Inicio > General, Magisterio > Domingo de la Sagrada Familia de Nazareth – C

Domingo de la Sagrada Familia de Nazareth – C

conprocleris 

Domingo de la Sagrada Familia de  Nazareth – C

Citas:

1Sam 1,20-22.24-28:                                  www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a3neua.htm

1Io 3,1-2.21-24:                                                               www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abrwoc.htm

www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bao32c.htm

Lc 2,41-52:                                                                 www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9b5njub.htm

“Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Bajó con ellos, vino a Nazareth y les estaba sujeto” (Lc 2,49-50).

El Misterio de la vida de Cristo en el cual nos introduce hoy la Iglesia, no es antes que nada un modelo de obediencia a los hombres –una obediencia que los padres puedan esperar de sus hijos- ni menos se trata de la descripción de una incomprensión familiar, en la que la Santísima Virgen y José hayan sufrido un inexplicable despecho de Jesús adolescente. No habría nada más banal y lejos de la realidad y de la profundidad de este Misterio.

En el pasaje evangélico que hemos escuchado, más bien resplandece de manera especial el Misterio de la Encarnación y se presenta a todos los hombres –no sólo a los jóvenes- el modelo de la verdadera obedienca, a la vez que se nos ofrece la profecía de la Victoria última y definitiva de Cristo.

Sobre todo, resplandece el Misterio de la Encarnación. Deteniéndose con los maestros del Templo y respondiendo de manera misteriosa a la pregunta de María y de José –“¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2,48), el adolescente Jesús nos da un signo, un vestigio de su Divinidad. El Verbo Eterno, en efecto, haciéndose hombre, no ha dejado de ser Dios y, recorriendo las edades de nuestra vida, no fue en búsqueda de la propia vocación, como nosotros hemos tenido, o tenemos, necesidad de hacer. Él, desde el primer instante de su concepción, conocía su Misión y veía al Padre cara a cara, sumergiendo su Santísima Hunmanidad, asumida de María, en este conocimiento directo del Padre: “¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”.

De la realidad de la Encarnación –Jesús adolescente es el Hijo Eterno del Padre- se puede intuir el abismo de esplendor que se esconde en las palabras que siguen: «Bajó con elos a Nazareth y les obedecía ». La obediencia de Cristo a María y a José no es antes que nada la obediencia de un hombre a otro hombre, sino la obediencia de Dios hecho hombre a Dios Padre, obediencia de su santa Humanidad a la misión que el Padre le ha confiado, la de hacerse hombre, compartir en todo, con excepción del pecado, nuestra condición humana, hasta morir por nosotros en la Cruz, para después resucitar victorioso. Este gran Misterio nos ofrece la ocasión para dos consideraciones.

La primera es que, haciéndose hombre, Cristo decidió nacer en una verdadera familia humana. Aunque concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen, Él quiere que la Madre tenga un esposo verdadero, garante de la honestidad de Ella y, al mismo tiempo, no privarse Él mismo de un verdadero padre humano. Naciendo, Cristo bendice la familia como único lugar digno para que surja la vida. Él, desde el primer instante de su vida, no “saltea” nuestra humanidad, sino que la asume por completo, bendiciendo e iluminando cuanto hay en ella de más verdadero, noble y justo, antes que nada, la misma vida humana y la familia.

En segundo lugar, hemos dicho que, obedeciendo a María y a José, Cristo obedece al Padre e introduce también a nuestra humanidad en la verdadera obediencia a Dios. Él, que es verdadero Dios, obedece al Padre Eterno viviendo las vicisitudes de la Familia de Nazaret, las vicisitudes de su familia. Esto es admirable para nosotros, porque contemplando a Cristo obediente reconocemos cuánto nos quiere, pero no sólo esto.

Con su encarnación y su obediencia, Cristo introduce en el mundo un nuevo modo de relacionarnos con Dios. Desde que Cristo se hizo hombre en la Famlia de Nazareth, el hombre obedece a Dios, hace su Voluntad, sobre todo acogiendo y viviendo hasta el final las cirunstancias en las cuales se encuentra, y los deberes que su estado de vida le impone: la famila, el matrimonio, las relaciones de amistad, el trabajo, hasta recibir, cuando Dios lo quiere, la vocación sobrenatural de entregarse enteramente a Él, en el sacerdocio o en la vida consagrada.

Se nos ha dado, en fin, la profecía de la Victoria últma y definitiva. En la angustia de María y José está anticipado el desconcierto, la desolación y la pérdida de los tres días de Jesus en el sepulcro. Pero Él no se ha perdido, no nos dejó ni nunca nos deja: incluso en los momentos más oscuros está a merced de los hombres, sino que se “ocupa en las cosas de su Padre”.

Aquella que así fue educada por el Hijo en la espera de la Resurrección y Aquel que es el Esposo castísimo y el Patrono de la Iglesia, Santa María y San José, nos guíen en el Misterio del Niño Jesús; que protejan nuestras familias y nos obtengan un corazón verdaderamente obediente a Dios. Amén.

Anuncios
Categorías:General, Magisterio
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: