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XII Domingo del T.O. – B

 

XII Domingo del T.O. – B

Citas Iob 38,1.8-11:                                                            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9agippbf.htm 2Cor 5,14-17:                                                             www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9arb04e.htm Mc 4,35-41:                                                                www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bwdv2d.htm     Como la semilla de mostaza, de la que hablaba la Liturgia del Domingo pasado, es pequeña y aparentemente impotente, y sin embargo es el germen de una planta capaz de dar sombra y cobijo a los pájaros que harán en ella su nido (Domingo XI T.O.), así la fe del hombre que reconoce el señorío de Dios sobre las potencias del mal, aunque aparece como “poca cosa”, en realidad es quien genera esperanza y consuelo en la tumultuosa vida del mundo. Esta esperanza y este consuelo provienen de la Presencia de Cristo en la historia. La liturgia de hoy está dominada por la narración de la tempestad calmada. El relato de Marcos aparece como la continuación ideal de la primera Lectura. Al desahogo de Job, que pide explicaciones de su sufrimiento, Dios responde recordando su propia omnipotencia, que todo lo domina, también las fuerzas de la naturaleza: «¿Quién ha encerrado entre dos puertas el mar?». En un ritmo a contrapunto, el relato del lago coloca a Dios y al hombre frente a frente: Cristo y su señorío, frente al hombre y su miedo. Los pescadores de Galilea se resignan, deponen sus fuerzas y se dejan dominar por el miedo, hasta llegar a la completa consternación cuando ven que Jesús duerme: «¿No te importa que perezcamos?». Esta es la acusación que le hacen, interrumpiendo el sueño del Maestro. Piensan que le resulta ajeno el drama que sufren, como sucede a muchos hombres en la historia. Por este “alejamiento” de Cristo del propio drama, los hombres miden su fe: los discípulos de ayer, como los de hoy, viven en la fe en la medida en que perciben a Cristo como presencia de la y en la vida, jamás extraño a ella. Olvidan que la vida está en las manos del Señor y algunas veces presumen de estar como “exonerados” de las pruebas. En consecuencia, con dificultad vivirán una experiencia dramática como experiencia de fe, hasta llegar a una total confianza en el Señor, si en el tiempo de los consuelos no se desapegan de esto. El Señor reprueba no tanto el miedo, muy humano, como la incapacidad de fiarse de Él por la falta de fe. Piensan que está ausente, porque les falta un verdadero conocimiento de Cristo, como novedad auténtica y definitiva de la vida (II Lectura). ¿Dónde está la medida de esta confianza, si no en la pregunta final de los discípulos, que reconocen lo que ha sucedido y se preguntan: «¿Quién es éste?». En esta pregunta y de tal pregunta consiste todo el sentido religioso humano. La barca “agitada violentamente por la tempestad” es vista por los Padres como la imagen de la Iglesia, que atraviesa las tempestades de la historia. Justamente, cuando se pierde de vista a Cristo como “medida” de la vida, parámetro de toda elección y razón de la existencia, la tempestad parece ser más agresiva. Cuando se comete el error de pensar en la Iglesia sin Cristo, entonces ella está más sujeta a las olas violentas.”Es Él la medida del verdadero humanismo. Una fe “adulta” no es la que sigue las ondas de la moda y la última novedad; adulta y madura es la fe profundamente enraizada  en la amistad con Cristo. Es esta amistad la que nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para distinguir entre verdadero y falso, entre engaño y verdad. Esta es la fe adulta en la que debemos madurar, a esta fe debemos guiar el rebaño de Cristo” (Card. J. Ratzinger, Homilía Santa Misa Pro Eligendo Romano Pontifice). La garantía de la salvación es estar con Él, en la barca, a pesar de la tormenta. Su nombre amado, venerado e invocado, es la garantía de que Él jamás priva de su guía a aquellos que ha establecido sobre la roca de su amor (Colecta). La Virgen Santísima, Mater Ecclesiae, nos proteja siempre, y nos obtenga de Cristo la gracia para superar las olas que atacan incesantemente la barca de la Iglesia y nos consiga, en la barca guiada por Pedro, una auténtica santidad de vida.

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