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LAICADO: IDENTIDAD CRISTIANA Y MISIÓN ECLESIAL

LAICADO: IDENTIDAD CRISTIANA Y MISIÓN ECLESIAL

CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA

BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA

CUARESMA – PASCUA DE RESURRECIÓN, 1996

 

 

 

INTRODUCCIÓN

En la línea de las anteriores Cartas conjuntas

1.  Recientemente, en nuestra primera Carta conjunta como Obispos de estas diócesis, os manifestamos «nuestra voluntad de continuar colaborando y trabajando juntos en todo aquello que pueda favorecer y estimular la vida de nuestras Iglesias y de sus actuaciones pastorales más importantes» [1], y os anunciamos la publicación de esta Carta Pastoral que ahora llega hasta vosotros.

 

Nuestra atención se centra, en esta ocasión, en el laicado, es decir, en los hombres y mujeres bautizados que tratáis de vivir a la luz del Evangelio en las diversas circunstancias concretas de vuestra vida personal, familiar, profesional y social como miembros de la Iglesia de Cristo. Todos presentáis el perfil común de quienes siguen y confiesan a Jesucristo y prosiguen en la actualidad su causa en nuestra tierra, siendo parte constitutiva fundamental de la Iglesia.

A la luz del Magisterio de la Iglesia [2]

 

2.  Pretendemos ser fieles al Concilio Vaticano II, primer concilio que dedicó expresamente un documento entero al laicado, el decreto Apostolicam actuositatem, en el que se desarrollan las afirmaciones básicas contenidas en la constitución dogmática Lumen gentium. El Concilio marcó un cambio a la hora de comprender la presencia y la inserción de la Iglesia en el mundo actual. No es fruto de la casualidad el hecho de que fueran a la par la adopción de una nueva actitud de la Iglesia ante el mundo y el descubrimiento del papel específico del seglar en la Iglesia y en la sociedad. También en esta Carta Pastoral, el reconocimiento y la promoción del laicado deben ir muy unidos a una actitud de diálogo con el mundo actual y de encarnación en él.

 

Hemos tenido en cuenta, además, documentos más recientes que centran su atención en la identidad y misión del laicado. Destacamos entre ellos la Exhortación apostólica Christifideles laici, publicada por el Papa Juan Pablo II tras el Sínodo de los Obispos de 1987 sobre la vocación y misión del laicado, y las líneas de acción propuestas por la Conferencia Episcopal Española bajo el título Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo.[3]

La presente Carta Pastoral conjunta se sitúa en consonancia con otras anteriores. Recordamos aquí como antecedentes más inmediatos las tituladas: Evangelizar en tiempos de increencia y Redescubrir la familia. En este sentido, somos plenamente conscientes de que la tarea evangelizadora de la Iglesia «se hará, sobre todo, por los laicos o no se hará».[4]

Objetivos de esta Carta

3.  Son varios los objetivos que nos mueven a escribir esta Carta Pastoral. Pretendemos, en primer lugar, ayudaros a cuantos formáis parte del laicado de nuestras Iglesias particulares, a descubrir la grandeza de vuestra vocación y a profundizar en ella. Deseamos vivamente que el proyecto de vida de cada creyente encuentre un apoyo firme, para que pueda crecer y desarrollarse en esta sociedad y en esta Iglesia.

 

Buscamos también sensibilizar a todas y cada una de las personas creyentes de estas Iglesias, con vista a una mayor participación en su misión evangelizadora, que es tarea y responsabilidad de todos los miembros de la comunidad cristiana.

Queremos iluminar y acompañar vuestro esfuerzo por construir la Iglesia y por hacer presente de palabra y de obra el Evangelio en medio de nuestro mundo. Queremos, para ello, respaldar y estimular vuestra reflexión y vuestra acción.

Pretendemos además ayudar, tanto a los presbíteros como a nosotros mismos, a situarnos en el lugar y en la función que nos corresponde en la Iglesia, así como a ejercer nuestro ministerio pastoral de modo corresponsable, siempre al servicio de la misión encomendada por Jesucristo a su Iglesia. El Bautismo nos hace a todos hermanos y hermanas en el Pueblo de Dios. En virtud del sacramento del Orden, tanto presbíteros como obispos, somos servidores de la comunidad cristiana. Ejercemos nuestro ministerio en nombre del Señor Jesús. Siguiendo a san Agustín, diremos que somos Obispos para vosotros y cristianos con vosotros, y que aquél es el nombre del cargo y éste el de la gracia.[5]

Finalmente, nuestra palabra quiere tener en cuenta a los hombres y mujeres que buscan un sentido para sus vidas o que, por diversas razones, viven alejados de la Iglesia y han perdido quizá la fe que un día les fue transmitida en ella. Estamos convencidos de que el mensaje cristiano, vivido con coherencia y testimoniado con valentía por quienes formamos el Pueblo de Dios, contiene la fuerza intrínseca necesaria para abrirse un camino en sus corazones.

Contenido

4.  El presente documento pastoral consta de cinco partes fundamentales. En la primera de ellas se ofrece una síntesis de la situación del laicado en la Iglesia y en la sociedad. A continuación, la reflexión más netamente teológica presenta la secularidad como característica de toda la Iglesia y trata de situar en ésta la identidad y misión específicas del laicado (capítulos II y III). El capítulo IV quiere proponer líneas de actuación y recoger propuestas prácticas que impulsen la acción evangelizadora de nuestras Iglesias. Finalmente el último capítulo recoge, de forma más concreta, lo que pudieran ser unas conclusiones operativas.

 

I UNA MIRADA A LA REALIDAD SOCIAL Y ECLESIAL

a)      El laicado en nuestra sociedad

 

5.  La Iglesia va realizando a través de la historia y bajo el impulso del Espíritu su misión de testimoniar e impulsar la presencia del Reino de Dios en cada tiempo y lugar concretos. Persuadidos de que ese Reino se despliega en la realidad cotidiana de la historia humana, queremos echar una mirada pastoral al marco social y eclesial en el que vivimos, para descubrir en él sus luces y sombras y las llamadas del Espíritu. Tratamos de recoger a continuación unos grandes ejes que determinan el contexto social en el que nuestras Iglesias y, en particular, el laicado, han de cumplir su misión de evangelizar.

 

Contexto económico

6.  Llevamos ya varios años sumidos en una profunda crisis económica que castiga con mayor dureza a los más débiles. En los últimos meses se vislumbran algunos signos de recuperación que no pueden, sin embargo, eliminar las altísimas tasas de desempleo y el aumento de la precarización del trabajo. El actual sistema socio-económico produce víctimas y condena a muchas personas a la irrelevancia social y a la marginación. Todo ello se inscribe en un marco mundial caracterizado por la injusta e intolerable tensión existente entre nuestros países del Norte, ricos y poderosos, y los del Sur, progresivamente empobrecidos y dependientes.

 

En este contexto, la tentación de la insolidaridad nos acecha a todos. Los creyentes nos debatimos a menudo entre las demandas del nivel de vida adquirido y las exigencias del Evangelio que proclama bienaventurados a los pobres y llama a los seguidores de Jesús a un compromiso efectivo con ellos. Pero hemos de destacar también justamente el avance experimentado a la hora de colaborar a través de medios económicos y humanos en la solución de situaciones de hambre, miseria, marginación y desigualdad. Es también particularmente significativo el gesto de quienes comparten el fruto del trabajo con quienes no pueden acceder a él.

7.  Junto al panorama descrito, aparecen elocuentes signos de esperanza. Se elevan voces en favor de modelos socio-económicos basados en la solidaridad, diferentes de los propugnados por el capitalismo liberal. Se van multiplicando los gestos de solidaridad con los países más pobres. Hay que aplaudir también el espíritu de las voces que abogan por un reparto más justo del bien escaso del trabajo.

 

Contexto político

8.  La mirada a nuestro contexto político nos sitúa ante un preocupante desencanto generalizado, unido al desprestigio de la misma actividad política, propiciado en gran parte por un ciego pragmatismo llevado al extremo en la vida pública y por la magnitud de los casos de corrupción que, detectados en los últimos meses, afectan a un largo período de la etapa democrática. Es grave la tentación del absentismo en este campo de la convivencia humana. También los creyentes nos sentimos tentados a desentendernos y a rehuir el compromiso o a no someter a la luz crítica del Evangelio las propias convicciones u opciones políticas.

9.  Sin embargo, no faltan hombres y mujeres, creyentes y no creyentes, que siguen recordando que la democracia entendida como régimen de libertad y de participación, es la mejor forma de convivencia que hay que ir construyendo pacientemente día a día. Además, la misma configuración fragmentada de nuestra sociedad invita a potenciar el diálogo y a practicar el consenso entre las diversas tendencias. Así lo han entendido quienes dedican en las instancias políticas su tiempo y su esfuerzo a la construcción de una sociedad más justa y fraterna.

 

La causa de la paz

10.       En los últimos meses hemos sido testigos del recrudecimiento de la violencia terrorista de ETA, que niega los derechos humanos, especialmente el derecho a la vida, y desprecia una y otra vez la voluntad mayoritaria de este pueblo. No pueden ignorarse, por otra parte, los efectos sociales del desvelamiento del terrorismo practicado en el pasado por los GAL, negador, asimismo, de derechos elementales, con el agravante de haber sido amparado, al parecer, desde altas instancias del Estado. Los derechos de los detenidos y los presos no son siempre debidamente garantizados. Desgraciadamente, las manifestaciones de violencia verbal y física han pasado a ser habituales entre nosotros, hasta el punto de llegar, en algunos lugares, a formas de enfrentamiento cívico.

11.       Junto a lo dicho debe resaltarse también el progresivo afianzamiento social en favor de la creación de una cultura de la tolerancia y del diálogo, así como el decidido compromiso de numerosos ciudadanos y grupos en la búsqueda de caminos de paz y de reconciliación. Además, es innegable la emergencia, especialmente llamativa en la juventud de nuestra tierra, de valores como la solidaridad y el pacifismo, encarnados, entre otros, por objetores de conciencia o por quienes por otros medios legítimos se oponen públicamente a la práctica de la violencia y denuncian sus consecuencias. La presencia de cristianos en las acciones e iniciativas citadas nos alegra y transmite esperanza a nuestras Iglesias locales. Frente a la tentación de la frustración y de la desesperanza, se afirma la convicción de que el Reino de Dios avanza lentamente.

 

Contexto cultural

12.       Nos encontramos en una situación en la que la secularización parece haber configurado la cultura occidental. La existencia personal y colectiva, que en otras épocas veíamos fuertemente influenciada por el hecho religioso, conoce una nueva época. La realidad inmanente aparece consistente en sí misma, va olvidando y desplazando a la trascendencia como soporte de la existencia humana, y, simultáneamente, se aprecia en nuestros ambientes una grave crisis de pérdida de sentido. La religión es considerada no pocas veces enemiga de la razón humana o factor desencadenante de intolerancia. Su reclusión en el ámbito privado acaba por oscurecer el recuerdo de Dios y, con él, su necesidad para la estructuración de la convivencia humana desde la solidaridad y la libertad.

 

En este clima, los miembros de la comunidad cristiana corremos el riesgo de no ofrecer el suficiente contraste a la luz del Evangelio, y de adecuarnos con excesiva facilidad a los comportamientos y a las costumbres del momento, sin atender a las demandas de radicalidad del seguimiento de Jesús.

13.       Por otro lado, la progresiva implantación de la cultura y de la mentalidad de tipo urbano va relegando ricas peculiaridades de otras formas tradicionales de vida, como la rural y la pesquera, aún significativas entre nosotros. Este proceso de cambio cultural acelerado acarrea desorientación y crisis de valores. Nuestros mayores asisten a la rápida desaparición del estilo de vida que ha determinado su anterior existencia.

 

Nuestro contexto cultural está caracterizado también por la existencia de tradiciones plurales y de dos lenguas muy desigualmente extendidas, según diócesis y zonas. Esta realidad es contemplada a menudo más como fuente de conflictos que como posibilidad de enriquecimiento. Las comunidades eclesiales y sus miembros viven también esta misma tensión. La recta integración de las dos lenguas en la vida de nuestros grupos y comunidades, sobre todo en los ámbitos de la liturgia y de la catequesis, sigue siendo difícil.

En este marco de pluralismo cultural es de alabar la postura de quienes fomentan la apertura, la tolerancia, el diálogo y la integración de personas y colectivos de diferentes mentalidades y culturas. Aquí hay que situar también la aportación de la comunidad cristiana como realidad asociada y como lugar de acogida y encuentro.

Situación cambiante de la familia

14.       El profundo cambio cultural que afecta a nuestra sociedad incide claramente en el ámbito familiar, como ya lo indicábamos con detenimiento en nuestra Carta Pastoral del pasado año.[6] El valor concedido a la autonomía de la persona, la estima del diálogo, la profesionalización de la mujer, la elevación del nivel de vida y otros factores han motivado una profunda transformación de la institución familiar y de las relaciones entre sus componentes. Como en todo cambio, también aquí se está dando una mutación de valores, con adquisiciones positivas y con la aparición de nuevas tentaciones y riesgos. En cualquier caso, es innegable que la familia es sentida y vivida hoy de un modo muy diferente al de antes.

 

En medio de la variada y compleja problemática que afecta al matrimonio y a la familia (educación en la libertad y en la solidaridad, transmisión de la fe y de valores, contraste generacional, procreación, amor y fidelidad, entre otros), hemos de constatar la realidad de muchos hogares creyentes, espacios de diálogo y libertad, verdaderas escuelas de formación cristiana y humana. Pero hemos de reconocer también que corremos el riesgo de no ofrecer una alternativa enraizada en el Evangelio o de dejarnos arrastrar por el clima dominante.

b)      El laicado en nuestras Iglesias particulares

 

15.       Del mismo modo que el contexto social afecta de forma diferente a las actitudes y compromisos de los laicos cristianos, igualmente se puede descubrir una gran variedad de situaciones de los laicos como miembros de la comunidad eclesial. La gran extensión numérica del laicado hace que su situación en la Iglesia presente rasgos muy complejos.

 

Sentido de pertenencia eclesial

16.       Un buen número de seglares, hombres y mujeres, puede ser considerado dentro de la comunidad eclesial como mayoría silenciosa. Son cristianos que acuden habitualmente o con cierta periodicidad a los actos de culto, y, esporádicamente, a otras iniciativas. Forman un grupo poco exigente, agradecido por la dedicación y por los servicios que se le prestan, y que fundamentalmente, confía en la labor de los responsables de la comunidad cristiana. Entre éstos se encuentran personas de muy diversas características: son gentes de honda fibra religiosa, fina conciencia moral y arraigada pertenencia eclesial, formadas en una tradición religiosa de tipo más bien individualista. Son, en ocasiones, hombres y mujeres con una fe un tanto desconectada de la vida diaria, poco preocupados por articular los diversos campos de su existencia desde criterios cristianos.

17.       Se dan también entre nosotros creyentes con una débil identidad eclesial o prácticamente inexistente. Viven su experiencia cristiana, en muchos casos, como «por libre» o en contacto y contraste mínimo con otros creyentes. Su relación con la comunidad cristiana se reduce generalmente a demandas de determinadas celebraciones sacramentales (bodas, bautizos, funerales) o a la asistencia ocasional a las mismas. Una parte considerable de la juventud que se declara creyente exterioriza sólo en contadas ocasiones sus convicciones religiosas. Algunos grupos prescinden en la práctica de la Iglesia y de sus orientaciones o tratan de vivir su identidad cristiana en una postura sistemáticamente opuesta a los pastores. Este alejamiento de la Iglesia se debe a múltiples causas, entre las que cabe destacar: una religiosidad entendida de modo individualista, que afecta sólo a la conciencia personal; una comprensión espiritualista de la fe cristiana; la desconfianza ante todo lo que significa institución; la extrema ideologización de la fe; el disgusto e incluso la decepción provocados por algunas enseñanzas o actuaciones de la Iglesia.

18.       Existe también un número creciente de laicos que, plenamente consciente de su vocación al seguimiento de Jesús, vive su pertenencia a la Iglesia de modo adulto y renovado. Valoran su fe como un don de Dios y la han personalizado como respuesta libre, participan de la vida sacramental, se comunican con otros creyentes y asisten con actitud abierta, crítica y esperanzada a los cambios socio-culturales del presente y de la misma Iglesia, no sin dificultades y conflictos. Asimismo, viven con profundidad, ilusión y fidelidad la tensión de la doble pertenencia a la comunidad humana y eclesial, dejándose guiar por el Espíritu en la construcción de un mundo cada vez más justo y acorde al Reino de Dios.

 

Una buena parte de este laicado, aun sin participar en organizaciones de ningún tipo, trata de iluminar con la luz del Evangelio los diferentes aspectos de su vida, buscando la armonía entre la fe que profesa y los comportamientos de la vida cotidiana, tanto en el plano personal y familiar, como en las relaciones sociales, en la actividad profesional o en las opciones cívicas y políticas.

19.       EI laicado eclesialmente más activo está formado en su gran mayoría por mujeres. Este auge de la mujer en la Iglesia no es ajeno a la dinámica social general que en los últimos años ha ido subrayando, con creciente fuerza y lucidez, la dignidad y la igualdad de derechos de la mujer. Junto a esta constatación, hay que reconocer, sin embargo, que muchas mujeres no se sienten debidamente acogidas en nuestras Iglesias en lo referente a encomiendas y responsabilidades propias del laicado.

 

Ellas están presentes en casi todos los organismos y servicios eclesiales. Sobre ellas recaen, en la mayoría de los casos, funciones tan vitales para la comunidad cristiana como la transmisión y la educación de la fe, la acción caritativa y solidaria o determinados servicios litúrgicos. Pero su presencia decrece a medida que aumenta el nivel de responsabilidad y decisión. Ello indica que queda mucho camino que recorrer hasta la consecución de la igualdad propia de todos los creyentes, hombres y mujeres, en el seno de la Iglesia.

Conciencia de la propia vocación y responsabilidad

20.       La mayoría de los miembros del Pueblo de Dios no es consciente de la llamada personal de Dios, expresada en el Bautismo y la Confirmación. Parece como si el ser seglar fuera la mera consecuencia negativa de no haber optado por el ministerio presbiteral o por el estado religioso. Sólo una minoría del laicado vive su existencia cristiana desde la perspectiva de una positiva y específica vocación.

 

Con todo, son cada vez más numerosas las personas que tratan de vivir su vocación cristiana con madurez y coherencia evangélica. Son conscientes de la llamada de Jesús a vivir santamente y a colaborar en la construcción del Reino de Dios allí donde se desarrolla el presente y se prepara el futuro de las personas, de los grupos y de la sociedad entera.

Somos conscientes de que un obstáculo para la promoción de un laicado adulto se encuentra a veces en los mismos pastores de la comunidad cristiana. Junto a los esfuerzos y sinceros deseos de fomentar la vocación y la responsabilidad laicales, no pasamos a menudo de la visión del laicado como objeto de dedicación pastoral, destinatario pasivo de la acción de la Iglesia o colaborador abnegado de su misión evangelizadora.

21.       En la medida en que va creciendo el talante evangelizador de nuestras Iglesias, aumenta también la presencia de seglares conscientes de su vocación en las estructuras cívicas, sociales y políticas. Ellos constituyen una llamada a toda la comunidad cristiana, para que no olvide su vocación de presencia y servicio en la comunidad humana.

 

En particular, no pocos padres y madres cristianas, conscientes de su responsabilidad en la educación de sus hijos, participan activa y asociadamente en las estructuras educativas. Constatamos también con alegría el auge del voluntariado cristiano en muy diversos campos. Otros, sobre todo jóvenes, participan en diversos movimientos sociales alternativos, en organizaciones no gubernamentales, en la educación no reglada y de calle, o en el servicio y acompañamiento de personas afectadas por la drogadicción, el fracaso escolar o cercanas a otros umbrales y núcleos de marginación. Todos ellos constituyen uno de los mayores gozos y esperanzas de la Iglesia en el presente.

El laicado organizado

22.       En los últimos años van surgiendo y asentándose con fuerza diversos grupos eclesiales (asociaciones, movimientos, comunidades), que junto a los anteriormente existentes, permiten un mayor cultivo y personalización de la fe. Son un valioso regalo del Espíritu a su Iglesia, y, como tal, constituyen un tesoro de la comunidad cristiana, en cuanto que la revitalizan internamente y la dinamizan en su misión evangelizadora.

 

La aparición de estas iniciativas no está exenta de problemas. Aparte de un posible olvido de su vocación evangelizadora en aras de un espíritu comunitario orientado excesivamente al servicio del propio grupo, existe el riesgo de la atomización o el particularismo, tendentes a ver en el propio grupo la única referencia eclesial, con el consiguiente debilitamiento de la comunión con la Iglesia particular diocesana presidida por el obispo.

Formación y preparación

23.       En esta mirada a la realidad del laicado de nuestras Iglesias, queremos reseñar el creciente interés de algunas personas por una formación integral que articule los diversos ejes de una existencia vivida bajo la luz del Evangelio. Las comunidades cristianas advierten una considerable elevación del nivel de formación y preparación de sus componentes. Las iniciativas en este campo se han multiplicado en estos años, debido tanto a la inquietud de los pastores como a la preocupación del laicado.

 

Aun así, hemos de preguntarnos si la minoría de edad que tantas veces se achaca al laicado no se debe en buena parte a la falta de una adecuada formación en la fe, exigida por los nuevos tiempos que nos toca vivir.

Es claro que de las luces y sombras que caracterizan la situación del laicado, tal como lo hemos presentado, brotan no pocos retos para nuestras Iglesias. Es ésta la perspectiva desde la que hemos de adentrarnos en el tratamiento de los capítulos siguientes de esta Carta Pastoral.

II LA DIMENSIÓN SECULAR, CARACTERÍSTICA DE TODA LA IGLESIA

Iglesia en el mundo[7]

24.       No podemos hablar del laicado sin referirnos a la realidad global de la Iglesia y a la inserción de la comunidad cristiana en el mundo. Ello no obedece únicamente a razones sociológicas, es decir, al hecho de que los seglares son la inmensa mayoría del Pueblo de Dios, sino, sobre todo, a razones teológicas: en virtud del Bautismo somos hijos e hijas de Dios, miembros de su familia, incorporados a la Iglesia y constituidos, por tanto, en Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo de su Espíritu. Lo común a todo bautizado es lo primero y prioritario, como afirma el Vaticano II en la visión de la Iglesia que él nos ofrece: «Todo lo que se ha dicho sobre el Pueblo de Dios se refiere sin distinción a los laicos, religiosos y clérigos» [8].

 

Este Pueblo de Dios, por su unión a Cristo y por la unción del Espíritu Santo, es en su totalidad signo e instrumento de la actuación salvífica de Dios [9] en cada tiempo y lugar. En las diversas circunstancias históricas está llamado a mostrarse al mundo como signo eficaz y anticipo de la salvación prometida a todos. Desde esa perspectiva hay que entender el carácter secular o «mundano», si se quiere, de toda la Iglesia. Ella hace presente en el mundo la realidad de una salvación que, por ser de Dios, trasciende al propio mundo. Ahí radica también la vocación de toda persona creyente y de la Iglesia, de vivir y actuar al estilo de Jesús, es decir, su modo peculiar de estar en el mundo sin confundirse con él[10].

Enviada toda ella a evangelizar

La secularidad, dimensión constitutiva de la lglesia

 

25.       La dimensión secular, por tanto, antes que una característica que afecta al laicado, alcanza a la totalidad de la Iglesia y se convierte en elemento constitutivo de la misma. Su inserción en el mundo muestra, por tanto, la condición normal de la Iglesia en la historia. Toda la Iglesia es secular en el sentido de que, nacida del plan de salvación de Dios, comparte la historia de Dios con la humanidad.

 

La comunidad cristiana nace y crece en el mundo, y es enviada al mundo como mensajera de la Buena Noticia, compartiendo y discerniendo los gozos y la esperanzas, las tristezas y angustias de las gentes, sobre todo de los pobres y afligidos[11].

La secularidad, es decir, la conciencia y la experiencia de «vivir en el siglo», en el mundo, ha de afectar a todos los miembros de la Iglesia, no sólo al laicado. El Vaticano II no desconoce esta realidad cuando afirma que incluso quienes optan por la vida religiosa «dan un testimonio magnífico y extraordinario de que sin el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios»[12]. Asimismo, los presbíteros tomados de entre los hombres y puestos aparte, en cierto modo, en medio del Pueblo de Dios no han de sentirse separados de él, sino que han de vivir como hermanos con los hombres y mujeres de su tiempo, sin ser ajenos a ellos y a sus condiciones de vida[13].

Toda la Iglesia, germen de unidad y de esperanza

26.       Desde esta perspectiva de la secularidad de todo el Pueblo de Dios, cada uno de sus miembros está llamado a ser, animado por el Espíritu, testigo e instrumento de la salvación en medio del mundo. La plena concepción de la Iglesia como Pueblo de Dios nos lleva a comprender más profunda y plenamente su dimensión secular básica. No es algo abstracto o indeterminado. Se realiza en grupos humanos concretos y perceptibles, en las comunidades cristianas, en las Iglesias particulares y en la Iglesia universal, formada por la comunión de todas ellas, en la que se actualiza la única Iglesia de Jesucristo. Ellas y sus miembros son quienes dan razón de la esperanza[14], actualizando con su vida el mensaje cristiano en las presentes circunstancias.

 

Todo el Pueblo de Dios, en la diversa variedad de los sujetos que lo integran, está llamado a ser germen de unidad y esperanza en el mundo entero, como instrumento de Cristo para la salvación[15], enviado como luz del mundo y sal de la tierra hoy y aquí[16]. Su carácter peregrinante en la historia muestra que está necesitado permanentemente de conversión y renovación. Ha de situarse en actitud de apertura y de diálogo, para poder captar así las llamadas de Dios a través de la realidad de nuestro mundo.

De este modo, la secularidad de la Iglesia, entendida como su presencia en la historia humana de cada momento y de cada lugar, arranca de su vocación de ser signo eficaz de la acción transformadora de Dios en nuestro mundo. Por ello, las Iglesias deben estar dispuestas a dejarse interpelar por la realidad, en la que ellas han de descubrir y realizar la voluntad de Dios.

La secularidad de la Iglesia al servicio de su misión

27.       La secularidad de la Iglesia, es decir, su apertura dialogante al mundo, constituye un signo y una garantía de fidelidad al Espíritu de Jesús, a la misión evangelizadora y al proyecto de salvación de Dios Padre. Una Iglesia cerrada al mundo o indiferente y ajena a él, puede adoptar fácilmente comportamientos sectarios o caer en el espiritualismo o en el clericalismo. EL Concilio Vaticano II no ve a la Iglesia como realidad desgajada del mundo, sino inserta en la vida de la gente y de los pueblos, peregrinante en la historia humana. No cabe entenderla como comunidad alejada de los problemas y de las inquietudes de las personas o insolidaria con la suerte del grupo humano en que vive. La causa del Reino de Dios que nuestras Iglesias anuncian y tratan de hacer visible no puede ser ajena a las causas humanas que en nuestra sociedad propugnan una mayor justicia y fraternidad. Toda realidad y actividad eclesial posee una referencia temporal y secular positiva, sonante y santificadora.

 

La Iglesia para el mundo, Iglesia en comunión

28.       El carácter laical o secular de la Iglesia ha de entenderse en el contexto de una eclesiología de comunión, que subraya la igualdad radical de todos los bautizados, su pertenencia a Dios y su participación en su plan de salvación[17]. Una concepción de la Iglesia basada unilateralmente en la jerarquía, reduciría al anonimato y a la pasividad a la mayoría del Pueblo de Dios y, en consecuencia, separaría o alejaría a la Iglesia del mundo. Por el contrario, una Iglesia que busque constituirse y aparecer como imagen del misterio de amor trinitario será en medio de nuestro mundo «como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»[18], respondiendo así a su vocación más profunda.

 

El laicado

29.       Desde la perspectiva de una Iglesia consciente de su secularidad es como mejor se comprenden la personalidad y la tarea propias del laicado. El descubrimiento de la dimensión secular de la Iglesia lleva directamente a reconocer y valorar en su justa medida, la identidad y responsabilidad específicas de la parte del Pueblo de Dios integrada por el laicado. Ello no significa que la Iglesia sea toda ella laicado, puesto que el Orden sacramental y sus ministros, que recuerdan y hacen presente permanentemente la presidencia y la mediación de Jesucristo, son también parte del Pueblo de Dios. Lo que tratamos de subrayar ahora es el peso especifico del laicado en una Iglesia toda ella enviada al mundo: «El carácter secular es propio y peculiar de los laicos (…), a quienes corresponde, por propia vocación, buscar el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios»[19].

 

La inculturación y el diálogo de la Iglesia con el mundo ha de realizarse sobre todo por medio del laicado. De ahí que el Vaticano II, preocupado por situar a la Iglesia en el mundo actual, subrayara especialmente el papel y la misión del laicado. Toda persona bautizada está llamada a reforzar la comunión eclesial, pero también a crear y consolidar la solidaridad humana, extendiéndola en toda la humanidad. Ello incluye el fomento de la corresponsabilidad, de la tolerancia y del diálogo en la comunidad, así como el discernimiento respetuoso de las opciones de cada bautizado en el orden temporal[20].

De este modo, la comunión eclesial, sin convertirse en un fin en sí misma, se orienta al servicio de la misión de la Iglesia. Dicho de otro modo, la Iglesia ha de realizar en sí misma la comunión, ya que ésta afecta directamente a la evangelización. El ejercicio de la comunión eclesial condiciona la misión evangelizadora, en la medida en que en ella se trasluce o ensombrece el mensaje cristiano.

Autonomía del mundo secular

30.       Afirmar la peculiar misión o tarea evangelizadora de los seglares en el mundo implica reconocer simultáneamente la secularidad propia de las realidades terrenas, es decir, la justa autonomía del mundo. Ello no significa la separación de Dios o la falta de toda referencia a El. Consiste en afirmar que el mundo posee leyes y valores que le son propios[21]. Leyes que hay que descubrir y aplicar. Valores que hay que discernir y realizar. La Iglesia reconoce y valora esta justa autonomía de las realidades temporales. Más aún, así entendido el mundo, creado por Dios y destinatario de su plan de salvación, se vuelve interlocutor de la Iglesia y mediación del Espíritu[22]. Esta laicidad o secularidad propia del mundo afirma su carácter autónomo como realidad creada, pero manifiesta también la necesidad que tiene de una salvación que le es imposible alcanzar por sus propias fuerzas.

 

Somos conscientes de la ambigüedad de lo real, que nos previene ante un optimismo ingenuo. Optimismo que no advierte los contravalores y las resistencias del mundo al plan de Dios. Pero nos impide también caer en una condena ligera de las realidades terrenas y en una visión pesimista del mundo, que sólo percibe en él peligros y amenazas para la fe cristiana. El discernimiento realista de los criterios, compromisos y actuaciones de la Iglesia y de los creyentes a la hora de entender su presencia en la sociedad, será la consecuencia que espontáneamente se ha de seguir de esta visión cristiana del mundo.

Tentaciones y posibles malentendidos

31.       Una actitud positiva de diálogo con el mundo ayuda a evitar algunas tentaciones presentes en la vida de la Iglesia. La primera es el eclesiocentrismo, que consiste en colocar a la misma Iglesia en el centro de su preocupación y actuación. Siempre, pero sobre todo en esos casos, hay que recordar que la Iglesia no se anuncia a sí misma, sino al Señor y sus promesas de vida eterna.

 

Esta tentación puede presentar formas más sutiles y disimuladas. No está ausente cuando, por ejemplo, nos mostramos más preocupados por la organización de nuestros grupos y comunidades que por el anuncio del Evangelio a los alejados y a los no creyentes y, en especial, a los pobres y necesitados, destinatarios preferentes de la Buena Noticia.

Solamente desde una postura individual y comunitaria de diálogo abierto y sincero con la cultura actual y con sus valores será posible superar el riesgo de caer en la tentación que denunciamos

Similar a la anterior, puede ser también la tentación del clericalismo. Consiste en imaginar a la Iglesia competente para dictar al mundo lo que ha de hacer en los asuntos temporales, a partir de su conciencia de poseer una verdad trascendente, válida para todos y para siempre. El Concilio nos invita y nos urge a escuchar las voces que se elevan desde los diferentes ámbitos de la existencia, para acoger la verdad escondida en ellos. En este sentido, recuerda a la misma Iglesia «cuánto tiene continuamente que madurar todavía en el cultivo de su relación con el mundo»[23].

Es tarea del Pueblo de Dios «auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, los diferentes lenguajes de nuestro tiempo y juzgarlos a la luz de la palabra divina, para que la Verdad revelada pueda ser percibida más completamente, comprendida mejor y expresada más adecuadamente»[24]. Valores de la cultura actual, tales como la libertad y la participación en la vida social o la conciencia creciente de la dignidad y el papel de la mujer, no pueden ser ignorados por la lglesia.

Este sincero reconocimiento de los valores humanos presentes en el mundo, que proceden también de Dios y de la acción de su Espíritu que opera en la humanidad, no nos impide ver con los ojos de la fe las deficiencias, los errores y las perversiones que se dan en todos los órdenes de la vida, como consecuencia de la debilidad humana, del olvido de Dios y de la soberbia de los hombres[25].

Finalmente, tampoco puede silenciarse el peligro cierto de confundir laicidad con laicismo, secularidad con secularismo, que ha llevado más de una vez a individuos y a grupos a relegar a la Iglesia al ámbito de lo puramente cultual y privado, y a rechazar cualquier relación de las realidades temporales con Dios y con el orden ético que deriva de la fe en El. La pérdida de este horizonte de trascendencia puede llevar fácilmente a interpretar cualquier forma de presencia de la Iglesia en los asuntos temporales como una indebida ingerencia, se trate de su magisterio doctrinal o de la pretendida actuación de los seglares, inspirada por su fe cristiana.

«Como el alma en el cuerpo»

32.       La Iglesia, peregrina en la historia, aguarda la plena manifestación de la salvación gratuita de Dios[26]. Comparte las condiciones de vida de las gentes, tratando de ser entre ellas anticipo de una humanidad reconciliada en sí misma y con Dios. Esperando la ciudad celeste, quiere implicarse en las causas justas que contribuyen a la venida de los nuevos cielos y la nueva tierra, sin desentenderse de su compromiso con el mundo. Su presencia en el mundo recuerda la distancia de éste respecto del Reino de Dios. A la vez, su carácter escatológico le empuja a descubrir y discernir las huellas de la salvación definitiva ya en el presente[27].

 

Así, los miembros de la Iglesia viven entre la encarnación y la distancia, la solidaridad y el contraste, el compromiso y la esperanza: «Lo que el alma es en el cuerpo, eso han de ser los cristianos en el mundo»[28].

III IDENTIDAD Y MISIÓN DEL LAICADO

33.       El texto bíblico que probablemente mejor recapitula lo sustancial de la comunidad cristiana y, en ella, la identidad del hombre y de la mujer laicos, así como la vocación a la que están llamados, es el que se refiere a la vida de la primera comunidad cristiana: «Todos ellos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles y en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. (…) Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno. (…) Alababan a Dios y se ganaban el favor de todo el pueblo. Por su parte, el Señor agregaba cada día los que se iban salvando al grupo de los creyentes»[29].

 

En este sumario se ofrecen los rasgos básicos del cristiano, el nacimiento y consolidación de una vocación laical. Así, aparecen la llamada por iniciativa gratuita del Señor, la atención a la enseñanza de los apóstoles, el aspecto comunitario de la fe, la fuerza de su testimonio, el espíritu de servicio y de solidaridad con los más necesitados, la necesidad permanente de formación y la dimensión orante y celebrativa de la existencia cristiana.

En este espejo del Nuevo Testamento han de mirarse las comunidades cristianas y sus miembros para cultivar y madurar su fe, su espiritualidad y sus opciones evangélicas, así como para afianzar su testimonio ante el mundo, sin confundirse con él[30].

Seguidores de .Jesús

Una llamada personal

34.       La primera característica que define a un cristiano laico es el hecho de seguir a Jesús. A éste sólo se le conoce siguiendo su llamada. Ahí está precisamente la fuente de toda vocación cristiana y también de la vocación de los laicos. Ellos han sido llamados, convocados, por Jesús. Esta prioridad de la llamada, en línea con todos los relatos de vocación del Antiguo Testamento, queda corroborada en los testimonios evangélicos en los que Jesús aparece invitando a su seguimiento a individuos concretos. Es Dios, en definitiva, quien nos ha amado primero[31] y quien nos ha elegido personalmente en Cristo[32].

 

Esta llamada de Jesús exige adoración y adhesión incondicional a su persona, fidelidad a su causa. Seguirle significa ponerse al servicio del Reino de Dios y prescindir de todo lo que aparta de él o compite con él como valor absoluto. La persona que sigue a Jesús vive segura de que en El ha encontrado el tesoro de su vida[33].

Experiencia filial y obediencia al Padre

35.       El perfil de todo creyente, hombre o mujer, se estructura básicamente a partir de la actitud de descentramiento que configuró la personalidad de Jesús: fidelidad a la voluntad de Dios, disponibilidad para el servicio del Reino y una existencia orientada desde la solidaridad hacia los demás, especialmente hacia los más pobres[34].

 

La existencia de Jesús se entiende desde la radicalidad de su experiencia filial de Dios y desde la sumisión incondicional a la voluntad del Padre. Presenta una unidad de vida en la que la relación con Dios le lleva a ahondar en la realidad cotidiana, a la vez que la apertura al mundo le impulsa a una mayor contemplación y a un diálogo más intenso con el Padre.

Manifiesta con palabras y gestos la predilección de Dios por los pobres, los enfermos, los marginados, los pecadores. Ilumina la vida desde la perspectiva de Dios, escrutando los signos de los tiempos, atento a las corrientes de esperanza y de liberación[35]. A partir de ahí, vive la aventura humana a la luz del Espíritu, en todas sus dimensiones y ámbitos: la salud y la enfermedad, el trabajo, la casa, la sinagoga, el lago, la calle, el descampado[36].

«Pasó haciendo el bien»

36.       Jesús comprende su vida desde la obediencia amorosa a Dios y el servicio a la causa de Dios, que es la de la humanidad y sobre todo de los miembros más débiles y necesitados. Ello le hace especialmente sensible y comprometido con la justicia y la fraternidad. Desde esa perspectiva adopta unos comportamientos completamente libres e insospechados para su tiempo: come con pecadores públicos[37], toca a los leprosos[38], cura en sábado[39]. Esta actitud queda reforzada en el caso de las mujeres: se deja acompañar por ellas[40], dialoga con la samaritana[41], libera a la adúltera[42] y se rinde ante el testimonio de la mujer cananea[43]. En definitiva, adopta ante la vida una actitud de descentramiento y de servicio, preocupado por la suerte del necesitado[44].

 

En una palabra, Jesús, «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con El»[45]. Esa docilidad al Espíritu le lleva a superar las tentaciones más profundas y comunes de todo ser humano[46], y a acabar en la cruz.

Seguimiento de Jesús y misión

37.       La llamada de Jesús a seguirle se orienta hacia un doble objetivo: estar con El y ser enviado a evangelizar[47]. La comunión con su vida y con su causa constituyen un polo fundamental de la existencia cristiana[48]. En la relación con Cristo está, por tanto, la fuente del ser y del obrar laical. Todo miembro de la comunidad cristiana es invitado a encarnar los sentimientos y actitudes de Jesús[49]. En definitiva, seguir a Jesús es identificarse con El, adherirse a su persona y dejarse configurar por El en la relación filial con Dios y en el amor y servicio al prójimo.

 

La comunión de vida con Jesús no puede separarse de la misión, esto es, del hecho de ser enviados por El. Es el otro polo fundamental de la existencia cristiana. Toda llamada suya va acompañada de una encomienda práctica[50]. Llama la atención la dimensión liberadora y sanante del envío, expresada frecuentemente en los evangelios por términos como «curar», «expulsar demonios» o «sanar». Es Cristo mismo quien envía a cada uno de los suyos a anunciar y practicar una fe sonante. Dicho de otro modo, el hombre y la mujer creyentes son llamados y enviados personalmente por El a colaborar en la construcción del Reino de Dios.

En virtud del Bautismo, el cristiano es incorporado a Cristo, animado por su Espíritu, constituido en sujeto integrante del Pueblo de Dios, con pleno derecho, y es enviado al mundo a anunciar de palabra y de obra el reinado de Dios. Por ello, la vocación al apostolado incluye a todos y a cada uno de los que componen el Pueblo de Dios[51]. Así, todo laico creyente constituye un modo de presencia de Cristo en el mundo. Por medio de los seguidores de Jesús, la salvación de Dios se hace presente en el mundo y entre nosotros.

Participación en el triple ministerio de Cristo

Cristo Sacerdote, Profeta y Rey

38.       El Concilio Vaticano II, recogiendo la tradición y el sentir de la Iglesia, define como laicos a «los cristianos que están incorporados a Cristo por el Bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo»[52].

 

Esta caracterización del Vaticano II da pie para una iluminadora visión del ser y del quehacer del laicado cristiano. Con todo, hay que tener en cuenta que no se trata de tres atributos separados entre sí, sino que guardan una estrecha relación mutua. El sacerdocio de Cristo no se reduce al culto, posee un carácter profético y su realeza se lleva a cabo en el servicio hasta la entrega total de la propia vida.

La incorporación a Cristo por el Bautismo confiere a la persona bautizada, en cuanto miembro de la Iglesia, la dignidad profética, sacerdotal y regia propia de Aquel. Por ello, el Vaticano II afirma que quienes integran el Pueblo de Dios «tienen la misma dignidad por su nuevo nacimiento en Cristo, la misma gracia de hijos, la misma vocación a la perfección, una misma salvación, una misma fe, un amor sin divisiones»[53]. Esta proclamación conciliar, que muestra que la participación en el triple ministerio se da a cada persona creyente en cuanto parte integrante del Pueblo de Dios y del Cuerpo de Cristo, no deja de ser un reto para nuestras Iglesias locales, que han de hacerla realidad en su praxis habitual.

Anuncio y testimonio

39.       La Iglesia es el Pueblo de Dios llamado, todo él, a proseguir la misión de Jesús de anunciar la Buena Noticia. Quienes formamos la Iglesia estamos llamados, según la condición de cada uno, a llevar a cabo esta encomienda recibida del Señor de anunciar su palabra y de dar testimonio de El[54]. Esta función profética la ejercita y despliega el creyente desde la experiencia de estar su persona poseída por la Palabra.

 

De este modo, en virtud de su dimensión profética, el hombre y mujer creyentes pueden asumir tareas y responsabilidades en el anuncio y educación de la fe y en la denuncia de las injusticias existentes en la sociedad y en la misma Iglesia, siendo testigos de esperanza.

Compete al Magisterio eclesial la responsabilidad de interpretar auténticamente la Palabra de Dios en todo tiempo[55]. Pero corresponde también al conjunto de los creyentes, en comunión con sus pastores, la penetración en el contenido de la revelación, su actualización de acuerdo con el momento histórico y cultural, así como la aplicación más concreta a las diversas circunstancias de la vida social y eclesial[56].

Sacerdocio de los laicos

40.       La función sacerdotal de Cristo, de la que participan los laicos cristianos, ha de entenderse a partir del sacerdocio de la Nueva Alianza, inaugurado y consumado por El. Toda su existencia constituye una ofrenda viva a Dios y adquiere así un carácter sacerdotal[57]. El es el sacerdote de la Nueva Alianza. Tras su encarnación, muerte y resurrección, todo bautizado tiene un acceso personal a Dios a través de Jesucristo, participando de su sacerdocio en la Iglesia, pueblo sacerdotal. Este sacerdocio del pueblo cristiano no es meramente simbólico, sino que se lleva a cabo realmente en la vida sacramental y especialmente en la Eucaristía[58], y está llamado a extenderse a la vida entera por medio del testimonio y de la práctica de las virtudes y de los valores evangélicos.

 

Los seglares ejercen su sacerdocio mediante la ofrenda de la propia vida en el contexto socio-cultural e histórico concreto de cada momento: «Todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor»[59].

El sacerdocio de los laicos se prolonga así en las acciones y compromisos transformadores de la realidad, personal y social, inherentes a toda acción evangelizadora. La vida entera se entiende e interpreta así, como ofrenda y entrega permanente, de manera que la Eucaristía se convierte en el eje, el alimento y la culminación de la acción evangelizadora personal y de toda la Iglesia[60]. La ofrenda de la propia vida se consuma en la Eucaristía, y, a la vez, ésta debe extenderse y prolongarse a todos los ámbitos de la existencia de la persona creyente, vividos en libertad interior frente a los poderes de este mundo.

Proclamar el señorío de Cristo

41.       La función regia de Cristo se realiza en el servicio y en la disponibilidad absoluta para la causa del Reino, en la plena sumisión a la voluntad del Padre. El laicado se coloca en esta misma perspectiva de servicio a Cristo y a los hermanos, en la paciencia y en el pleno ejercicio de la libertad conquistada sobre el pecado.

 

Por el Bautismo, cada creyente está llamado a proclamar el señorío de Cristo, a luchar contra el mal y la injusticia, a vencer al pecado presente en sí mismo, en los demás y en las estructuras, y a servir al Señor especialmente presente en los más débiles y necesitados[61]. Este oficio regio se ejerce en el proceso de liberación personal, comunitaria y universal inaugurado por la resurrección de Jesucristo, ordenado a la creación de una sociedad más justa, hecha a la medida del hombre.

Los seglares participan del ministerio regio de Cristo alentando en las relaciones y estructuras humanas el sentido de la justicia, deseos de paz y sentimientos de solidaridad y fraternidad[62]. Con sus obras, gestos y palabras, confiesan que Jesús es el único Señor de la vida y de la historia.

La marginación o el olvido de esta responsabilidad conduce a las comunidades y a sus miembros al abandono de un aspecto tan fundamental de la evangelización como es el compromiso por transformar la realidad, orientándola hacia el Reino de Dios.

Espiritualidad del seguimiento

Espiritualidad laical

42.       Los seglares se definen como seguidores de Jesús. Ello empuja a basar su espiritualidad en el seguimiento real de Jesús, común a todo bautizado. Reservar la dinámica propia del seguimiento sólo a algunos de ellos, equivaldría a desvalorizar el mismo Bautismo. Cabe, sin embargo, hablar de una espiritualidad específica del laicado, distinta de la que puede caracterizar a los presbíteros o a quienes han optado por la vida religiosa en sus diferentes formas.

 

Tal como lo proclama el Concilio Vaticano II, «todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor». Los seglares están llamados a seguir a Jesús y a acoger las exigencias del Evangelio con los rasgos propios de su condición laical, para alcanzar en ella la plenitud de la vida cristiana y la perfección del amor, que es vocación de todo bautizado[63].

Escucha de la Palabra y de la vida

43.       De la misma manera que no puede entenderse a Jesús prescindiendo de Dios Padre, principio estructurante y horizonte último de su mensaje y de su vida entera, tampoco cabe hablar de vida cristiana sin hacerla descansar en una relación filial confiada en Dios, en toda circunstancia. La persona creyente se identifica a partir de la escucha atenta y de la obediencia leal a la voluntad de Dios, expresada a través de su Palabra y de los hechos de la vida diaria. La contemplación del Dios de Jesús es así el punto de partida de todo estilo cristiano de vida, también del laical.

 

La actitud de acogida y docilidad a la Palabra de Dios se manifiesta, celebra y renueva de modo singular y preferente en las celebraciones sacramentales, principalmente en la Eucaristía. En ella, la Palabra se hace comida y bebida, entregada para ser asimilada, compartida y anunciada por cada uno de nosotros.

Radicalidad evangélica

44.       El seguimiento de Jesús lleva consigo, frente a un cristianismo de tipo convencional o «light», la exigencia de la radicalidad. La llamada apremiante de Jesús a seguirle exige plena disponibilidad. No es una llamada entre otras, sino la que da sentido último a la vida. Tomarse en serio el Evangelio, ser honesto en la respuesta, ha de ser tarea permanente de todo creyente.

 

La espiritualidad del seguimiento requiere también una solidaridad efectiva con los pobres, destinatarios preferentes del mensaje de Jesús. De esta manera, se superan posibles tentaciones intimistas o espiritualistas, incapaces de resistir la comprobación de la verdad de la respuesta dada por cada uno a la llamada apremiante del Señor Jesús. Esta opción por los desfavorecidos es beligerante, incluye la lucha contra la pobreza y sus causas, y conduce tarde o temprano al conflicto. Manifiesta también la centralidad de la cruz en el seguimiento de Jesús. Seguir a Jesús significa «complicarse la vida» en la lucha contra el mal y la injusticia.

Espíritu de las bienaventuranzas

45.       El seguimiento de Jesús está impregnado del espíritu de las bienaventuranzas, elemento de contraste permanente con los valores dominantes en nuestra sociedad. En un mundo en el que priman la competitividad, la agresividad, la apariencia o el consumo, los cristianos están llamados a encarnar valores tan profundamente evangélicos como son la misericordia, el perdón, la honradez y transparencia de corazón, la paciencia en situaciones adversas y la misma persecución.

 

Seguir a Jesús pide aunar mística y compromiso, contemplación y acción. La fe en el Resucitado tiene que impulsarnos a optar en toda circunstancia, por el Dios de la vida, siguiendo la trayectoria del Señor, que vino a dar vida en abundancia pasando por la propia entrega y la cruz[64]. Una fe que ha de alimentarse en la oración y en la contemplación del Dios presente en la historia, siempre mayor y más libre, que se da de modo gratuito.

El seguimiento de Jesús va más allá de la ética y del compromiso activo. Incorporar a la vida del creyente la experiencia de la acogida humilde y gozosa del Reino que Dios nos regala. La fe adquiere así una dimensión política en la lucha esperanzada por la justicia en favor de las personas y grupos maltratados y crucificados.

Transmisor de la Buena Noticia

46.       Unido a lo dicho, la espiritualidad cristiana ha de afirmar y transparentar el amor de Dios al mundo: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de El»[65]. Una espiritualidad netamente laical que descubre las huellas del amor de Dios en el mundo y se abre a la trascendencia, no puede presentar un talante amenazador o condenatorio, sino que ha de ser transmisora de una Buena Noticia para la humanidad.

Enviados al mundo

Evangelizar “por contagio»

47.       Los laicos, miembros de una Iglesia enviada al mundo como signo eficaz de la salvación y animados por el Espíritu, están llamados a descubrir y escuchar la voluntad de Dios, y a dar testimonio de su fe en todas las circunstancias de la vida. Ellos pueden y deben evangelizar, por así decirlo, por contagio[66]. A través de ellos, la fe se hace testimonio y éste no deja de provocar la pregunta por aquélla. En estos momentos en los que nuestras Iglesias son cada vez más conscientes de la urgencia de la evangelización, cada creyente, grupo y comunidad han de actualizar de modo creativo la dimensión del testimonio de vida como dato cristiano originario. No son las palabras y la doctrina lo primero de la evangelización, sino los gestos y las obras que hablan de una vida coherente con el Evangelio[67].

 

Presencia en la vida secular

48.       El campo propio, aunque no exclusivo, de la acción evangelizadora del laicado abarca los diferentes ámbitos de la vida secular: «el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento»[68].

 

En todos estos aspectos de la vida ha de hacerse presente el laicado de nuestras Iglesias. A los seglares, cuyo apostolado «es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia»[69], compete hacer presente el Evangelio en todos ellos, sin dejar de lado ninguno. Pero no es menos importante que sean ellos mismos quienes lleven a las comunidades cristianas y a la Iglesia particular propia las ilusiones, gozos, esperanzas y preocupaciones de la gente. Este camino de ida y vuelta es una de las características de la existencia cristiana laical. Se trata, al fin y al cabo, de vivir en el mundo con responsabilidad cristiana, enriqueciendo desde ahí la vida de la Iglesia.

La imposibilidad de que todos los cristianos puedan hacerse presentes en todos los ámbitos citados, simultaneándolo además con su papel activo en el interior de la comunidad cristiana, impone la necesidad de un compromiso preferente. Este será normalmente el resultado de un discernimiento o, lo que es lo mismo, de un planteamiento netamente vocacional. Más allá de los gustos y aficiones personales, cada persona bautizada habrá de preguntarse, en las diferentes circunstancias de su vida, por la voluntad de Dios sobre ella. En el momento actual nuestras Iglesias deberían prestar también una mayor atención a las vocaciones de presencia en la sociedad y establecer las ayudas necesarias para su discernimiento y realización.

Al servicio del bien común

49.       La misión evangelizadora incluye naturalmente la pregunta por la presencia pública de la Iglesia y de los creyentes. «La presencia pública de la Iglesia es una exigencia de su dimensión evangelizadora»[70], expresa una dimensión secular ineludible, y puede realizarse de diversas maneras. Los creyentes «de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común»[71]. También de esta manera hacen presente a la Iglesia en el mundo y buscan transformar la sociedad según el espíritu del Evangelio.

 

El Vaticano II llama a todos los fieles cristianos a servir al bien común de la sociedad, demostrando con su actividad y con sus comportamientos «cómo se armonizan la autoridad con la libertad, la iniciativa personal con la conjunción y cohesión de todo el cuerpo social, la unidad conveniente y la diversidad fecunda»[72]. En todo caso, la presencia pública de la Iglesia y de los creyentes ha de estar iluminada por el debido respeto a la justa autonomía de las realidades seculares y por una unción preferencial por los pobres y necesitados de nuestra sociedad.

Modo de estar en el mundo

50.       Queremos recordar ahora algunos principios que han de iluminar esta presencia del laicado en las realidades temporales.

 

Un primer elemento ha de ser la búsqueda y la realización de la síntesis entre la fe y la vida. No es éste un problema que afecta exclusivamente al laicado, pero en su caso presenta unos rasgos diferenciados. El hecho de que la mujer y el hombre laicos vivan inmersos en las realidades seculares, aumenta en ellos el riesgo de actuar en la vida cívica relegando a un segundo plano los criterios evangélicos que habrían de inspirarla. Por ello, hay que recordar una y otra vez que «no deben oponerse falsamente entre sí las actividades profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa, por otra»[73], a modo de dos líneas paralelas.

Por otra parte, el creyente no ha de estar presente en las realidades seculares sin más y de cualquier manera. Para que su presencia sea efectivamente evangélica ha de estar impregnada de un inequívoco compromiso transformador en favor de la justicia y la igualdad[74]. Ello lleva consigo una forma de opción preferente por los pobres y desfavorecidos como «signo evangelizador por excelencia»[75]. ¿Cómo proclamar si no, de modo fehaciente, que la Iglesia es sacramento de unidad?[76].

La presencia de los miembros de la comunidad cristiana en los compromisos personales o asociados de la vida socio-política ha de buscar también la animación de la vida de la propia Iglesia, a partir de las diversas experiencias positivas de diálogo y de acción con el mundo y la cultura. La necesaria inculturación del mensaje cristiano se convierte así no sólo en «ley de toda evangelización»[77], sino también en fuente de enriquecimiento y renovación de la propia Iglesia.

Miembros responsables y activos del Pueblo de Dios

Animados por el Espíritu, miembros de pleno derecho

51.       El Bautismo nos hace sujetos de pleno derecho de la comunidad de seguidores de Jesús, esto es, de la Iglesia, Pueblo de Dios peregrinante en la historia. En su seno recibimos y alimentamos la propia vocación de servicio incondicional al Reino de Dios que nos es propia. En esa comunidad cada uno de nosotros es objeto de la acción del Espíritu, que suscita las diversas vocaciones y carismas y otorga a cada bautizado, hombre o mujer, sus dones según quiere.[78]

 

Cada miembro del Pueblo de Dios está animado por el Espíritu que hace de él signo e instrumento vivo al servicio del Evangelio. Por el Bautismo, en el Espíritu, cada cristiano adquiere el título originario para participar en la misión evangelizadora de la Iglesia. A partir de él, contribuye a la evangelización, a la edificación de la Iglesia y al bien de la humanidad.

Diversidad de vocaciones, carismas y dones

52.       Las diversas vocaciones, carismas y dones del Espíritu constituyen una fuente inagotable de enriquecimiento y renovación para el mundo y para la Iglesia[79]. El padre y la madre que se responsabilizan de la educación humana y cristiana de sus hijos, la persona que busca acoger y escuchar, el que sabe fomentar el diálogo y mediar en los conflictos acercando a las partes, quien sabe reconocer su debilidad y desde ahí resultar sanante para el prójimo, el obrero que renuncia a parte de su salario y que lucha por unas condiciones dignas de trabajo para todos, el empresario que procura crear puestos de trabajo asumiendo riesgos y renunciando a otros beneficios, la persona enferma que vive y transmite su fe en circunstancias adversas, por citar algunos ejemplos, están, en definitiva, poniendo al servicio de los demás y del Reino de Dios los dones recibidos del Espíritu.

 

Toca especialmente a los responsables de la Iglesia, en sus diversos niveles, discernir v articular los diversos dones y carismas del Espíritu para bien de la comunidad y de la acción evangelizadora. Sin apagar las voces del Espíritu[80], a ellos corresponde buscar que cada persona bautizada sea fiel a su vocación y llegue a ser lo que en el Espíritu está llamada a ser: hija o hijo de Dios en plenitud. La realización de este discernimiento constituye uno de los aspectos más delicados del ministerio de los obispos y de los presbíteros en nuestras Iglesias y comunidades.

Ministerios laicales

53.       La responsabilidad de los fieles cristianos se concreta frecuentemente en servicios funciones o tareas públicas realizadas para la edificación de la comunidad cristiana. Cuando esos servicios públicos incluyen una responsabilidad por un tiempo continuado y son reconocidos oficialmente por la Iglesia, normalmente en el marco de una celebración litúrgica, adquieren el rango propio de los llamados «ministerios». Son servicios cualificados prestados a la comunidad y a su misión.

 

Entre los ministerios de la Iglesia merecen aquí especial consideración los «ministerios laicales», estrechamente unidos con los transmitidos por el sacramento del Orden, en el marco de una Iglesia que es, toda ella, ministerial[81]. Las Iglesias particulares pueden configurar estas formas ministeriales de servicio, de acuerdo con sus necesidades[82]. Concretamente la vida litúrgica, la transmisión de la fe y su cultivo, las estructuras pastorales y el servicio caritativo y de promoción social, son algunos de los campos que están demandando el impulso y reconocimiento de ministerios de carácter netamente laical. También en nuestras Iglesias creemos oír esta llamada a actuar de modo creativo y corresponsable en fidelidad al Espíritu que incesantemente nos alienta y renueva.

El ministerio ordenado, signo de unidad y de comunión

54.       La toma de conciencia de la existencia e importancia de los ministerios laicales ha de llevarnos a las comunidades cristianas y a sus miembros a situar en su adecuado lugar y a valorar debidamente la identidad de los ministerios ordenados, especialmente el episcopado y el presbiterado, como ministerio de unidad y comunión de los demás ministerios, servicios, y carismas. Por su misión propia de celebrar la Eucaristía en la persona de Cristo y de presidir a la comunidad cristiana, corresponde a los obispos y, con ellos, a los presbíteros, ser principio y signo visible de la unidad y comunión del Pueblo de Dios[83].

 

Por nuestra parte, cuantos hemos recibido el sacramento del Orden debemos ver en los ministerios laicales el complemento necesario, para así descubrir más profundamente la ministerialidad y servicialidad como elemento constitutivo de la Iglesia y de toda vocación cristiana.

Apostolado asociado

55.       Aunque cada persona bautizada toma parte individualmente en la misión evangelizadora de la Iglesia, y su labor apostólica personal es totalmente necesaria e insustituible[84], las diversas formas de apostolado asociado y organizado constituyen una expresión y un testimonio de primer orden de la experiencia comunitaria de fe y de su dimensión evangelizadora[85]. Este tipo de apostolado «responde adecuadamente a las exigencias humanas y cristianas de los fieles y es, al mismo tiempo, signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo»[86].

 

La multiplicación de iniciativas de apostolado laical de diverso signo es un gran regalo del Espíritu a las Iglesias particulares, para un mejor servicio a la evangelización. Al mismo tiempo, la organización surge también como respuesta a las necesidades de presencia misionera en medio de la sociedad, en orden a una mayor eficacia.

Queremos alentar esa rica pluralidad. En un momento en el que las tendencias de nuestra cultura occidental se inclinan claramente hacia la fragmentación y la privatización, más que hacia la participación organizada y corresponsable, la riqueza asociativa de la Iglesia cobra una dimensión profética, a la vez que reclama un mayor interés y esfuerzo a quienes forman la comunidad cristiana.

Con todo, no se nos escapa que el asociacionismo eclesial debe ser convenientemente discernido, ya que también puede llevar a la fragmentación de la comunidad cristiana, al distanciamiento de la Iglesia local o a la privatización de la vida de la Iglesia.

Relaciones del laicado con la Jerarquía

56.       El Concilio Vaticano II nos ofrece unas orientaciones muy precisas de lo que deben ser las relaciones del laicado con la Jerarquía de la Iglesia[87]. Las recogemos aquí de forma abreviada.

 

Derecho a la Palabra de Dios y a los sacramentos

Ante todo, se reconoce a toda persona bautizada su derecho a recibir de la Iglesia los dones de la Palabra de Dios y de los sacramentos. Ello no justifica, sin embargo, una administración y recepción indiscriminadas de éstos, sin una preparación conveniente y una recta disposición.

Derecho a manifestar sus necesidades, deseos y opiniones

Los creyentes tienen derecho a manifestar sus deseos y necesidades, con respeto y confianza; más aún, «en la medida de los conocimientos, de la competencia y del prestigio que posean, tienen el derecho e incluso, algunas voces, el deber, de expresar sus opiniones sobre lo que se refiere al bien de la Iglesia. Esto ha de hacerse, si llega el caso, a través de los organismos establecidos para esto por la lglesia»[88].

Este derecho del laicado será tanto más efectivo, cuanto mayor capacidad de escucha y acogida halle en los últimos responsables de las Iglesias y comunidades. Las relaciones entre pastores y fieles han de estar presididas por la familiaridad de trato, la libertad y la confianza, tal como lo indica el mismo Concilio.

Obediencia para fortalecer la comunión

Recuerda también a los laicos su deber de aceptar con obediencia cristiana las disposiciones y decisiones emanadas de los responsables de la Iglesia. Esta forma de actuar y la disposición interior en la que debe apoyarse son imprescindibles para el fortalecimiento de la comunión en el interior de nuestras Iglesias y comunidades, y también entre ellas y las demás Iglesias. La comunión eclesial se realiza inicialmente en la Iglesia particular propia, que tiene en el Obispo a su principal servidor y referente visible. Pero ella ha de contemplar también la comunión de las Iglesias, expresada en la unidad del Colegio episcopal presidido por el Papa.

Autonomía e iniciativa

Finalmente, el Concilio invita a los pastores a fomentar la dignidad y responsabilidad de los seglares en la Iglesia, respetando la autonomía de éstos y ofreciéndoles libertad de iniciativa. Para alcanzar estos objetivos habrán de ser necesarias tanto la libertad de las hijas e hijos de Dios para expresarse y su disposición a acoger las decisiones de los pastores, como la disposición de éstos para atender y discernir el pensamiento y la experiencia de quienes integran la comunidad cristiana, en la que actúa también el Espíritu que Jesús prometió enviar a su Iglesia.

Los Consejos pastorales, órganos de participación y corresponsabilidad

57.       Entre los cauces y organismos establecidos para posibilitar eficazmente la participación y responsabilidad de los seglares en la vida de la Iglesia, ocupan un lugar notable y de especial importancia los Consejos pastorales, tanto parroquiales como diocesanos. Muchos son los seglares que, juntamente con los presbíteros y los religiosos y religiosas, participan activamente en estos consejos, ejerciendo así una forma real de corresponsabilidad en la toma de decisiones relativas a la vida pastoral de la Iglesia particular.

 

Sería equivocado ver en esta afirmación de la corresponsabilidad de los laicos debidamente ejercida, una forma de impedir o limitar la misión que toca ejercer a los obispos y los presbíteros en la Iglesia y en las comunidades cristianas, derivada de su constitución jerárquica. La corresponsabilidad no significa merma de la identidad del ministerio pastoral ejercido por los obispos y los presbíteros. Ha de ser, por el contrario, la expresión de la leal y sincera voluntad de participar en la tarea y misión confiada por el Señor a toda la Iglesia, de evangelizar.

En un proceso de diálogo y escucha, con actitud libre y responsable, que no excluye el ejercicio de la crítica, participan todos los miembros de estos consejos en la búsqueda de lo mejor para la acción pastoral. Aunque los obispos y los párrocos deben promover la participación de los laicos en los procesos de búsqueda y preparación de las decisiones, habrán de ser ellos quienes, en definitiva, las tomen en el ejercicio de la propia responsabilidad pastoral[89]. La eficaz participación en los procesos previos a la toma de las decisiones facilitará, por otra parte, la recepción y puesta en práctica de éstas.

Al ministerio pastoral ejercido por los obispos y presbíteros toca acompañar el proceso de búsqueda, promoviendo y garantizando la libertad de todos los miembros de los consejos, discernir y decidir finalmente, desde el servicio a la unidad y el mayor bien pastoral, lo que se haya de hacer, mediante el ejercicio de la autoridad que deriva de su actuación como ministro de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia.

IV DESAFIOS PARA NUESTRAS IGLESIAS PARTICULARES

58.       En este último capítulo de la Carta no pretendemos agotar todas las posibles tareas y aplicaciones prácticas que se desprenden de lo dicho hasta ahora. Tratamos de ofrecer más bien, unas pautas de actuación que respondan a los desafíos que consideramos especialmente apremiantes en el momento actual, con el fin de valorar e impulsar la vocación y la misión del laicado en nuestras Iglesias.

 

Cultivo de la espiritualidad laical

Lo que entendemos por espiritualidad

59.       Al hablar de espiritualidad queremos significar la manera concreta de vivir la identidad cristiana encarnada en las circunstancias propias de la vida de un creyente o de un grupo de creyentes. Constituye un modo particular de vivir, según el Espíritu, la relación peculiar de la persona con Dios, con las actitudes y expresiones que ello conlleva. Es una mezcla de convicción y experiencia religiosa, de gracia y opción personal, que capacita para vivir y afrontar con fidelidad la propia vocación y misión en la Iglesia y en la sociedad.

 

La espiritualidad laical está enraizada en el misterio trinitario. Consiste en el seguimiento de Jesús de quien, movido por el Espíritu, camina en el mundo al encuentro del Padre, sintiéndose hija o hijo de El y hermano de los hombres y mujeres de la historia.

Hombres y mujeres de Dios

60.       El laicado está formado por hombres y mujeres de Dios. Entre nosotros es conocida esta expresión «hombre de Dios» como referida a un presbítero. En realidad debería ser válida para significar a toda persona creyente. En virtud de nuestra filiación divina, todos estamos llamados a ser hombres y mujeres de Dios.

 

Elemento central de la espiritualidad laical ha de ser la familiaridad con la Palabra de Dios y la oración personal. El laicado ha de responder a la invitación del Concilio Vaticano II a acceder a la Palabra de Dios mediante una lectura personal y habitual de la Sagrada Escritura. A través del contacto frecuente con ella, el creyente irá percibiendo que la verdad salvífica de Dios se transmite por un texto históricamente condicionado, pero de valor permanente, que ha de ser aplicado a la realidad del momento presente.

Con todo, hemos de ser conscientes de que para una buena parte del laicado, la única ocasión de acceder a la Palabra de Dios se da en la Eucaristía dominical. De ahí la necesidad de participar activa y conscientemente en ella y el deber de preparar cuidadosamente las celebraciones. Lo que afecta muy directamente a quienes la presiden. Se va extendiendo también en nuestras parroquias la costumbre de hacer entrega de los Evangelios a los que reciben el sacramento de la Confirmación. Su celebración ofrece un marco apropiado para fomentar en los jóvenes y en los demás miembros de la comunidad cristiana el trato asiduo con la Palabra de Dios.

Junto con el acceso directo a la Palabra de Dios escrita, la mujer y hombre laicos han de capacitarse para leer el libro de la vida secular y descubrir en él una nueva manera de escuchar la palabra que Dios les dirige, especialmente por medio de los «signos de los tiempos». La presencia del cristiano en el mundo no ha de consistir solamente en una colaboración humana para hacer que la sociedad sea más justa. Ha de ser también medio de encuentro con el Señor, lugar de contemplación de Dios, que hace avanzar su Reino en la historia[90]. Ahí radica la posibilidad de realizar una lectura creyente de la realidad, de descubrir, en los claroscuros del presente, las «semillas del Reino de Dios» y de orar, en fin, desde el corazón de la realidad secular.

Radicalidad de los valores evangélicos

61.       La espiritualidad laical está marcada por la radicalidad evangélica del seguimiento de Jesús. No es menos exigente que otras formas de vida cristiana. En sentido estricto, los valores evangélicos inherentes a la «vida religiosa» son comunes a la vida cristiana. También la persona laica está llamada a vivirlos en las circunstancias propias de su vida secular[91]. Todo creyente ha de plantearse su sexualidad, su afectividad y paternidad-maternidad a la luz del Evangelio, ha de usar de los bienes materiales atendiendo al espíritu de las bienaventuranzas, poniéndolos al servicio de los pobres y, a la hora de disponer de sí mismo, de su tiempo y de sus facultades, ha de ser obediente a la voluntad de Dios.

 

En ese marco de radicalidad evangélica adquieren su pleno sentido cristiano virtudes como la solidaridad con los más pobres, la misericordia con los que sufren, la capacidad de compasión y de perdón, la libertad ante el poder, la honestidad ante el dinero y en las relaciones personales, el desprendimiento y el servicio sin afán de dominio, la lucha incansable en favor de la justicia, la esperanza y la fortaleza de espíritu ante situaciones adversas, la disposición a cargar con la cruz propia y a compartir la de los demás.

Los mismos cristianos laicos y, con vosotros, la pastoral de nuestras Iglesias, debéis iluminar y fomentar la práctica de estos rasgos de la espiritualidad laical, lo que servirá para suscitar vocaciones netamente laicales en su seno. El urgente y necesario cultivo de las vocaciones al ministerio presbiteral y a la «vida religiosa» se entenderán así mejor desde la complementariedad de todas las vocaciones y desde el planteamiento de toda vida cristiana en clave vocacional. Todo ello ayudará a una mejor y más plena comprensión de la identidad de cada una de ellas.

Valoración y potenciación del apostolado individual

Cada bautizado, mediación de Cristo y presencia de la Iglesia

62.       El apostolado individual es absolutamente imprescindible para el anuncio del Evangelio y constituye la base de toda forma ulterior de evangelización. La acción evangelizadora y la responsabilidad apostólica individual del creyente es insustituible en la misión de la Iglesia. La persona bautizada está llamada a ser mediación de Cristo y presencia de la Iglesia en el mundo por su vida y su testimonio. Sean o no conscientes de ello, cada hombre y mujer cristianos dan en sus ambientes una mayor o menor credibilidad al mensaje cristiano.

 

La pastoral de nuestras Iglesias debe tratar de que cada persona bautizada no reduzca la confesión de su fe al ámbito cultual o a la práctica dominical, sino que englobe todos los aspectos y situaciones en las que se desenvuelve su vida. Habría que ampliar el contenido del término «practicante» más allá de la participación en la Eucaristía del domingo y hacer que abarque actitudes y comportamientos de la vida diaria coherentes con el Evangelio. De este modo, en la medida en que la fe ilumine la vida entera de cada creyente, se irá realizando también la necesaria inculturación del mensaje cristiano entre nosotros.

La atención al individuo concreto

63.       Para que todo ello sea realidad, salta a la vista la necesidad de que nuestras Iglesias y comunidades cristianas presten una especial atención al individuo concreto. Al hablar de la comunidad, no destacamos de modo suficiente la realización de las personas bajo la mirada atenta de Dios. En realidad, son ellas las primeras destinatarias de la evangelización. Esta reivindicación de la persona concreta por encima de cualquier otro objetivo, no significa una defensa del individualismo privatista o del espiritualismo, sino que indica el camino de la Iglesia a través del ser humano en su concreción histórica. Quisiéramos hacer una llamada a todos los agentes de pastoral para priorizar en su actividad y servicio el encuentro personal con la mujer y el hombre concretos, con sus ilusiones, proyectos, problemas y preocupaciones, en lugar de considerarlos componentes anónimos de un colectivo eclesial.

 

La insistencia en la importancia del apostolado individual, ha de llevarnos a todos a animar el compromiso cristiano de los creyentes en la familia y en la sociedad y a impulsar su presencia en los diferentes ámbitos de la vida pública y su participación como ciudadanos en iniciativas nacidas de la vida social. Iniciativas tan plurales como relativas a los centros educativos, los círculos de la tercera edad los movimientos por la paz, los sindicatos, las asociaciones de vecinos, los partidos políticos, las obras culturales o los grupos deportivos.

Presencia evangelizadora del laicado en el matrimonio y la familia[92]

El matrimonio y la familia, campo prioritario de acción evangelizadora

64.       La vida matrimonial y familiar es uno de los campos prioritarios de realización de la vocación específica de los laicos. El matrimonio y la familia tienen la virtud de condensar aspectos tan fundamentales de la existencia humana, como son el amor, el trabajo, la transmisión de la vida y la educación en los valores fundamentales, la convivencia, la comunitariedad y la relación personal. No extraña tampoco el hecho de que se dé una gran afinidad entre la comunidad familiar y la eclesial. El Concilio Vaticano II llamó a la familia una especie de «Iglesia doméstica»[93], y describió a la Iglesia como «familia de Dios»[94]. Sin embargo, a la vida conyugal y familiar no les prestamos hoy la debida atención en el conjunto de la actividad evangelizadora de nuestras Iglesias. Nuestras iniciativas pastorales manifiestan un cierto pudor o miedo a traspasar el umbral del hogar, como si éste no fuera lugar de anuncio y testimonio de la Buena Noticia.

 

Son numerosas las razones que justifican una presencia evangelizadora especialmente intensa en este ámbito, en el que el laicado ha de ser principal protagonista. Tales son la defensa y promoción de la vida, la educación de la fe y de los valores éticos coherentes con ella, la atención a los apremiantes problemas planteados hoy desde diversos ámbitos a las parejas, las repercusiones de la vida laboral en el ámbito familiar, la dignidad de la mujer. Todo ello hace que sea éste un campo muy apropiado para que la mujer y el hombre laicos vivan su experiencia cristiana y su compromiso transformador.

Urgencia de cuidar la pastoral matrimonial y familiar

65.       Los esposos y padres cristianos han de ver en la familia, en cuanto realidad eclesial básica que es, la primera escuela de vida cristiana: en ella se viven y transmiten valores tan fundantes como el sentido de trascendencia, el conocimiento de la persona de Jesús, la actitud orante, la solidaridad con la persona que sufre o siente necesidad, la gratuidad en las relaciones o el respeto a la dignidad de todo ser humano.

 

Nuestras Iglesias y parroquias han de cuidar una pastoral matrimonial y familiar que ayude a vivir el seguimiento de Jesús en el ámbito familiar. En concreto, han de tratar de consolidar la estabilidad del hogar, promover la educación cristiana de los hijos y la atención a la fe de los mismos padres, y estimular el crecimiento conjunto en valores humanos y cristianos.

Por otra parte, es éste un campo en el que los creyentes se encuentran frecuentemente con la experiencia del sufrimiento, del fracaso y de la cruz, tanto en la vida propia como en la ajena. El dolor de parejas en crisis o que viven separadas, el sufrimiento provocado por embarazos no deseados, no pueden dejar indiferentes a la comunidad cristiana y a sus miembros. Nuestras Iglesias y comunidades han de invertir esfuerzo e imaginación a la hora de acercar la mirada misericordiosa de Dios a quienes viven su matrimonio en medio de grandes dificultades o han experimentado el fruto amargo del fracaso. Hemos de reconocer que con frecuencia tendemos más a la condena que a la cercanía propia del buen pastor. La creación de centros de acogida y orientación puede ser un excelente medio para actualizar la presencia de un Dios solidario con los problemas y el dolor de sus hijas e hijos.

Participación en el apostolado asociado

Razón de ser y objetivos

66.       La rica pluralidad de formas de apostolado asociado existente en la Iglesia es para los seglares una invitación a participar en la acción evangelizadora de la Iglesia, de acuerdo con su vocación y su compromiso preferente[95]. Las comunidades locales y sus responsables han de dedicar su esfuerzo a la promoción y atención de asociaciones, grupos y pequeñas comunidades que dinamicen y multipliquen su vigor evangelizador. En ellos han de encontrar los cristianos espacios de acogida y libertad para poder nutrir su fe, ganar en profundidad y coherencia en el seguimiento de Jesús, contrastar su praxis a la luz del Evangelio, crecer en espíritu comunitario y renovar su servicio a la misión evangelizadora[96].

 

Las asociaciones, grupos y comunidades ya constituidas no deben olvidar que adquieren su pleno sentido en la medida en que sirven a la evangelización de los individuos concretos y de la sociedad. Su misma existencia está ya indicando el carácter comunitario del ser humano, y responde a la necesidad que de ahí se sigue de vivir compartiendo con otros creyentes la salvación de Dios y la entrega a la acción evangelizadora.

Al tener esta acción evangelizadora de los cristianos y de la Iglesia una inseparable dimensión temporal, las diversas iniciativas de apostolado laical deben alentar con especial interés la presencia y el compromiso de sus miembros en la vida social. Asimismo, es conveniente que los mismos grupos como tales se planteen, según su identidad y vocación, y con el respeto debido a la libertad de opción en materias temporales, su incidencia en la vida civil y su contribución a la construcción de una sociedad más justa y solidaria, en definitiva, más conforme al Reino de Dios.

Discernimiento y coordinación

67.       La Iglesia particular es el marco propio para el diálogo y el discernimiento de las diversas manifestaciones del apostolado asociado. La mutua relación y la coordinación de las diversas asociaciones, comunidades y grupos apostólicos en la Iglesia particular no ha de darse únicamente por razones prácticas o de eficacia. Obedece a razones teológicas de comunión eclesial y constituye un importante signo de credibilidad de la Iglesia en el anuncio del Reino.

 

Corresponde a la Delegación de Apostolado Seglar o al organismo diocesano correspondiente, la responsabilidad de animar el apostolado asociado así, como la coordinación del mismo, para caminar hacia la consecución de un laicado adulto en nuestras lglesias.

La Acción Católica

68.       Los obispos fuimos especialmente invitados por el Concilio Vaticano II, a promover la Acción Católica en nuestras diócesis. «Ella, en sus diversas realizaciones, tiene la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de ‘los laicos de la diócesis’, como organismo que articula a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana»[97]. Deseamos que, entre nuestras prioridades pastorales, esté también presente el impulso a la Acción Católica. Consideramos que el método de la revisión de vida, por ella utilizado, es un instrumento válido para ayudar a ver la vida entera a la luz de la fe e impulsar la acción evangelizadora.

 

Cultivo de la pastoral de ambientes

69.       Considerar al laicado como principal agente de evangelización, exige prestar la debida atención a la llamada pastoral de ambientes. Ella es la forma que mejor expresa la vocación de presencia transformadora de los cristianos laicos en la sociedad[98]. Para asegurar su identidad propia, esta pastoral ha de tener en cuenta las dimensiones esenciales de la evangelización (testimonio, anuncio, denuncia, transformación, comunión eclesial), ha de adecuarse a los criterios evangélicos de actuación política (defensa de la vida y de los demás derechos humanos, prioridad de la persona, solidaridad y apoyo de las justas reivindicaciones) y ha de estar animada por el espíritu de las bienaventuranzas[99].

 

Señalamos, a continuación, algunos de los campos más significativos, abiertos a esta pastoral de ambientes.

El mundo del trabajo

70.       Aunque en la actualidad el mundo obrero ha evolucionado respecto a los condicionamientos que le han marcado en otras épocas, sigue siendo un sector de particular importancia humana y social y de renovado interés para la Iglesia. A pesar de las diversas iniciativas y de los esfuerzos realizados, la Iglesia y su mensaje siguen siendo extraños para este medio social. Las estructuras generadoras de pobreza y marginación inciden sobre él con particular fuerza. El paro obrero sigue siendo una llaga lacerante de nuestra sociedad. El trabajo juvenil carece frecuentemente de las mínimas garantías exigidas por la dignidad humana.

 

Todos deberíamos preguntarnos sobre los efectos sociales de nuestros comportamientos económicos, laborales y profesionales. Nuestras Iglesias han de ayudar a los cristianos presentes en los medios obreros a cultivar su conciencia de responsabilidad obrera y su solidaridad con cuantos carecen de trabajo o lo realizan en condiciones precarias. Asimismo, han de fomentar la participación en las organizaciones obreras y la identificación con sus causas justas, para asumir los retos planteados a la evangelización en este ámbito.

El ambiente obrero sigue siendo lugar prioritario de evangelización. El laicado está llamado a hacer llegar a él el mensaje liberador del Evangelio y, a su vez, tiene la responsabilidad de llevar a la Iglesia la problemática, las preocupaciones y las conquistas del mundo obrero[100].

Los ámbitos profesionales

71.       Nuestra sociedad ha propiciado la aparición de nuevos ámbitos profesionales en los que desarrollan sus actividades productivas personas asalariadas que, sin embargo, no encajan en la clásica descripción del «obrero». Ahí se contemplan, entre otros, los técnicos, los profesionales cualificados, los enseñantes o los sanitarios. Se trata de un sector social con gran influencia en la creación y consolidación de las pautas culturales. Especial influencia social ejercen, a nuestro juicio, los intelectuales y los profesionales de la educación, de la enseñanza y de los medios de comunicación, situados en virtud de su tarea en uno de los lugares más delicados para el futuro de nuestra sociedad.

 

Los mismos profesionales han de ser los primeros en tomar conciencia de esta nueva realidad, a fin de actuar según criterios de justicia y de solidaridad humana y evangélica. Pero también nuestras Iglesias habrán de esforzarse en ofrecerles el mensaje del Evangelio, que inspire la respuesta cristiana a la problemática propia de ámbito profesional correspondiente.

El medio rural

72.       Aunque con características propias y diferenciadas, el medio rural existe en todas nuestras diócesis. La convivencia en pequeños núcleos de población, característicos del medio rural, al mismo tiempo que llama a desarrollar la solidaridad en la vida cotidiana, genera también una presión ambiental que frena, muchas veces, la manifestación de las propias convicciones o compromisos personales, incluso en la vida religiosa.

 

En estos ambientes perviven muchas tradiciones inspiradas por la religiosidad popular, al mismo tiempo que se experimenta, al igual que en otros medios, su profundo cambio de estilos de vida y de valores culturales. Todo ello enfrenta a los cristianos con el grave reto de afirmar o recuperar la autenticidad de las expresiones religiosas, más allá de la rutina o la pura costumbre.

Por otra parte, la vida de las comunidades cristianas en muchos de nuestros pueblos rurales está marcada por una dependencia pasiva de las iniciativas y servicios que les ofrecen sus pastores. De hecho, muchos laicos, mujeres y hombres, desarrollan en ellos diversos servicios con abnegación y perseverancia.

Los seglares, debidamente capacitados y apoyados por sus pastores, están llamados a revitalizar la acción evangelizadora de la Iglesia en este ámbito social. Existen ya realidades esperanzadoras, tales como el desarrollo de algunos ministerios desempeñados por laicos, la promoción de servicios de acogida y atención a trabajadores temporeros, el impulso de iniciativas de solidaridad misionera y de promoción social con el tercer mundo, la participación en la animación social y cultural del propio medio.

La juventud

73.       El laicado joven no sólo permite vislumbrar e incluso anticipar, en cierto modo, la Iglesia del futuro, sino que está configurando ya la Iglesia en el presente. Se trata de la parte de la comunidad cristiana que más vivamente experimenta la condición de la Iglesia en el mundo actual y los grandes retos planteados a la evangelización.

 

Los jóvenes cristianos, aunque se saben minoría entre sus contemporáneos, se ven seriamente interpelados por una misión evangelizadora que les desborda, sienten la necesidad de una evangelización adaptada a la mentalidad y cultura actuales, viven en su propia carne los avances y las dificultades de una inculturación más profunda y renovada de la Iglesia en la sociedad actual, esperan la revitalización de las comunidades cristianas. Son cada vez más conscientes de que la principal responsabilidad de la evangelización del mundo juvenil recae sobre ellos.

Constatamos con gran alegría que muchos de los mejores esfuerzos pastorales de nuestras Iglesias locales han sido destinados a la juventud. Hemos de mantenernos en esa línea, buscando que los jóvenes de nuestras comunidades se hagan cada vez más presentes en sus propios ambientes, conscientes de que ahí también se hace presente el Reino de Dios y se realiza su participación en la misión evangelizadora de la Iglesia.

El mundo estudiantil

74.       La mayor parte de la juventud de nuestra tierra es estudiante, con un elevado número de universitarios. Son también estudiantes, en su inmensa mayoría, quienes nutren nuestros catecumenados juveniles o se responsabilizan directamente de la animación de la pastoral de juventud en calidad de catequistas o monitores. Sin embargo, esta entrega y presencia en el interior de la comunidad cristiana no encuentra a menudo su complemento en el testimonio y la participación en actividades, grupos y organizaciones propias del mundo estudiantil. Esta dislocación entre lo confesado en el ámbito eclesial y la falta de presencia activa en lo que ocupa la mayor parte de su tiempo, acaba llevando frecuentemente a estos jóvenes a un divorcio real entre la fe y la vida.

 

Por ello, a la vez que reconocemos su dedicación y su compromiso eclesial, les invitamos a plantearse su modo de estar como cristianos en el ambiente que les afecta tan directamente, es decir, el de la Universidad y los centros de enseñanza. Ahí están llamados a ser testigos del Resucitado y a colaborar en la venida del Reino de Dios mediante la participación en iniciativas que tratan de crear un mayor clima de auténtica libertad, fraternidad y solidaridad.

Los ámbitos de marginación

75.       Necesitamos mantener y reforzar una presencia significativa de la Iglesia en los diversos ámbitos de marginación y pobreza extrema. Gracias a la dedicación de instituciones eclesiales y, de un modo especial, de Cáritas y de familias religiosas dedicadas a obras de carácter asistencial y de promoción social, la conciencia de cuantos constituimos la Iglesia se ha hecho mucho más sensible en este campo. La aparición de nuevas bolsas de pobreza en el que llamamos «cuarto mundo», constituye un verdadero reto para la sociedad y también para las comunidades cristianas. El laicado está jugando ya un papel importante en el mundo de la marginación.

 

En orden a promover una presencia mayor del laicado de nuestras iglesias en este campo, queremos sugeriros: la promoción de un voluntariado cada vez más consciente y mejor preparado; la creación de grupos de apoyo o referencia que ayuden al voluntariado a mantener el espíritu de su trabajo y a hacer de él una auténtica experiencia de fe; la coordinación de las valiosas iniciativas Ya existentes.

Inspiración de la cultura por los valores evangélicos

76.       Hemos hecho ya alusión a la importancia que tiene el ejercicio de ciertas actividades profesionales en la creación de la cultura. Queremos volver sobre este tema de la cultura desde una perspectiva más general, aunque no es éste el objeto directo de esta Carta Pastoral. Los modos de sentir, de pensar, de actuar y de relacionarse con los demás, están fuertemente condicionados por factores culturales. Estos actúan a favor o en contra de la realización personal, valorada desde una sana visión integralmente humana. Los mismos modos de situarse las personas ante el hecho religioso y los valores ético-morales, no son ajenos a factores e influjos culturales.

 

Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a un ambiente cultural en el que apenas se tiene en cuenta la existencia de Dios o su presencia activa en la historia de la humanidad. En los medios públicos se excluye hasta la misma mención de Dios. Se confunde la no confesionalidad del Estado con la exclusión de cualquier referencia religiosa en la vida pública.

Los hombres y las mujeres que constituyen el laicado de nuestras Iglesias experimentan también, como no puede ser de otra manera, el influjo de los medios y ambientes culturales en los que se mueven. Ellos son sujetos receptores, pero son también, consciente o inconscientemente, creadores de cultura. Los cristianos tenemos la responsabilidad de que nuestra sociedad recupere con normalidad y con paz la memoria de Dios, incluso por medio de signos y usos religiosos auténticos, respetuosos y veraces.

Queremos ofreceros algunos puntos para la reflexión y actuación en relación con ciertos aspectos de la cultura, que centran particularmente la atención de los hombres y mujeres de nuestra sociedad.

a)      En favor de una cultura de la solidaridad

 

Solidaridad y crisis socio-oconómica

77.       Los creyentes, por nuestra mera condición humana natural, estamos llamados a vivir en fraternidad y en solidaridad con los hombres y mujeres del entorno en el que vivimos, y también con los del mundo entero. Esta exigencia natural es confirmada y elevada a cotas superiores de comprensión y de vigencia en la visión cristiana de una humanidad que, en Cristo, constituye la familia de los hijos e hijas de Dios. La expresión de que «todo hombre es mi hermano» es mucho más que una fórmula retórica o una aspiración utópica. Los cristianos creemos que es expresión de la más profunda realización de la socialidad humana, anticipada realmente aunque imperfectamente, en el Cuerpo de Cristo.

 

Pero la situación actual de crisis socio-económica, provocada por un modelo económico de signo capitalista-neoliberal que se va imponiendo con una rígida disciplina, nos enfrenta con realidades muy dolorosas, cuya expresión más significativa es el paro. Son realidades que parecen dar al traste con esa vocación a la fraternidad. Frente a los valores humanos y religiosos de la solidaridad, se va adueñando de nosotros, con un rigor que parece fatal, una cultura de insolidaridad deshumanizante, alimentada por el consumismo, el enriquecimiento fácil y el vacío ético-moral.

Actuar ya desde ahora

78.       No podemos dejarnos engañar por la ilusión de creer que está en nuestras manos el logro de un inmediato giro cultural en el orden económico-social. Pero existe ya ahora la posibilidad y también la urgencia evangélica de actuar desde los imperativos de una eficazmente deseada cultura de solidaridad. Comportamientos así no sólo dignifican y ennoblecen a las personas, sino que señalan puntos de referencia a los que la humanidad no debe renunciar. Compartir los bienes económicos, promover formas de producción más responsables y participativas, asumir la limitación de los propios ingresos en aras del bien común, distribuir mejor los recursos escasos, entre ellos el trabajo, pueden ser la expresión de una seria y eficaz voluntad de hacer un mundo inspirado por valores más humanos, solidarios y fraternos.

 

Dimensión universal de la solidaridad

79.       Por otra parte, el mundo en el que vivimos nos ofrece medios técnicos eficaces para dar a la solidaridad un alcance de dimensiones universales. Podemos conocer desde cerca la realidad de la pobreza y de la miseria que existe en muchos países. Existen cauces para hacerles llegar las ayudas pertinentes. Se abren, cada vez más, las puertas a prestaciones personales de diversas formas de voluntariados. La acción misionera de la Iglesia viene prestando también en el mundo entero, junto con el anuncio del Señor Jesús, servicios de todas clases por la vía de la asistencia y la promoción social. Los seglares cristianos colaboran en ellos, y participan también en organizaciones no gubernamentales. Los seglares cristianos se ponen así del lado de una cultura de la solidaridad, inspirados por la opción preferencial por los pobres ante la que nos sitúa el mensaje de Jesús.

 

b)      Fomentar la cultura del diálogo y de la paz

 

Conflictos y cultura de la violencia

80.       Vivimos en una sociedad fuertemente penetrada por el conflicto. El pluralismo propio de una sociedad libre y participativa deriva frecuentemente hacia múltiples formas de confrontación que van más allá de las legítimas tensiones. El conflicto se hace presente en múltiples ámbitos de la vida social. Aunque sea el conflicto político el que más se deja sentir por el recurso que en él se hace a la violencia, también existen fuertes conflictos en el mundo económico y cultural. En una sociedad así, el criterio de la eficacia para el logro de los objetivos pretendidos, al margen de la valoración ética de los medios utilizados, tiende a imponerse como algo habitual. Se va difundiendo, de manera más o menos confesada, una cierta forma de cultura de la violencia.

 

La conciencia cristiana y la misma razón humana no pueden dar por buena esta forma de entender la vida social y el progreso humano. La bondad y la justicia de los objetivos buscados debe juzgar también acerca de la honestidad de los medios utilizados. La fuerza del más poderoso no es garantía de la justicia de la causa por él defendida. Los pobres y los débiles son los más perjudicados por la violencia impuesta como forma generalizada de actuación.

Promover una cultura de diálogo y de paz

81.       Frente a la cultura de la violencia, todos estamos llamados a promover una cultura de diálogo y de paz en la justicia. Debe hacerlo la Iglesia en los diversos niveles de su ser y de su actuar comunitarios, siendo consciente de que también ella misma está afectada por las tensiones y los enfrentamientos de la sociedad. Los cristianos llevamos a nuestras comunidades, aun sin darnos cuenta de ello, el peso de las incomprensiones y divisiones que vivimos en el mundo de las relaciones político-sociales. Aun siendo ello así, no podemos olvidar que solamente superando en el Espíritu lo que legítimamente pueda separarnos y enfrentarnos, podremos ser signo sacramental de una humanidad reconciliada y pacificada. Las comunidades cristianas habrían de ser ellas mismas espacios de diálogo y de reconciliación, con la mirada puesta en la unidad del amor que es promesa del Reino de Dios. La presencia de los laicos en la sociedad no debe ignorar la experiencia de la paz, compartida en las comunidades cristianas con quienes sienten, piensan y actúan de manera diferente. En mayor o menor medida, todos tenemos la posibilidad de ser portadores de esta cultura de diálogo y de progresiva pacificación a nuestra sociedad, de forma individual o agrupada. Es éste un campo abierto a múltiples formas de testimonio cristiano, inspirado en el espíritu de las bienaventuranzas del Señor, vivido en libertad, incluso si ello ha de suponer padecer reacciones sociales capaces de originar sufrimiento y persecución.

 

c)      Por el reconocimiento pleno de la dignidad humana de la mujer

 

Especial sensibilidad actual ante el problema

82.       La cultura actual muestra una particular sensibilidad por el tema de la dignidad humana de la mujer y por el pleno reconocimiento de sus derechos humanos. Esa sensibilidad no es igualmente compartida por todos los ciudadanos. Existen quienes piensan que el ánimo reivindicativo que presentan, en ocasiones, ciertos grupos y movimientos feministas debe ser objeto de un juicio valorativo más preciso y ajustado a la realidad.

 

No es objeto directo de esta Carta Pastoral entrar en el estudio directo de este tema en toda su complejidad y profundidad. Tampoco sería acertado, a nuestro juicio, hacer generalizaciones de carácter absoluto y universal, como si todas las situaciones fueran equiparables. Con todo, se debe afirmar la verdad de que la situación de la mujer en las sociedades concretas del mundo actual, impregna fuertemente su cultura y es, ella misma a la vez, consecuencia de esa cultura.

Por ello, tal como sucede en otros aspectos de la vida, también la cultura de los diversos pueblos en relación con la mujer, ha de ser objeto de una severa crítica para abrirse a una progresiva superación que facilite el pleno desarrollo de las posibilidades y riquezas inherentes a su dignidad humana y a la propia condición de mujer. Ello sería un bien para cada una de las personas, pero supondría también un notable enriquecimiento para la humanidad entera.

En favor de la promoción integral de la mujer

83.       La presencia activa del laicado cristiano en acciones y movimientos en favor de la promoción integral de la mujer puede ser una aportación muy valiosa para esta causa, digna en sí misma y portadora además de esperanza, cara a un futuro de mayor igualdad y participación de todos, mujeres y hombres, en un proyecto humano común. La iluminación que deriva del mensaje de Jesús para garantizar la recta comprensión de la dignidad humana y del sentido de la existencia, debería ser una de las aportaciones más valiosas que los cristianos podemos hacer, frente a desviaciones ideológicas que pueden ir en contra del objetivo de una más plena dignificación de la mujer.

 

Queremos añadir, finalmente, en relación con este tema, que también las comunidades cristianas y la misma Iglesia tienen que estar abiertas a las justas repercusiones que en su seno tienen estos planteamientos de raíces culturales, que venimos haciendo. La mujer presta un apoyo de valor inapreciable en la pastoral de nuestras comunidades. Su participación en los órganos de corresponsabilidad eclesial, al menos de derecho, no debería ser inferior a la de los hombres.

La necesidad de una adecuada formación

El reto de la formación y capacitación del laicado

84.       Una mejor comprensión de lo que es el laicado como parte básicamente constitutiva del Pueblo de Dios y de lo que supone su participación en la misión de evangelizar propia de la Iglesia, nos lleva ineludiblemente a plantearnos el reto de su adecuada formación y capacitación. Pero si queremos ser coherentes con la apreciación de que el laicado lo forman no sólo quienes aparecen unidos a actividades propias de los llamados «agentes de pastoral», sino también la generalidad del Pueblo de Dios, la exigencia de formación ha de tener horizontes más amplios que los que pudiera sugerir una capacitación especializada para la prestación de algunos servicios.

 

Necesitamos plantearnos, una y otra vez, la urgencia de una permanente educación de la fe, abierta a todos los que mantienen alguna relación o contacto con nuestras parroquias y comunidades. No hemos de renunciar a hacer ofertas educativas generales, aun cuando la demanda sea débil y la respuesta inferior a nuestros deseos o expectativas. Quizás habríamos de utilizar también mejor las posibilidades que nos puedan ofrecer los instrumentos públicos de comunicación.

Una formación especializada

85.       La formación del laicado y su capacitación para la misión que le es propia exige, además de lo dicho, formas más especializadas de actuación. Es importante que nuestras Iglesias pongan a disposición del laicado múltiples servicios ideados para cumplir esa finalidad; pero de poco servirían, si a ello no se uniera el deseo de utilizarlos por parte de los laicos a quienes se dirigen. Sois vosotros mismos, mujeres y hombres, jóvenes y adultos, quienes debéis tomar la iniciativa responsable en la demanda de los instrumentos y servicios necesarios para vuestra formación cristiana y pastoral.

 

Nuestras diócesis vienen ofreciendo cursos de formación básica de la fe, sobre la que pueda apoyarse una capacitación más particularizada o especializada según las diversas actuaciones pastorales. Se trata de una formación que contempla la globalidad de la persona creyente que alcance, más allá de la formación puramente intelectual, a la experiencia de una vida cristiana integral. La dimensión celebrativa-oracional no puede estar ausente de ella.

La condición propia del laicado, proveniente de su natural inserción en el mundo de las experiencias y relaciones seculares, pide que su formación esté encarnada en su contexto sociocultural propio. La participación en asociaciones seculares con fines socio-culturales diversos hace especialmente necesaria esa peculiar formación laical. No podemos ignorar la fuerza que la dinámica propia de la acción y las mismas ideologías demuestran tener para adecuar a ellas la fe y los comportamientos. La fe cristiana puede dejar de ser la referencia última de los criterios y de las actuaciones.

Saber estar en el mundo, conservando la identidad propia del cristiano, y saber escuchar las llamadas de Dios que de ese mismo mundo brotan, ha de ser un objetivo de esta formación propia del laicado.

V ALGUNAS CONCLUSIONES OPERATIVAS

86.       Os hemos escrito esta Carta Pastoral, queridos diocesanos, movidos por el deseo de iluminar y afirmar mejor la identidad propia del laicado de nuestras Iglesias particulares y en orden a potenciar también su participación en la misión evangelizadora. Creemos que su lectura detenida y la reflexión que sobre ella podáis hacer, puede seros útil para sentiros más insertos en vuestras Iglesias particulares, parroquias y comunidades. Las sugerencias y llamadas hechas en la Carta pueden también dar lugar a diversas iniciativas, adecuadas a las circunstancias concretas de cada lugar, tanto a niveles diocesanos como a otros niveles.

 

Ello no impide, sin embargo, que los Obispos que os escribimos, os presentemos algunos objetivos particulares, dentro de la materia propia de esta Carta Pastoral, a los que creemos conveniente dar prioridad. Su aplicación a cada diócesis concreta habrá de adaptarse, como es natural, a los planteamientos pastorales propios de cada una de ellas.

 

87.- Podríamos formularlos en los siguientes términos:

–                     Potenciar la formación integral básica de los seglares que han de asumir responsabilidades pastorales y la capacitación especializada para su actuación en los diversos campos de la acción pastoral.

–                     Valorar más la acción evangelizadora de los seglares en el ámbito familiar, mediante una mayor atención prestada a la formación integral de los esposos y a su capacitación para la función educativa que han de desarrollar.

–                     Animar y sostener la presencia de los seglares en los grupos, movimientos y asociaciones de carácter secular, en orden a una más activa inspiración de las realidades temporales por los valores evangélicos, y a un testimonio más fidedigno de la propia fe cristiana.

–                     Ejercer desde la instancia diocesana correspondiente, cuál podría ser la Delegación de Apostolado Seglar, las funciones de discernimiento y coordinación de las diversas formas de apostolado seglar asociado.

–                     Fomentar la acción evangelizadora de los laicos, mediante grupos, movimientos y asociaciones laicales y, en particular, por medio de la Acción Católica tanto general como especializada.

–                     Avanzar en la constitución de los Consejos pastorales parroquiales y, en su caso, de las Juntas parroquiales, con el fin de ofrecer cauces operativos de corresponsabilidad seglar en el ámbito de la ordenación y de la actuación pastoral.

 

88.       No queremos ignorar las dificultades que encierra la realización de la acción evangelizadora de la Iglesia, también para vosotros los seglares, en el actual clima socio-cultural. En la primera Carta conjunta que os dirigimos el pasado día 10 de febrero, así lo reconocíamos. Por ello, queremos terminar esta nueva Carta Pastoral con las mismas palabras que entonces os escribíamos: «Sin duda, vosotros y nosotros, encontraremos dificultades en el servicio a la misión evangelizadora de la Iglesia. Pero son más fuertes las razones para la alegría y la esperanza. Nuestra confianza está puesta en el amor y el poder de nuestro Señor Jesucristo. Abramos nuestros corazones a la esperanza. Acojamos sinceramente la llamada y los dones del Señor. Si en algo tenemos otros sentimientos, pidamos humildemente al Señor que renueve nuestros corazones con la fuerza de su Espíritu y haga de cada uno de nosotros, según la vocación a la que hemos sido llamados, los fieles servidores del Evangelio que el Señor quiere y nuestros hermanos esperan de nosotros».

 

Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, a 19 de marzo de 1996 Festividad de San José

 

+ Fernando, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

+ Ricardo, Obispo de Bilbao

+ José María, Obispo de San Sebastián

+ Miguel, Obispo de Vitoria Carmelo, Obispo Auxiliar de Bilbao

 

 

 

 

[1] Carta conjunta a los fieles cristianos de las Diócesis de Pamplona-Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, de 10 de febrero de 1996.

[2] Las referencias a los documentos del Magisterio de la Iglesia se harán mediante la siguientes siglas: AA = Concilio Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de los laicos, Apostolicam actuositatem. AG = Concilio Vaticano II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad gentes. DV = Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la divina Revelación, Dei Verbum. GS = Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes. LG = Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium. PO = Concilio Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum Ordinis. SC = Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium. CDC = Código de Derecho Canónico. EN = Pablo VI, Exhortación apostólica sobre la Evangelización en el mundo contemporáneo, Evangelii nuntiandi (1975). LE = Juan Pablo II, Carta encíclica sobre el trabajo humano, Laborem exercens ( 1981). CFL = Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, Christifideles laici (1988). CLIM = Conferencia Episcopal Española, Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo. Lineas de acción y propuestas para promover la corresponsabilidad y participación de los laicos en la vida de la Iglesia y en la sociedad civil (1991). ETI = Carta Pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Evangelizar en tiempos de increencia (Pascua de Resurrección, 1994). RF = Carta Pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Redescubrir la familia, (Pascua de Resurrección, 1995).

[3] Los términos «laico/a» y «seglar» no son totalmente idénticos. Sin embargo, se utilizarán indistintamente en esta Carta Pastoral. El término latino «christifideles laici», utilizado profusamente en la Exhortación papal del mismo nombre, es más rico y preciso que su versión castellana «los fieles laicos».

[4] CLIM 148.

[5] Cfr. San Agustín, Serm. 340, 1: PL 38, 1483, recogido en LG 32.

[6] Cfr RF nn 3-35.

[7] Entendemos por «mundo» lo que el Concilio Vaticano II (GS 2) llama «mundo de los hombres, es decir, toda la familia humana con la universalidad de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia del género humano, marcado por su destreza, sus derrotas y sus victorias, el mundo que los fieles cristianos creen creado y conservado por el amor del Creador, colocado ciertamente bajo la esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, una vez que fue quebrantado el poder del Maligno, para que se transforme, según el designio de Dios, y llegue a su consumación”

[8] LG 30.

[9] Cfr LG 1.

[10] Cfr. Jn 17, 14-18.

[11] Cfr GS 1.

[12] LG 31.

[13] Cfr. PO 3.

[14] Cfr. I Pe 3, 15.

[15] Cfr. LG 1 y 19.

[16] Cfr. Mt 5, 13-14.

[17] . Cfr. LG 4; AG 2.

[18] LG 1.

[19] LG 31.

[20] Cfr. GS 92.

[21] Cfr. GS 36.

[22] Cfr. GS 44.

[23] GS 43.

[24] GS 44.

[25] Cfr. Rm cap. 1 y 2.

[26] Cfr. Rm 8, 19-22.

[27] Cfr. LG 48; GS 39.

[28] Carta a Diogneto, 6, recogido en LG 38.

[29] Hch 2,42-47.

[30] Cfr. Jn 17,9-18

[31] Cfr. 1Jn 4, 19

[32] Cfr. Ef 1, 4-6.

[33] Cfr. Mt 13, 44-46.

[34] Cfr. GS 22 y 32.

[35] Cfr. Mt 16, 3-4.

[36] Cfr Mc 1, 16-45.

[37] Cfr. Mt 9 10; Lc 15, 2.

[38] Cfr. Mc 1, 41.

[39] Cfr. Mc 3, 1-6; Lc 13 10-17.

[40] Cfr. Lc 8, 2-3.

[41] 41. Cfr. Jn 7, 26.

[42]  42. Cfr. Jn 8, 3-11.

[43] 43. Cfr. Mt 15, 21-28.

[44] 44. Cfr. Lc 10, 25-37.

[45] 45. Hch 10, 38.

[46] 46. Cfr. Mt 4, 1-11.

[47] 47. Cfr. Mt 3, 14.

[48] 48. Cfr. Lc 9, 57-62; 22, 28; Jn 15, 5.

[49] 49. Cfr. Flp 2, 5; 1 P 1, 15-16; 1 Jn 2, 6.

[50] 50. Cfr. Mc 3, 14-15; Lc 9, 1-2; 10, 2-12; Mt 10, 1; Jn 20, 21-23. 51. Cfr. AA 1. 52. Cfr. LG 31. 53. LG 32.

[51] 50. Cfr. Mc 3, 14-15; Lc 9, 1-2; 10, 2-12; Mt 10, 1; Jn 20, 21-23. 51. Cfr. AA 1.

[52] 52. Cfr. LG 31.

[53] 53. LG 32.

[54] 54. Cfr. LG 12 y 31.

[55] 55. Cfr. DV 10.

[56] 56. Cfr. GS 91.

[57] 57. Cfr. Hb cap. 5-10.

[58] 58. Cfr. LG 10.

[59] 59. LG 34.

[60] 60. Cff. SC 10.

[61] 61. Cfr. Mt 25, 31-46.

[62] 62. Cfr. LG 36.

[63] 63. LG 40.

[64] 64. Cfr. Jn 10, 10.

[65] 65. Jn 3, 17.

[66] 66. Cfr. LG 33; CFL 15.

[67] 67. Cfr. EN 21.

[68] 68. EN 70.

[69] 69. LG 33.

[70] 70. CLIM 49.

[71] 71. CFL 42.

[72] 72. GS 75.

[73] 73. GS 43.

[74] 74. Cfr. EN 18 y 30-31.

[75] 75. ETI 100.

[76] 76. Cfr. LG 1.

[77] 77. GS 44.

[78] 78. Cfr. 1 Co 12, 11, recogido en LG 12.

[79]  79. Cfr. 1  Co 12, 7.

[80] 80. Cfr. 1 Ts 5, 19.

[81] 81. Esta última afirmación no debe entenderse en el sentido de que cada miembro del Pueblo de Dios recibe una encomienda ministerial, sino que se refiere al hecho de que toda la comunidad cristiana está llamada a prestar al mundo el servicio de ser sacramento de salvación (cfR. LG 1, 9 y 48).

[82] 82. La Exhortación apostólica EN se refería al ministerio de la «catequesis, animadores de la oración y del canto, cristianos consagrados al servicio de la Palabra de Dios o a la asistencia de los hermanos necesitados, jefes de pequeñas comunidades, responsables de movimientos apostólicos u otros responsables» (n. 73), concediéndoles gran valor para la implantación, la vida y el crecimiento de la Iglesia. La CFL, por su parte, dice que «cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo exija, los pastores, según las normas establecidas por el derecho universal, pueden confiar a los fieles laicos algunas tareas que, si bien están conectadas a su propio ministerio de pastores, no exigen, sin embargo, el carácter del Orden» (n. 23).

[83] 83. Cfr. LG 23. 84. Cfr. AA 16. 85. Cfr. CLIM 96. 86. AA 18. 87. Cfr. LG 37. 88. Ibid. 89. Así lo establece la normativa de la lglesia, tanto para los Consejos pastorales diocesanos (CDC can. 511 y 514, § I ) como para los Consejos pastorales parroquiales (can. 536, §§ 1 y 2).

 

[84] 84. Cfr. AA 16.

[85] 85. Cfr. CLIM 96.

[86] 86. AA 18.

[87] 87. Cfr. LG 37.

[88] 88. Ibid.

[89] 89 Así lo establece la normativa de la Iglesia, tanto para los Consejos pastorales diocesanos (CDC can. 511 y 514, § 1), como para los Consejos pastorales parroquiales (can. 536, §§ 1 y 2).

[90] 90. Cfr. CFL 15.

[91] 91. Cfr. LG 42.

[92] 92. En RF. nn. 70-104, podrán hallarse desarrollos más amplios de los puntos tratados en este apartado.

[93] 93. LG 11.

[94] 94 LG 32; GS 40.

[95] 95. El documento CLIM, en su n 92 ofrece la siguiente tipología, para analizar los valores y problemas del fenómeno asociativo en el momento actual:

 

v     “movimientos de laicos», cuyo fin primordial es la formación de cristianos laicos, con una vivencia cristiana y eclesial profunda;

v     «movimientos de espiritualidad», cuyo fin es dar a conocer y definir una espiritualidad particular o fomentar una vida más santa o promover el culto público;

v     «nuevos movimientos», que promueven especialmente la vivencia de un aspecto particular del misterio de la Iglesia, como la unidad, Ia comunión, Ia caridad…

 

[96] 96. Cfr. AA 18.

 

[97] 97. CLTM 95.

[98] 98. Cfr. EN 18.

[99] 99. Cfr. CLIM 55.

[100] 100. Cfr. LE 8.

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