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V Domingo del Tiempo Ordinario – C

V Domingo del Tiempo Ordinario – C

 

Citas:

Is 6,1-2a.3-8:                            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abty3f.htm

1Cor 15,1-11:                            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abtnlo.htm

Lc 5,1-11:                                     www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abtnhe.htm

 

Después de habernos mostrado cómo delante de Cristo, delante de la excepcionalidad de Cristo, el ánimo humano pueda defenderse hasta el punto de rechazarlo, reduciendo la realidad que tiene ante él, la Iglesia nos introduce hoy en la experiencia de la familiaridad con Jesús, que está en el origen de la llamada de los primeros discípulos, de su fe y de sus vidas.

El pasaje evangélico que hemos escuchado, tomado del evangelio de san Lucas, comienza mostrándonos de qué modo tan concreto la gente se relacionaba con Jesús: «Mientras la gente se apretujaba en torno a Él para escuchar la palabra de Dios…» (Lc 5,1). La gente “se apretujaba en tono a Él”, es decir, lo vislumbraba, lo seguía, se le acercaba para escucharlo, hasta el punto de que el Señor corre el riesgo de verse aplastado y, con extraordinaria prontitud, con el sentido práctico que se revela en cada uno de sus gestos, sube a una barca aparcada en la orilla y le pide a Pedro que se aparte un poco, de manera que pueda hablar a la gente.

¡Qué misterio! La Palabra de Dios, el eterno Hijo del Padre, haciéndose carne ha asumido, ha “tomado” toda nuestra humanidad y la vive por completo, sin ahorrarse nada de lo que es humano, comprendida la fragilidad propia de nuestra naturaleza: la Palabra eterna, por medio de la cual el Padre ha creado el mundo, necesita “levantar la voz” para hacerse oír; necesita sustraerse a la muchedumbre, de esa muchedumbre a la que ama con todo su ser, para evitar ser “aplastado”; necesita pedir a Simón Pedro hospitalidad sobre su barca.

A los ojos de los israelitas, Cristo aparece siempre, en todo y en todas partes, como un hombre, con un cuerpo sujeto al cansancio físico, al hambre y a la sed, a la intemperie, como otro hombre cualquiera, y no obstante, no podían estar lejos de ese hombre, no podían apartar la vista de Él. Ni siquiera el hambre –aquella hambre que el Señor sació con la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6, 1ss)- puede distraerlos de Él.

Además, es conmovedor ver cómo, con Cristo, nada sucede por casualidad. Él no sube a cualquier barca, sino a la de Simón; este ya había encontrado al Señor, cuando su hermano Andrés, llegando jadeante a casa, le había dicho: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41). Simón ya había compartido un tiempo con Él, de manera que a la invitación del Señor de ir mar adentro, en pleno día, el momento menos favorable para pescar –incluso un inexperto en la pesca lo sabe- y a la invitación de tirar nuevamente las redes después de una noche infructuosa, le lleva a exclamar: “Maestro nos hemos fatigado toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu nombre, echaré las redes” (Lc 5, 5).

¿Que podía llevar a Simón a hacer esta afirmación aparentemente tan ilógica? Porque parece ilógico, después de una noche de trabajo completamente inútil, intentar una nueva pesca en el día, cuando la luz alejaría a todos los peces y el cansancio físico reclamaría descanso. ¡Es ilógico! Y sin embargo, Simón dice: “En tu nombre echaré las redes”. ¿Por qué? ¿Cómo puede un pescador profesional decir algo así? Todo se encierra en ese “pero” inicial: “Pero en tu nombre…”.

En lo ordinario de la vida, en lo previsible de los sucesos cotidianos, en la rutina del propio trabajo o en el calor del hogar, de improviso, empezaba a abrirse camino un “pero”. En la vida de Simón, pocos días antes, había comenzado a abrirse camino este “pero”, cuando Andrés lo había llevado a conocer a Jesús y, transcurriendo algún tiempo con Él, volviendo a casa para prepararse, como todas las tardes, para la pesca nocturna, hablando consigo mismo, había comenzado lentamente a tomar conciencia de que le había sucedido algo nuevo, algo que no sabía expresar por completo, pero que no podía ignorar.

Es en esta familiaridad con Cristo, progresiva y diaria, que crece y se forma en el corazón de Simón Pedro una nueva certeza: Cristo es un factor de absoluta novedad, una novedad en la cual, misteriosamente, parece converger toda la realidad. Esta novedad es Él mismo, su misma persona, Jesús. Paradójicamente para Simón, delante de Cristo, lo realmente ilógico no era fiarse de Él contra toda evidencia, sino decir, lo que parecería más normal: “Es absurdo, Maestro, intentar ahora una nueva pesca. ¡Es una broma!”. Delante de cualquier otro hombre habría sido normal pensar que se trataba de una burla y seguir arreglando las redes para volver a casa a descansar. Pero con Jesús, no. Con Él habría sido ilógico no intentarlo, no tomar en serio su palabra, a pesar de que la experiencia humana parecería decir otra cosa.

Para Simón comenzó así una experiencia nueva, que se renovará durante tres años y hasta el último respiro: con Cristo, la realidad jamás desilusiona; ¡Cristo no desilusiona jamás!

La pesca llega, la barca no es suficiente para recoger todo ese fruto asombroso, las dos barcas parecen hundirse y el hermano de Andrés se echa a los pies de Jesús y exclma: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” (Lc 5, 8). Habría sido lo mismo decir: “¡Señor, todo lo tuyo me supera; no soy digno, pero no puedo menos que estar pegado a ti, de arrodillarme delante de ti!”

Pidamos a la Samtísima Virgen, que en su vida terrena transcurrió más años con su Hijo que sin Él, que sepamos crecer en la familiaridad con Cristo, en este cotidiano contacto con Él, por medio de una mirada atenta a la realidad, por medio de la oración constante. Que sepamos fijarnos en este “pero” que entró en el mundo, para no dejarlo jamás. Y unidos a él, unidos a Pedro, decimos también nosotros hoy y siempre: «Fiat mihi secundum verbum tuum – Señor, que se haga en mí según tu palabra», «Señor, en tu nombre echaré las redes». Amén.

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Categorías:Magisterio
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