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PROMOCIÓN HUMANA Y LITURGIA

PROMOCIÓN HUMANA Y LITURGIA

NDL

http://www.mercaba.org/LITURGIA/NDL/P/promocion_humana_y_liturgia.htm

SUMARIO: Premisa – I. Liturgia y valores humanos: 1. Maestra que inculca la jerarquía de los valores; 2. Los valores humanos redimensionados en referencia a lo divino – II. Potencialidad promotora de lo humano de la liturgia: 1. La liturgia exige ser “vivida”: abarca a todo el hombre, asume su existencia concreta, transformándola; 2. La celebración convoca la asamblea y provoca una participación activa, consciente y plena; 3. La celebración se desarrolla en un clima de fiesta, que provoca una intensa experiencia colectiva; 4. Dios habla hoy en la liturgia y llama a la historia humana a comparecer ante el tribunal de su palabra; 5. La liturgia abarca todas las dimensiones históricas de la salvación: pasado, presente y futuro; 6. Todo acto litúrgico actualiza la misión que brota del bautismo: nos envía a los hermanos – III. ¿Qué falta a nuestras liturgias para ser de verdad promotoras de lo humano? – IV. Conclusión.

Premisa

La reflexión más reciente sobre la misión de la iglesia, y la misma dramaticidad de los problemas que tienen lugar en el mundo de hoy han estimulado a profundizar en los lazos existentes “entre evangelización y promoción humana… Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad. En esta perspectiva, el que toma en serio la afirmación del concilio, que presenta la liturgia “como la cumbre y la fuente de toda la vida de la iglesia” (SC 10), no se sorprenderá de encontrar en este diccionario una voz sobre el tema promoción humana y liturgia.

Para estudiar este tema se podían escoger dos caminos: a) el de señalar todo lo que falta a nuestras liturgias, tal y como son realizadas, para ser verdaderamente promotoras de lo humano; b) o bien estudiar positivamente las potencialidades que se encuentran en una verdadera liturgia para promocionar al hombre, o sea, para empujarlo (mover) hacia adelante (pro), para favorecer su crecimiento y abrirlo a una continua novedad. Se ha preferido estudiar este deber ser como un ideal que ha de amarse y perseguirse con todas las fuerzas. Una mirada posterior al ser, muy lejano del ideal, mostrará todo el camino que queda por recorrer y estimulará al compromiso.

I.  Liturgia y valores humanos

Partiendo del significado global del término evangelización como ha sido formulado por Pablo VI en la exhortación apostólica La evangelización del mundo contemporáneo, es claro que la evangelización incluye la liturgia como parte integral. En efecto, por evangelización, según el uso común, se entiende el conjunto del anuncio de la palabra de Dios, de la comunicación de la vida divina mediante los sacramentos y del testimonio en la historia del servicio a los hermanos’.

Inserta entre anuncio y testimonio, la liturgia los une vitalmente.

1.  MAESTRA QUE INCULCA LA JERARQUÍA DE LOS VALORES. Poniendo el evangelio en relación con la promoción del hombre, podemos comparar los valores de la fe con las metas del progreso humano. La liturgia interviene sobre todo como una maestra que inculca la jerarquía de los valores, esa misma jerarquía que encontramos tan bien expresada en la constitución SC (n. 2) cuando describe las dos caras del misterio de la iglesia: “En la iglesia lo humano está ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, lo presente a la ciudad futura que buscamos”. Es la liturgia la que nos ha ofrecido esta visión plena, bien equilibrada, del misterio eclesial. Es también la que nos ofrece una comprensión adecuada de la relación entre iglesia y mundo, reino e historia, fe y valores humanos.

Ciertamente, el mundo litúrgico está impregnado de valores sobrenaturales: en él domina la perspectiva de la fe, se celebra la pascua de Cristo, se manifiesta el plan de Dios para nuestra salvación. Pero la liturgia no está nunca desencarnada. Es el hombre en su vida concreta el que debe ser salvado en todo el conjunto de su destino; lo humano que se realiza aquí abajo, y lo divino que se consuma allá arriba. Habla a menudo del cielo, pero no afirma que el cielo lo sea todo y la tierra nada. Pero tampoco afirma lo contrario. Fiel a la antropología bíblica, se atiene a un humanismo integral abierto a la dimensión trascendente del destino del hombre.

2.  Los VALORES HUMANOS REDIMENSIONADOS EN REFERENCIA A LO DIVINO. Decir que “el hombre está ordenado a lo divino”, como hace la SC en el pasaje citado, significa prolongar los valores humanos mucho más allá de sus confines naturales: hacerlos entrar en el mundo de lo divino. De este modo la dimensión humana no se anula, sino que es redimensionada. Algún ejemplo concreto: — La gracia de los sacramento, especialmente de la eucaristía, hace madurar a la persona hacia su plenitud, el “hombre perfecto” (Ef 4,13), que es Cristo. Los santos demuestran hasta qué punto las dimensiones humanas pueden ser dilatadas por lo divino. — La experiencia viva de la asamblea litúrgica hace madurar las relaciones sociales hacia esa koinonía que comporta una profunda comunión con los hermanos, modelada sobre la que existe en el seno de Dios: “para que sean uno, como nosotros somos uno” (in 17,22). El ofrecimiento del perdón que renueva impulsa la liberación del hombre hasta la libertad total, para la que no basta la ausencia del pecado, que es esclavitud interior. — Ofreciendo una comunión con la misma vida de Dios, satisface el ansia de participar y de compartir más allá de lo que se puede realizar en los diversos momentos de la vida. — Insertándose en la pascua de Cristo se abre a una novedad que no se refiere sólo a la cultura, las estructuras y los modelos operativos, sino que también afecta a las raíces mismas del hombre, transformadas por la novedad del Resucitado, que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

Para el que no cree está claro que todo esto no significa nada, mientras que para nosotros, los creyentes, es maravillosamente capaz de promocionar lo humano. El hombre cristiano es un hombre bajo el signo del más, lo que hacía decir a Nicolás Pende: “El cristiano es un ser compuesto de cuerpo, alma y Espíritu Santo”.

II. Potencialidad promotora de lo humano de la liturgia

Querría ahora indicar esquemáticamente las dimensiones litúrgicas que me parecen más directamente promotoras de lo humano. Las llamo potencialidades porque nada sucede automáticamente: explotarlas depende de nuestro esfuerzo.

1.  LA LITURGIA EXIGE SER “VIVIDA”: ABARCA A TODO EL HOMBRE, ASUME SU EXISTENCIA CONCRETA, TRANSFORMÁNDOLA. El acto litúrgico no es algo que tenga valor en sí mismo, pero se sustenta por sí mismo, aunque nadie lo comprenda y lo viva, con tal que se realice exactamente todo lo que está mandado. En ese acto debe comprometerse todo el hombre. Así se convierte claramente en el acto de alguien: debe llegar al hombre real, asumir su vida con sus problemas y sus aspiraciones, provocar sus opciones. Si se dice que es un acto de la iglesia, no debe olvidarse que la iglesia existe en los hombres: la iglesia es el nosotros de los cristianos (san Jerónimo). El hombre debe introducirse completamente en el acto litúrgico. O sea, por una parte debe movilizar todas sus capacidades (cuerpo y alma, inteligencia y voluntad, memoria y afectividad); por otra debe sentirse implicado tanto en su mundo personal como en la dimensión social que lo une a los hermanos [-> Participación]. La liturgia es sacramental: por tanto se sitúa en la línea de la encarnación y no quiere como actores a hombres desencarnados. Como Cristo bajó del cielo ‘por nosotros los hombres y por nuestra salvación”, así el gesto sacramental es acción de Dios, pero lo es para el hombre. Lo quiere salvar en su situación concreta.

Y a este hombre, después de haberle aferrado, lo pone de espaldas contra la pared: el signo litúrgico tiene una dimensión esencial de compromiso. Es esto lo que impulsó a los padres de la iglesia a llamar al bautismo sinthéke, contrato.

Me limito a hacer algunas alusiones evocadoras: Los sacramentos particulares hacen referencia a momentos centrales de la existencia cristiana: el nacimiento (bautismo), el crecimiento continuo (eucaristía), la maduración y asunción de responsabilidades (confirmación), la formación de una familia (matrimonio), la crisis de la enfermedad (unción), etc. El sacramento es un gesto personal de Cristo que asume esta situación, con el don de la gracia la transforma y nos la restituye para que la vivamos en el plano de la fe. El sacramento supone un salto cualitativo hacia adelante. — En la eucaristía todo el -> trabajo humano, ese desmedido esfuerzo por transformar la realidad, es llevado al altar. Para simbolizarlo sirven los signos del pan y del vino, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. Como el pan y el vino de modo maravilloso forman parte de la eucaristía, así el trabajo humano entra en el drama de la redención. Chenu dice que se convierte en “una maravillosa materia para el reino”. De aquí se sigue que el hombre trabajador es promovido a la dignidad de colaborador de Dios, en el gran opus de la redención siempre en acto. — Todas las aspiraciones, las ansias y los problemas del hombre son asumidos en la oración de intercesión. No es que con esto nos lavemos las manos, dejando a Dios el encargo de resolver todo. La oración verdadera no es nunca una coartada del descompromiso ni empuja al hombre a dimitir de sus responsabilidades: mientras rezo por la paz o por la justicia, la gracia trabaja en mi corazón y me da luz y fuerza para ser pacífico: constructor de la paz y operador de la justicia.

Surge aquí el carácter bipolar, que ve desarrollarse el acto litúrgico entre dos términos en tensión dialéctica: el misterio de Dios y el misterio del hombre. La liturgia es antes que nada -> memorial: actualiza, o sea, hace presentes los grandes gestos con los que Dios nos salva. Pero la forma es sacramental: debe hablar al hombre y aferrarlo. De aquí la exigencia de una dimensión antropológica, que debe ponerse de acuerdo con la -> cultura y la historia de hoy.

Es preciso, sin embargo, comprender bien esta exigencia: que la liturgia debe conceder un espacio a la vida real y expresarla, permitiendo así una participación viva [-> Pastoral litúrgica]. Esto no se realiza simplemente haciendo entrar en el acto litúrgico la vida tal como es en sus formas cotidianas y profanas. Así desaparecería toda la diferencia entre lo sagrado y lo profano. Es un camino equivocado, invocado por algunos, que pretende, por ejemplo, transformar la eucaristía en una merienda fraterna, realizada en torno a una mesa en mangas de camisa. Así tendremos no una liturgia más humana y más promotora de lo humano, sino solamente una liturgia más banal y con menos significado. La liturgia no celebra la acción del hombre, sino la de Dios. Si nuestra existencia debe entrar en ese misterio, sólo lo puede hacer a través de la expresión simbólica que es el lenguaje de la liturgia, e implica una ruptura con respecto a las formas de lo cotidiano y ordinario. La liturgia está viva, si se da realmente una vida de comunión con Dios y con los hermanos, y después esa vida se hace presente en la celebración, que se convierte en su signo, y así se introduce en la trama de la salvación.

Se ha observado que la -> eucología del mundo litúrgico en sus textos clásicos, en gran parte conservados, no concede gran espacio a los temas de la promoción humana: el plan de Dios, los temas del reino y de la -> escatología dominan indiscutiblemente, junto con las radicales exigencias que se imponen a los que entran a formar parte de él. Los elementos terrenos afloran, en cambio, más explícitamente en los textos de reciente composición: las oraciones de algunos santos (especialmente los santos caritativos, como Juan Bosco o Vicente de Paúl) y las peticiones de la -> liturgia de las Horas, en donde se da un mayor espacio a los problemas humanos y a los proyectos de progreso inspirados en la doctrina social de la iglesia. Indudablemente, el hecho se explica por la mayor sensibilidad que tenemos hoy con relación a esta dimensión de la evangelización. Pero creo que hay una razón más profunda: los proyectos y las metas del hombre están unidos a la actualidad y a la imprevisible mudanza de los acontecimientos. Por tanto, difícilmente puede encontrarse su expresión en textos fijos e inmutables. Por el contrario, la atención a lo concreto encontrará su puesto en las partes de -> creatividad (las intenciones de la oración de los fieles, las moniciones y la -> homilía del celebrante, etc.), en las que la liturgia renovada deja amplias posibilidades, no siempre utilizadas con la necesaria sensibilidad y atención al hoy. Los proyectos humanos deben ser armonizados a nivel de fe con el plan divino que la liturgia debe sobre todo anunciar y celebrar.

2.  LA CELEBRACIÓN CONVOCA LA ASAMBLEA Y PROVOCA UNA PARTICIPACIÓN ACTIVA, CONSCIENTE Y PLENA. Se sabe que alrededor del altar está el pueblo de Dios, convocado por el Resucitado. El modelo al que nos referimos son las asambleas vivas del s. w, que hemos descubierto en el estudio de las fuentes. Nos reunimos en -> asamblea para unirnos en torno a él y escuchar la palabra. Se experimenta la profundidad de los vínculos que la adhesión a Cristo en la fe crea entre nosotros. La asamblea litúrgica, si se desarrolla en un clima contagioso de fe, de fiesta y de dinamismo pascual, realiza la forma más profunda de unidad. Nos hacemos uno en Cristo. Se crea un hábito de comunión que elimina las divergencias y destruye todas las barreras que distancian a las personas.

Este pueblo reunido está, pues, implicado por entero en la acción. Cada uno tiene que hacer su parte según la diversidad de los roles, pero la acción es única, y en ella todos somos actores. Es una forma casi ideal de participación que no admite espectadores.

Asamblea y participación son realidades conectadas y de importancia decisiva para la promoción humana. Hay en nuestra sociedad una profunda exigencia a este respecto. El verticalismo, que hace brotar todo de lo alto y mortifica el movimiento de participación de la base, ha desaparecido. No se está ya dispuesto a delegar en otro la propia parte de responsabilidad. Cada vez más se quiere ser protagonista de la parte de historia en la que se vive. Las mismas instituciones eclesiales y civiles se abren a nuevas formas de participación y de corresponsabilidad con diferentes organismos, originando diversas formas de asambleas.

Si la asamblea dominical [-> Domingo] se convierte en una experiencia viva, por ese mismo hecho crecerá hacia una participación responsable. Ayudará a superar una actitud de pasividad y de rutina, a abrirse al diálogo y al encuentro con los otros, a acoger el don del hermano y a ofrecerle generosamente lo mejor de sí mismo, a buscar diversas formas de participación en la vida cotidiana (escuela, barrio, ambiente de trabajo) y a asumir roles y compromisos en la vida pública; en una palabra, a sentirse corresponsable en primera persona del bien común; ante todo del bien de la iglesia, viviendo esa dimensión señalada por el Vat. II y llamada ordinariamente “conciliaridad de la iglesia”.

Es verdad que las grandes asambleas dominicales no facilitan intercambios profundos ni consienten posibilidades amplias de diálogo y creatividad. De aquí la legítima exigencia de realizarlo en celebraciones de grupo con una dimensión más humana. Al difundirse, estas formas ofrecen gran ayuda a los -> grupos comprometidos; pero no se debe tener la pretensión de que ésta sea la única forma, porque la celebración normal es siempre la que convoca a todo el pueblo de Dios alrededor de su Señor, como ya sucedió a los pies del Sinaí.

Obsérvese, además, que si se acentúa indebidamente esta dimensión propia de la asamblea, se acabará por sustituir el individualismo de ayer por un comunitarismo nivelador. Esto, más que promover a la persona en sus relaciones con los otros, la achicaría, desatendiendo a los particulares, no respetando los ritmos personales de crecimiento, desconociendo las exigencias de interiorización y de apropiación a las que la persona no puede renunciar. Las pausas para la oración en silencio [1 Silencio] pretenden dar la debida respuesta a estas exigencias.

3.  LA CELEBRACIÓN SE DESARROLLA EN UN CLIMA DE FIESTA, QUE PROVOCA UNA INTENSA EXPERIENCIA COLECTIVA. Hay una fiesta donde quiera que se reúne mucha gente —en un clima de alegría contagiosa— para celebrar un hecho de decisiva importancia: se realiza una acción simbólica que lo ritualiza, y todos tienen conciencia de estar insertos en ese acontecimiento, de participar en él. En la liturgia, este hecho es la pascua de Cristo: el signo litúrgico lo hace presente y permite participar en él. De aquí nace una intensa y exuberante experiencia, que en los africanos se traduce en danza también durante la liturgia. Es un ritmo nuevo, festivo sin duda, que rompe el comportamiento ordinario. La alegría irrumpe espontáneamente y se traduce en canto. Se crea un clima de fraternidad y una necesidad espontánea de compartir. Nuestro pueblo tiene necesidad de expresarse a través de la fiesta. ¡Es tan escasa la reserva de alegría en nuestro mundo! El placer, el tener y el poder no son más que miserables sucedáneos buscados por muchos y por todos los medios; sucedáneos que han envenenado las fuentes de la alegría, apagado el canto y matado la capacidad lúdica del hombre, marcando su rostro con preocupaciones y angustias. Entonces el clima fascinante de la fiesta se convierte en un recuerdo de otros tiempos y la convivencia se hace cada vez más inexpresiva y banal.

Una liturgia vivida en la alegría podrá hacer renacer el sentido de la -> fiesta, del que la vida del pueblo no puede prescindir, porque está profundamente unido a nuestra naturaleza. Pero para hacerlo verdaderamente, deberá desarrollarse en un ambiente pascual, impregnado de alegría. Decía Nietzsche: “Tendrían que cantarme mejores canciones…; sus discípulos tendrían que parecerme más redimidos”.

4.  Dios HABLA HOY EN LA LITURGIA Y LLAMA A LA HISTORIA HUMANA A COMPARECER ANTE EL TRIBUNAL DE SU PALABRA. La liturgia actualiza todo. Lo que resuena en la asamblea es una palabra actual que Dios pronuncia hoy. Es una llamada, una provocación divina. Nadie puede situarse ante el evangelio en actitud de espectador. Puesto que resuena hoy, el terreno en el que cae es la situación histórica de los que escuchan, y se convierte en palabra de juicio. Puede hacerse cortante como una espada.

No es sólo el individuo que escucha el que es juzgado. Al entrar en la celebración, el creyente no olvida lo que ha sucedido fuera. Lleva a la oración su experiencia, las situaciones concretas en las que se encuentra implicado y las analiza a la luz de la fe. Se le ofrece la palabra como un criterio de juicio, y es una criteriología que llega al corazón de los hechos. La -> homilía debe ayudar a hacer esta valoración. La palabra cumpie su función profética ofreciendo un juicio de condena del mal, que puede convertirse en una ardorosa denuncia de injusticias patentes (pienso en Helder Cámara), un estímulo para la conversión o la manifestación de compromisos concretos y urgentes en la iglesia y en el mundo. Lo dice K. Barth: “Tengo en una mano el evangelio y en la otra el periódico, y leo los acontecimientos a la luz del evangelio”.

Así, en torno a la palabra se forma una comunidad comprometida, una comunidad tan madura que no sufre “lo que sucede”, sino que lo valora a la luz de la palabra. Promoviendo esta conciencia crítica, ante todo de sí misma, se ayuda al hombre a superar el fatalismo, a hacerse cargo de los problemas de la iglesia y del mundo y a dar humildemente su aportación, fortalecido por ese “suplemento de espíritu” que sólo el evangelio puede dar. Será un evangelio no domesticado, que conserva su carga original renovadora y se hace levadura dentro de todas las situaciones humanas; una palabra que dialoga con los acontecimientos y provoca los hechos. Y así continúa la historia sagrada.

5.  LA LITURGIA ABARCA TODAS LAS DIMENSIONES HISTÓRICAS DE LA SALVACIÓN: PASADO, PRESENTE Y FUTURO. Una de las adquisiciones fundamentales del Vat. II es la de haber redescubierto la revelación como historia, historia sagrada porque tiene a Dios como protagonista. La economía se presenta como una historia siempre en acto; historia que tiene un largo pasado escalonado de maravillas, que se prolonga en el hoy que estamos viviendo y se cumplirá definitivamente al final de los tiempos.

El sacramento abarca las tres dimensiones: es recuerdo, porque recapitula retrospectivamente todo el pasado y lo actualiza mediante el -> memorial eficaz; es presencia, porque se revive el acontecimiento salvífico y me ofrece aquí y ahora la salvación; es espera, porque el don de la gracia no es todavía la salvación definitiva. Por tanto está proyectado hacia un futuro en el que el presente se completará de modo inaudito.

Esto responde bastante bien a la necesidad de historicidad, tan aguda en la cultura contemporánea, y es fuertemente estimulante para un compromiso activo en el hoy. Encuadrado en este único y gran acontecimiento, proyectado hacia adelante, este fragmento de presente en el que he de actuar se sublima. Es bonito sentirse implicados en una historia más grande que nosotros. El pasado de la historia sagrada, que me atestigua la fidelidad de Dios y la continuidad de su plan, me ofrece una base sólida y un fundamento seguro para la esperanza. Se sabe que un hombre sin esperanza es incapaz de un compromiso dinámico.

Sé que en esta historia se construye el reino. Y el reino es el único absoluto. Esto impide absolutizar cualquier otra estructura contingente. No hay ya lugar para falsos mesianismos terrenales. Las realizaciones históricas son siempre limitadas. Caminamos hacia la ciudad futura, y el reino está todavía en construcción. Hay sobre todo un todavía no. Esto abre todos los proyectos a una concepción dinámica, proyectada hacia el futuro, y por lo tanto promotora de lo humano, de un mañana mejor que el hoy. La fe abre a la novedad. De aquí no surgirá una invitación al descompromiso, sino más bien a una presencia más incisiva. “La espera de la tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra” (GS 39).

Además, el futuro que la liturgia presenta es el futuro de Dios. El hombre no está solo desplegando sus fuerzas en el plano de la historia, como nuevo Prometeo, empeñado en una conquista que sólo depende de él. El protagonista es Dios, Señor de la historia, y nosotros sólo debemos colaborar con él. Por tanto, el futuro que esperamos no es una utopía, porque se funda en la promesa divina. El que acepta este modo de entender la fe se libera de la natural reacción de angustia frente a “lo que todavía no ha sucedido nunca”. El sacramento vivido en todas sus dimensiones históricas se convierte así en gesto de auténtica esperanza cristiana, que hace posible todo tipo de audacia.

6.  TODO ACTO LITÚRGICO ACTUALIZA LA MISIÓN QUE BROTA DEL BAUTISMO: NOS ENVÍA A LOS HERMANOS. Liturgia y misión son inseparables. Hay un movimiento dialéctico que va de la vida a los sacramentos y de los sacramentos a la vida; del encuentro con Dios al encuentro con los hermanos. El acto litúrgico es un gesto al que llega la vida concreta; por lo tanto, es indudablemente un punto de llegada. Pero esto no basta. Es sobre todo un punto de partida: ofrece luz y fuerza para dar un sentido nuevo al vivir de cada día.

Del sacramento se sale enviados a los hombres. Es como si se dijese: “Id y comunicad a los otros el don recibido. Gritad desde los tejados la maravillosa noticia de que Dios nos ama y nos salva”.

Se va a los hermanos con la misión que proviene de haber experimentado el amor de Cristo que se entrega. La exigencia queda marcada por ese don. Nos sentimos impelidos a seguir sus huellas, a asumir su estilo de servicio, a volcar sobre los otros ese amor oblativo; un amor que, precisamente porque piensa solamente en darse, acude adonde hay más miseria.

Todo sacramento es un gesto liberador de Cristo, y privilegia por tanto a los marginados. Me libera para que yo me convierta a la vez en liberador. Quien ha tenido esta experiencia no podrá permanecer neutral ante las formas de opresión y de injusticia que encuentre.

Colmado de los dones del Señor, no podrá rehuir el don de sí y de sus cosas. “Pues si os comunicáis en los bienes inmortales, ¿cuánto más en los mortales?” (Didajé IV, 8). En la asamblea de Nairobi (1975) del Consejo ecuménico de las iglesias un orador dijo: “El que evangeliza es un menesteroso que va a decir a otro menesteroso dónde pueden encontrar ambos de comer”. El que vive la liturgia se siente prisionero de esta dialéctica. Siente que debe tender un puente entre la eucaristía y la vida. La monición final debería estimularlo y orientarlo en este sentido y ponerle en el corazón un gran deseo de “hacer nuevas todas las cosas” al ir al encuentro de la vida diaria.

III.      ¿Qué falta a nuestras liturgias para ser de verdad promotoras de lo humano?

He evocado las potencialidades de la liturgia. Podría parecer una poesía inconsistente. De hecho son dimensiones verdaderas, objetivas, del signo litúrgico. Es verdad que podemos debilitarlas, hasta incluso anularlas.

Pero nuestras liturgias, tal como son celebradas en concreto, ¿son promotoras de lo humano? En el complejo de nuestra realidad litúrgica, junto a muchos aspectos positivos, ¿no se ven desgraciadamente carencias notables? ¿Cuáles son en concreto? Me limitaré a algunas rápidas alusiones:

  • Liturgias que se desarrollan en un clima aséptico e irreal, sin ningún enganche con la vida ni con la actualidad, que lo mismo pueden celebrarse en España que en Africa, en los años sesenta que en los años noventa. No es preciso discurrir mucho para entender que favorecen la falta de compromiso y la alienación.
  • Asambleas apáticas y pasivas, en las que no se realiza ni un encuentro con el Resucitado ni la comunión con los hermanos. En vez del clima de fiesta domina el cansancio y el aburrimiento. El espacio litúrgico se convierte en un lugar sin atmósfera, atemporal e impersonal, donde no tienen cabida la vida y los problemas del hombre.
  • La costumbre “cosificante”, que empuja a decir palabras y a realizar gestos de modo mecánico, sin que el corazón se comprometa mínimamente. Entonces hasta las palabras más llenas de fuerza (gracia, luz, salvación) y los gestos más expresivos se quedan vacíos. Es exactamente lo contrario de la autenticidad.
  • La sistemática inutilización de medios importantes para animar a la asamblea, como los gestos de acogida [I Animación], que deben dar al signo de la asamblea su dimensión humana, promoviendo relaciones fraternas; las moniciones, que deben reencender la chispa de la fe que se ha experimentado, etc. Muchos celebrantes se autocondenan al papel de simples ejecutores de ritos prescritos y de lectores de fórmulas estándar.
  • La fijación total, que inutiliza todos los espacios creativos, renuncia a las necesarias adaptaciones a la asamblea concreta, no permite a nadie expresarse y quita a todos el espacio necesario para crecer. Es una barrera que aprisiona y adormece, e impide seguir hacia adelante. En el extremo opuesto está la creatividad subversiva del que no respeta a la asamblea, imponiéndole los gustos personales de uno solo, se abandona a una improvisación absoluta, sin ningún sentido de los propios límites, o actúa a menudo de un modo reductivo, despojando a la celebración de su dimensión de -> misterio. Se debilita entonces su potencial de fe, base del compromiso cristiano.
  • Homilías atemporales y descomprometidas, que presentan más o menos bien una doctrina, pero que renuncian a iluminar las situaciones concretas de la vida, a ser la fuerza divina (dynamis) que suscite una praxis cristiana coherente.
  • La incapacidad de armonizar de modo equilibrado en la experiencia litúrgica los aspectos de contemplación y de alabanza (veo admirado las maravillas de Dios y le canto mi admiración y mi reconocimiento) con el operativo, o sea, con el compromiso concreto que el Señor exige de mí y que debe traducirse en hechos. Sin contemplación, la acción carece de vida; sin compromiso concreto, la contemplación se hace estéril.

IV.      Conclusión

Si entre el ideal esbozado y las situaciones concretas se abre un foso profundo, a todos nos toca allanarlo con solícito empeño. Promovamos nuestras liturgias hacia estas metas, y veremos con nuestros ojos la rica aportación que ofrecen para la promoción del hombre.

[-> Existencia cristiana y liturgia, -> Compromiso].

M. Magrassi

BIBLIOGRAFIA: Bellavista J., Liturgia, ideología política y exclusión de la comunidad eclesial, en “Phase” 77 (1973) 425-436; Duquoc C.-Guichard J., Política y vocabulario litúrgico, Sal Terrae, Santander 1977; Gatti G., Liberación, en DTI 3, Sígueme, Salamanca 1982, 310-318; Gelineau J., Celebrar la liberación pascual, en “Concilium” 92 (1974) 273-287; Llopis J., Homilías y política, en “Phase” 91 (1976) 60-63; Rovira J.M., Incidencia de la ideología en las celebraciones litúrgicas, ib, 77 (1973) 407-422; VV.AA., Los jóvenes y el futuro de la Iglesia, en “Concilium” 106 (1975) 305-464; VV.AA., Teología de la liberación, en “Selecciones de Teología” 70 (1979) 98-190; VV.AA., Política y liturgia. La liberación del hombre por la liturgia, en “Concilium” 92 (1984) 165-309. Véase también la bibliografía de Compromiso y Existencia cristiana y liturgia.

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