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XI Domingo del Tiempo Ordinario – C

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XI Domingo del Tiempo Ordinario – C

 

Citas:

2Sam 12, 7-10.13:                           www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9aucykl.htm

Gal 2,16.19-21:                      www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9axg05b.htm

Lc 7,36-8,3:                                     www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bxwvkg.htm

 

Es verdaderamente un mensaje de alegría y liberación el que nos ofrece la Palabra de Dios en este Domingo: es la alegría de sentirnos liberados del pecado, por pequeño o grande que sea, que nos oprime, que nos atormenta, nos encierra en nosotros mismos, disminuye nuestras energías, está siempre allí, demostrándonos que estamos demasidado atados a nuestras miserias, como si fuéramos un pájaro con las alas heridas.

Quisiéramos volar hacia lo alto, hacia el cielo, pero nos sentimos aplastados en la tierra… Esto provoca en el cristiano una gran tristeza.

De aquí que la Iglesia nos proponga hoy la posibilidad de celebrar y, por tato, de tener presente en nuestra vida la misericordia de Dios: una misericordia que se difunde continuamente por todo el mundo, que alcanza a todo hombre y se agiganta en el momento en que el hombre mismo, confesando su pecado, se reconoce pecador. En este reconocerse débil se lleva a cabo un encuentro entre el amor de Dios que perdona y el gemido del hombre, que explota en un himno de alegría al sentirse aceptado nuevamente por Dios.

Esta es la enseñanza que se extrae de la primera Lectura, en la cual el autor pone en evidencia el gran pecado de David: nada menos que haber organizado la muerte de Urías para tomar como mujer a su consorte Betsabé.

En el pasaje de la Escritura, David representa todas las conductas que hoy se difunden en la sociedad: traiciones, engaños, violencias, pero al mismo tiempo es considerado como el santo del Antiguo Testamento, el predilecto de Dios, colmado de beneficios. En síntesis, podemos definirlo como “el santo-pecador”, en cuanto que alterna momentos de gran elevación espiritual, con miserias, culpas, bajezas.

David es realmente santo, porque sabe cada vez huír de la situación de pecado mediante dos fuerzas que corrigen y vencen sus pecados: la humildad y la ilimitada confianza en Dios.

Estas dos prerrogativas se condicionan mutuamente, en cuanto que nadie puede abrirse a la confianza en Dios si no es humilde, y nadie puede ser humilde si no encuentra en el mismo Dios su apoyo, su justificación, su refugio.

Por estas dos virtudes, David sabe huir de la morsa del pecado que lo atenaza, consiguiendo levantarse tenazmente de las pasiones que lo alteran, para volver a Dios, a la misericordia de Dios en la cual confía completamnte.

Este tema se retoma en el pasaje del Evangelio. En él se reafirma no sólo la alegría del perdón en una pobre criatura, sino que, más aún, se demuestra la fuerza creadora de un gesto de perdón que sólo Dios puede dar.

El relato evangélico de la pecadora, transmitidio sólo por Lucas, pone en evidencia un gesto de amor fuerte, al que le sigue un gran acto de misericordia. La pecadora se sabe objeto de desprecio público, pero no por eso siente miedo se enfrentar a la gente y de entrar a la casa del fariseo en la que se encuentra Jesús.

Es el suyo un comportamiento del que el mismo Jesús dirá que sólo puede darse por la fe grande que ella tiene. Es una fe que ha encendido en su corazón un impulso irrefrenable de amor, de reconocimiento, de devoción y de gozo. La mujer, en efecto, ha descubierto que, en Jesús, Dios ofrece, a todos los que verdaderamente se arrepienten y cambian de vida, el perdón de los pecados.

La pecadora descubrió la santidad de Jesús, por lo cual no se atreve a ungir su cabeza sino sólo los pies, para no contaminarlo. Pero el contacto le es suficiente para poder comenzar una vida nueva, completamenre renovada por el amor.

Todo ello es fruto de la fe, de la certeza de haber recibido el perdón de los propios pecados y de la conciencia de que el sincero arrepentimiento había sido acogido por el Señor, que había visto en la profundidad de su corazón un corazón penitente.

Por este motivo, Jesús cuenta la parábola de los dos deudores: para hacer entender a Simón la realidad de aquella situación y para demostrar que Él es verdaderamente profeta y mucho más que profeta, en cuanto que lee sus pensamientos y conoce bien los sentimientos de la mujer que llora a sus pies. En efecto, si el mayor reconocimiento es el de quien ha sido más beneficiado, es comprensible lo que se ha obrado en la mujer que, habiendo cometido muchos pecados, capta mucho más la grandeza de ese perdón.

En el fariseo Simón no se podía encontrar un comportamiento semejante, puesto que se reconocía justo a sí mismo. Había invitado a Jesús a su casa, pero su amor por el Maestro no iba más allá del simple respeto. Jesús le hace notar su actitud repasando todos los gestos de la mujer y subrayando el significado de todos ellos.

En pocas palabras, Jesús señala la nueva situación que se crea en el creyente por medio de la fe. En Cristo, Dios nos ofrece el perdón total de nuestros pecados. Esta es la novedad inaudita de la historia humana, el misterio conmovedor de la infinita benevolencia de Dios: todos somos pecadores y el único camino para la salvación es el de la fe, porque ella conduce al arrepentimiento y el arrepentimiento al amor.

Nos lo recuerda también San Pablo, afirmando que la fe nace del descubrimiento de que en Cristo somos amados sin medida y la prueba es que el mismo Jesús se ha ofrecido por nosotros. Así ha demostrado su amor, un amor que de tal manera nos atrae, que podemos decir con San Pablo: “ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí”.

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Categorías:Magisterio
  1. juan antonio gonzalez
    junio 21, 2013 en 4:42 pm

    Hola me podrian sugerir un albergue catolico para jovenes con problemas de calle o adiccion o violencia intrafamiliar,,,,,quisiera ayudar gracias

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