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FIN Y OBRA DE LA IGLESIA

FIN Y OBRA DE LA IGLESIA

Pbro. Esteban Medina, asistente de la junta nacional de la ACM

Encuentro Nacional de ACM 1999.

 

El final del milenio que vivimos despierta en nosotros una sensación extraña. Sentimos que a nivel de humanidad algo muere y algo nace. Pensamos necesariamente en la caducidad del tiempo y de nuestro mundo. La inminente llegada del tercer milenio nos ha puesto a todos en una actitud de reflexión y de aJena ante el futuro de la humanidad. Más allá de la celebración, universalmente programada, se impone un balance sincero del pasado y un proyecto esperanzador rumbo al futuro.

Como Acción Católica Mexicana no podíamos dejar pasar este último año del milenio que se va, sin que nos encontráramos juntos con el Señor de la historia, para agradecer sus dones, para reconocer nuestra pobre respuesta a su llamado y a sus gracias, y para expresarle nuestras preocupaciones y esperanzas.

NUESTRA IGLESIA

Miembros conscientes de la Iglesia que Cristo fundara hace ya dos mil años, portadores de un mensaje de amor y comprometidos en una misión evangelizadora mediante la palabra, la acción y el testimonio, no podemos menos de hacer, aunque sea breve, un examen de conciencia en cuanto Iglesia. La historia nos muestra cómo aquella comunidad primitiva que vivieron los primeros discípulos de Cristo en caridad fraterna, y que logró hacer creíbles las primeras predicaciones de los apóstoles, se vio rebasada por factores ajenos a la enseñanza de Jesús. El gran mandato del amor y la unidad fue cayendo en el olvido, para dar paso a otras preocupaciones relacionadas con la vida interna de la Iglesia. Se crearon divisiones no sólo por defender la integridad de la doctrina de Cristo, sino también por el egoísmo y la influencia del propio mundo que se trataba de transformar con la Buena Nueva.

Tal vez, la fractura interna de mayor gravedad fue la exagerada división que se creó entre obispos y sacerdotes por una parte y “simples fieles” por la otra. En lugar de aquella comunidad evangelizadora del mundo. se estableció – una práctica pastoral que dividió a la Iglesia entre los que predicaban y los que debían escuchar, entre los que decían la misa y los que la oían, entre los que mandaban y los que debían obedecer, entre los que todo lo sabían y 105 que todo lo debían consultar y aceptar. Y si el nuevo mandamiento de Jesús fue explícito: “Ámense los unos a los otros” (Jn. 13, 34), “permanezcan unidos a mí” (Jn. 15, 4), la indiferencia y la división son pecados de escándalo.

El Concilio Ecuménico II, en la segunda mitad del presente siglo vino a despertarnos de un letargo y con su luz nos hizo descubrir no pocos vicios que se habían convertido en ley. Nos vino a reabrir los ojos para recordarnos que antes que la diversidad de funciones y ministerios, está la igualdad y la corresponsabilidad de todos los cristianos, como hijos de Dios y hermanos en Jesucristo por el bautismo; que más importante que guardar una disciplina es la ley del amor fraterno; que más allá de toda exigencia propia de las instituciones humanas, está el ideal de formar un solo cuerpo: el de Cristo, y un solo pueblo: el Pueblo de Dios.

Para quienes recordamos la vida en la Iglesia antes del Concilio, el cambio que hoy vivimos nos parece extraordinario. Sin embargo, es necesario afirmar que mucho de lo establecido solemnemente por el Concilio ha permanecido frío, en la letra de sus constituciones y sus decretos, o simplemente se ha repetido y tal vez analizado en otros documentos pontificios y episcopales, pero no se ha traducido todavía en vida y práctica pastoral. El grado de aplicación de la doctrina y normas conciliares es muy diverso según las circunstancias y las personas de cada iglesia particular. Las percepciones de cada cristiano también son diferentes según la propia experiencia: habrá quienes minimicen los avances y habrá quienes admiren con satisfacción las metas alcanzadas.

El Concilio también nos trajo a muchos cristianos una conciencia refrescante de pertenencia a la Iglesia de Cristo. Surgieron nuevas comunidades con nombres de organizaciones y movimientos dentro de la Iglesia, creamos nuevos caminos para seguir a Jesús y los diversos caminos nos separaron; pretendimos ser sarmientos del único tronco pero desconocimos a los demás sarmientos; reprodujimos aquellas divisiones de los seguidores de Pablo y los de Apolo.

Y todavía más, dentro de nuestra pequeña comunidad (la Acción Católica Mexicana) nos dividimos según edad y sexo para dividir nuestro trabajo y ser humanamente más efectivos, inventamos diferentes siglas y banderas, y el trabajo y las siglas y las banderas, acabaron destrozando nuestra unidad.

Por eso nos urge hacer vida una eclesiología de comunión, evangélica e integral, hondamente arraigada en la comunión trinitaria, hecha vida en la comunión con Cristo y expresada en el insustituible amor fraterno, particularmente entre todos los miembros del Pueblo de Dios; comunión que nos haga olvidar diferencias y divisiones, protagonismos y revanchas. “La eclesiología de comunión (afirma en 1985 el II Sínodo extraordinario de los Obispos) es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio.

La historia también nos ha enseñado que la Iglesia – y esto vale igualmente para nuestra Acción Católica Mexicana – cuando más se ha ocupado en cumplir su propio fin, la misión que Cristo le confió: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio”, más ha logrado vivir la comunión; y cuando más se ha preocupado por sus problemas internos, más se han ahondado las divisiones entre hermanos.

NUESTRO MUNDO

El mundo que vivimos al final de este milenio se caracteriza particularmente por haber entrado a una etapa de cambios superacelerados y de globalización. En los últimos años hemos sido testigos de cambios que antes requerían siglos. Los avances de la tecnología cibernética hacen envejecer en un año todo logro alcanzado. En los campos de la genética, de la medicina, de la comunicación social; en la producción y distribución de nuevos productos, etc. los cambios se aceleran cada día más y arrastran consigo a nuestras instituciones y estructuras familiares, educativas, económicas, sociales, culturales, políticas y religiosas. La fuerza avasalladora y el influjo moral y social de los modernos medios de información y comunicación, trascienden todas las fronteras y se vuelven difíciles de evaluar, y más difíciles aún de controlar, por una autoridad hasta hoy inexistente en esos niveles.

Por otra parte, el milenio que agoniza muestra un rostro por varios conceptos deprimente: se ha perdido el respeto a la vida humana, la criminalidad, la violencia y el terrorismo han invadido nuestra vida social, el materialismo y el secularismo han desterrado los valores evangélicos que subyacían en nuestras culturas, la indiferencia y la anarquía se apodera y destruye nuestras más caras instituciones.

Al ponderar estos y otros muchos retos que se agigantarán en el nuevo milenio, los cristianos de hoy no podemos menos que experimentar un sentimiento de incapacidad y de impotencia – como tal vez lo sintieron los primeros cristianos- ante la misión de evangelizar que el Señor Jesús nos encomienda, es decir, “de llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar la misma humanidad” (Evangelii Nuntíandi N. 18).

NUESTRO FUTURO

Cuando a S.S. Juan Pablo II le preguntaron qué sentía al constatar la minoría de los católicos ante la realidad que se avecina con el tercer milenio, el Papa contestó que los valores de la religión no pueden medirse con números y estadísticas, y recordó las palabras de Cristo: “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre se ha complacido en daros su reino” (Lucas 12, 32).

No cabe duda que cuando esto responde, Juan Pablo II tiene en su mente una Iglesia revitalizada por su Espíritu, fuertemente alimentada por su Palabra y estrechamente unida por el amor.

Nuestros obispos describen esa Iglesia como “fiel al proyecto de Dios y fiel a la vocación y dignidad del hombre”; “que viva el misterio de la comunión con Dios, con los hermanos y con la naturaleza”; “en diálogo permanente con el hombre de nuestro tiempo… y que en todo momento, con respeto y firmeza le anuncie los valores esenciales del Evangelio”; “en la que, en una actitud de corresponsabilidad solidaria, la jerarquía, los consagrados y los seglares encuentren espacios de acción apostólica”; “en constante proceso de conversión”; “que sea siempre la Iglesia de Cristo”; “que ilumine con la Palabra del Señor las realidades terrenas y acompañe a sus miembros en sus quehaceres temporales, para que sean “luz del mundo y sal de la tierra”; “una Iglesia que opte preferentemente por el más pequeño y débil; que reconozca, promueva y defienda su dignidad de persona y de hijo de Dios y sus derechos fundamentales e inalienables”; en una palabra: “una Iglesia fiel al mandato de Cristo”. (Plan de Trabajo 1988-1991)

Podríamos concluir resumiendo los puntos de nuestra reflexión eclesial en la coyuntura del cambio de milenio: primero, sin miedo al mundo que se nos echa encima, involucramos en su transformación, desde dentro, con la fuerza del Evangelio; segundo, participar sin prejuicios, activa y solidariamente, en la revitalización de una Iglesia de comunión integral, inyectando en nuestra propia sangre las palabras suplicantes de Jesús: “Sean uno, para que el mundo crea”

 

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