; Pío XII, Discorso ai nuovi cardinali (20.II.1946): AAS 38 (1946) 149.

[12]      Cfr. LG, 40: EV 1/.

[13]      Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis (25.III.1992) 19 [=PDV].

[14]       CfL, 16: AAS 81 (1989) 417. Cfr. EA, 30: AAS 91 (1999) 765.

[15]       Cfr. CfL, 14-17: AAS 81 (1989) 409-421.

[16]       Cfr. A. Antón, El Misterio de la Iglesia. Evolución histórica de las ideas eclesiológicas, II, BAC maior (Madrid-Toledo 1987) 930-931.

[17]       Cfr. CfL, 20: AAS 81 (1989) 425.

[18]       Cfr. Juan Pablo II, Udienza generale (02.III.1994) 4: L’Osservatore Romano, edic. en italiano (3-4.III.1994) 4.

[19]       Cfr. CfL, 21: AAS 81 (1989) 427.

[20]       CfL, 21: AAS 81 (1989) 427.

[21]       Cfr. A. Mirallés, «I ministeri in riferimento ai fedeli laici e alla loro partecipazione alla vita della Chiesa»: D. Tettamanzi, Laici verso il Terzo Milennio, op. cit., 202-203.

[22]       CfL, 22: AAS 81 (1989) 428.

[23]      Cfr. CfL, 23: AAS 81 (1989) 429.

[24]      Cfr. CfL, 24: AAS 81 (1989) 433.

[25]      Cfr. CfL, 24: AAS 81 (1989) 435.

[26]      CfL, 20: AAS 81 (1989) 425.

[27]      Comisión Teológica Internacional, Temas selectos de Eclesiología (7.X.1985) 6.1: EV 9/1720.

[28]      Cfr. S. Sabugal, La Iglesia, Sierva de Dios, Vida y Espiritualidad (Lima 1995) 108-111.

[29]      Cfr. CfL, 31: AAS 81 (1989) 448.

[30]       Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio (28.V.1992) 11-14: L’Osservatore Romano, edic. en español (19.VI.1992) 8; Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Pastores gregis (16.X.2003) 56: Paulinas – EPICONSA (Lima 2003) 126-131 [= PG].

[31]      CfL, 26: AAS 81 (1989) 437-438.

[32]      CfL, 26: AAS 81 (1989) 437.

[33]      Cfr. EA, 41: AAS 91 (1999) 776-777.

[34]       Cfr. CfL, 25-26: AAS 81 (1989) 436-440.

[35]       Cfr. Juan Pablo II, Discurso al Consejo Episcopal Latinoamericano (9.III.1983): AAS 75 (1983) 777-779; Id., Alocución a los participantes en el VI Simposio del Consejo de la Conferencias Episcopales de Europa (11.X.1985): AAS 78 (1986) 178-189; Id., CfL: AAS 81 (1989) 393-521; Id., Carta encíclica Redemptoris missio (7.XII.1990): AAS 83 (1990) 249-340 [= RM]; Id., Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa (14.IX.1995): L’Osservatore Romano, edición en español (16.IX.1995) 1-11; Id., Carta apostólica Tertio Millennio Adveniente (10.XI.94): AAS 87 (1995) 5-41; Id., EA: AAS 91 (1999) 737-815. Veánse también los discursos del Papa a los obispos en visita «ad limina Apostolorum», especialmente a partir del año 1992, y se podrá observar cómo, paulatinamente, el tema de la Nueva Evangelización ha terminado por estar presente en casi todos los Discursos del Papa con motivo de estas visitas.

[36]       Cfr. Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte (6.I.2001) 40: AAS 93 (2001) 294 [= NMI].

[37]       Cfr. Pablo VI, Discurso a los miembros de las Misiones Extraordinarias de Gobiernos y Organismos Internacionales, con motivo de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II (7.XII.1965): AAS 58 (1966) 71-75; Juan Pablo II, Discurso al Colegio Cardenalicio (20.XII.1985): AAS 78 (1986) 626.

[38]       Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Missio (7.XII.1990) 11: AAS 83 (1991) 260 [= RM].

[39]       Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7.XII.1965) 22: EV 1/ 1385 [= GS]; Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor Hominis (4.III.1979) 10: AAS 71 (1979) 274-275.

[40]       RM, 1: AAS 83 (1991) 249.

[41]       Cfr. Juan Pablo II, Mensaje para la jornada mundial de las misiones (11.VI.1995) 1: L’Osservatore Romano, edic. en español (23.VI.95) 5.

[42]       Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janes (Barcelona 1994) 124-125.

[43]       RM, 3: AAS 83 (1991) 252.

[44]       Cfr. Juan Pablo II, Alocución a los participantes en el VI Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (11.X.1985) 11: AAS 78 (1986) 185.

[45]       GS, 7: EV 1/1340.

[46]     Cfr. G. Carriquiry, «Il cammino di una nuova evangelizzazione»: D. Tettamanzi, op. cit., 224.

[47]       Cfr. CfL, 34: AAS 81 (1989) 454; RM, 2: AAS 83 (1991) 250.

[48]       Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi tradendae (16.X.1979) 44: AAS 71 (1979) 1313.

[49]       Cfr. EA, 73: AAS 91 (1999) 809-811.

[50]       CfL, 34: AAS 81 (1989) 455.

[51]       Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, op. cit., 128.

[52]       Cfr. L’intervento del Card. Eduardo F. Pironio, Presidente del Pontificio Consiglio per i Laici: L’Osservatore Romano, edic. en italiano (30-31.I.1989) 4.

[53]       Cfr. Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8.XII.1975) 13: AAS 68 (1976) 12  [= EN].

[54]       Cfr. RM, 2: AAS 83 (1991) 250; Juan Pablo II, Homilía durante la celebración de la Palabra con los jóvenes, en Nitra (30.VI.1995) 4: L’Osservatore Romano, edic. español (14.VII.1995) 7.

[55]       Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa [14.IX.1995] 136: L’Osservatore Romano, edic. en español (16.IX.1995) 10. Cfr. RM, 90: AAS 83 (1991) 336-337.

[56]       A. Antón, La tarea evangelizadora del obispo en su Iglesia particular y en su respectiva conferencia episcopal (II): Gregorianum 76-2 (1995) 298. He puesto dentro del texto, entre paréntesis, las notas que el autor pone a pie de página.

[57]       PG, 38: Paulinas – EPICONSA (Lima 2003) 90. Cfr. EA, 69: AAS 91 (1999) 804-805.

[58]       EA, 34: AAS 91 (1999) 769.

[59]       B. Caballero, Bases de una nueva evangelización, Ed. Paulinas (Madrid 1993) 117.

[60]       Cfr. NMI, 39: AAS 93 (2001) 293-294; Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini (31.V.1998) 40-41: AAS 90 (1998) 738-739.

[61]       J. Esquerda Bifet, Teología de la Evangelización, BAC (Madrid 1995) 271.

[62]       Ecclesia in Africa, 87: L’Osservatore Romano, edic. en español (16.IX.1995) 7.

[63]       Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los obispos de la Región Norte-1 de Brasil (30.V.1995): L’Osservatore Romano, edic. en español (9.VI.1995) 19-20.

[64]       Discurso a los miembros de la Conferencia episcopal eslovaca (1.VII.95) 5: L’Osservatore Romano, edic. en español (14.VII.95) 9.

[65]       Discurso a los obispos de la Región Norte-1 del Brasil (30.V.1995) 4: L’Osservatore Romano, edic. en español (9.VI.1995) 19.

[66]       EA, 44: AAS 91 (1999) 780.

[67]       Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium (4.XII.1963) 10: EV 1/16.

[68]       Cfr. P.J. Cordes, No apaguéis el Espíritu, Ed. Ega (Bilbao 1992) 104.

[69]       PG, 36 Paulinas – EPICONSA (Lima 2003) 85.

[70]       Cfr. EA, 35: AAS 91 (1999) 769-771; NMI, 35-36: AAS 93 (2001) 290-292.

[71]       Cfr. P. Vadakumpadan, «Ecclesiological foundation of Mission»: S. Karotemprel (ed.), Following Christ in Mission, Paulines (Bombay 1995) 85.

[72]       Carta apostólica Dies Domini (31.V.1998) 45: AAS 90 (1998) 741.

[73]       Discorso durante l’incontro con un gruppo di Presuli della Conferenza Episcopale delPerú (27.IX.94) 2: L’Osservatore Romano, edic. en italiano (28.IX.94) 5.

[74]       R. Blázquez, Iniciación Cristiana y nueva Evangelización, DDB (Bilbao 1992) 151.

[75]       Ibid., 167.

[76]       Cfr. P.J.Cordes, No apaguéis el Espíritu, op. cit., 12-13.31; F. González Fernández, «Carismas y movimientos en la historia de la Iglesia»: Pontificium Consilium pro Laicis, Los movimientos eclesiales en la solicitud pastoral de los obispos, Tipografía Vaticana (Ciudad del Vaticano 2000) 71-103.

[77]       Cfr. CfL, 29: AAS 81 (1989) 443.

[78]       CfL, 29: AAS 81 (1989) 444.

[79]       RM, 71.

[80]       Juan Pablo II, Discurso en el Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades (30.V.1998) 6: L’Osservatore Romano, edic. en español (5.VI.1998) 14.

[81]       Ibid., 6.

[82]       S. Rylko, «El acontecimiento del 30 de mayo y sus consecuencias eclesiológicas y pastorales para la vida de la Iglesia»: Pontificium Consilium pro Laicis, Los movimientos eclesiales en la solicitud pastoral de los obispos, op. cit., 31-32.

[83]       G. Carriquiry, «Los movimientos eclesiales en el contexto religioso y cultural actual»: Pontificium Consilium pro Laicis, Los movimientos eclesiales en la solicitud pastoral de los obispos, op. cit., 61.

[84]       Mensaje a los participantes en el Congreso mundial de los movimientos eclesiales (27.V.1998) 3: L’Osservatore Romano, edición en español (5.VI.1998) 11.

[85]       Cfr. Ibid., 5.

[86]       Discurso en el Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, (30.V.1998) 5: L’Osservatore Romano, edic. en español (5.VI.1998) 14.

[87]       Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem (18.XI.1965) 18: EV 1/979.

[88]       Cfr. Juan Pablo II, Lettera ai sacerdoti in ocassione del Giovedì Santo 1995 (25.III.95) 7: L’Osservatore Romano, edic. en italiano (8.IV.1995) 5.

[89]       Lettera alle donne (29.VI.95) 11: L’Osservatore Romano, edic. en italiano (10-11.VII.1995) 5.

[90]       GS, 24: EV 1/1393.

[91]       Cfr. CfL, 29: AAS 81 (1989) 445.

[92]       Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis (25.III.1992) 68: AAS 84 (1992) 776.

[93]       Discurso a los sacerdotes colaboradores con el movimiento “Comunión y Liberación” (12.IX.1985) 3: AAS 78 (1986) 256.

[94]       Cfr. AA, 18: EV 1/979.

[95]       Cfr. CfL, 29: AAS 81 (1989) 445.

[96]       Cfr. RM, 75: AAS 83 (1991) 322.

[97]       Cfr. LG, 9: EV 1/310.

[98]       LG, 1: EV 1/284.

[99]       Cfr. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento final (28.X.1992) 30.

[100]     RM, 60: AAS 83 (1991) 309.

[101]     J. Esquerda Bifet, Teología de la Evangelización, op. cit., 274.

[102]     B. Caballero, Bases de una nueva evangelización, op. cit., 173.

[103]     GS, 92: EV 1/1639.

[104]    Cfr. Carta encíclica Ut unum sint (25.V.1995) 98: AAS 87 (1995) 979 [= UUS].

[105]    Cfr. UUS, 6 y 100: AAS 87 (1995) 925 y 981.

[106]    Cfr. EN, 75: AAS 68 (1976) 69.

[107]    Cfr. UUS, 99: AAS 87 (1995) 980.

[108]    Juan Pablo II, Discurso a los obispos de la Región Norte-1 de Brasil (30.V.1995) 4: L’Osservatore Romano, edic. en español (9.VI.1995) 19.

[109]    Cfr. UUS, 4: AAS 87 (1995) 924.

[110]    Juan Pablo II, Carta apostólica Tertio millennio adveniente (10.XI.1994) 7: AAS 87 (1995) 10 [= TMA].

[111]    Cfr. S. Sabugal, La Iglesia, sierva de Dios, op. cit., 121-129.

[112]    TMA, 36: AAS 87 (1995) 28-29.

[113]    RM, 2: AAS 83 (1991) 250.

[114]    Cfr. Juan Pablo II, Udienza alle famiglie del Cammino Neocatecumenale (12-13.XII.1994) 1: L’Osservatore Romano (13.XII.1994) 7.

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Categorías:Iglesia
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