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XXV Domingo Año B reflexion dominical

XXV Domingo Año B

 

 

Citas:

Sg 2,12.17-20:                                      www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ayx14t.htm

Iac 3,16-4,3:                                          www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ayxq1c.htm

www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abr2qd.htm

Mc 9,30-37:                                            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bomvii.htm

«Durante el camino habían estado discutiendo entre ellos sobre quién sería el mayor».

Jesús, Nuestro Señor, no ha venido para disminuirnos. Cristo ha venido para dar una respuesta verdadera a nuestro deseo de grandeza, porque en el hombre, puesto por Dios mismo, se encuentra un deseo de grandeza, de expansión, de posesión.

Las tres grandes concupiscencias que, según san Juan, mueven el mundo -la concupiscencia de los ojos, la de la carne y la soberbia de la vida- son las expresiones corrompidas de esta tensión hacia la posesión de todo lo que caracteriza al hombre: una posesión que manifieste la grandeza, puesto que el designio de Dios para el hombre es que él sea el señor-custodio de todo.

¿Cómo llegar a ser, en este sentido, realmente grandes delante de Dios?

Con el pecado lo hemos olvidado, más aún,  hemos construido sustitutos terribles que, en su parcialidad, en la hipocresía, en la envidia, en la violencia (esta palabra, violencia, lo resume todo) encuentran su última expresión.

Cristo, en cambio, nos invita a mirar el gesto de Aquel que solamente es grande: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, lo puso en medio, de manera que todos lo vieran, y abrazándolo les dijo: «El que recibe a uno de estos niños en mi nombre, me recibe a Mí; y el que a Mí me recibe, no me recibe a Mí, sino a Aquel que me ha enviado», al más grande de todos, al Padre, fuente también de nuestra verdadera grandeza.

«Solo Dios es grande»; solamente el Padre es grande, y esta grandeza suya se ha manifestado en nuestra historia, en una especie de humillación extrema, de modo que el Padre, para mostrarnos que es Él verdaderamente, envió a su Hijo, afirmó a su Hijo para mostrarse a nosotros incluso en el sacrificio de la Cruz, que antes que nada es su sacrificio: “Quien me ve a Mí, ve al Padre”, lo cual también quiere decir: yo, el Padre, me manifiesto sólo manifestándolo a Él, exaltándolo a Él, glorificándolo a Él, mi Hijo unigénito.

Esto es así porque es la naturaleza más íntima de Dios, que es Amor. Dios es Dios porque entre sus personas rige una sola ley: ser ellos mismos afirmándolo al otro, y esta es toda la ley de la caridad y el único camino hacia la amistad como auténtica reciprocidad.

El Padre es Padre sólo porque engendra al Hijo, afirma al Hijo, y lo glorifica, así como el Hijo lo glorifica a Él, como en una especie de superior “cortesía divina” en la que uno le dice al otro: primero tú; no, por favor, primero tú… Y esta gloria común se manifiesta en la humillación del gesto con el cual el Padre, en Cristo, se abaja para abrazar y servir nuestras existencias, como en el lavatorio de los pies en la última cena.

Sólo mirando continuamente este gesto nace un verdadero deseo de pertenecer a la grandeza del Padre, de manera que ella llegue a ser también nuestra grandeza y nos tensione hacia el sacrificio, sabiendo que el camino para conseguir la grandeza es el servicio de los hermanos: “Yo soy el que tú amas y tu, amándome, haces que yo sea”.

Este deseo de pertenecer al Padre se hace deseo de pertenencia al signo que prolonga el gesto de su servicio y permanece como el lugar donde servirlo para llegar a ser grandes: la Iglesia, empresa cristiana de la grandeza y del servicio.

Sólo en la Iglesia comienza el verdadero camino de la grandeza del hombre, y esta grandeza, nos dice el apóstol Santiago, es antes que nada petición, oración, porque la estatura del hombre consiste y se realiza por completo en la verdad de su petición: «Codiciáis y no tenéis […]. No tenéis porque no pedís; pedís y no recibís porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones», y no para gastar vuestra vida para la gloria de Dios.

El que no pide, o pide mal, discute, es decir, habla y se mueve no por una grandeza que está delante de él, sino que lo hace por un “sueño de grandeza”, por un proyecto de afirmación de sí mismo que lo sacude por dentro.

Toda conversación, a lo largo del camino de la vida, debe en cambio nacer de Dios, del hecho de la dedicación de Dios al hombre, hecho conmovedor e inesperado, de un modo humanísimo, porque es el abrazo de un niño que tiene necesidad de todo, como nosotros la tenemos, y en este abrazo está la grandeza de Dios y nuestra grandeza: la Iglesia, o es este abrazo o es una guerra de habladurías.

Si los apóstoles hubiesen vivido de este recuerdo mientras caminaban hacia Cafarnaúm, después de haber escuchado a Jesús, no habrían perdido el tiempo en discusiones, sino que habrían comenzado por servirse los unos a los otros, sabiendo que era así como se construye el Reino, en nuestras vidas, en la Iglesia y en el mundo.

María Santísima, la Servidora del Señor, Esclava de nuestra salvación, la más pequeña y, por ello, la más grande de las criaturas, mantenga en nosotros la memoria del abrazo tierno de Dios, fuente única del auténtico servicio a los hermanos.

Categorías:Magisterio
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