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Solemnidad de la Inmaculda Concepción

Solemnidad de la Inmaculda Concepción

 

En el camino del Adviento, hoy nos acompaña la presencia amorosa de María, la Madre del Salvador. El misterio que la fe de la Iglesia nos invita a meditar en la Solemidad de hoy es el de la “Inmaculada Concepción” de María. Esto quiere decir que la concepción de María, de Ana y Joaquín, sus padres, sucedió sin ninguna señal del pecado original, es decir, que en María no hubo huella de la culpa de los progenitores. Este singular privilegio coresponde al hecho de que, en su proyecto de salvación de la humanidad, Dios quiso preparar en María “una digna morada para su Hijo unigénito”; que la humanidad asumida  en el seno de María, es semejante en todo a nosotros, con excepción del pecado.

Hoy la Iglesia mira a María como la “llena de gracia”, a Aquella que fue colmada de los dones de Dios desde su concepción. El pueblo cristiano, dirigiendo su mirada a María, se siente raptado por su belleza y su santidad, porque la contempla llena de la santidad de Dios. Esta santidad, que es la misma vida de Dios, en el principio estaba destinada como don para la entera creación, pero nuestros progenitores, Adán y Eva, tentados por la serpiente mentirosa, Satanás, cedieron y perdieron este regalo, para ellos y para nosotros. No obsante, nos queda una gran nostalgia de la plenitud de la vida de Dios, de su santidad, porque precisamente para ella fuimos pensados y creados por Dios.

¡No todo está perdido! María, la “llena de gracia”, Madre de Cristo, es también la causa de nuestra alegría, por aquella “feliz culpa que nos mereció tan grande redentor”. En María se abre el camino en el cual se desvela el rostro de Dios, se abre la visión misma del rostro de Dios. En el seno de María, en la Carne del Unigénito del Padre se hace visible el rostro de Dios. Encontrar el rostro de Jesús, su humanidad en todo semejante a la nuestra, salvo en la rebelión frente a Dios, que es nuestro pecado, nos abre a la alegría de la segura esperanza de que Dios nos ama, nos llama, nos espera y desea llenarnos de su santidad para siempre.

Tres verbos podrían acompañar hoy nuestra meditación y nuestra mirada hacia Maria:

–          pensar en María: su vida sencilla, como esposa de José y como Madre de Jesús. Esto nos lleva a considerar que su existencia estuvo siempre bajo la mirada de Dios, en compañía de su familia, viviendo la vida cotidiana ordinaria común a cualquier familia nuestra. En esta vida no estuvieron excluidas las fatigas ni los dolores, las alegrías y las esperanzas, los sufrimientos y los sinsabores, el trabajo y las preocupaciones… La familia de Nazaret vive y camina en la fe, bajo la mirada providente de Dios.

–          Mirar a María: para descubrir su “secreto”, en cuanto su caminar en la fe estuvo sostenido por el Espíritu Santo, que ilumina y revela los grandes dones de Dios en ella, hasta ser llamada por el Arcángel Gabriel a dar su libre disponibilidad para llegar a ser la Madre del Verbo encarnado. Es clara la vocación de María, que nunca está separada de la vida del Hijo, sino siempre involucrada con ella, hasta la Cruz, hasta la resurrección, el Cenáculo y hasta la gloria eterna.

–          Aprender de María a responder a Dios y sus proyectos con plena disponibilidad, a acoger en la alegría al Emmanuel, a darse cuenta de quién necesita de ella, como la prima Isabel. Como María, nosotros somos llamados a crecer en la fe en nuestro cotidiano camino de discipulado. Aprender de ella: mujer capaz de escuchar la palabra de Dios y de vivirla, poniéndola en práctica en las circunstancias ordinarias de la vida. Aprender de María, icono y Madre de la Iglesia, a dejarnos habitar y sostener por el Espíritu Santo, para vivir de fe, para abrirnos a la esperanza, para dejarnos incendiar por la caridad y permitir a Dios que transforme nuestra mirada a imagen de la de María, que supo leer las circunstancias ordinarias de la vida con ojos contemplativos, que hacían vislumbrar en presente el misterio de Dios.

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