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¿Qué significa ser cristiano hoy?

¿Qué significa ser cristiano hoy?

Autor: Equipo de redacción ROL

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Muchos se preguntan acerca de la validez del cristianismo. Para algunos no es más que un simple humanismo entre los muchos existentes, una teoría sociológica acerca de cómo organizar la convivencia humana, o un movimiento religioso importante dentro del campo de las grandes religiones. Interesa mucho saber qué es lo propio del cristiano dentro del conjunto de la sociedad. Con referencia a lo personal es de capital importancia que los cristianos sepamos muy bien quiénes somos, o quiénes debemos ser, para que nuestras vidas no se desvirtúen en una crisis de identidad.

La pregunta por el significado del cristianismo no es nunca abstracta, sino que siempre hace referencia concreta a un espacio y a un tiempo, una época. Por esto, es preciso tener en cuenta desde dónde se hace la pregunta. La respuesta acerca del cristianismo tampoco la podemos separar de la Iglesia, porque el cristiano, vive su fe en el mundo como Iglesia, siendo Iglesia, construyendo la Iglesia.

Vivimos una época de cambios o mejor dicho, un cambio de época; los retos que se les presentan al cristiano y a la Iglesia en su misión evangelizadora son muchos y nuevos. Siento que es un tiempo provocador y que sería un grave error querer responder a estos desafíos simplemente con soluciones de otros tiempos. Esto desfasaría la Iglesia; dar una respuesta anacrónica le impediría cumplir su misión dentro de esta historia, nuestra historia.

Para seguir avanzando se hace necesario desmontar falsas imágenes acerca del cristianismo y, por ende, de la Iglesia, que han sido un obstáculo y muchas veces una mutilación de su esencia.

Ser Iglesia no es simplemente vivir bajo el imperativo de hacer el bien y evitar el mal, ni simplemente creer en Dios, ni sólo cumplir con unos determinados ritos. Tampoco ser Iglesia es limitarse a aceptar unas verdades de fe, unos dogmas, recitar o saberse el catecismo de memoria, ni seguir la corriente de la tradición que se transmite a través de los años. Ser cristiano en la Iglesia no es prepararse para la otra vida, en el más allá, desinteresándonos de las cosas del más acá.

Muchas de estas realidades, si bien poseen elementos constitutivos y, a veces, necesarios, no son suficientes. Por otro lado, el lugar que tendrá la Iglesia en el mundo está ligado a una visión más auténtica del modo de ser cristiano.

El cristianismo es más que una simple teoría humanista, o unas simples normas sociológicas de convivencia humana, o una mera forma de entender la vida con categorías religiosas. La Iglesia no es un tipo de ONG con características espirituales o místicoides.

El cristianismo sigue siendo cristiano sólo cuando se mantiene expresamente vinculado al único Cristo. Y, por tanto, ser cristiano significa vivir, obrar, sufrir y morir con Cristo en el mundo de hoy, como verdadero hombre. No se puede ser cristiano al margen de la figura histórica de Jesús de Nazaret, que murió y resucitó por nosotros y Dios Padre le hizo Señor y Cristo.

Ser Iglesia hoy es saber ser discípulos de Jesucristo en las coordenadas del tiempo y del espacio en las que nos toca vivir.

De los Apóstoles, que son los pilares de la Iglesia, se dice que siguieron a Jesús; no fueron alumnos fieles de un Maestro del que aprendieron sus enseñanzas como quien aprende una lección. Ser discípulo de Jesús comportó para los Apóstoles estar con él, entrar en su vida, participar de su misión y de su mismo destino. Ser cristiano es imitar a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.

Ser Iglesia hoy es seguir a Jesús y caminar su camino, continuar su obra, abrazar su causa, alcanzar su plenitud.

Ser Iglesia hoy supone reconocer a Jesús como Señor porque nadie sigue a alguien sin motivos valederos. Los Apóstoles pudieron seguir a Jesús porque reconocieron en Él al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Mesías anunciado, el Cristo, Aquél que lleva a plenitud, la ley y los profetas.

Hoy, seguir a Jesús es reconocerlo como el Camino que nos lleva el encuentro con la Verdad de Dios y de nosotros mismos de manera de vivir la Vida en plenitud. Él es la Puerta por la cual podemos atrevernos a ver horizontes más amplios que los que nos ofrece el mundo, es la Luz que la da claridad a nuestras opciones para que sean verdaderamente humanas y humanizadoras, es el Buen Pastor que nos contiene y nos cuida a pesar de todo y de todos, es el Pan de Vida que nos fortalece para que perdamos nuestros anhelos más profundos de justicia y libertad, es la Resurrección que destruye una cultura de muerte, es la Palabra encarnada que pone a prueba toda palabra humana, es el Cristo, el Hijo del Dios Vivo que buscamos muchas veces sin saber dónde encontrarlo.

El cristiano no sigue a cualquiera. Ser Iglesia es responder al llamado que Dios nos hace para reconocer a Jesús como Señor y seguirlo aceptando su proyecto y su misión: anunciar y realizar el Reino de Dios. Formar una gran familia de hijos y hermanos, un hogar que sea casa y escuela de comunión, una humanidad nueva, los nuevos cielos y la nueva tierra. Para lograrlo la Iglesia tiene que permanecer siempre fiel a sus inicios. Debe vivir una doble fidelidad: a su fundamento que es Cristo y a sus continuadores que son los Apóstoles y a las situaciones de los tiempos en los que vive.

Así la comunidad de los discípulos de Jesús tiene que tener, según la afirmación de San Bernardo, dos ojos: uno para ver hacia atrás para permanecer siempre fiel a sus inicios y otro para ver hacia adelante y ser fiel a los tiempos en que vive. Es por esto que no puede vivir sin tener en cuenta los condicionamientos concretos del mundo que le es contemporáneo.

La Iglesia necesita para vivir a fondo su misión, según las palabras más contemporáneas de Monseñor Angelelli, “tener un oído en el pueblo y otro en Evangelio”. De este modo, en medio de las angustias y dolores que vive la humanidad podrá seguir dando razón de su esperanza.

La fidelidad a Cristo y a los hombres de este tiempo se tiene que manifestar en la pasión por el Reino. Ser Iglesia es mantener vivo el anhelo que ardía en el corazón de Jesús de construir el reino y vivir su peculiar estilo de anunciarlo y realizarlo.

Aquel que nació pobre, hijo de una sencilla familia trabajadora, es el enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres y sanar a pecadores, enfermos y marginados. Rechaza las tentaciones de poder y prestigio, reconoce que el Padre revela el misterio de Dios a los humildes y lo oculta a los sabios y prudentes, se va solidarizando en todo a los hombres menos en el pecado, se compadece del pueblo disperso como ovejas sin pastor, bendice al pueblo pobre y maldice a los hipócritas.

Esta opción de Jesús le produjo conflictos y lo llevó a la muerte. Su muerte es un asesinato tramado por todos sus enemigos, pero su resurrección no sólo es el triunfo del carpintero de Nazaret, sino la confirmación por parte del Padre de la validez de su camino. El camino de Jesús no es de los faraones y poderosos de este mundo, sino el de la libertad, la fraternidad y la solidaridad con el pueblo pobre. Éste es el camino de bendición que lleva a la vida, mientras que el otro conduce a la maldición y a la muerte: propia y ajena. Jesús bendice al pueblo pobre y maldice la riqueza que nubla la mente y cierra el corazón. Éste es estilo evangélico de Jesús, pasar por la cruz, abrazar la cruz y través de ella llegar a la Vida. Ser Iglesia hoy es caminar con el resucitado por el camino de la cruz.

Ser Iglesia hoy, en un mundo que excluye, es formar parte de la comunidad de Jesús y realizar la comunión.

Jesús, aunque llamó a los discípulos personalmente a su seguimiento, formó con ellos un grupo, los doce, a los que luego se añadieron hombres y mujeres hasta constituir una comunidad: la comunidad de Jesús. Este modo de actuar del Señor responde al plan de Dios de formar un pueblo, a lo largo de la historia, para que sea semilla y fermento del Reino de Dios. La Iglesia prolonga en la historia el grupo de discípulos de Jesús y es la comunidad que persigue un ideal y prosigue la misión de Jesús en este mundo.

Ser Iglesia hoy es vivir bajo la fuerza del Espíritu.

Continuar el proyecto de Jesús en la historia de hoy tan marcada por la increencia es una realidad que nos supera. Necesitamos el Espíritu que Jesús dio a sus discípulos que es la fuerza y el aliento vital que anima, vivifica, guía, santifica, enriquece y lleva a su plenitud la comunidad de los seguidores de Jesús. El Espíritu convierte el seguimiento en una vida nueva en Cristo, en una comunión vital con el Resucitado en su Iglesia, nos hace pasar de la ética voluntarista a la mística del permanecer en Él y vivir de su savia vital.

Este Espíritu, don de Dios, es un Espíritu de justicia y derecho para los pobres y oprimidos, el Espíritu que guió toda la vida y la misión de Jesús, el cual ungido por el Espíritu pasó por el mundo haciendo el bien y liberando a todos los oprimidos por el mal. Este Espíritu es el que nos hace llamar a Dios, “Padre”, y es el que gime en el clamor de la creación y de los pueblos en busca de su salvación. Este Espíritu es el que da fortaleza a los perseguidos y es el que da esperanza y alegría al pueblo haciéndole esperar días mejores.

Ser Iglesia hoy, seguir a Jesús, requiere discernimiento para ir recreando en cada instante de la historia las actitudes de Jesús y los llamados de su Espíritu.

Por todo esto ser Iglesia nos exige hoy una postura concreta de seguimiento de Jesús, que implica el paso de una religiosidad meramente sociológica a una fe personal; de una religiosidad conceptual y doctrinal a una fe vital y existencial; de una religiosidad espiritualista a una fe integral e histórica; de una religiosidad privada a una fe pública; de una religiosidad individualista a una fe comprometida y solidaria con los sectores populares y empobrecidos.

Ser cristiano en hoy significa una clara actitud de rechazo y denuncia de toda realidad injusta, ya que es pecado y contraria a los planes de Dios.

Dios no quiere que la sociedad siga marcada por los signos de muerte: muerte precoz, vida inhumana, muerte violenta. Esta situación de muerte nace del pecado personal y social y de una auténtica idolatría: el dinero, la riqueza, que se absolutizan como el Dios absoluto al que se somete todo lo demás. El cristianismo frente a esta situación debe vivir su vocación profética y no cansarse de recordar que nadie puede servir a dos señores, a Dios y a la riqueza, a Dios y al poder. Ser cristiano supone un corte radical con todo lo que sea injusticia, corrupción, opresión, violación de derechos humanos, mentira.

Para esta conversión necesitamos más que nunca de la oración y de la ayuda del Señor.

Ser cristiano hoy significa comprometerse desde la fe a un cambio de la realidad.

Este compromiso, forma concreta del seguimiento de Cristo, abarca todas las esferas de la realidad: dimensiones económicas, sociales, políticas, culturales, religiosas, familiares, personales… Es toda la realidad la que necesita ser liberada integralmente y que precisa del apoyo de todos. La fe, cuando es auténtica, tiene valor liberador, ya que ataca el mal en su raíz: el pecado personal y estructural. Pero además la fe posee una gran fuerza inspiradora, por cuanto presenta el gran ideal del Reino de Dios y nos ofrece los grandes valores del Evangelio: el amor, la justicia, el perdón, la esperanza, la libertad, la fraternidad, la cruz y la Resurrección para poder realizarlo. La fe no nos ofrece recetas sociales y políticas concretas, pero sí nos presenta horizontes nuevos, inspiración y, sobre todo, la fuerza del Espíritu del Resucitado que va madurando la historia hacia unos cielos nuevos y una tierra nueva. En esta tarea tenemos el ejemplo de tantos hermanos nuestros que desde la fe se han comprometido, en diversos campos, para la transformación de la realidad, muchos hasta dar su vida por esta tarea. El cristiano no puede inhibirse en este aspecto, cualquiera sea su trabajo y vocación.

Ser Iglesia en el seguimiento de Jesús no se agota en comportamientos éticos sino que debe comenzar en la gratuidad del “estar con el Señor” contemplando el rostro del crucificado.

El gozo del seguimiento, la esperanza contra toda esperanza, la alegría en medio de los conflictos, sólo puede mantenerse desde la profunda experiencia personal y comunitaria de encuentro con Jesús vivo. Juan pablo II nos decía “Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. Necesitamos salir al encuentro y dejarnos encontrar por Jesús para contemplar, palpar, gozar de su presencia resucitada y animarnos a descubrir los signos de vida nueva esparcidos por la historia y el mundo para no caer bajo el peso de nuestra propia cruz. Necesitamos experimentar, con toda seguridad, la amistad del Hijo de Dios para no dudar de ella en los momentos de dolor.

De la experiencia de un Jesús vivo y del encuentro personal con Él, depende la fortaleza con la que nos enfrentamos a la vida, nuestro comprensivo y tolerante amor a los nuestros, nuestra activa compasión hacia los hermanos más débiles, la actitud esperanzada ante nuestro inevitable dolor, la serenidad en las tormentas, la alegría a pesar de los contratiempos y la fuerza para no dejar de soñar y de buscar el Tiempo nuevo de la justicia, de la verdad y del amor.

Podemos afirmar que el seguimiento de Jesús hoy significa luchar a favor del Dios de la Vida.

La postura cristiana no puede ser meramente negativa, la lucha contra los dioses de la muerte se orienta a luchar a favor del Dios de la Vida, del Dios creador de la Vida, de Jesús que ha venido para que tengamos vida abundante.

Seguir a Jesús hoy es hacer posible la vida. Afirmar la vida, respetar la vida, sacar adelante la vida de todos los hombres es la manera concreta de vivir la fe en ese Dios de la vida. No creemos en otra vida como negación de la presente, sino como afirmación sin límites de la vida. Creer debe ser para nosotros hacer posible la vida para todos, sabiendo que la persona tiene una dignidad sin límites como la misma promesa de Dios. De este Dios, que es Dios de los vivos y no de los muertos. Que es el Dios que en cada vida que nace vuelve a apostar por el hombre y su felicidad, aunque parezca muchas veces que el mundo está en agonía, tercamente la esperanza en nuestro Jesús cotidianamente vivo se renueva como renacen los brotes en cada primavera.

Porque la esperanza del cristiano no es una esperanza quietista y sentimental, sino activa, como activa es la vida del hombre que está despierto y en camino.

No convence el hombre que dice esperar algo mejor y no pone su esfuerzo para lograrlo. Con la vida del cristiano como Iglesia sucede lo mismo. Lamentablemente, somos muchos los cristianos que esperamos al Señor durmiendo o mirando para otro lado. Somos muchos los cristianos muy piadosos pero increíblemente ineficaces, buenísimos pero incapaces de transformar algo, fieles pero atados a lo que siempre se hizo, ausentes de los acontecimientos históricos que nos toca vivir, incapaces de dar una palabra o tener el gesto adecuado a tanto problema de cada día, de poner evangelio, inteligencia y audacia ante tanta cosa injusta, de hacer sentir, aunque sea tácitamente, el paso del Señor por donde se pasa.

Lo que esperamos es lo que tenemos que ir haciendo, porque esperar que el mundo cambie por sí solo es evasivo y no es cristiano.

Esperar cristianamente es querer cambiar el mundo. Es ofrecer el cuerpo y el corazón en el desafío de Dios. Es poner las manos y el trabajo de cada día como ofrenda para un mundo nuevo. Es dar la inteligencia y el amor en un proyecto de vida al servicio de los hermanos. No es lo mismo esperar lo que llega debido al esfuerzo humano que la esperanza que siempre apunta a lo que nos sobrepasa humanamente. Pero tampoco son contrarias: la esperanza cristiana pasa a través de las genuinas esperas humanas. A veces tenemos una gran esperanza y pocas esperas humanas. Los dueños de este mundo, los satisfechos, viven pendientes de las esperas cifradas en el dinero, el poder, la comodidad; no desean nada realmente nuevo. No quieren cambiar el mundo. No les interesa esperar una vida futura mejor. Los pobres y marginados esperan siempre una sociedad nueva, un reparto de bienes y de oportunidades, un reino de Dios con libertad y justicia. No puede ni tiene que ser Dios el único responsable de satisfacer esas esperas. La esperanza se concreta día a día, y la providencia en el hoy tiene corazón y manos humanas.

Ser Iglesia es hacernos cargo de nuestras esperas y las de nuestra gente para trasformarlas en esperanza en Aquél que no defrauda.

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