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Compromiso socio-político del cristiano en el Documento de Aparecida

Compromiso socio-político del cristiano en el Documento de Aparecida

P. Gregorio Iriarte o.m.i. *

Adital –

 

Introducción

Constatamos que existe una profunda crisis de identidad del cristiano como tal en relación a su presencia y actuación en el área socio-política. Esto se expresa, sobre todo, en el temor a manifestarse en lo que es, en lo que cree, lo que piensa… No se llega a confrontar el programa y la praxis política con la exigencias éticas de la fe.

La presencia de personas católicas, de auténtica formación religiosa, en los partidos políticos y en importantes funciones de gobierno ha sido muy común a la largo de nuestra historia. También en la actualidad podemos ver a gran número de personas con notable formación religiosa ocupando puestos de responsabilidad en el Gobierno del MAS (Movimiento Al Socialismo). Sin embargo, es una presencia tan discreta que no se la llega a sentir. Alguien los ha definido como “católicos vergonzantes”.

Lo cierto es que la actuación de los católicos comprometidos en la actividad política ha sufrido profundos cambios. Años atrás existía una idea clara de la identidad católica y de su consecuente “militancia” : Eran personas y grupos organizados que querían hacer realidad los valores del Evangelio en el área de la política.

El Documento de Aparecida quiere superar esa crisis de identidad católica en nuestros políticos, impulsándoles a que, con su presencia, vayan  transformando nuestra sociedad de acuerdo con los valores del Evangelio. Sin embargo, el Documento, siguiendo las orientaciones del Magisterio de la Iglesia, rechaza la idea de un partido confesional católico, como lo veremos más adelante.

I.- EN EL CORAZÓN DEL MUNDO

Una pastoral contextualizada

El Documento de Aparecida insiste en que para evangelizar la realidad hay que partir de esa misma realidad. Sólo así podrá ser transformada a la luz y el dinamismo de los valores del Reino:

“La pastoral de la Iglesia no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus miembros. Su vida acontece en contextos socio-culturales bien concretos. Estas transformaciones representan, naturalmente, nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. (D.A. 381)

Pero no solo con buena voluntad  se puede llevar el Mensaje y esperar excelentes resultados. Tienen que definirse, de antemano, los objetivos y programarse las acciones:

Debemos ser portadores de “una respuesta consciente y eficaz para atender las necesidades del mundo de hoy con indicaciones programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, de formación y valoración de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios, que permitan que el anuncio de Cristo llegue a las personas… modele las comunidades e incida profundamente, mediante el testimonio de los valores evangélicos, en la sociedad y en la cultura… (D.A. 385)

“No se trata sólo de estrategias para procurara éxitos pastorales, sino de la fidelidad en la imitación del Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos, deseoso de comunicar vida en cada rincón de la tierra” (D.A.386)

Superando la mentalidad dualista

El compromiso socio-político del cristiano implica una superación de la mentalidad dualista que ha caracterizado, durante siglos, a nuestra cultura. Esa mentalidad lleva a seccionar a la persona humana y a percibir a la realidad como dividida en sí misma, con tendencias antagónicas internas: iglesia-mundo; cuerpo-alma; oración-acción; espiritualidad-compromiso; amor a Dios-amor el prójimo… etc.

Desde esa mentalidad, se ve a lo sagrado como totalmente alejado de lo profano y al el reino de la gracia separado del reino del pecado aún en el orden físico.

De ahí ha surgido ese  falso espiritualismo que trata de refugiarse en el área de lo sagrado, huyendo de los compromisos y de las exigencias éticas de las realidades temporales. Avanzar por el camino de la santidad es alejarse del mundo a cual se lo ve como enemigo de Dios. En lugar de percibir esta diversidad de tensiones como algo llamado a la complementariedad, se las ve  como realidades llamadas a una continua  conflictividad.

El Documento de Aparecida trata de superar esa mentalidad dualista siguiendo las orientaciones del Concilio Vaticano II. En efecto, el Concilio ve a la Iglesia como fermento transformador dentro de esa misma realidad:

“La acción social por la cual la Iglesia se hace presente en la sociedad, en las personas, en las estructuras, para animar, orientar y promover la liberación integral del hombre, a la luz del Evangelio” nos dice Puebla.

El Documento de Aparecida nos habla de una liberación integral:

“Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos… El magisterio social de la Iglesia nos indica que no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social ( D.A. 373)

El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre… se trata de un Reino de vida… oferta de vida para todos. “ Por eso la doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y toda la actividad misionera de la Iglesia debe dejar transparentar esta atractiva oferta de una vida más digna para cada hombre y cada mujer… (D.A.375)

Crisis de identidad en los políticos cristianos

Decíamos más arriba que se constata una crisis de identidad en la militancia socio-política de los cristianos. La presencia de católicos comprometidos en el campo de la política ha perdido en Bolivia visibilidad, influencia y valentía.

No obstante, a lo largo del historia ha habido una participación muy activa de líderes cristianos que han dejado su imprenta positiva en valores, costumbres, leyes y tratados. Han existido partidos de gran influencia que han llevado el rótulo de “cristianos”, tanto en nivel nacional como internacional.

La presencia de numerosos jóvenes de verdadera formación humana y cristiana en los partidos políticos de Bolivia ha sido notable.  Lamentablemente, durante la década de los años 70 y 80 se dio una verdadera emigración de muchos jóvenes católicos, con grandes inquietudes y con nobles ideales, hacia partidos de izquierda, encandilados , la mayoría de ellos, por el señuelo de la ideología marxista.

Su desilusión fue profunda y total. Se frustraron grandes ideales y opciones muy generosas.

Recuerdo haber escuchado a uno de ellos, decepcionado se su propia trayectoria política: ¡”La Iglesia nos dejó huérfanos en los momentos más dramáticos”!

Debemos reconocer con sinceridad que la Iglesia no supo acompañar a nuestra juventud en los momentos más cruciales de la vida político-institucional del país.

En el momento actual se da un repliegue peligroso de muchos excelentes cristianos huyendo de todo compromiso socio-político. El individualismo, el consumismo, el éxito personal, el pesimismo ante el cambio… han ido apagando los mejores ideales, sobre todo, en nuestros jóvenes. En el área de lo político predomina la decepción, la desconfianza y la crítica amarga contra los partidos.

No se ha logrado articular la dimensión de fe con el compromiso político. Permanecen, como dos polos antagónicos y totalmente distanciados. Falta llegar a una verdadera  síntesis que le dé pleno sentido a la fe desde el compromiso social y que, a su vez, lo social sea vivificado y animado por esa misma fe.

La Iglesia no ha presentado en los últimos años una opción clara y eficiente que responda a ese reto en nivel nacional. El Documento de Aparecida quiere que se encuentre esa respuesta, formando cuatros políticos con un verdadero compromiso socio-político cristiano, que sean portadores de los principios y las directivas concretas de la D.S.I. (Doctrina Social de la Iglesia)

¿Hacia una pastoral socio-política….?

El Documento de Aparecida hace muchas alusiones a la Doctrina Social de la Iglesia y al compromiso transformador de los cristianos.

Debemos tener claro que cuando hablamos del compromiso socio-político del cristiano no estamos insinuando la formación de partidos confesionales, como tampoco lo hace Aparecida.

El Papa Benedicto XVI lo dijo muy claramente en el Discurso de Inauguración de esta la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano: “El respeto a una sana laicidad es esencial en la tradición cristiana auténtica. Si la Iglesia comenzara a transformarse en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres, precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes valores, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá el ámbito político. Formar conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector. Y los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias” (Benedicto XVI. Disc. en Aparecida )

El Documento de Aparecida, siguiendo las orientaciones del Concilio Vaticano II y del Magisterio Ordinario, defiende la independencia de la Iglesia en materia política y no se identifica con propuestas político-partidistas concretas. No se cree dueña de soluciones técnicas, económicas o políticas. Su misión está en anunciar los valores del Reino y  tratar de que esos mismos valores estén presentes en las distintas opciones políticas.

La necesaria articulación entre la vida de fe la política

Es necesario llegar a una verdadera síntesis entre la fe y la política para lograr que haya una presencia más eficaz y honesta de personas de Iglesia en el campo socio-político.

Uno de los aspectos más importante en orden a la participación política de los cristianos es el de la ética. Si analizamos la decadencia, y aún la desaparición de gran parte de los partidos políticos, vemos que ello está directamente vinculado a la tremenda corrupción de la que han sido víctimas. Esa corrupción se ha expresado, principalmente, en enriquecimientos ilícitos, negociados, cuentas bancarias secretas, nepotismo… etc.

El Evangelio es un verdadero manantial de valores para orientar la vida de las personas y de los pueblos. El aporte de los líderes católicos, en este sentido, sería de un valor extraordinario para encauzar a los partidos por caminos de honestidad, de justicia, de equidad, de igualdad, de transparencia… etc.

Estos grandes valores son como el horizonte último de toda auténtica política. Lo demás es demagogia.

El proyecto de una sana política se constituye, para el político cristiano, en una verdadera mediación para que viva con autenticidad su propia fe como laico católico.

Una verdadera pastoral socio- política debe impulsar y tratar de actualizar todo ese  caudal de valores que aporta el Evangelio de Jesús.

Esto implicaría una verdadera resurrección en situación de coma o de muerte cerebral en la que se debaten nuestros partidos tradicionales.

Sin embargo, esa presencia de los valores morales que exige el mandamiento del amor : valores de solidaridad, de equidad, de fraternidad, de igualdad, de justicia, de libertad… no estarán presentes en el campo de la política si no hay una verdadera pastoral social que forme a los cristianos en este campo, teniendo como ideario básico la D.S.I.

Todos sabemos que la fe no es un mero catálogo de verdades abstractas. Es acontecimiento, es experiencia, es vida… Hay que articular, por lo tanto, en la teoría y en práctica, la fe con la vida; la práctica de las virtudes personales con las virtudes sociales.

Hay corrientes de pensamiento dentro de algunos movimientos de la Iglesia que pretenden legitimar el a-politicismo en aras de la imparcialidad. En realidad, es una aparente imparcialidad. De hecho, es aceptar la convivencia con la corrupción, con la injusticia y la explotación.

El Documento de Aparecida está totalmente en contra de todo lo que implique privatización de la fe, ya que, en el fondo, es reducir el dinamismo de la fe al área intimista de la conciencia individual.

Era muy común en el tiempo de las dictaduras escuchar frases como esta: “La Iglesia debe dedicarse a rezar y no meterse en política”.

Fue muy grande el desconcierto que suscitó en la opinión pública del país esa misma frase en labios de altos personeros del Gobierno actual.

La alta política que orienta le vida de los pueblos con grandes principios y normas de conducta compete, no solo a las principales instituciones, sino también a todos los ciudadanos. Otra cosa es la política partidista que está restringida a cierto número de miembros en el tiempo y en el espacio.

La importancia y el papel sustancial de los laicos y las laicas en la misión de toda la Iglesia en el campo de lo político es puesto muy de relieve en el Documento de Aparecida.

Es una reacción contra la mentalidad de muchos cristianos que identifican a la Iglesia solamente con lo Jerárquico, cuando, en realidad, la Jerarquía existe en función de acompañar y alimentar el conjunto del Pueblo de Dios y no a la inversa. La Jerarquía y el Ministerio Sacerdotal existen como servicio a la Comunidad.

II.- HACIA UNA AUTÉNTICA PROMOCIÓN DEL LAICADO

Un derecho y un deber que parten del Bautismo

En el Documento de Aparecida se habla muy claro en cuanto a la presencia del laicado en la misión de transformar nuestra realidad desde un opción evangélica. Llega a hablar de los laicos, no sólo como colabores eficaces en la implantación de los valores del Reino, sino que “deben participar en el discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución.”(D.A. 385)

La Iglesia es una comunidad de iguales. Los títulos de nuestra común dignidad los expresa hermosamente San Pedro en su Primera Epístola:

“Ustedes, al contrario, son una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes, antes no eran un pueblo, ahora son el Pueblo de Dios”(1 Pe.2, 9)

El Concilio Vaticano II fue muy explícito al insistir en que en la Iglesia no hay ( no debe haber) ninguna desigualdad:

“Por lo tanto, el pueblo de Dios por Él elegido, es uno: Un Señor, una fe, un bautismo. Es común la dignidad de los miembros; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección. Una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, por consiguiente, en la Iglesia ninguna desigualdad. (LG. 32)

Este ideal de comunión fraterna se basa en que la dignidad principal del cristiano no la confiere el Sacramento del Orden Sacerdotal, sino el Sacramento del Bautismo. Él es que nos otorga la máxima dignidad de ser hijos de Dios.
Sin embargo, debemos reconocer que persiste en la Iglesia una mentalidad y unas prácticas negativas de autoritarismo y verticalismo.

En el corazón de la Iglesia

La misión del laico la describió bellamente el Documento de Puebla:

Los laicos son “ hombres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (D.P. 786).

Lo transcribe literalmente el D.A en el n. 225. Sin embargo, ya en Documento de Santo Domingo, los Obispos se lamentaban de:

“La persistencia de cierta mentalidad clerical en numerosos agentes de pastoral, clérigos e incluso laicos. La dedicación de muchos laicos, de manera preferente, a tareas intra-eclesiales y una deficiente formación, les privan de dar respuestas eficaces a los desafíos actuales de la sociedad.” (D.SD. 96)

El Concilio Vaticano II se sirvió la de la metáfora de la levadura para definir, muy apropiadamente, la misión del laico en el mundo.

Los laicos “están llamados por Dios para que, desempeñando su propia vocación y guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde adentro, a modo de fermento” (LG 31)

Esta transformación del mundo incluye, inevitablemente, el compromiso político de los cristianos, pues es la mediación más importante para cambiar las estructuras injustas y establecer un orden social justo y solidario.

La Iglesia y, en concreto el D.A., tienen un concepto positivo de lo  político, por más que tantas veces los propios partidos hayan contribuido a tergiversarlo y prostituirlo .

El gran ideal de la Iglesia en el área de la política es que se respeten siempre los derechos y la dignidad de las personas y se defienda y se concretice el ideal del “bien común”

Muchas veces se ha intentado el separar a los creyentes del compromiso socio-político para preservar su fe, sin pensar que la fe del laico debe crecer y fructificar allí donde Dios quiere que esté, es decir, en la conflictividad de nuestro mundo. (S.D.,93)

El D.A es muy claro al respecto. Dice así:

“Destacamos que la formación de los laicos y laicas debe contribuir, ante todo, a una actuación como discípulos misioneros en el mundo, en la perspectiva del diálogo y de la transformación de la sociedad. Es urgente una formación específica para que puedan tener una incidencia significativa en los diferentes campos, sobre todo “en el vasto mundo de la política, de la realidad social y de la economía, como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación y de otras realidades abiertas a la evangelización.” (D.A. 300)

III.- ORIENTACIONES SOCIALES Y OPCIONES PASTORALES

Tres grandes líneas de acción

La misión social de la Iglesia, y de los cristinos en particular, es participar en la construcción de un verdadera comunidad humana.

Los procesos históricos de transformación implican opciones políticas, económica, culturales…Es misión de la Iglesia el asumir y animar todo lo positivo de esos procesos, y para ello hay que discernir los valores y anti-valores que están en juego para orientarlo todo en bien de la sociedad.

Un proceso de auténtica humanización debe avanzar en tres grandes líneas:

a) El área de la política dentro de la máxima participación ciudadana e impulsando los valores de la democracia : solidaridad, justicia social, igualdad, honestidad, fraternidad, libertad…etc
b) El área de lo económico, buscando el mayor bienestar material para toda la población, con una distribución equitativa de los ingresos, impulsando un desarrollo sostenible y otorgando a todos igualdad de oportunidades.
c) El área del desarrollo humano, con los servicios básicos, como salud y educación para toda la población, sin discriminación alguna, impulsando y haciendo realidad los valores culturales, éticos y religiosos.

Pero para tener una sociedad nueva necesitamos hombres nuevos .

Para el cristiano el modelo de hombre nuevo es Jesús de Nazareth.

La pastoral social

Nos recuerdan los Obispos que la “verdadera evangelización siempre ha ido unida a la promoción humana y a una auténtica liberación cristiana”. (D.A.n.27)

La pastoral social trata de un modo más específico el hacer  realidad esa auténtica promoción humana, teniendo como guía la D.S.I. ya que es la aplicación del pensamiento social de la Iglesia a los desafíos de la  sociedad en que vivimos. Toda evangelización auténtica es liberadora pues tiende a transformar las relaciones y hacer que, todas ellas, sean más justas, fraternas y solidarias.

Para ello hay que llegar a encontrar la verdadera relación entre la Palabra de Dios y las situaciones concretas en que se encuentra la sociedad.

Existen dos formas de actualizar la “pastoral social”: una es indirecta y otra directa.

La pastoral social indirecta trata de que el mensaje cristiano llegue a todos los ámbitos de la sociedad a través de distintas mediaciones.

La pastoral social de la Iglesia ha creado en toda América Latina una extensa red de instituciones para ofrecer distintos servicios, sobre todo en los sectores de lo asistencial, de la educación y de los medios de comunicación social.

La pastoral social indirecta” se sirve, asimismo, de publicaciones, revistas, boletines, volantes…

Vemos que la Iglesia está cada vez está más presente en los medos de comunicación, la radio, la televisión, el Internet

La pastoral social directa  se la ejerce, principalmente, exponiendo el Mensaje evangélico y Doctrina Social de la Iglesia en cursillos, charlas, foros, entrevistas… anunciando el Mensaje, denunciando todo lo que a él se oponga y trabajando por una auténtica transformación personal y social. En la mayoría de los casos se desarrollan al unísono la pastoral directa y la indirecta, ya ambas están llamadas a complementarse.

Un conocido político latinoamericano, dotado de una extraordinaria  elocuencia “tropical,” se plantea la siguiente pregunta: “¿Cuál es nuestro Norte…? El Sur, responde.

En realidad, el “norte” que debe guiar a todos aquellos cristianos que se comprometen en la transformación de nuestro mundo es el” sur”, es decir, la “opción por los pobres, pues en ella está implícita la fe cristológica en  aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos a todos con su pobreza”. (D.A. 406)

Instituto de Misionología
Cochabamba. Bolivia

 

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