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Acercamiento a una teología laical

Acercamiento a una teología laical en COMUNIDADES DE VIDA CON perspectiva liberadora[2]

Francisco Antonio Serna Gallego[3]

Fecha de recepción: 20 de mayo de 2012 Fecha de aprobación: 10 de julio de 2012

Resumen.

Este escrito aborda unos lineamientos iniciales para el desarrollo de una teología de corte laical referida a pequeñas comunidades de vida1 conformadas por laicos y laicas. Trata de articular una propuesta que considere los aspectos más importantes para el desarrollo de la tesis de que las comunidades laicales representan una manera auténtica de vivir el seguimiento de Jesús, son una propuesta apropiada y atractiva para la Iglesia actual, y podrían servir como base para la elaboración de una propuesta coherente de acción en dichas comunidades.

Palabras clave: Eclesiología, laicado, clero, comunión, misión.

 

Introducción

¿Cómo ser una comunidad laical activa y comprometida en la construc­ción del Reino de Dios, en un mundo secularizado, pluralista, desde una perspectiva liberadora y profética?

Esta pregunta se debe responder teniendo en cuenta la condición actual de los laicos y laicas en la Iglesia, así como su compromiso real en los diferentes ámbitos en los que interactúan, su vivencia de fe en comunidad y los aportes que hacen a partir de sus diferentes talentos, gracias y profesiones. Esto permitiría encontrar la contribución efectiva que se hace desde el laicado a la construcción del Reino en medio del mundo actual, con todas sus luces y sombras.

El presente artículo no pretende hallar una respuesta definitiva a la pregunta planteada, sino hacer un abordaje inicial del problema y dejar en los lectores la inquietud de encontrar una manera diferente de ser y hacer en la Iglesia, trabajando unidos como bautizados que son, sin diferencias insalvables y estableciendo sinergias a partir de las fortalezas mutuas para servir a los más necesitados de la sociedad.

EllaicoenlaIglesia

¿Quién es un laico o laica en la Iglesia? A mediados del siglo XX, antes del Concilio Vaticano II, el padre Yves Congar planteaba la situación que vivían en la cotidianidad eclesial los llamados laicos:

Aun siendo cristianos en pleno ejercicio en cuanto a la vida en Cristo, no tienen competencia o no tienen más que una competencia restringida en cuanto a los medios propiamente eclesiales de la vida en Cristo, medios que son de la competencia de los clérigos.. .[4]

El padre Congar afirma la importancia de legitimar el ejercicio cristiano de todos los bautizados. Manifiesta en sus escritos que los laicos y laicas tienen una vocación de compromiso con la justicia y la salvación cristianas dentro de las estructuras del mundo, y que deben propender siempre por la liberación social, política, económica, cultural y personal.

El compromiso del laico por llevar el mensaje liberador de Cristo al mundo que habita y quiere transformar se debe hacer desde la vivencia de la fe de cada uno de los fieles. Ésta ha de conducir a un imperativo verdaderamente cristiano que oriente su acción y tenga en cuenta que las opciones del creyente son opinables y falibles y, por tanto, ha de respetarse el pluralismo.

Después, en su obra, Congar anota: “.ser laico es correr, con todos los recursos que están en nosotros, la aventura de esta búsqueda de justicia y de verdad cuya hambre nos consume, y que es la sustancia misma de la historia humana”.[5]

Es necesario dar gran importancia al papel que juegan los laicos en el desarrollo de la historia de la humanidad, y por supuesto, en la historia de la salvación. El ser conocedor de primera mano de los elementos y de las situaciones de tipo seglar que se presentan, le otorga un lugar pri­vilegiado en las cosas del mundo.

Un laico es un hombre para quien las cosas existen: para quien su verdad no está como absorbida y abolida por una referencia superior. Pues, para él, cristianamente hablando, lo que se trata de referir al absoluto, es la realidad misma de los elementos de este mundo cuya figura pasa.[6]

El sentido original y bíblico de la palabra laico nace en la raíz griega laos, que significa pueblo. En el Antiguo Testamento se hacía referencia al pueblo elegido por Dios, en contraposición a los pueblos paganos, y no al pueblo común. Laico significa lo mismo que los tér­minos bíblicos discípulo, hermano, santo, cristiano. Por tanto, la igualdad fundamental entre todos los creyentes y bautizados es anterior a cualquier diferenciación que posteriormente se haya hecho entre los términos clérigo y laico. Dice Walter Kasper:

La gran obra del Concilio Vaticano II volvió a destacar este elemento común que une a todos los cristianos. Para ello, en la constitución de la Iglesia Lumen gentium incluyó un capítulo sobre el pueblo de Dios, antes de los capítulos sobre la jerarquía y los laicos, en el que se trata de la vocación y misión comunes para todos los cristianos, así como de su participación en el sacerdocio común de todos los bautizados y en el ministerio profético, sacerdotal y real de Jesucristo.[7]

Formasdeasumirellaicado

Se presentan varias formas de asumir el laicado, en particular, dos:

El laico de tipo pasivo, quien acepta las disposiciones del clero sin mayores problemas y sin hacer preguntas, no tiene conciencia de su papel en el desarrollo de la Iglesia, no asume responsabilidad ni adquiere compromiso alguno; su único objetivo es ser “buen cristiano”, cumplir con lo mínimo que se pide.

Otro es el laico de tipo comprometido, quien vive su fe de manera responsable, participa activamente de la liturgia, tiene sentido de pertenencia, es líder y empuja transformaciones en la Iglesia, igual que en la sociedad, comenzando por su comunidad más cercana; quiere vivir su vida con coherencia cristiana y con actitud crítica propositiva. En esta última forma de asumir la condición de laico se halla el sustrato para la conformación de comunidades laicales de vida.

Se enfrentan, sin embargo, dos problemas muy frecuentes: el primero se refiere a las pocas personas que desean comprometerse con este estilo de vida; el otro consiste en que, a nivel de la interacción con el clero, el liderazgo es asumido de manera general por los presbíteros, relegando al laico a un segundo plano. Muchas veces, sus servicios son requeridos en tareas no apropiadas a su condición de miembro activo y propositivo, con lo cual pierde fuerza la misión laical en el mundo y se convierte tan solo en “colaborador de segundo nivel” del clero.

Comuniónymisióndelclero-laicado

Es urgente que se pase de una Iglesia patriarcal, clerical y jerárquica a una Iglesia más incluyente, participativa y equitativa en la cual todos los bautizados sean corresponsables en la construcción del Reino, para desarrollar las tareas propias y apoyar las labores de los otros, de acuerdo con la misión particular de cada quien; todo esto, en un ambiente de camaradería y solidaridad, sin protagonismos innecesarios.

En el Concilio Vaticano II quedó claro que la Iglesia es principal­mente comunión o koinonia entre bautizados, orientados hacia la mi­sión. Una Iglesia así constituida será capaz de atraer con mayor facilidad a quienes nunca han pertenecido a ella, e incluso a quienes la han abandonado. En la comunión está el fundamento de la fecundidad de la misión. La comunión es de por sí misionera, pues mediante ella la Iglesia se presenta y actúa como sacramento visible de unidad salvífica.

Sin embargo, ¿cuál es el camino de comunión entre bautizados? Fundamentalmente, la unidad en la pluralidad, como lo presenta la ecle- siología de la comunión. En las inevitables situaciones de conflicto que puedan surgir, la actitud de todos los miembros de la Iglesia no ha de ser aplastar al que discrepa, ni conseguir la paz pasando por encima de las personas, o la primacía del modelo jefe-subalternos; la única alternativa evangélicamente válida, según Jesús, es el amor al hermano, el servicio liberador y desinteresado. De acuerdo con el Concilio Vaticano II:

.ello exige que se promueva en el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles. Los lazos de unión de los fieles son muchos más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo.[8]

Comunión sin misión hace que se constituya una Iglesia sectaria; misión sin comunión tiende a la dispersión de esfuerzos sin comunidad de apoyo, sin formar verdaderamente Iglesia.

De lo expuesto hasta aquí se puede colegir que todos los bautizados son laicos, porque hacen parte del pueblo de Dios, con diferentes mi­nisterios, carismas y vocaciones, pero que tienen la misma dignidad de hijos de Dios, están unidos por el Espíritu de Cristo que anima a su Iglesia y la empuja a la misión de evangelizar el mundo, que corresponde a todos y todas.

La comunión de los cristianos es la manifestación de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia comunión trinitaria, de su vida eterna. La oración de Jesús por la unidad de los cristianos es la oración dirigida al Padre, para que se cumpla su diseño de salvación.

UnidadenlaIglesia

Las divisiones entre los cristianos están en abierta contradicción con la verdad que se empeñan en difundir, y por ello, hieren gravemente su misión.

Los resultados de la evangelización del mundo están íntimamente ligados al testimonio de la unidad de la Iglesia. La Iglesia en comunión no solo reúne a todos los creyentes, sino se prolonga a la unión con Dios y con los hermanos, hasta abrazar a la humanidad entera. Lo hace testimoniando de palabra y de obra la Buena Nueva de Jesucristo, quien no vino al mundo a “ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,45).

En este sentido, la misión de los laicos, revalorizada en la eclesio- logía de comunión, desempeña una función muy importante, pues son quienes “están llamados a actuar en las realidades temporales y en el campo de sus capacidades para la construcción de una sociedad im­pregnada de los valores evangélicos”.[9]

Corresponde al laico llevar el mensaje del Evangelio a todos los ambientes de la sociedad, incluso el político; y tiene la responsabilidad de pronunciar una palabra autorizada y sustentada desde el Evangelio en todos los campos de la actividad humana.

Para ello, se requieren fieles debidamente formados, capaces de mantener un diálogo con el mundo y con la cultura de hoy; que sean a la vez cristianos con fe adulta y probada, pues la Iglesia sabe que en su peregrinaje ha sufrido y continuará sufriendo oposiciones, además de persecuciones. El campo de acción del laico es el mundo mismo, “el ámbito de los asuntos temporales”, como diría Yves Congar, de acuerdo con las condiciones propias y personales de cada quien.

Por tanto, su primera labor es cumplir muy bien con las tareas seculares que le corresponden: ser buen padre o madre, cónyuge, veci­no, profesional, estudiante, deportista; dar ejemplo y testimonio de vida cristiana responsable y sana. Luego estaría el compromiso con la trans­formación del mundo, para hacerlo más humano, optando por quienes sufren las injusticias, insolidaridades, penurias, marginación, es decir, los más necesitados de la sociedad.

Misiónpropiadellaico

De acuerdo con el Concilio Vaticano II, corresponde a los laicos la mi­sión de sanear las estructuras del mundo desde dentro de los diferentes ambientes en los que intervienen cotidianamente.[10] Han de evangelizar a las personas con quienes interactúan; y además, acercar las estructuras que habitan y conocen al ideal del Reino. Y en sentido contrario, deben llevar al interior de la Iglesia su experiencia de vida, preocupaciones, in­terrogantes, expectativas del ser humano en el mundo actual.

Finalmente, deben comprometerse apostólicamente -tanto de manera personal como comunitaria, sobre todo, de esta última forma-, pues así será más fácil y satisfactorio realizar la labor, cuidar de la propia espiritualidad, formarse de manera integral para la misión, madurar su pertenencia e identidad como miembros de la Iglesia, discernir la voca­ción, así como el compromiso cristiano, y por último, dar verdadero testimonio de fraternidad y de unión.

La identidad laical debería nacer de un seguimiento de Cristo ver­dadero y consciente, al encarnar los sentimientos y actitudes del Señor; y al ponerse de manera incondicional al servicio del Reino de Dios renuncia a todo lo que no sea la voluntad del Padre, que es la felicidad plena para todos sus hijos e hijas.

Igualmente, el laico o laica ha de ejercer con propiedad su calidad de miembro activo de la Iglesia, con pleno derecho y autoridad de acción, pero también con obligaciones y responsabilidades; ha de ser un real creyente practicante, por lo que debería acudir con regularidad a la eucaristía y alimentar así una intensa práctica sacramental; ha de experimentar una vida de oración en la cotidianidad y leer hermenéuticamente la Palabra; y por último, debe tener un acompañante espiritual que lo escuche y apoye en este camino, vivir con radicalidad el seguimiento evangélico según el espíritu de las bienaventuranzas y preocuparse por su formación permanente, para mejor amar y servir.

 

perspectivaliberadoradelamisiónlaical

¿Cuál sería entonces la forma más adecuada de vivir esta misión laical? He aquí algunas pistas sobre una laicidad comprometida con los aspectos políticos y de justicia social, vivida como verdadera comunidad de creyentes cristianos, que desde una perspectiva liberadora trabaja para el pueblo de Dios:

La comunidad cristiana puede significar la puerta de entrada (desde el punto de vista del pueblo) a la política como compromiso y práctica en búsqueda del bien común y de la justicia social. El cristianismo es la religión del pueblo; todo lo entiende y lo organiza a partir de ello; un cristianismo que se religa a las expectativas y demandas de los oprimidos emerge como liberador y la comu­nidad de base como liberadora. Se percibe que en las comunidades, el capital simbólico de la fe constituye la fuente, casi única, de motivaciones en orden al compromiso político; el Evangelio y la vida de Jesús llevan a la liberación de las injusticias. Conviene, sin embargo, advertir que se trata únicamente de un primer paso; detrás de él vendrá el paso analítico y entonces la política aparecerá como campo en su autonomía relativa; no se hace dimisión de la fe, sino que ésta adquiere su verdadera dimensión de mística de animación que apunta a una liberación que trasciende la historia y permite verla ya anticipada históricamente en el proceso liberador de la sociedad que gesta formas menos inicuas de convivencia.[11]

Esta manera de abordar la laicidad hace que el creyente redimen­sione su acción dentro de la Iglesia y señala campos muy claros en los cuales intervenir, aportando todas sus capacidades y carismas a la cons­trucción del Reino. De aquí se desprende que una teología laical de perspectiva liberadora, para ser verdaderamente evangélica, debe op­tar preferencialmente por los más pobres: debe ir más allá del orden establecido, rompiendo con las expectativas y exigencias que éste im­pone; debe ser una teología de la praxis, no como reacción moral de la comunidad cristiana ante el estado de injusticia y marginación de la mayoría de la población, sino como praxis del Evangelio de Jesús, con el poder de transformar, de cambiar lo que destruye la dignidad del ser humano; por tanto, debe ser netamente bíblica, con la hermenéutica adecuada para evitar el fundamentalismo.

La misión laical ha de tener un marcado carácter profético. Se debe prestar atención a la dimensión pública de la Palabra de Dios, tal como aparece en las Escrituras, especialmente en los libros proféticos. Es importante no olvidar la nota característica de la Iglesia cuando ha querido ser profética: la persecución. Si el cristiano ha de dar testimonio de su fe y de su esperanza para la transformación de este mundo, necesariamente debe enfrentarse a los intentos religiosos y políticos para acallarlo.

La eclesiología de comunión, en la cual reine la equidad, la verdad y el deseo de ser siempre mejores en el servicio a los demás, es la manera más auténtica de vivir el cristianismo. Las pequeñas comunidades laicales son un buen sustrato para que se desarrolle esta eclesiología, sin la dependencia del clero y sin romper la comunión con los demás cristianos.

Una eclesiología de comunidades laicales no solo tiene gran im­portancia teológica, sino está cargada de consecuencias sociales. Un cris­tianismo con mentalidad comunitaria y congregacional puede prestar innegables contribuciones a la tarea de transformar este mundo tan carente de democracia en todos sus ámbitos. La comunión debe incluir, además, otras confesiones religiosas cristianas, al promover un fructífero diálogo ecuménico que enriquezca a todos y que acerque sensibilidades tanto de católicos como evangélicos y protestantes.

La salvación de la humanidad es aquí y ahora, transcurre en la historia del hombre en su relación con otros hombres y con Dios, no fuera de ella. Esta es la manera como el laico puede transformar y aportar a la historia de la salvación. Ignacio Ellacuría propone una visión desde la praxis histórico-social en el anuncio de la salvación:

El signo de credibilidad que es la Iglesia debe realizarse en la praxis histórico-social. La salvación debe ser anunciada pero debe ser anunciada significativamente, y la condición de signo exige atender tanto lo que debe ser significado como a quien debe significarse. Lo que debe ser significado es la salvación total del hombre por su intrínseca deificación y a quién debe ser significado es al mundo de hoy, empeñado en la salvación de la historia que lleva sobre sus hombros. Y es así la salvación en la historia el signo actual de la historia de la salvación.[12]

Eclesiologíadecomuniónyteologíadelaliberación

Para el cristiano, la Iglesia debe ser sacramento de salvación y liberación histórica aquí y ahora; de ahí que la opción preferencial por las más pobres y necesitados construye el camino de salvación del mundo. Al respecto, Juan Pablo II anota:

La atención a los más necesitados surge de la opción de amar de manera pre­ferencial a los pobres. Se trata de un amor que no es exclusivo y no puede ser interpretado como signo de particularismo o de sectarismo; amando a los pobres el cristiano imita las actitudes del Señor.[13]

La eclesiología de comunión que se puede vivir al interior de las pequeñas comunidades laicales permite que se lleve al interior de la Iglesia la dimensión comunitaria-popular de la evangelización y la liturgia, la educación de la fe y la vida apostólica comunitaria con perspectiva laical. La eclesiología de comunión es integradora y propicia la solidaridad que lleva a la liberación.

El seguimiento a Cristo exige una solidaridad que parta del testi­monio auténtico de pobreza evangélica, desde el estilo de vida personal del cristiano hasta las estructuras eclesiales, y que lleve hasta el encuentro con el otro, de manera pobre y humilde. La opción preferencial por los pobres, en una Iglesia solidaria, tiene un gran potencial evangelizador y posibilita contraponer una cultura de vida, a la luz del Evangelio, a la cultura de la muerte que impone el sistema social actual.

Es vital, para la supervivencia de la Iglesia, que todos sus miem­bros tomen conciencia de su situación como “pueblo de Dios”, com­prometiéndose con lo que les corresponde hacer desde sus particulares posiciones en la sociedad y en la Iglesia misma, haciéndose más cercanos con los necesitados, con los excluidos; y también -con la autonomía necesaria respecto de las estructuras jerárquicas- salvaguardando su voz y su opinión acerca de los temas cruciales del mundo actual. Se debe aportar de manera ilustrada, razonable, y buscar soluciones conjuntas entre todos los bautizados. Y se ha de tener presente que la construcción del Reino ha de hacerse tal y como lo enseñó Jesús.

Conclusión

Para acercarse a la respuesta de la pregunta planteada en la introducción del presente documento, es iluminador el siguiente pronunciamiento del magisterio de la Iglesia, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI, que trata el tema de las pequeñas comunidades laicales y la manera como deberían operar luego del Concilio Vaticano II:

Estas comunidades […] buscan su alimento en la Palabra de Dios y no se dejan aprisionar por la polarización política o por las ideologías de moda, prontas a explotar su inmenso potencial humano; evitan la tentación siempre amenazadora de la contestación sistemática y del espíritu hipercrítico, bajo pretexto de autenticidad y de espíritu de colaboración; permanecen firmemente unidas a la Iglesia local en la que ellas se insertan, y a la Iglesia universal, evitando así el peligro muy real de aislarse en sí mismas, de creerse, después, la única auténtica Iglesia de Cristo y, finalmente, de anatematizar a las otras comunidades eclesiales; guardan una sincera comunión con los pastores que el Señor ha dado a su Iglesia y al magisterio que el Espíritu de Cristo les ha confiado; no se creen jamás el único destinatario o el único agente de evangelización, esto es, el único depositario del Evangelio, sino que, conscientes de que la Iglesia es mucho más vasta y diversificada, aceptan que la Iglesia se encarne en formas que no son las

 

de ellas; crecen cada día en responsabilidad, celo, compromiso de irradiación misioneros; se muestran universalistas y no sectarias.[14]

Esta exhortación muestra el deber ser -según el magisterio- de las pequeñas comunidades cristianas que desean permanecer fieles al mensaje evangélico, incrustadas en las entrañas mismas de la Iglesia universal, al pretender llevar la Buena Noticia del Reino a todas las esferas con las que se relacionan. Se plantea entonces el reto de vivir la vida corriente en comunidad, amando y respetando a los hermanos con quienes se comparte la cotidianidad, y también con quienes no hacen parte directa del grupo de referencia.

Finalmente, resultan programáticas las palabras del padre Jesús An­drés Vela, S.J., que se refieren al paso de una Iglesia vertical y centralizada a una Iglesia más horizontal conformada por pequeñas comunidades:

De una institución fuertemente monárquica y centralizadora pasamos a una Iglesia más carismática y profética, unida por vivencias litúrgicas de fe y de caridad. Los pastores serán puntos de unión como representantes de Cristo- cabeza, interpretando los carismas de la comunidad a la luz de una viva tradición apostólica. Así el pueblo cristiano puede mantenerse “fiel” a la memoria del acontecimiento pascual.[15]

El camino está claro: la vida comunitaria es, para la Iglesia, una propuesta actual, apropiada para los tiempos de hoy; cumple con los ideales evangélicos de unión y amor entre los hermanos que siguen -jun­tos en comunidad- el ejemplo dado por Jesucristo.

Bibliografía

Andrés, Jesús. Las comunidades de base y una Iglesia nueva. Buenos Aires: Guadalupe, 1969.

Boff, Clodovis. “Epistemología y método de la teología de la liberación.” En Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, dirigido por Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino, I, 79-113. San Salvador: UCA, 1993.

Boff, Leonardo. Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia. Santander: Sal Terrae, 1980.

Concilio Vaticano II. “Constitución Lumen gentium”, En Documentos completos del Concilio Vaticano II, 30-38. Bogotá: Paulinas, 1995.

____ . “Constitución pastoral Gaudium etspes.” En Documentos com­pletos del Vaticano II, 135-220. Bogotá: Paulinas, 1995.

Congar, Yves. Jalones para una teología del laicado. Barcelona: Estela, 1965.

Ellacuría, Ignacio. Teología política. San Salvador: Secretariado Social Interdiocesano, 1973.

Juan Pablo II. “Discurso a los obispos de la Región Norte-1 de Bra­sil”, L’Osservatore Romano, 30 de mayo de 1995, 4.

Juan Pablo II. Exhortación apostólica Ecclesia in America. Bogotá: Paulinas, 1999.

Kasper, Walter. “Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mun­do.” En Selecciones de teología 110 (1989): 101-110.

Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. Bogotá: Paulinas, 1975.

 

[2] Escrito de reflexión realizado para el seminario “Introducción a los métodos sistemáticos” en la Maestría de Teología, Facultad de Teología, Pontificia Universidad Javeriana, dirigido por el profesor Edgar López.

[3] Estudiante de primer semestre de la Maestría de Teología, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá; Ingeniero Agrícola de la Universidad Nacional de Colombia; egresado del Seminario de Planificación Pastoral de la Casa de la Juventud de la Compañía de Jesús y la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana. Expresidente y miembro activo de la asociación laical Comunidad de Vida Cristiana de Colombia-CVX; miembro del equipo de pastoral juvenil de la Casa de la Juventud. Correo electrónico: servinet_ltda@yahoo.com

1 Una comunidad de vida es un grupo de personas asociadas con el objeto de llevar una vida en común, basada en la permanente ayuda mutua. El grado de vida común y de ayuda mutua varía ampliamente según la comunidad. En todas las culturas y todos los tiempos han existido diversas clases de comunidades; la primera forma natural e indiscutible es la familia, luego viene la sociedad en general y sus distintas divisiones.

[4] Congar, Jalones para una teología del laicado, 38.

[5] Ibid., 42.

[6] Ibid., 45.

[7] Kasper, “Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”, 2.

[8] Concilio Vaticano II, “Constitución pastoral Gaudium et spes”, 92.

[9] Juan Pablo II, “Discurso a los obispos de la Región Norte-1 de Brasil”, 19.

[10] Concilio Vaticano II, “Constitución Lumengentium”, 30-38.

[11] L. Boff, Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia, 67.

[12] Ellacuría, Teología política, 50.

[13] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in America, 58.

[14] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 58.

[15] Andrés. Las comunidades de base y una iglesia nueva, 14.

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