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Caundo no se entiende la logica de Dios

CUANDO NO SE ENTIENDE LA LÓGICA DE DIOS

LA VOZ DEL PAPA, http://www.am.com.mx

José Martínez Colín*

A mediodía del domingo, Benedicto XVI acostumbra acudir al patio interior de Castel Gandolfo para rezar el Ángelus con los fieles allí reunidos.

El domingo pasado comentó el Evangelio de San Marcos en que “Jesús comienza a hablar abiertamente de qué le sucederá al final”. “Es evidente -dijo- que entre Jesús y los discípulos hay una distancia interior profunda; se encuentran, por así decir, en dos longitudes de onda diversas: no entienden o sólo comprenden superficialmente las palabras del Maestro”.

Por ejemplo, Pedro “después de haber manifestado su fe en Jesús, lo reprende porque predice que será rechazado y asesinado”. A su vez, después del segundo anuncio de la pasión, los discípulos “empiezan a discutir sobre cuál de ellos será el más grande” y, por último, tras el tercer anuncio, “Santiago y Juan piden a Jesús que los siente a su derecha y a su izquierda cuando esté en la gloria”.

Pero hay otros signos de esta distancia: “los discípulos no consiguen curar a un muchacho epiléptico, al que después Jesús sana con la fuerza de la oración; o cuando llevan a Jesús unos niños, los discípulos los regañan y, en cambio, Jesús, indignado, hace que se queden y afirma que sólo quien es como ellos puede entrar en el Reino de Dios”.

Todo esto, explicó el romano Pontífice, “nos recuerda que la lógica de Dios es siempre ‘otra’, respecto a la nuestra (…) Por eso seguir al Señor requiere siempre del ser humano una profunda conversión, un cambio del modo de pensar y de vivir; requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente.

“Un punto clave en que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo -nos explica Benedicto XVI-: en Dios no hay orgullo porque Él es la plenitud total, tendiente a amar y dar la vida. Por el contrario, en nosotros, los hombres, el orgullo está muy enraizado y exige una vigilancia y una purificación constante. Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a ser grandes, a ser los primeros, mientras Dios no teme rebajarse y hacerse último”.

En noviembre de 1944 muere en París Alexis Carrel, nacido en 1873, galardonado con  el Premio Nobel en Fisiología, converso a la fe católica tiempo atrás y practicante de su fe. Nos había dejado escrito: “Yo quiero creer, yo creo todo aquello que la Iglesia católica quiere que creamos y, para hacer esto, no encuentro ninguna dificultad, porque no encuentro en la verdad de la Iglesia ninguna oposición real con los datos seguros de la ciencia”.

Como es sabido, Carrel atendió médicamente en el tren de enfermos que lo llevó hasta Lourdes, a Marie Bailly, joven afectada de peritonitis tuberculosa en último estadio, y fue testigo cualificado de la curación extraordinaria de Bailly. La experiencia espiritual que sacudió a Carrel en los siguientes cinco días fue descrita por él de manera novelada en un manuscrito que fue publicado en 1948, bajo el título “Le voyage de Lourdes”. En 1950 fue publicado en inglés.

Eduardo De la Hera hace una descripción de los conversos que quizá se corresponda con la de Alexis Carrel, converso a la fe largo tiempo después de ser testigo como médico de oficio en Lourdes: “Los conversos son esas personas que, después de haber vivido al margen de toda fe religiosa, un día inolvidable dieron un viraje tan intenso a la trayectoria de su vida que cambiaron de rumbo. Y comenzaron, si se me permite la expresión, a “tomarse en serio a Dios”. Dios trastocó sus vidas. En cierto sentido, se las complicó. Alguien pudo ver en ellos a seres sugestionados, alucinados o alienados. Pero no, ellos no se salieron de este mundo: el suyo y el de todos, el único que tenemos. (…) Tampoco se transformaron en fanáticos de lo religioso. Supieron, simplemente, mostrarse coherentes con su verdad y respetuosos con la verdad de los otros.”

En su libro póstumo “Viaje a Lourdes”, el protagonista lleva el seudónimo de “Dr. Lerrac”, que es su apellido al revés, Carrel. Allí, Alexis Carrel escribió:

“Y él se fue a la gruta, a contemplar atentamente la imagen de la Virgen, las muletas que, como exvotos, llenaban las paredes iluminadas por el resplandor de los cirios, cuya incesante humareda había ennegrecido la roca… Lerrac tomó asiento en una silla al lado de un campesino anciano y permaneció inmóvil largo rato con la cabeza entre las manos, mecido por los cánticos nocturnos, mientras del fondo de su alma brotaba esta plegaria: «Virgen Santa, socorro de los desgraciados que te imploran humildemente, sálvame. Creo en ti, has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer, creer apasionada y ciegamente sin discutir ni criticar nunca más. Tu nombre es más bello que el Sol de la mañana. Acoge al inquieto pecador, que con el corazón turbado y la frente surcada por las arrugas se agita, corriendo tras las quimeras. Bajo los profundos y duros consejos de mi orgullo intelectual yace, desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de todos los sueños: el de creer en ti y amarte como te aman los monjes de alma pura…» Eran las 3 de la madrugada y a Lerrac le pareció que la serenidad que presidía todas las cosas había descendido también a su alma, inundándola de calma y dulzura. Las preocupaciones de la vida cotidiana, las hipótesis, las teorías y las inquietudes intelectuales habían desaparecido de su mente. Tuvo la impresión de que bajo la mano de la Virgen, había alcanzado la certidumbre y hasta creyó sentir su admirable y pacificadora dulzura de una manera tan profunda que, sin la menor inquietud, alejó la amenaza de un retorno a la duda.”

Emilio Palafox Marqués

•          José Martínez Colín es sacerdote, ingeniero en Computación por la UNAM y doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra.

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