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Condiciones humanas para el encuentro con Jesus

CONDICIONES HUMANAS PARA EL ENCUENTRO CON JESÚS

http://assertum.blogspot.mx/2013/11/condiciones-humanas-para-el-encuentro_24.html

 

El encuentro con Jesús tiene que tocar lo humano para purificarlo, transformarlo y potenciarlo.

El encuentro con Cristo nos hace más humanos porque estamos llamados a “ser perfectos hasta que consigamos la madurez conforme a las plenitud de Cristo” (Ef 4, 13).

Según varios psicólogos, toda vida humana que busque madurez y plenitud requiere de identidad (“¡quién soy”), intimidad (“¿con quién comparto la vida?”) y fecundidad (“¿a quién dejo mi vida?”).

La identidad no solo tiene que ver con quién soy ahora (presente), sino también con hacerme cargo de por qué soy como soy (mirada al pasado) y discernir qué estoy llamado a ser (mirada al futuro).

La intimidad es la complicidad e interacción de vidas en razón del amor, pues sólo quien “ama desde el fondo de sí mismo” (Pikaza) transparenta el alma y la “des-vela” ante el otro (saca o corre el velo); para compartir la intimidad, primero hay que “aprehenderse” o “asirse” a sí mismo, de aquí el valor del silencio y la contemplación.

La fecundidad, porque es nota distinta del ser humano en cuanto a tal, no es sólo física, aquella propia de un estado de vida (matrimonio); la fecundidad es servicio a la vida humana y divina que la redención de Jesús puso en nuestro ser y en nuestra historia; ser y hacerse fecundos es concebir y cuidar esta vida al modo como los padres favorecen la vida a sus hijos.

¿Qué rasgos humanos contribuyen a hacer del encuentro con Jesús una fuente de identidad, intimidad y fecundidad? Nuestra experiencia de amistad (encuentros) y enemistad (desencuentros) nos ayudan a describir comprender estos rasgos.

1.- Encontrar a Jesús es buscarlo. Hemos sido creados para buscar a Dios (Hch 17, 26-27).

Hay que buscarlo como quien busca un tesoro invaluable, “la piedra preciosa” que el Padre nos regala (Mt 13, 45-46) en la que hay que invertir vida y recursos. Buscar a Jesús, Hijo del hombre, va de la mano con la búsqueda del propio yo, al punto que un criterio de autenticidad del encuentro con él es el encuentro consigo mismo.

2.- Encontrar a Jesús es vivir en su presencia. La presencia de la que hablamos es la permanencia sin pausa del Ser divino y amado en la vida, presencia tan efectiva que modela intenciones, palabras y conductas. Esta presencia sólo se cultiva con el amor.

Vivir en la presencia de Jesús es abandonar todo aquello que disipa “su permanencia” en nosotros y entre nosotros.

3.- Encontrar a Jesús es pertenecerse. Quien encuentra a Jesús como amigo (Jn 15, 14-15) y hermano (20,17) adquiere clara conciencia de pertenencia mutua. En que los lazos de amistad crean vínculos profundos que llevan a los amigos a envolverse de una benevolencia cariñosa que sustenta la pertenencia. La mutua pertenencia, a su vez fundamenta la fidelidad, pues quienes saben que “uno es para el otro” no ponen en riesgo sus vínculos de comunión, sino que los cuidan y favorecen.

4.- Encontrar a Jesús es exponerse. “Exponerse” es poner fuera, sacar a la luz, contar. Para “exponerse” hay que partir tomando conciencia -por la introspección- del ser intimo con toda su variedad y complejidad; luego, hay que dar nombre a instintos, sentimientos, proyectos… y, sin engañarse, definir las notas propias de la intimidad en relación a la persona, acontecimientos, cosas…; finalmente, hay que “decir-se” mediante palabras o gestos. Sólo así se exterioriza la interioridad sin careta alguna, sin “hipocresía”, palabra que designa la máscara del actor griego cuando representaba a algún personaje.

El diálogo sincero requiere de personas que se “expongan”: este diálogo “des-vela”, esto es, saca o corre el velo que envuelve nuestro misterio. Quienes “se dicen así” se ofrecen en comunión.

La historia de la salvación es “diálogo”, pues Dios para “decir-se” con plenitud y sinceridad “se exponen” por su Verbo hecho carne en medio nuestro quien, a su vez, como Hijo amado “se dice” de tal forma que revela los rasgos paternos/maternos de su Padre, rasgos que caracterizan su forma de reinar.

“Orar” es ponerse frente al Rostro humano de Dios para “exponer-me”. Si la oración es sólo decir., “sin decir-me” es fácil que se convierta “en un modo de defenderme de Dios y del propio yo, es una especie de mentira colosal contada por alguien que se esconde incluso de sí mismo detrás de una máscara bien acicalatada (Cencini).

5.- Encontrar a Jesús es autentificarse. Así como Jesús se autentifica sujetándose al querer del Padre, así se autentifica quien -por el encuentro con el Hijo primogénito- hace realidad “el sueño” del Padre, restituyendo en él -como don y tarea- la figura original de hombre / humanidad dañada por el pecado y redimida por Dios. Es auténtico quien se apropia espontáneamente del proyecto del Padre revelado en su Hijo amado, por lo que palabras y gestos complacen al Padre, pues emergen de su conciencia de hijo e hija de Dios.

6.- Encontrar a Jesús es implicarse. “Implicar” es unir, entrelazar, encadenar. El encuentro sincero “implica” o “entrelaza” la vida y el destino de los amigos al punto que los bienes y males son alegrías y dolores de ambos, y lo hecho a uno se hace también al otro. Jesús mismo implica a los suyos en su misión cuando les dice: quien «los escucha a ustedes, a mí me escucha; quien los rechaza a ustedes, a mí me rechaza» (Lc 10,16). Para quien se “implica”, lo del amigo no le es indiferente, le afecta y conmueve ya sea para bien o para mal. “Implicarse con Jesús” tiene una consecuencia eclesial: hacer propio el sentir de los de “su casa” o “familia” (la Iglesia). Implicarse no es sólo entrelazar la propia vida con la de Jesús, sino también con la vocación y misión, y con las esperanzas y dificultades de los suyos.

Nota:

Apuntes tomados del artículo de Santiago Silva Retamales

 

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