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01 Curso de Accion Catolica Naturaleza y CAracteristicas

CURSO DE ACCIÓN CATÓLICA

CursoAC

PARTE I

Naturaleza y características generales de la Acción Católica.

Capítulo Primero

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA QUE LA IGLESIA HA QUERIDO RESOLVER CON LA ORGANIZCION DE LA ACCION CATOLICA, Y GRADUAL SOLUCION DEL MISMO, HASTA EL PONTIFICADO DE PIO XI

  1. Antigüedad y novedad de la Acción Católica.

La milicia espiritual de la Acción Católica es al mismo tiempo antigua y nueva, como suele suceder con la milicia terrena.

La milicia terrena de nuestra Patria es tan antigua como ésta, en su elemento esencial, es decir, en cuanto representa la defensa armada de la sociedad, a las órdenes de la autoridad que la gobierna. Por lo cual, a los antimilitaristas que pretendieran suprimir el ejército, alegando su novedad, les contestaríamos que era tan antiguo como la nación, desde los tiempos prehistóricos.

Pero esta misma milicia, en su forma específica, es decir, en su actual organización, armamento, estrategia y táctica, es hoy día completamente nueva. Y si hubiera jefes retró­grados que quisieran organizar hoy día el ejército español a la manera antigua, con las flechas de Viriato, las lanzas del Cid y aun las culebrinas del Gran Capitán, prescindiendo de la aviación, de las ametralladoras, de los obuses y de todas las complicaciones de la táctica, estrategia y armamento moder­no, los encerraríamos en un manicomio, por su inexplicable incomprensión de la nueva milicia de nuestros días.

En la milicia terrena no es fácil encontrar jefes tan extravagantes; pero en la milicia espiritual, por aquello que dice Jesucristo sobre la falta de prudencia de los hijos de la luz (Luc., 16, 8), se tropieza frecuentemente con personas tan lastimosamente desorientadas.

Por eso Pío XII, en la famosa Carta que escribió, como Cardenal Secretario de Estado, el 30 de marzo de 1930, dice que la Acción Católica es «en esencia tan antigua como la Iglesia», pero que en estos últimos tiempos reviste «formas más apropiadas a las modernas necesidades» (Colección de Encíclicas, Madrid, 1942, pág, 863.)

Por consiguiente, cuando se trata de desengañar a los retrógrados, les dice la Iglesia que la Acción Católica es una mueva forma de apostolado». (Pío XI, Carta al Episcopado Filipino, Col. Encícl., pág. 968.)

Al contrario, a los que dicen que la Acción Católica es una novedad reñida con la tradición eclesiástica, les responde que «la Acción Católica, en cuanto a la sustancia, existió desde ¡los primeros siglos de la Iglesia». (Pío XI, Carta al Episco­pado Colombiano, Col. Encícl., pág. 918.)

  1. Nota histórica de la evolución formal de la Acción Católica, trazada por Pío XII.

Su Santidad Pío XII, el 4 de septiembre de 1940, dirigió un extenso y magnífico discurso a una imponente muchedumbre de representantes de la Acción Católica Italiana, en presencia del Cardenal Secretario de Estado, de los tres Cardenales Arzobispos a quienes estaba confiada la dirección na­cional de la misma, de todos los miembros de la Dirección Central y de un centenar de Obispos residenciales, congregados de sus respectivas Diócesis para aquel solemne acto.

Los textos que tomamos de este discurso los traducimos directamente del original, porque hemos visto que varias de las traducciones que circulan son inexactas en puntos muy delicados.

Encabeza el Papa su discurso con una breve reseña histórica de la evolución formal experimentada por la Acción Católica a través de los siglos, hasta llegar al pontificado de Pío XI, de quien recibió finalmente su «ordenamiento orgá­nico». Dice así:

«En esta obra de tan, amplio nombre (Acción CATOLICA, es decir, Acción UNIVERSAL), nos es dulce y grato saludar la querida y preciosa herencia que nos ha dejado, como hija predilecta de su encendido celo por el incremento de la vida cristiana, nuestro incomparable y sabio Predecesor.

»Porque, si la fe y la caridad de Cristo nos hermanan a todos y nos impelen a buscar nuestro mutuo bien; si la colaboración de los seglares al apostolado jerárquico aparece provechosa ,y reconocida, desde el alba del Cristianismo, en la primitiva predicación apostólica; si este apostolado cooperante ha tomado a través de los siglos, en la historia de la Iglesia, los más variados aspectos de agregación, de disciplina, de modo y medida, según las conveniencias de los tiempos: aquella FORMA NOBILISIMA DE COLABORACION, que constituye la Acción Católica Italiana, después de haber venido desenvolviéndose bajo los pontificados de Pío IX, León XIII, Pío X y Benedicto XV, ha recibido de la gran mente y del gran corazón de Pío XI su más vigoroso impulso y su ORDENAMIENTO ORGANICO.» (Cavagna: Pío XII e i’Azione Cattolica. Roma, 1943, págs. 32-33.)

He aquí diseñada en breves rasgos la línea evolutiva de la Acción Católica, desde el nacimiento del Cristianismo hasta Pío XI.

Ha existido «desde el alba del Cristianismo» el elemento esencial de la Acción Católica, que es «la colaboración de los seglares al apostolado jerárquico»; pero la forma de esta colaboración ha sido diferente en los diversos siglos. Hoy hemos llegado a la «FORMA NOBILISIMA DE COLABORACION», gracias al «ORDENAMIENTO ORGANICO» que ha recibido de Pío XI, después de los trabajos preparatorios que fueron iniciados por Pío IX y proseguidos por León XIII, Pío X y Benedicto XV.

Vamos a ver a continuación las etapas de esta evolución, que es obra de seis grandes Pontífices; porque también el Papa actual Pío XII tuvo una parte importantísima en la elaboración del «ORDEN AMIENTO ORGANICO» de Pío XI, como brazo derecho de éste en la Secretaría de Estado, y autor directo de documentos tan básicos en la ordenación jurídica de la Acción Católica, como la Carta al Comendador Ciriaci (30 marzo 1930) y la Carta a los Superiores de las Ordenes y Congregaciones Religiosas (15 marzo 1936), donde se tratan y resuelven los puntos más delicados de toda !a vida de relación de la misma.

Pío XII se ha declarado fiel custodio de la «querida y preciosa herencia» que le ha dejado «como hija predilecta» de su celo, su «incomparable y sabio Predecesor».

En su discurso del 14 de abril de 1939, decía Pío XII: «He aquí una de las reglas de oro trazadas por aquel gran Pontífice tan llorado, que fue el gran promotor de la Acción Católica y que sigue siendo ahora su invisible inspirador.» (Cavagna: Pío XII, etc., pág. 7.)

En el discurso del 9 de febrero de 1941, llama Pío XII a Pío XI «sumo reorganizador y patrono» de la Acción Católica. (Cavagna, l. cit., pág. 74.)

Finalmente, para no citar más textos, su gran discurso del 20 de abril de 1941, dirigido a los Universitarios, comien­za con estas expresivas palabras: «En los tesoros de la he­rencia que nos dejó nuestro glorioso Predecesor Pío XI, de santa memoria, brilla como una joya, que Nos tomaremos siempre a pecho conservar fielmente, su particular afecto por la Acción Católica, enérgicamente promovida e inculca­da por él, como medio eficacísimo para que la Iglesia desarrolle su misión en el mundo.» (Cavagna: Pío XII, etc., página 75.)

  1. Nuevas necesidades con que ha tropezado la Iglesia, desde el pontificado de Pío IX.

El problema de la nueva organización que debía darse al apostolado seglar comenzó a plantearse de una manera práctica durante el pontificado de Pío IX, que subió al solio de San Pedro el año 1846.

Las necesidades espirituales que dieron origen a este movimiento pueden reducirse a tres:

  1.  El Clero había quedado reducido a un número insuficientísimo para las necesidades de la época, y desarmado para el ejercicio de su ministerio, por los estragos producidos en sus filas por la Revolución francesa y sus derivaciones en todo el mundo; por los trastornos que originaron las guerras napoleónicas y las revoluciones liberales; por el empobrecimiento a que lo habían reducido los gobiernos desamortizadores, que arrebataron a la Iglesia gran parte de su patrimonio y los medios de sustentación de sus Seminarios y Casas de formación sacerdotal; por las numerosas expulsiones, exclaustraciones, expoliaciones y hasta matanzas generales de sacerdotes y religiosos; por la inseguridad general que reinaba en casi todas las naciones, con el cambio continuo de gobiernos, regímenes e instituciones.
  2.  La autoridad moral del Clero estaba sumamente quebrantada en grandes sectores de la sociedad, por la campaña denigradora que habían llevado a cabo contra él ‘los enciclopedistas, los filósofos incrédulos, las sociedades secretas masónicas, carbonarias, etc., juntamente con los propagandistas del socialismo y comunismo, que presentaban al Clero como enemigo de la clase obrera y le cerraban las posibilidades de acción e influencia espiritual’ en vastos ambientes populares.
  3. El laicismo, «peste de la sociedad moderna», como le llamó Pío XI (Enc. «Quas primas») invadía todos los organismos de la vida pública y desterraba progresivamente a Dios y a la Iglesia de todas las manifestaciones de la vida social, lo mismo que de las escuelas y centros de formación de la juventud.

Ante esta situación trágica, la Iglesia, para cumplir su misión salvadora, tenía que echar mano de todos los recursos que estaban a su alcance, a fin de reconquistar el mundo paganizado.

Pío IX afrontó valientemente la lucha contra el diluvio de errores dominantes, condenándolos en numerosos documentos y catalogándolos en su famoso «Syllabus»; pero vio que la restauración cristiana de la sociedad no se podía llevar a cabo, dentro del plan ordinario de la Providencia, sin ía colaboración apostólica de los católicos seglares, que supliesen y completasen las energías insuficientes e impedidas del apostolado sacerdotal.

Por otra parte, los varones apostólicos de aquella época, por impulso sin duda del Espíritu Santo, preconizaban esta solución, como veremos en el número siguiente.

  1. Comienza a palparse en el pontificado de Pío IX la necesidad de organizar socialmente el apostolado de los seglares.

Por aquellos tiempos, nuestro compatriota San Antonio María Claret, uno de los precursores de la Acción Católica, tanto por las asociaciones de católicos seglares que fundó, como por los escritos que publicó, sentía que Dios quería valerse en gran escala de los seglares para la salvación de las almas en el mundo contemporáneo, y quería que el Clero encomendase a los seglares aquello que no perteneciese exclusivamente a su ministerio sacerdotal. En su opúsculo titulado «Bibliotecas Populares y Parroquiales», escribía que éstas debían confiarse al cuidado de seglares celosos, prudentes y activos, y daba para ello estos tres motivos: «El cura párroco y los demás sacerdotes —decía— se hallan ocu­pados en las cosas de su ministerio, y tampoco tienen la opor­tunidad de meterse entre las gentes del pueblo, como tiene un seglar, y, además, en estos últimos tiempos, parece que Dios quiere que los seglares tengan una gran parte en la salvación de las almas…» (Ecclesia, núm. 85, pág. 208.)

Por entonces predicó también en París el abate Comba- lot sus «Conferencias sobre las grandezas de María» (edic. esp., Madrid, 1846), donde, entre otros datos curiosos, nos dice que París, en tiempos de San Vicente de Paúl (a mediados del siglo xvn), contaba con 350.000 habitantes y tenía 10.000 sacerdotes seculares y regulares. Al comienzo de la Revolución francesa, en 1789, París tenía 500.000 habitantes y 6.000 sacerdotes. Cuando hablaba el orador (año 1845, el anterior a la subida de Pío IX al trono pontificio), los habitantes habían subido a 1.000.000 y los sacerdotes habían bajado a 500. Sin embargo, creía el orador que  todavía se podría impedir la total paganización de París, si cada parroquia lograse organizar, en derredor de su Pastor, un grupo celoso de apóstoles seglares, única esperanza de restauración cristiana en tan críticas circunstancias.

«El sacerdote —decía— ha perdido todo imperio regenerador sobre esa multitud extraviada.»

En efecto: para contrarrestar la acción de las sectas, remediar la insuficiencia del Clero y penetrar en los ambientes alejados de la Iglesia, no bastaban ya las tradicionales cofradías y asociaciones piadosas, limitadas generalmente a un grupo de fieles devotos, sin cohesión jerárquica, sin gravitación social y sin arraigo popular.

Por eso entonces comenzaron a surgir en las diversas naciones, para usar una frase de Pío XI, «tos fuerzas auxilia­res de los laicos, que por todas partes del mundo se reclu­tan, al soplo del Divino Espíritu, en provecho de la causa católica» (Carta al Card. Schuster. Col. Encícl., pág. 926.)

Así nacieron, casi simultáneamente, en 1848, con la bendición y aplauso de Pío IX, las siguientes asociaciones ca­tólicas de apostolado social: en Suiza, el «Piusverein»

(«Unión de Pío»); en Alemania, el «Katolischer Verein» («Unión Católica»); en España, la «Asociación de Católicos» ; en Bélgica, la «Union Catholiquen; en Inglaterra, la «Catholic Union»; en Francia, la «Ligue Catholique pour la défense de l’Eglisey>. (Cfr. Civardi : Manuale di Azioni Cattolica, Roma, 1939, tomo II, págs. 33-44.)

En 1863 pudo celebrarse en Malinas (Bélgica) un Congreso Católico internacional, con representantes de numerosas asociaciones de apostolado seglar.

  1. Directrices de Pío IX para el apostolado seglar.

No estaban los tiempos maduros para que el Espíritu Santo diese de repente a la Iglesia la solución plena de la «Acción Católica propiamente dicha», formulada jurídicamente por el Papa Pio XI, en su famosa Carta del 30 de marzo de 1930, antes citada. Era necesario preparar lentamente los ánimos para admitir la «forma nobilísima», que fue perfilándose durante los grandes pontificados de Pío IX, León XIII, Pío X y Benedicto XV, hasta que recibió su «ordenamiento orgánico», bajo el pontificado de Pío XI.

Aun hoy día, a un siglo de distancia de la ascensión de Pío IX al pontificado, son todavía muchos, muchísimos, los que no se han enterado de lo que es la Acción Católica, ni de lo que la Iglesia les pide con respecto a ella, a pesar de haber declarado Pío XI que había dado ese ordenamiento «no sin divina inspiración» (cfr. núm. 9), y a pesar también del número increíble de documentos pontificios dedicados por él a promover y urgir la Acción Católica.

Solamente en las dos colecciones de Monseñor Cavagna, que llegan hasta el año 1936, se mencionan 576 documentos pontificios dedicados a ella, y es bien sabido que Pío XI siguió multiplicándolos hasta su muerte, acaecida en 1939, de tal modo que el más largo y completo de ellos, la Carta al Episcopado Filipino, escrita precisamente en castellano, apareció en el Osservatore Romano la víspera de su muerte. ¿Qué hubiera sucedido si, hace un siglo, sin tanta preparación, el Espíritu Santo hubiera sugerido a Pío IX la organización definitiva de la «forma nobilísima» de la Acción Católica? Se hubieran encrespado terriblemente todos los particularismos y no se hubiera encontrado siquiera el grupo selecto que, en todas las naciones, respondió luego generosamente al llamamiento del Jefe de la Iglesia.

Pío IX, además de bendecir y alentar a las diversas asociaciones de apostolado seglar que iban formándose en las diversas naciones, proclamó tres ideas básicas de la futura organización de la Acción Católica:

1.a, que la Divina Providencia suscitaba el apostolado seglar, para acudir en socorro de la Autoridad Eclesiástica;

2.a, que el apostolado seglar trabajaría unido estrechamente a sus Pastores;

3.a, que todas las fuerzas católicas estarían mancomunadas como un solo ejército en orden de batalla.

Así, por ejemplo, escribía Pío IX al Presidente y Consiliarios de la Obra de los Congresos y Juntas Católicas, el 25 de septiembre de 1876: «Aherrojada con cepos como está la Autoridad Eclesiástica, vosotros, queridos hijos SOIS LLAMADOS POR LA DIVINA PROVIDENCIA PARA ACUDIR A SU SOCORRO. Nos complacemos y gozamos considerando el celo con que vosotros, A MODO DE FALANGE, OS UNIS A VUESTROS PASTORES, para defender el honor de Dios, vindicar los derechos de la Religión y de la Iglesia, procurar la salud de las almas, sin hacer cuenta de las angustia, gastos, enemistades, contiendas y también no leves peligros, gozándoos de padecer por el nombre de Cristo.» (P. Narciso Noguer, S. J.: La Acción Católica, Madrid, 1939, tomo I, pág. 29.)

Pío IX apuntó además como ideal una federación mundial de las obras católicas. Al constituirse, como un avante de este ideal, la Alianza Romana de Obras, alaba a ésta en su Breve de 23 de febrero de 1872, porque «de común acuerdo, y con fuerzas mancomunadas, concurren a defender la fe, a mantener los derechos de la Iglesia, a vindicar su libertad». Y añade: «Adunadas estrechamente con este lazo, a semejanza de aquellos primeros fieles que tenían un solo corazón y un alma sola, sigan combatiendo, TERRIBLES COMO EJERCITO EN ORDEN DE BATALLA, contra los ataques de los adversarios.» (P. Noguer, 1. cit., pág. 23.)

Las semillas sembradas por Pío IX fueron desarrollándose gradualmente en los siguientes pontificados.

  1. León XIII confirma y amplía las características señalada; por Pío IX al apostolado seglar.

León XIII, el sabio Pontífice que sucedió al inmortal Pío IX, confirmó las características señaladas por éste al apostolado seglar y las amplió notablemente, acercándose más a lo que luego habría de ser la «Acción Católica propiamente dicha».

Se pueden reducir a cuatro las nuevas aportaciones de León XIII:

1)     comenzaron a emplearse en los documentos pontificios de su tiempo las denominaciones «acción de los católicos» y «acción católica» (la primera, por ejemplo, en ia Encícl. «Graves de communi» del 18 de enero de 1901, y la segunda, en la «Instrucción de la Sagrada Congregación de Negocios Eclesiásticos Extraordinarios» del 27 de enero de 1902);

2)     se puntualizó el carácter pastoral de dicha «acción de los católicos», determinando quiénes eran los pastores que la habían de dirigir;

3)     se declaró la obligatoriedad del apoyo prestado a dicho apostolado pastoral;

4)     se proclamó la necesidad de la unión mutua y de la unidad de dirección en dicha «acción de los católicos».

Quiénes sean los pastores de los fieles a quienes compete el gobierno oficial del apostolado seglar, lo declaró León XIII en su Encícl. «Satis cognitum» (29 de junio de 1893), con estas palabras, tomadas literalmente de Santo Tomás de Aquino: «Super eandem plebem immediate sunt et Sacerdos Parochialis et Episcopus et Papa.-» Es decir: «Un mismo pueblo está gobernado inmediatamente por el Párroco, por el Obispo y por el Papa.» (Actes de Léon XIII, Bonne Presse, tomo V, pág. 52.)

La necesidad de ponerse al servicio de estos «capitanes» de los fieles, y la obligación de encuadrarse en el ejército que está a sus órdenes, las proclama León XIII enérgicamente con estas palabras: «En este áspero conflicto, en que se ventilan supremos intereses, ES OBLIGACION DE LOS CATOLICOS seguir sin vacilaciones aquel ejército que tiene por blanco la salvación de la Iglesia combatida, y, a manera de bien ordenado y cerrado escuadrón, defenderla varonilmente. Esta empresa nobilísima la ha acometido vuestra asociación más que las otras. Por lo cual, para defensa de la Iglesia, ha constituido acertadamente Juntas Parroquiales, Diocesanas y Provinciales (es decir, Metropolitanas), que, a modo de COHORTES ADICTAS A LOS CAPITANES, presten fielmente sus servicios A LOS PARROCOS Y OBISPOS y por este medio procura aunar las fuerzas católicas dispersas por toda Italia.» (Carta al Presidente General de la Obra de los Congresos, 9 de septiembre de 1891. Cfr. P. Noguer, libro citado, pág. 34.)

Sobre la mencionada obligación de los católicos, y sobre el modo de cumplirla, manteniendo estrecha unión entre si y con la Iglesia, dice el mismo León XIII: «Entre los DEBERES que nos ligan con Dios y con la Iglesia, se ha de contar, como UNO DE LOS PRINCIPALES, aquel de que cada cual se industrie y trabaje en la propagación de la verdad y rechazo de los errores. Pero los católicos NO LLENARAN CUMPLIDAMENTE Y CON PROVECHO ESTE DEBER, si bajan a la arena DESUNIDOS, SEPARADOS unos de otros… TAMPOCO ES LICITO A CADA CUAL ELEGIR

EL MODO DE PELEAR QUE MAS LE AGRADE; porque desparrama y no recoge el que no recoge con la Iglesia y con Jesucristo.’,) (Encícl. «Sapientiae christianae», 10 de enero de 1890.)

Finalmente, León XIII concibe la «acción de los católicos» como una gran fuerza concéntrica, lo mismo que Pío IX: «Esta acción de los católicos… —dice— se ejercerá con mayor eficacia si todas las asociaciones, guardando el respeto debido a los derechos y reglamentos de cada uno, ACTUA BAJO UNA SOLA Y UNICA DIRECCION.» (Encícl. «Graves de communi», 18 de enero de 1890.)

 

  1. Normas y experiencias de Pío X en orden a la Acción Católica.

Pío X, sucesor de León XIII, desde su primera Encíclica aE supremi apostolatus», publicada el 4 de octubre de 1903, comenzó a dar normas para la acción de los católicos, que bajo su pontificado se denominó ya corrientemente «Acción Católica», con mayúscula, aunque no había llegado todavía a la madurez que alcanzaría bajo Pío XI.

Pío X, en el orden teórico, renovó y amplió los principios enseñados por los dos Pontífices anteriores, afirmando que el apostolado de la Acción Católica:

1)     es una organización promovida en nuestros tiempos oficialmente por la Iglesia para la restauración del género humano en Cristo;

2)     que deben trabajar en ella de alguna manera todos los fieles, sin excepción;

3)     que han de ejercer sus actividades «siempre bajo la dirección y mandato de los Obispos»;

4)     que es «necesaria en las presentes condiciones de la Iglesia».

«No es nuestra intención —decía en su primera Encíclica a todos los Obispos del mundo—■ que vosotros y vuestro Clero quedéis solos y sin auxilio, en esta hora tan ardua de la restauración del género humano en Cristo.» (Antes de pasar adelante, notemos que se trata de dar al Episcopado y Clero del mundo entero algo nuevo y algo universal; puesto que hacía muchos siglos tenían el Episcopado y el Clero, en sus diócesis e iglesias, innumerables asociaciones religiosas, pías uniones, cofradías, congregaciones, terceras órdenes, etc., y no podían considerarse «solos y sin auxilio», si lo que pretendía fundar la Iglesia no era algo distinto e íntimamente ligado con la Jerarquía Pastoral.)

«Sabemos —prosigue el Papa— que Dios tiene encomendado a cada uno el cuidado de su prójimo. No son, por tanto, los sacerdotes solamente, sino TAMBIEN LOS FIELES, TODOS SIN EXCEPCION, los que deben trabajar por los intereses de Dios y de las almas, NO A LA VERDAD POR SU PROPIO ARBITRIO Y SEGUN SUS MIRAS, SINO SIEMPRE BAJO LA DIRECCION Y MANDATO DE LOS OBISPOS, ya que en la Iglesia a nadie es dado presidir, enseñar y gobernar más que a vosotros, a quienes puso el Es­píritu Santo para apacentar la Iglesia de Dios.» (Encícl. E supremi apostolatus, 4 de octubre de 1943.—Cfr. P. Noguer, loe. cit., pág. 37.)

Tres meses después escribía: «Desde nuestra primera encíclica al Episcopado de todo el orbe, haciéndonos eco de cuanto nuestros gloriosos predecesores establecieron respecto a la Acción Católica de los seglares, declaramos laudabilísima esta empresa Y NECESARIA EN LAS PRESENTES CONDICIONES DE LA IGLESIA Y DE LA SOCIEDAD CIVIL.» (Motu proprio del 18 de diciembre de 1903.—Co­lección de Encíclicas. Madrid, 1942, pág. 787.)

En el orden práctico, Pío X tuvo la misión providencial de experimentar el escaso resultado y el fracaso final de lo que podríamos llamar Acción Católica Paralela, para diferenciarla de la Acción Católica Concéntrica. El Espíritu Santo quería sacar de esta experiencia una lección provechosa, para desengaño de los que creían que bastaba el paralelismo convergente, para constituir aquel gran ejército que necesitaba la Iglesia, en el cual, según escribió luego Pío XI, a todo debe estar bien ligado y compacto, como los miembros de un solo cuerpo». (Carta al Episcopado Filipino, Colección de Encíclicas, pág. 969.)

Comenzaron, pues, a funcionar simultáneamente cinco organizaciones nacionales, con sus respectivos campos de ac­tividad separada: la Unión Popular, la Unión Económico- Social, la Unión Electoral Católica, la Sociedad de la Juventud Católica y la Dirección General de la Acción Católica.

Pero, como las personas sometidas a la dirección de las cinco entidades eran en gran parte las mismas, y cada entidad contaba con ellas para sus respectivos campos de: acción, eran naturales las interferencias y frecuentes los conflictos; por lo cual, y por otras razones comprensibles, se vio que la sola actividad paralela no daba resultado satisfactorio y que era necesaria una reforma. Esta fue llevada a cabo por Benedicto XV, sucesor de Pío X.

  1. La reforma unitaria de Benedicto XV.

Poco tiempo después de su elevación al pontificado, Benedicto XV hizo reunir en Pisa, bajo la presidencia del Cardenal, Maffi, a un grupo selecto de personas que habían actuado sobresalientemente en el apostolado seglar del período anterior, para estudiar la manera de vigorizar la organización de la Acción Católica.

El plan allí elaborado fue examinado y aprobado por Benedicto XV el 25 de febrero de 1915, sustituyendo la ORGANIZACION PARALELA de las fuerzas católicas por una ORGANIZACION CONCENTRICA de las mismas.

La dirección suprema de la Acción Católica fue confiada a un organismo denominado «Junta Directiva de la Acción Católica», a la cual encomendaba el mencionado documento pontificio «la alta función de imprimir a la Acción Católica Italiana una orientación programática y hacer volver a la unidad de pensamiento y concordia de miras a los católicos y a sus organizaciones, para lo cual, como añade el mismo documento, «aquel movimiento que, sobre el principio de las cinco Uniones, fué PARALELO, tomará ahora un aspecto CONCENTRICO». (Civardi: Manuale di Azione Cattolica, Vicenza, 1936, tomo II, pág. 73.)

Dependientes de dicha Junta Directiva central, se organizaron en cada Obispado Juntas diocesanas y en cada Parroquia Grupos Parroquiales.

!Juntamente con la UNIDAD de la Acción Católica, hizo destacar Benedicto XV su PARROQUIALIDAD. Prescindiendo de otros documentos, veamos cómo se describe el campo de acción y la importancia fundacional de la Acción Católica Parroquial, en la carta que, por orden de Benedicto XV, escribió el Cardenal Gasparri, su Secretario de Estado, al Conde Pietromarchi (19 de mayo de 1921): «Estas selectas falanges de católicos que, honrándose con la profesión paladina de la fe y de la moral cristiana, se ponen en la Parroquia a disposición del Párroco, para ayudarle en las obras parroquiales de culto, de caridad, de instrucción, en la tutela de la fe, en la defensa de la familia, en la protección de la escuela, en las iniciativas de carácter sagrado, en las manifestaciones de índole social, en los movimientos de carácter cultural, y esto mediante Juntas, prensa, conferencias, beneficencia, etc., SON LOS BRAZOS DADOS POR DIOS Y POR LA IGLESIA A LA MENTE Y AL CORAZON DEL PARROCO; SON LOS ARTIFICES VERDADEROS DE TODO PROGRESO EXTERIOR DE LA ACCION RELIGIOSA Y SOCIAL DEL PUEBLO CATOLICO.» (Cfr. P. No- guer, 1. cit., pág. 44.)

  1. Solución orgánica del problema, ofrecida al mundo por Pío XI, no sin divina inspiración.

Al morir Benedicto XV (22 de enero de 1922), no estaba todavía bien perfilada la grandiosa figura jurídica de la «Acción Católica propiamente dicha»; pero los rasgos fundamentales trazados por los cuatro grandes Pontífices anteriores dejaban preparado el terreno para que, al sonar la hora que el Espíritu Santo tenía prevista para otorgar a la Iglesia este auxilio providencial, por medio de Pío XI, no faltasen corazones generosos que acogiesen y secundasen la nueva «forma nobilísima» del apostolado seglar, y el nuevo «ordenamiento príncipe de los católicos militantes», según frases de Pío XII.

Pío XI completó la obra de sus predecesores, definiendo la Acción Católica, describiendo sus propiedades y caracteres, declarando su necesidad y obligatoriedad, señalando sus relaciones con la Jerarquía de la Iglesia, exaltando su dignidad, especificando sus organismos de Rama y de Tronco, puntualizando las funciones de los dirigentes eclesiásticos y seglares, y desarrollando en todo el mundo una actividad incansable para el establecimiento y defensa de esta gran «cruzada pontificia», que llamaba con amor entrañable «la pupila de sus ojos», como veremos en el decurso de esta obra.

Pero Pío XI no se atribuía a sí mismo la idea ni la iniciativa de esta gloriosa empresa. Confesaba que era sencillamente obra de Dios, obra de Cristo Rey, inspirada a su Vicario en la tierra por el Espíritu Santo.

El 23 de julio de 1936, dirigiendo una alocución a los Consiliarios de la Juventud de Acción Católica, les dedicaba «una palabra de elogio que desearía no fuese solamente una palabra de elogio del viejo Padre, sino de Aquel a quien él representa, el Divino Rey y Señor, que verdaderamente ha suscitado la Acción Católica, la guía y la conduce con sus ayudas inefables» (Cavagna : La Parola del Papa, Milano, 1937, pág. 473.)

Repetidas veces declaró Pío XI que la definición de la Acción Católica, base de toda su grandiosa estructuración, obedece a una inspiración divina. Oigámosle:

«De aquí la necesidad de esta colaboración de los fieles, que hemos definido, NO SIN DIVINA INSPIRACION, como la participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia,.» (Carta al Episcopado de Colombia, 14 de febrero de 1934.—Cavagna, 1. cit., pág. 9.)

«Contribuyendo a las actividades del apostolado verdadero y propio, al mismo Apostolado Jerárquico, se colocarán en las grandes líneas trazadas ya por el Pontífice en su primera Encíclica, en la cual, NO SIN UNA ESPECIAL INSPIRACION DE DIOS, ha definido la Acción Católica como la participación, la colaboración del laicado en el Apostolado Jerárquico de la Iglesia.» (Discurso de 6 de abril de 1934. Cavagna, 1. cit., pág. 9.)

«La Acción Católica, corno el mismo Padre Santo la ha definido —Y ESTA SEGURO DE QUE EL ESPIRITU SANTO DE DIOS LE SUGIRIO ESTA DEFINICION— es, quie­re ser y debe ser la participación del laicado católico en el apostolado jerárquico.» (Discurso de 28 de diciembre de 1933, citado por Monseñor Caggiano, Obispo de Rosario, hoy Cardenal, en la Circular Informativa de los Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires, 1939, núm. 32, págs. 20-37.)

El mismo Pío XI, en una audiencia concedida al Cardenal Patriarca de Lisboa, manifestó a éste el día, la ocasión y la forma en que había recibido la mencionada inspiración, con estas palabras:

«Era un día de Pentecostés, y estaba orando PRO ECCLESIA (1). En ese momento, vi con claridad LA ESENCIA Y EL PROGRAMA DE LA ACCION CATOLICA.» (Cfr. Bosque Pastor: Lecciones de Acción Católica, Zamora, 1940, pág. 4.)

Esa visión clara y momentánea de la esencia y el programa de la Acción Católica no supone que se le dictasen las palabras mismas con que expresó luego su definición, sino la idea intelectual de la misma, que él hubo de traducir a su modo con las palabras que le parecían más adecuadas. Ni siquiera a los autores inspirados de los Libros Sagrados se les dictaban ordinariamente las palabras con que se expresaban: lo cual explica su diverso estilo literario. De manera análoga puede explicarse la variedad de palabras con que expresa Pío XI, en sus diversos documentos, y a veces en un mismo- contexto, la idea de colaboración, participación, cooperación, etc.; porque todas ellas encierran 1a misma idea fundamental, con ligeros matices diferenciales, que en otro lugar puntualizaremos.

Tan profunda era la convicción de Pío XI sobre la misión trascendental que Dios tenía reservada a las obras de Acción Católica para la restauración cristiana del mundo, que ya en su primera Encíclica «Ubi arcano» declaró cate­góricamente que «A ELLAS ESTA VINCULADA INDISO­LUBLEMENTE LA RESTAURACION DEL REINO DE CRISTO» (Acta Apostolicae Sedis, vol. XV, pág. 22.)

Por eso trabajó incansablemente en su organización, has­ta la víspera de su muerte, con un empeño tal, que quizá no exista en la historia de la Iglesia un asunto que haya mere­cido tan gran cúmulo de documentos pontificios. Como in­dicábamos más arriba (núm. 5), son 576 los documentos de Pío XI acerca de la Acción Católica, catalogados por Mon­señor Cavagna, hasta el año 1936. Pero su número siguió aumentándose los años siguientes, hasta febrero de 1939, en cantidad que no podemos todavía determinar. Baste como dato sugestivo que el último documento firmado por Pío XI, y publicado en el órgano oficioso de la Santa Sede la víspera de su muerte, fue la preciosa Carta Apostólica, escrita ca­balmente en castellano, la más completa de todas las refe­rentes a la Acción Católica, y considerada como el testamen­to pastoral del gran Pontífice.

(1) PRO ECCLESIA significa POR LA IGLESIA; es decir, por las necesidades actuales de la Iglesia.

 

  1. Importancia histórica de la nueva organización de la Ac­ción Católica propiamente dicha, juzgada por Pío XII.

Nadie más indicado que Pío XII, como sucesor inme­diato de Pío XI, y brazo derecho de éste en el período más decisivo de la organización de la Acción Católica, para de­cirnos a qué altura rayará en ia historia universal de la Igle­sia la gigantesca figura del «Papa de la Acción Católica».

En el primer aniversario de la muerte de Pío XI, en pre­sencia de una peregrinación presidida por el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán, pronunció- Pío XII un dis­curso en que recordó cuánto debe la Acción Católica a Pío XI, y qué lugar ocupará éste en la historia de la Iglesia.

«En los fastos de la Historia de la Iglesia —dijo Pío XII— el nombre de Pío XI está marcado como CENTRO de nue­vos tiempos, CLAUSURA Y SELLO DE UN PASADO no menos glorioso que tempestuoso, PRINCIPIO Y AUGURIO DE UN PORVENIR que toma del pasado la fuerza y el ím­petu hacia más vastas y más profundas victorias de la fe…

»Pastor y padre de los pueblos, animó la fe de las fami­lias, y sacó de los muros domésticos a los seglares al centro de la acción social y a la Acción Católica, para colaborar con la Jerarquía instituida por Dios en la instauración del Reino de Cristo en la convivencia civil, elevando el celo de los fie­les a aquel «REAL SACERDOCIO» que, SIN IGUALAR LAS OVEJAS A LOS PASTORES, hace de todos un único, sabio, prudente y activo ejército, para la difusión y tutela de la vida cristiana.)) (Pío XII y la Acción Católica, Madrid, 1943, pág. 46.)

No es posible encarecer más la grandeza y trascendencia de la Acción Católica, cuya paternidad eleva a Pío XI a la categoría de HOMBRE CENTRO en la historia de la Iglesia, CLAUSURA Y SELLO de una época, y PRINCIPIO Y AUGURIO de una era más venturosa para la Cristiandad.

Los autores que más concienzudamente han estudiado la acción Católica de Pío XI se han convertido en panegiristas entusiastas de ella y de su genial ordenador.

El R. P. Pablo Dabin, de la Compañía de Jesús, describe así la finalidad y la eficacia del ordenamiento de la Acción Católica de Pío XI:

«Temible poder será el de la Iglesia el día en que el apos­tolado del sacerdocio se vea multiplicado por el número de fieles, el día en que la Acción Católica haya hecho, en todo el mundo, de cada seglar un sacerdote. Será, en verdad, TER- RIBILIS UT CASTRORUM ACIES ORDINATA (TERRI­BLE COMO EJERCITO EN ORDEN DE BATALLA)…

»La Acción Católica, UNIFICADORA DE ENERGIAS DISPERSAS Y VAGABUNDAS, las reúne en apretado haz, para conducirlas en filas compactas y disciplinadas hacia los muros amenazados de la ciudad de Dios. Respetuosa única­mente de las autonomías necesarias, desbarata el PARTICU­LARISMO cuajado de capillitas, para fundirlo en el UNI­VERSALISMO vasto y fecundo del apostolado jerárquico de la Iglesia.» (La Acción Católica, Barcelona, 1934, versión revisada por el autor, págs. 57, 233.)

El mismo P. Darin escribe en otro libro estas palabras, precursoras de las que hemos visto luego en boca de Pío XII :

«La organización del laicismo cristiano, ordenada por Pío XI y participante del apostolado jerárquico de la Igle­sia, ES UN ACTO DE TRASCENDENCIA INCALCU­LABLE.

»Si los fieles de todas las naciones responden dignamen­te al llamamiento del Vicario de Jesucristo, no sólo debemos proclamar que la Acción Católica ES LA NOTA DOMINAN­TE del glorioso pontificado actual, sino que habremos de convenir en que ELLA SOLA CONSTITUYE UNO DE LOS PUNTOS CULMINANTES DE LA HISTORIA TODA DE LA IGLESIA.» (El Apostolado Seglar, Barcelona, 1935, pá­gina 19.)

Pero una obra tan grande, destinada a dar tanta gloria a Dios y hacer tanto bien a las almas, no puede menos de ser aborrecidísima por Satanás; y éste utilizará toda clase de resortes, dentro y fuera de nuestro campo, para oponerse a su desarrollo y eficacia. Por eso escribe ei’ ilustre domini­co R. P. Vicente M. Pollet :

«La Acción Católica ES EL VERTICE Y EL PUNTO CULMINANTE DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES…

»Sabemos, o por lo menos sospechamos, cuán numerosas son las emboscadas, las tristezas y los dolores que el Ene­migo del bien, envidioso de■ la Acción Católica, prepara con­tra el Cuerpo Místico en el mundo entero. ¿Acaso la ACCION CATOLICA no debe también a su vez «padecer para entrar­en la gloria», convertirse en «PASION CATOLICA», sufrir, quiero decir, su bautismo de sangre, con la cual ha sido ya bastantemente bautizada en ciertas naciones?» (L’Action Catholique à la lumière de la théologie thomiste, Bruxelles, 1937, págs. 63, 79-80.)

Cuanto con mayor paciencia sobrellevemos el tiempo de PASION, más alegre y fecundo será el triunfo de nuestra ACCION, para lograr la restauración cristiana del mundo paganizado.

10 bis. Una nueva «Regla para sentir con la Iglesia», for­mulada para los católicos de hoy.

Son dignas de copiarse, para terminar este capítulo, las luminosas y vibrantes palabras con que el R. P. Mariano Pinho, de la Compañía de Jesús, inicia su excelente libro «Carta magna de Accgao Católica Portuguesa» (Braga, Apos­tolado de la Oración, 1939), poniendo los sentimientos que han de abrigar para con la Acción Católica los católicos que hoy día quieran SENTIR CON LA IGLESIA.

«Todo buen católico —escribe— cree lo que enseña y cum­ple lo que manda la Santa Madre Iglesia; alaba lo que ella alaba, y reprueba lo que ella reprueba; se interesa y entu­siasma por las ideas, por las obras y realizaciones que a ella le interesan y entusiasman. En una palabra: posee aquella áurea cualidad —síntesis de espíritu de je, docilidad perfec­ta y entrañable amor filial— que suele condensarse en la frase: SENTIRE CUM ECCLESIA (SENTIR CON LA IGLESIA).

»A católicos de este temple, la Iglesia no tiene más que decir una sola palabra, indicar tan sólo un deseo, manifes­tar una voluntad: luego será comprendida, respetada, obe­decida gustosamente, hasta el sacrificio, si fuera menester.

y>He ahí por qué debería considerarse injuriado en sus buenos sentimientos el creyente, el fiel a quien, en este pun­to, tachasen de menos conforme o concorde con lo que su Madre, la Santa Iglesia, siente y desea.

»Ahora bien: uno de los criterios más flagrantes e infali­bles, para juzgar, en nuestros días, del valor intrínseco de nuestro catolicismo, sería examinarnos sobre la actitud en que nos encontramos con respecto a la ACCION CATOLICA.

»Si en ese examen descubriésemos en nosotros un ardien­te celo, un santo entusiasmo y deseo grande de verla pros­perar, y una decisión firme y generosa de contribuir lo más posible para su triunfo, no hay duda: TENEMOS VER­DADERO ESPIRITU CATOLICO; SENTIMOS CON LA IGLESIA.

y>Si, por el contrario, nos encontrásemos indiferentes, fríos, sin sombra de interés por la Acción Católica; o si, lo que sería peor, hiciésemos en nosotros el extraño descubri­miento de un tal o cual aborrecimiento o cualquier rastro de hostilidad, como el que se experimenta en presencia de un importuno, un antipático o un rival indeseable; sólo dos ex­plicaciones plausibles podríamos dar a esa actitud extrava­gante: o que no somos verdaderemente católicos, o que no sabemos de qué se trata, cuando se habla de Acción Católica…

»Todo lo que se hace en favor de la Acción Católica cons­tituye una garantía de los derechos de la Iglesia y de las almas; todo lo que se hace contra la Acción Católica consti­tuye una violación de esos mismos derechos.

»Por consiguiente, para juzgar hoy si una obra de piedad o de acción religiosa tiene o no derecho de existir, es ver si favorece o estorba a la Acción Católica.

y>Si cualquiera obra, por mayores que sean los méritos que tenga contraídos, se convirtiese por hipótesis (estamos en el campo de las hipótesis), a causa de su estructura o de su funcionamiento, en impedimento para la Acción Cató­lica, debería, sin más consideración, suprimirse.» (P. Maria­no Pinho, S. J., 1. cit., págs. 21, 22 y 26.)

Las palabras del P. Pinho parecen eco de estas otras, que años antes había escrito Pío XI:

«Para ser católicos verdaderos y buenos… no hay más que un medio, uno solo, pero indispensable e insustituible: OBEDECER A LA IGLESIA Y A SU JEFE.

»Jamás ha sido dudoso, jamás —puede bien decirse— ha sido tan manifiesto como en nuestros días, QUE ES LO QUE LA IGLESIA QUIERE Y QUE ES LO QUE LA IGLESIA SIENTE EN ORDEN A LA ACCION CATOLICA.» (Carta quirógrafa al Cardenal Schustek, 26 de abril de 1931 (Acta Apostolicae Sedis, vol. XXIII, pág. 150.)

 

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