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UNA ESPIRITUALIDAD LAICAL

 

La espiritualidad

Divagues sobre el ser del laico en la Iglesia

UNA ESPIRITUALIDAD LAICAL

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Estamos ante una expresión ambigua. Un laico “muy espiritual” podría significar a un hombre o mujer que vive en las nubes, poco preocupado por las cosas de este mundo material. O alguien que reza mucho, que es “muy devoto”. Cerramos los ojos y nos imaginamos su cara, sus poses, sus actitudes dentro y fuera del templo.

Pero la expresión puede apuntar a una manera propia del laico de plantarse ante el mundo, la socie­dad, la familia, la política, la economía.

Un ejemplo claro del capítulo 1 del Evangelio de Lucas.

Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote, llamado Zaparías, del grupo de Abías. Cuando fue el turno de su grupo, le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Se le aparece “el ángel del Señor”, expresión que equivale a una teofanía. Ante su desconfianza queda mudo hasta que acepta ponerle el nombre de Juan a su hijo. Desatada su lengua pro­rrumpe en un cántico de bendición, típico de la piedad hebrea de su tiempo. Le recuerda a Dios la promesa hecha a los padres y ruega de acuerdo a los intereses de su espiritualidad sacerdotal recordando a Dios su santa alianza y el juramento que juró a Abraham nues­tro padre, de concedernos que, libres de manos enemi­gas, podamos servirle sin temor en santidad y justicia delante de él todos nuestros días.

El foco de interés de un sacerdote es el culto, su máxima aspiración es poder servir a Dios en el templo, libres de aquello que pone obstáculos al servicio coti­diano del templo “en santidad y justicia”, cumpliendo todas las normas rituales.

María también entona un cántico, y también le recuerda a Dios la misericordia mostrada en favor de Abraham y de su linaje por los siglos. Pero las preocu­paciones de una “laica”, por añadidura pobre, están muy lejos del culto y de sus normas de santidad. Como ayuda memoria para Dios, a quien no se atreve a pedir nada, le recuerda sus gestas a favor de los oprimidos. Desea ver a Dios desplegando la fuerza de su brazo, dis­persando a los que son soberbios en su propio corazón, derribando a los potentados de sus tronos y exaltando a los humildes, colmando de bienes a los hambrientos y despidiendo a los ricos sin nada.

Al plantearnos el tema de la espiritualidad laical nos preguntamos acerca de si es o no posible describir, delinear la identidad del laico en la iglesia.

UNA COSMOVISIÓN

La espiritualidad es una de las maneras, junto con la cultura y la religión, de plantarse frente a la realidad.

En primer lugar ser laico implica un modo de entender, de ver y de pensar y de pensarse, un modo de concebir al hombre en el mundo: cosmos, sociedad, familia… Una verdadera espiritualidad, en cuanto cosmovisión, termina elaborando sus propios dogmas, axiomas indiscutibles. Por empezar, la espiritualidad de un laico tendría que partir de una primera premisa: existen muchas maneras de ser y de pensar la realidad. En principio no tiene que pensar el mundo con categorías de ortodoxia y heterodoxia. Un laico no es un eremita, corno el Hijo del hombre come y bebe, y es amigo de publicanos y pecadores (Lc 7, 34).

Una espiritualidad laical teje una manera propia de entender a Dios y de relacionarse con él, tiene que ser capaz de elaborar un típico culto que la define, una serie de ritos, de símbolos, maneras específicas de relacionarse con lo absoluto. Un laico no adora a Dios en un templo, como adorador verdadero adora al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean. los que le adoren (Jn 3,21.24).

Es una espiritualidad de lo profano, de lo banal, lo cotidiano, lo “sin sentido”, lo que puede definirse, que tiene límites precisos, explicaciones racionales, lo pere­cedero, lo que envejece, se enferma, se deteriora, muere. El laico vive lo profano, que es manipulable, que puede ser concebido, inventado, confeccionado y manoseado por el hombre.

El laico experimenta a Dios en un espacio profa­no, en la ciudad gris, monótona, sin sorpresas, donde todo siempre es igual y previsible. Una casa es una ca­sa, una esquina es una esquina y un árbol es un árbol. Es el espacio que se deteriora, descascara, se envejece, se derrumba, se desertiza o se vuelve bosque salvaje.

El laico adora a Dios en un tiempo profano, tiem­po histórico, pronosticable. Mañana sale el sol, en el verano hace calor, la noche es oscura y el día claro… El tiempo profano inevitablemente envejece, deteriora, debilita, mata.

Una espiritualidad laical es propia de una persona “normal”, intrascendente, sin sentido especial para la comunidad y para su historial. Puede pasar desapercibido y sin incidencia. Su espiritualidad es totalmente previsible: los laicos comen, duermen, trabajan, comercian, se casan, tienen hijos… mueren y en ese entra­mado arman su espiritualidad. Por propia vocación buscan el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir; en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida (LG 31).

La espiritualidad no es sólo una manera de plantarse ante la realidad, de entenderse y entenderla en relación. No es sólo un pensar de modo peculiar a lo absoluto trascendente. Es un entendimiento dirigido a la acción. Es un modo peculiar de hacer, de construir la realidad y por lo tanto, es también un sistema de valores, una moral, una ética que hace que actitudes, acciones, comportamientos, sean juzgados como buenos o malos, cuino mejores o peores.

La espiritualidad del laico implica una ética laical, al estilo de Jesús, que no fue sacerdote ni monje: sienten hambre y comen sin pensar en permisos y licitud: viven aquello de misericordia quiero, que no sacrificio (Mt 12,1-8). Saben distinguir lo que es del César y lo que es de Dios (Mt 22,15-22). La moral laical no tiene que preguntar acerca de si es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez, de destruirla, simplemente hace el bien, por más que sea “sábado” (Lc (8, 6-11).

Tiene que llegar a ser una espiritualidad de adultos, que se sienten con el derecho y, en algún caso, la obligación de manifestar su parecer sobre aquellas co­sas que dicen en relación al bien de la Iglesia; asumen sus tareas espontáneamente, sin esperar órdenes de las autoridades, tienen que buscar obrar con aquella libertad que a lodos compete dentro de la sociedad tem­poral (LG 37). El laico, en cualquier profesión y oficio sabe defender la justa autonomía que le corresponde (GS 36), es decir, no vive dependiendo de la autoridad de los profesionales de lo religioso, tiene que llegar a la mayoría de edad en la Iglesia como en la sociedad.

Para los teólogos cristianos monjes y clérigos, Dios es ágape, caritas, amor donativo y desinteresado, amor que Escoto llama “casto”. Para Tomás de Aquino Dios ama sin pasión y no ama lo distinto a sí mismo.

 

Para un teólogo laico de los siglos XIII-XIV, Nico­lás Cabasilas, Dios está dominado por un eros loco. Dios es un loco de amor erótico. Me sorprendió mucho cuan­do lo leí, lo introduje -con algo de temor- en mi manual de Teología fundamental… hasta que vi que Benedicto XVI lo empleaba en su encíclica “Dios es amor”.

El Nuevo Testamento nunca emplea la palabra eros: de los tres términos griegos relativos al amor -eros, philia (amor de amistad) y agapé-, los escritos neotestamentarios prefieren este último. El amor de amistad (philia) es aceptado y profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Je­sús, sus discípulos, los pecadores, las prostitutas, los cobradores de impuestos. Los griegos consideraban el eros ante todo como un arrebato, una «locura divina» que prevalece sobre la razón, que arranca al hombre de la limitación de su existencia y, en este quedar es­tremecido por una potencia divina, le hace experimen­tar la dicha más alta.

Eduardo Galeano en una serie de grajeas que publicaba en la contratapa de un semanario se lamenta: El dios de los cristianos, Dios de mi infancia, no hace el amor Quizás es el único dios que nunca ha hecho el amor, entre todos los dioses de todas las religiones de la historia humana. Cada vez que lo pienso, siento pena por él. Dios está solo, es un solo, solo por toda la eternidad.

Benedicto responde que los profetas han descrito la pasión de Dios por su pueblo con imágenes eróticas audaces. En los textos bíblicos el eros forma parte del corazón de Dios: el Todopoderoso espera el “sí” de sus criaturas “como un joven esposo el de su esposa”. Como el eros es la fuerza que hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos a los que aman, la cruz es la máxima expresión del eros loco de Dios.

LA REALIDAD

Toda experiencia humana tiene que ser situada, confrontada, entendida, experimentada en relación con lo que llamo “realidad”. Realidad es todo lo que no soy yo, “lo” otro, lo que no es el sujeto que mira, piensa y hace lo real atora de sí. Un partícula quarc, el átomo, la célula, el animal, la planta, el ser humano, las razas, las sociedades, los estados, las ciudades, el planeta, el siste­ma solar, la galaxia, el cosmos… yo mismo, el otro, Dios.

La realidad es un texto cifrado y de difícil lectura. Aún la más pequeña y banal realidad cotidiana es de por sí un misterio. Misterio en el sentido paulino del término, es decir, realidad que exige ojos para ver, aceptación vital, identificación práctica… La realidad se nos presenta siempre como arcano, como enigma, como superficie que nos ofrece sorpresas en su interior, en las profundidades, en lo recóndito. La historia va revelando lo velado…

Toda lectura de la realidad es relativa. Una des­codificación de la realidad y su consecuente interpreta­ción es legítima solamente en relación a otras lecturas, complementada con otros ángulos de visión, respetuosa de la intransféribilidad de toda experiencia humana: toda visión de la realidad es un punto de vista y la vista de un punto.

Nos acercamos a la realidad con cierta precomprensión de la misma, fruto de la experiencia, de la educación y del medio ambiente y hasta de la misma genética. Por lo cual, para leer la realidad tenemos necesidad de una clave de lectura, o sea de una llave que permite abrir la puerta y adentrarse en el recinto de la realidad. Para descifrar un objeto tenernos que encontrar la llave que abre el candado que impide su comprensión.

Por ejemplo, la genética es una de las ciencias más recientes, que han revolucionado tanto el conocimiento como la manipulación de la naturaleza. El hombre con­siguió desentrañar los códigos genéticos de los seres: el descubrimiento equivalió a encontrar una nueva clave de lectura, una llave capaz de abrir nuevas puertas que posibilitan no sólo saber más, sino dominar mejor.

Si un científico hace pasar su lectura de la realidad solamente por la genética y no abre también otras puertas, con otras llaves que permitan otros acercamientos, otros puntos de vista, el resultado puede resultar peligroso para la vida en el planeta. En ese caso ética y estética, sicología y religión, sociología y política… todo sería mera consecuencia de los códigos genéticos impresos en las especies. La literatura escrita y filmada de ciencia ficción abundó sobre el terna. Creo que el ejemplo vale para captar la importancia de una correcta descodificación de la realidad.

Un ser humano puede ser descodificado, y por lo tanto leído y rehecho, con diversas claves de lectura. Pongamos otros ejemplos. Supongamos que utilizamos una llave hermenéutica bioquímica: el hombre será visto como una serie de compuestos y consecuentes re­acciones químicas, lo cual es correcto, aunque parcial. Análogamente es factible el uso de una llave antropológica, ética, o ecológica, siempre parciales.

Hay realidades que proporcionan claves de lectura más englobantes, como la cultura, la fe, la espiritua­lidad… más abarcadoras de la totalidad… pero siempre fragmentarias. Una misma realidad, al ser leída desde códigos diversos, se abre a nuevos sentidos, en princi­pio complementarios.

Si en realidad es posible hablar de un código, o una serie de códigos que definan la espiritualidad de un laico, si hay una manera específica de relacionarse como laico con la realidad, son los mismos laicos los que tienen que dar una respuesta.

CONOCER LA REALIDAD

La persona y el grupo leen lo real, es decir, lo pa­decen, lo hacen, lo interpretan, con la carga hereditaria del propio pasado. Cuando adquirimos un conocimiento ya poseemos conceptos y prejuicios previos. Conocer es siempre interpretar en contra o a favor de los conocimientos y experiencias vitales anteriores.

Una pretensión de objetividad aséptica sería fruto de la ingenuidad o de la no objetividad intencional.

Para conocer necesitarnos la mediación de modelos, paradigmas, fórmulas, construcciones mentales e ideas. Es por estas mediaciones que, inevitablemente captamos lo real. Estos parámetros son proporcionados por la cultura-sociedad, no son productos privativos y exclusivos del individuo. Estos indicadores permiten conocer y operar sobre la realidad, pero, al enmarcarlas, limitan el ámbito del conocimiento y de la acción.

“Conocer” es también, siempre y de alguna manera, un “hacer”-“ser hecho”. Una manera de entender y ser entendido es -inevitablemente- una manera de construirse, construir y ser construido.

Estos códigos, a la vez que hacen posible leer-hacer lo real, delimitan -ineluctablemente- el horizonte de comprensión, determinan el ángulo de visión, parcializan el resultado de la lectura y consecuentemente el resultado de la acción.

Los códigos aparecen como sistemas: no se nos presentan aislados, como mónadas, sino orgánicamente, como esquemas interpretativos y operativos, o sea, como “paradigmas”.

Son sistemas hermenéuticos que provienen de la praxis y conducen a la praxis.

Estos sistemas, a su vez, se presentan organizados, sistematizados, dentro de esquemas de compren­sión más englobantes que, de modo genérico, podríamos llamar cosmovisiones.

La cosmovisión, pre-comprensión orgánica de la realidad, es condición sine qua non de todo conocimiento y de toda realización.

Estas posturas globales poseen diversos niveles de profundidad interpretativa y operativa y ámbitos más o menos extensos de comprensión-acción.

La cultura, fruto de la experiencia, de la educación y del medio ambiente y hasta de la misma genética, es una de las cosmovisiones básicas de la experiencia humana.

Habitualmente definimos la cultura como el modo de ser, de sentirse y de entenderse de un pueblo, de un grupo humano con identidad histórico-geográfica.

Un pueblo se distingue de otro por los diversos paradigmas que utiliza la propia comunidad histórica para entender, sentir, construir y valorar los datos de la realidad.

Hoy estamos inmersos en un proceso de universalización que afecta inevitablemente al planeta, transformado en una aldea global.

La espiritualidad es la organización peculiar de los paradigmas amplios de la cultura o religión. Define a un movimiento que posee una sistematización propia de los paradigmas comunes, siempre dentro de una cosmovisión más amplia.

Por lo tanto, es evidente que no podemos hablar de una espiritualidad laical unívoca, universal, válida para todos los tiempos y para todas las geografías… para todas las economías.

LUGAR SOCIAL

Uno de los axiomas fundamentales: los paradigmas no nacen de la mera especulación teórica de un grupo de intelectuales desinteresados. El que se sienta en la mesa del patrón a tomar bebidas finas no tiene los mismos paradigmas para interpretar un conflicto obrero, que quien se sienta en la mesa del peón, a soportar un vino barato.

El lugar geográfico-social es determinante en la elaboración de los paradigmas. Este es un dato privilegiado en la hermenéutica y praxis latinoamericana.

El lugar social de los pobres reales, el lugar social de los ricos reales, son horizontes hermenéuticos de un pensamiento y una acción contradictorias.

Los paradigmas dominantes son producto de la lectura de la realidad hecha por las clases dominantes. Sea como fuera que se llamen -clase, estamento, casta…- los que se apropiaron de la cultura, del dinero y del poder elaboraron los paradigmas de la actual cultura pretendidamente global, omniabarcante y definitiva.

En esta aldea global de miles de millones de habitantes, un puñado de hombres se ha adueñado del poder de decisión sobre la producción, el intercambio, la distribución y el consumo de los bienes -tanto materiales como culturales como espirituales- necesarios para la supervivencia de la comunidad.

Esta ínfima minoría establece los paradigmas pa­ra entender la realidad y por ende para justificarla. A su servicio están los hacedores de paradigmas.

Los comunicadores, los pensadores, los científicos y los expertos en política y economía, los artistas y los profesionales de la religión y de la teología están -mental y geográficamente- situados en ambientes social­mente cercanos a los grupos dominantes, usufructuando sus privilegios. Los fabricantes se encuentran muy lejos de los ambientes y de las condiciones de vida de los consumidores de paradigmas.

Los paradigmas no son ya, corno en los pueblos antiguos, una producción comunitaria. Están en manos de especialistas (sociólogos, analistas políticos, teólogos, artistas, comunicadores, etc.), que se apropian de la producción de paradigmas, faena que tendría que ser propia de la comunidad.

El común, el pueblo de a pie, queda, pues, reducido a la condición de consumidor pasivo de las interpretaciones elaboradas fuera de sus intereses, sus preocupaciones y sus anhelos.

La gran ilusión de la teología latinoamericana fue la de ver, algún día, a los pobres articulando su palabra en la sociedad y en la Iglesia.

LA UTOPÍA

La utopía es la formulación simbólico-mítica de los paradigmas que un grupo utiliza para entender; hacer y valorar la realidad. Cuando un grupo humano logra definir, formular, su propia utopía, en ese mismo momento ha encontrado su identidad original. Por la utopía el grupo humano identifica la felicidad germinal, la salvación que despunta, la esclavitud sopor­tada, la condenación que aparece inminente. La utopía revela en el horizonte la imagen nítida de lo bueno sin mal, de la perfección sin mácula, la libertad plena, la felicidad perfecta.

La utopía no es jamás lo que “no puede estar” en ningún lugar. Simplemente afirma que el proyecto formulado por un grupo en un momento histórico “aún, de hecho no está presente totalmente” en un lugar.

Cuando un grupo humano posee un proyecto histórico común, la Utopía es la realidad, que aunque “todavía no” es localizable, acabará siendo el lugar-habitación del hombre sobre la tierra.

Las utopías se encuentran bajo sospecha, tanto de los defensores del sistema dominante y los detentores del poder, como de los que están lanzados a la lucha política para cambiar la sociedad y alcanzar el poder.

El pragmatismo imperante acusa a las utopías de ser ineficaces, o al menos formula el gran interrogante acerca de la real capacidad transformadora de la utopía.

La utopía nunca es negación o rechazo de la realidad, menos aún una representación ingenua de la irrealidad. Al contrario, es como un espesamiento, una creación de mayor realidad, de realidad total. La uto­pía puede definirse como palingénesis, corno propuesta de creatura alternativa, de nueva sociedad.

La Utopía puede ser definida como una nueva generación de lo real, que pretende obrar con categorías y orientaciones diversas a las de los paradigmas dominantes.

Eduardo Galeno, en otra de sus perlas, dice que ve a la utopía a 30 metros, corre para alcanzarla y la utopía se desplaza hacia el horizonte, corre para el horizonte, que siempre está más allá. Si no se puede alcanzar nunca, ¿para qué sirve la utopía?… para caminar en esa dirección y no en otra.

Estaba en una reunión de adviento con un grupo de postulantes de la Orden y otros jóvenes “comprometidos” de una parroquia de periferia. Preparábamos la Navidad en base a una pregunta: ¿Qué le pediría al Niño Jesús como regalo de Navidad? Salieron a la luz las más hermosas utopías para la Iglesia, para el país, para el barrio. Participaba también una muchacha joven, con un bebito en brazos. Joven y, por añadidura, pobre de solemnidad. Ella le pidió a Jesús una heladera, usada, para guardar la leche de su pequeño… con el calor amanecía siempre cortada….Utopia de pobre de veras.

Recordemos, la Utopía de Zacarías en la plena libertad de cultos y el cumplimiento libre de todos los ritos de la liturgia. En cambio la laica pobre María ve en su horizonte el hambre de los pobres saciada y acabadas sus humillaciones.

LAICOS CONSUMIDORES

Hace más de 20 años leí en la revista Concilium (No. 151, Enero (1980) pp.19-29) un artículo del venezolano Otto MADURO, Trabajo y religión según Karl Marx. El autor describe un tipo de producción y religiosidad disociado radicalmente de la consumición religiosa. La religión termina no siendo una producción comunitaria, quedando relegada en manos de especialistas (teólogos, sacerdotes, liturgos, artistas, etc.), que, como los demás productores espirituales de la sociedad están lejos de los consumidores de religión. Los hacedores de productos religiosos se apropian -operan de hecho y sin saberlo lo peor es que, por lo general, el hecho se realiza por mecanismos inconscientes-, de la capacidad de producir religión que tienen los sectores de la población mayoritarios, convertidos en consumidores pasivos de una producción religiosa elaborada fuera de sus intereses, necesidades, preocupaciones y especialmente lenguaje.

Creo que la consecuencia más grave de que la producción religiosa es elaborada de hecho en el espacio cultural de las clases dominantes, por creativos que comparten sus regalías y sus estilos de vida, es que tales mercaderías religiosas reproducen los intereses dominantes. Como lo religioso es asumido como sagrado y por lo tanto inmutable, la resultante es que los productos religiosos reproducen “sub specie aeternita­tis” dichos intereses.

Las instituciones religiosas terminan siendo imagen, semejanza y legitimación del entramado social dominante. A partir de allí el mecanismo se reproduce sin fin. Repito que lo más grave es que los mecanismos son habitualmente inconscientes: la producción espi­ritual termina reproduciendo el orden establecido y el monopolio culturalmente legitimado de la producción religiosa del que gozan las estructuras religiosas. El consumo de los productos religiosos elaborados, social, cultural, económica y geográficamente lejos de los ambientes de los consumidores, consuma la sacralización de la sociedad que produjo la religión dominante.

Una cara de la moneda: los productores religiosos se convencen de que sus productos son independientes y autónomos en relación a la política y a la economía de las clases dominantes, y rechazan de plano la mera hipótesis de un condicionamiento y de un uso socialmente interesado de sus productos religiosos.

Para peor, los hacedores de paradigmas se convencen de que sus lecturas no están condicionadas por sus propios intereses, y los consumidores los introyectan acríticamente como inevitables y sin alternativa, aseguran la dominación de un modelo de sociedad co­mo algo fundado en la ineluctabilidad de la ley natural, llámese ésta “voluntad de Dios”, “naturaleza”, o “deber moral”.

La ideología sirve tanto para que la conciencia de los excluidos del sistema acepte como natural su condición, como para que los miembros de la clase dominante puedan ejercer como natural su explotación y su dominación. Los consumidores religiosos desconociendo el proceso de producción religiosa se muestran inequívocamente convencidos de que su religión es anterior y superior, independiente de sus propias condiciones de vida.

ESPIRITUALIDAD DE LAICOS HECHA POR CLÉRIGOS

La espiritualidad del laico no tiene tiempos sagrados. El espacio sacral supone el tiempo sagrado. Fuera de este tiempo nuestro, con su devenir y su degrada­ción. El tiempo sagrado transcurre en oposición a la duración profana, llena de inseguridades, inasible, sin contenido. Al contrario del tiempo enmarcado en lo cotidiano, el tiempo sacral transcurre inexorablemente, es tiempo fuerte, tiempo puro, tiempo primordial que no transcurre, y que se puede tornar siempre presente y operante en virtud de la festividad periódica. El tiempo sagrado, revivido en la fiesta es una tentativa del hombre por alcanzar el tiempo de la creación, haciéndolo “presente histórico”. Es el tiempo en el cual la divinidad, o el héroe ancestral, “en el principio”, creaba todas las cosas, y les daba vida y consistencia. El tiempo sagrado se confunde con el eterno, y participar en él es alcanzar la vida.

Se notará, igualmente, que Justino abandona el vocabulario pietista que hacía de los cristianos no solamente elegidos, sino “santos” o “perfectos”. Si ve en los cristianos “hermanos” o “iluminados”, define al cristiano, ante todo, corno un “discípulo” (Dial 17,1). Piensa que él mismo forma parte de esos cristianos que son discípulos “de la pura y verdadera enseñanza de Jesús” (Dial 35).

Taciano, que fue alumno de Justino, se expresa muy claramente sobre este tema: “Entre nosotros no son solamente los ricos quienes cultivan la filosofía, los pobres gozan también gratuitamente de la enseñanza; porque lo que viene de Dios no puede ser compensado por presentes del mundo. Nosotros acogemos, pues, a todos aquellos que quieren escuchar, ya sean ancianos o niños, todas las edades, en una palabra, son igualmente honradas entre nosotros; pero toda impureza está lejos de nosotros.” (Taciano, Oratio 32)

“Dios mismo lo testimonia cuando dice «que en todos los lugares entre las naciones se ofrezcan sacrificios agradables y puros»: ahora bien, Dios no recibe sacrificios de nadie sino por sus sacerdotes.” (Dial 116)

La verdadera originalidad de Justino se sitúa en la radicalidad de esta afirmación: todos los cristianos son sacerdotes. En las obras de este maestro, la noción de sacerdocio se aplica al conjunto de los cristianos, y solamente a ese conjunto. Esta noción no es aplicada nunca a un tipo de ministro particular. No existe, en el Diálogo o en las dos Apologías, sacerdocio ministerial que vendría a superponerse o sobre añadirse al sacerdocio universal de los cristianos. A primera vista, esta afirmación puede chocar a un espíritu moderno que se preguntará inmediatamente cómo, entonces, era celebrada la eucaristía. Escuchemos responder al mismo Justino.

Todos los discípulos de Cristo tienen una igual dignidad. En este punto no hay, para Justino, ni clérigo ni laico, sino solamente los hijos de la elección y del conocimiento. La concepción que Justino nos presenta del cristiano tiene algo de gnóstica: el cristiano es, ante todo, un discípulo, aquel que ha aceptado instruirse, creer en las enseñanzas que le han sido entregadas y ponerlas en práctica. Pero ese “gnosticismo” no tiene nada de orgulloso. Si el bautismo es baño de conocimiento, es también, baño de penitencia: el candidato al bautismo debe desear ser lavado de sus pecados antes de ser iluminado. El conocimiento de los cristianos no está destinado a permanecer esotérico, cada cristiano debe hacer un deber de trasmitir gratuitamente la enseñanza que ha recibido a todos aquellos que aceptarían devenir, a su vez, discípulos.

Ireneo, a pesar de la alta idea que se hace del discípulo espiritual, parece rehusarse a establecer una distinción entre los cristianos; ignora los términos clérigos y laicos, concede a todos los discípulos la dignidad sacerdotal. Al contrario, parece sublevarse contra el modo que tienen los valentinianos de distinguir entre los “simples”, “las gentes del común” y los “perfectos” (AH 1, 6,4 y 15,2). Paradoja, esta “multitud” a la cual ellos dirigen sus discursos, esas gentes simples y sin ciencia, los valentinianos les dan una denominación específica. Esta denominación es, no como se podría esperar, la de laico (el que forma parte del pueblo) sino la de “eclesiástico”. (AH 111, 15,2)

LA SANTIDAD

El documento sobre la Iglesia del Vaticano II en su óptica invertida de la Iglesia, parte de presupuesto básico: todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad (LG n°39). La santidad no es privilegio exclusivo de un grupo consagrado por el ministerio o por la profesión religiosa. Jesucristo predicó la santidad de vida a todos y cada uno de los discípulos. El es para todos Maestro y Modelo de santidad, y envió a todos el Espíritu San­to. Los seguidores de Cristo, son santos: llamados por Dios, por designio y gracia de Él „justificados en Cristo Nuestro Señor; en la fe del bautismo han sido hechos hijos de Dios partícipes de la divina naturaleza. Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la. plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad.

El laico tiene que tomar conciencia que la santidad cristiana promueve aún en la sociedad terrena un nivel de vida más humano (n°40).

No hay diversos tipos de santidad cristiana, para el seguidor fiel de Jesús, la santidad es la misma en cualquier clase de vida y de profesión. No sólo los monjes y los religiosos, todos son guiados por el espíritu de Dios, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, cada uno según los propios dones y las gracias recibidas.

Los laicos casados, viudos o célibes todos por igual deben ofrecer al mundo ejemplo de incansable y generoso amor. Deben ser en medio del inundo constructores de fraternidad y de caridad, presentándose corno testigos y cooperadores de la fecundidad de la Madre Iglesia, como símbolo y al mismo tiempo participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por ella. Célibes, viudos, casados to­dos contribuyen a la santidad y actividad de la Iglesia (n°41).

Los laicos deben buscar su perfección en el duro trabajo humano al que viven entregados, siguiendo así los pasos de Cristo, cuyas manos se ejercitaron en el trabajo manual. Los laicos se santifican en su mismo trabajo cotidiano.

Los laicos que se ven oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos o padecen persecución por la justicia, todos aquellos a quienes el Señor llamó Bienaventurados, todos los fieles cristianos por medio de cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, se podrán santificar de día en día (n°42).

El pueblo santo de Dios, la universalidad de los fieles que tiene la unción del Santo (cf. 1 Jn. 2,20 – 17) no puede fallar en su creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentimiento sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando “desde el Obispo hasta los últimos fieles seglares” manifiestan el asentimiento uni­versal en las cosas de fe y de costumbres (n” 12). La infalibilidad del Papa no es un tumor anómalo en el cuerpo de Cristo. Es consecuencia de la infalibilidad del cuerpo cuya cabeza es Cristo y cuya alma es el Espíritu.

Si duda que tanto la inspiración de la escritura como la autoridad del magisterio no son efectos de la aprobación del pueblo. El Papa no es infalible porque el pueblo acepta un dogma, así como la Biblia no es inspi­rada porque el pueblo integra un escrito en el Cánon.

Pero si el pueblo santo de Dios, ungido por el Es­píritu, no “recibe” un libro o una doctrina, el tal escrito o doctrina es obra del Espíritu.

DESAFÍOS

Una de las expresiones en boga en América Latina: tenemos que ser voz de los que no tiene voz… Tuve la gracia de participar como delegado de la vida religiosa en la Conferencia de obispos de Puebla. Escuché varias conferencias sobre la aparición de María en los albores de la colonización española. Quedé impactado y escribí un artículo en Cuadernos Franciscanos de Chile. Escribía lo siguiente:

María se dirige al indio Juan Diego, no al obispo, no a los frailes, no a los curas. No hace los encargos a los ricos para que ellos, los que tienen el poder y la ciencia, a Dios y a su palabra, sean los agentes de la salvación para los pobres. Es emocionante releer el relato, el ver cómo el pobrecito despreciado, no creído en casa del obispo, dice a la muchachita, niñita aparecida, que mande a otro que calce, vista y hable como los grandes de la sociedad. Tierna hasta conmover la respuesta de la muchacha mestiza exigiendo del indio “bruto” el ser agente, sujeto activo y responsable.

Nada más coherente con la actitud de Dios en la historia de la revelación. La buena nueva es anunciada a los pobres para que éstos sean “apóstoles”. No hay mucho de noble, culto y poderoso en la primitiva comunidad a la que se dirige Pablo en la primera carta a los Corintios. Como no es de notables el grupo de discípulos de Jesús.

María se aparece en una Iglesia donde hay muy pocos agentes responsables y una gran masa de ejecutores irresponsables porque la gracia y la palabra han sido usurpadas por la clerecía, esa parte escogida por Dios como heredera de todo privilegio. María se dirige a un indígena, al que no solamente no se le respeta como “laico”, sino al que aún se discutía si tenía alma verdadera. María de Guadalupe elige a esta especie de no-hombre como agente de su misión. María no es la voz de Juan ante el obispo, exige que él sea su propia voz.

Cuando enfrentamos hoy el desafío de elaborar una espiritualidad laical, los profesionales en religión tenemos que evitar la tentación de elaborar por los laicos lo que ellos pueden hacer con sus propias fuerzas. El laico tiene que ser agente de su propia palabra.

El Concilio Vaticano II no nace de la nada. El siglo XX es un hervidero de nuevas ideas y nuevos movimientos, fuera y dentro de la Iglesia. Piénsese sólo en lo que significó la Acción Católica como impulso y concientización de una nueva imagen de Iglesia. Hoy abundan los teólogos laicos… y las laicas teólogas.

Sería de esperar formulaciones propias sobre los más diversos asuntos de la vida, la doctrina, el culto y la moral católicas. No me olvido que no basta la condición de laico, el lugar social sigue siendo un horizonte hermenéutico que condicionará su cosmovisión. Los empresarios católicos nos ofrecerán una perspectiva espiritual diversa de la de los obreros católicos y éstos a su vez interpretarán la realidad de modo diverso que católicos de un asentamiento… y a su vez, las mujeres del asentamiento aportarán un matiz muy original a la espiritualidad cristiana.

Un solo ejemplo: pensemos en la imagen de Dios señor feudal, imposibilitado de ejercer misericordia sin justicia, propia de la Iglesia imperial y que nos legó San Anselmo como herencia, que diría maldita, a la Iglesia latina que aún vive sumergida en categorías de redención y satisfacción. Pensemos en la exacerbación de esa justicia en la Francia jansenista. Una mujer, Margarita María Alacoque, impone rápidamente en la Iglesia latina la imagen de un Dios puro corazón amante, con rasgos tiernos y casi femeninos.

En la historia de la Iglesia tendríamos que saber rescatar la pléyade de mujeres sabias y místicas con un pensamiento que aún hoy resulta ajeno a los cristianos varones. Hoy son cada vez más frecuentes las mujeres teólogas y van apareciendo con fuerza las ideas de lo femenino en Dios, del rol de la mujer en la Iglesia.

Tendríamos también que repensar la acción y el pensamiento de la mayoría de los profetas, que fueron laicos. Podríamos releer los evangelios como la buena nueva de un Jesús que tampoco fue ni sacerdote ni monje como los esenios, un Jesús que pensó la ley, el culto, el templo y toda la realidad como un laico. Su espiritualidad fue típicamente laical.

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Categorías:Laicos
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