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XXVII Domingo del Tiempo Ordinario – B

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario – B

 

Citas:

Gn 2,18-24:                                                             www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a11dyb.htm

He 2,9-11:                                                               www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9an3nxb.htm

Mc 10,2-16:                                                       www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ade1lj.htm

 

La Providencia ha querido que, en el día en el que tradicionalmente se celebra la Santísima Virgen del Rosario, o Santa María de las Victorias, recordemos la Resurrección de Cristo. De este modo, nos ofrece un mensaje muy claro: la Victoria de María y de todos los cristianos es la Resurrección del Señor, celebrada en cada Santa Misa y, especialmente, en la de la Pascua semanal que es el Domingo.

En la Liturgia de la Palabra de hoy, además, parecen alternarse el anuncio inequívoco de Cristo acerca de la Voluntad de Dios sobre la creación y la resistencia de sus interlocutores: los fariseos y los discípulos. Y en la conducta de unos y otros, podemos advertir que la verdadera diferencia entre los discípulos del Señor, es decir, todos nosotros, y los enemigos del Señor, no está en la inmediata comprensión y acogida de las palabras del Maestro o en su obstinado rechazo.

Hemos escuchado cómo, después de la respuesta del Señor a los fariseos, los discípulos, una vez que llegaron a casa, lejos de la muchedumbre, le vuelven a preguntar sobre el tema, movidos por el interés de un modo completamente nuevo y fascinante de mirar la realidad, como es la mirada de Cristo. Pero, probablemente, también les movía la dificultad para aceptar la novedad que trae consigo esta mirada: San Mateo, en efecto, narrando el mismo episodio, recoge una afirmación de los discípulos, casi escandalosa para nuestra sensibilidad: “Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse” (Mt 19,10).

Tanto los fariseos como los discípulos, pues, no comprenden las palabras del Señor: unos y otros parecen resistirse. Pero, a diferencia de los discípulos, los fariseos se acercan al Señor “para ponerlo a prueba” (Mc 10,2). Se les ve indispuestos a tomar en serio lo que Él les ha dicho. Tan es así que a la pregunta de Cristo –“¿Qué os ha mandado Moisés”?- reaccionan respondiéndole no a Él: “Moisés permitió escribir un libelo de repudio y despedirla”: están totalmente sordos en el corazón y en la mente.

El Señor, con una paciencia conmovedora, aprovechando incluso el mal para sacar el bien de aquellos que ama, ofrece entonces dos preciosos criterios. Ante todo, no apela a una Ley superior, sino que va al origen mismo de la Ley, o sea, a la Voluntad y a la obra del Creador: “Al principio de la creación, Dios le hizo varón y mujer” y continúa: “por lo tanto, que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. El precepto de “no separar” es solamente la consecuencia de la obra de Dios: unirse.

La ley –divina y revelada, ante todo, y después, natural– no constituye para nosotros una incomprensible norma que hay que aplicar, como si fuera un obstáculo para nuestra libertad y originalidad, sino que representa, más bien, la correspondencia de nuestra razón y voluntad a lo real, a la inteligencia que está inscrita en la naturaleza de las cosas y que a nosotros se nos da, por naturaleza, poder conocerla.

El segundo precioso criterio que el Señor indica es el que extraemos del último diálogo del Evangelio de hoy: “El que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Para recibir el Reino de Dios, que es él sentido último de la realidad y que coincide con la persona misma de Cristo, hay que hacerse como niños, humildes, reconociéndose necesitado de todo y estar atento al propio corazón, a esa brújula que Dios ha puesto dentro de nosotros, que, si está rectamente formada e iluminada por la gracia, es un parámetro infalible para reconocer la excepcional presencia del Señor y para seguirlo fielmente en la fidelidad a la Iglesia y al Magisterio, en la correspondencia a los deberes del propio estado de vida y aprovechando toda ocasión, fortuna e importunamente, para anunciarlo y testimoniarlo.

Pidamos a la Santísima Virgen que modele  nuestro corazón, que lo haga humilde y dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo, graníticamente fiel a la realidad y enamorado de Cristo, y que nos conduzca al Puerto esperado por todos los que la invocamos como Madre de la Iglesia y Reina del Santo Rosario. Amén.

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