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El Concilio Vaticano II y la Acción Católica

El Concilio Vaticano II y la Acción Católica

Encuentro de militantes de Acción Católica de la Diócesis de Ciudad Real

7 de abril de 2013

Pedro Escartín Celaya

Introducción: En el Año de la fe.

En el presente año es especialmente apropiada una reflexión que una las dos realidades señaladas en el título: el Concilio Vaticano II y la Acción Católica. Al convocar el Año de la fe, el papa Benedicto XVI nos invitaba a volver a tomar en nuestras manos los textos conciliares, consciente de su actualidad para la Iglesia en el siglo XXI:

«He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. (^) Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»[1].

Como es natural, a través de los textos, de la letra, nos hacemos cargo del espíritu que alentó durante el Concilio e introdujo a la Iglesia en el umbral del presente siglo. Un espíritu que bien podemos escribir con mayúscula porque se trata del Espíritu del Señor, cuyo aleteo sobre la comunidad eclesial percibimos mejor ahora, con la perspectiva de los cincuenta años transcurridos desde la inauguración de la asamblea conciliar.

Y, al mismo tiempo, en este Año de la fe somos convocados a renovar el impulso evangelizador y apostólico, mediante el testimonio en el mundo, algo tan propio y peculiar de la Acción Católica desde su fundación. De nuevo las palabras del Papa nos resultan sugerentes:

«La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó»[2].

Al relacionar estas dos realidades —Concilio y Acción Católica— me viene a la memoria la reflexión de uno de los más prestigiosos teólogos conciliares, el P. de Lubac, acerca de la relación entre la Eucaristía y la Iglesia, que ha quedado esculpida en la conocida frase: «La Iglesia hace la Eucaristía, y la Eucaristía hace la Iglesia»’^. Salvadas las diferencias, que no son pocas, y confiando en que se me entienda bien, me atrevo a decir: la Acción Católica hizo el Concilio y el Concilio hace ahora la Acción Católica. Éste quiere ser el tema de reflexión que os ofrezco: analizar cuál fue el influjo de la Acción Católica sobre la teología del laicado que emergió en el Concilio Vaticano

II, y recordar a la Acción Católica de hoy cuál fue la propuesta apostólica y organizativa que el Concilio le encomendó y a la que le sigue llamando.

  1. Aportación de la Acción Católica a la teología del laicado.

1.1.      Un poco de historia.

Hay que advertir que el Vaticano ii ha sido el primer concilio que se ha ocupado de la vocación seglar. Con ello no afirmo que el laicado haya estado ausente en el largo camino de la iglesia, sino que no ha sido normal que los concilios, preocupados por las controversias dogmáticas, reflexionaran sobre el laicado como sujeto protagonista de la vida eclesial. Nunca faltaron en la Iglesia reflexiones sobre los fieles cristianos, pero casi siempre como objeto del cuidado de los pastores.

Sin embargo, en el Concilio Vaticano II confluyó una marea apostólica de los seglares (permítaseme esta expresión), propiciada por el extraordinario florecimiento de las obras apostólicas —no siendo la Acción Católica la menor entre ellas— que se venía produciendo desde mediados del siglo XIX. Esta marea o movimiento laical preparó la tierra para que en este Concilio, que ha sido definido como el «Concilio de la Iglesia sobre la Iglesia»[3], germinara la semilla del laicado como «condición de vida eclesial»[4].

En mis «Apuntespara la historia de la Acción Católica en España»^, he descrito la génesis de la Acción Católica en los países de la vieja Europa, y en el nuestro en particular, que tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo XIX. En esos orígenes y en su desarrollo posterior se aprecian unos acentos que hemos de retener en la memoria:

—     la fuerte identidad católica de las iniciativas y obras, y de las asociaciones que las promueven,

—     la profunda adhesión al magisterio de los Pastores,

—     y la decisión de intervenir como cristianos en los ámbitos de lo social y lo político, donde se juega el futuro de la Iglesia y del hombre.

Esta manera de ser y actuar fue acogida e impulsada por los Papas de aquella época. Fue san Pío X quien, en su encíclica Il fermo proposito, describió el campo de la Acción Católica y de la acción de los católicos a través de aspectos relacionados con la acción civilizadora y social, además de otros de carácter específicamente religioso. Dijo expresamente que el ámbito de acción de los seglares abarca «todo lo que directa o indirectamente pertenece a la misión de la Iglesia, es decir, guiar a las almas a Dios y restaurar todas las cosas en Cristo, operando la obra de la civilización cristiana, los problemas sociales y obreros, la mejora económica, la conformidad de las leyes públicas con la justicia y el Evangelio…».

En aquellos primeros momentos, el nombre de Acción Católica sirvió para designar tanto la Junta Central de la Obra de los Congresos como la acción organizada de los católicos en una amplia variedad de asociaciones. Con Pío XI y Pío XII pasó a ser una organización principal (“ordinatio princeps”) o “vía maestra” del apostolado asociado. El papa Pío XI aplicó a la Acción Católica el carácter de «participación en el apostolado jerárquico», expresión que el Concilio Vaticano II precisó como «cooperación [de los seglares en el apostolado], según el modo que les es propio, con la jerarquía» o «acción y directa cooperación con el apostolado jerárquico». Por fin, el mismo Concilio dio a la Acción Católica una fisonomía propia a través de la doctrina de las cuatro notas[5], y los papas Pablo VI y Juan Pablo II la definieron como «forma singular de ministerialidad laical». En la última década del siglo XX, los Obispos españoles han afirmado que «no es una asociación más, sino que en sus diversas realizaciones —aunque pueda ser sin estas siglas concretas— tiene la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de “los laicos de la diócesis”, como organismo que articula a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana»[6].

1.2.     Intuiciones que entonces tuvo la Acción Católica

Estoy convencido de que, a lo largo del camino, ha sido el Espíritu de Dios quien ha guiado los pasos de una multitud de seglares para que aquella marea apostólica, que emergió hace más de un siglo, fuera cuajando, por medio de la reflexión teológica, en doctrina eclesial y en impulso evangelizador.

Un veterano estudioso y consiliario de la Acción Católica, como fue José Manuel de Córdoba, escribió en el año 1965 unas consideraciones respecto a la A.C.E. de los años previos a la guerra civil, que considero útil recordar en orden a la reflexión que estamos haciendo:

«He defendido que en el quinquenio 1931-1936 se realizó algo sumamente improbable, una “emergencia” en el catolicismo español: precisamente aquella Acción Católica; la superación del confesionalismo político-religioso. El discurso de Herrera el 29 de junio de 1933, “Un programa de Acción Católica”, revela el esfuerzo de la conciencia apostólica seglar para lograr el despegue de la Acción Católica desde el campo político, tradicional de la acción de los católicos, hacia el plano de lo apostólico seglar propiamente dicho, sin caer en lo estrictamente piadoso y ensamblado con las responsabilidades del apostolado social. (…) Al darle cierta tarea ejecutiva en el apostolado, el clero ha dado al laicado la ocasión de descubrirse una cierta personalidad en la Iglesia y su misión; ya no son sólo para la política y los asuntos temporales, sin más trascendencia eclesial: ahora es algo nuevo. Los curas necesitan al seglar como apóstol. Y por su parte, los eclesiásticos que se entregan al laicado de la Acción Católica, al tener que preocuparse de la psicología, los problemas y el papel de los seglares en la Iglesia y en la calle, empiezan a tener una mentalidad sacerdotal nueva en España: surgen los Consiliarios de Acción Católica en el clero del país»[7].

Dos años más tarde (1967), en un momento de excepcional vitalidad de los movimientos de Acción Católica, el Presidente de la Junta Nacional, Santiago Corral, manifestaba cuál era el impulso evangelizador que la venía animando, una vez superada la postguerra con la consiguiente restauración de la vida eclesial y social, que entonces se estaba visibilizando en la conversión de los Centros Generales a la pedagogía de los movimientos especializados. Sus palabras son elocuentes:

«Hemos dado una vuelta a la Acción Católica, (…) hemos pasado a una Acción Católica presente en el mundo, presente en la sociedad española, a donde lleva toda la problemática y toda la ideología católica para restaurar en Cristo esta sociedad; es un paso enorme el dado»[8].

Traigo estos datos a la memoria al mismo tiempo que recuerdo que la realidad de la A.C.E. en aquellos años era un reflejo de la extraordinaria vitalidad de la Acción Católica en las Iglesias de Europa. Señalados teólogos del Concilio Vaticano II (Y. Congar, G. Philips, R. Spiazzi, K. Rahner) tomaron como punto de partida para sus aportaciones a la teología del laicado en la constitución Lumen gentium la realidad de la Acción Católica, a la que consideraban la forma más propia del «laicado organizado para el apostolado» en la Iglesia. También se inspiraron en ella para describir la teología de las realidades terrenales (familia, cultura, ciencia, trabajo, política…) que conformarían el terreno de diálogo y cooperación de la Iglesia con el mundo en la constitución pastoral Gaudium et spes[9].

Por todo ello, no me parece desencaminado el destacar dos intuiciones de la Acción Católica, que se manifiestan en los textos de José Manuel de Córdoba y Santiago Corral antes citados, y de las que abrigo la convicción de que han influido en la actual teología del laicado:

a)      La intensa dedicación de los seglares al apostolado y la evangelización, mediante el anuncio de Jesucristo y la cooperación con el reinado de Dios, que Cristo anunció como presente ya en el mundo y todavía no logrado en su plenitud. Según esto, la Acción Católica no podía ser un instrumento al servicio de una política partidista, ni tampoco una asociación piadosa, sino una verdadera propuesta apostólica que impulsara la transformación de las realidades temporales según Dios.

b)      La reivindicación de la personalidad eclesial de los seglares, que la Iglesia y, en concreto, sus pastores debían reconocer, y de contar con la cooperación del laicado para llevar adelante la vida interna de la Iglesia y su misión el mundo, que aparecía latente en aquella «emergencia» de la A.C.E. a la que se refiere uno de los textos antes citados[10].

Estamos, pues, ante algunos temas de la mayor importancia para la teología del laicado propiciada por el Concilio Vaticano II. La nueva formulación de la Iglesia como «pueblo de Dios» (capítulo II de Lumen gentium) produjo un cambio substancial sobre
el estatuto eclesial del laico cristiano: pasó de ser objeto-súbdito del cuidado pastoral de la Iglesia a sujeto-protagonista de su tarea, al afirmarse por el bautismo la dignidad común de todos los miembros del pueblo de Dios, y a su vez al poner de relieve su misión «secular» más peculiar, es decir, su ser de forma propia «Iglesia en el mundo»[11].

1.3.    Reflejo de estas intuiciones en la teología conciliar del laicado.

Comprobemos ahora el reflejo de las precedentes intuiciones en los textos conciliares donde aflora la naturaleza y misión del laicado cristiano, en consonancia con la eclesiología que propició el Concilio:

♦         Sobre la naturaleza eclesial del laico cristiano: de objeto-súbdito a sujeto- protagonista:

«Cuanto se ha dicho del pueblo de Dios se dirige por igual a los laicos, religiosos y clérigos; sin embargo, a los laicos, hombres y mujeres, en razón de su condición y misión, les corresponden ciertas particularidades cuyos fundamentos, por las especiales circunstancias de nuestro tiempo, hay que considerar con mayor amplitud» (LG 30a).

«Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo» (LG 31a).

♦         Sobre la naturaleza del apostolado de los seglares: evangelización y santificación de los hombres, e instauración cristiana del orden temporal. Carácter secular de la acción apostólica de los laicos:

«La misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. (…) A los seglares se les presentan innumerables ocasiones para el ejercicio del apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios… (…) Pero este apostolado no consiste sólo en el testimonio de la vida; el verdadero apostolado busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes para llevarlos a la fe, ya a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimular a una vida más fervorosa… (…) Es obligación de toda la Iglesia el trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo» (A^ 5. 6. 7)

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«El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. (…) A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad» (LG 31b).

«El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia. (…) Los laicos, sin embargo, están llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos» (LG 33b).

♦         Sobre la comprensión positiva del laicado cristiano y su estrecha vinculación con la misión de los pastores:

«Los sagrados pastores conocen muy bien la importancia de la contribución de los laicos al bien de toda la Iglesia. Pues los sagrados pastores saben que ellos no fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia cerca del mundo, sino que su excelsa función es apacentar de tal modo a los fieles y de tal manera reconocer sus servicios y carismas, que todos, a su modo, cooperen unánimemente a la obra común.

Y si es cierto que algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos para los demás como doctores, dispensadores de los misterios y pastores, sin embargo, se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la acción común de todos los fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo. (…) Siguiendo el ejemplo del Señor, pónganse al servicio los unos de los otros y al de los demás fieles, y estos últimos, a su vez, asocien su trabajo con el de los pastores y doctores» (LG 30a. 32c).

♦         Finalmente, el afecto asociativo, vigente en la Acción Católica a lo largo de su historia, concuerda e impulsa el sentido de pueblo de Dios o pueblo sacerdotal con que el Concilio describió a la Iglesia y en el que fundamentó la misión evangelizadora de los seglares en corresponsabilidad con la de los pastores.

1.4 Las cuatro notas de la Acción Católica, punto de llegada de la teología conciliar del laicado.

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Las intuiciones antes apuntadas son las que me han permitido afirmar, naturalmente en una medida limitada y con las inevitables salvedades, que la Acción Católica hizo el Concilio. En el decreto sobre el apostolado seglar, que lleva por título Apostolicam actuositatem, la asamblea conciliar habló expresamente de la Acción Católica y formuló la doctrina sobre las cuatro notas que la identifican. Bien podemos decir que estas notas coronan la teología del laicado a la que el Concilio dio el espaldarazo. La doctrina sobre las cuatro notas está en concordancia con sus convicciones sobre la naturaleza eclesial de los laicos. A modo de ejemplo, llamo la atención sobre el hecho significativo de que en dos párrafos del decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, titulado Ad gentes, cuando se explica cómo ha de implantarse la Iglesia en los países de misión, el Concilio reclama la intervención de un laicado maduro y, de forma explícita, de la Acción Católica[12].

Volviendo al decreto sobre el apostolado de los seglares, hay que recordar que su número 20 está íntegramente dedicado a la Acción Católica. Merecería una lectura reposada y un comentario preciso, pero el tiempo disponible no lo permite, por lo que me limitaré a dos escuetos apuntes:

—     Por una parte, un breve recordatorio del contenido fundamental de esas cuatro notas[13], a saber: 1) finalidad evangelizadora de la Iglesia y de la Acción Católica; 2) protagonismo de los laicos que asumen la responsabilidad en la dirección de esta organización; 3) estructura asociativa que manifiesta el ser comunitario de la Iglesia; 4) mandato o particular relación con los pastores. Esta última nota da a la Acción Católica un valor «oficial» y «público» en la Iglesia, y de este modo goza de una eclesialidad más «institucional», que da pie a que se la haya considerado como «una singular forma de ministerialidad eclesial» que tiene la vocación de agrupar habitualmente a «los laicos de la diócesis»[14].

—     Además, es oportuno recordar que el mismo decreto conciliar, en el número 24, considera legítimo que los pastores reconozcan explícitamente, elijan y promuevan algunas asociaciones, en las que asumen una responsabilidad especial, cuando consideren que el bien de la Iglesia así lo requiere. En este reconocimiento y elección se fundamenta el «mandato» al que se refiere la cuarta nota de la Acción Católica[15], bien entendido que tal elección no cercena la iniciativa laical, sino que la asume responsabilizándose de ella en alguna medida. Como es natural, este reconocimiento reclama una estrecha y sincera vinculación y diálogo entre estas asociaciones laicales y los pastores de la Iglesia.

  1. Interludio: El arriesgado camino de la historia.

Hagamos ahora un brevísimo intermedio, sólo un apunte, para recordar que en el camino de la historia las mejores intenciones y propuestas se ven obligadas a confrontarse con la realidad de la vida, que casi siempre ofrece resistencia, y corren el riesgo de desvirtuarse. En el caso que nos ocupa, las intuiciones y propuestas de la Acción Católica han tenido que pasar, en el contexto de la Iglesia española, por el crisol de la crisis de finales de los años sesenta, y, en el de la Iglesia en toda Europa, por el reto de la profunda secularización que afecta a nuestros países de antigua tradición cristiana.

La crisis de la Acción Católica merecería una consideración más amplia, que en

este momento no es posible afrontar. Me limito a recordar que, tal como he expuesto en

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mi trabajo «Apuntes para la historia de la Acción Católica en España»[16], la crisis tuvo tres dimensiones: a) de identidad cristiana, b) de relaciones Jerarquía-Movimientos, c) de modelo histórico de Acción Católica. Puede afirmarse con verdad que, en torno a los días del Sínodo de los Obispos sobre el ser y misión de los laicos (1987), aquella penosa crisis se había superado y la Acción Católica estaba trabajando, codo a codo con la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, para ponerse al día mediante una nueva configuración, que quedó definitivamente sancionada en el año 1993 con la aprobación de las actuales Bases y Estatutos de la Federación de Movimientos de Acción Católica[17].

Este Proyecto de futuro de la A.C.E. reflexionaba, entre otras cosas, sobre la misión e identidad de la Acción Católica en el conjunto del apostolado seglar, teniendo en cuenta la doctrina de las cuatro notas y la posibilidad de que los pastores elijan, promuevan y asocien a su responsabilidad pastoral de un modo más estrecho una organización apostólica determinada. En este contexto se proponía la siguiente definición descriptiva de la tarea que corresponde a la Acción Católica:

«La Acción Católica es la colaboración fraterna, estable y organizada entre el Ministerio Pastoral y el laicado, cada uno según su específica función, en orden a la realización del fin global de la Iglesia, esto es, la evangelización con todas sus implicaciones»[18].

Esta definición concuerda con la teología del laicado diseñada por el Concilio Vaticano II. Sin embargo, hay que reconocer que el rebufo de la crisis y las nuevas dificultades que vienen condicionando la evangelización durante los años de cambio de milenio han dejado, en la vida diaria de nuestros movimientos, unas secuelas que conviene no minusvalorar. Señalaré cuatro casi telegráficamente:

—     Una silenciosa tensión entre autonomía y eclesialidad, que ha hecho pervivir algunas desconfianzas mutuas, de diverso calado, entre el laicado y los pastores. Se trata de una tentación eterna, que siempre cursa con perjuicio de la comunión eclesial y de la evangelización.

—     Por lo que se refiere a la presencia y actuación evangelizadora de los laicos, no siempre se ha superado un cierto equívoco entre las acciones intra y extra eclesiales[19]. Esta distinción se ha venido utilizando como control de calidad para medir el carácter más o menos evangelizador de las acciones militantes. El endurecimiento de esta distinción ha alejado a algunos militantes de la parroquia, al cuestionar que las tareas de edificación de la comunidad parroquial forjaran auténtica comunidad misionera.

—     Las dificultades que la creciente secularización de la sociedad han supuesto para el anuncio explícito de Jesús propiciaron la formulación de una teoría sobre la evangelización en la que se primaba el número 21 de Evangelii nuntiandi (importancia primordial del testimonio), dejando en la penumbra y a veces olvidando el siguiente (necesidad del anuncio explícito de Jesucristo). De aquí la tensión entre evangelización y anuncio explícito, que, a veces de forma inconsciente, ha estado presente en nuestros movimientos[20].

—     Por último no puedo pasar por alto la existencia de otra tensión, también generada por la crisis: la tensión entre unidad de la Acción Católica y diversidad de sus movimientos. A lo largo de los decenios setenta y ochenta esta tensión creó no pocas dificultades para la coordinación de los diferentes movimientos en el seno de la Junta Nacional de A.C. Las nuevas Bases y Estatutos consiguieron una estructura capaz de superar aquellas dificultades, aunque tal vez aún no se haya desactivado del todo la querencia de una autonomía que tiende a trocear la A.C. y cuestiona su existencia como cuerpo orgánico, tal como le atribuye la tercera nota.

Abrigo la convicción de que ahora nos encontramos en el buen camino para neutralizar estas secuelas, que la inevitable confrontación del ideal con la historia va dejando en nuestros mejores proyectos. Prueba de ello es, justamente, esta asamblea. Preguntémonos, por tanto, cuál es la Acción Católica que el Concilio diseñó y qué podemos hacer para impulsarla.

3. El Concilio hace hoy la Acción Católica.

Pienso que en el Sínodo de 1987 sobre la «vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio Vaticano II» nos señaló la tarea para lograr la Acción Católica que quería el Concilio. Sin entrar ahora a considerar los puntos relativos a la teología y espiritualidad del laicado cristiano, que reafirmó y desarrolló la exhortación Christifideles laici^^ del papa Juan Pablo II, fruto de dicho

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Sínodo, voy a pediros que fijéis vuestra atención en unas propuestas prácticas, que nos ofrecen sugerentes puntos de reflexión y revisión.

Aquel Sínodo recordó expresamente, siguiendo la pauta del Concilio, cuál es la participación de la Acción Católica en la misión de la Iglesia. Los Padres sinodales describieron el modo de ser de esta colaboración y tarea con estas palabras:

En la Acción Católica «los laicos se asocian libremente de modo orgánico y estable, bajo el impulso del Espíritu Santo, en comunión con el obispo y con los sacerdotes, para poder servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación y con un método particular, al incremento de toda la comunidad cristiana, a los proyectos pastorales y a la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida»[21].

En estas palabras se percibe, sin duda, el reflejo de las cuatro notas. Personalmente veo una cierta acentuación de la cuarta (particular relación con la jerarquía y dedicación a los proyectos pastorales de la Iglesia diocesana) y de la tercera (asociación orgánica y estable bajo el impulso del Espíritu Santo), sin que por ello estén ausentes las otras dos[22]. Son, por lo tanto, dos aspectos a profundizar e impulsar.

No deja de ser significativo que, en un momento en el que estaban en plena eclosión los llamados nuevos movimientos, la exhortación cite expresamente la Acción Católica y señale, para ella y para todos los movimientos, unos criterios de eclesialidad[23] que son, a la vez, pauta y tarea. Los Obispos españoles, en su documento colectivo Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo, aprobado en 1991, propusieron de nuevo estos criterios, denominándolos de discernimiento[24] y desarrollaron alguno de ellos, como luego indicaré. Éstas, pues, son las pautas y tareas con las que hoy hemos de confrontarnos:

  1.  Ante todo, primar la vocación a la santidad en todos y cada uno de los miembros, en este caso, de la Acción Católica. Una santidad que se verifica en las obras: testimonio de vida, confesión de fe, oración, comunión, trabajo por la justicia, solidaridad con los pobres y pobreza evangélica… Es tarea de la A.C. impulsar en sus miembros, a través del PPVC, la Revisión de vida y otros instrumentos, la conversión personal para superar el divorcio entre fe y vida.
  2.  Asumir la responsabilidad de confesar y celebrar la fe católica, acogiendo y proclamando la verdad sobre Cristo, la Iglesia y el hombre, en conformidad con el Magisterio de la Iglesia. Es tarea de la asociación educar la fe en sus miembros y hacer que participen en la celebración de la Eucaristía, los sacramentos y la oración.
  3.  Dar testimonio de una comunión efectiva y afectiva con el Papa (y la Iglesia universal), con el Obispo (y la Iglesia diocesana), con las demás formas de apostolado en la Iglesia. Es tarea de la asociación testimoniar la comunión y potenciarla en todos sus miembros.
  4.  Asumir el «el fin apostólico de la Iglesia» como quehacer principal de la asociación y de sus miembros. Este fin apostólico no es otro que «la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de su conciencia, de modo que consigan impregnar con el espíritu evangélico las diversas comunidades y ambientes» (AA 20).
  5.  Y, como consecuencia de lo anterior, comprometerse en una presencia en la sociedad humana, que se ponga al servicio de la dignidad integral del hombre, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia. Es tarea de la asociación promover

acciones, tanto de apostolado como de presencia pública, teniendo en cuenta las

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tareas que la propia exhortación señala en los nn. 37 al 44 .

El citado documento de los Obispos españoles añade dos criterios más, que pueden considerarse como desarrollo de los ya expuestos. Se trata de:

—     La solidaridad con los pobres y pobreza evangélica, como un criterio de verificación de la calidad evangelizadora, conforme al testimonio: «… los pobres son evangelizados» (Lc 7, 22), que Jesús dio ce sí mismo.

—     El protagonismo de los seglares en la dirección de sus asociaciones y en el discernimiento de las condiciones y métodos de acción, que ofrecen a los pastores y al resto de pueblo de Dios con espíritu de corresponsabilidad para que la Iglesia alcance el fin apostólico y evangelizador que le incumbe.

Es hora de poner punto final. Resumo, pues, lo que el Concilio quiso que fuera la Acción Católica en las tantas veces citadas cuatro notas (AA 20). Espero haber conseguido explicar que estas cuatro notas no sólo no han envejecido, sino que la vida de la Iglesia, durante estos cincuenta años de postconcilio, nos ha hecho percibirlas como totalmente actuales y necesarias. Así se desprende del mensaje que el papa Benedicto XVI dirigió al Foro Internacional de la Acción Católica el pasado verano:

«Os animo a proseguir con generosidad vuestro servicio a la Iglesia, viviendo plenamente vuestro carisma, que tiene como rasgo fundamental asumir el fin apostólico de la Iglesia en su globalidad, en equilibrio fecundo entre Iglesia universal e Iglesia local, y en espíritu de íntima unión con el Sucesor de Pedro y de activa corresponsabilidad con los pastores (cf AA 20). En esta fase de la historia, a la luz del Magisterio social de la Iglesia, trabajad también para ser cada vez más un laboratorio de “globalización de la solidaridad y de la caridad”, para crecer, con toda la Iglesia, en la corresponsabilidad de ofrecer un futuro de esperanza a la humanidad, teniendo también la valentía de formular propuestas exigentes»[25].

 

3                       DE LUBAC, H., Meditación sobre la Iglesia, Desclée de Brouwer, Bilbao 1958, 141-156.

6 ESCARTIN, P., Apuntes para la historia de la Acción Católica en España, en Sígueme. Un recorrido por la historia de la Acción Católica General, Ed. Acción Católica General, Madrid 2010, 17ss.

23    Me refiero, entre otras cosas, a la diáfana y contundente precisión del carácter secular como «lugar teológico» de la vocación y misión de los laicos, y fundamento de su peculiar espiritualidad. La transformación del mundo de acuerdo con los designios de Dios aparece como la primera y principal tarea apostólica del laicado, en virtud de su vocación en y desde el mundo, que «se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos». Lo cual implica que su vocación a la santidad «implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las

28 Las tareas señaladas en los números citados de Christifideles laici son las siguientes: 1) promover la dignidad de la persona; 2) venerar el inviolable derecho a la vida; 3) promover la libertad religiosa para todo ser humano; 4) la familia como primer campo en el compromiso social; 5) impulsar la caridad como alma y apoyo de la solidaridad; 6) todos destinatarios y protagonistas de la política; 7) situar al hombre en el centro de la vida económico-social; 8) evangelizar la cultura y las culturas del hombre.


[1] BENEDICTO XVI, Porta fidei, 5.

[2] Ibíd., 6.

[3] Cf madrigal, S., Unas lecciones sobre el Vaticano IIy su legado, San Pablo-Comillas, Madrid 2012, 25ss.

[4] Cf PIÉ-NINOT, S., Eclesiología, Sígueme, Salamanca 2007, 289ss. Este teólogo prefiere la expresión «condición de vida» en la Iglesia, utilizada siete veces por el Concilio, a las más clásicas o habituales de «estados de vida» u «órdenes», por su carácter más dinámico, menos comprometido con la historia y que puede expresar mejor la interrelación entre las tres «condiciones»: ministerio ordenado, vida consagrada y laicado.

[5] CONCILIO VATICANO II, Apostolicam actuositatem, 20. Para una lectura actualizada de las “notas” de la Acción Católica, vid. CEAS, La A.C.E., hoy. Nueva configuración, (1990).

[6] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo, 95.

[7]     ESCARTÍN, P., Apuntes para…, 21-22.

escartín, P., De aquella a esta Acción Católica General. Ponencia en la Asamblea constituyente de la nueva A.C.G. Cheste 2009, en Sígueme…, 115. La cita, del discurso de clausura de las VIII Jornadas Nacionales de la A.C.E., es más amplia y se refiere a la necesidad de implantar los movimientos especializados, que estaba en pleno auge.

[9]     Cf PIE-NINOT, S., Eclesiología…, 293. 295. 300.

[10]   Con ocasión de la fiesta de Pentecostés del Año sacerdotal (2010) fui invitado a reflexionar con vosotros, en esta misma diócesis de Ciudad Real, sobre las relaciones que han de existir entre los presbíteros y los laicos a la luz de la doctrina conciliar. Me remito a lo dicho en aquella ponencia sobre el necesario equilibrio y diferente cometido del protagonismo de unos y otros en la comunidad eclesial.

10

Cf PIE-NINOT, S., Eclesiología…, 291ss.

Cf CONCILIO VATICANO II, Ad gentes, 15: «Para la plantación de la Iglesia y el desarrollo de la comunidad cristiana son necesarios varios ministerios, (…) entre los que se cuentan las funciones de los sacerdotes, de los diáconos y de los catequistas y la Acción Católica». Ibid. 21: «La Iglesia no está verdaderamente formada, ni vive plenamente, ni es representación perfecta de Cristo entre las gentes, mientras no exista y trabaje con la jerarquía un laicado propiamente dicho. Porque el Evangelio no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en el trabajo del pueblo sin la presencia activa de los seglares. Por tanto, desde la fundación de la iglesia hay que atender sobre todo a la constitución de un laicado maduro».

[13] CONCILIO VATICANO II, Apostolicam actuositatem, 20: «Estas formas de apostolado, ya se llamen Acción Católica, ya con otro nombre, que desarrollan en nuestros tiempos un apostolado precioso, se constituyen por la concurrencia y aceptación conjunta de las notas siguientes: a) El fin inmediato de estas asociaciones es el fin apostólico de la Iglesia, es decir, la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de sus conciencias de tal manera que puedan imbuir de espíritu evangélico las diversas comunidades y los diversos ambientes. b) Los seglares, cooperando según el modo que les es propio, con la jerarquía, aportan su experiencia y asumen responsabilidad en la dirección de estas organizaciones, en el examen diligente de las condiciones en que ha de ejercerse la acción pastoral de la Iglesia y en la elaboración y desarrollo del método de acción. c) Los seglares trabajan unidos a la manera de un cuerpo orgánico de forma que se manifieste mejor la comunidad de la Iglesia y resulte más eficaz el apostolado. d) Los seglares, o bien ofreciéndose, o bien invitados a la acción y directa cooperación con el apostolado jerárquico, actúan bajo la dirección superior de la misma jerarquía, que puede sancionar esta cooperación incluso por un mandato explícito.

Las organizaciones en que, a juicio de la jerarquía, se hallan todas estas notas a la vez han de considerarse Acción Católica, aunque por exigencias de lugares y pueblos, tomen varias formas y nombres».

[14] Cf PIE-NINOT, S., Eclesiología…, 300s.

[15] CONCILIO VATICANO II, Apostolicam actuositatem, 24: «Puede además la autoridad eclesiástica, por exigencias del bien común de la Iglesia, de entre las asociaciones y empresas apostólicas, que tienden inmediatamente a un fin espiritual, elegir algunas y promoverlas de un modo peculiar, en las que toma su responsabilidad especial. Así, la jerarquía, ordenando el apostolado con diverso estilo, según las circunstancias, asocia más estrechamente algunas de sus formas a su propia misión apostólica, conservando no obstante la propia naturaleza y peculiaridad de cada una, sin privar por ende a los seglares de su necesaria facultad de obrar espontáneamente. Este acto de la jerarquía, en varios documentos eclesiásticos se llama mandato».

[16] Cf ACCIÓN CATÓLICA GENERAL, Sígueme…, 17-51. Los acontecimientos, contextos y dimensiones de la crisis se analizan en las páginas 31-41.

[17] Cf ACCIÓN CATÓLICA ESPAÑOLA, La Acción Católica Española. Documentos, Madrid 1996. Entre otros documentos, se encuentran aquí las actuales Bases y Estatutos de la A.C.E. y el llamado Proyecto de futuro de la A.C.E., hoy, que se había empezado a elaborar en el año 1986.

[18] Ibid., 42.

Durante la preparación del Concilio Vaticano II y los posteriores debates hizo fortuna la propuesta del cardenal Suenens que señalaba dos líneas de trabajo para la asamblea conciliar: Ecclesia ad intra y Ecclesia ad extra, es decir, un doble interrogante que mira hacia el interior y hacia el exterior de la Iglesia como tareas que el Concilio debía afrontar en sus reflexiones, dando origen a lo que hoy son las constituciones Lumen gentium y Gaudium et spes. (Cf. MADRIGAL, S., Unas lecciones sobre…, 42. 222…) Una lectura precipitada del acontecimiento conciliar llevó, durante el postconcilio, a atribuir carácter misionero a las acciones extraeclesiales y a mirar con recelo las intraeclesiales.

[20]    Cf GARCÍA DE ANDOIN, C., El anuncio explícito de Jesucristo, Ediciones HOAC, Madrid 1997, 43-46.

realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas». Vid. Christifideles laici, 15 y 17.

JUAN PABLO II, Christifideles laici, 31. Cf Propositio, 13.

Es de notar la sintonía entre esta visión que el Sínodo tuvo de la Acción Católica y la descripción que de ella hace el Proyecto de futuro de la A.C., del que hemos hablado más arriba.

Cf. Christifideles…, 30.

Cf conferencia episcopal española, Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo, 99-100.

[25] BENEDICTO XVI, Mensaje al Foro Internacional de la Acción Católica, 10 de agosto de 2012.

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Categorías:Accion Catolica
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