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Espiritualidad Laica. Concilio Vaticano II

Espiritualidad Laica. Concilio Vaticano II

26 NOVIEMBRE, 2013

REVISITANDO EL CONCILIO VATICANO II

Por Lucas Cerviño

http://www.vozdesanantonio.org/?p=20

El Concilio (Vaticano II) pone las bases para un giro ‘copernicano’. No hay que comprender a los laicos desde el clero, como ocurrió anteriormente, sino que hay que definir la identidad del ministro en referencia al laico. El prototipo del cristiano es el seglar, no el monje o el sacerdote, y hay que replantearse la eclesiología desde la condición cristiana laical que es la base de la que derivan y se desarrollan posteriormente los ministros y los religiosos.”(Juan Estrada)

En el documento Lumen Gentium sobre la Iglesia, luego de presentar a ésta como Pueblo de Dios se va ahondando en cada una de las diversas vocaciones. Sobre los laicos afirma que son “todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia” (LG 31). Estamos ante una definición negativa, en el sentido que se define al laico por lo que no es más que por lo que es, con todo lo limitante de una definición con estas características.

Pero el documento continúa afirmando que estos “fieles cristianos, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.” (LG 31) Dicho con otras palabras, laicos y laicas son lisa y llanamente los cristianos y cristianas que, por su bautismo, reciben y pueden ejercer la misión sin necesidad que alguna autoridad se los conceda.

LA ESPECIFICIDAD DEL LAICO

Y como “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (LG 31), la misión laical se juega principalmente en el“siglo”, o sea en el mundo y sus historias. Claro que esta misión laical no es excluyente, porque un laico también puede aportar en los ámbitos intra-eclesiales o un ministro ordenado o religioso en lo secular, pero si prioritaria, preferencial. Porque, como continúa el documento, es “allí (en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida) que están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo.”(LG 31)

La familia y la sociedad son los lugares del laicado, donde lo fundamental no es “ser” y “estar” en lugares religiosos, sino el “como”. En este caso, “como” se vive cada momento: dejándose guiar por el espíritu evangélico, discerniendo su presencia para manifestar la plenitud de Cristo, o sea, la santidad. Porque solamente experimentando la plenitud de vida, viviendo la vida en su cotidiano discurrir, el laicado puede “convertirse en constante fermento para animar y ordenar los asuntos temporales según el Evangelio de Cristo” (AG 15).

Pero es necesario señalar, retomando esta vez la Gaudium et spes, que en esta responsabilidad que cada laico y laica tiene de estar “guiándose por el espíritu evangélico” hay posibles desviaciones, como claramente las señala el documento:“Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época.” (GS 43)

Los padres conciliares nos recuerdan una vez más esa incapacidad, que por momentos parece casi innata en el cristiano y la cristiana, de no poder articular creativamente y equilibradamente nuestro ser cristiano con nuestro ser ciudadano. Una vez la tentación de la religión como evasión, refugio, cobijo y resguardo ante la hostilidad del mundo, con la consecuente despreocupación de nuestro deber ciudadano y compromiso en los asuntos temporales.


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